El discurso de la violencia y la guerra contra los pobres (O sobre el «fantasma portaliano» y su axiomatización)

por Rodrigo Karmy

Un extraño suceso ha ocurrido en el país. Por todas partes, una sola obsesión envuelve a los llamados intelectuales del orden: la violencia.  Se escandalizan con ella, como si jamás la hubieran visto, la rechazan como quien excluye de sus ojos el peso de lo Real y, para ello, ofrecen un vocabulario terminológico preciso, a veces creativo, para designar a ese oleaje de insurrección sobrevenido en octubre de 2019. Sin embargo, algo raro ocurre aquí cuando exclaman, extrañados, por el país que les ha caído, y que exige imperativamente condenar la violencia. 

Le dicen “la “violencia como si fuera la única que existiera frente a la pacificada sociedad que, sorpresivamente, un día se encontró con este suceso totalmente injustificado. Insisto, le llaman “violencia” a secas, como si dicho término agotara toda violencia: a esa forma particular de violencia, ejercida por los pobres, estudiantes secundarios, pueblos históricamente aplastados, le han titulado “la” violencia. Con ello, han ofrecido una operación metonímica brillante: al tomar a la parte como si fuera el todo (la violencia de los excluidos como si fuera toda la violencia de la sociedad chilena) han podido ocultar la violencia estructuralsobre la cual se funda el orden. En otra época, esa operación recibía el nombre de “ideología” en la medida que la operación sobrevenida ha convertido a “la” violencia en nada más que ideología. 

Al reducir la violencia solo hacia un sector social (el proletariado chileno), solo respecto de una situación (la revuelta) el discurso oligárquico ha podido desentenderse de su propia violencia, aquella que ejerció míticamente cuando se tomó por asalto al Estado en 1973. La denuncia moral contra la violencia que hemos escuchado todo este tiempo es la cara visible de una ganancia invisible: ocultar la violencia estructural, mítica, sobre la cual se funda cotidianamente el régimen corrupto en el que vivimos. Se acusa a la revuelta de 2019 de “violenta” y el acusador se ubica en la posición moral de la paz, la democracia, la tranquilidad de consciencia. Se sostiene que la revuelta resulta incompatible con la llamada “democracia representativa” (el mejor régimen de gobierno) sin hacerse cargo que esa hermosa democracia, ese sueño devenido pesadilla para millones, encierra una violencia estructural –la lucha de clases- en cada institución que la compone. 

El juego del presente sigue siendo el impuesto por el fantasma portaliano: dispositivo mitológico de violencia que hoy está ad portas de su axiomatización, es decir, de la redefinición de la relación entre el Estado y el Capital. En otros términos, asistimos a la reconfiguración del autoritarismo oligárquico que asumirá una suerte de “ideología trifuncional” en el sentido en que lo planteaba el antropólogo Georges Dumèzil cuando distinguía tres articulaciones fundamentales de la llamada cultura “indoeuropea”: una esfera soberana en la que se desenvolverá un pacto por la seguridad (Wallmapu), un campo económico en el que se desplegará la nueva era capitalista (TPP11) y un campo religioso en el que se desenvolverá el llamado “proceso constituyente” (la Nueva Constitución). La trifuncionalidad anunciada por Piñera en noviembre de 2019 (para el Acuerdo del 15 N) parece estar concretándose bajo el gobierno de Boric después del plebiscito del 4 de septiembre de 2022. 

Es precisamente dicha “trifuncionalidad” con la que opera el fantasma portaliano, aquella formación imaginaria que ha ofrecido gobernabilidad histórica a la oligarquía chilena desde el triunfo de Lircay en 1830 hasta la actualidad. Sin embargo, dicho fantasma está lejos de ser una estructura invariante, sino un dispositivo, un conjunto de mecanismos singulares capaces de anudar la relación del Estado y el Capital, el derecho y la violencia en una misma unidad, en una misma concepción del orden. Si este último no es nunca un hecho dado sino un conjunto de operaciones fácticas que el propio Portales popularizó bajo la expresión el “peso de la noche”, entonces digamos que lo que está en juego hoy es la construcción del orden portaliano de la nueva época capitalista. Si se quiere, el nuevo orden que permitirá mantener las prerrogativas oligárquicas al precio de su propia axiomatización, de su modificación guiada por los nuevos derroteros del capital. 

Es justamente el fantasma portaliano, constituido desde una estructura dualista o “gnóstica” que distingue entre buenos y los “malos” (Portales dixit) lo que fue impugnado por la revuelta de octubre de 2019 pues fue precisamente ella la que “suspendió el tiempo histórico” y abrió una grieta en la relación Estado-Capital que había sido suturada institucionalmente por el pacto oligárquico de 1980. A esta suspensión ejercida por la revuelta, el fantasma le dio el único nombre que conoce desde la década de 1830: “anarquía” o, si se quiere, “violencia”.  

 Para el fantasma portaliano no se trata jamás de su propia violencia como la de los “malos” que están fuera de su orden de paz y estabilidad. De ahí la criminalización de los pobres o, si se quiere, la guerra desatada contra los pobres que la fase neoliberal hizo verdaderamente explícita. Guerra contra los pobres a los que considera fuente arbitraria de “la” violencia. Denuncia la violencia de otro como “la” violencia, mientras no deja de ejercerla sin piedad, naturalizada en diversas formas como aquella de conversión ideológica que exige restituir sus años de gloria que, el pasado reciente situó en los “famosos 30 años”. Como un hippie con nostalgia de los años 60, el único mundo que ofrecen es el del pasado. Y a ese mundo le llaman “futuro”. Saben que el futuro está simplemente en manos de las aseguradoras, y que el pasado solo pueden experimentarlo bajo la égida de la patrimonialización. No conocen la intempestividad del tiempo, no pueden mantener una relación viva con el pasado, sino siempre muerta. 

Porque en rigor, dicho fantasma que impregna a la ex concertación y a la actual derecha –es decir, a los dos bandos del único partido de Chile, el “partido portaliano”- es el fantasma portaliano que no es más que una figuración del Capital: como tal solo conoce el trabajo muerto, el tiempo muerto, la vida muerta. La revuelta de octubre irrumpió como trabajo vivo, tiempo vivo y pletórica fiesta de vivientes. 

En este sentido, la revuelta de octubre fue anticapitalista. No por algún programa que hubiera redactado, o proyecto que hubiera sistematizado, sino por la misma práctica de interrupción que, como diría Fujita Hirose, puso un límite –precario, frágil, pasajero, pero límite al fin- al capital tal como otros pueblos, casi en el mismo período, también lo hicieron en diferentes partes del mundo. El estallido erótico de la revuelta, su fulmínea imaginación que ocupaba plazas, calles, escuelas, universidades, conversaciones cotidianas, desafió los contornos del capitalismo chileno y puso en cuestión el pacto oligárquico de 1980. La axiomatización del fantasma bajo la nueva (vieja) trifuncionalidad ideológica, intentará responder a esa destitución. 

La época en que vivimos es, sin duda la de la guerra civil planetaria (la axiomatización del fantasma portaliano nos anuncia una nueva participación en ella). La pandemia agudizó el aplastamiento de la revuelta bajo la violencia biomédica, como el Acuerdo del 15 N lo hizo bajo la violencia jurídico-estatal, pero los pueblos del mundo, en abierta oposición a dicha guerra, abren formas de habitar en la que constituyen una compleja fase de experimentación –donde también la respuesta neofascista puede poner fin parcial a dicha fase. Respuesta neofascista que se abalanza para volver a tapar la olla que ha sido destapada: si la revuelta destapó el violento núcleo mítico del orden, el neofascismo es la fuerza que intenta, volver a taparlo para restituir su simulacro. Al decir “volver” a taparla subrayamos la repetición en su operación, en el entendido que el neofascismo no es nada más que repetición, mímesis que acumula muerte sobre muerte, “religión de la muerte” que se asienta ruina sobre ruina. 

Pero los intelectuales del orden nada dicen de esa violencia y cuando se les interpela sobre el carácter “estructural” que ella tiene, lanzan monsergas morales del tipo: “pero nada justifica que…” o bien: eso de “estructural” es una “terminología demasiado vieja”, etc. Para ellos, la única violencia que cuenta es la de los pueblos pobres cuando se sublevan y que no demoran en criminalizar, pero que son pueblos que se han abierto paso con su imaginación en cuya difícil experimentación avanzan y retroceden, despiertan y duermen, fraguan nuevas prácticas y discursos posibles en una oscilación que no responde a las proyecciones de los “técnicos del lenguaje” y su expertiz burocrática, sino más bien, a la intempestividad alojada en los murmullos del porvenir. 

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