Poema de Juan García Brun: «Árbol se apaga»

Nevaba, llovía, luego granizaba. Luego volvía a nevar en un ciclo implacable. La senda se desdibujaba, la tempestad me sacaba del camino y el paisaje en los momentos en los que podía ver algo, era hermoso y solemne: un valle de piedras megalíticas extendiéndose disperso, tras el curso de lo que fuera un río o una corriente marina. Las franjas de los farellones se interrumpían por los trazos de viento.

Resultaba graciosa tanta penuria y mi risa desataba mayor furia en ese despliegue de nieve, lluvia y granizo. Mi ropa estilaba, mis pies chapoteaban dentro de esas botas negras que me regalaste. Cada una de las cicatrices que tengo en mis piernas, en mi espalda y en mi rostro, me dolían.

La tormenta dejaba espacio al silencio, el camino se hacía más ancho y más duro. Ahora todo era piedra y fuentes oscuras de agua que acompañaban mi ascensión. Me internaba en una noche ilimitada que sólo existe en las alturas. Una noche muda bajo la cual puede verse el mundo, sus valles, sus templos y ciudades. Abajo está el sol intermitente y opacado por nubes vivas. Al frente, algo busca en mis ojos una mirada y exhibe los dientes. No sonríe.

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