Archivo histórico: «El MIR habló desde el carbón»

por Adolfo Mena

En mayo de 1972 tendría lugar la única elección abierta, directa y democrática de la CUT en toda su historia.  El MIR activó su política electoral para intervenir en dicho proceso y la Comisión Política fijó su posición en el discurso expuesto por su Secretario General. Ese es el audio que se escuchará. Un registro histórico invaluable y de una claridad y vigencia que estremece. Emociona también oír la potencia revolucionaria de Miguel como dirigente y activista, a 46 años de su muerte enfrentando, armas en la mano, a la dictadura fascista. 

Antes del Golpe, el MIR intervino en el trabajo sindical a través del FTR. Uno de sus dirigentes –y candidato a la Cut Provincial Concepción- el compañero Jorge García precedió a Miguel en este discurso.

El análisis de la situación política nacional contenido en el discurso está marcado por la posición de clase y apunta a tres focos fundamentales: La unidad de la izquierda revolucionaria, la participación electoral en la lucha por el socialismo y la intervención política de los pobres del campo y la ciudad.

En el mismo sentido golpea al reformismo y advierte sobre el carácter de la Democracia Cristiana. Con relación a la participación y politica electoral, conviene destacar la lectura que hace la Comisión Politica respecto a la asunción de la Unidad Popular al gobierno: Elegido Allende en brazos de la lucha de los trabajadores , renació la esperanza de los pobres de todo Chile…el pueblo se unió: los obreros industriales, los mineros del norte y sur del país, los campesinos, los mapuches, los cesantes del campo y la ciudad, los pobladores, los estudiantes, todos ellos se unieron y se prepararon para avanzar, para combatir por sus intereses inmediatos y abrir el camino al socialismo….las clases dominantes se desconcertaron, al principio sin banderas y sin lideres, retrocedieron. Las condiciones que ellos mismos habían impuesto para mantenerse en el poder, hoy le permitían a la izquierda conquistar el gobierno”.  

El discurso termina con una advertencia dramática: “Qué política se imponga en el seno de la izquierda y entre los trabajadores, si la política reformista o la política revolucionaria, determinará si este país caerá en garras del fascismo o si emprenderá el camino de su liberación, el camino de la construcción del socialismo en Chile bajo un Gobierno Revolucionario de obreros y campesinos”.

La tarea está tan pendiente como vigente.

ANEXO

EL MIR HABLÓ DESDE EL CARBÓN

Discurso pronunciado por Miguel Enríquez, Secretario General del MIR, en el local del Sindicato Minero Industrial de Schwager, Coronel, el día sábado 22 de abril de 1972. Publicado por diario «El Sur» el Martes 25 de Abril de 1972; Pág. 7

Escucha el discurso aquí

Compañeros trabajadores de Concepción y de todo Chile; Compañeros mineros del carbón;

Compañeros miembros del Frente de trabajadores Revolucionarios, del Movimiento Campesino Revolucionario y del Movimiento de Pobladores Revolucionarios;

Compañeros militantes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria; Compañeros:

Hoy nos corresponde proclamar a los candidatos del Frente de Trabajadores Revolucionarios y del Movimiento Campesino Revolucionario al Consejo Nacional y al Consejo Provincial de la Central Única de Trabajadores.

Lo hacemos desde Coronel, desde el local del Sindicato Minero Industrial de Schwager.

Lo hacemos desde la tribuna más heroica y honrosa con que cuentan los trabajadores de Concepción. Los mineros del Carbón, cuna del movimiento obrero del sur del país, han sido por décadas la vanguardia de los trabajadores de esta zona, explotados, reprimidos y perseguidos, han vivido y participado en los combates más importantes del movimiento obrero y han conocido todas las etapas de la lucha del pueblo.

Que las ideas y políticas revolucionarias puedan proclamarse desde aquí nos enorgullece y nos confirman el avance seguro de las fuerzas de la revolución en el seno del movimiento obrero en el curso del último periodo.

No hace muchos años que sostener las ideas revolucionarias en esta provincia y en el país, merecían la represión implacable de las clases dominantes y el sectarismo de algunas fuerzas de izquierda.

No hace más de tres años que los revolucionarios, que los militantes del MIR fueros reprimidos y perseguidos por el gobierno democratacristiano en esta provincia y en el país entero.

Poco tiempo atrás, las ideas predominantes eran las ideas y la política de las clases poseedoras, en todo su contenido reaccionario y demagógico. En el movimiento obrero todavía predominaba la ideología reformista.

Hoy la situación es distinta.

Las ideas y banderas revolucionarias son enarboladas por obrero textiles en Tomé y Chiguayante, por los obreros de las fábricas de Talcahuano, San Vicente, Penco y Concepción, los campesinos de Yumbel, Cabero y estudiantes y, especialmente, por los mineros del carbón y por los trabajadores del campo y la ciudad a lo largo del país.

Las fuerzas del pueblo, la energía y decisión de sus luchas, su voluntad implacable a golpear a sus enemigos y a defender sus intereses y de terminar con el yugo de la explotación, es lo que hace crecer la fuerza de la Revolución. Nuevas capas del pueblo se incorporan a la lucha, haciendo temblar el viejo juego politiquero tradicional.

Eso es lo que atemoriza a los dueños del poder y la riqueza, eso es lo que encoleriza a los que no se deciden a avanzar y eso es lo que nos permite, hoy, proclamar a los candidatos revolucionarios a la Central Única de Trabajadores desde esta tribuna.

Este cambio en la situación global, este crecimiento de las fuerzas revolucionarias en el seno del pueblo es lo que hoy discuten a lo largo del país los trabajadores y las distintas corrientes de izquierda.

Había que golpear a los explotadores

Elegido Allende presidente en brazos de la lucha de los trabajadores, renació la esperanza de los pobres de todo Chile.

A la lucha centenaria de obreros y campesinos se le moría la posibilidad de caminar hacia un triunfo más definitivo.

Los asesinados por las clases dominantes, los reprimidos y perseguidos por décadas, los humillados y los ofendidos de todo Chile, los pobres del campo y la ciudad vieron abrirse ante ellos un camino hacia un mundo sin explotación y sin miseria.

Una vez más una esperanza atravesó a los pobres de Chile.

El pueblo se unió: los obreros industriales, los mineros del norte y sur del país, los campesinos, los mapuches, los cesantes del campo y la ciudad, los pobladores, los estudiantes, todos ellos se unieron y se prepararon para avanzar, para combatir por sus intereses inmediatos y abrir el camino al socialismo.

Las clases dominantes se desconcertaron, al principio sin banderas y sin lideres retrocedieron. Las condiciones que ellos mismos habías impuesto para mantenerse en el poder, hoy le permitían a la izquierda conquistar el gobierno.

Las clases medias, entonces estaban entonces desconcertadas o la expectativa o, incluso, apoyaban el inicio de la nueva experiencia.

El pueblo y la izquierda estaban unidos, y el enemigo desconcertado. Esto permitía y exigía avanzar rápidamente.

Había también debilidades. Los dueños del cobre y de las fabricas y de los fundos eran todavía fuertes. Contaban de su parte con fuerza económica y política. Controlaban trincheras institucionales importantes, como justicia y el parlamento.

Pero la unidad, organización, conciencia y decisión de un pueblo han sido, en otras partes del mundo y lo eran aquí también, poderosos instrumentos que, bien dirigido, habrían permitido aprovechar mejor las condiciones que objetivamente se daban entonces en Chile.page2image25788416page2image25788608

Había que golpear drásticamente y masivamente a las clases explotadoras en todos los terrenos y había que ganar fuerza de masas, movilizando al pueblo por sus intereses y contra sus enemigos.

Desde allí se habría ganado la fuerza suficiente para haber modificado o destruido los diques y trabas institucionales que impidieran el avanzar.

Pero los sectores predominantes de la izquierda en el gobierno no lo entendieron así.

Si bien es cierto que tomatón algunas medidas económicas positivas, como la nacionalización del cobre, la nacionalización de la banca, iniciaron un proceso de reforma agraria y tomaron bajo control del estado algunas industrias, no sé decidieron a movilizar al pueblo, a empujar la energía combativa de las masas por sus intereses y contra sus enemigos, que eran el conjunto de la clase dominante y no sólo parte de ella.

No entendieron que la fuente fundamental de la fuerza que necesitaban ganar residía en la movilización del pueblo. Importantes sectores del Gobierno prefirieron confiarse en un posible acuerdo con la Democracia Cristiana para conseguir la colaboración parlamentaria de ésta y, así, proponer algunas limitadas reformas, a través de la aprobación en el Congreso de proyectos de ley.

Esto obligó al Gobierno a no mostrar claramente a los enemigos del pueblo, impidió denunciar el carácter reaccionario del Partido Demócrata Cristiano y, también, hizo que el Gobierno no desenmascarara los diques y las trabas que constituían las instituciones manipuladas por la burguesía, como la Justicia, el Parlamento y la legalidad, desde el cual los dueños de los fundos y las fábricas se oponían, tenazmente, al avance de los trabajadores.

No negociar con los sirvientes de los golpistas

Así, esta política legalista y vacilante que predomino en el Gobierno, no sólo no le dio la fuerza suficiente para avanzar, sino que también lo marcó con la debilidad que le obligó a estancar su avance y hacer concesiones en todos los terrenos.

Fueron concesiones castrar la lucha antiimperialista, al representar la nacionalización del cobre con la consigna “Chile se pone los pantalones largos”.

Fueron concesiones las que llevaron al gobierno a tolerar la existencia y exigencia que le hizo la Cámara Chilena de la Construcción en materia de viviendas.

Fueron concesiones las que limitaron la marcha de los campesinos sobre la tierra, a los fundos que la ley democratacristiana de Reforma Agraria les permitía.

Fueron, también, concesiones las que llevaron al Gobierno a expropiar solo algunas fabricas y no a todas de la gran burguesía industrial.

Esta política de sectores de izquierda en el Gobierno fue la que llevó a frustrar esperanzas en el pueblo, a cuestionar anhelos en capas empobrecidas de la población; esta política es la que, en algunos casos, alejó capas del pueblo y confundió a sectores de trabajadores.

Esta política llevó al Gobierno y a sectores de la izquierda a entrar en conflicto progresivo con capas del pueblo que se movilizaron directamente, rompiendo estrechos marcos que la política del Gobierno les permitía. Esto llevó a la división del pueblo, al desarrollo de tendencias burocráticas, a la generación de estilos patronales de decisión y mando en la dirección de algunas empresas del área social y en el conjunto del aparato de Gobierno. Porque allí donde está ausente la participación activa y vigorosa de las masas mismas en la decisión de sus problemas, inevitablemente el funcionario comienza a predominar sobre el trabajador, la orden remplaza a la persuasión, el burocrático remplaza a las masas, a la vez que éste se insensibiliza ante los problemas del pueblo.

Al mismo tiempo, los dueños del cobre, las fabricas y los fundos, al principio divididos y desconcertados, pronto apreciaron que había política de mano blanda sobre ellos, que la política predominante era débil. Luego cayeron en cuenta de que era posible dividir al pueblo, que ejerciendo presión sobre el Gobierno era posible obtener concesiones.

Se reagruparon, prepararon la estrategia del derrocamiento del Gobierno e iniciaron su ofensiva a base de una política de dos caras.

Por un lado, los golpistas de freísmo democratacristiano, del Partido Nacional y de Patria y Libertad asumieron la tarea de golpear al pueblo y de ganar fuerza propia. Al mismo tiempo, por otro lado, un sector de la democracia cristiana se encargaba por la vía de las negociaciones de frenar la iniciativa del Gobierno y neutralizar el avance de los trabajadores.

Mientras los primeros declaran la guerra económica al gobierno, sabotean la producción agropecuaria y agravan artificialmente el desabastecimiento, los otros, los negociadores, encandilan al Gobierno con los llamados diálogos a cambio de frenar el proceso.

Mientras unos se oponen y golpean tenazmente toda medida del Gobierno o avance de los trabajadores desde su prensa, desde el parlamento, desde la Justicia, los otros ofrecen al gobierno la colaboración parlamentaria, se limita su avance.

Mientras unos asesinan campesinos en los campos y retoman los fundos a sangre y fuego, los otros exigen el respeto de la ley y el orden.

Mientras unos defienden cínicamente la libertad de unos pocos empresarios para explotar a los trabajadores y gozar del privilegio, lo otros confunden al pueblo ofreciéndole una política demagógica y populista.

Mientras unos preparan el derrocamiento de Allende y financian los grupos armados de derecha, los otros exigen la represión a las movilizaciones de los trabajadores y de los revolucionarios en nombre de la ley y el orden.

Esta es la política de los patrones: amarrar al Gobierno, frenar el avance del pueblo y acumular y acumular la fuerza necesaria, incluso de masas, para derrocar el Gobierno y reprimir a los trabajadores.

Unos sirven a los otros. Ambos trabajan para un mismo objetivo. Unos amarran, los otros golpean. Fuentealba y Leighton amarran y Jarpa y Frei golpean.

Todo el que se detenga a negociar con los sirvientes de los golpistas, favorece el derrocamiento del gobierno y la represión a los trabajadores.

Los trabajadores avanzan

Pero los trabajadores no permanecieron pasivos. Nada mi nadie les podía ocultar sus enemigos, nada ni nadie les podía impedir luchar por sus intereses y se decidieron a avanzar.

Retomaron una cuota de la iniciativa que poco antes habían delegado en una esperanza y reiniciaron su marcha centenaria, bajo la única forma que las condiciones les imponían: por si mismos, en la lucha directa por sus intereses, bajo las formas de lucha que les permitieran resolver sus aspiraciones y combatir a sus enemigos.

Ellos no se detuvieron a revisar los códigos legales para reiniciar su marcha, no esperaron el resultado de negociación alguna ni frenaron su marcha ante las protestas y presiones de sus patrones.

Miles de mapuches se lanzaron a la conquista de la tierra, miles de campesinos y obreros agrícolas comenzaron a combatir a los terratenientes, miles de pobladores se tomaron los terrenos, miles de obreros, a lo largo del país, combatieron por sus intereses y ocuparon sus fábricas.

Los revolucionarios de izquierda, de dentro y fuera de la Unidad Popular, no se marginaron del ascenso combativo de las movilizaciones del pueblo. Pasaron a dirigir y organizar las luchas de las distintas capas del pueblo, bajo las formas de lucha que la situación les imponía. Asumieron la conducción de las luchas de los trabajadores que otros descuidaron.

No reaccionaron así otros sectores de la izquierda que continuaron desde el Gobierno en su política de limitar la marcha de los trabajadores y, de incluso, en ocasiones combatir las movilizaciones revolucionarias del pueblo.

Esta fue la política predominante de la izquierda gobernante durante el año pasado, una política de lento avance que hizo pasar sus medidas fundamentales por el estrecho marco de los acuerdos parlamentarios y de una tímida utilización de los resortes legales a mano. Una política que no movilizó suficientemente al pueblo, que no abrió los cauces a una activa participación de los trabajadores que permitió el desarrollo de deformaciones como el burocratismo, el sectarismo, que golpeó débilmente a los representantes políticos de los dueños de fundos y fábricas.

Esta política de 1971 podría resumirse como el desarrollo de algunas reformas en diversos planos, que se ganó la agresividad de la clase dominante por haber herido sus intereses y que no ganó, en contrapartida, fuerzas suficientes que le permitiera seguir avanzando, superar obstáculos y, que, incluso, hoy día, con dificultad permite defender lo ya logrado.

Las consecuencias de esta política, el costo de los errores de estos aspectos de la política predominante en 1971, comenzaron ya a apreciarse a fines del mismo año.

En noviembre del año pasado, en un acto de homenaje a Moisés Huentelaf, héroe de las luchas campesinas asesinado por el momiaje, por primera vez hicimos publica, con claridad nuestras criticas a estas políticas. Anunciamos el enorme costo político que se pagaría por estos errores y llamamos al conjunto del pueblo y de la izquierda a dar viraje y así remontar el proceso. No solo no fuimos escuchados, sino que, incluso, fuimos acusados de agentes de la contrarrevolución, de extremistas y de desquiciados.

Semanas después, Fidel castro visitó Chile y alertó al pueblo de los peligros que le acechaban si se persistía en esta política. Criticó las debilidades en la batalla ideológica, las debilidades de la lucha política, la débil visualización del enemigo, la insuficiencia en la movilización de las masas.

En diciembre del año pasado, las clases dominantes iniciaron la actual ofensiva.

Primero fue la marcha de las cacerolas, en la que una jauría de pandilleros reaccionarios asoló las calles de Santiago por varias horas, realizando atentados e incluso, asaltando locales de partidos de izquierda.

Después vino la acusación constitucional al ministro del interior, que llevó a su destitución, lo que constituyó un primer intento de aprovechar las trincheras institucionales de los dueños de fundos y de fabricas para someter al gobierno a sus condiciones.

Luego vinieron las elecciones complementarias en O’Higgins, Colchagua y Linares, donde los candidatos de los patrones lograron derrotar al conjunto de la izquierda, evidenciando con ello el grado de fuerza que habían alcanzado y el deterioro político en la base de apoyo del Gobierno y de la izquierda.

Posteriormente, en el parlamento las clases poseedoras presentaron una Reforma Constitucional, que pretende crear la división en el seno del movimiento obrero e imponer desde el Congreso, condiciones de cogobierno al Presidente de la Republica, sellando en definitiva el estancamiento del proceso.

Pocas semanas atrás, la quinta columna de los patrones en la Unidad Popular, el PIR, se pasó, en definitiva, al campo de los enemigos de los trabajadores. Durante meses el PIR había conseguido en el Gobierno, lo que Fuentealba y Frei trataban de hacer desde fuera: frenar al Gobierno, amarrarlo, limitar su avance al más estricto legalismo.

Por último, hace dos días, un puñado de patrones y politicastros de cuello y corbata, lograron arrastrar a decenas de miles de chilenos a una concentración que demostró cómo el engaño y la mentira desde su prensa y su radio podían ganar voluntades para su inconfesable propósito de derrocar constitucionalmente al Gobierno, reprimir legalmente a los trabajadores y restaurar, con apoyo de masas, el privilegio de unos pocos.

Aun hay fuerza en las masas

Estos sucesivos golpes que las clases dominantes dejaron caer sobre los trabajadores terminaron por convencer a amplios sectores de la izquierda de la gravedad de la situación, del tremendo costo de los errores y del agotamiento de la política de 1971. Se hizo evidente el objetivo de la clase dominante de derrocar al Gobierno y una rica discusión se abrió en el seno de la izquierda, dentro y fuera de la Unidad Popular, acerca del golpe del timón necesario para rectificar los errores y remontar el proceso.

Esta discusión entre distintas corrientes de la izquierda se da condicionada por tres grandes hechos evidentes.

El primero, que estamos con una poderosa embestida de la clase dominante en todos los terrenos, que persigue a corto o a mediano plazo el derrocamiento del Gobierno.

El segundo, el evidente agotamiento de la política predominante que sectores de la izquierda impulsaron desde el gobierno en 1971, y que en ningún caso, permitirá encontrar la salida para la situación política em este año en el país.

El tercero, que aún existen condiciones y fuerza en las masas y en la izquierda, para empujar el proceso hacia delante, hacia la conquista del poder por los trabajadores, en la medida en que el movimiento de masas aun esta dispuesto a ello bajo una conducción correcta, como lo hizo evidente la ultima concentración en Santiago de la izquierda, que de verdad, logró reunir cientos de miles de personas, quienes fueron a exigir una conducción que empujara hacia delante.

Todos estos hechos han creado una nueva situación en la izquierda, haciéndose evidente que existen, por lo menos, dos grandes corrientes: una reformista y pusilánime y otra revolucionaria.

La corriente reformista se plantea continuar y desarrollar al máximo los peores y más conservadores aspectos de la política predominante en el año anterior. Detrás de una imposible colaboración parlamentaria, pretende frenar el avance de los trabajadores, disfrazándolo de consolidación, o a lo más, tímidos y limitados avances que permitirían definir su política como la del paso de una tortuga.

Evidentemente, entre las tareas que considera fundamentales está el combatir corrientes revolucionarias, sin detenerse en los métodos. Ejemplo de esto son los ataques e injurias lanzados por distintos sectores en contra de algunas movilizaciones de masas, de nuestra organización y de otras corrientes revolucionarias de la izquierda.

Sin ir más lejos, algunos publicistas del diario “El Siglo”, que no podemos pensar que representen el pensamiento del conjunto de los militantes del Partido Comunista, han estado publicando afiches provocadores, injuriosos en contra nuestra, que buscan crear graves y definitivos enfrentamientos con el seno de la izquierda y del pueblo.

No se han detenido allí. No les ha bastado con injuriar a las corrientes revolucionarias de dentro y fuera de la Unidad Popular en Chile, sino que, además, han llegado a insultar gratuitamente a loa revolucionarios argentinos del Ejercito Revolucionario del Pueblo (ERP), mientras otros han denunciado como terroristas de ultraizquierda héroes de la lucha revolucionaria de América Latina, como son los Tupamaros de Uruguay.

Son los mismos que culpan a las “tomas” del deterioro político del Gobierno, como sí la lucha del pueblo fuera una traba y no una palanca de fortalecimiento de la izquierda.

Son los mismos, también, que explican su difícil situación culpando al MIR, como si fuéramos nosotros los que gobernáramos y no ellos.

Son los mismos que atacan en la Universidad de Chile a Andrés Pascal, nuestro candidato a Rector, con el objeto de encubrir que su propio candidato, Felipe Herrera, ha sido traído desde las filas de los enemigos del pueblo.

Pero, afortunadamente, hoy mas que nunca, crece y se fortalecen las corrientes revolucionarias en el seno de la izquierda, dentro y fuera de la UP.page7image25818432page7image25818624

El pensamiento que une a esta corriente revolucionaria es la convicción de que solo avanzando se encontrará una salida revolucionaria al proceso, que en el estancamiento reside la fuente de la debilidad, que el avance del pueblo no puede negociarse con nadie, que no debe dividirse a la izquierda, sino unir a los revolucionarios.

Expresiones del fortalecimiento de las corrientes revolucionarias en la izquierda son la política revolucionaria para el campo levantada por un grueso sector de la Unidad Popular y el MIR en Linares, antes de las elecciones complementarias, la combativa movilización campesina impulsada en Ñuble y otras provincias, fundamentalmente por el Partido Socialista, la justa respuesta del Ministerio de Economía ante la prepotencia patronal de la SOFOFA, hace algunas semanas, la alianza de la Izquierda Cristiana con el Frente de Trabajadores Revolucionarios para la elección de algunas directivas provinciales de la Central Única de Trabajadores.

Este es el debate que se desarrolla en el seno de la izquierda.

Avanzar sobre fábricas y fundos

En estas condiciones se han abierto discusiones entre la comisión del Comité Político de la UP y la Comisión Política del MIR. No vacilamos en saludar como positivo el inicio, por tardío que sea, de estas conversaciones.

Más aún, no escatimamos esfuerzos en buscar el acuerdo que asegure el avance del proceso o, por lo menos, el grado suficiente de acuerdo que ayude a combatir la ofensiva reaccionaria y a evitar enfrentamientos fratricidas en el seno de la izquierda y el pueblo.

Estas conversaciones no han concluido aún y cuando así ocurra, informaremos oportunamente a los trabajadores. Pero desde ya, bajo el criterio de que nada hacemos a espalda de las masas, podemos informar que todo lo que allí lleguemos a acordar será solo en el sentido de seguir empujando la movilización de las masas en contra de sus enemigos, de avanzar con mas fuerza que nunca sobre las fabricas y fundos. Esto es, que sólo podremos suscribir acuerdos que signifiquen el impulso y fortalecimiento de las luchas del pueblo y avances hacia la conquista del poder.

Esta discusión no puede limitarse a un encuentro entre cuatro paredes. Es la misma discusión que sostienen entre sí las distintas corrientes de la izquierda. Cual política predomine y qué grado de acuerdos se logren en estas conversaciones, dependerá fundamentalmente del arraigo que haya alcanzado el Programa Revolucionario en las más amplias capas de los trabajadores. Esta decisión está aún pendiente. Reformismo o revolución es la alternativa de la izquierda y del pueblo, cuando ya sabemos, después de un año y medio, que el reformismo conduce inevitablemente al fascismo, en las condiciones políticas actuales de Chile.

La burguesía la decidió su camino: el derrocamiento del Gobierno de la Unidad Popular, la represión de los trabajadores y la restauración plena de los patrones y del imperialismo en el Gobierno.

Es la izquierda entonces la que tiene que decidir. Son los trabajadores los que tienen que hacer oír su voz. Sólo ellos pueden detener el fascismo en Chile en la medida que hay prendido vigorosamente en sus conciencias el Programa Revolucionario. Sólo este programapage8image25802432page8image25802624

puede salvar a Chile del retroceso y la represión, acumular las enormes energías del pueblo todavía desaprovechadas y emprendida la tarea de la conquista del poder por los trabajadores.

Nosotros llamamos a los trabajadores de Chile a apoyar a los candidatos del Frente de Trabajadores Revolucionarios, encabezados por los camaradas Alarcón y Manque, diciéndoles que el programa que levanta el FTR no solo es el mejor, sino que es el único programa que asegura a los trabajadores que su marcha hacia la conquista del poder no se detendrá, sino que continuará decididamente hacia la victoria final.

Este es un momento de viraje decisivo en el proceso, en el que está em juego el destino de nuestro país y de nuestro pueblo.

Qué política, en definitiva, se imponga en el seno de la izquierda y entre los trabajadores; si la política reformista o la política revolucionaria, determinará si este país caerá en garras del fascismo o si emprenderá el camio de su liberación el camino de la construcción del socialismo en Chile bajo un Gobierno Revolucionario de obreros y campesinos.

(el documento fue tomado de Resumen)

(Visited 72 times, 1 visits today)