¿Es el uso del escudo en la banda presidencial de Kast un guiño a la memoria de la dictadura y a la fuerza por sobre la razón?

por Tania Melnick

Los símbolos no tienen el mismo peso en todos los momentos históricos. Un mismo emblema puede significar cosas distintas según la memoria y el contexto que lo rodea. El escudo nacional en la banda presidencial fue utilizado por presidentes democráticamente electos como Pedro Aguirre Cerda, Gabriel González Videla, Carlos Ibáñez del Campo y Salvador Allende. También lo utilizó el dictador Augusto Pinochet.

El punto de inflexión se produce en 1990 con el “retorno a la democracia”. Ningún presidente volvió a portar el escudo en la banda después del dictador. Durante 36 años, la sobriedad republicana fue una decisión política. Por eso el gesto actual resulta disruptivo y cabe preguntarnos qué memoria activa hoy su reaparición.

El escudo chileno porta el lema “Por la razón o la fuerza”, un lema que simbolizó poder, autoridad militar, soberanía y defensa de la nación, de los principios y del orden establecido. En la experiencia histórica chilena, quedó marcado por la pedagogía del terror.

Durante la dictadura, los símbolos patrios y emblemas nacionales fueron intensamente utilizados como dispositivos de legitimación. El escudo, la bandera intervenida con el emblema, el lema repetido como consigna construyeron una estética donde Estado, Fuerzas Armadas y Nación aparecían fundidos en un solo cuerpo amenazado que requería tutela militar. La violencia política se justificaba como defensa del orden. La fuerza era presentada como continuidad de la razón.

Desde la semiótica del poder, esto es estructural. Los símbolos no solo representan; producen sentido. Son herramientas de construcción de legitimidad.

El escudo no es un ornamento, es la representación heráldica del Estado. Cuando se superpone al cuerpo del mandatario, el mensaje implícito es que el líder ejerce la jefatura del Estado y, al mismo tiempo, lo encarna. Se produce una fusión simbólica entre soberanía y figura. Cuando un régimen necesita afirmarse, sobredimensiona emblemas. Una democracia que confía en su institucionalidad puede permitirse minimalismo.

El retorno a la austeridad simbólica después de 1990 fue precisamente una decisión política de distanciamiento, una pedagogía inversa orientada a separar República y régimen militar, autoridad y fuerza.

Reintroducir el escudo en 2026, después de tres décadas y media de deliberada ausencia, no puede leerse como mera recuperación de una tradición. Es una reactivación de memoria. En teoría política, el poder se construye mediante normas y también mediante imaginarios. Carl Schmitt habló de soberanía como decisión. Max Weber distinguió entre dominación legal-racional y dominación carismática. El desplazamiento desde símbolos republicanos sobrios hacia símbolos de autoridad fuerte suele acompañar transiciones desde legitimidades institucionales hacia legitimidades personalistas. Los gestos preparan el terreno.

El lema “Por la razón o la fuerza” condensa una tensión fundamental. En una democracia madura, la razón prevalece porque la fuerza se encuentra subordinada a la ley. En regímenes autoritarios, la fuerza se presenta como garantía de la razón. Esa inversión semántica atraviesa el escenario global contemporáneo, donde el reino de la fuerza reaparece como horizonte político.

La pregunta entonces es cuál de esas lecturas se quiere activar hoy. La reaparición del escudo excede la nostalgia tradicionalista. Funciona como pedagogía política en una sociedad con memoria traumática.

Si a ello se suma la decisión de habitar el Palacio de La Moneda —desdibujando la separación entre vida privada e institución— y la ausencia de programa público previo al ejercicio del poder, emerge un patrón coherente: personalismo, intensificación de símbolos patrios, apelación a una soberanía abstracta. Vivir en La Moneda simboliza a un mandatario que se instala en el corazón material del poder. Habita el Estado.

Aquí se evidencia una paradoja estructural. El patriotismo retórico y simbólico puede coexistir con un neoliberalismo extremo y con subordinación estructural al imperialismo estadounidense. La soberanía se teatraliza en la estética mientras se debilita en lo material.

En este sentido, el eventual recorte drástico del Estado social —anunciado como reducción multimillonaria— dialoga con la exhibición de símbolos fuertes. Puede articular un Estado reducido en su dimensión social y robustecido en control y autoridad ejecutiva. Un gobierno que ha sido anunciado como “de emergencia”.

La discusión, entonces, no es si el gesto transgrede la formalidad protocolar, sino qué concepción de República se está poniendo en escena. En política, antes de que cambien las leyes, cambian los símbolos. Y estos, en ocasiones, anticipan la forma de poder que busca consolidarse. Así la historia se reconfigura, mediante la semiótica del poder y mediante símbolos que operan como anuncio.

Fuente: Perfil de Tania Melnick