Un espectáculo lamentable

por Gustavo Burgos

Creo que solo vi «El Imperio Contrataca» (o Contraataca), no lo tengo muy claro. Vi la película en el antiguo cine Rex de Viña del Mar a los 11 años. Al terminar la función recibí un escupo de la galería. En fin, cosas de la infancia. Por lo mismo no estoy en condiciones de hacer una defensa de Darth Vader —hasta hace muy poco creí que se llamaba Dark Vader— aunque tengo la firme impresión que es un romántico, no un sádico torturador ni un criminal de masas. Tampoco un cobarde bufón.

La noticia que motiva esta nota precisa que con motivo de una fiesta cultural —patrocinada por el Ministerio de la Cultura— la Corte de Apelaciones de Valparaíso realizará una audiencia en la que teatralizará un alegato en que se dirimirá la responsabilidad penal de Darth Vader, por las lesiones inferidas a Luke Skywalker, su antagonista en la epopeya de George Lukas. Intervendrán jueces y abogados de verdad, lo que contribuirá a la innecesaria verosimilitud de la representación.

El hecho podría resultar gracioso en un entorno social amigable, probablemente en alguna fiesta infantil. Sin embargo, tengo la impresión que una máquina de moler carne como el Poder Judicial, sus tribunales y sus cortes no resultan graciosos a nadie.

¿De qué se trata esto?, bueno primero de develar la naturaleza de lo cómico. En toda acción cómica subyace una pulsión que se libera y provoca hilaridad. Tal pulsión debe estar convencional o socialmente reprimida y es tal liberación ocasionada en el acto gracioso, la que puede provocar risa si el emisor —además— se nos presenta como un par. Por esta razón los antiguos bufones reales se permitían licencias ante los monarcas —de hecho gozaban de una alta respetabilidad social— que a otros hubiese costado la cabeza.

Recapitulando, lo cómico —conceptualmente— requiere de liberación de pulsión y de un emisor igualitario. Ninguna de estas premisas concurren en la especie de teatralización de este domingo en la corte porteña.

¿Qué pulsión puede liberar una institución represiva como una Corte de Apelaciones?, pues ninguna. Una corte que integra el Poder Judicial responsable de metódicos e inveterados actos de represión política, de silencio cómplice en Dictadura y garante de la impunidad de los poderosos, deviene en absolutamente incapaz de realizar un gesto liberatorio como el que supone la simulación de juicio que se nos propone. Es más, una broma de este tipo en manos de una entidad todopoderosa, aparece como algo macabro y temible.

En este punto creo corresponde detenerse en el emisor. ¿El poderoso puede hacer bromas?, sí si puede, pero su sentido es totalmente inverso al de un acto humorístico. El mismo deviene en un gesto de majestad y omnipotencia. Para el abogado que escribe estas líneas y que ejerce la profesión en esta misma ciudad —por lo mismo— resulta difícil ejercer esta crítica. Esto último es un mero ejemplo de la comicidad imposible de la teatralización del juicio a Darth Vader.

No se trata de «hacerse» el grave. Se trata de que el conflicto social vigente es incompatible con una puesta en escena como la propuesta. ¿Podrá el hijo de Jordano Santander concurrir a esa audiencia, luego de que su padre —condenado a 7 años de prisión— purgara solo tres y fuese indultado el pasado 31 de diciembre? ¿Qué niños podrán disfrutar de tal espectáculo? No lo sabemos.

Hechos como estos concurren en el escenario político como actos de lesa majestad. Nos remiten a expresiones torpes como el «levántense más temprano» de algún ministro, a aquél que celebraba la baja de precios de las flores o el mítico «a falta de pan buenas son las tortas» que se atribuye a María Antonieta. Sabemos cómo tales expresiones imprudentes —e irritantes para la mayoría explotada y oprimida— han devenido en provocaciones.

De todos modos no deja de ser sugerente que se haya elegido —dentro de millones de posibilidades— exactamente un debate jurídico sobre la responsabilidad de un monstruo, el de un imputado en el que los hechos son irrelevantes y solo tiene importancia su autor. El paradigma de la concepción nazi del derecho penal de autor de la Escuela de Kiel. Se juzga a alguien que todos sabemos es siempre un criminal. Paradojas de la historia y de ese «viejo topo» que es la lucha de clases.

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