Romper con la monogamia para vivir más felices

por Julia Cámara

Primero fueron los mensajes virales por otras redes sociales, avisando a desconocidas de potenciales infidelidades por parte de sus parejas. Después las loas a los amores para toda la vida, esos que todo resisten y siempre perdonan. Por último, la reivindicación de los celos como demostración de amor verdadero. ¿Está volviendo el peor de los amores posibles, el de la exigencia y sacrificio, el que marca el territorio conquistado como propiedad privada y salta ante cualquier posible injerencia externa? No lo sé. En cierto modo quiero creer que el poso del estallido feminista de los últimos años todavía funciona como muro de contención contra tendencias de ese tipo. El recrudecimiento de los discursos familiaristas y la movilización política de la impotencia aspiracional de las clases medias, sin embargo, hacen que sea posible pensar en ese sentido.

Los problemas a los que la idealización del amor exclusivo y dependiente busca dar respuesta son problemas reales. Y aunque adopten formas nuevas o se expresen a través de fenómenos propios de este siglo XXI, ni la falta de tiempo ni la sensación acuciante de cansancio y soledad son angustias recientes. En 1911, Alexandra Kollontai describía cómo “la terrible soledad que cada persona siente en las inmensas ciudades populosas, en las ciudades modernas, tan bulliciosas y tentadoras; la soledad, que no disipa la compañía de amigos y compañeros, es la que empuja a las personas a buscar, con avidez malsana, a su ilusoria alma gemela en un ser del sexo contrario, puesto que sólo el amor posee el mágico poder de ahuyentar, aunque sólo sea momentáneamente, las tinieblas de la soledad”.

Nos aferramos al pack completo del amor romántico como la tabla de salvación que va a librarnos de todo lo duro de nuestras vidas. Sobre ella surfeamos la frustración, la asunción de unas expectativas imposibles, la autoexigencia y la sospecha siempre presente como requisitos necesarios para un éxito que nunca llega. Y no lo hace porque la monogamia es incapaz de proporcionarnos los apoyos, los placeres, las emociones y los afectos que necesitamos para vivir vidas plenas, felices y emocionalmente sanas. No lo hace porque el estado permanente de alerta y competencia (cualquier persona puede venir a quitarte lo que es tuyo; y lograr lo que quieres implica pasar por encima del resto) nos bloquea la posibilidad de establecer alianzas, afinidades y solidaridades honestas con la mayor parte de gente que nos rodea. No lo hace porque la culpa, el sufrimiento y el drama aguardan tras cada palabra fuera de sitio, cada pensamiento no contenido, cada acción no censurada. No lo hace porque la monogamia limita nuestras posibilidades de desarrollo personal y nos convierte en seres enjaulados, siempre con miedo al goce y a la expansión de nuestro bienestar sexual y afectivo.

No se trata de follar más. Como bien dice Na Pai, el propio sistema monógamo no niega la promiscuidad sexual ni los encuentros sexuales fuera de la pareja: sólo los estigmatiza, los recubre de un halo de vergüenza y los convierte en algo bochornoso que realizar a escondidas y con medio a generar dolor a terceras personas. O, como dice Brigitte Vasallo: “La monogamia no se desmonta follando más, ni enamorándose simultáneamente de más gente, sino construyendo relaciones de manera distinta que permitan follar más y enamorarnos simultáneamente de más gente sin que nadie se quiebre en el camino”. Romper con la monogamia es un paso necesario para construir relaciones verdaderamente sanas no sólo con nuestras parejas, sino también con el resto de personas presentes en nuestra vida y con nosotras mismas. Para desarrollar al máximo eso que Kollontai llamó nuestro potencial de amor: la capacidad para amar no en un sentido puramente sexual, sino de un amor entendido en el sentido más amplio y más profundo de la palabra.

Llamo “sistema monógamo” o “cultura de la monogamia” al tándem compuesto por varios elementos, de entre los que destaco como principales la jerarquía relacional (con la pareja en lo alto de la pirámide, seguida por los vínculos de consanguinidad y dejando el resto de relaciones para el último lugar) y la exclusividad sexual (real o no, pero siempre aparente). Otras autoras incluyen también aquí la arquitectura social que hace prácticamente imposible no aspirar a vivir en pareja: viviendas unifamiliares, dependencia económica mutua (o, de manera hegemónica hasta hace pocos años, de la mujer hacia el hombre dentro de la heteronorma), no reconocimiento de otros vínculos en lo que a permisos laborales y aceptación pública se refiere, etc. Sin negar la importancia de todo esto, considero que enfrentar este tercer nivel del sistema monógamo requiere haber roto previamente el consenso social en torno a los dos primeros.

¿Qué pasos podemos dar en este sentido? ¿Cuáles son los resortes que tocar para dejar a la vista la irracionalidad de un modelo que nos quiere aisladas e infelices? ¿Cómo dejamos de sufrir por amor para empezar a disfrutarlo gozosas? Van a continuación algunas ideas.

1. La sexualidad como trauma: desacralizar el sexo para disfrutarlo (o no) sin culpa

La cultura de la monogamia nos enseña a entender el sexo como el hecho diferencial de nuestras vidas, eso que tiene la capacidad de transformar el sentido de todo lo que toca. No se trata de una obsesión aislada, sino de una visión heredada de la base judeocristiana de lo que comúnmente denominamos “cultura occidental”. Ninguna primera vez tiene la relevancia que le otorgamos a la primera vez (esa que no necesita apellidos para ser reconocida), las amistades corren el riesgo de romperse si se mete el sexo de por medio, tus parejas pueden aceptar la existencia de otros vínculos importantes en tu vida con la condición de que no estén mediados sexualmente, etc. La presencia o ausencia de sexo tiene el poder de categorizar nuestras relaciones, de establecer fronteras entre lo que antes era una cosa pero ahora ya es otra.

La tremenda importancia que le concedemos al hecho sexual no tiene comparación con ningún otro elemento presente en nuestras relaciones sociales. No sentimos la necesidad de aclarar las cosas, de distanciarnos por precaución ni de cambiar el tipo de relación que teníamos con alguien tras haberle contado un secreto íntimo, dormido en su hombro o llorado en su presencia, por poner tres ejemplos que pueden suponer un alto grado de exposición y vulnerabilidad. La dualidad casi paranoica con la que follamos se explica por esto: o lo hacemos con nuestra pareja (o con quien aspiramos a que acabe siéndolo) y es entonces algo emocional y trascendente, o con personas a las que casi nada nos une y con quienes nos permitimos actuar de manera aséptica y distante.

Culturalmente, el sexo está tan unido al amor romántico que cuando lo buscamos sin más (cuando sólo queremos follar) tenemos que resguardarnos en un sexo carente de afecto que aleje de nosotros el riesgo de enamorarnos. La confusión emocional es, claro, tremenda: cualquier gesto de ternura por parte de la otra persona es visto como una alarma, si alguien nos pone cachondas revisamos con pánico la pervivencia de lo que sentimos hacia nuestra pareja, etc. Un desastre. El reverso de todo esto es también siniestro. Si amor y atracción sexual son dos caras de una misma moneda, ¿cómo asumir que no nos apetezca follar con nuestra pareja?, ¿cómo sobrellevar relaciones de larga duración donde la libido fluctúa y donde pueden darse periodos más o menos largos sin excitación mutua?, ¿cómo no pensar que algo va mal ante fenómenos que son en realidad perfectamente normales? La cultura de la monogamia hace del sexo, ya sea por su presencia o por su ausencia, un drama.

Comprender que el sexo no es en realidad tan importante es un paso fundamental para quitarnos de encima el drama. Necesitamos bajarlo del pedestal de lo sagrado, arrancarle la capacidad que le atribuimos para definir y transformar la forma y el sentido de nuestras relaciones y verlo como lo que realmente es: algo que disfrutar gozosas, que contribuye a nuestra felicidad y bienestar, que refuerza nuestra autoestima y que fortalece los vínculos humanos. O también una demostración de afecto y de amor, por supuesto, pero eso no significa que el amor no esté presente si no se expresa con sexo.

La exigencia monógama de exclusividad sexual sólo puede ser entendida desde la sacralización del sexo. Su desacralización nos permite no sólo disfrutarlo más y mejor, sino también y sobre todo construir relaciones más amables y seguras, donde la confianza en la mutua elección personal no dependa de la capacidad de predisposición (dentro de la pareja) ni de contención y represión sexual (fuera de ella) de las partes. Relaciones libres de culpa y de vergüenza, donde la inseguridad y los celos sean, para empezar, mucho menos posibles. Y también: relaciones de amistad más sólidas, afinidades temporales más íntimas, encuentros puntuales más felices y satisfactorios. En donde el sexo sea una posibilidad y una posibilidad bonita, sin tener al día siguiente que cambiar el gesto en la cara.

2. Descentrar la pareja para querer más y ser más queridas

En su forma convencional, la pareja monógama forma un todo indivisible que funciona como unidad no sólo para asuntos económicos, sino también en lo que a definición de la identidad personal y aspiraciones de vida se refiere. Aunque la norma se ha vuelto menos rígida en las últimas décadas, la primera persona del plural sigue siendo común en todo lo relacionado con viajes, concepción del ocio, gustos musicales y gastronómicos, planes para fechas relevantes como la navidad o las vacaciones de verano, etc. Es casi como si la persona desapareciera como tal, como si desaparecieran sus gustos y aspiraciones propias. Relacionarse desde la no existencia, claro, es tremendamente difícil. A las viejas amistades se las ve cada vez menos, los nuevos vínculos que puedan surgir pasan en seguida a tener relación con ambos, y proliferan los planes de parejas donde socializar, al menos, con otra unidad de dos como la tuya. Muy lejos de su promesa de salvarnos de la soledad, la pareja monógama nos aísla.

El problema aquí es doble. En primer lugar, es absolutamente irracional pretender que una sola persona colme todas nuestras necesidades, no ya sexuales, sino estrictamente emocionales. La jerarquía relacional que sustenta el sistema monógamo nos permite tener aficiones, espacios y proyectos compartidos con otras personas, sí, pero éstas devienen secundarias y se nos exige poder romper con ellas si la pareja nos reclama. Nuestra dedicación al resto de vínculos está siempre supeditada a que no entren en competencia con lo verdaderamente importante. Dónde se pone esa barrera es, en la actualidad, algo relativamente flexible, pero siempre acabamos topando con ella. En monogamia vivimos queriendo poco y mal, porque permitirnos desbordarnos emocionalmente y dedicar tiempo y cuidados a varias personas conlleva siempre el riesgo de ser visto como una traición, un “ya no me quieres”, un abandono de la pareja, una dejación de responsabilidades.

En segundo lugar, e íntimamente relacionado con esto, la pareja monógama supone una carga de responsabilidad y disponibilidad constante imposible de sobrellevar por una sola persona. Por nuestra pareja nos desvelamos, pero seguimos sin ser capaces de entregar todo lo necesario para su bienestar emocional y su plenitud afectiva. El resultado es la frustración personal, el aumento de las inseguridades y el descenso de la autoestima, así como un sentimiento de exigencia y agobio que puede volverse tanto contra la pareja como contra nosotras mismas. En el caso de que alguna vez te lo hayas preguntado: efectivamente, no eres suficiente. Pero el problema no eres tú, no somos cada una de nosotras. El problema es un sistema que nos fuerza a aspirar a imposibles y que nos cierra las puertas a escenarios realistas de bienestar y seguridad afectiva.

Descentrar la pareja es el paso fundamental para ser capaces de establecer vínculos más profundos y sanos, que no se miren entre sí como competencia sino que se complementen y nos enriquezcan. Romper con la jerarquía relacional que impone la monogamia nos permite otorgar una importancia equivalente a relaciones diversas, con todo lo que ello implica en cuanto a disposición (de tiempo, de cariño, de cuidados) y expectativas. De repente, la responsabilidad de sostenernos emocionalmente se distribuye entre varias personas que son, ahora sí, mucho más capaces de cumplir con su parte.

Sin pretenderlo, el estallido feminista de los últimos años y la importancia concedida a las amigas y a las redes afectivas ha hecho más por las no monogamias que cualquier catálogo de prescripciones individuales. Querer bien, querer bonito, querer de verdad, implica no considerar ninguna relación como de segunda, sino ver el conjunto como un mapa fundamental en nuestra vida. Solamente el amor hacia la madre y determinado tipo de amistad entre mujeres son en la actualidad capaces de situarse a la altura de la relación de pareja, y ambas pueden y suelen devenir también en relaciones extremadamente tóxicas: las mejores amigas son seguramente el vínculo más exigente y exclusivo que muchas de nosotras hemos tenido nunca, y el mutuo chantaje y dependencia emocional de los lazos madre-hija son algo más que conocido. Como si el amor fuera a acabársenos, como si tuviéramos reservas limitadas de afecto y para ofrecerlo a una persona tuviéramos que arrebatárselo a otra. Cuando, en realidad, es justo al contrario: el amor no se acaba y cuanto más lo ejercemos más se hincha, más se expande, más capaces somos de sentirlo y de demostrarlo.

3. Romper con la monogamia, o sobre cómo vivir más felices

Romper con la monogamia no significa (no puede significar) recaer en el otro polo del imaginario sexoafectivo, ese protagonizado por la frivolidad, la indiferencia y el cálculo egoísta. Cada polo existe porque existe el otro: ambos se necesitan y refuerzan mutuamente. Son, al final, las dos caras de una misma moneda. Romper con la cultura de la monogamia nos permite ver otras opciones y es el único camino posible para construir relaciones de afecto, respeto, cuidado y afinidad diversas. Donde querer y ser queridas no desde la inseguridad y la constante competencia sino desde la celebración. Donde disfrutar nuestra sexualidad de manera libre y gozosa, sin culpa ni censuras. Donde nos sintamos menos solas y donde nos rodeemos de una red afectiva que nos aporte la diversidad de emociones placenteras, gratificantes y positivas que necesitamos para vivir felices.

En la vida real, relacionarnos de forma distinta a como el sistema monógamo impone no es un camino de rosas. Hay que querer aprender, querer aceptar, trabajar el propio dolor, estar dispuesta a hablarlo mil veces todo, responsabilizarse de las consecuencias de nuestros actos. Pero tampoco lo es el intento desesperado por encajar en la imposible senda aspiracional del amor romántico, y quien te haya dicho lo contrario te miente. Todas hemos hecho cosas mal, pero nuestros errores no derivan del caminar por fuera de la norma sino de nuestra absoluta falta de guías para hacerlo. De eso, y de que somos humanas. Se ha escrito ya mucho sobre algunos temas clave: cómo las redes sociales reducen las inseguridades y el miedo al abandono, cómo abordar los celos, etc. Para mí lo fundamental es comprender que cada uno de los vínculos que establecemos es importante en sí mismo, independientemente de su duración, contenido y forma. Que con quién follamos no pone en peligro a quién queremos (ni a la inversa), y que el cariño y la intimidad no son riesgo de nada sino un regalo que abrazar con agradecimiento.

Hay, por supuesto, mucho más que todo esto. También está el horizonte de esa forma de vivir, de relacionarnos y de habitar que anhelamos convertir en presente. Lo sabemos: el amor es un poderoso organizador social. Y si no queremos perpetuar una sociedad que nos mantiene aislados y tristes, más nos vale ir desde ya poniendo en práctica otras formas de querer que no nos hagan vernos mutuamente como competencia sino como aliados y aliadas. Decía un cartel del 1º de Mayo: “Trabajar menos, ver a tus amigas”. De eso debería ir la vida.

(Tomado de Catarsi)

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