Wiliam Burroughs y el virus del rock

por Artidoro Sotomayor

El autor de El almuerzo desnudo y sin duda uno de los mayores herederos del dadaísmo, popularizó a partir de los años 50 el método del cut up, una combinatoria de recortes y fragmentos que desacralizaba la palabra y la noción misma de autoría, al redefinir el hecho artístico como una acción siempre con otros. Un libro publicado en Estados Unidos rastrea su enorme influencia en la música, desde The Beatles hasta R.E.M., desde Bob Dylan hasta Radiohead, de David Bowie hasta Sonic Youth pasando por los Stones , Zappa y el Zeppelin.

Con sus imágenes grotescas y una prosa que desautorizaba el concepto de autoría, escandalizó a las élites intelectuales y literarias, pero despertó una verdadera revolución mental. Durante los años 60, el “padre eléctrico” de los beats se convirtió en una figura de culto para varias generaciones de artistas de vanguardia, especialmente para los músicos. En 1974, tras varios años viviendo en Londres, París y Tánger, Burroughs volvió a Nueva York con el aura de una estrella de rock y, para celebrarlo, en 1979 sus amigos y colaboradores crearon las Convenciones Nova, retrospectivas multimedia en torno a su trabajo, que incluían lecturas de Frank Zappa, paneles de discusión con Timothy Leary y conciertos de Suicide, con el jefe Philip Glass, The B-52 y Debbie Harry. Pero…¿Qué lo convertía en una figura tan atractiva para las estrellas de rock?

Según el crítico cultural estadounidense Casey Rae, autor del libro William S. Burroughs and the Cult of Rock ‘n’ Roll, tanto la radicalidad experimental de su prosa como su insobornable vida en los márgenes lo convirtieron en un símbolo del “instinto” que recorre la experiencia creativa del rocanrol.

“Crear y destruir”, el principio básico del cut up, la antigua técnica dadaísta de corte y yuxtaposición de fragmentos de textos que aplicó extensivamente, es lo que le permitió a Burroughs correr “los límites de lo que se consideraba aceptable en literatura” y, al mismo tiempo, ser un ícono para varios músicos.

Su influencia traspasa casi medio siglo de contra­cultura, desde los beatniks y Fluxus hasta el ciberpunk. Ahí está su imagen junto a la de Marilyn Monroe en la portada del álbum Sgt. Peppers de The Beatles. Y varias palabras que hoy forman parte del tejido mismo de la contracultura suelen atribuirse a él, como Blade Runner o Heavy Metal. Por el visionario influjo de su escritura, Patti Smith se ha referido a sus obras como “otro tipo de Biblia” y a Burroughs como a “un chamán… alguien en contacto con otros niveles de realidad”. Sus obras inspirarían los nombres de varias bandas, como Stealy Dan, Soft Machine, The Insect Trust o Nova Mob. En 1968, el mismo autor reconocía que los músicos eran quienes mejor asimilaban sus ideas: “John Cage y Earle Brown han llevado el cut up mucho más lejos que yo en la escritura”, señaló para el libro de entrevistas El trabajo.

El cut up marcó a algunos de los artistas más in­novadores del siglo XX. David Bowie, por ejemplo, lo utilizó durante prácticamente toda su carrera, desde Diamond Dogs hasta Blackstar, su último disco. Tam­bién Thom Yorke, de Radiohead, aplicó el método para componer las letras de Kid A.

Si en los 70 se erigió como el padrino del under, en los 80 y 90 visitar al “viejo Bill” se convirtió en un verdadero rito de iniciación para todos los que aspira­ban a ampliar las fronteras creativas. Así lo hicieron Thurston Moore o Michael Stipe o Laurie Anderson.
Ya el disco Call Me Burroughs, su debut de spoken word de 1966, se había convertido en uno de los favoritos de Paul McCartney, a quien había conocido en Londres a mediados de los 60.

Así, al final de su vida, el proscrito autor de Yonqui, pese a ser reacio a las etiquetas, se convirtió en “el abuelo de la contracultura”, con apariciones en películas de Gus Van Sant, cameos en videoclips de U2 o entrevistas con David Bowie para la revista Rolling Stone.
Decía cosas como: “Después de echar un vistazo a este planeta, un visitante de otro mundo diría: quiero ver al manager.”
“Devuélvanme mi nombre. Hay que pagar por ese nombre. Mi nombre no es de ustedes para que se tomen el derecho de usarlo.”
Y esta sin desperdicio: “Los artistas son los verdaderos arquitectos del cambio y no los políticos o legisladores que aplican el cambio luego de que sucedió.”