Robert Zaretsky: «Respecto a Camus»

Vivimos y las transformamos de acuerdo con las sociedades y vivimos con algunas ideas familiares. Muy pocas: dos o tres”, escribió en cierta ocasión Albert Camus. “Las pulimos y las transformamos de acuerdo con las personas a las que nos encontramos en la vida. Se tarda unos diez años en tener una idea que pueda calificarse de realmente propia–una idea de la que podamos hablar con propiedad.” De igual modo, el mundo ha tenido durante mucho tiempo unas cuantas ideas familiares acerca del autor de El extranjero y de La peste, de El mito de Sísifo y de El hombre rebelde. Está la idea de un Camus que exploró las nociones de libertad y justicia, que reflexionó sobre los peligros de que cualquiera de ellas se convirtiera en un derecho absoluto, y que trató de conciliar sus características mutuamente conflictivas. Está también la idea de un Camus que escribió acerca de la naturaleza del exilio, tanto del exilio de la propia tierra natal –en su caso, la Argelia francesa– como del exilio de un mundo sin Dios. Y está la idea de un Camus que dio voz a todo un espectro de silencio: el silencio de la inocencia infantil, el silencio del preso político o el del nativo privado de sus derechos, el silencio de los conflictos trágicos y el silencio de un cosmos indiferente a nuestro anhelo de sentido.

Las ideas sobre Camus no solo constituyen elementos de su vida; explican también la perdurable relevancia que tiene su obra en nuestras vidas. Como otros muchos de mi generación, leí por primera vez a Camus en el instituto. Lo llevé conmigo en la mochila en mis viajes por Europa. Entré con él en algunas de mis relaciones y salí con él de algunas de ellas, y lo llevé conmigo durante algunos de los períodos más difíciles de mi vida. Más recientemente, lo he llevado conmigo en algunos de los cursos universitarios que he impartido y he salido de ellos con una renovada apreciación de su arte. Desde luego, la idea que tenía de Camus hace treinta años se parece muy poco a la idea que tengo de él hoy. Si bien la admiración y el apego que sentía entonces por sus escritos siguen siendo tan grandes ahora como entonces, los motivos son ahora más complejos y críticos.

Una de las constantes en mi manera de entender la importancia de Camus durante todos estos años ha sido la forma en que, hasta su prematura muerte en 1960, batalló con determinadas ideas y compartió estas batallas con sus lectores. La calidad de esta lucha –en la que se comprometió con una integridad intelectual que le llevó a una desesperanza enriquecedora– ha dejado huella en todos sus lectores. Si hay una convicción compartida por los expertos y por el lector normal y corriente es que Camus sigue siendo un compañero indispensable  en nuestras vidas éticas e intelectuales. Camus se nos presenta, de una forma que puede afirmarse de pocos escritores, como alguien que escribió por su vida y por la de todos nosotros.

Este libro no es ni una biografía completa ni un comentario académico. Es un ensayo en el que detallo la forma en que estas “ideas familiares” se abren paso y se entretejen en la vida de Camus. Cada capítulo se dedica a un acontecimiento concreto: la visita de Camus a la Cabilia en 1939 para hacer un reportaje sobre las condiciones de vida de las tribus bereberes locales; su decisión de firmar una petición para que le conmuten la pena al escritor colaboracionista Robert Brasillach, condenado a muerte en 1945; el famoso enfrentamiento con su amigo Jean-Paul Sartre en 1952 sobre la naturaleza del comunismo; su silencio sobre la guerra de Argelia hasta 1956. Dada la importancia de cada uno de estos episodios, me he tomado la libertad de avanzar y retroceder en el espacio y en el tiempo para explorar las muchas capas de su relevancia. Además, pongo deliberadamente en primer plano a individuos e ideas que otros relatos dejan a menudo en segundo término. El lector encontrará aquí discusiones de los escritores griegos Tucídides y Esquilo, de los pensadores religiosos Agustín de Hipona y Rousseau, de los ensayistas franceses Michel de Montaigne y Sébastien-Roch Nicolas Chamfort, e incluso del dramaturgo nacionalista irlandés J. M. Synge. Algunos de ellos, como Synge y Chamfort, dieron a Camus formas inesperadas de expresar sus propias preocupaciones; otros, como los antiguos griegos, ejercieron en él una influencia mayor de la que habitualmente se reconoce. Estos pensadores no son simples comparsas en la historia de la vida de Camus, porque este recurre a ellos en los momentos más críticos.

Una pensadora de la que no se habla especialmente en el libro está sin embargo presente: Simone Weil. Después de la Segunda Guerra Mundial, Camus, bajo los auspicios de la editorial Gallimard, fundó una colección titulada “Espoir” (Esperanza). En ella publicó la obra de Weil L’enracinement, posteriormente traducida al inglés como The Need for Roots y al castellano como Echar raíces. Una inquietud recurrente en el pensamiento de Well es lo que ella llamaba el trabajo de atención. Esta intangible y sin embargo importantísima actividad humana no consiste simplemente en prestar atención , acercarnos a un objeto y colocarlo bajo una lupa. Ni siquiera consiste necesariamente en que uno lo observe con sus propios ojos. Más bien es dar un paso atrás y esperar a que el objeto se acerque. Es aprehender el mundo y a los demás prescindiendo tanto como sea posible de los telones de gasa psicológicos que nuestros egos están constantemente tejiendo. Weil comparaba al individuo atento con “un hombre encaramado a lo alto de una montaña que, al tiempo que mira hacia adelante, ve también, sin en realidad mirarlos, muchos bosques y llanuras que se extienden a sus pies.” Si bien la (heterodoxa) fe cristiana de Simone Weil y la fundamentación trascendental de este trabajo de atención la alejan de Camus, en la descripción que hace de la propia actividad se refleja fielmente la sensibilidad de Camus. Una de las grandes constantes en la vida y en la obra de Camus es precisamente este estar atento. Es una cualidad que distingue no solo a sus personajes de ficción, sino a menudo también al propio creador.

Cuando prestamos atención a los demás, tendemos a escuchar más que a hablar. Por este motivo, la otra cara de la moneda de la atención es el silencio. La maestría artística y la moralidad de Camus se expresan en parte mediante estos silencios. Son los silencios que titilan como espejismos en los austeros paisajes argelinos, y los silencios en los que se ensimisman muchos de sus personajes mientras contemplan el mundo. Es también el silencio en el que se envolvió el propio Camus a finales de la década de 1950 cuando la Argelia francesa se desmoronó en medio de la guerra. Nacido en Argelia y educado en los valores de la Francia republicana, Camus se debatió entre las llamadas en conflicto y a fin de cuentas irreconciliables representadas por el imperialismo francés y el nacionalismo argelino. Finalmente, en 1957, declaró que no hablaría más de la guerra en público –una promesa que, con solo dos excepciones, mantuvo hasta su muerte tres años más tarde.

Mucha tinta ha corrido inevitablemente desde entonces en torno a este silencio. Y también en torno a un silencio de otra clase que planeó sobre Camus durante los últimos años de su vida. A comienzos de la década de 1950 Camus se sentía desazonado y vacío; temía haberse quedado callado porque ya no tenía nada más que decir como artista. El violento enfrentamiento público con Sartre a propósito del ensayo filosófico de Camus titulado El hombre rebelde llevó no solo al final de su amistad, sino a profundas dudas por parte de Camus respecto a su arte. Como le dijo a un amigo, “Me siento como si fuese tinta absorbida por un taco de papel secante.” La posterior publicación de su novela La caída despejó estas dudas, pero solo temporalmente. Cuando Camus recibió el premio Nobel de Literatura en 1957, algunos críticos consideraron que era demasiado joven para obtener el galardón (acababa de cumplir cuarenta y cuatro años). Otros, sin embargo, consideraban que Camus estaba viejo y acabado, y concluyeron que el premio confirmaba que Camus era una reliquia literaria que no tenía nada más que decir. Camus compartía estas dudas: en su relato breve “Jonás o el artista en el trabajo” describe a un artista cuya vida se va vaciando lentamente de creatividad, un artista reducido a contemplar con la mirada perdida una tela en blanco. Aunque había sido escrita varios años antes, esta historia se publicó en su colección de relatos breves El exilio y el reino, y expresaba claramente los apuros de Camus.

El énfasis que ponía Camus en el silencio, en su arte y en su política, reflejaba su determinación de hablar en nombre de otros que, de una forma u otra, estaban condenados al silencio. En su discurso de aceptación del Nobel, Camus declaró que la nobleza del arte tiene su origen en “la negativa a mentir acerca de lo que uno sabe, y en la resistencia a la opresión.” Camus describió y denunció la difícil situación de las poblaciones árabe y bereber de la Argelia francesa en un momento en que estos pueblos eran casi invisibles para la mayoría de ciudadanos franceses. Inmediatamente después de la guerra, condenó incluso más enérgicamente el uso que hacía Francia de la tortura en Argelia, horrorizado por la forma en que los franceses, poco antes oprimidos por los alemanes, se habían convertido en los opresores de los árabes. Camus libró igualmente una tenaz batalla contra los censores del gobierno francés durante los primeros meses de la Segunda Guerra Mundial, cuando combatió incansablemente “la sofística afirmación de que la moral de una nación pueda comportar el sacrificio de sus libertades.” Esta afirmación, junto con su condena de la ilegalización del Partido Comunista por parte de la república francesa después de la declaración de la guerra –“la ley nos incumbe a todos” y no puede aplicarse selectivamente–, se aplica no solo a otras crisis que se produjeron en tiempos de Camus, sino a aquellas a las que tenemos que enfrentarnos en la actualidad. La urgencia del mensaje de Camus reclama todavía nuestra atención, y su lucidez todavía nos puede servir de modelo.

Muchos críticos han señalado con toda la razón que el tenaz humanismo de Camus es especialmente importante incluso hoy. Pero si no tenemos cuidado, puede escapársenos lo extraordinaria que era y sigue siendo su postura en este sentido. Esto no significa que fuera un santo –al contrario, colegas, amigos y familiares de Camus ofrecen abundantes testimonios de sus defectos. Analizando retrospectivamente su pelea con Sartre, uno se debate entre el horror que producen los ataques de Sartre a su antiguo amigo en las páginas de Les Temps Modernes, y el malestar por las flaquezas intelectuales y personales de Camus que Sartre identificó correctamente. Paradójicamente, algunas de las virtudes de Camus también desdibujan su importancia. Su batalla contra el totalitarismo, valeroso en su día, se ha convertido desde entonces en una postura ortodoxa. Su aversión por el movimiento nacionalista argelino, el Front de Libération Nationale (FLN) se ha visto en gran parte justificada por la subsiguiente historia de una Argelia gobernada por un partido único. A sus esfuerzos por sentar las bases de la moralidad, vistos con extrañeza por muchos de sus contemporáneos, se han unido desde entonces muchos pensadores. ¿Y quién cuestionaría hoy su apasionada defensa de la necesidad de un diálogo directo y sincero? En cierto modo, el mundo –o al menos quienes dedican su vida a analizarlo– se ha puesto al nivel de Camus.

Fuente: Primeras páginas del primer capítulo del libro de Robert Zaretsky Albert Camus. Elementos de una vida.

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