Crónica de José Martí sobre el linchamiento de los Mártires de Chicago, un 11 de noviembre de 1887

por Leonidas Noni Ceruti

Luego de la masacre, y como consecuencia de esos sucesos, los principales dirigentes obreros fueron detenidos y condenados a muerte en una farsa que llamaron “juicio”: GEORGE ENGEL, MICHAEL SCWAB, LOUS LING, ADOLPH FICHER, SAMUEL FIELDEN, HESSOIS AUGUSTE SPIES, OSCAR NEEBE Y ALBERT R PARSONS Unos días antes de la ejecución, se conmuto la pena de muerte por la de prisión perpetua a Michel Seawab, periodista y a Samuel Fielden, ex predicador metodista, mientras que Oscar Neebe fue condenado a 15 años de trabajos forzados. Otro de ellos, Louis Ling, apareció “suicidado” en su celda por la explosión de un cartucho de dinamita colocado en su boca a modo de cigarro. Los que murieron en la horca el 11 de noviembre de 1887 fueron los cuatro restantes: Albert Parsons, periodista, Adolfo Fischer, tipógrafo, George Engels, tipógrafo, y Augusto Spies.

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José Martí: «La Revolución»

Ni con la lisonja, ni con la mentira, ni con el alboroto se ayuda verdaderamente a una obra justa. La virtud es callada, en los pueblos como en los hombres. Partido cacareador, partido flojo. Hasta de ser justo con quienes lo merecen debe tener miedo un partido político, no sea que la justicia parezca adulación; la verdad no anda buscando saludos, ni saludando: sólo los pícaros necesitan tinieblas y cómplices: los partidos políticos suelen halagar, melosos, a la muchedumbre de que se sustentan, a reserva de abandonarla, cobardes, cuando con su ayuda hayan subido a donde puedan emanciparse de ella.

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José Martí: Nuestra América

Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifique al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros, ya da por bueno el orden universal, sin saber de los gigantes que llevan siete leguas en las botas y le pueden poner la bota encima, ni de la pelea de los cometas en el Cielo, que van por el aire dormidos engullendo mundos. Lo que quede de aldea en América ha de despertar. Estos tiempos no son para acostarse con el pañuelo en la cabeza, sino con las armas en la almohada, como los varones de Juan de Castellanos: las armas del juicio, que vencen a las otras. Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra.

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