«El conde»: Un festival de parodias simplonas

por Edmundo Moure

A las 18:00 horas de ayer, nos sentamos a ver El conde, Marisol, Sol y yo. Nos reímos de buena gana hasta poco más de la mitad del filme. A partir de las mordidas, sentimos que todo se desdibujaba en grotesca truculencia de imágenes, una suerte de «tarantinada» (sí, de Tarantino), a la chilena, en versión burda de cine blanco y negro, donde la sangre podía ser ulpo o chancaca.

La puesta en escena fílmica, en general, nos pareció adecuada. La fotografía y ambientación escénica constituyen los mejores aciertos estéticos, pero no alcanzan para una película de calidad, puesto que su desarrollo se ve menoscabado por excesos satíricos que devienen en la burda grosería; pecan de obviedad, transformándose en caricaturas que no convencen al espectador, suerte de fantoches algo hieráticos y cariacontecidos.

Pablo Larraín se empeña en banalizar y destruir a sus personajes, exacerbándose en la familia Pinochet Hiriart, arrastrando a sus miembros hacia una denigración que, por exagerada, se torna poco verosímil, produciendo al final un efecto contrario al pretendido.

Es como si dijera, hablándole a su padre, cómplice y golpista, que brilla aquí por su ausencia en la trama de este largometraje:

—¿Ves que yo —Larraín de Larraínes (de una rama menor en este caso, eso sí)— puedo odiar a mi casta más aún que otros creadores a la suya?

Pensemos en Joaquín Edwards Bello, en Vicente Huidobro, en José Donoso. Así, este prurito lleva al cineasta a morderse la cola, a obtener un resultado opuesto a su propósito ético y estético, a través de su psicoanálisis visual expurgativo.

Un autor sin historia política

Pienso que uno de los grandes errores cometidos por Pablo Larraín es haber otorgado a los personajes sus filiaciones civiles, sus nombres de pila, evidencia impresentable en un cineasta avezado. Ya que le da título de conde al vampiro castrense, debió haberlo dejado así, despojarlo de su nombre real, como a doña Lucía, sus cinco vástagos y el propio Krassnoff. El cineasta olvidó el manual básico del séptimo arte. He ahí su imperdonable desacierto.

En cuanto al análisis político del filme y su probable «mensaje» o significación histórica, en la perspectiva de los 50 años del golpe empresarial, político, jurídico y militar, el autor se desentiende por completo de aquella terrible circunstancia y de sus atroces consecuencias. Nos quedamos con la sed de sangre del tirano, con su carácter de traidor y ladrón insaciable, en beneficio de su mujer e hijos, mediocres y venales.

Los tres mil muertos y dos mil trescientos desaparecidos, los torturados, los quinientos mil exiliados, las atrocidades y aberraciones sin cuento, no se mencionan. Al comienzo, la voz de un introductor ofrece una pincelada intrascendente, de estadísticas sociales, como de noticiero alemán visto en el cine de los 50.

Pero reímos, sí, como si hubiésemos asistido a la sección de humor de un festival de imitaciones. No podemos hablar de efectos estéticos profundos, de exposición de drama o tragedia.

Ni siquiera la muerte pudo aliviarnos de la parodia simplona, porque los asesinos y criminales fueron beneficiados por las mordeduras de la vida eterna, aunque ésta tenga las pavorosas limitaciones del conde Drácula y sus hijos sanguinarios, perpetrados como Satán a través de las generaciones.

(Fuente: Cine y Literatura)

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