Cuento de Samuel Rodríguez: «La casa de los mil cuerpos»

A los desaparecidos de ayer y hoy; su memoria vive en nosotros como una flor imposible.

Los amigos del barrio pueden desaparecer
Los cantores de radio pueden desaparecer
Los que están en los diarios pueden desaparecer

La persona que amas puede desaparecer
Los que están en el aire pueden desaparecer en el aire
Los que están en la calle pueden desaparecer en la calle
Los amigos del barrio pueden desaparecer
Pero los dinosaurios van a desaparecer.

Charly García

Los dinosaurios

¿A qué huele el color negro?, preguntó Felisa con interés. Dormían juntos por primera vez en su vida, era también la última; la muerte los observaba desde una bodega cercana. 

El calor infernal del atardecer ya se precipitaba sobre ellos. La habitación era una de las pocas en la ciudad que gozaba de un sistema de ventilación central. La mujer recordaría durante mucho tiempo aquella brisa milagrosa. Este sería su último recuerdo agradable. La luz de la tarde se enredaba amorosamente en el viento fresco que salía del sistema de ventilación mientras el ensueño de ambos se fundía en un abrazo cálido y refrescante al mismo tiempo. Vivían una mini edad de oro, tan efímera como inolvidable. 

El hombre se levantó de la cama. –Tengo que dejarte –le dijo–. David ha muerto, debo buscarlo. Felisa tomó el comentario como un exceso poético, se echó la sábana encima y durmió profundamente al amparo de las dulces oleadas del viento. Afuera el mundo ardía en toda su furia. Horas después salió de la habitación, parecía la última noche del mundo. Una vaga congoja le subía por el cuerpo, el sabor del hombre aún duraba en su boca. La ciudad estaba habitada por un extraño silencio. 

Días antes, el ejército había acribillado a mil ciento cuarenta y tres estudiantes que protestaban contra la dictadura y contra las mineras. La muerte de los estudiantes gravitaba en las calles recién lavadas. Felisa no lo sabía, pero cada paso lo daba sobre el alma acribillada de cientos de jóvenes que aullaban desde sus tumbas y a los que solo unos pocos oídos humanos podían escuchar. El ejército había mandado cubrir las manchas de sangre con mantos color negro que envolvían la totalidad de dos plazas aledañas a Congreso y decenas de comercios o cafés donde comúnmente se reunían los estudiantes. El aire olía a sangre fresca.

Pasaron tres días antes de que a Felisa la atacara una furiosa angustia asesina. “David ha muerto, debo buscarlo”, la frase cobró su verdadero sentido. El hombre no iba a buscar a su amigo en la morgue, o en algún hospital, iba a matarse o hacerse matar para buscar a su amigo en lo hondo de la muerte. Felisa tembló, el día rompió en una lluvia infeliz que parecía un llanto vivo.

Desde aquel día Felisa buscaba lo imposible. La ciudad y su penumbra impuesta le enseñaban los dientes como una perra harta de la carne de sus hijos. Sin noticias del hombre, a quien recién conocía, debía encontrar la manera de saber si había o no descendido a la muerte. Vagó por la ciudad, era pleno mediodía, sin embargo, las miles de telas negras con las que el gobierno de la ciudad cubría las ejecuciones y en ocasiones las anunciaba, dominaban el paisaje. Largas cortinas oscuras eran agitadas por el viento y lamían como una lengua perversa los rostros de la gente que pasaba por las banquetas.

Si uno pudiera hacer perceptibles las palabras, encontraría que algunas de las más cruentas y misteriosas se hacían visibles en aquella ciudad desgraciada. La palabra atroz aparecía en una esquina en la que aún estaban tirados varios dedos, escondidos detrás de una tubería de desagüe, arrancados violentamente debido a la explosión de una granada. La palabra asfixia se deletreaba en cientos de rostros que fueron depositados en la morgue, rostros de jóvenes estudiantes que murieron sofocados mientras eran llevados a una cárcel temporal en un autobús sin ventilación. La palabra malestar se revolvía furiosamente en el vientre de la ciudad, enfermando a todos sus habitantes. La palabra incertidumbre palpitaba en los labios de Felisa. Y sobre todo la populosa palabra muerte habitaba en las calles cubiertas con pesadas telas negras y se rebelaba como una araña lista a infectar al mundo entero. 

Las autoridades tomaron una decisión extrema: ante los continuos escapes de disidentes y rebeldes al amparo de la noche, la ciudad quedaría sellada. Un gran domo de gruesa tela negra cubriría la totalidad del cielo. Las calles serían alumbradas todo el tiempo por luces artificiales, los ciudadanos debían además pasar un reconocimiento de rostro y huellas digitales al entrar y salir de sus casas. Las telas envolvieron la ciudad como un sudario maldito, la oscuridad se hizo dueña de los pensamientos, no había sitio para la luz ni para otras sombras que no fueran las que las luces artificiales proyectaran perversamente sobre las banquetas muertas. Un par de estudiantes intentaron perforar las gruesas telas que servían de domo, se dice que querían ver las estrellas. Los chicos fueron ejecutados y sus cadáveres expuestos en una plaza pública como escarmiento y advertencia.

Nadie sabía cuánto duraría el domo de tela, los ciudadanos intentaron continuar con sus vidas. Había vendimia en la calle, los profesores acudían a clase, los cafés seguían abiertos, los jardines intentaban florecer sin necesidad del sol. Todo se hacía en el más triste de los silencios. La ciudad por fin estaba en orden, quieta, en paz; nada rompía la armonía negra impuesta por el domo de tela. Los pequeños grupos de resistencia fueron rápidamente ubicados y desaparecidos, “pérdidas ocasionales” era el nombre oficial con el cual el gobierno de la ciudad definía los operativos de represión. Solo el corazón de Felisa se revolcaba en una secreta rebeldía.  

El aliento infernal del domo de tela caía sobre el espíritu de la gente, nadie hablaba más de lo necesario. Felisa no dejaba de pensar en el hombre, recordaba la frescura de aquella tarde y sus células explotaban de impotencia. Sabía que debía buscarle en lo profundo de la muerte, ahí donde se revolcaban las voces adoloridas de miles de jóvenes asesinados con el grito de la libertad atorado en la garganta. La mujer entendió que su vida no podría continuar a menos que lo encontrara; luego podría pensar en la libertad, o en la justicia, o en la eterna noche del domo, o en la música asesina que brotaba de las bocinas públicas anunciando las horas del día. Entendió también que no había infiernos a donde descender; extrañamente, los ciudadanos mismos habían elegido este infierno. Tuvo miedo, tuvo amor, tuvo muerte, tuvo coraje; sus ojos se encendieron, parecían lo único vivo, el único punto luminoso a donde la sombra del domo no podía penetrar. 

“La casa de los mil cuerpos” fue establecida luego de la ejecución y muerte pública de los dos estudiantes que intentaron perforar el domo de tela. El gobierno de la ciudad notó que cada día aparecían flores, veladoras, leyendas literarias, poemas, osos de peluche, corazones de papel y todo tipo de muestras públicas de cariño ante los cuerpos de los jóvenes. Cuando los retiraron y los restos fueron enviados al cementerio, los corazones de papel, osos de peluche, poemas, leyendas literarias, veladoras y flores seguían apareciendo en las tumbas. El gobierno dedujo que si no convenían los vivos menos convenían los mártires, así que instituyó un plan para no matar ni dejar vivos a los rebeldes y así fue cómo nació La casa de los mil cuerpos. Era una larga y húmeda bodega mal iluminada allá por el rumbo de Banfield en donde el eco de todas las enfermedades del mundo resonaba en cada grito o susurro. Mediante experimentos, científicos oficiales idearon una inyección que mantenía a los rebeldes capturados en un estado de tránsito en el cual ni morían del todo, ni vivían. Los cuerpos se apiñaban en grandes pasillos como si fuese una extraña biblioteca viva. Los etiquetaban en la frente con las iniciales y la fecha de captura y ahí quedaban, confiscados para siempre, muertos vivos, o vivos muertos o moribundos eternos. La casa de los mil cuerpos ni siquiera estaba vigilada, nadie se atrevía a entrar. 

Aquella bodega era de los únicos sitios donde el calor se replegaba, era un frío distinto el que ahí se sentía. Felisa no pudo evitar recordar el viento fresco y luminoso de aquella tarde en el hotel. Este frío era, sin embargo, un frío de muerte. Recorrió las galerías tímidamente, un aroma a fatalidad envenenaba el espacio. Breves rumores adoloridos surcaban el instante, eran murmullos casi imperceptibles que se filtraban entre los dientes de los vivos muertos;  eran sonidos indefinibles, breves abismos insondables que surgían de lo profundo de aquellos quienes no tuvieron cómo resistir a la desgracia. La mujer caminaba en silencio, abrumada por la aparición del horror. Buscaba al hombre; caminó durante horas tanteando con las manos esas caras congeladas en la eternidad de la nada. Las galerías se multiplicaban hasta el infinito, los estantes se elevaban hasta el techo del lugar conteniendo eso que en otro tiempo había sido la vida de miles de jóvenes ahora atrapados en una muerte discontinua que nunca más les abandonaría. A Felisa le faltó el aire, tanto que se detuvo a reposar en una lejana galería llena de mujeres desnudas. Apreció sus rostros, acarició sus cabezas, notó que una de ellas se aferraba a un pedazo de papel. Tomó el papel, decía un nombre: “Marcos Andrés Rojas”. Felisa colocó cuidadosamente el papel entre las manos de la mujer y lloró con ella la derrota de ambas. El amor sucumbía ante el terror del tiempo. Intervalos de llanto y espasmos enfermos vaciaban su espíritu maltrecho, no había nada más que muerte en vida, cada cuerpo era una cárcel eterna que no dejaba morir ni vivir a los jóvenes, cada cuerpo era un instante incierto, una ola de amor contenida en esos frascos estúpidos que ven pasar el mundo desde su quietud insana.

Felisa cayó de rodillas, no estaba vencida, era algo más: estaba desposeída. A su alrededor, los murmullos incomprensibles de los vivos muertos sonaban como una frágil poesía mortecina que parecía ser todo lo que la vida podía pelearle a la muerte en aquel tiempo infecto. Recogió los papeles que algunos de los moribundos tenían en la mano; la mayoría eran nombres, nombres propios que parecían tatuajes en el cuerpo indómito del tiempo que atraparían silenciosamente el dolor de una vida arrebatada por un rencor inaudito. Los leyó en silencio: Ana, Marcelo, Pedro, Ismael, Tony. Había otros con frases cortas y penetrantes: “Te espero en la muerte”, decía uno, “mátame”, decía otro, “no te perdono”, decía uno más. Felisa no entendía en que momento fueron escritos, pero estaban ahí, cerrándose en un puño a veces de ira, a veces de cruel esperanza desahuciada. De pronto se sintió una usurpadora, no tenía derecho de arrebatarles su único vínculo con la vida. No recordaba a cuál mano pertenecía cada papel. Lloró de angustia; fue colocando los papeles al azar, resignada a que la desgracia de unos era la desgracia de todos, entendiendo también que el amor de uno, era el amor de todos.

Estaba agotada, durmió largas horas con el aliento de la muerte respirando sobre ella. Lo que debía ser el alba ya se anunciaba fuera del domo. Despertó sin ánimo, recorrió por última vez en el día las galerías en busca del hombre. Caminó durante horas, al atardecer abandonó la bodega subyugada por todos lados. Volvió a su casa, la oscuridad y el silencio de la noche sin fin se sentían hondamente por las calles. El color negro reinaba incontestablemente. 

Regresaría a La casa de los mil cuerpos al día siguiente y así durante nueve años más, hasta que una mano perdida entre los cuerpos y una brisa que nunca supo de dónde venía le harían recordar la mano del hombre. Solo hasta entonces dejaría de buscarlo.

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