Genocidio y propaganda de guerra

por Joseph Scalice

El martes, el presidente estadounidense Joe Biden declaró que Rusia estaba llevando a cabo un genocidio en Ucrania. La acusación arrojada por Biden es más que solo una mentira. Es una provocación que busca conscientemente generar una histeria que legitime una escalada masiva de la guerra, incluyendo la participación a plena escala y abierta de EE.UU. La palabra genocidio carga con un profundo contenido histórico. No existe una acusación más grave.

Raphael Lemkin, un abogado polaco judío, acuñó el término “genocidio”—uniendo genos (griego para raza o pueblo) con cidio (latín para matar)—en su libro de 1944 El dominio del Eje en la Europa ocupada. Tanto la palabra como su posterior codificación en el lenguaje jurídico por parte de Naciones Unidas estuvieron inextricablemente vinculadas al Holocausto. Lo que las Fuerzas Aliadas descubrieron al final de la Segunda Guerra Mundial fue evidencia del peor crimen en la historia humana: los campos de exterminio, fosas comunes, cámaras de gas, hornos para humanos y las montañas de gafas, pelo humano y dientes de oro extraídos. El neologismo de Lemkin tuvo dificultad para contener la enormidad de lo ocurrido: el exterminio cuidadosamente planificado por los nazis de los judíos europeos, cobrándose a 6 millones de ellos con una eficiencia industrial.

Esta experiencia exigía una formulación tan precisa que manifestara el poder legal y la especificidad ética del precepto “nunca más”. En la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de 1948, Naciones Unidas elaboró una definición legal internacional de genocidio como crímenes específicos “perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, como tal”.

Los crímenes del Holocausto quedaron grabados en la consciencia del mundo. El genocidio fue el exterminio premeditado y sistemático de una población por su raza, etnicidad, nacionalidad o religión. Los crímenes monstruosos del imperialismo y las guerras se medirían en la consciencia popular de acuerdo con esta barra y aquellos que se aproximaran a tal barbarie eran calificados de genocidas. La historia se reexaminó bajo este foco y se descubrió que los crímenes de Hitler habían sido anticipados por los crímenes de imperio.

La expansión hacia el oeste del capitalismo estadounidense fue impulsada por el carbón en las locomotoras y por actos genocidas. Las poblaciones indígenas de EE.UU. constituían un impedimento a este progreso, y las caballerías y los colonos las exterminaron sistemáticamente. Por medio de la Ley de Remoción de los Indios de 1830, el sendero de lágrimas, la masacre de Sand Creek y la remoción forzada de niños, los sioux, cheyenne, comanche y yuki fueron masacrados. Así “se ganó el oeste”.

El surgimiento del imperialismo estadounidense con la conquista de Filipinas a fines del siglo diecinueve, tomando control de una colonia formal en Asia, se llevó a cabo a una escala y rapacidad genocidas. Más de 200.000 filipinos fueron asesinados. Fueron torturados, incendiaron sus aldeas y encerraron a las poblaciones en campos de concentración. El general Jacob Smith resumió la brutalidad de la conquista cuando les dijo a sus soldados, “Quiero que maten y quemen, cuanto más maten y quemen, tanto más me complacerán”. Los asesinatos masivos fueron un medio de conquista colonial.

Cada una de las principales potencias coloniales mantuvieron el dominio sobre sus territorios por medio de una fuerza genocida cuando lo consideraban necesario. Los belgas se hicieron del caucho del Congo a través de trabajo forzado, mutilaciones, torturas y asesinatos masivos. Los británicos retuvieron su control sobre India por medio de repetidas masacres. Los franceses subyugaron Argelia con violencia genocida.

Los lanzamientos estadounidenses de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki fueron actos genocidas. Los bombardeos se cobraron casi un cuarto de millón de personas, abrumadoramente civiles. No cabe duda de que la raza fue un factor crítico. Los ciudadanos estadounidenses de origen japonés fueron encarcelados en campos de internamiento en EE.UU. Se argumentaba frecuentemente que los “japs” eran diferentes y que no se rendiría a menos que mataran a cada uno de ellos. Cientos de miles —doctores, estudiantes de colegio, abuelas— quedaron incinerados por las explosiones nucleares; decenas de miles más sufrieron muertes agonizantes por envenenamiento por la radiación.

La clase gobernante estadounidense mantuvo su hegemonía en la guerra fría asistiendo y presidiendo masacres en todo el mundo, frecuentemente de dimensiones genocidas. El dictador indonesio Suharto llegó al poder en 1965 a través de la masacre de cientos de miles de miembros del Partido Comunista Indonesio. Estados Unidos coordinó este asesinato masivo, siguiendo su progreso y comunicándose por radio con las unidades militares y paramilitares que lo llevaron a cabo. Los comunistas y presuntos comunistas fueron macheteados a muerte y sus cuerpos mutilados taponaron los ríos de Sumatra, Java y Bali.

Cuando se completó la Convención sobre Genocidio de la ONU en 1948, Estados Unidos se rehusó a firmarla y no lo hizo hasta 40 años luego. Estaban nerviosos de los cargos que podrían presentarse contra EE.UU. por sus guerras en Corea y Vietnam, por el bombardeo de saturación de Laos y Camboya y el uso del Agente Naranja y el napalm. En 1988, cuando Washington finalmente firmó la convención contra genocidio, lo hizo bajo la estipulación de que EE.UU. tendría inmunidad legal ante el cargo de genocidio a menos que el Gobierno nacional de EE.UU. autorizara la imputación.

Los últimos treinta años han sido testigos de crímenes ininterrumpidos por parte de imperio estadounidense en Oriente Próximo y Asia central. Bombardeó hospitales y aldeas de forma deliberada. Dejó ciudades enteras en ruinas. Sus sanciones económicas mataron de hambre a cientos de miles de niños y sus bombardeos con drones los mataron cuando jugaban. Civilizaciones una vez orgullosas yacen como escombros atormentados, carcomidas hasta los huesos por los perros de la guerra.

La única defensa posible que Bush, Obama y Trump podrían argumentar ante el cargo de genocidio es que, si bien iniciaron y condujeron guerras de agresión que se cobraron la vida de más de un millón de iraquíes y cientos de miles de afganos, consideraron la muerte de esos hombres, mujeres y niños como un medio para alcanzar un fin, y no como el fin en sí. Sus acciones son innegablemente genocidas.

Biden lidera esta potencia bañada en sangre y acusa a Rusia de genocidio. Los cargos deliberadamente estropean y distorsionan los hechos contemporáneos y la definición legal que fue establecida históricamente.

Biden apunta a eventos específicos —como los cuerpos en las calles de Mariúpol y el bombardeo de una estación de tren— que podrían ser crímenes de guerra pero requieren una investigación. No se han establecido ni los detalles precisos ni el posible perpetrador. Tampoco se ha presentado ninguna evidencia de que Putin tenga la intención de erradicar al pueblo ucraniano.

Nada de lo ocurrido en Ucrania puede medirse en la balanza genocida establecida por los nazis, EE.UU. y las otras potencias imperialistas. La acusación de Biden trivializa el Holocausto y hace violencia a la historia.

Las acusaciones de genocidio de Biden no son una exageración retórica por indignación moral. Constituyen una escalada deliberada y temeraria del conflicto de acuerdo con los intereses del imperialismo estadounidense y en contra de los enemigos de Washington.

Washington aúlla sobre genocidio cuando Rusia bombardea Kiev, pero no cuando Arabia Saudita utiliza armas estadounidenses contra Yemen, matando a más de 377.000 personas. Biden acusa a China de genocidio por su trato a los uigures, pero no dice nada sobre la devastación sistemática de los palestinos a manos de Israel.

Los cuentos de atrocidades provenientes de Washington y las acusaciones repetidas e infundadas de genocidio nos dicen mucho menos propiamente de los acontecimientos que de la fiebre de guerra que hace convulsionar a las potencias imperialistas. Una vez que invocan un genocidio, no hay ninguna otra escalada retórica posible.

Estados Unidos está preparando un conflicto militar directo con Rusia. Biden utiliza el término genocidio como propaganda de guerra, borrando las delimitaciones legales, históricas y morales cuya adquisición fue tan dolorosa. Los rusos, quienes no comparten ninguna culpa por las acciones de su Gobierno, están siendo estigmatizados, expulsados de las competiciones internacionales, amenazados y hostigados internacionalmente.

Es innegable que Biden está fomentando una mentalidad genocida, caracterizada por el uso irracional de chivos expiatorios y el odio basado en la nacionalidad. El uso falaz del término por parte de Biden está ayudando a poner en marcha una guerra global en la cual la raza humana misma puede ser objeto del genocidio.

(Tomado de WSWS, la imagen de portada co responde a vehículos destruidos en la autopista 80, la “autopista de la muerte”, atacados en la Operación Tormenta del Desierto cuando las fuerzas iraquíes se retiraban de Kuwait el 8 de abril de 1991)

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