Poema de Juan García Brun: «El Halcón Rojo»

Aprovechando las celebraciones tomé ese velero y me interné en el mar. Lo hice hacia el oriente, por los desfiladeros. La mañana era aplastada por una luminosidad impasible y nubosa, mientras una bandada de pelícanos se dejaba caer caótica en la huella de la nave. Caían cerca, salpicándome. Parecían magnetizados: sus ojos vacíos y negros emergían de las aguas una y otra vez, sin alimento. Desde las alturas podían oírse alaridos, unos alaridos bestiales que se replicaban mientras la marejada sacudía un horizonte que se abría azul. Desde esas alturas mi embarcación era una minúscula y temblorosa marca blanca.

La noche me encuentra entre muros que se estrechan. Muros hechos por el hombre y que sirven de base a una estructura militar formada por torres de madera. Ante ellas mi presencia es un opaco naufragio.

Desde el patio interior de la primera torre —un patio cubierto por el agua marina a esas horas— puede verse una alta e interminable sucesión de balcones. Duermo en ellos. Duermo por cansancio y para hacer expresiva mi voluntad de lucha, lo hago en los lugares de mayor riesgo. Algunos balcones son curvos, unos de piedra, otros de metal, la mayor parte de una madera inmarcesible. En todos ellos se disciernen los signos de un incendio mayor y reciente. Una línea de troneras deja entrar la luz de la luna permitiéndome ver que duermo en lo que fue un campo de batalla: por ellas logro ver el ancho mar externo y los lomos de lo que parecen ser bueyes marinos con la vista fija en las profundidades.

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