por Juan Barría Leal
El Movimiento de Izquierda Revolucionario, el Movimiento MAPU-Lautaro y el Frente Patriótico Manuel Rodríguez son expresiones sociales de distinta índole que tenían concepciones acerca de la lucha armada diferentes, aunque no necesariamente antagónicas. En realidad, su diferencia estriba en la composición social de las propias organizaciones, hecho que —aunque no suele considerarse— impacta en el desarrollo de las mismas más allá de los objetivos racionalmente planteados.
Mientras el MIR es el resultado del copamiento, por parte de estudiantes de la Universidad de Concepción, de un movimiento popular anterior, expresa la salida política por izquierda de un segmento de la clase media universitaria y profesional que tiene como modelo la revolución cubana. Sin embargo, su origen de clase juega en contra de su posición durante el Gobierno de la Unidad Popular. Existe una contradicción entre haber formado parte de la seguridad del presidente —con cuadros políticos que murieron en La Moneda— y, al mismo tiempo, ser un movimiento que a todas luces luchaba por la profundización del enfrentamiento entre el capital y el trabajo, logrando inserción en el mundo campesino, en algunos sectores poblacionales y entre los estudiantes, creando frentes de masas; es decir, organizaciones no armadas que impulsaban, desde la base social, los objetivos revolucionarios. Mientras tanto, el gobierno del compañero Allende utilizaba la Ley de Control de Armas para desarmarlos y contener sus posibilidades efectivas de enfrentarse con éxito en el campo militar a las fuerzas armadas del Estado. Esta contradicción entre colaborar con el gobierno de la Unidad Popular y empujarlo en otro sentido provenía de los vínculos de clase entre la dirigencia nacional del MIR y algunos sectores de la dirigencia política del gobierno que, por las mismas razones, eran incapaces de plantearse seriamente que las FF.AA. planificaban un golpe de Estado.
Ocho años después del golpe militar, la organización intentó la Operación Retorno, tomando como eje la base social con que había contado en el área de Neltume, aplicando el modelo guerrillero cubano. El MIR se jugó no solo la vida de sus militantes, sino la efectividad del planteamiento guerrillero del campo a la ciudad, al modo del Che o de Mao. Se pretendía fundar una base guerrillera que dinamizara la lucha contra la dictadura; sin embargo, la idea fue un fracaso. La separación social y cultural entre el campesinado y los guerrilleros era total, amén de los problemas que planteaban la geografía y el clima para las comunicaciones y el mantenimiento de una línea logística en forma. El problema con ese enfoque era que parecía desconocer la composición social de Chile en términos de su distribución territorial: la mayor parte del pueblo no vivía en el campo, como en Nicaragua, Vietnam, China o El Salvador. El Censo de 1982 arrojó que la población urbana era de 9.316.120 personas y la rural de 2.013.616; es decir, la población urbana era 4,6 veces superior a la rural, lo que hacía contradictoria la estrategia guerrillera en el área rural. El MIR terminó dividiéndose y su promesa revolucionaria quedó sepultada en 1981.
El Mapu-Lautaro, que comienza su accionar en 1983, alcanza una etapa más madura a partir de 1986. Este movimiento se planteaba la insurrección de masas con un fuerte acento en el uso de la violencia revolucionaria surgida del propio pueblo en su enfrentamiento contra la dictadura. En este marco, el Mapu-Lautaro llegó a considerar como sujeto histórico de la lucha a los jóvenes pobladores, a los cuales pretendía incorporar masivamente al Movimiento Juvenil Lautaro (MJL), a través de sus brigadas, donde se aspiraba a que participaran jóvenes que no necesariamente fueran militantes. El Movimiento creó también las Milicias Lautarinas y las Fuerzas Rebeldes Populares, aunque ha quedado en la memoria nacional el MJL como la forma organizativa más visible de esta lucha.
Lo más importante de entender aquí es que, si el MIR representaba a la clase media, el MJL era la población. El crecimiento del MJL ocurrió principalmente en las poblaciones periféricas de Santiago —en comunas como Puente Alto, Conchalí, Recoleta o La Florida— y llegó hasta Valdivia en menor medida. Este crecimiento fue potenciado por formas de reclutamiento más cercanas y familiares que desplegaba la organización. La amistad, los vínculos familiares o el compañerismo del liceo entre jóvenes profundamente marcados por la marginalidad y plenamente conscientes de su “ser pobladores”, de su condición de pueblo, fueron elementos que ayudaron al reclutamiento, junto con una elaboración discursiva acorde a las necesidades existenciales de los jóvenes. El MJL desarrollaba la idea del derecho a la felicidad, el derecho a ser rebelde y libre, a gozar de la vida en un sentido amplio; en suma, apelaba a una vida digna de ser vivida. Aunque utilizaba un análisis marxista de la situación, su discurso era mucho más entendible para los jóvenes pobladores que vivían a diario la violencia del Estado.
El MJL desarrolló también acciones como campañas de entrega de condones a los jóvenes, campañas de educación sexual y el robo y reparto de alimentos en las poblaciones. Asimismo, se caracterizó por convertirse en los adversarios casi naturales de la policía uniformada de la dictadura. Recibió duras críticas desde la propia izquierda por agredir a policías en funciones menores; si bien esto era compartido por la dirigencia de los partidos de izquierda, no está tan claro que en las bases políticas y sociales esto fuera repudiado. Fue así que el MJL llegó a ser leído también como un movimiento “antipaco”, lo que sintetizaba la emoción compartida de los jóvenes del mundo popular más violentado por las fuerzas policiales. Estrategia que no dejaba de tener su lógica, dado que —como demostró el motín popular de 2019 y el estado de emergencia en el Wallmapu— Carabineros de Chile, en todos sus niveles, cumple tareas de ocupación militar.
El MJL y el Mapu-Lautaro, aún sin acciones de elevado despliegue técnico, estaban orientados a la idea de construir un nuevo sujeto histórico que ya no eran solo los trabajadores, sino el mundo popular poblacional. En este sentido, eran más realistas que los partidos de izquierda tradicional, como el PCCh, que continuaban apelando a unos trabajadores que ya no participaban de su organización. El MJL era consciente de que su fuerza residía en las poblaciones, y en ese marco desarrolló un sentido muy profundo del ejemplo por la acción o, en otro lenguaje, el valor de la acción directa como forma de educación política. La acción directa era central tanto en la acción política como en la militar.
El Mapu-Lautaro fue un objetivo prioritario de la Oficina, dado que el movimiento consideraba que el llamado “pacto democrático” ocultaba una trampa para el pueblo, y actuó en consecuencia, especialmente mediante acciones armadas centradas en la recuperación de fondos para la organización y en su creciente militarización. Se intentaba profesionalizar a los militantes, compartimentar la información y crear una organización clandestina dedicada al cien por ciento a la lucha armada. Sin embargo, el grueso de su militancia estaba compuesto por jóvenes que habían crecido políticamente en el accionar con las masas. Su rebeldía estaba construida en torno a la acción colectiva de la clase popular. Cuando las masas se “retiraron”, extendiendo un cheque en blanco a la democracia, el Mapu-Lautaro no supo continuar en la misma dinámica de relación con el pueblo —por ejemplo, profundizando la lucha por la vivienda, la salud y la educación— para reorientar a sus militantes. La respuesta militar pretendía cambiar un escenario político donde el pueblo ya no participaba. Perdió cada vez más militantes y, a la larga, fue cercado por el Estado y exterminado como organización.
En el caso del FPMR, así como de otras organizaciones paramilitares, se debe considerar que no es casual la elección de sus denominaciones. Hay diferencias conceptuales entre la idea de “Movimiento” (MIR) o de “Fuerzas Rebeldes Populares” (Mapu-Lautaro). La elección del concepto de lucha patriótica nos lleva a las batallas por la descolonización de África, Asia y América Latina. Apela a una idea que compromete a los ciudadanos con la construcción de un ethosnacional —un Estado, una historia, una bandera—, disputando a las FF.AA. la noción del patriotismo. Al mismo tiempo, la organización política abre un espacio para considerar que estábamos frente a una guerra patriótica nacional.
La idea de “frente” alude a la noción de la lucha armada como un aspecto de una guerra popular de corte patriótico-nacional que se juega en todos los ámbitos: social, político, cultural y militar. Responde a la estrategia general de utilizar todas las formas de lucha que posibiliten el mantenimiento permanente del combate popular hasta llegar a una insurrección generalizada que lleve al colapso político de la dictadura y al quiebre —o al menos división— de sus fuerzas armadas, donde el uso del elemento militar estaría en correspondencia con el nivel de lucha del pueblo organizado.
Hasta aquí todo bien. Pero, ¿cuál era el sujeto social que le daba sustento al FPMR? En el caso del MIR, su núcleo central era la clase media ilustrada; en el caso del MJL, eran los pobladores. En el caso del FPMR, las bases de la organización eran jóvenes y adultos del mundo popular con una fuerte formación política, pues provenían de las JJ.CC. o del PC. Sus dirigentes nacionales eran militantes comunistas formados militarmente en Cuba y Nicaragua, con una formación profesional privilegiada para los estándares educativos de la época, a diferencia de los milicianos del propio Frente, que en muchos casos no contaban con la escolaridad completa.
La organización se estructuraba militarmente en una jerarquía de orden y mando, con roles compartimentados y clandestinos. Mientras más alto un individuo se encontraba en la jerarquía, mayor era su clandestinidad, su grado de decisión y su lejanía respecto de la sociedad. Por el contrario, el miliciano era clandestino respecto a su familia, amigos y vecinos, pero estaba inserto en su población: conocía a los lauchas (MJL), a los mirachos (MIR), a la gente de la jota; tenía un apodo, participaba del club de fútbol, tenía opinión y para todos “era un cabro bueno”. ¿Pero dónde vivían los dirigentes de alto perfil? Por lo que sabemos de la reconstrucción periodística, al parecer lo hacían en barrios acomodados que brindaban mayor protección y, desde luego, no en poblaciones marginales.
Esta estructura recreaba una lógica conservadora de la lucha militar, donde la oficialidad y la suboficialidad eran dos clases separadas, con niveles de poder claramente asimétricos. En la guerrilla rural, las jerarquías iniciales se transforman de acuerdo a las evidencias del campo de batalla: se hacen visibles el don de mando, la capacidad técnica, el valor, la templanza o la capacidad política. En cambio, en la guerrilla urbana, la compartimentación fortalece las jerarquías.
Si bien el FPMR constituyó, en el campo militar de la lucha popular, la expresión técnica más elevada alcanzada hasta nuestros días por una organización armada del pueblo, su estructura interna replicó los vicios del mismo ejército que combatía. Los milicianos carecían de los medios de sus dirigentes nacionales. No es este el artículo para relatar los dolores, errores e injusticias padecidas por los milicianos debido a decisiones erradas de sus mandos, pero no fueron menores.
Lo importante de comprender es que esta forma de organización alejó al FPMR de otras organizaciones no militares. Entre sus combatientes se utilizaba el concepto de “los políticos” para referirse a sus compañeros del PC y de las JJ.CC., organizaciones que eran su cantera. Aunque el FPMR intentó crear las Milicias Rodriguistas, estas nunca llegaron a ser un movimiento de masas, sino un primer escalón de las propias juventudes comunistas para ingresar al Frente.
El FPMR fue creado con el propósito de fortalecer un aspecto de la lucha popular, y quedó circunscrito a ese papel por su debilidad interna: su alta jerarquización y militarización, que le impedían aceptar el debate con los milicianos que conocían la realidad sociopolítica de sus entornos. Es incierto cuántos milicianos sin preparación militar en el extranjero integraron la Dirección Nacional o tomaron decisiones importantes en las operaciones, pero al parecer no fueron mayoría. Sus más altos dirigentes venían de la guerra en Nicaragua, y para ellos la solución final pasaba por el componente militar. Esta visión produjo la ruptura con aquellos que habían desarrollado su actividad desde el territorio y que conocían las limitaciones de la lucha insurreccional.
El éxito del FPMR radica en haber respondido eficazmente al fin para el cual fue creado —acompañar la lucha de las masas—, pero las razones de ese éxito fueron las de su fracaso en el plano de la inserción en las masas y de una lectura correcta de la realidad para la década de 1990. La repetición de la jerarquización al estilo del ejército que combatía le impidió escuchar a quienes conocían el territorio y podían diseñar por sí mismos una nueva estrategia que conciliara la lucha paramilitar con el nuevo escenario político.
Nuevamente, la confianza no estaba en las bases de pobladores marginados que, entre taza de té y taza de té, transportaban armas, ocultaban explosivos, expropiaban bancos y se jugaban la vida y la libertad, pero sin opinión política ni posibilidad de debate democrático que cambiara el rumbo de la organización.
¿Cuáles son los aprendizajes para la izquierda de hoy de estas experiencias?
En primer lugar, lo militar debe dejar de ser considerado un elemento especial que requiere más cuidado que la cultura, los medios de comunicación, el financiamiento o la ayuda mutua. Lo militar debe ser considerado un elemento más dentro de una estrategia general que tenga sentido de acuerdo con la situación política que se viva. No existe un único modelo ni una sola forma de hacer, y su importancia cambiará con el contexto, pero siempre debe existir allí donde trabaja y vive la mayoría del pueblo.
Debe comprenderse quién es el sujeto social que compone la organización que lleva adelante esa lucha, y esta debe ser una lucha de masas, orientada a la obtención de espacios y victorias concretas. El debate político no debe postergarse ni eliminarse en nombre de la autoridad o la eficacia. Siempre se debe procurar eliminar las contradicciones de clase al interior de la organización que se justifican en nombre del rango, el conocimiento o la capacidad.
Sin embargo, la construcción de la fuerza propia debe ser preparada con años de anticipación, dado que requiere financiamiento, logística, capacitación y un ejercicio constante en tareas de todo tipo que un amplio sector del pueblo debe respetar, aceptar y hacer suyas. Pero todo esto pasa, en última instancia, por la existencia —o no— de una izquierda del pueblo.
