EEUU y China se pelean en la OMS, mientras la pandemia crece en el mundo

por Bill Van Auken

En medio de predicciones negativas de que la pandemia del COVID-19 continúa su propagación, amenazando con infligir muertes masivas y gran sufrimiento en los países pobres y oprimidos del sur global, Washington buscó convertir la conferencia anual de la Organización Mundial de la Salud en un campo de batalla para su campaña incansable para culpar a China.

Bajo estas condiciones, el Gobierno de Trump envió un video pregrabado beligerante por parte de su secretario de Salud y Servicios Humanos, Alex Azar, quien escaló las acusaciones infundadas de Washington contra tanto la OMS como China.

“Necesitamos ser francos sobre una de las principales razones de que este brote se saliera de control”, dijo Azar. “Hubo un fracaso por parte de esta organización para obtener la información que el mundo necesitaba y este fracaso a cobrado muchas vidas”.

La denuncia de Azar se produce en medio de reportes del presidente estadounidense Donald Trump de que ha decidido continuar indefinidamente el congelamiento que su Gobierno impuso al financiamiento estadounidense para la OMS —400 millones de dólares que componen una quinta parte del presupuesto anual de la organización sanitaria—.

Apuntando a China, Azar hizo eco de las estridentes teorías conspirativas fabricadas por la Casa Blanca de Trump que alegan que la respuesta de Beijing al brote de la pandemia fue un intento deliberado para contagiar y debilitar a EE.UU.

“En un aparente intento de ocultar este brote, al menos un Estado miembro burló sus obligaciones de transparencia, con costos tremendos para todo el mundo”, dijo Azar. “Vimos que la OMS no cumplió su misión central de compartir información y transparencia cuando los Estados miembros no actúan en buena fe”.

Todo esto son disparates. Como dejó en claro el titular de la OMS, Tedros Adhanon Ghebreysus, en su propio discurso, la OMS “sonó la alarma temprano y la hemos sonado frecuentemente”. El 30 de enero, la OMS declaró una emergencia sanitaria global, su nivel más alto de alerta, con base en la información entregada por China. En ese momento, había menos de 100 casos confirmados y ninguna muerte fuera de China.

El Gobierno de EE.UU. decidió ignorar esta alerta, preocupado ante todo por minimizar los peligros del coronavirus para mantener el aumento de los precios de las acciones en Wall Street. Su respuesta, una vez que el impacto de la pandemia era innegable, fue dirigir la gran mayor parte de los recursos a un masivo rescate de varios billones de dólares para los mercados financieros.

La negligencia criminal de Washington y la indiferencia tuvieron su efecto inevitable, convirtiendo a EE.UU. en la nación con la mayor propagación del coronavirus y la cifra más alta de muertes. Con apenas el 4 por ciento de la población mundial, EE.UU. ha registrado casi una tercera parte de las infecciones registradas y el 29 por ciento de las muertes mundiales.

No podría haber una condena más irrefutable a la política estadounidense. Los ataques espurios contra la OMS y China buscan distraer de este registro criminal, al tiempo que persigue los intereses geoestratégicos globales del imperialismo estadounidense intensificando la marcha de guerra contra su principal rival global.

Mientras que en EE.UU. y Europa, los primeros epicentros de la pandemia, las clases gobernantes capitalistas están intentando una “reapertura de la economía” prematura para reanudar la explotación irrestricta de la clase obrera, sin importar el costo en términos de salud y vidas, la pandemia sigue su expansión mundial.

En los comentarios ante la cumbre sanitaria global, el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, advirtió que “el virus se ha propagado por todo el mundo y se está trasladando hacia el sur global, donde su impacto podría ser incluso más devastador”.

El director general de la OMS, Tedros, realizó una advertencia similar de que “los Estados en desarrollo y aquellos que sufren violencia y conflictos están intentando confrontar esta amenaza en las circunstancias más desafiantes”.

“¿Cómo practicas distanciamiento físico cuando vives en condiciones abarrotadas?”, preguntó. “¿Cómo te quedas en casa cuando tienes que trabajar para alimentar a tu familia? ¿Cómo practicas higiene de manos cuando te hace falta agua limpia?”.

Estas son las condiciones que enfrenta la mayoría de la humanidad, llevando al crecimiento más explosivo de la pandemia en los países excoloniales e históricamente oprimidos.

En América del Sur, el número de casos confirmados ha aumentado a más de 443.000 y el número de muertes a más de 23.000. Brasil, el país más grande del continente, representa mucho más de la mitad de los casos confirmados, más de 244.000, mientras que los estudios indican que el número real es probablemente 15 veces mayor. El número de muertes confirmadas es superior a 16.000.

En Sao Paulo, la ciudad más grande de Brasil y el epicentro del brote de COVID-19 del país, el alcalde ha admitido que los hospitales públicos de la ciudad están “al borde del colapso”. Ya están llenos hasta el 90 por ciento de su capacidad, y tendrán que rechazar nuevos pacientes en dos semanas.

A medida que el número de casos y muertes se eleva, el presidente fascistizante de Brasil, Jair Bolsonaro, ha exigido la reanudación incontrolada de la producción capitalista, instando a la oligarquía financiera y empresarial del país a irse a la “guerra” incluso contra las limitadas medidas de distanciamiento social impuestas por los Gobiernos estatales. También ha firmado un decreto que concede plena inmunidad a las autoridades públicas por cualquier “error” cometido en la lucha contra la pandemia.

Incluso mientras Bolsonaro y sus partidarios dentro del ejército se esfuerzan por consolidar formas de gobierno cada vez más autoritarias para imponer el envío de los trabajadores a fábricas y lugares de trabajo inseguros, se ha producido un crecimiento explosivo de las protestas y huelgas de los trabajadores de la salud, que han sufrido el mayor número de muertes en el mundo, con 116 enfermeras muertas desde el brote de la pandemia. El sur de Asia también está sufriendo uno de los aumentos más rápidos de infecciones por coronavirus del planeta. Los casos confirmados en India han aumentado a más de 100.000 y las muertes a más de 3.000. El virus mortal está golpeando más duro en los barrios bajos de Delhi y Mumbai. Aunque el Gobierno nacionalista hindú de extrema derecha del primer ministro Narendra Modi ha impuesto uno de los cierres más extremos del mundo, el destartalado sistema sanitario del país no está preparado para hacer frente al brote. El país gasta apenas el 1 por ciento del PIB en atención sanitaria. El resultado ha sido enfermedad, hambre, y la violencia y brutalidad policial para las masas de trabajadores y oprimidos.

El empobrecimiento y el hambre se están utilizando para forzar a los trabajadores a regresar a las fábricas, mientras que el Gobierno explota la crisis para impulsar un programa masivo de privatización y reestructuración económica destinado a atraer inversiones corporativas y financieras fuera de China.

El 18 de mayo, el número de casos confirmados de coronavirus en Sri Lanka alcanzó los 986, con nueve muertes. A pesar del peligro de propagación del virus, el Gobierno del presidente Gotabhaya Rajapakse ha reabierto la economía del país a partir del 11 de mayo, poniendo fin a su cierre. Aunque Colombo y el distrito adyacente de Gampaha siguen bajo toque de queda, se les ha permitido a todas las empresas del sector público y privado funcionar en toda la isla, con un tercio de su fuerza laboral normal. Al mismo tiempo, en consonancia con su política de utilizar la pandemia para intensificar sus planes de militarización, el Gobierno de Rajapakse ha desplegado soldados en Colombo y en el interior de los trenes, estaciones de tren y terminales de autobuses, vigilando los movimientos públicos.

Filipinas ha registrado 12.718 casos confirmados y 831 muertes. El presidente Rodrigo Duterte ha prolongado el encierro hasta junio. Duterte ha intensificado su campaña de represión de los derechos democráticos detrás de la crisis de la pandemia. Su Gobierno ha cerrado la mayor red de televisión del país, ABS-CBN, con el endeble pretexto legal de la expiración de su franquicia. Pero la verdadera razón fue la actitud crítica de la cadena hacia los movimientos autoritarios de Duterte.

Afganistán se ha convertido en uno de los países más afectados del sur de Asia. Devastado por las casi dos décadas de guerra imperialista de los EE.UU., el brote de COVID-19 sólo ha intensificado el sufrimiento de su población. Actualmente, Afganistán tiene 7.072 casos confirmados de COVID-19 y alrededor de 173 muertes debido al virus. Con pocas pruebas, estas cifras son incuestionablemente una fracción del número real de víctimas del virus.

En África, hasta el lunes, los casos confirmados se elevaron a casi 87.000, con cerca de 2.800 muertes. Lesoto reportó su primera infección, por lo que cada uno de los 54 países del continente se han visto afectados por la pandemia mundial. Dado que sus empobrecidos sistemas de atención de la salud son los menos capaces para hacer frente al virus mortal, la OMS ha predicho que unos 250 millones de africanos se infectarán y hasta 190.000 morirán durante el primer año de la pandemia.

Sudáfrica tenía 15.515 casos confirmados y 264 muertes hasta el lunes. En la provincia Cabo Occidental, se ha registrado la tasa más alta de transmisión del virus en la comunidad, concentrada en sus municipios pobres y densamente poblados, como Khayelitsha, el mayor asentamiento informal de Ciudad del Cabo.

El mayor número de muertes confirmadas en África, 630, se ha registrado en Egipto, que ha notificado 12.229 casos confirmados. La dictadura del general Abdelfatah el-Sisi, apoyada por los Estados Unidos, ha utilizado la pandemia para intensificar su represión de Estado policial, deteniendo a los periodistas que escriban artículos que cuestionan las cifras del régimen y su manejo de la crisis.

También se ha registrado un fuerte aumento del número de casos en Nigeria, la nación más poblada del continente, con casi 6.000 casos confirmados y 182 muertes. Con sólo 28.000 pruebas realizadas, que arrojan un 21 por ciento de resultados positivos, las cifras reales son incuestionablemente muy superiores.

En Ghana también se ha registrado un fuerte aumento de los casos, ya que más de 500 trabajadores de una fábrica de procesamiento de pescados han dado positivo al coronavirus.

Desde el primero de mayo, Sudáfrica, Nigeria y Ghana han visto sus casos duplicarse, y aún así los Gobiernos de los tres países introdujeron una reapertura gradual de las empresas y la producción.

En Oriente Próximo, el número de casos de COVID-19 se elevó a más de 465.000 el lunes. El número más alto de casos, 150.000, se ha registrado en Turquía. Irán tiene más de 122.000 casos y el mayor número de muertes confirmadas en la región, 7.057. El lunes informó del mayor aumento de casos en un día, con 2.294 personas más que dieron positivo. El Gobierno comenzó a reabrir la economía del país a finales del mes pasado, relajando las restricciones de cuarentena.

Aunque el mortal virus también se está propagando por Siria, Libia y Yemen, tres países cuyas infraestructuras sociales han sido diezmadas por las intervenciones imperialistas apoyadas por Estados Unidos, la falta de pruebas por parte de las autoridades locales y las organizaciones internacionales hacen que el verdadero alcance del virus sea desconocido.

En todo el mundo, desde los Estados Unidos y Europa occidental hasta América Latina, Asia, África y Oriente Próximo, la pandemia de COVID-19 ha expuesto e intensificado las condiciones anteriormente existentes de desigualdad social generalizada, la transferencia de riqueza de las masas de trabajadores a la oligarquía financiera, el vaciamiento de las formas democráticas de gobierno, un creciente giro hacia el autoritarismo, y la marcha hacia guerras imperialistas.

La vida de millones de personas en todo el mundo pende de un hilo. La batalla contra la pandemia se presenta cada vez más abiertamente como una lucha política que solo puede librarse con éxito mediante la movilización política independiente y la unificación internacional de la clase obrera en la lucha por el socialismo.

(Tomado de WSWS)

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