por Artidoro Sotomayor
En la fotografía vemos a dos figuras marxistas inclinadas sobre un tablero de ajedrez en los años treinta. A la izquierda, Bertolt Brecht conduce las piezas blancas; a la derecha, Walter Benjamin —con lentes y un modesto chaleco de lana sin mangas— responde con las negras. La escena, aparentemente trivial y quizá doméstica, encierra una tensión que excede el tablero: dos modos de intervención crítica enfrentados —y complementarios— en el momento más oscuro de la historia alemana moderna.
La disposición misma de las piezas ya sugiere una metáfora. Las blancas, en manos de Brecht, tienen la iniciativa. En ajedrez, comenzar implica marcar el ritmo, proponer el terreno del combate, obligar al otro a responder. Brecht fue, en efecto, el intelectual de la ofensiva: su teatro épico buscaba romper la ilusión, producir distanciamiento, interpelar directamente al espectador y empujarlo a una toma de conciencia activa. Como jugador de blancas, uno puede imaginarlo abriendo líneas, buscando tensar el centro, forzando definiciones.
Benjamin, en cambio y como siempre, juega con las negras. Allí aparece una clave decisiva. Las negras no inician; resisten, absorben, esperan el momento justo para contraatacar. No es una posición pasiva, sino estratégica: exige comprender en profundidad la estructura que el otro propone, detectar fisuras, acumular pequeñas ventajas invisibles hasta que la posición se invierte. Paradójicamente, esa es la figura más ajustada al pensamiento benjaminiano.
Mientras se jugaba esta partida y detrás de ese follaje, el fascismo ocupaba el espacio público con una movilización estética total, intervenir no significaba necesariamente hablar más fuerte ni moverse primero. Significaba, muchas veces, sostener una lectura crítica contra la corriente, negarse a aceptar la gramática dominante del tiempo histórico. Benjamin comprendió que el tablero estaba ya inclinado hacia la catástrofe. Su tarea no consistía en disputar la iniciativa dentro de las reglas impuestas, sino en desmontar las reglas mismas.
Si Brecht, con blancas, representa la ofensiva pedagógica, el gesto que abre el juego y busca producir conciencia inmediata, Benjamin, con negras, encarna la paciencia del contraataque. Su pensamiento no se precipita en combinaciones brillantes; trabaja sobre la estructura. En sus estudios sobre el barroco, en su análisis de la reproductibilidad técnica, en sus tesis “Sobre el concepto de historia”, Benjamin detecta que la aparente continuidad del progreso es una ilusión ideológica. Como un ajedrecista que acepta ceder espacio momentáneamente para preparar una ruptura futura, él se sitúa en una temporalidad distinta: la del tiempo interrumpido, la del instante mesiánico que quiebra la linealidad.
Jugar con negras, en este sentido, no es resignación. Es aceptar que la iniciativa inicial pertenece a la fuerza dominante —al capital, al fascismo, a la ideología del progreso— y que la tarea crítica consiste en desbaratarla desde dentro. Requiere una paciencia extrema, una disciplina del cálculo histórico. “Cepillar la historia a contrapelo” es, en términos ajedrecísticos, negarse a seguir la apertura prevista y buscar una estructura alternativa que exponga las debilidades ocultas del adversario.
¿Quién ganó la partida? Si la leemos como metáfora histórica, la respuesta no depende de la captura inmediata de piezas. Brecht, con blancas, sostiene la urgencia de la intervención organizada, la claridad del programa, la ofensiva cultural. Benjamin, con negras, representa la resistencia teórica que no concede la narrativa del vencedor y prepara una inversión futura de la posición.
Ese tablero parece condenado a la victoria de la barbarie. Sin embargo, la figura de Benjamin —jugando con negras, paciente, atento a las fisuras de la estructura— muestra que incluso cuando no se tiene la iniciativa formal, es posible disputar el sentido del juego. Su pensamiento no triunfó en el plano inmediato; su vida terminó trágicamente en una frontera. Pero dejó planteada una contraofensiva intelectual que, décadas después, sigue reconfigurando nuestra comprensión de la historia.
Quizá esa sea la verdadera enseñanza de la escena: no siempre quien mueve primero determina el resultado. A veces la victoria pertenece a quien sabe esperar, leer la totalidad de la posición y preparar, silenciosamente, el momento en que el tablero cambia de signo. En ese duelo amistoso entre Brecht y Benjamin, las blancas atacan; las negras resisten. Y en esa paciente resistencia alemana se cifra la paradoja más profunda del pensamiento contemporáneo..
