Argentina: la necesidad de una izquierda revolucionaria fuerte

por Ariel Petruccelli

En las democracias consolidadas, los cambios políticos radicales y repentinos son algo sumamente extraño. Con décadas de participación política, habituada a votar regularmente, el grueso de la población desarrolla identidades y lealtades electorales bastante sólidas. La mayoría de las personas no cambia de partido político con la facilidad con la que se cambia la ropa interior. Las oscilaciones políticas vertiginosas son más bien propias de momentos de crisis; pero, sobre todo, son altamente probables en países carentes de fuertes tradiciones institucionales. El “modelo” de la revolución rusa no fue exportable a Occidente debido, entre otras razones, a que las democracias consolidadas ofrecen tanto múltiples posibilidades de cooptación como también de generación de lealtades que dificultan los cambios demasiado bruscos.

Sin embargo, en coyunturas de crisis incluso en democracias aparentemente consolidadas pueden producirse cambios repentinos. Argentina es un claro ejemplo actual. El ascenso rutilante de Milei desde los lejanos márgenes de la política hasta ser primera fuerza electoral en las PASO sorprendió a todo el mundo. En menos de cuatro años el líder libertariano pasó de ser un tertuliano televisivo empleado para divertir o escandalizar a convertirse en el principal candidato a la presidencia de un país en crisis.

La crisis, precisamente, explica una buena parte de este resultado. Pero otra buena parte lo explica el hecho de que lo que en nuestro mundo se consideran “democracias consolidadas” son, en realidad, y crecientemente, “democracias degradadas”. El ausentismo fue la primera fuerza en las PASO de Argentina, y el descenso en la participación electoral es toda una tendencia mundial. Quienes participan, por lo demás, lo hacen cada vez más desganadamente, con menos entusiasmo y con menores expectativas. En la actualidad, la vida de las personas se halla cada vez más volcada al ensimismamiento privado, a los proyectos personales. Para la mayoría, los proyectos sociales son el último reducto en el que colocarían su energía vital. En promedio, dedicamos menos tiempo que en el pasado no tan lejano a actividades colectivas y a la militancia política. Mucho menos, en realidad, de lo que parece, dado que mucha gente piensa que el “agite en redes” es su forma de participación. Pero esto es engañoso porque el “filtro burbuja” hace que seamos escuchados básicamente por quienes piensan parecido. Descarga psicológica muy comprensible, los posteos en la web no pueden ser comparables en capacidad política con la construcción de organizaciones, la elaboración de proyectos o la militancia cara a cara. Muchas voces han advertido que el capitalismo digital podría degradar la democracia: lo está haciendo, de hecho, a velocidad de vértigo.

En una democracia degradada puede haber carreras políticas que se desarrollan con la lógica del espectáculo y de la farándula. Pero ello ocurre en la superficie circense de la realidad. Por eso es que en los últimos años hay mucho espectáculo político, a pesar de lo cual los gobiernos supuestamente disruptivos -sean “progresistas” o de derechas-, son completamente incapaces de introducir modificaciones estructurales. Lo que domina la escena son “guerras culturales” entre conservadores y progresistas que tienen lugar sobre una base social, económica e incluso institucional que ni unos ni otros cuestionan verdaderamente o se proponen con seriedad modificar. Prueba de ello es que nadie ofrece un modelo alternativo. El modelo “libertariano” no es más que un neoliberalismo exacerbado, llevado a sus últimas consecuencias. Algo que resulta, por lo demás, inviable en la práctica. Cualquier política concreta que quiera aplicar un personaje como Milei será parte del arsenal neoliberal típico. El contraste con otros momentos históricos, en los que tanto fascistas como comunistas poseían modelos económicos y políticos realmente diferentes al capitalismo liberal, no podría ser más notorio.

Si las cosas son así, algunas ideas centrales de los debates contemporáneos entre las izquierdas deberían ser discutidas o cuestionadas. Una de ellas es la de “empate social”; la creencia en que la clase trabajadora, al menos en sitios como la Argentina, aunque se halla a la defensiva tiene capacidad para bloquear los proyectos de la clase capitalista. Lo engañoso de esto es que Argentina pasó de ser un país con una pobreza casi siempre por debajo del 10 % en las décadas de los sesenta y setenta, a una pobreza en torno al 25/45% en los últimos años. Más que empate, esto parece una derrota por goleada. A nivel mundial las cosas pueden ser menos extremas, pero van en la misma dirección: la desigualdad de ingresos entre las clases no para de crecer, la concentración de capitales aumenta sin parar, el empleo es cada día más precario, las prestaciones sociales se deterioran, el desempleo aumenta, y las condiciones de vida son peores en casi todos lados para quienes viven de su trabajo.

Estando una clase permanentemente a la ofensiva y acrecentando su poder a lo largo de cuarenta años, no tiene sentido pensar que estamos ante un empate. Mientras no haya un proyecto alternativo de sociedad encarnado en la clase trabajadora, todo irá a peor. No puede haber empate cuando un equipo sabe a lo que juega y el otro está en penumbras. Si la población trabajadora no sale de la penumbra, su situación se deteriorará irremediablemente, más rápida o más lentamente: son variedades de derrotas, pero no empates ni mucho menos victorias. Esta es la verdadera situación en la que nos hallamos en las últimas décadas. Los gobiernos progresistas no han sido triunfos populares (salvo en un sentido muy engañoso). No han sido ni siquiera empates: pudieron haber surgido en medio de crisis de gobernabilidad pero, en sustancia, son otra forma de gestionar el capitalismo en medio de desigualdades crecientes, poder acrecentado de los propietarios privados, precarización del empleo y de la vida, y desastre ecológico generalizado por nuestra sociedad productivista/consumista. El poder del capitalismo globalizado no hizo más que acrecentarse bajo su férula, por muchos que sus simpatizantes despotricaran en contra de ello.

En una democracia degradada la política es relativamente poco importante para las personas, más preocupadas por lo personal que por lo colectivo; por lo económico que por lo político (laburan todos los días, votan muy cada tanto); por la diversión que por la organización; por el consumo que por la creatividad. Por eso hay análisis políticos contemporáneos artificiosamente ideológicos. Se dice, por ejemplo -y hay estudios que supuestamente lo refrendan- que un tercio de los votantes de Milei son de extrema derecha, un tercio neoliberales más o menos clásicos y un tercio otra cosa, más o menos nacional-popular. Pero los números no cierran. Milei ha capturado cerca de cinco millones de votos que en el pasado votaron al peronismo: ¿cuántos ultraderechistas o neoliberales podría haber allí? El voto a Milei es expresión de frustración y de bronca, antes que de convicciones ideológicas. El peso del voto popular en su ascenso también suele ser disminuido en su real importancia. Es seguramente cierto, como muestran muchas encuestas, que el porcentaje de votos que obtuvo es parejo en las diferentes franjas de ingreso. Pero, dicho esto, no se puede ignorar que el liberalismo siempre tuvo bolsones importantes de voto en los sectores sociales altos y medios, y casi nada entre las clases populares, que son además numéricamente mayoritarias. En realidad, más de la mitad de voto al libertariano proviene de sectores sociales que se cuentan entre los económica y socialmente más perjudicados: una masa que la izquierda no debería ignorar.

La idea de acciones estratégicas llevada adelante por las masas entraña una racionalización de la vida política actual que la experiencia desmiente. Y las expectativas en votar a candidatos supuestamente menos malos de la gestión del sistema para “ganar tiempo” es cada día más ilusoria. Quienes aprovechan ese tiempo suele ser las fuerzas de la supuesta “extrema derecha”. En ausencia de una clase obrera organizada y combativa y de una izquierda radical verdaderamente fuerte, quienes pueden aprovechar el tiempo supuestamente ganado serán fuerzas reaccionarias. Esto es así porque en un mundo que se sumerge cada vez más en una crisis fenomenal (geopolítica, económica, política, energética, climática, en suma, civilizatoria) todos quienes se limitan a gestionar (con una u otra orientación) una empresa que declina se desprestigian rápidamente. Pero como el rango de lo permitido, el horizonte de lo posible, es tan pero tan limitado, en los últimos lustros se experimenta una oscilación entre versiones progresistas y conservadoras del neoliberalismo realmente existente. En tanto y en cuanto no se implante en el imaginario de las grandes mayorías un modelo social alternativo con la suficiente capacidad organizativa (política, social, sindical, etc.) como para transformar la realidad y no meramente gestionarla, seguiremos atrapados en esta trampa de locos.

Lo más sensato -tanto a corto como a mediano y largo plazo-, para cualquiera que anhele una sociedad que no esté basada en formas redobladas de explotación, alienación, opresión, dominación y manipulación, es fortalecer a las fuerzas que se proponen un mundo radicalmente diferente al capitalismo. Incluso quienes por razones pragmáticas o de principios se inclinen por opciones reformistas, no deberían olvidar que todo reformismo serio tiene entre sus condiciones de posibilidad que la clase dominante se sienta amenazada por una revolución: es la mejor condición para convencer a los dueños del mundo que deben “dar algo para no perderlo todo”. Bogando en esta dirección, trabajando sin pausa en la constitución de una fuerza de intencionalidad revolucionaria, hay necesidad de conocimiento objetivo, de elaboración de proyectos en todos los planos, de organización a todas las escalas, de activismo a todos los niveles, de militancia en todos los terrenos. Lo que necesitamos es una izquierda fuerte, y actuar cada día en esa dirección. Una izquierda fuerte tiene que ser de masas, organizativamente sólida, intelectualmente rigurosa, socialmente influyente, con capacidad de establecer su propia agenda política. Estamos lejos de un escenario así. Que el descontento social generalizado haya sido capturado electoralmente por Milei es un dato de la realidad que no nos debería dejar indiferentes. Tampoco se lo debería ver como una fatalidad. La hipótesis que yo mismo alenté de que el FITU pudiera dar un salto electoral en medio de una crisis que se percibía inminente no se verificó, aunque las dos condiciones en que se basaba el cálculo (la crisis y el consiguiente descontento de masas y la unidad electoral del FITU) se cumplieron. ¿Por qué entonces el descontento lo capitalizó Milei casi en exclusiva? Una izquierda fuerte debe ser una izquierda con capacidad de autocrítica: ¿qué podríamos y deberíamos haber hecho para que el descontento se canalizara por una vía de izquierdas? ¿Cuándo, cómo y por qué erramos? Pase lo que pase en octubre, se vienen tiempos duros para las mayorías populares. Necesitamos con urgencia una izquierda fuerte en todos los terrenos; y tan comprometida con la lealtad a sus banderas históricas como con la voluntad para reinventarse. Ninguna urgencia debería hacernos perder esto de vista. Sólo pueden ganar tiempo quienes tienen una fuerza política importante y verdaderos proyectos a largo plazo.

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