Engels, el socialista que quería una vida gozosa para todo el mundo

por Tristram Hunt

Si bien la mayoría de los artistas radicales se han pasado los últimos años exigiendo que se derriben las estatuas de héroes imperiales, en Manchester han ido contra la corriente. En 2017, el cineasta Phil Collins transportó una estatua de Friedrich Engels en un camión desde el este de Ucrania, una antigua colonia del imperio soviético, hasta el corazón del centro neurálgico del norte. Fue un gesto genial y contraintuitivo: colocar al hombre que odiaba la Cottonopolis en el corazón de su nexo comercial. Porque con la excepción de una respetuosa placa azul en Primrose Hill, en el norte de Londres, y un letrero que una vez estuvo en la playa de Eastbourne (donde se esparcieron sus cenizas), la estatua es uno de los lamentablemente pocos recordatorios que tenemos de uno de los más grandes exiliados en Gran Bretaña.

Este mes se conmemora el bicentenario del nacimiento del renano convertido en mancuniano a disgusto y después en viejo londinense. Siempre feliz de ser “el segundo violín de un primer violín tan espléndido” como Karl Marx (“¿Cómo puede alguien tener envidia del genio? Es algo tan especial que quienes no lo tenemos, sabemos que es inalcanzable de buenas a primeras”), merece mucho más que pasar por ser el hombre que sostuvo la historia. No solo contribuyó a configurar el marxismo del siglo XX, sino que su visión del socialismo se nos antoja más relevante para nuestras preocupaciones contemporáneas que la pura política económica de Marx.

Nacido el 28 de noviembre de 1820 en Barmen, junto al río Wupper, entonces perteneciente al reino de Prusia, Engels creció en el seno de una familia de industriales del textil estrictamente calvinista, capitalista y burguesa hasta la asfixia. Tuvo una infancia feliz con muchos hermanos y hermanas, riqueza familiar y cohesión comunitaria en lo que se llamó la Manchester alemana. Sin embargo, desde muy joven, a Engels le pareció que el coste humano de la prosperidad de su familia era difícil de soportar. Con tan solo 19 años escribió sobre los apuros de los trabajadores fabriles “en espacios insalubres en que la gente respira más humos de carbón y polvo que oxígeno”, y lamentó la creación de “gente totalmente desmoralizada, sin vivienda fija ni empleo definitivo”.

Después de caer bajo el hechizo de los Jóvenes Hegelianos en la Universidad de Berlín, fue la Mánchester de la década de 1840 la que le convirtió al socialismo. Enviado a trabajar en la fábrica familiar en Salford, en el epicentro de la revolución industrial, vio cómo el capitalismo salvaje favorecía la deshumanización: “Mujeres incapacitadas para la maternidad, niños deformados, hombres debilitados, extremidades aplastadas, generaciones enteras destrozadas, acosadas por la enfermedad, todo ello únicamente para llenar los bolsillos de la burguesía”, escribió en su obra maestra, La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845).

En este libro, Engels también reveló de forma brillante cómo la planificación y regeneración urbanas eran escenarios del conflicto de clases. Es el padre de la sociología urbana moderna, que explicó con conceptos con los que solo ahora estamos familiarizados cómo el espacio urbano siempre se construye con criterios sociales y económicos. Los comentaristas actuales sobre la privatización del espacio público o el trabajo de Mike Davis sobre nuestro Planeta de ciudades miseria se inspiran en la crítica pionera de Engels de la Mánchester industrial.

Tras el fracaso de las revoluciones continentales de 1848, Engels se vio forzado a volver a Mánchester como industrial algodonero con el fin de financiar la filosofía de Marx. Odiaba esta situación. “La charlatanería es demasiado horrible, pero lo más horrible de todo es no solo ser un burgués… sino uno que se decanta activamente en contra del proletariado”. Este doloroso sacrificio personal permitió asegurar la publicación de Das Kapital en 1867 y, con ello, la suma de la visión marxiana del mundo. Lamentablemente, pronto se vio que la obra de la vida de Marx estaba en peligro de caer víctima de la “conspiración del silencio burguesa”, hasta que Engels se puso a organizar la necesaria publicidad. Fue la popularización que llevó a cabo Engels de las ideas centrales de Marx en sus escritos de divulgación Anti-Dühring y Del socialismo utópico al socialismo científico la que lanzó el marxismo como credo global cautivador.

“La mayoría de las personas son demasiado perezosas como para leer los gruesos tomos de El Capital” explicó Engels, y sus divulgaciones fácilmente inteligibles del marxismo atrajeron lectoras y lectores de Francia, Alemania, Estados Unidos, Italia y Rusia. Tras la muerte de Marx en 1883, Engels se sintió libre para desarrollar el pensamiento marxista por nuevos derroteros. En su estudio de la historia de la vida familiar, sentó las bases del feminismo socialista al relacionar la explotación capitalista con la desigualdad de género. Asimismo, Engels elaboró la visión marxista de la liberación colonial con sus análisis tempranos del imperialismo como componente central del capitalismo occidental. De Vietnam a Etiopía, de China a Venezuela, la teoría de la emancipación de Engels fue adoptada por combatientes por la libertad contra los imperios, incluso cuando el imperio soviético lo utilizó para expandirse por Europa Oriental.

Engels fue una figura de profundo significado histórico y filosófico. Como biógrafo suyo descubrí que su visión del socialismo también podía ser sumamente inspirador: el siniestro, corrupto y antiintelectual marxismo igualitario del siglo XX le habría horrorizado. “El concepto de una sociedad socialista como reino de la igualdad es un concepto francés unilateral”, dijo. En su lugar, Engels creyó en la extensión de los placeres de la vida –la buena mesa, el sexo, la bebida, la cultura, los viajes, incluso la caza del zorro– a todas las clases sociales. El socialismo no debía ser una tediosa reunión del partido laborista, sino una vida llena de gozo. El verdadero desafío de vivir en Manchester fue que no podía hallar “ni una oportunidad para poner en práctica mi reconocido don para preparar una ensalada de langosta”.

Así que es muy acertado que su estatua presida ahora la plaza de Tony Wilson, nombrada en honor del vividor cofundador de Factory Records y del club nocturno Hacienda, quien también creía en las cosas buenas de la vida. Finalmente, 200 años después de su nacimiento, y lejos del lugar en que vio la luz, contamos ya con un buen recordatorio de Engels en el lugar que le corresponde.

(Tomado de The Guardian)

Tristram Hunt es autor de El gentleman comunista. La vida revolucionaria de Friedrich Engels, Anagrama, Barcelona, 2011.

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