Poema de Juan Cobos Wilkins: «Intenta explicarme mi suicidio»

I.

Hazlo discretamente,

sin señales cifradas, sin mensajes ni símbolos.

Sin énfasis. Que el ángel

o Louis Armstrong no toquen la trompeta.

Que el aire que aquí muevas

no sobresalte a la mariposa de Hong Kong.

II.

Tampoco

elijas una ciudad hermosa y literaria.

Ni Trieste ni Macondo.

En tu casa

-si es que tienes-,

tal vez

una tarde suave y elegante igual que un galgo afgano

o un alba inescrutable igual que un galgo afgano.

Quizás tras demorarte en una larga ducha muy caliente

y en el cristal de vaho escribir un secreto

que ha de borrarse pronto. Acaso

tras caer unas cerezas en tu boca

y recordar

qué misteriosos, mágicos, eran los gusanos de seda.

III.

Evita releer cartas de amor, escuchar

el cuarto movimiento de la Quinta de Mahler,

ver fotos de familia y amigos.

Sí puedes

resbalar lentamente la yema de tu dedo

por la caligrafía nublada ya, difusa, de tu madre,

y pedir que a la memoria venga

el color indefinible de los hermosos ojos de papá.

IV.

Ponte ese olvidado suéter de cachemir azul, aún te favorece,

y unas gotas de la colonia fresca.

Y no hay más.

En la nada, esto es todo.

El suicidio como una de las bellas artes.

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