El ritmo de la evolución

por Jonathan Losos

Durante más de un siglo después de la publicación de El origen de las especies, los biólogos pensaron que la evolución procedía en general lentamente. En cierto modo, esta idea fue un resultado de los propios escritos de Darwin –“No percibimos ninguno de estos lentos cambios que se están produciendo hasta que la manecilla del reloj del tiempo ha marcado un período de siglos” (Darwin 1859, cap. 4). Al fin y al cabo Darwin estaba en lo cierto en muchas cosas, grandes y pequeñas, desde deducir cómo se forman exactamente los atolones de coral, hasta predecir la existencia de una polilla desconocida con un probóscide de 30 centímetros a partir de la morfología de una orquídea de Madagascar. Por ello, los biólogos han aprendido que generalmente no sale a cuenta llevarle la contraria a Darwin.

Pero Darwin también se equivocó en algunas cosas, como la relacionada con el mecanismo de la herencia, de manera nada sorprendente, pues desconocía el trabajo de Mendel, y faltaba más de un siglo para el descubrimiento de que el material genético estaba contenido en el ADN. Otro error fue el relativo al ritmo al que se produce la evolución. Darwin pensaba que la selección natural era muy débil y que, en consecuencia, el cambio evolutivo se producía muy lentamente y tardaba muchos miles o millones de años en causar cambios detectables. Por supuesto, en su día no disponía de datos fiables que avalasen esta conclusión. Sus previsiones se debían más bien al aprecio que tenía Darwin por el punto de vista divulgado por su mentor, el geólogo Charles Lyell, según el cual la lenta acumulación de cambios provocados por una fuerza débil a lo largo de períodos geológicos acababa produciendo cambios muy grandes. Este punto de vista, por supuesto, estaba en consonancia con las ideas propias de la época victoriana según las cuales los cambios se producen –o tendrían que producirse– de manera lenta y gradual, tanto en la naturaleza como en la civilización humana.

El punto de vista de Darwin influyó en los biólogos evolucionistas durante más de un siglo; hasta bien entrada la década de 1970 la mayoría de ellos estaban convencidos de que la evolución progresa normalmente a paso de tortuga. Espoleados por los resultados de los estudios de campo a largo plazo sobre la selección natural que empezaron a conocerse por aquella época, hoy sabemos que en este punto Darwin estaba equivocado. Muchos estudios muestran ahora claramente que la selección en la naturaleza es con frecuencia muy fuerte y que, en consecuencia, el cambio evolutivo se produce a menudo muy rápidamente.

Una consecuencia importante de ello es que ahora podemos observar la evolución en tiempo real. Iniciados por el trabajo sobre los pinzones de las Galápagos por parte de Peter y Rosemary Grant, que documentaron el rápido cambio evolutivo que experimentan estas aves de una generación a la siguiente en respuesta a los cambios medioambientales inducidos por el clima, el estudio del cambio evolutivo en tiempo real en la naturaleza se ha convertido en una especie de industria con cientos, y posiblemente, miles de ejemplos bien documentados. Estos trabajos no solo ponen claramente de manifiesto la incidencia de la evolución, sino que también nos ayudan a comprender mejor los procesos que la causan (normalmente, aunque no siempre, la selección natural).

Lo que es tal vez más impresionante es que la rapidez con que puede producirse la evolución ha abierto la puerta a experimentos en los que los investigadores pueden modificar las condiciones ambientales y poner a prueba hipótesis evolutivas en períodos de unos cuantos años. Uno de los trabajos a la vanguardia en este ámbito son los estudios sobre el color de los guppies, una especie de pececillos de colores de Trinidad. Tras observar que los colores de estos pececillos eran generalmente más vivos cuando vivían en corrientes sin depredadores, John Endler trasladó algunos ejemplares desde una corriente con depredadores a otra cercana en la que no los había; muy rápidamente, la población de pececillos evolucionó hasta adquirir una coloración exuberante, aparentemente como resultado de una preferencia de las hembras por los machos de colores más vivos, que, en ausencia de depredadores, evolucionaron rápidamente en solo 14 generaciones. Posteriores estudios han puesto de manifiesto que los guppies libres de predación desarrollan otras muchas características diferentes, por ejemplo en su ritmo de crecimiento y reproducción. Actualmente se están llevando a cabo muchos estudios similares, y puede afirmarse con seguridad que en el futuro los experimentos de campo serán una herramienta importantísima en el estudio de los procesos evolutivos.

Fuente: Apartado sexto del segundo capítulo del libro de Jonathan B. Loscos y Richard E. Lenski (eds.)Cómo la evolución configura nuestras vidas.

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