Bajo la dinastía Qi del sur, vivió Cao Hen, un ilustre soldado, inspector y poeta cuyas mayores proezas quedaron fijadas en su libro “La acusación de los tigres”. El texto, una canónica compilación del período, consigna una extensa cadena de batallas, guerras y escaramuzas culminando cada una de ellas con alguna enseñanza o admonición. La lectura de sus textos realizada con discreción devota, propició una creciente cantidad de lectores en toda China y hasta en la India, cuya fraternidad y complicidad sirvieron para perpetuar su nombre epitético, “La Montaña interminable”. La presencia de un ejemplar de este trabajo vestía a cada familia con una indeleble señal de cultura.
Sin embargo, como suele ocurrir, la vida de Cao Hen tuvo más de rutina que de aventura. Nacido ocho años después de las grandes inundaciones que barrieron con el valle del Xipeg que le vio crecer y poco antes de la infame ocupación de las hordas de Atila, llevó una previsible vida de burócrata gozando de algunos privilegios que le permitieron atesorar una cierta fortuna y cultivar un oportuno sentido nacional, volcado especialmente sobre la persona de su rey. Eso fue su vida, salvo una larga ausencia no narrada, del 505 al 514. Una disputa con su hermano Yuan Hen, parece ser la explicación de tal silencio.
Los hechos habrían ocurrido en el verano, después de su accidentado regreso de la guerra de Song (pasó un par de años encarcelado). Ambos recorrían el lago Bei de noche, en el sampán de Cao. La nave estaba iluminada con antorchas humeantes y los hombres a bordo –la mayor parte de ellos esclavos- golpeaban tambores y agitaban campanas. El objetivo de tal operación era dar caza al dragón que habitaba en las profundidades del lago.
Hay distintas aproximaciones sobre tan sorprendente cacería. Algunos sostienen que en la proa de la nave dispusieron un espejo para atemorizar a la bestia con su propia imagen. Otros señalan que Yuan amarró en la proa a Cao con la finalidad de que sus gritos de auxilio atrajesen a la presa, como señuelo. También se sostiene que la nave se incendió y que los hermanos cayeron a las aguas del lago apareciendo el cadáver de uno y el propio Cao en la casa que sus padres tenían en una isla cercana, que el lugar estaba arrasado y en él se habría librado una contienda de gran magnitud.
Esta última noción, que estuvo en la primera edición de Bi Sheng y que fuera recogida por Segovia Weeng en “Voces del Oriente” (Lima, Perú, 1944), permite comprender la obra tardía de Cao Hen, particularmente su “Epítome” que aparece excluido de todas las ediciones de “La acusación de los tigres” a partir del siglo XVI.
El texto es lacónico, señala las batallas y apunta una sentencia. Cao Hen hace evidente que no tiene tanta importancia la cantidad de hombres involucrados en el enfrentamiento, ni el tiempo del mismo, ni la sangre derramada. Hay guerras de décadas que merecen la misma atención que conflictos que duraron unas pocas horas. Es sabido que el honor y el orgullo no tienen medida.
El primer colofón del Epítome, impreso con una arcaica caligrafía china permite echar luz sobre los hechos. Los signos –que ediciones actuales consideran parte del texto- indican obviamente el lugar, fecha de impresión y el tiraje. Pero es posible considerar tal signo en su sentido más natural: en ella se ve un navío en cuya cubierta se entroniza un dragón de tres brazos con las fauces abiertas hacia el cielo, un libro en su mano derecha, una pluma en la mano del centro y en la tercera mano izquierda, las cabezas de los dos hermanos.
