Despedimos a Manuel Cabieses, el compañero y el revolucionario

por El Porteño

En este verano feroz despedimos al interminable  Manuel Cabieses Donoso, periodista y revolucionario, director y alma de Punto Final, ex preso político y militante consecuente de la causa de la clase trabajadora. Se va una de las plumas más brillantes de su generación; pero no se extingue la tradición que encarnó: la del periodismo entendido como combate, como conciencia crítica y como servicio a las grandes mayorías que hacen la historia.

Cabieses fue parte de una generación que creyó —no retóricamente, sino en los hechos— que la prensa es una trinchera. Cuando en septiembre de 1965 salió a la calle el primer número de Punto Final, fundado por Mario Díaz y el propio Cabieses, se declaraba como un medio “democrático y de avanzada”, dispuesto a no encajonarse en fronteras artificiales, a no rehuir la polémica y a decir la verdad. Aquella declaración no era un gesto literario. El número inaugural, con el reportaje “La tragedia del Janequeo”, rompía el cerco de silencio impuesto por la Armada sobre la muerte de cincuenta tripulantes. Desde su origen, la revista se propuso llegar hasta el “punto final” de los hechos, agotarlos, desnudar responsabilidades, colocar la palabra escrita del lado de los sin voz.

Manuel Cabieses y Andrés Pascal

En los años de la Unidad Popular, Punto Final fue tribuna del pensamiento revolucionario y democrático, pero también espacio de crítica. No confundió lealtad con obsecuencia. Ligada desde sus comienzos a las posiciones del MIR, reunió en sus páginas a socialistas, comunistas, cristianos e independientes; fue un cruce de corrientes en el que el debate estratégico no estaba prohibido. Esa heterogeneidad era su fuerza. Cabieses entendía que la izquierda que no polemiza se marchita, que el pensamiento revolucionario que no se expone al fuego cruzado del análisis pierde filo.

El 11 de septiembre de 1973, mientras los Hawker Hunter bombardeaban La Moneda, alcanzó a circular el número 192 de la revista, requisado ese mismo día por orden de la Junta Militar encabezada por Augusto Pinochet. En sus páginas se denunciaba el avance represivo amparado en la Ley de Control de Armas y la escalada terrorista previa al golpe contra el gobierno de Salvador Allende. Pinochet ordenó por radio explícitamente la detención de todo el personal de la revista. La redacción fue requisada; sus periodistas perseguidos, asesinados, exiliados. Jaime Barrios fue fusilado en Peldehue; Augusto Carmona y José Carrasco serían asesinados años más tarde; Jane Vanini cayó en Concepción. La historia de Punto Final quedó escrita con tinta y sangre.

Cabieses fue detenido el 13 de septiembre. Había visto desde la azotea del diario Noticias de Última Hora el bombardeo del palacio presidencial; había sentido, como tantos, la incredulidad de una generación que no podía concebir que la Fuerza Aérea chilena atacara su propia sede de gobierno. Su nombre figuraba en el ignominioso Bando Nº 10. Lo detuvieron en la calle cuando, fiel a su vocación, intentaba ver con sus propios ojos los escombros de La Moneda. Fue llevado al Ministerio de Defensa, al Estadio Chile —donde vio por última vez la sonrisa serena de Víctor Jara—, al Estadio Nacional, y luego a Chacabuco. Durante días su familia y compañeros lo creyeron detenido desaparecido.

Manuel Cabieses y Rafael Maroto, vocero del MIR

En el campo de concentración del desierto organizó, junto a otros presos, una forma de vida que desmentía la pretensión de reducirlos a números. Hubo consejo de ancianos, clases, teatro, preuniversitario, posta de salud. Cabieses lo contaba sin épica impostada: la dignidad es una práctica cotidiana, incluso en el encierro. En 1975 fue expulsado del país; Perú fue tránsito breve; Cuba, acogida fraterna. Desde el exilio, la revista reapareció en México en 1981 como Punto Final Internacional. Volvería a Chile en 1989, antes del término formal de la dictadura, enfrentando juicios de la justicia militar. Cabieses la dirigió hasta su cierre definitivo en marzo de 2018.

La trayectoria de Punto Final condensa medio siglo de historia chilena: ilusión, reforma, revolución, contrarrevolución, exilio, transición pactada y crítica persistente a sus límites. Fue parte de la Red Voltaire y sostuvo una línea de izquierda que no se subordinó ni al gobierno de turno ni a las ortodoxias partidarias. En sus últimas décadas reunió firmas latinoamericanas de peso y mantuvo un lugar para el análisis internacionalista, entendiendo que la suerte de Chile no puede separarse de las luchas continentales.

Cabieses no fue solo un director; fue un editor en el sentido más alto: el que forma, orienta, corrige, alienta, polemiza. Supo que el periodismo revolucionario exige rigor factual y audacia política; que no basta con denunciar, hay que comprender las relaciones de fuerza; que la verdad no es neutral cuando se inscribe en una sociedad atravesada por la lucha de clases. Su prosa combinaba claridad y filo. No escribía para agradar, sino para intervenir.

En tiempos en que la prensa burguesa hegemónica presenta información como espectáculo y la crítica como marketing, la figura de Manuel Cabieses recuerda que el periodismo puede ser, todavía, una forma de militancia consciente. No la militancia acrítica, sino la que asume la complejidad, reconoce errores, discute estrategias y se mantiene fiel a un horizonte de emancipación.

Se despide —en este verano feroz— un compañero que atravesó la prisión, el exilio y la clandestinidad sin renunciar a su oficio ni a su causa. La mejor manera de honrarlo es sostener la continuidad de esa tarea: decir la verdad hasta el punto final, poner la palabra al servicio de quienes producen la historia con su trabajo, y no dejar que el miedo ni la indiferencia escriban el último capítulo. Compañero Manuel Cabieses, hasta la victoria, SIEMPRE!!!