Cuento de Juan García Brun: «Cine Cervantes»

Llovía y yo iba al cine. Era una película italiana protagonizada por Ornella Muti. Iba mojado y frío. En la película no pasaba gran cosa, ella trabajaba en una oficina de modas y el jefe la acosaba o bien era su amante. Antes de los 15 minutos hay una escena de sexo contra una ventana y un escritorio. En la sala de cine se percibían muy pocas personas, todos hombres solos, mayores en general, fumando y avivando los escasos momentos eróticos de la película. 

Yo estoy congelado y el ambiente del cine y la propia película me parecen insufribles y agobiantes. En la última escena que vi de la cinta, los ojos felinos de Ornella Muti se deslizan sobre un lentísimo paisaje marino mientras fuma. Al intentar caminar, la oscuridad de la sala es absoluta y me oriento únicamente por los acuosos destellos de la pantalla a mis espaldas.

Salgo del cine y ya es de noche, absurdamente muy de noche y ya no solo llueve, sino que además se ha levantado un viento norte que ha logrado volar algunas instalaciones publicitarias del comercio.

La tempestad toma fuerza y busco un lugar para tomar algo: un café, un completo. Doy la vuelta en la esquina y entro a una fuente de soda, ingreso a ella casi sin mirar, mientras trato de sacarme el impermeable para dejarlo estilar. La decoración del lugar —El Trattoria`s— en tonos cítricos y con terminaciones de plástico industrial simula modernidad en una ciudad ruinosa y bajo una feroz dictadura militar. 

Como y logro recuperar fuerzas. Al pagar me doy cuenta que mi dinero está mojado y que en los bolsillos de mi impermeable el documento que había redactado en la mañana — para la reunión que debería tener en unas horas más — se había transformado en una masa ilegible. En el lugar no hay papel, solo el lápiz de la mujer de la caja. En la radio se escucha Dancing Queen de Abba.

La organización pasaba por un momento especialmente difícil en la zona. La dirección regional había caído y con ella todos los nexos hacia las estructuras de base. Una línea de sauces se sacudía coreográficamente con el viento dejando pasar las luces de la costanera y de las embarcaciones atracadas en torno al muelle. 

Hice un par de llamadas y los teléfonos parecían estar desconectados o bien había algún tipo de congestión. Decidí caminar por Bulnes hacia arriba, no había micros y era cierto que los taxistas del lugar eran todos agentes policiales. Debía esperar 40 minutos —veinte de ida y veinte de vuelta— porque no podía volver a detenerme. Debí quedarme en el cine.

Traté de distenderme  pensando en ti. Normalmente cuando busco refugio pienso en tu calor, en tus dormidos párpados hieráticos y en el resplandor de tu risa. Todo había empezado a cambiar solo que no era capaz de darme cuenta. La lluvia cedió, dejando el viento y algunos chubascos que caían a lo lejos. De nuevo sentí tu mirada en el centro de mi corazón y aquellos relámpagos que atribuyo a una inimaginable tempestad eléctrica.

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