Subconsumismo en Keynes y Joan Robinson

por Rolando Astarita

Continuando con la temática de las dos últimas notas, digamos que la diferencia entre el enfoque subconsumista y la explicación de las crisis por la sobreproducción puede verse de manera clara cuando comparamos el enfoque de Keynes, o de los referentes keynesianos, con el de Marx.

Por eso también sostiene que toda inversión “está destinada a resolverse, tarde o temprano, en desinversión del capital” (p. 106). Por caso, supongamos que alguien invierte en construir una casa y la alquila una vez terminada (el ejemplo es presentado por Keynes). Supongamos también que durante el tiempo en que la casa se mantiene en pie el propietario no gasta la renta que le reporta con el fin de amortizar su inversión. Esta reserva, pues, no aumenta la demanda (Keynes no parece considerar aquí la canalización de esos fondos al sistema financiero, y el crédito) y constituye una traba para la ocupación. Está operando, dice, un proceso de desinversión, que seguirá hasta que la casa no sea habitable. Keynes pensaba que ese proceso tenía relevancia en una economía no estática, especialmente cuando se producen oleadas de inversiones de capital a largo plazo, ya que los fondos de amortización restarían poder de demanda durante todo el tiempo previo al momento en que es necesaria la reposición de inversiones. En tanto los bienes se siguen utilizando se acumulan reservas financieras por amortización, que reducen la demanda efectiva, hasta el momento en que se hace necesario reponer las inversiones físicas.

Tengamos presente que en la Teoría general la demanda de bienes de inversión depende, en última instancia, de la demanda de bienes de consumo. Esto se debe a que Keynes considera que “el único objeto y fin de la actividad económica” es el consumo (p. 99), y que las nuevas inversiones solo se realizan si se esperan gastos de consumo futuro. De ahí la posibilidad de caídas de la demanda derivadas de fluctuaciones del ahorro. Por ejemplo, dice Keynes, un aumento autónomo de la propensión al ahorro provoca la caída de la demanda y de los precios de los bienes de consumo, lo cual genera una caída de la eficiencia marginal del capital (que depende de la demanda esperada, además de los costos) y de la inversión. Aquí, el problema de fondo, sugiere Keynes, es que de la baja del consumo en el presente no se deriva que el empresario prevea una suba de la demanda en el futuro. En este razonamiento (que, por otra parte, deja sin explicar por qué puede haber un aumento autónomo de la propensión al ahorro) el consumo de nuevo vuelve a ser la clave: “Un acto de ahorro individual significa, por así decirlo, el propósito de no comer hoy; pero no supone la necesidad de tomar una decisión de comer hoy o comprar un par de botas dentro de una semana, o de un año o de consumir cualquier cosa concreta en fecha alguna determinada. De este modo deprime los negocios de la preparación de la comida de hoy sin estimular los que preparan algún acto futuro de consumo” (p. 188). Es claro que aquí el consumo tiene “la voz cantante”.  

Por lo tanto, en la medida en que crecieran los fondos de amortización, las dificultades de la demanda se acrecentarían porque esta última “solamente puede derivarse de nuestro consumo presente o de nuestras reservas para el consumo futuro” (p. 99). Lo cual afectaría al capital “que no es una entidad que subsista por sí misma con independencia del consumo” (p. 101). Por eso, a medida que se hicieran inversiones – o sea, a medida que hubiera más casas, ferrocarriles, caminos, sistemas de suministro de agua “y cosas por el estilo” – se agravaría la dificultad para mantener viva la demanda, ya que toda inversión, dice Keynes, se resuelve en consumo.

La centralidad del consumo también se ve en el principio keynesiano de la demanda efectiva: los empresarios toman la decisión de contratar mano de obra en base a los costos esperados, por un lado, y por el otro, y más fundamental, por la demanda esperada. Previendo, además, que a medida que aumente el empleo (y por lo tanto, los ingresos) bajará la propensión a consumir y la inversión deberá cubrir crecientemente la brecha para llegar al pleno empleo. Con el agravante de que la inversión depende de la eficiencia marginal del capital (en qué grado supera a la tasa de interés), y la eficiencia marginal del capital tiende a caer a medida que más necesidades de consumo están satisfechas.

Ubicamos a Keynes entre los subconsumistas entonces porque el origen de las dificultades de la demanda radica en que la propensión marginal al consumo tiende a disminuir a medida que aumentan los ingresos; y en segundo lugar, porque toda inversión se debe resolver, en última instancia en consumo. En este punto tenemos una diferencia con la interpretación de Bleaney. Según Bleaney, Keynes no sería subconsumista porque “su teoría está basada en la demanda efectiva en general –consumo, inversión, gasto de gobierno, exportaciones, etcétera- y no se le otorga un lugar especial al gasto de los consumidores. El único punto de su obra que podría servir como gancho para colgarle una teoría subconsumista es su desarrollo de la idea de la propensión al consumo” (p. 284). Con respecto a la propensión marginal del consumo, Bleaney sostiene que si bien los estudios empíricos demuestran que los estratos más ricos de la población ahorran en una mayor proporción de sus ingresos que los estratos más pobres, el promedio de propensión a consumir se habría mantenido “bastante constante durante décadas y ninguna tendencia a la declinación pudo ser distinguida” (p. 285). Sin embargo, hemos visto en una nota anterior que economistas de orientación keynesiana tienden a explicar la Gran Recesión 2007-09 por la creciente desigualdad del ingreso, generada por el ascenso, en las últimas décadas, del neoliberalismo.

Joan Robinson, sobre la acumulación en Rosa Luxemburgo y Marx

La diferencia acerca del rol del consumo entre el enfoque keynesiano y el de Marx también puede verse en la “Introducción” de Joan Robinson a La acumulación del capital, de Rosa Luxemburgo. Según Robinson, Rosa Luxemburgo no admite que haya problemas en la relación ahorro – inversión, ya que da por garantizado que cada acto individual de ahorro de la plusvalía es acompañado por la correspondiente inversión real. ¿Pero qué induce a la inversión? Robinson responde que, según Marx, es la presión de la competencia la que fuerza a cada capitalista individual a aumentar su capital para beneficiarse de las economías de la producción en gran escala, ya que si no lo hace lo harán sus rivales y será vencido en la guerra competitiva. Pensamos que Robinson también podría haber precisado que, según Marx, el impulso a acumular está dado en el concepto mismo de capital, esto es, valor que se valoriza.

En cualquier caso Rosa Luxemburgo, sigue Robinson, no discute si ese mecanismo descrito por Marx provee un impulso adecuado a la acumulación, y busca una demanda prospectiva fuera del círculo de producción (en los mercados no capitalistas). Con lo cual Robinson introduce la problemática keynesiana. Es que en Keynes la dinámica de la acumulación “a lo Marx” no tiene lugar. Según la óptica keynesiana, la inversión tiene lugar solo si los capitalistas están seguros de que habrá un mercado en expansión para los bienes que producirá en nuevo capital (véase Robinson, p. 21). Robinson sostiene entonces que esta lectura del problema lleva directamente a la solución propuesta por Rosa Luxemburgo en la tercera sección del libro: la necesidad de los mercados no capitalistas (véase aquí para una discusión). Esto es, Robinson termina dando una fundamentación keynesiana a la teoría del imperialismo –su causa última- de Rosa Luxemburgo.

El enfoque keynesiano de Robinson (aunque no el de Rosa Luxemburgo, como hemos discutido en la nota citada) se ubica entonces en el terreno del subconsumismo. Ordenando un poco, su planteo es: a) existe una tasa de acumulación dictada por el progreso técnico; b) dada la distribución del ingreso entre obreros y capitalistas, y la propensión al ahorro de los capitalistas, puede haber una masa de ahorro que requiera una tasa de acumulación que excede la tasa de aumento del stock de capital apropiada a las condiciones técnicas. En consecuencia, habrá exceso crónico de oferta potencial de capital real sobre su demanda. Este exceso de ahorro solo podría ser capitalizado si hay una salida para la inversión fuera del sistema (y aquí empalma con el planteo de Rosa Luxemburgo de los mercados no capitalistas). Alternativamente, el sistema cae en la depresión crónica. Robinson precisa: “Esta es la tesis estancacionista, presentada por Keynes y elaborada por los modernos economistas americanos, Alvin Hansen en primer lugar” (p. 26). Recordemos que el texto de Robinson es de 1951, esto es, cuando el boom de posguerra estaba en sus inicios (en los 1960 la tesis estancacionista sería actualizada principalmente por Paul Baran y Paul Sweezy en El capital monopolista, en el mismo sentido de “exceso de excedente” en manos de los capitalistas).  

Obsérvese que en el enfoque keynesiano el subconsumo genera, más que sobreproducción o sobreinversión debilidad de la inversión, subinversión o subacumulación. Por otra parte, en el planteo final de Robinson vuelve a aparecer con claridad la diferencia con Marx: en este las dificultades de la acumulación no surgen por alguna relación entre tasa “técnica” de acumulación y oferta potencial de fondos a invertirse; tampoco por una distribución del valor agregado entre obreros y capitalistas que determine una oferta de capital por sobre la plusvalía “técnicamente adecuada” para la acumulación con progreso tecnológico. La cuestión central en Marx, es el impulso del capital a la acumulación con el objetivo de aumentar la producción de plusvalía sin tener en cuenta los límites de la demanda. Es que en Marx el único objeto, y fin, de la actividad del capitalista, es la valorización del capital; no el consumo, como ocurre en Keynes. Son enfoques opuestos.  

Textos citados:

Baran, P. y P. Sweezy (1982): El capital monopolista, México, Siglo XXI.

Bleaney, M. (1977): Teorías de las crisis, México, Nuestro Tiempo.

Keynes, J. M. (1986): Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, México, FCE.

Robinson, J. (1951): “Introduction” to The Accumulation of Capital, Rosa Luxemburg, London.

(Timado del Blog de Rolando Astarita)