por Alejandro Valenzuela Torres
La ideología del pequeñoburgués de Georgi Plejánov se presenta hoy como una obra indispensable para intervenir con rigor en el debate político de la izquierda chilena, particularmente allí donde proliferan las políticas de derechos desligadas de la lucha de clases, los discursos identitarios fragmentarios y un antifascismo liberal que reemplaza el análisis material por la indignación moral. Leído a la luz de nuestro presente, este texto adquiere una potencia singular, pues desmonta con precisión implacable las formas ideológicas mediante las cuales la pequeña burguesía logra presentarse como conciencia crítica mientras reproduce, en los hechos, la lógica del orden existente.
Plejánov demuestra que lo pequeñoburgués no es solo una posición económica, sino una forma espiritual, una estructura de pensamiento caracterizada por el estrechamiento del horizonte histórico, el moralismo abstracto, el culto al estereotipo y la constante aspiración a “ser como todos”. En este sentido, advierte que no pocas veces los más fervientes enemigos declarados de la pequeña burguesía terminan siendo sus más fieles portavoces, pues transforman la crítica social en una prédica ética vacía, incapaz de incidir sobre las relaciones reales de producción y poder. Esa “santa ironía” que Plejánov observa en los intelectuales que combaten lo pequeñoburgués mientras lo encarnan resulta hoy plenamente reconocible en sectores de la izquierda chilena que denuncian el neoliberalismo desde una retórica puramente simbólica, sin tocar las bases estructurales que lo sostienen.
El autor dirige una crítica severa a la idea de una intelectualidad situada por encima de las clases, concebida como portadora autónoma del progreso y la moral. Tal ilusión, propia del populismo ruso que Plejánov polemiza en su tiempo, encuentra su eco contemporáneo en un progresismo que se concibe a sí mismo como tutor ilustrado del pueblo, atribuyéndose la misión de “educar” a las masas en materia de derechos, diversidad o tolerancia, mientras renuncia a organizar políticamente a la clase trabajadora como sujeto revolucionario. Esta concepción convierte al pueblo en objeto de pedagogía y no en protagonista de su emancipación, reforzando una distancia elitista que, lejos de cuestionar el orden, lo consolida.
En este marco, la obra de Plejánov permite comprender con mayor claridad el carácter ideológico del antifascismo liberal, que reduce la confrontación política a una lucha moral entre el “bien” y el “mal”, sin analizar las condiciones materiales que engendran tanto el fascismo como el progresismo institucional. Al desentenderse de la lucha de clases y limitarse a la denuncia discursiva, este antifascismo se vuelve impotente y funcional al régimen, pues no construye una alternativa real de poder, sino que administra el miedo y la indignación como formas de contención social.
La vigencia de Plejánov radica precisamente en su capacidad para mostrar que toda política que se proclame emancipadora pero se niegue a reconocer su raíz de clase está condenada a caer en el moralismo pequeñoburgués. Frente a la proliferación de luchas fragmentadas, identidades convertidas en nichos de mercado político y discursos que sustituyen el programa por la consigna emocional, esta obra ofrece una brújula teórica para recuperar una perspectiva materialista, clasista y estratégica. Su lectura se vuelve, así, una herramienta crítica para desmontar las ilusiones del progresismo y reponer la necesidad de una política revolucionaria que no se contente con gestionar derechos, sino que apunte a la transformación radical de la sociedad.
Más que un tratado histórico, La ideología del pequeñoburgués es una advertencia y un llamado. Advierte sobre la facilidad con que la crítica puede ser absorbida por el orden que pretende combatir, y llama a reconstruir una práctica política que no se funda en la superioridad moral, sino en la organización consciente de la clase trabajadora como fuerza histórica capaz de trascender el capitalismo. En un Chile donde gran parte de la izquierda ha sido capturada por el lenguaje del derecho individual y la épica del reconocimiento, Plejánov retorna como una voz incómoda pero necesaria, recordando que sin lucha de clases no hay emancipación, y que toda política que renuncie a ella termina, tarde o temprano, hablando el idioma de sus enemigos.
