por Fernando López MacKenzie
Jorge Lavandero ha levantado enérgicamente la voz —y con razón— contra el saqueo sistemático de las riquezas mineras de Chile. En su crónica sobre el reciente “debate minero” con los candidatos presidenciales, desenmascara el silencio cómplice de todos los aspirantes respecto al problema nodal del país: Chile es un país minero cuya riqueza no le pertenece.
Lavandero denuncia con lucidez tres elementos centrales:
- La exportación de concentrados de cobre, que componen el 70% de las exportaciones mineras. Se trata de una forma primaria que contiene apenas un 28-30% de cobre y en cuyo 70% restante viajan metales preciosos —oro, platino, renio, paladio, selenio— que no son cobrados, no son registrados, y literalmente se regalan a las fundidoras extranjeras. “Valen ocho veces más que el cobre”, señala Lavandero. Y tiene razón.
- La evasión legalizada, a través de resquicios normativos, precios de transferencia y esquemas contables tolerados y blindados por los mismos que legislan y administran. Esta burguesía lumpen, parasitaria, no solo no produce ni invierte: roba por la vía de la ley, o al menos, de su interpretación.
- La negativa a la industrialización, a procesar en Chile los minerales, fundir y refinar aquí el cobre. Lavandero sostiene que solo así podríamos “vender menos cobre y ganar más”, es decir, conservar reservas y ganar soberanía económica.
Frente a este diagnóstico, nuestra diferencia con Lavandero no está en el qué, sino en el cómo. Él cree —o al menos sugiere— que basta con un cambio de políticas dentro del Estado burgués: cerrar los resquicios legales, construir fundiciones, y exigir a los políticos que “no traicionen a Chile”.
Pero la historia de nuestra América y de nuestra clase obrera dice otra cosa: ninguna fracción de la clase dominante chilena tiene interés real en industrializar el cobre ni recuperar el valor del oro que se va en los concentrados. Ellos no son traidores accidentales, son agentes conscientes del capital extranjero.
La “economía colonial” no es un error corregible, es el modo normal de funcionamiento del capitalismo atrasado y semicolonial como el chileno. Por tanto, no basta con exigir soberanía, hay que conquistarla por medios revolucionarios.
La lucha por la nacionalización de la gran minería, del litio, del agua, de la banca, no es un reclamo técnico ni una consigna patriotera: es una tarea de poder. Y ese poder no vendrá de nuevos presidentes ni de reformas bien intencionadas. Vendrá, si viene, de la acción independiente de la clase obrera, que sola puede acaudillar al pueblo oprimido —campesinos, estudiantes, mujeres, pueblos originarios, trabajadores precarizados— en una transformación social profunda.
El socialismo no es un experimento importado: es la forma concreta de la soberanía nacional en países dependientes. Sin poder obrero, toda industrialización será interrumpida. Sin nacionalización, toda recuperación será ficticia. Sin planificación, no habrá futuro.
A Lavandero lo convocamos a esta discusión de fondo. Si él cree, como nosotros, que esta riqueza debe quedar en manos del pueblo, entonces debe responder: ¿quién va a gobernar esa riqueza? ¿Una burguesía que la ha entregado durante un siglo? ¿O una clase obrera que la produce todos los días?
La tarea histórica no es moralizar a los burgueses, sino expropiarlos.
Y en eso, no hay medias tintas.
