Afganistán: la humillante derrota de EEUU, el regreso de los talibanes y la amenaza de una guerra civil

por Adam Pal

Afganistán se precipita hacia una nueva guerra civil tras la retirada de las fuerzas estadounidenses y aliadas tras dos décadas de sangrienta ocupación. La retirada de las tropas imperialistas, anunciada por Joe Biden, está prevista para el 31 de agosto de este año, aunque la mayoría de las fuerzas estadounidenses ya se han marchado o están en proceso de abandonar apresuradamente el país mientras los talibanes avanzan en muchas zonas.

El hecho de que el imperialismo estadounidense y otras fuerzas aliadas se hayan visto obligadas a retirarse se presenta como algo que se debe exclusivamente a los talibanes. Sin embargo, la realidad es que la intervención y la ocupación de Afganistán por parte de Estados Unidos durante las dos últimas décadas también se encontró con una fuerte oposición por parte de la población local. Existe un odio candente y muy generalizado hacia esta guerra imperialista, que ha asesinado a decenas de miles de personas inocentes y ha sumido a todo el país en la devastación, la inestabilidad y la barbarie.

Puede que sea cierto que, en muchas ocasiones, sobre todo en las zonas rurales pashtunes, el odio hacia el imperialismo occidental hizo que la población local aceptara pasivamente, o incluso en ocasiones ayudara a facilitar los ataques talibanes. Sin embargo, esto no significa que la mayoría de la población tuviera o tenga una simpatía profunda por las fuerzas archirreaccionarias y oscurantistas de los talibanes.

Lo trágico de la situación es que el vacío de poder dejado por Estados Unidos está siendo ocupado en muchas zonas principalmente por los talibanes, con sus miles de hombres armados, y con el respaldo tácito de varias potencias extranjeras.

Tras dos décadas de guerra, con un coste de más de USD2.000 millones, la clase dominante estadounidense ha fracasado rotundamente en la consecución de los objetivos que anunció al mundo al inicio de la guerra. Tras asesinar a innumerables civiles, bombardear muchas regiones y devastar la vida de millones de personas, Estados Unidos se marcha tras alcanzar un humillante acuerdo con los talibanes. En este supuesto acuerdo de paz, firmado el año pasado en Doha (Qatar) entre la administración Trump y los dirigentes talibanes, Estados Unidos cedió a todas las exigencias de estos últimos.

El débil y corrupto gobierno de Kabul, dirigido ahora por el presidente Ashraf Ghani, y apoyado por el imperialismo estadounidense y otras fuerzas aliadas, se está desmoronando rápidamente a medida que las fuerzas estadounidenses se retiran. Esto se debe a que es odiado por grandes sectores de las masas por ser una marioneta del imperialismo. Los informes de la inteligencia estadounidense sugieren que este gobierno apenas sobrevivirá seis meses después de la retirada. Al entrar en la guerra, los imperialistas afirmaron que acabarían transformando Afganistán en un Estado democrático moderno. El resultado ha sido un fracaso estrepitoso.

Hace 20 años, la Corriente Marxista Internacional (CMI) explicó por qué esta aventura sólo conduciría a más miseria e indigencia para el pueblo afgano, al tiempo que desestabilizaría toda la región. Como explicamos en noviembre de 2001, inmediatamente después de la caída de Kabul a manos de las fuerzas respaldadas por Estados Unidos:

«Los talibanes han perdido el control del poder, pero no su potencial para hacer la guerra. Están muy acostumbrados a librar una guerra de guerrillas en las montañas. Lo hicieron antes y pueden volver a hacerlo. En el norte, luchaban en un territorio ajeno y hostil. Pero en las aldeas y montañas de la zona pashtún, están en su propia patria. Se abre la perspectiva de una prolongada guerra de guerrillas que puede durar años. La primera parte de la campaña de guerra aliada fue la más fácil. La segunda parte no será tan fácil. Las tropas británicas y estadounidenses tendrán que adentrarse en las zonas pashtunes en misiones de búsqueda y destrucción, donde serán blancos fáciles para la guerrilla. Las bajas serán inevitables. En un momento dado, esto tendrá un efecto en la opinión pública de Gran Bretaña y Estados Unidos.

«Los estadounidenses esperaban poder llevar a cabo un ataque rápido y quirúrgico contra Bin Laden, confiando principalmente en el poder aéreo. En lugar de ello, el conflicto es cada vez más complicado y difícil, y la perspectiva de un final se pospone casi indefinidamente. Tendrán que mantener tropas apostadas no sólo en Afganistán sino en Pakistán y otros países para apuntalarlas. […]

«Esta es una posición mucho peor y más peligrosa que aquella en la que se encontraban los estadounidenses el 11 de septiembre. Washington se verá ahora obligado a apuntalar el régimen en bancarrota e inestable de Pakistán, así como a todos los demás Estados «amigos» de la región, que están siendo desestabilizados por sus acciones. Si el objetivo de este ejercicio era combatir el terrorismo, descubrirán que han conseguido lo contrario. Antes de estos acontecimientos, los imperialistas podían permitirse mantener una distancia relativamente segura de las convulsiones y guerras de esta parte del mundo, pero ahora están completamente enredados en ellas. Con sus acciones desde el 11 de septiembre, los EE.UU. y Gran Bretaña se han visto arrastrados a un atolladero del que será difícil salir.»

De nuevo, explicamos en 2008 que esta guerra era imposible de ganar para el imperialismo. Tras una guerra prolongada, los imperialistas se verían obligados a retirarse, derrotados, dejando un rastro de destrucción a su paso:

«Al final, las fuerzas de la Coalición se verán obligadas a abandonar el intento de ocupar Afganistán. Dejarán tras de sí un rastro de muerte y destrucción y un legado de odio y resentimiento que durará décadas. No sabemos cuál de las bandas rivales dominará el próximo gobierno en Kabul. Lo que sí sabemos es que, como siempre, el precio más alto lo pagará el pueblo de a pie, los trabajadores y campesinos, los pobres, los ancianos, los enfermos, las mujeres y los niños.

«El terrible destino del pueblo de Afganistán es uno más de los innumerables crímenes del imperialismo estadounidense y sus aliados. La infame ‘guerra contra el terrorismo’, lejos de lograr sus objetivos, ha tenido el resultado contrario. Con sus acciones, los imperialistas han dado un poderoso impulso al terrorismo. Han echado leña al fuego del fanatismo y han actuado así como el principal sargento de reclutamiento de Al Qaeda y los talibanes. Han destrozado por completo Afganistán y en el proceso han desestabilizado Pakistán. En las inmortales y a menudo citadas palabras del historiador romano Tácito: «Y cuando han creado un desierto, lo llaman paz».

Este análisis se ha confirmado plenamente, mientras que las altas pretensiones de los imperialistas quedan en agua de borrajas. Los liberales y los llamados «izquierdistas» y «nacionalistas» que apoyaron al imperialismo estadounidense también han quedado expuestos en su absoluta bancarrota.

Cuatro décadas de intervención estadounidense

La intervención estadounidense en Afganistán tiene ya más de cuatro décadas. La Revolución de Saur de 1978, dirigida por Nur Muhammad Taraki, fue un punto de inflexión, que podría haber llevado a la transformación socialista de Afganistán y desafiado a las potencias de todo el mundo en aquel momento.

Tras la posterior intervención soviética en Afganistán, que fue fuertemente criticada por Ted Grant (entonces líder de la Corriente Marxista), los imperialistas estadounidenses abrieron sus arcas para la infame «Yihad del Dólar», utilizando a Pakistán como punto de encuentro para que los talibanes y otros combatientes aliados de Estados Unidos (etiquetados como «guerreros santos», yihadistas) atacaran a las fuerzas soviéticas.

La brutal dictadura del general Zia-ul-Haq en Pakistán atacó con saña a la clase obrera y preparó el terreno para el ascenso de los grupos fundamentalistas islámicos, que prosperaron con la ayuda de Estados Unidos y Arabia Saudí. Tras la caída de la Unión Soviética, los imperialistas perdieron el control sobre este monstruo de Frankenstein que habían creado. La consecuencia fue una brutal guerra civil que asoló Afganistán durante toda la primera década de 1990. Todo el país se sumió en la barbarie y decenas de miles de inocentes fueron masacrados, ya que las facciones yihadistas enfrentadas luchaban entre sí por el control de Kabul.

Con el cambio de siglo, al cambiar los intereses del imperialismo estadounidense, estos «guerreros santos» -que ahora muerden la mano de su antiguo amo- fueron repentinamente etiquetados como terroristas. La mayor potencia imperialista de la historia desató una guerra contra la nación más atrasada y devastada de la Tierra, que había sido declarada, sin ningún sentido de la ironía, como una amenaza para el mundo entero. Al final de esta guerra, Estados Unidos y sus aliados firmaron un acuerdo de «paz» con estos mismos terroristas, aceptando todos sus términos y condiciones, incluida la liberación de miles de prisioneros talibanes de las cárceles afganas, y concediendo a los talibanes un sitio en la mesa de la diplomacia mundial.

Mientras tanto, la brutalidad y las atrocidades de los talibanes en nombre de la religión les han granjeado la merecida enemistad de una parte importante de la población de todo el país, especialmente entre los no pashtunes y en las ciudades. Sólo gracias al apoyo de Irán, Pakistán y otras potencias imperialistas han podido organizarse y contraatacar. A ello han contribuido la corrupción y la brutalidad del régimen instalado por Estados Unidos, que, sobre todo en las zonas pashtunes, ha empujado a una capa de la población rural a los brazos de los talibanes.

Tampoco debemos olvidar que estas fuerzas reaccionarias fundamentalistas islámicas también fueron respaldadas y promovidas por el imperialismo estadounidense en el pasado. Y una vez que estos reaccionarios se volvieron contra el imperialismo estadounidense, se convirtieron en un útil «cuco» para justificar cualquier intervención militar estadounidense en la región.

Ahora los imperialistas están saliendo de la guerra en lo que sólo puede calificarse como una derrota humillante. A pesar de todas las objeciones de algunos generales del Pentágono que desean continuar la guerra, ésta se ha convertido en una espina para el capitalismo estadounidense, que se enfrenta a una crisis económica, social y política de proporciones históricas y a una población profundamente cansada de las guerras interminables. Lo que queda es un Afganistán asolado por el atraso, la miseria y la devastación.

El hecho es que, a pesar de haber sido apuntalado por estas potencias, el gobierno de Kabul fracasó totalmente a la hora de conseguir un apoyo masivo a nivel nacional. Después de dos décadas de asistencia masiva y de miles de millones de dólares en ayuda, ahora está suspendido en el aire. El gobierno títere y todas sus instituciones se están desmoronando a medida que la odiada guerra llega a su fin. El aparato estatal artificial impuesto a Afganistán por las potencias imperialistas se está derrumbando, con el Ejército Nacional Afgano de 200.000 efectivos y otras fuerzas de seguridad en proceso de rápida desintegración.

Ningún gobierno impuesto por las potencias imperialistas puede sostenerse indefinidamente cuando es totalmente despreciado por las masas. Toda la farsa de las elecciones de las dos últimas décadas, la corrupción del régimen y sus crímenes contra las masas, pueden ser vistos ahora claramente por todo el mundo.

La extrema fragilidad del gobierno de Kabul era conocida por las potencias imperialistas desde hace muchos años. Sin embargo, trataron de inventar una historia de éxito que pudieran vender al mundo, declarando la «victoria» en Afganistán. Pero en los últimos años, las matanzas y los atentados terroristas se han disparado. Si las fuerzas de ocupación hubieran permanecido más tiempo, sólo se habrían enfrentado a una mayor humillación.

Según los informes, los talibanes están avanzando ahora en muchos distritos del país, y afirman controlar el 85% del territorio afgano. Puede que sea una exageración, pero lo cierto es que ocupan al menos el 40% de los distritos del país, mientras que disputan al Ejército Nacional Afgano el control de otro 42%. En muchas ciudades, el Ejército Nacional Afgano está abandonando sus posiciones, bien sin luchar, bien rindiéndose e incluso uniéndose a los talibanes. Los talibanes se están apoderando de muchos de los puestos abandonados, apoderándose de la munición y la artillería de las fuerzas estadounidenses que se marchan, y capturando sus suministros, aunque todavía carecen de los efectivos necesarios para apoderarse de un gran número de zonas.

Sin embargo, se puede percibir que, aunque la gente se alegra de ver el fin de la intervención extranjera, existe un sentimiento de temor a que los talibanes tomen el control. Entre las masas existe el temor de que se produzca un derramamiento de sangre y una guerra civil, ya que miles de personas huyen de las zonas ocupadas por los talibanes. La falta de apoyo a los talibanes se refleja además en el hecho de que se han visto obligados a lanzar campañas de reclutamiento en las regiones fronterizas de Pakistán, con el apoyo tácito del Estado pakistaní. Los cadáveres de cientos de combatientes talibanes son llevados regularmente a Pakistán para ser enterrados.

Las potencias regionales se entrometen

Ante la inminente derrota de Estados Unidos y la posibilidad de una guerra civil desestabilizadora en Afganistán tras la retirada de Estados Unidos, el régimen iraní, en coordinación con Rusia y China, ha establecido vínculos con los talibanes.

Con la esperanza de ganar influencia en el futuro gobierno del país, Irán ha ayudado, en los últimos años a los talibanes a reagruparse con la condición de que aumenten los ataques a las fuerzas estadounidenses y apoyen la lucha contra el Estado Islámico, que ha ido ganando terreno entre los islamistas afganos. En los últimos meses, una delegación talibán también ha visitado Teherán en busca de la protección del régimen draconiano de los mulás de Irán. Los dirigentes iraníes no sólo apoyan a los talibanes proporcionándoles campos de entrenamiento y armas, sino que también están encaminando a la población chiíta local de Afganistán a que los apoye, a pesar de sus diferencias étnicas y sectarias.

El objetivo de Irán es promover un futuro régimen construido sobre la base de una coalición de señores de la guerra sectarios y nacionales y de élites locales, sobre el que pueda afirmar su influencia y proteger sus intereses, que son principalmente reducir la inestabilidad que podría penetrar en sus fronteras. Esto es aún más importante después de que los talibanes capturaran también el paso de Islam Qala: una de las mayores puertas de entrada del comercio a Irán, en escenas ampliamente compartidas por los medios de comunicación iraníes, de nuevo sin pruebas de lucha. Este paso es una fuente de USD20 millones al mes para el gobierno iraní.

No hace falta decir que los talibanes, una fuerza wahabí abrumadoramente pashtún, no tienen ningún problema en vincularse con el régimen chiíta, que es supuestamente su enemigo religioso, siempre que el dinero y las armas sigan llegando.

Rusia y China tienen intereses similares, éstos también tienden la mano a los talibanes, para asegurar su influencia sobre un futuro régimen en el que los talibanes se convertirán en una fuerza importante, si no la principal. Rusia, por su parte, busca garantías de los talibanes de que las fronteras del norte de Afganistán no serán utilizados como base para ataques a las antiguas repúblicas soviéticas. India también envió recientemente a sus representantes a la embajada talibán en Doha, Qatar, para un posible acuerdo con los futuros dirigentes afganos. Puede parecer irónico que India, dirigida por el fundamentalista hindú Modi, haya tendido la mano a los fundamentalistas islámicos talibanes, pero tiene su lógica en el sentido de que la clase dirigente india también quiere ganar influencia con la fuerza que cree que puede gobernar el país.

En las últimas semanas, los talibanes han capturado algunas zonas del norte del país, incluidos algunos distritos de la provincia de Badajshán, fronteriza con China occidental. Estos distritos están poblados en su mayoría por nacionalidades no pashtunes, y tradicionalmente se consideraban bastiones de las fuerzas antitalibanes. Los partidarios de los talibanes, incluido Pakistán, han interpretado estas pocas victorias como un gran avance, que indica la inminente toma de Kabul. Pero una toma completa de los talibanes parece inverosímil, ya que carecen del apoyo abrumador de las masas en todo el país. Parece más probable que los talibanes tengan que formar una coalición con una serie de otros grupos.

Sin embargo, esta perspectiva está lejos de ser segura. La inestabilidad está incorporada a la situación. Las comunidades perseguidas, como los chiítas hazaras, los tayikos y los uzbekos de Afganistán, no ven con buenos ojos a los talibanes y se preparan para la autodefensa en caso de guerra civil. El gobierno de Kabul también ha permitido que los ejércitos tribales locales, los señores de la guerra y las milicias se organicen y se reagrupen para defenderse en caso de un ataque talibán. En efecto, esto es una admisión de fracaso por parte del gobierno de Kabul y del Ejército Nacional Afgano. Los señores de la guerra locales, los líderes tribales y las pequeñas nacionalidades se armarán para defender sus localidades y, en última instancia, esto podría conducir a una guerra civil en todo el país.

En esta situación, los estadounidenses han buscado frenéticamente salvar la cara. Incluso han apelado a Rusia y China para que tomen el control de las cosas en Afganistán, de modo que Estados Unidos pueda salir de esta sangrienta guerra reclamando al menos una «victoria» parcial. De hecho, Afganistán fue uno de los temas de la agenda en las recientes reuniones entre Biden y Putin. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de Rusia, China, Turquía y otras potencias, ninguno de los acuerdos ha llegado a nada. El fin de la guerra y la retirada de las fuerzas imperialistas no acabarán con la inestabilidad, al contrario, le darán un nuevo impulso.

Moscú y Pekín también han organizado muchas conversaciones entre el gobierno de Kabul y los talibanes durante los últimos años, pero no han conducido a ninguna conclusión concreta. Se trata de una guerra con fuerzas débiles en todos los bandos, y nadie puede reclamar una victoria completa, a pesar del apoyo de las potencias regionales. China ha llevado a cabo una lucrativa política de saqueo de los recursos minerales y de explotación de la situación estratégica de Afganistán para sus propios intereses. Pero no se atreve a dedicar los recursos financieros y militares necesarios para controlar la situación.

China no es tan poderosa como Estados Unidos y sus aliados. Si dos décadas de intervención militar por parte de la potencia más rica y poderosa de la tierra no pudieron estabilizar Afganistán, ¿cómo se puede esperar que China, Rusia o cualquier otra potencia regional lo haga mejor? No obstante, para defender sus intereses, es probable que China se implique cada vez más en Afganistán y también que haya buscado un modus vivendi con los talibanes, para proteger sus inversiones actuales y potenciales en el futuro, especialmente relacionadas con la Iniciativa de Belt and Road (la Franja y la Ruta). Según fuentes iraníes, Pekín ha prometido ayudar a los talibanes a reconstruir las deterioradas infraestructuras de Afganistán con este fin. China también pretende aislar a los separatistas de la provincia de Xinjiang del apoyo de los grupos yihadistas del otro lado de la frontera.

Pakistán

Décadas de intromisión imperialista de Estados Unidos en Afganistán han tenido un profundo impacto en Pakistán, un país que se ha beneficiado del patrocinio del imperialismo estadounidense durante la totalidad de sus 73 años de historia. Actuando como títere del imperialismo estadounidense en la región durante décadas, apoyó el derramamiento de sangre en Afganistán tanto durante la «Yihad del Dólar» de la década de 1980, como posteriormente en la llamada «Guerra contra el terrorismo». La clase dirigente de Pakistán se ha enriquecido enormemente con este sangriento negocio y ha utilizado a las fuerzas reaccionarias de los talibanes para sembrar el terror también entre la clase trabajadora de Pakistán.

Pero los últimos acontecimientos en Afganistán han sacudido los cimientos del Estado pakistaní. Los estadounidenses están echando toda la culpa de sus fracasos de las dos últimas décadas a Pakistán. Afirman, con razón, que Pakistán ha desempeñado un doble papel en esta guerra. Acusan a Pakistán de haberse embolsado una fortuna de EE.UU. (USD33.000 millones según Donald Trump) para apoyar su llamada «Guerra contra el Terrorismo», al tiempo que proporcionaba un santuario y un refugio seguro a los dirigentes talibanes dentro de Pakistán. Ahora, Estados Unidos planea dar una lección a su antiguo títere en la región.

El hecho de que el imperialismo estadounidense haya sido incapaz de domesticar a su antiguo títere es otra muestra de su propia crisis. Sin embargo, ahora está utilizando su fuerza en la escena mundial para estrangular la capacidad del Estado pakistaní y limitar la importancia de su papel regional.

A instancias de Estados Unidos, el Grupo de Acción Financiera Internacional (GAFI) ha incluido a Pakistán en una lista gris durante los últimos tres años y amenaza con incluir al país en una lista negra si no cumple con su normativa contra la financiación del terrorismo y el lavado de dinero. De hecho, todos estos delitos –junto con el tráfico mundial de heroína– eran elementos básicos de la «Yihad del Dólar» de los años ochenta, cuando Pakistán era un Estado en la primera línea del imperialismo estadounidense en su guerra contra la Unión Soviética. Hoy en día, estas actividades criminales corren como la sangre en las venas del Estado pakistaní.

Los imperialistas estadounidenses también están utilizando su influencia en el FMI, el Banco Mundial y otras instituciones financieras para estrangular la economía de Pakistán. La economía pakistaní ha dependido desde el principio del FMI, que dicta todas sus políticas financieras y presupuestos. Estados Unidos ha utilizado al FMI y a otras instituciones imperialistas para drenar la riqueza producida por la clase trabajadora de este país a través de préstamos e intereses, al tiempo que mantiene a la clase dominante bajo su dominio.

Bajo estas políticas financieras imperialistas, un ejército de 700.000 hombres fuertemente armados en Pakistán, además de las armas nucleares, han sido sostenidos por uno de los pueblos más pobres de este planeta. Durante las últimas siete décadas, este acuerdo se ha utilizado para perseguir los intereses de las potencias imperialistas, con la adopción por parte de Pakistán de una política de «Profundidad Estratégica» en Afganistán, para instalar un gobierno complaciente en Kabul.

Pakistán ha pedido repetidamente a la clase dominante estadounidense que continúe la guerra en Afganistán. Esto se debe a que la retirada significará que EE.UU. perderá su dependencia de Pakistán, acabando así con el flujo de dólares que llega a las arcas de la clase dominante pakistaní. Pero, a pesar de todas las súplicas, los estadounidenses finalmente abandonan toda esta región, por ahora. Como la clase dirigente estadounidense ha desarrollado relaciones cordiales con India aproximadamente en la última década, debido a su enfrentamiento con China, Pakistán ha sido relegado a un estatus inferior.

Un indicio del cambio en las relaciones entre Estados Unidos y Pakistán puede verse en el hecho de que la semana pasada los estadounidenses incluyeron a Pakistán en la lista de países que utilizan niños soldados en la guerra, lo que prohibirá a Pakistán de recibir ayuda militar y financiera de muchos países. Esta acción expresa por sí sola el enfado de sus amos imperialistas, que abandonan a su títere favorito en busca de mejores opciones en la región.

Sin embargo, la clase dominante pakistaní está tratando de cortejar a la clase dominante estadounidense, mientras que, por otro lado, apoya la toma de Kabul por parte de los talibanes para adquirir influencia. Pero ninguna de estas opciones hará realidad todos sus objetivos, que están llenos de contradicciones. El problema al que se enfrenta la clase dirigente pakistaní es que los dirigentes talibanes de Afganistán no dependen únicamente de Pakistán, y no podrían sobrevivir sin el apoyo de Irán, Rusia y otras potencias. E incluso con ese apoyo, no tienen suficientes fuerzas para controlar todo el país.

Horror sin fin

Si, finalmente, los talibanes consiguen hacerse con el control de Kabul, éste será un régimen débil e inestable. Comenzarán las luchas internas y las escisiones, junto con la resistencia de las fuerzas de la oposición, compuestas por terratenientes locales y líderes tribales.

La inestabilidad social está inscrita en los cimientos de este pobre país, un problema que no puede resolverse mediante el tráfico de heroína y otras actividades delictivas. Tampoco el apoyo financiero de China, Rusia, Irán, Pakistán y otros países será suficiente para aliviar la causa principal de la inestabilidad, la pobreza extrema y la miseria de las masas. Merece la pena recordar cómo los miles de millones de dólares procedentes de Estados Unidos y sus aliados en las dos últimas décadas sólo han servido para llenar las arcas de los señores de la guerra, los jefes tribales y las ONG y, por supuesto, los contratistas civiles estadounidenses.

Irán, Rusia y China, siguiendo sus propios y estrechos intereses, quieren estabilizar Afganistán. Quieren evitar que la inestabilidad se extienda a sus propios países y quieren asegurarse un nuevo régimen que sea favorable a sus intereses. Pero no hay perspectivas de que la estabilidad real vuelva a Afganistán en un futuro próximo. El conflicto sectario, la proliferación de milicias locales y las batallas por el poder persistirán de un modo u otro, lo que provocará un continuo derramamiento de sangre y asesinatos y prolongará el sufrimiento de las masas afganas. Esto conducirá a un éxodo masivo de refugiados afganos hacia los países vecinos. Las potencias imperialistas de Occidente, responsables de este desastre, ya están negando los visados a los afganos y los están condenando a vivir en el sangriento infierno que el imperialismo ha creado.

Países vecinos como Pakistán han explotado sin piedad a los refugiados afganos durante las últimas cuatro décadas. Por un lado, la difícil situación de estos refugiados se utiliza para pedir ayuda a los países ricos del mundo, lo que en última instancia no hace sino llenar los bolsillos de los ricos. Por otro lado, la mano de obra barata de estos refugiados indocumentados es explotada por los capitalistas locales para generar superbeneficios y hacer bajar los salarios medios. En el pasado, los refugiados también han sido fuente de reclutamiento para las fuerzas reaccionarias, para llevar a cabo actividades terroristas bajo las instituciones patrocinadas por el Estado. Pero ahora, la situación ha cambiado considerablemente, ya que existe un odio generalizado contra los talibanes y sus partidarios.

Hoy en día, en las zonas de Pakistán fronterizas con Afganistán que se utilizaron como plataforma de lanzamiento de la yihad en la década de 1980, y que proporcionaron una base para la reacción, existe ahora un ambiente de revuelta a fuego lento contra las políticas de la clase dominante. Ha surgido un poderoso movimiento contra las llamadas operaciones del ejército, la guerra y el terrorismo en nombre de la religión y los designios imperialistas. Lamentablemente, la dirección de este movimiento no ha sido capaz de conectarlo con la clase obrera de toda la región para construir un movimiento sobre una base de clase. Más bien, han confiado en el imperialismo estadounidense para su salvación contra la embestida de los talibanes, como un cordero que pide ayuda al lobo.

La situación también ha puesto de manifiesto el verdadero carácter de los llamados «izquierdistas» y «nacionalistas» de toda la región, que han estado apoyando al imperialismo estadounidense durante las dos últimas décadas. Si se hubiera librado una guerra de clases simultáneamente contra el imperialismo estadounidense y la reacción de los talibanes hace 20 años, como defendíamos los marxistas, las cosas habrían sido totalmente diferentes hoy. Una alternativa revolucionaria habría estado al alcance de las masas en Afganistán. Se podría haber librado una guerra de clases con el apoyo de la clase obrera de los países vecinos, especialmente Irán y Pakistán. Finalmente, habrían buscado la solidaridad de los trabajadores de todo el mundo, incluidos los Estados Unidos. Pero los ex izquierdistas y nacionalistas negaron tal posibilidad y se agarraron a las manos ensangrentadas de una u otra potencia imperialista, y esto último llevó a todo el país al abismo.

Es hora de sacar las lecciones necesarias de este caos en curso y construir una alternativa revolucionaria sobre la base de las ideas genuinas del marxismo revolucionario. Sólo la clase obrera de la región tiene el potencial y la voluntad de derrotar a todas las fuerzas reaccionarias de Afganistán y llevar la paz y la prosperidad a esta región desgarrada por la guerra. Sobre la base del capitalismo, todos los caminos conducen a la ruina y la destrucción, lo que arrojará a las próximas generaciones de afganos a una espiral de conflicto y destrucción.

La transformación socialista de Afganistán es el único camino a seguir, y esto está relacionado con el destino de las revoluciones en Irán, Pakistán y otros países de la región. Hay que hacer todo lo posible para construir una fuerza revolucionaria sobre la base de estas ideas. Sólo así se pondrá fin a la guerra perpetua en Afganistán y se acabará con este derramamiento de sangre de una vez por todas.

(Tomado de Lucha de Clases)

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