Alzarse en contra del régimen y de su moralidad burguesa

por Gustavo Burgos

La imagen corresponde a una escena icónica del cine de los 90, «Perros de la calle». Mr. Orange (Tim Roth) chapotea en su propia sangre durante casi toda la película. No contaré el desenlace por si alguien no la ha visto y recomiendo verla en estos días o re verla si corresponde. El sujeto actúa moralmente dominado, desangrándose de fidelidad dignamente. La fragilidad física del actor —parece muy pequeño comparado al resto— contribuye a acentuar el vigor ético de su alegato.

El discurso patético cumple en algunos argumentos un papel vivificador, especialmente cuando se trata de hacer un cuestionamiento a los valores dominantes en un conflicto, porque pede transformarlo en algo social. La tragedia griega cumplió esa función sirviendo de base al pensamiento político clásico.

Este 29 de Marzo conmemoraremos nuevamente el Día del Joven Combatiente, que recuerda los alevosos asesinatos de los hermanos Eduardo y Rafael Vergara Toledo y de Paulina Aguirre, miristas caídos en combate en 1985 en medio de un feroz Estado de Sitio en lo que devino la fase final de la Dictadura pinochetista. 

Subrayo la idea «caídos en combate» porque la reivindicación de la memoria de estos compañeros es parte del arsenal político de los explotados y por lo mismo insignia de la lucha que hoy día prosigue, abriéndose paso en medio de la confusión, el retroceso político de las organizaciones populares y el transfugio político de parte importante de la izquierda que pretende hacer de esta memoria un instrumento de victimización y sacralización de la derrota.

Los «memoristas», petrificadores de la lucha, pretenden hacer pasar que los caídos lo hicieron luchando por la democracia, los DDHH, el debido proceso y otras lindezas. Es lo que en distintos contextos se expresa según lo va enunciando el calendario, como si en lugar de un proceso histórico viviésemos en un carrusel dominado por la estética de la autocompasión, chapoteando como Mr. Orange en la sangre del ocaso de toda perspectiva de revolución social.

Participo de la idea de que la mejor forma de reivindicar la memoria de los caídos es proseguir su lucha, que era no solo contra Pinochet sino que en contra de conjunto del orden social que él preservaba. El Día del Joven Combatiente preserva esta divisa y ha quedado como significado a estas alturas casi exclusivo de la lucha revolucionaria.

Sin embargo, la lucha de clases solo externamente es un enfrentamiento de discursos y programas. Lo que subyace al conflicto social es el brutal choque material entre la minoría explotadora y la inmensa mayoría explotada. Es más, a mayor es la debilidad material del régimen para sostenerse físicamente mientras llevan a la sociedad la despeñadero, más altisonantes se alzan los discursos sobre la moralidad y la corrección de las instituciones, como si lo que viviésemos no fuese un despiadado combate social sino que un pintoresco enfrentamiento normativo entre el bien y el mal.

Estos discursos moralistas suelen apelar a la ética, a los fundamentos normativos que resolverían la «crisis social», a la preservación del orden público y a la miserable argumentación de que «no es necesario ser comunista para…» Por lo mismo son estos discursos moralistas parte sustancial del entramado de dominación del régimen.

La impugnación del orden capitalista es una lucha sin cuartel, de ahí la bandera roja con que se identificaron los trabajadores desde la Comuna de París en 1871, una bandera que en la nomenclatura romana anunciaba que en ese combate no habría prisioneros. No solo corresponde denunciar la explotación capitalista y luchar en defensa de los intereses de los explotados allí donde ellos se expresen vivamente. También, sobre todo en estos momentos, resulta imprescindible alzarse en contra de la propia moralidad burguesa evidenciando los intereses que cautela y proclamando en su contra la moral de la propia revolución. No será dando lástima y compasión que los trabajadores llegarán al poder. 

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