El Partido Comunista de Chile frente al marxismo

por Alejandro Valenzela Torres

“Sin teoría revolucionaria no hay práctica revolucionaria” — V. I. Lenin

Desde su fundación hasta su rol actual en el gobierno de Boric, el PCCh ha sido un freno sistemático para el desarrollo revolucionario del proletariado chileno. Una crítica desde la óptica del marxismo bolchevique.

El Partido Comunista de Chile ha sido, desde su fundación en 1922, un actor central de la historia política del país. Sin embargo, la imagen construida a su alrededor —como bastión del pueblo, partido consecuente, o heredero de Recabarren— merece una revisión rigurosa. Vista desde la óptica del marxismo revolucionario, la trayectoria del PCCh revela una línea ininterrumpida de traiciones, adaptaciones al régimen burgués y abandono sistemático de la estrategia insurreccional.

Recabarren y los límites de origen

El PCCh nació de la transformación del Partido Obrero Socialista, fundado por Luis Emilio Recabarren en 1912. Su adhesión formal a la Tercera Internacional en 1922 significó, en teoría, una ruptura con la Segunda Internacional y el reformismo. Sin embargo, la figura de Recabarren nunca encarnó plenamente el modelo bolchevique de Lenin: su estrategia era legalista, pacifista y profundamente limitada por la institucionalidad del Estado burgués.

Desde su nacimiento, el PCCh arrastró una contradicción fatal: aspiraba a representar al proletariado, pero lo hacía desde una concepción etapista y parlamentarista de la historia. Su dirección jamás construyó un partido de combate, clandestino, centralizado y disciplinado al estilo bolchevique. La oportunidad histórica se perdió desde el comienzo.

Estalinismo y frentes populares: la capitulación como política

La degeneración estalinista de la URSS se reflejó con nitidez en el PCCh. Desde los años treinta, el partido chileno adoptó la estrategia del Frente Popular, subordinando la lucha de clases a alianzas con la burguesía «progresista». Apoyaron gobiernos como el de Pedro Aguirre Cerda, legitimando así la dominación capitalista a cambio de migajas institucionales.

Esta estrategia, denunciada por Trotsky como una catástrofe para el proletariado, consolidó al PCCh como un partido del orden. Toda perspectiva de insurrección o dualidad de poder fue sistemáticamente sofocada. La alianza con la pequeña burguesía radical no fue una táctica pasajera: se convirtió en la esencia política del partido.

Allende, la vía pacífica y la contrarrevolución

La década de 1970 expuso con brutal claridad los límites históricos del PCCh. En lugar de preparar al movimiento obrero para la toma del poder, el partido se convirtió en el principal garante del “socialismo en libertad”, una consigna vacía que ocultaba la voluntad de evitar cualquier confrontación real con la clase dominante.

Mientras los cordones industriales emergían como formas embrionarias de poder obrero, el PCCh llamaba a respetar la Constitución de Pinochet padre (Alessandri), desarmando políticamente a la clase trabajadora. Su lealtad al aparato estatal burgués fue tal que, ante el inminente golpe de Estado, prefirieron inmolar a la Unidad Popular antes que romper con el legalismo suicida.

La masacre de septiembre de 1973 no fue una sorpresa, sino la conclusión lógica de una estrategia reformista. Desde la perspectiva bolchevique, el PCCh fue tan responsable como la derecha por el desarme político y material del proletariado chileno.

De la resistencia al Ministerio: la larga marcha a la institucionalidad

Durante la dictadura, el PCCh osciló entre una efímera retórica insurreccional —a través del FPMR— y su creciente reinserción en la política institucional. Su estrategia apuntó a integrarse al pacto de transición, y desde los años 90 fue parte activa del bloque que administró el legado del neoliberalismo pinochetista.

La participación en los gobiernos de la Concertación, y más recientemente en el de Gabriel Boric, terminó de sellar su transformación en un partido burgués con base obrera. Hoy, el PCCh ocupa cargos ministeriales, defiende las AFP de facto, avala la represión contra estudiantes y trabajadores, y actúa como garante del régimen.

¿Dónde quedó la dictadura del proletariado? ¿Dónde la ruptura con el Estado capitalista? ¿Dónde la estrategia insurreccional? En ninguna parte.

El PCCh hoy: enemigo interno de la revolución

La historia del Partido Comunista de Chile es la historia de una adaptación progresiva al orden burgués. Bajo el barniz de una retórica obrera y popular, opera como un factor de contención, desvío y derrota de las energías revolucionarias.

En la revuelta de octubre de 2019, nuevamente actuó como freno: llamó a la paz social, a la Convención Constitucional, al Acuerdo por la Paz y a la salida institucional, todo para encauzar una revolución latente en los marcos del sistema.

Desde la óptica bolchevique, el PCCh no es un partido comunista. Es una organización reformista, parlamentaria y contrarrevolucionaria que debe ser desenmascarada ante las nuevas generaciones de luchadores.

Una tarea pendiente: reconstruir la dirección revolucionaria

Frente a la bancarrota del reformismo, la tarea histórica sigue siendo la que trazaron Lenin y Trotsky: construir un partido revolucionario, armado con el programa del marxismo, capaz de dirigir al proletariado a la toma del poder. En Chile, esa tarea está pendiente.

Se necesita una nueva vanguardia, que no tema romper con las ilusiones constitucionales, que no se arrodille ante los empresarios ni ante el imperialismo, y que no participe en gobiernos patronales.

Es tiempo de hablar claro. El Partido Comunista de Chile no es parte de la solución. Es parte del problema.