Cine: «Los delincuentes» de Rodrigo Moreno

por Miguel Martín Maestro

Empecemos por el principio. Hugo Fregonese. Sin Fregonese quizás no existiera la película de Moreno, o al menos no existiría igual. La referencia a Apenas un delincuente de 1949 no es tangencial en Los delincuentes, se encuentra en el sustrato mismo de ésta pues adopta el núcleo central de la película de Fregonese; la historia del oficinista cansado de ver pasar dinero por delante de sus ojos y prepara un plan en el que se hará con la suficiente cantidad de dinero para vivir sin trabajar a cambio de un pequeño precio, pasar unos años en la cárcel. Para ello necesita otro cómplice, alguien que no participe del robo ni sepa casi del mismo pero que acepte guardar el dinero hasta que el condenado cumpla su condena, y cuando esto tenga lugar repartirse el botín y continuar cada uno por su lado. La película de Fregonese no abandona en ningún momento el código del cine negro junto con el de cine carcelario, la película de Moreno va mucho más allá hasta conseguir casi olvidarse de la de 1949 y deambular libremente en su estructura narrativa y argumental. La indudable mejor película de Fregonese, director que filmó dentro y fuera de Argentina, en castellano y en inglés, que frecuentó el género, que revisó a Jack el destripador, a Mabuse, a Los tres mosqueteros, a Marco Polo, que filmó westerns argentinos pero también del oeste norteamericano, propicia la aparición de la mejor película argentina de 2023 ya que el año de producción de Trenque Lauquen es 2022.

Sentado el origen de Los delincuentes con su referente cinematográfico, la película comienza con una escena que después se descubre ajena al desarrollo de la historia, desligada por completo incluso como mcguffin de todo lo que veremos pero que, sin embargo, analizada tras tres horas de proyección alcanza un significado que al principio sería impensable. En esa escena inicial, una clienta del banco que va a ser objeto del desfalco por parte de Morán (Daniel Elías) tiene dificultades para retirar fondos porque los empleados han dado cuenta de que su firma es idéntica a la de otro cliente con el que no tiene relación alguna. La escena empieza y termina ahí, no sabremos qué ocurre con el otro cliente, cómo se aclara el suceso, cómo es posible esa identidad de firmas o si se trata de un error en la ficha bancaria, pero cuando se vuelve sobre ella la escena sí tiene sentido global, la película se juega en un campo de espejos donde los reflejos son casi simétricos; dos partes, dos ambientes, dos escenarios, doble pantalla, dos amantes de la misma mujer, el dos resulta que se ha adueñado de la pantalla desde la escena inicial cuando las firmas se duplican, es un aviso que Moreno introduce aunque quede sepultado por la contundencia de lo que viene después y terminemos olvidando ese comienzo.

Si la idea del hurto y el reparto del botín es heredera directa de la historia original de la película de Fregonese ahí podemos señalar que termina la coincidencia, afortunadamente para la película de Moreno, que se desprende por completo de la idea del «remake» y construye un relato con una permanente deconstrucción de los personajes y en el que la historia va evolucionando de manera que los dos delincuentes parecen trabajar sometidos por los principios de la ósmosis influyendo uno en el otro pese a la distancia que les separa y sin apenas mantener contacto directo. Morán y Román (Esteban Bigliardi) alcanzan ese pacto por el que Morán acepta la idea de pasar tres años en presidio para, a la salida, repartirse el botín que guarda Román. Por el camino aparecerán Morna, Norma, Ramón… El juego de nombres apenas variando el orden de las letras añade confusión al espectador para discernir quien es el interpelado en cada momento pero favorece esa idea de interconexión, de mínimas variantes entre todos ellos buscando la satisfacción de una idea, la de vivir sin preocupaciones laborales y materiales, vivir de las rentas con independencia del origen y la moralidad de la conducta.

Cuanto más avanza el metraje más notoria es la separación entre Moreno y Fregonese. Donde el primero se centra en el relato carcelario violento y amenazador Moreno aprovecha para introducir la poesía como bálsamo redentor que suaviza la relación de Morán con Garrincha y su banda (Germán de Silva, actor que interpreta dos papeles, el de líder del gang carcelario y el de director de la sucursal bancaria) en dos escenas que funcionan como paréntesis y en las que la idea de la gran escapada, aunque sea la metafórica del lenguaje, se agarra a las imágenes de ese decrépito centro penitenciario en el que los versos de «La gran salina» resuenan entre las melancólicas miradas de los internos como la máxima idea de libertad que puede aspirarse. Consumado el hurto y repartidos los papeles entre ambos empleados la película crea una fina e inspirada reflexión donde lo artístico, la creación, empiezan a iluminar el relato para que tome otras derivas absolutamente apartadas del cine criminal: desde la reflexión del cineasta que no sabe para qué filmar, Ramón, del grupo que vive en la naturaleza en absoluta libertad y que cautiva por igual a Morán y Román sin que ellos sean conscientes de compartir el mismo deseo y la misma atracción por la misma mujer en tiempos separados, Moreno bifurca el relato y éste regresa por los derroteros de la digresión y la constante mutación de géneros, protagonistas, tiempos, sensaciones; la vida se multiplica por las arterias invisibles de la obra cinematográfica aportando interpretaciones y más interpretaciones que nos hacen olvidar de dónde ha surgido el conflicto.

Parecería que la película se convierte así en una oda libertaria que es acotada por el personaje que mejor mantiene sus pies en la tierra; el de Norma (Margarita Molfino) que habrá de poner final a la aventura al comprobar que ambos hombres se acercan más al concepto argentino del «boludo» que del anarquista, carentes de principios y de ética para conseguir sus fines. Y como todo buen relato del actual cine argentino el final ha de ser abierto; en esa espera del reencuentro entre el oficinista que guardó el botín y el que se acerca al shangrila paisajístico para efectuar el reparto resuenan los ecos del western, de un enfrentamiento cara a cara entre dos hombres que, esperando, han tomado conciencia del caprichoso destino que les ha hecho enamorarse de la misma mujer y cuya conclusión lo mismo puede conducir al abrazo como al tiroteo. Ese paisaje montañoso que recuerda al Duelo en alta sierra o al de El último refugio se transforma así en el colofón de una gran película mutante, de las que saben acoger una idea ajena para ir transformándola hacia un relato propio, plagado de soluciones visuales admirables, de guiños artísticos que relacionan a todos sus personajes con un aspecto de la creación, con pantallas duplicadas en las que los actores parece que se pasan el testigo uno al otro de manera coordinada y planificada cuando no es más que consecuencia del azar. Una gran película.

 ficha técnica:
Argentina-Chile-Brasil-Luxemburgo, 2023). Título original: Los delincuentes. Guion y dirección: Rodrigo Moreno. Elenco: Daniel Elías, Esteban Bigliardi, Margarita Molfino, Germán De Silva, Laura Paredes, Mariana Chaud, Gabriela Saidón, Cecilia Rainero, Javier Zoro Sutton, Lalo Rotavería, Iair Said, Fabián Casas, Agustín Toscano y Adriana Aizenberg. Fotografía: Inés Duacastella y Alejo Maglio. Edición: Manuel Ferrari, Nicolás Goldbart, Rodrigo Moreno, Dirección de arte: Gonzalo Delgado y Laura Caligiuri. Sonido: Marcos Lopes Da Silva y Roberto Espinoza. Productoras: Wanka Cine, Rizoma Films, Jaque Content, Les Films Fauves, Jirafa Films y Punta Colorada de Cinema. Duración: 187 minutos

(Fuente: EAM)

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