Bajo la lluvia, a veces en tiempos de terror, en otros en medio de deltas difusos y la última vez tras la llamada irrupción de los jardines, he visto los lugares propios del paraíso. Una isla de abedules, una oficina, la noche inalcanzable y los días posteriores a la peste. Aquellas estancias en cuestión —liberadas de todo dolor y colmadas de dicha— las observé siempre desde sus umbrales, como graves cuentas regresivas, dulces errores o salvaje ebriedad. Es posible que se trate de hoteles, restoranes o aún comedores. Pero aquellos paraísos limitan, aunque se presenten como universales puertas de cines.
Fuera de ellos la lluvia puede hacerse eléctrica y la pesquisa de los crímenes resulta encargada a conjuntos sorprendentes.
Uno de ellos —vestido con trajes de cachemira— recorre las avenidas en una nave cuya estructura, colores binarios y terminaciones relucientes recuerda los antiguos juegos infantiles de los años 70. Tiene la forma de un pato y ventanas limpias, en lugar de ruedas las movilizan cuatro piernas femeninas de tacos altos que galopan entre el flujo automotriz. Mientras recorren, de día o noche, siempre bajo la lluvia, llegan tarde a las escenas. En algunos casos te hablo de grupos de niños masacrados, en otros de enfrentamientos entre barristas de fútbol por la bufanda de algún equipo. A veces despierto, a veces muerto, a veces los sueños. Nunca sé cómo se abren esas puertas y puedo ver esos trazos del paraíso de los que te hablaba. No quiero volver a ellas, Calipso.
