por Fernando López MacKenzie
Peter Thiel no es un empresario excéntrico ni un simple inversor con inclinaciones ideológicas: es uno de los fundadores del proyecto político más ambicioso y peligroso del siglo XXI, un intento de refundar la dominación capitalista mundial bajo el mando de una élite tecnocrática que desprecia abiertamente a la democracia. Su frase —“la libertad y la democracia ya no son compatibles”—, escrita en 2009 en The Education of a Libertarian, sintetiza el programa del arco político de Donald Trump y, más ampliamente, de la nueva internacional de la extrema derecha que se articula entre Silicon Valley y los regímenes reaccionarios latinoamericanos.
Thiel, junto a Elon Musk, David Sacks y Roelof Botha, forma parte de la llamada “mafia de PayPal”, una red de multimillonarios moldeados en la Sudáfrica del apartheid y en la cultura supremacista blanca de sus años de formación. Como reveló el periodista Chris McGreal, tanto Musk como Thiel fueron educados en un sistema que veneraba el “nacionalismo cristiano” —la ideología estatal del régimen afrikáner—, que el primer ministro John Vorster comparaba explícitamente con el nazismo y el fascismo europeos. En ciudades como Swakopmund, donde Thiel cursó parte de su infancia, se seguían celebrando los cumpleaños de Hitler en la década de 1970. Ese contexto histórico no fue anecdótico: modeló una mentalidad en la que la jerarquía racial, la desigualdad estructural y la dominación técnica eran vistas como el orden natural de las cosas.
El vínculo entre el racismo estructural del apartheid y el actual tecnoautoritarismo no es casual. En ambos casos, la política es reemplazada por la administración de las diferencias, y la violencia se justifica como necesidad técnica. Lo que Thiel, Musk y sus pares aprendieron en la Sudáfrica de los años setenta —que el poder se ejerce desde arriba, que la autoridad se legitima por la competencia y que la desigualdad es una ley de la naturaleza— se ha transformado hoy en ideología de Estado en el centro del capitalismo mundial. Thiel ha trasladado esas convicciones a su obra empresarial e intelectual: Palantir Technologies, su compañía de análisis de datos y vigilancia predictiva, encarna esa misma lógica colonial, aplicada ahora al control de poblaciones enteras mediante la inteligencia artificial.
Francesca Bria, en su texto El golpe de Estado de los tecnoautoritarios, ha descrito con precisión este proceso como una toma del poder por parte de las grandes corporaciones tecnológicas, una captura digital de la soberanía. Lo que antes hacían los militares en nombre de la patria, ahora lo hacen los algoritmos en nombre de la eficiencia. Palantir, Google, Amazon y las redes sociales privatizadas se convierten en aparatos de gobierno que reemplazan al Estado, reconfiguran la esfera pública y someten a las instituciones democráticas a los imperativos del mercado. “El verdadero golpe —advierte Bria— no es visible: ocurre cuando la infraestructura digital, la información y el espacio público quedan en manos privadas”.
Thiel es el ideólogo de ese golpe. Su alianza con Trump no fue táctica: fue la fusión de dos tradiciones complementarias. Trump encarna el resentimiento de las masas blancas desplazadas; Thiel, la racionalidad fría de las élites que necesitan canalizar ese resentimiento hacia un proyecto de reorganización del poder. De ahí su financiación de figuras como J.D. Vance o Blake Masters, que promueven la idea de que el sufragio universal, los derechos sociales o la igualdad de género son amenazas para el capitalismo. La herencia del apartheid se transforma, así, en doctrina global: la defensa de la jerarquía como fundamento del orden.
Este modelo ideológico ha encontrado en América Latina un terreno fértil. En Chile, Argentina, Brasil y El Salvador, las burguesías locales han adoptado con entusiasmo la lógica del tecnoautoritarismo. José Antonio Kast, Javier Milei y los Bolsonaro son traducciones locales de ese proyecto: empresarios o tecnócratas que reivindican la “eficiencia” por encima de la política, el orden por encima de la justicia, la libertad del mercado por encima de la soberanía popular. En Chile, la Fundación para el Progreso y el Partido Republicano repiten casi palabra por palabra las tesis de Thiel: el Estado debe funcionar como una empresa, las masas deben obedecer, y el capital privado debe ocupar el lugar de la ley.
El golpe digital que Francesca Bria denuncia en Europa y Estados Unidos ya se ensaya en nuestra región bajo la forma de gobiernos que tercerizan la vigilancia, privatizan los servicios públicos y criminalizan la protesta. Es la misma lógica que movió a los empresarios chilenos a apoyar la dictadura de Pinochet: un orden jerárquico en el que la democracia es tolerada solo mientras no interfiera con los intereses del capital. Hoy, esa clase dominante encuentra en Thiel y en la “mafia de PayPal” el modelo perfecto de legitimación ideológica: un capitalismo sin máscaras, sin límites, con pretensiones mesiánicas.
Thiel, Musk y sus pares, formados en la supremacía blanca del apartheid, proyectan ahora una supremacía tecnológica que busca reordenar el mundo según los principios del darwinismo digital. En esa visión, los algoritmos reemplazan a las leyes, la innovación sustituye a la justicia, y el control de datos vale más que la voluntad popular. Lo que está en juego no es solo el futuro de la democracia, sino la continuidad de las formas de dominación que las burguesías criollas siempre han defendido: jerarquía, propiedad y obediencia.
El capitalismo latinoamericano —dependiente, subordinado, pero ávido de poder— ve en Thiel su espejo más coherente: un modelo de dominación que no necesita ya de los tanques ni de los estados de excepción, porque gobierna desde la red, desde los flujos financieros y desde las plataformas digitales. El viejo sueño de las oligarquías criollas —controlar sin rendir cuentas, mandar sin mediaciones, poseer sin límites— encuentra en el tecnoautoritarismo su forma contemporánea. Peter Thiel no solo es el ideólogo de Trump: es el profeta de las burguesías latinoamericanas que, bajo la máscara de la modernidad digital, trabajan para restaurar el viejo orden de siempre.
