Darío y Martí

por Italo Nocetti

EL encuentro continental aun pasa desapercibido, en New York ahí donde el luchador iba predicando libertad, se encontraron una vez. EL poeta se acerca a su prójimo con los brazos abiertos, diciendo: “Mi hijo”, saludo inusual e inicial de una efímera relación personal; es que Rubén no era de profundizar amistades, pasaba por la vida con la fulgurante velocidad de lo moderno, siempre en movimiento, pasando de la potencia al acto sin esperas, se lo llevaba el impulso de las ciudades y la sensibilidad. Ese fue su destino, llevado por la fascinación de todo lo que era moderno. El predicador de la libertad, en cambio, era asceta como monje, dedicado a una causa que lo superó hasta en la muerte, tenía el destino marcado por la muerte en combate como todos los revolucionarios, se realice o no el oráculo. 

De los dos Martí fue primero, exploró con ojo crítico la naciente metrópoli latinoamericana, donde la tranquila plaza de armas de pronto se torna en algarabía, en mareas humanas, mezcla de lenguas y confusión. El primer americano en advertir que las ideas de la mañana son ya añejas en la tarde, todos corriendo en ese cambio que nadie sabe de dónde viene, ni adónde va. Es la fragmentación del tiempo y el desvanecimiento de lo presente, quiebres y rupturas que nos traen esa sensación de lo inasible, de lo perecedero y de una cierta nerviosidad. Y no era en la metrópoli baudeleriana, podría haber sido Caracas, Buenos Aires, Santiago, Ciudad de Méjico. Las ideas modernas llegaban con los libros y los viajeros, también llegó el lujo que ornó los días de los oligarcas de América. La síntesis de todo esto fue el cambio de diseño de las ciudades, mansiones imperiales, calles asfaltadas, carruajes y elegancia arrogante y amor por la ópera. Pero, más allá, barrios, mercados y plazas todo se mezcla, incluso las razas. Esas plazas eran nuestra modernidad, allí donde el vocerío de la oferta del campesino venía a los oídos en lenguas vernáculas. Detrás de ellas, los hombres pensando un pensar de tiempos que impulsaban adelante, mientras morían otros tiempos; el del mito telúrico y de la magia, el del mundo colonial lento y conformista. Había un pulsar de tensiones nuevas que ocurría entre las masas ignoradas y el transcurrir de las modas, que como en un capullo se encerraban el futuro impasible del orden, el deseo, el individuo. Pero, era la soledad finalmente que vencía, la desaparición del amor en las ciudades.    

Luego siguió Rubén, el abandonado, el aprendiz de zapatero, el educado por los jesuitas y la Biblioteca Nacional nicaragüense, el precoz poeta y señero vate de América. Su poética era una poesía de ideas y sensibilidad provino del rumor de la Europa moderna, de la lírica francesa. Darío, erudito magistral que parecía saberlo todo, doctor autodidacto, domó la lírica europea y la trasvasijó al español de estos confines. No fue un imitador de la moda, que era lo usual en los salones oligárquicos; sino un americano que se interrogaba sobre el mestizaje. Y como muchos de los nuestros en aquel tiempo, fue antinorteamericano. Se opuso a la política y la cultura de Moloch y Mammon, del dólar y la ciencia que aniquila el espíritu. Sin ambages su aullido de protesta se oyó fuerte en el Segundo Congreso Panamericano por la voladura del Maine en el puerto de La Habana en 1898. La prepotencia del colonizador lo hizo ver el colonialismo yanki en su faz más ominosa, la destrucción del alma americana, dice en Los Cisnes: “¿Seremos entregados a los bárbaros fieros? / ¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?”. Tampoco fue un mestizo nostálgico de un pasado utópico, sino un poeta que reconocía la necesidad de modernizar sin ser genuflexo, de renovar sin devenir un ventrílocuo de ideas ajenas. Se dejó mecer por la aceleración de las urbes americanas y deseó una América fuerte y digna, metropolitana y mundial. 

Epílogo. Martí y Darío, dos románticos americanos que critican la faz destructiva de la modernidad en dos momentos distintos. El primero en su surgimiento y el segundo en el momento de crecimiento del imperio industrial del norte y la mundialización. Ambos sujetos modernos que poseen el don de ver que aquella modernidad significa destrucción y avasallamiento, que conduce al aniquilamiento de nuestras sociedades. Ambos poseen una especial sensibilidad para expresar que es la idea la que debe descender a la materialidad de la vida. Lo cual ha quedado inscrito en poesía que despliega imágenes de aquello que Goethe llamaba erlebnis, la vivencia inmediata, no de la contemplación de ideas vagas o exaltaciones de lo vernáculo. Es decir, estuvieron bien instalados en el núcleo del romanticismo. Por azar concurrente se encontraron con Novalis, que pedía que el mundo debiese ser romantizado potenciando lo ordinario, en otras palabras, de conducir lo ordinario a lo extraordinario, de hacer germinar en lo que es lo que aún no es. Así Martí quedó para siempre jugando con su hijo, Darío descubriendo las ideas en objetos reales que convertía en alegorías arcanas, críticas. Ambos, con irónica sonrisa americana dieron por clausurada toda la metafísica de la trascendencia.

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