Un siglo de fascismo (1922-2022): ¿el retorno de lo reprimido?

por Julio Cortés

Diversas pistas en todo el mundo confirman que el fascismo no ha abandonado la escena, como muchos creían. El autor de esta columna recuerda, sin embargo, que el término suele usarse de modo impreciso y simplificador, también en Chile: «Tratar de “fachos pobres” a quien votó Kast en la presidencial o Rechazo en el plebiscito de salida del Proyecto de nueva Constitución no nos ayuda para nada a tratar de entender con qué factores sociales y culturales, objetivos y subjetivos, está conectando este verdadero “retorno de lo reprimido”, que a la vez que es un efecto de cincuenta años de contrarrevolución posmoderna y neoliberal, es una horrible anticipación de un futuro que ya está ante nuestros ojos y frente al cual sólo podemos por ahora oponer algo de lucidez y conciencia histórica.»

A cien años de la «Marcha sobre Roma» [ver columna previa en CIPER-Opinión 08.11.2022], una admiradora de Mussolini encabeza el nuevo gobierno italiano, por poco Jair Bolsonaro consigue extender su mandato presidencial en Brasil y un manifiesto opositor a la democracia liberal occidental se acomoda en un cuarto período de gobierno en Turquía [más en “Qué es la democracia iliberal y por qué nos obliga a estar alerta”, en CIPER-Opinión 10.11.2022]. El fantasma de la extrema derecha y los nuevos fascismos recorre el mundo. En Chile, la revancha «facho pobre» en el plebiscito de salida de la nueva Constitución frustró los planes del progresismo, mientras una santa jauría de intelectuales se dedica a diagnosticar y perseguir al «octubrismo» como único vestigio del espíritu de la revuelta chilena del 2019.

Este texto pretende dar luces sobre estos fenómenos, claramente interconectados. Complementa lo expuesto previamente en este mismo espacio a través de mi columna “Mapa del «neofascismo» en Chile. Una mirada al Movimiento Social Patriota” [CIPER-Opinión 28.09.2022], donde tomaba distancia y buscaba detallar con precisión y ejemplos recientes y locales el uso creciente del adjetivo ‘fascista’ en confusa asociación a tendencias de autoritarismo, totalitarismo o nacionalismo (o, incluso, a posiciones radicales en cualquier materia, como el feminismo o el veganismo).

Asumo, por un lado, que el fascismo no es eterno (como deducen muchos en base a un conocido discurso de Umberto Eco en 1995 sobre el «ur-fascismus»): como todo fenómeno social y político, el fascismo debe ser entendido como un producto específico de su tiempo, que fue el de la derrota de las revoluciones proletarias y la crisis del Estado liberal [1]. De ahí la importancia de seguir estudiando el surgimiento de la ideología y los movimientos fascistas, que desde el Círculo Proudhon en Francia (1911), la Konservative Revolution alemana y la recepción nacionalista radical de las ideas de Jorge Sorel, hasta el triunfo de Mussolini y Hitler, la conformación del Movimiento Nacional-Socialista de Chile y el surgimiento del peronismo argentino, nos revela la existencia de un verdadero campo político e ideológico al que se bautizó con el nombre de su versión italiana, pero que mientras más examinamos ese momento más aparece como una heterogénea y muy diversa cantidad de formas y expresiones. Por eso algunos expertos como Roger Griffin han acuñado el concepto de «fascismo genérico», donde se incluyen distintas formas de «ultranacionalismo populista y palingenésico».

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Si bien me parece erróneo e inexacto atribuir características de eternidad al fascismo o entenderlo como «encarnación del Mal absoluto» o «brotación de lo siniestro» [Oporto, 2015], creo que es posible apreciar un error simétrico en las versiones «excepcionalistas» que intentan acotar la existencia de movimientos y regímenes fascistas al período de entreguerras, declarando su muerte definitiva en 1945. El fascismo no ha abandonado la escena, como muchos creían. Después de 1945, nuevas formas de movimientos y regímenes, desde los explícitamente neofascistas (como el Movimiento Social Italiano en que militaba la adolescente Giorgia Meloni o el tremendamente exitoso Frente Nacional de los Le Pen en Francia) hasta las dictaduras latinoamericanas de los 60 a los 80, han seguido expresando un «espíritu fascista» que no siempre logra aplicar un nuevo régimen fascista, pero cuya importancia en la conservación, reproducción y transformación de la dominación capitalista no podría ser ignorada. 

Además de los movimientos y regímenes fascistas de ayer y de hoy, también es posible constatar que ciertas características del fascismo histórico después de 1945 y luego de 1968 se han incorporado al funcionamiento habitual de las democracias capitalistas occidentales, donde ya no existe una distinción clara entre biopolítica y tanatopolítica, estado de Derecho y estados de excepción. Ya en 1967, Guy Debord escribía que algo del fascismo habría sobrevivido en el espectáculo triunfante, por haber sido una de las fuerzas contrarrevolucionarias que liquidaron al viejo movimiento obrero. El mismo año, Theodor Adorno había dicho en una Conferencia que «en todo momento siguen vivas las condiciones sociales que determinan el fascismo».

En un texto reciente, Lazzarato (2020) destaca la profunda vinculación entre el neoliberalismo y nuevas formas de fascismo que se instalan como una respuesta contrarrevolucionaria al movimiento de 1968, cumpliendo la función de «violencia fundadora» del neoliberalismo. A partir de la crisis del 2008 los nuevos movimientos fascistas emergen haciendo ocupación del terreno abandonado por la izquierda (la lucha de clases), dándole un giro nacionalista y reaccionario. Esa es la base real del actual crecimiento espectacular y hasta ahora imparable de la nueva ultraderecha.

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Con todo, la definición a efectos taxonómicos de un «fascismo genérico», si bien nos permite identificar las diferentes ramas de la gran familia fascista, no debería hacernos pasar por alto sus enormes diferencias y contradicciones internas, como tampoco la posibilidad de que a partir de una matriz en los fascismos del siglo XX hoy en día varios movimientos estén derivando o mutando en direcciones múltiples e impredecibles que aún no podemos ponderar muy bien. Baste con considerar las derivas cuasi-izquierdistas del sector histórico de la Nouvelle Droite de Alain de Benoist, el atractivo que ejercen las teorías del fascista eurasiático Dugin sobre ciertos sectores de la izquierda nacional-popular (que más que anticapitalista es anti EE.UU.), o el surgimiento del etnocacerismo peruano, con su programa de racismo cobrizo que bajo el liderazgo de Antauro Humala bien podría calificar de «fascismo andino-decolonial».

En Chile, a una hasta hace poco reducida familia de pinochetistas despistados (puesto que la dictadura fue neoliberal y no nacional-corporativista) más algunos residuos nacional-sindicalistas, pandillas de skinheads y hitleristas esotéricos publicando revistas como «Ciudad de los Césares», se han agregado nuevas camadas: están los socialpatriotas de Pedro Kunstmann, Sebastián Izquierdo y Capitalismo Revolucionario; el «team patriota» de Pancho Malo; el Partido Republicano; sectores «tercerposicionistas» (como el diputado Rivas) o provenientes del «fascismo agrario» del APRA (como la diputada Naveillán), ambos integrados al Partido de la Gente; e incluso duginistas como el Círculo Patriótico Chile (Praxis Patria) [2], abarcando así un amplio espectro de posiciones neo y posfascistas, de derecha, izquierda y «ni-ni» (ni de derecha ni de izquierda). 

Como lo expresó Diego Luis Sanromán en su tesis doctoral sobre la Nueva Derecha, «el gen fascista ha mutado y en ocasiones no es fácil identificarlo». Y si de entrada este objeto de estudio ha resultado siempre confuso por lo flexible y contradictorio de su discurso, hoy en día la complejidad se agudiza adicionalmente por efecto de cincuenta años de «contrarrevolución neoliberal», que ha logrado prácticamente borrar la memoria histórica de las revoluciones y luchas proletarias contra las cuales el fascismo histórico surgió, y sin consideración a las cuales no se comprende ni el tipo ni la magnitud de la tarea que cumplen el fascismo y el «populismo de derechas» en la salvación del orden social del capital.

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Una dificultad recurrente para identificar las formas actuales en que se expresa y ha mutado este gen, es que, tal como dijo Mark Fisher, «el fascismo posmoderno es un fascismo negado», que sigue una estrategia de «rechazar la identificación prosiguiendo con el programa político», adaptándolo a las condiciones del siglo XXI [Fisher 2006].

La negación de la identidad o del origen fascista es una consecuencia inevitable del estrés postraumático de masas e intergeneracional que se produjo después de 1945 [Griffin 2022]. Pero el procesamiento de dicha experiencia traumática corre a cuenta de la democracia liberal. Así, resulta funcional a una visión deshistorizada del fascismo la tendencia a entenderlo como parte de la más amplia familia del totalitarismo, como una malévola aberración histórica, expresión de una lucha eterna entre el bien y el mal, que es la visión que acompaña el megarrelato de los vencedores de la II Guerra Mundial. 

En este discurso, que podríamos denominar como «el antifascismo de los liberales», no se problematiza la violencia fundadora del capitalismo mismo, ni las numerosas masacres cometidas por cada Estado de su propio bando en tiempos de paz, ni los crímenes de guerra de los «aliados», como las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. No: el fascismo sólo sería imputable a lo que Popper llamó los «enemigos de la sociedad abierta». Inevitablemente esta mirada excepcionalista, liberal y moralista del fascismo alimenta el mito y la identificación profunda de sucesivas camadas de neofascistas con aquello que «el sistema» presenta como el Mal absoluto. Mientras ninguna corriente política (liberalismo, anarquismo, socialismo) se entiende a sí misma como «eterna», los integrantes de CasaPound Italia, una red de «okupas» en versión contracultural de ultraderecha, se autoproclaman orgullosamente «fascistas del tercer milenio».

Como recalca Emilio Gentile, «la tesis del eterno retorno del fascismo puede favorecer la fascinación por el fascismo de los jóvenes que poco o nada saben del fascismo histórico pero se dejan sugestionar por su visión mítica, que se vería agigantada ulteriormente por la presunta eternidad del fascismo», sintiéndose orgullosos de formar parte de «un movimiento al que un gran intelectual antifascista le ha atribuido eternidad, aunque lo haya hecho metafóricamente y para condenarlo» [Gentile 2019: 12].

Deshistorizar el fascismo ayuda a mitificarlo: en tanto máquina de producción mitológica, es precisamente en ese nivel donde el fascismo se siente más a gusto y extrae toda su fuerza.

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Historizar el fascismo consiste en desmitificarlo para tratar de comprender las razones objetivas y materiales de su surgimiento y las funciones objetivas y subjetivas que cumple en la guerra de clases. En esa tarea también es necesario estudiar la ideología fascista y sus distintas metamorfosis y modulaciones. Que el fascismo histórico siempre haya sido más un movimiento práctico que una elaboración teórica (existieron los fascios como forma organizativa desde mucho antes que se empezara a hablar de «fascismo»), no impide reconocer la importancia que tuvo y sigue teniendo en su existencia la dimensión propagandística e ideológica, medida y clave de su éxito, antes que la forma característica de «partido-milicia» con que hizo su espectacular aparición hace un siglo. 

Una gran debilidad de la mirada izquierdista en relación al fascismo, probablemente fruto de la contaminación con la perspectiva demoliberal, es que tiende a verlo como una expresión monolítica: un solo gran «nazi-fascismo» que produce y practica una forma estática de pensamiento único. Nada más alejado de la realidad. Desde sus inicios el fascismo es una «ideología fuzzy» [Eco 1995], capaz de digerir y amalgamar todo tipo de influencias, desde Sorel y el sindicalismo revolucionario al anarco-individualismo; de Stirner y Nietzsche al futurismo y el nihilismo. Pero como dijo Adorno en la ya aludida Conferencia de 1967, no debemos subestimar estos movimientos por su «ínfimo nivel intelectual» y «falta de teorización». Muy por el contrario, su éxito depende precisamente de la extrema flexibilidad y capacidad parasitaria de su ideología.

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Tal como ocurre con el concepto de anarquía, que significa algo bien diferente para los anarquistas que para el resto del mundo, captar la complejidad y especificidad del fascismo requiere estudiar la manera en que es entendido por los propios fascistas. Así, la obra de Julius Evola resulta bastante interesante en tanto conceptualiza y observa al fascismo desde la derecha tradicionalista. Una de las diferencias principales de Evola con el régimen fascista italiano era que el denominado «mago negro del fascismo» rechazaba la religión judeocristiana y reivindicaba un «imperialismo pagano» ario y nórdico, incompatible con el catolicismo. Estas posiciones, publicadas en títulos como Imperialismo pagano (1938) y Rebelión contra el mundo moderno(1934) mientras era consejero de Mussolini en materia de «romanidad», le causaron serios problemas al régimen con una indignada Iglesia católica, que no vaciló en denunciar a Evola —que en los años 20, en tanto poeta había pululado por el dadaísmo y las vanguardias para luego fundar el grupo esotérico UR— como un instrumento de Satanás. Cuando el régimen se orientó hacia el catolicismo, Evola fundó la revista La Torre, en cuyo n° 1, de febrero de 1930, afirmó que «nosotros no hacemos política… defendemos ideas y principios. En la medida en que el fascismo siga y defienda tales principios, en esa misma medida nosotros podemos considerarnos fascistas. Y nada más». 

En Biología del fascismo, un detallado y certero análisis realizado en 1925, Mariátegui distingue un «ultrafascismo» —que va «del fascismo rasista o escuadrista de Farinacci al fascismo integralista de Michele Bianchi y Curzio Suckert»— y una tendencia moderada, conservadora, «que no reniega el liberalismo ni el Renacimiento, que trabaja por la normalización del fascismo y que pugna por encarrilar el gobierno de Mussolini dentro de una legalidad burocrática». Más aún, el marxista peruano señala que el fascismo no se debe a Mussolini, sino que todo lo contrario; y que si bien D’Annunzio no puede ser considerado un fascista, el fascismo en cambio sí que se basa en la experiencia de Fiume y es íntegramente d´annunziano [3]

Lo anterior nos lleva a entender, como hace el fascista italiano Giorgio Locchi en un homenaje a su correligionario Adriano Romualdi, muerto en 1973, que «el fascismo pertenece a un campo, opuesto a otro campo, el igualitarista, al cual pertenecen democracia, liberalismo, socialismo, comunismo. Es este concepto de campo lo que permite captar la esencia del Fascismo, del mismo modo que permite captar la esencia de todas las expresiones del igualitarismo» [Locchi, s/f].

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La identificación de los viejos y nuevos fascismos con la «extrema derecha» es en nuestro tiempo casi automática. 

Y si bien es cierto que —siguiendo el esquema de Bobbio (1997)— al ser al mismo tiempo radicalmente anti-igualitario y autoritario, el fascismo debería ser ubicado en ese extremo de la díada derecha/izquierda, no podemos pasar por alto que: a) el fascismo histórico no se presenta inmediatamente como conservador/reaccionario, sino que como revolucionario e incluso anticapitalista; b) el fascismo histórico y varios neo y posfascismos hasta el día de hoy declaran obsoleta la distinción derecha/izquierda, cuando no asumen abiertamente estar «más allá de izquierdas y derechas» (como Alain de Benoist, que en otros momentos ha declarado sentirse «de derechas y también de izquierdas», o Diego Fusaro que reivindica «ideas de izquierda y valores de derecha») o defienden un «pensamiento transversal» que integra diversos elementos procedentes de las distintas corrientes «antisistémicas»; c) desde hace al menos cien años han existido corrientes nacional-revolucionarias que miraron con simpatía a la Unión Soviética, o que propusieron híbridos como el «nacional-bolchevismo» de Niekisch (retomado en los 90 en Rusia por Limonov y Dugin), y diversas formas de «fascismos de izquierda». 

Esto, que es una realidad histórica irrefutable, no hace ningún sentido en las mentes de los izquierdistas promedio, que no pueden imaginar un fascismo que no sea «de derechas», aunque en rigor la asociación más fuerte entre derecha y fascismo se produjo después de 1945, cuando las escasas formaciones neofascistas existentes se situaron contra la URSS y el comunismo en el escenario de la Guerra Fría. Hoy en día no resulta nada casual que la extrema derecha aparezca geopolíticamente dividida entre los apoyos a Ucrania y Rusia, y que a pesar de la fuerte presencia de agrupaciones neonazis (como el movimiento Azov en Ucrania), la mayoría de los neo y posfascistas actuales apoyen a Putin [4].

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Como señala el barón Julius Evola, tradicionalista esotérico al que Bobbio calificó como un «completo delirante» e «intelectual de medio pelo», antes de la creación del régimen demoliberal y su sistema de partidos el concepto de ‘derecha’ no tenía mucho sentido, pues lo que existía en el Antiguo Régimen era un partido de gobierno y una oposición que actuaba «dentro del sistema» sin aspirar a cambiarlo radicalmente. Luego de 1789, la derecha se constituye como la antítesis de las posiciones de la izquierda. 

Nunca está de más recordar que el origen histórico de la distinción/oposición entre derecha e izquierda estuvo en la ubicación espacial de los delegados con diferentes orientaciones doctrinales y de clase en la Asamblea Nacional Constituyente de 1789, durante la primera fase de la Revolución Francesa. En esa ocasión, al debatir sobre el rol de la autoridad real frente al poder de la asamblea popular constituyente, los delegados que eran partidarios del veto real (en general miembros de la aristocracia o el clero) se ubicaron a la derecha del presidente, por ser el espacio tradicionalmente usado como lugar de honor, tal como se dice de Jesucristo que estaría sentado «a la derecha del Dios padre». Por el contrario, quienes se oponían al poder de veto del rey se ubicaron a la izquierda, y se designaron a sí mismos como «patriotas». 

Algo que uno suele olvidar es que la derecha tradicionalista y aristocrática es antiburguesa y puede presentarse incluso como «anticapitalista» (si por capitalismo entendemos su fase o faceta liberal). Por eso para Evola, que como él mismo anuncia observa al fascismo desde la derecha o más allá del fascismo, a mediados de los 60 no existía ya una «Derecha auténtica», con D mayúscula, opuesta a la llamada «derecha económica» o burguesa, que incluiría a la «derecha liberal»: un contrasentido para los tradicionalistas que creen en una derecha «depositaria y afirmadora de valores directamente ligados a la idea del ‘Estado verdadero’», con valores centrales superiores a la oposición entre partidos, «según la superioridad comprendida en el concepto mismo de autoridad o soberanía tomada en su sentido más completo» [Evola 1964].

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Desde 1789 hasta ahora la dicotomía derecha/izquierda subsiste, dado que es útil para señalar amigos y enemigos en la arena política; pero esta permanencia no ha sido estática, sino que muy dinámica. Así, la burguesía revolucionaria y patriota que hace 230 años se sentaba a la izquierda pasó a ser luego de centro, o de derecha liberal, y terminó aliándose con la derecha conservadora cuando se tuvo que enfrentar al surgimiento de una izquierda socialista obrera y popular. Con la desaparición del «bloque socialista» a inicios de los noventa, la dicotomía izquierda/derecha vuelve a mutar, generando un cierto consenso en la gestión del poder político por parte de derechas e izquierdas moderadas que aceptan administrar el modelo neoliberal renunciando a la idea misma de un cambio social profundo, lo que por un lado tiende disolver los antiguos límites entre ambos polos, y por otro genera un terreno de indistinción que trata de ser aprovechado por nuevos fascismos y nuevas formas de ultraderecha que han aparecido con fuerza desde la crisis del 2008, conquistando importantes cuotas de poder político y social. 

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La nueva oleada de extrema derecha que se expresa desde el 2008 cada vez con más fuerza causa bastante confusión y debates. Para algunos se trata sencillamente del viejo fascismo bajo nuevos ropajes, o de mutaciones y adaptaciones del gen fascista que se presenta de nuevas formas, más o menos diferentes y desplazándose en direcciones que aún cuesta reconocer (eso es lo que intenta designar la etiqueta de «postfascismo», tal como la explica Enzo Traverso). En la medida que estas «nuevas derechas» son ultranacionalistas y xenófobas, no es difícil reconocer el gen fascista. Pero también existen otras dimensiones del fenómeno que cuadran mejor en la etiqueta de los populismos o la «derecha radical», que según varios expertos sería al menos respetuosa de las formas de la democracia, lo cual las alejaría de la tentación extremista propia de la ultraderecha «antisistémica».

Expertos como Steven Forti (2021) llaman a no confundir todo este fenómeno con una nueva forma de fascismo, puesto que en primer lugar se trataría de un reduccionismo que no nos permite entender la complejidad de estos fenómenos en lo que tienen de realmente nuevos, y en segundo lugar porque etiquetar de «fascistas» a todos quienes votan por Trump, Bolsonaro, Le Pen o Meloni es contraproducente, pues puede impulsar y reforzar la identificación de una gran cantidad de gente hacia las expresiones más virulentas y peligrosas de la actual «derecha alternativa». 

Pero como ha dicho hace poco Enzo Traverso (2019), partidario en general de un uso acotado del concepto fascismo, «el posfascismo está creciendo en todas partes y no sabemos el desenlace de su proliferación». Si bien «podría mantenerse en el marco de la democracia liberal, también podría experimentar una nueva radicalización, especialmente en el caso de un colapso de la Unión Europea, que es uno de sus objetivos». Las premisas de ambos desarrollos ya existen, así que de producirse la segunda opción «nos veríamos compelidos a reconocer que el fascismo no fue un paréntesis del siglo XX», pasando así a ser un «concepto transhistórico».

En Chile se podría decir lo mismo: tratar de «fachos pobres» al 40% que vota por Kast o al 62% que votó Rechazo en el plebiscito de salida del Proyecto de nueva Constitución no sólo dice más acerca del carácter «cuico progre» de quien formula el insulto sino que no nos ayuda para nada a tratar de entender con qué factores sociales y culturales, objetivos y subjetivos, está conectando este verdadero «retorno de lo reprimido», que a la vez que es un efecto de cincuenta años de contrarrevolución posmoderna y neoliberal, es una horrible anticipación de un futuro que ya está ante nuestros ojos y frente al cual sólo podemos por ahora oponer algo de lucidez y conciencia histórica, como parte de las tareas mínimas de lo que alguna vez Walter Benjamin designó como la «organización del pesimismo». 

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Hace casi un siglo José Carlos Mariátegui en su Biología del fascismo oponía el misticismo revolucionario de los comunistas al misticismo reaccionario de los fascistas, y concluía que «la batalla final no se librará, por esto, entre el fascismo y la democracia». Poco después de eso Walter Benjamin oponía la «politización del arte» (comunismo) a la «estetización de la política» (fascismo). Hoy en día, como señala el subtítulo del ya referido libro de Lazzarato, la lucha debería plantearse abiertamente como lo que es, en estos términos: fascismo o revolución.   

NOTAS Y REFERENCIAS:

[1] Cuando, al decir de Trotsky en 1938, «las condiciones ya maduras para la revolución proletaria se comienzan a pudrir». En ese momento la suerte ya estaba echada en España, el estalinismo había ahogado las perspectivas revolucionarias en varios momentos decisivos y se venía encima una nueva guerra mundial: la «medianoche del siglo», a la que se refirió Víctor Serge.

[2] Este grupo llamó a votar por el estalinista Eduardo Artés en las elecciones del 2021. Se trata de diferenciar de lo que llaman «rancionalismo» (el nacionalismo rancio de grupos nacionalistas reaccionarios) y de los «patriotas» de la derecha pinochetista, y reivindican en cambio a Raúl Pellegrin y al Frente Patriótico Manuel Rodríguez en su intento fallido de ajusticiar a Pinochet en septiembre de 1986, pues «con máxima entrega por la liberación de la patria, toman en sus manos las armas con las que iban a dar fin a quienes traicionaron sus juramentos, y que saquearon, torturaron al Chile auténtico; obrero y campesino». El 4 de octubre del 2022 realizaron una entrevista virtual con el «marxista hegeliano» Carlos Pérez Soto. 

[3] El 12 de septiembre de 1919 el porta D´Annunzio invadió con una pequeña columna rebelde la ciudad adriática de Fiume (perteneciente a la actual Croacia, en ese entonces Yugoslavia). Esta experiencia fue mirada con simpatía por Gramsci, y Lenin estuvo a punto de responder el telegrama enviado por el poeta, evitando finalmente hacerlo para no incomodar a los socialistas italianos. Bordiga en un informe a la Internacional Comunista señala que en el momento más difícil el movimiento fascista «halló un apoyo en la expedición de D’Annunzio a Fiume, de la que sacó una cierta fuerza moral», pues «en esa época se inicia su organización y su fuerza armada, aunque el movimiento de D´Annunzio y el fascismo sean cosas distintas» [Bordiga 1922].

[4] En el caso chileno confluyen en dicho apoyo a Rusia «contra el orden globalista neoliberal» desde la revista Ciudad de los Césares al Movimiento Social Patriota y los ya referidos duginistas de Praxis Patria.

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