por Juan Barría Leal
Esta Fotografía fue tomada en 1939 y corresponde a una reunión del Partido Comunista de Valdivia. Décadas antes de ser tomada está fotografía, los trabajadores de la industria de la madera de las provincias de Valdivia a Chiloé, carpinteros, mueblistas, leñadores, balseros, operadores de aserraderos se habían reunido en pequeños grupos clandestinos para organizarse, para levantar sindicatos allí donde los patrones lo prohibían y las leyes los castigaban. Algunos se sentían cercanos al Partido Democrático del sector de Recabarren que luego se convertiría en Partido Obrero Socialista, también tenían presencia los obreros próximos a las ideas anarco comunistas.
Estos trabajadores, amparados por la oscuridad de la noche y en medio del río Calle Calle, utilizaban la excusa de ir a pescar o de ir de fiesta a la Isla Teja para utilizar mimeógrafos de factura artesanal que “encaletaban” en alguna orilla del río. Esas pequeñas imprentas portátiles les permitían hacer llegar panfletos, cartas, reflexiones a sus compañeros de trabajo. Documentos simples y directos en que las conversaciones de pasillo se traducían a un lenguaje político coherente con el ánimo de sus lectores, los comerciantes inflaban los precios para enriquecerse a costa de los trabajadores, los alimentos y el vestuario se encarecía y con los bajos sueldos el trabajador no podía tener una vida digna, las malas condiciones del trabajo provocaban muertes y accidentes todo esto debía ser combatido, como el alcohol que hacía estragos entre la clase obrera. Este movimiento no tenía casi ninguna conexión con los líderes del norte, Santiago era otro país y las regiones mineras un planeta aparte.
Cuando Recabarren rompe con el Partido Democrático esa ruptura también expresó la insatisfacción de los trabajadores con un partido que no lograba comprenderlos del todo. Los trabajadores organizados de la madera que se unieron al Partido Obrero Socialista de una forma que expresaba más bien solidaridad de clase que una articulación orgánica en torno a una concepción ideológica. Este aspecto, la identidad de clase como columna vertebral de los trabajadores organizados, será dominante durante todo el siglo XX por lo menos hasta la década de los noventa.
Cuando el Partido Obrero Socialista termina decantando en 1922 en el Partido Comunista de Chile lo hace con admiración y poniendo la vista en la naciente URSS, ¿pero qué tan conocedores eran los militantes de los escritos de Lenin y de Marx? . La conciencia de los trabajadores de la madera, la industria más pujante del sur de chile hasta 1960 y que solo resurgirá 40 años después, era una conciencia del nosotros contra ellos, la experiencia del pobre que se sabe pobre, del que emigró del campo dejando atrás la legua huilliche pero no el color de piel. Recordemos siempre que en Chile la clase y la piel nunca han dejado de estar unidas. En esta industria se funde el huilliche, el mestizo, el venido a menos, es una industria que abarca todas las capas de la sociedad donde los patrones intentan perpetuar la sumisión pero ahora en la larga cadena de transformar el árbol en mueble que viajará a Europa.
Aquí no hay mineros, ni desiertos, ni ferroviarios, el transporte se realiza por mar y por ríos, involucra a hombres que saben de corrientes, remansos, temporales, que pueden distinguir los distintos tonos de verde de la selva Valdiviana, que pueden convivir con el pangui y reconocer el árbol correcto para ser aserrado. Del lejano Dalcahue llegan los pequeños barcos de vapor arrastrando gigantescas balsas de pellines hasta el puerto de Valdivia donde serán aserrados y transformados.
Esta multitud de hombres y también mujeres llegará, en su mejor momento, a conformar la Confederación de Trabajadores de la Madera, que unirá a distintas regiones del país con miles de socios incorporados a la organización.
Estos trabajadores, en sus propias luchas por el derecho a existir, a tener voz, descubrieron a Marx sin Marx. Comprendieron el problema del trabajo y del capital sin los textos, sin las fórmulas de la plusvalía, sabían que el trabajo era el centro del motor de su industria. Por esta experiencia se unen a un partido que no sólo dice representar los intereses de los trabajadores sino que es el partido de los trabajadores, constituido por ellos y conducido por ellos. Esto nunca dejó de ser cierto. Se puede discutir que en el Comité Central del Partido Comunista también se incorporaron artistas, intelectuales, científicos, sin embargo nunca llegaron a ser cuantitativamente relevantes como si lo eran los trabajadores. Para los trabajadores comunistas el lugar de lucha natural era el sindicato, el sindicato era trinchera y motivo de persecución.
En Valdivia, el Partido Comunista se crea en 1927 de manos de líderes sindicales de la industria de la madera. A la cabeza de estos sindicatos se encontraban los trabajadores con mayor especialización: carpinteros y mueblistas. Ellos eran quienes operaban las máquinas traídas de Europa, los que organizaban los grandes talleres, su peso económico era también social y político, formaban los clubes de rayuela, impulsaban la formación de clubes deportivos y su presencia cultural era tan significativa como la de los funcionarios públicos y privados. Más allá del mito del partido comunista como ejemplo de disciplina partidaria, el Partido Comunista no pudo nunca disciplinar completamente a estos trabajadores del sur, conscientes de su lugar, como luchadores de la clase, conscientes de su lejanía del centro del país y de Europa, creían sólidamente en sus propias experiencias como también en la necesidad de la unidad de la clase que era el elemento central de la identidad que permitía la unidad partidaria.
No era la eficacia y eficacia del Partido Comunista de Chile y su dirección central en tierras del sur o en cualquier otras tierras lo que permitía su unidad, sino la identidad de clase que compartían los dirigentes de los trabajadores y de los propios trabajadores cuyo eje central era la unidad de la clase y su disposición a mantener la unidad de la organización política era el resultado movilizador de dicha identidad cultural.
¿Los dirigentes y militantes de la fotografía admiraban a la URSS? Sin duda, como un sediento admira un oasis pero lo sabe lejano o quimérico. El lenguaje revolucionario de la internacional fue transformado, dotado de otro sentido, la revolución, el comunismo era algo que se alcanzaría, seguramente, no cabía ninguna duda, pero ahora otros eran los problemas. El militante y dirigente comunista volvía al problema del sueldo mínimo, mejorar las pensiones del Montepío, ayudar al Maestro que se cayó del andamio, socorrer a la viuda, extender organizadamente la solidaridad de clase, lo que se expresaba en la elección de diputados, alcaldes y regidores, incluso la solidaridad de clase tenía una expresión moral la lucha contra la embriaguez y la prostitución. Esta forma de pensar la política ocurrió en esta industria, como en la minería, como en el transporte ferroviario, como en el acero. Esa era la política de la clase trabajadora del siglo XX en Chile y, en este sentido, el Partido Comunista se convirtió en el partido de la clase porque adoptó la estrategia de lucha de la clase trabajadora. Por supuesto que el PCCH tenía sus propios objetivos, lenguaje, doctrina, textos, símbolos y un referente internacional pero estos elementos siempre fueron reinterpretados dentro de los límites de la lucha de los trabajadores, de su conciencia como miembros de una clase subordinada en el contexto de un tipo de desarrollo capitalista basado en las exportaciones de materias primas con un sector industrial creciente.
Muchos se han preguntado ¿Porque, a los militantes del Partido de Chile de los años 30 y 40 no les supuso una ruptura epistemológica el pacto de la URSS y la Alemania Nazi? Porque en una cultura sindical y de trabajadores se negocia con el adversario, ¿Porque no se quebró el PCCH cuando se dio a conocer la nueva política del Frente Antifascista? Porque cambiar de táctica es parte de un ethos comprensible desde la búsqueda de logros materiales concretos.
Bajo todas las líneas políticas de las internacionales, lo que siempre se aplicó en Chile fue la mirada sindical de la lucha de clases. Gradual, etapista, y no rupturista. Propio del saber del sindicalismo. Esto es evidente si se considera al MIR desde el análisis de clase, el MIR de Miguel Henríquez es una de las respuestas políticas de la clase media alta ante la posibilidad de ruptura política entre clases, ¿Cómo una clase que se articula en los sectores blandos de la producción capitalista, como son los servicios y la producción de conocimientos, juega un papel en el nuevo escenario y disputa la conducción del proceso? A través de la organización de individuos cuya experiencia vital se articula mucho más cerca del poder y el reconocimiento social. No son trabajadores manuales, no participan de una comunidad indígena, no son «la clase», la dirigen, repiten su papel histórico como mediadores entre la clase patronal y los trabajadores. De ahí que el MIR, el MAPU y el Frente Nacionalista Patria y Libertad son tres expresiones políticas muy diferentes cuyo propósito es asegurar el lugar que esa clase tendría en un potencial nuevo escenario que generaría la salida del proceso de la Unidad Popular.
Entre 1930 y 1973 los militantes del Partido Comunista de Chile son en su mayoría trabajadores y trabajadoras con experiencia en la lucha sindical o en la organización poblacional y es esta experiencia, está cultura, está cosmovisión del «enfrentamiento» entre clases es la que trasladan al partido político.
Un sindicalista no busca ser el dueño de la empresa y un trabajador no quiere estar cesante, ambos quieren resultados para ello pedirá, conversará, negociará, amenazara, irá a la huelga, enfrentará a la policía, caerá preso, será relegado, exiliado pero volverá y negociará. En el mundo sindical de esa época el triunfo no estaba en el después o en el tal vez, o en que la revolución será la solución final porque eso, me dijo una vez Aurelia Leal una de las fundadoras del Partido Comunista de Valdivia, es creer el país de jauja donde los perros se amarran con longaniza, las soluciones eran en el aquí y el ahora, eran concretas y estos hombres y mujeres son los militantes que forman los Comités Centrales. Regionales y Comunales del Partido Comunista hasta 1973.
En su política no hay ingenuidad hay pragmatismo, en lo más profundo es sostener que el socialismo es un mundo trascendente y la revolución un anhelo pero mientras tanto hay que evitar el hambre, hay que llevar el pan a la mesa popular.
“…es menester que la cuestión del pan prive sobre todas las demás. Si se resuelve en interés del pueblo la revolución estará bien encaminada; porque para resolver la cuestión de los alimentos hay que aceptar un principio de igualdad…” Piotr Kropotkin. La Conquista del Pan.
Antes del Partido Comunista los trabajadores ya venían sufriendo la violencia del capital y su respuesta fue organizarse para la lucha concreta y el PC fue una de las respuestas de la clase trabajadora. Solo los que han sentido hambre y frío como experiencia biológica, material y no conceptual pueden comprender está urgencia por el ahora. Desde el punto de vista conceptual, de la construcción teórica de la revolución del partido como instrumento para la revolución, el PCCH no era un partido para la revolución, nunca lo fue. Se han gastado ríos de tinta acerca de este hecho, sin embargo, se ha hecho muy poco énfasis en lo que sí fue. El PCCH fue el instrumento político de la clase trabajadora de Chile entre 1922 y 1973, que estaba constituido cuantitativamente por militantes de esa clase y dirigido también por miembros de esa clase y cuya actuación se encontraba enmarcado por el horizonte de experiencias de los trabajadores, sin ser revolucionario, es un partido constituido por trabajadores donde la clase dominante y la clase media ilustrada no puede reclamar sin más la conducción del partido, deben someterse a la cultura de los militantes, a su forma de ver, sentir, y ser, y a su vez los militantes mantiene la unidad de la organización por la conciencia de clase y la necesidad de la unidad a toda costa que incorpora de sus propias luchas. El partido Comunista no era revolucionario era una trinchera para la defensa de los intereses concretos de la clase trabajadora, para resolver aquí y ahora y no en un futuro distante, el socialismo funcionó como una promesa trascendente que posibilita la mantención de rituales y símbolos que, a su vez, permiten participar de un movimiento humano mayor que traía consigo un futuro inevitable que algún día otros verían mientras nosotros, firmemente constituidos en el ahora, resolvemos no el ¿Qué hacer? Sino el ¿qué comer, que vestir, donde vivir, como estudiar, como progresar?
En 2025 los trabajadores ya no cuentan con un instrumento político que sea de los trabajadores, que este constituido por trabajadores y dirigido por trabajadores y, desde ese punto de vista, los trabajadores chilenos no se han dado una respuesta al problema del poder.
