Poema de Juan García Brun: «La antigua medicina del dolor»

En su Noticia Africana, Cornelio Severo, quien parece haber escuchado nuestra conversación aún estando muerto, nos dice: “Por estas razones, las provincias del significado y en particular sus municipios, predominan cercadas, en el fuego irreductible de esas miradas arbitrarias, en la escenificación de dulces cenas paganas, en el desplazamiento tenue del arena bajo nuestros pies, al bailar en el anochecer de una tibia y atlántica playa exterior”.

Poderosos movimientos han desmembrado, en mi ausencia, a Dionisio. Primero su cabeza, luego su brazo derecho, prosaica abstracción.

El decreto  describe apremiantes normas de prudencia y economía en el uso de los placeres. Prescribe cuidado de las condiciones en que se practica, sugiere violencia propia y autoriza una sugestiva dominación y hasta postergación del éxtasis. Un análisis posterior lanzará luz sobre los errores de este régimen. Algunos postulan que debemos racionalizar el daño autoinflingido. La pasión enfrenta a la norma, por consiguiente, se trata de un temor pretérito: el amor quebranta los huesos de ese cuerpo joven que nos aleja de la dignidad.

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