Novela corta de Eduard Limonov: «Soy yo, Edichka»

El Hotel Winslow y sus habitantes
Si pasas entre la una y las tres de la tarde por la avenida Madison, donde se cruza con la calle Cincuenta y cinco, no te hagas el remolón, inclina hacia atrás la cabeza y levanta la vista hacia las sucias ventanas del edificio negro del Hotel Winslow. Allí, en la última planta, la decimosexta, en el balcón del medio de los tres que tiene el hotel, estoy sentado yo, medio desnudo. Suelo comer schi[1] mientras el sol me abrasa, soy un gran amante del sol. El schi con col agria es mi sustento habitual, como una cazuela tras otra, cada día, apenas como nada más. La cuchara con la que como el schi es de madera, la traje de Rusia. Está decorada con flores doradas, rojas y negras.

Las oficinas de alrededor me observan intrigadas, con sus paredes de cristales ahumados y sus mil ojos de oficinistas, secretarias y gerentes. Una persona casi desnuda, y a veces del todo, que come schi de una cazuela. De hecho, no saben que es schi. Ven que una vez cada dos días ese tipo cocina algún plato primitivo que echa humo allí mismo en el balcón, en una olla enorme y con un hornillo eléctrico. En algún momento también zampé pollo, pero después dejé de hacerlo. Las ventajas del schi son cinco:

Es muy barato, dos o tres dólares por una cazuela llena, ¡que dura dos días!

No se agria fuera de la nevera ni siquiera cuando hace mucho calor.

Es rápido de preparar: hora y media en total.

Se puede y se debe comer frío.

No hay mejor comida para el verano porque es agrio.

Sofocado, como desnudo en el balcón, no me cohíben esos desconocidos de las oficinas y sus miradas. A veces incluso cuelgo un pequeño transistor verde a pilas de un clavo hendido en el marco de la ventana, me lo regaló Alioshka Slavkovi, un poeta que se está preparando para ser jesuita. Amenizo la ingesta de alimentos con música, y prefiero la emisora española. No soy vergonzoso. A menudo voy con el culo al aire y el miembro blanco en comparación con el resto del cuerpo por mi habitación poco profunda, y me importa un bledo si me ven o no, ya sean oficinistas, secretarias o gerentes. Más bien prefiero que me vean. Probablemente ya están acostumbrados a mí, a lo mejor se aburren los días que no salgo a rastras al balcón. Creo que me llaman «el crazy de enfrente».

Mi habitación mide cuatro pasos de largo por tres de ancho. De las paredes cuelgan, por encima de una mancha heredada de los antiguos inquilinos: un gran retrato de Mao Tse Tung, motivo de espanto de todo aquel que pasa por mi casa; un retrato de Patricia Hearst; una fotografía mía con un icono y una pared de ladrillos al fondo, yo con un tomo grueso en las manos, tal vez un diccionario o la Biblia, y una americana formada por ciento catorce trocitos que cosí yo mismo, Limónov, el monstruo del pasado; un retrato de André Bretón, fundador de la escuela surrealista, que llevo conmigo desde hace muchos años, aunque normalmente los que vienen a mi casa no conocen a André Breton; un llamamiento a defender los derechos civiles de los homosexuales; alguna que otra proclama más, además de un cartel que invita a votar por los candidatos del Partido de los Trabajadores; cuadros de mi amigo el pintor Jachaturian y un montón de papelitos. En el cabezal de la cama tengo un cartel que dice: «Por vuestra y nuestra libertad», tomado de una manifestación realizada junto al edificio del New York Times. La decoración de las paredes se completa con dos estanterías de libros, básicamente poesía.
Creo que ya tenéis claro qué tipo de tío soy, aunque se me ha olvidado presentarme. He empezado a enrollarme pero no os he informado de quién soy yo, se me ha olvidado, me he perdido en la conversación, contento ante la posibilidad, por fin, de dirigir mi voz hacia vosotros, pero no he aclarado a quién pertenece. Perdón, culpable, ahora lo arreglo todo.

Recibo una prestación social. Vivo a vuestra costa, vosotros pagáis impuestos y yo no hago una mierda, voy un par de veces al mes a una oficina espaciosa y limpia en Broadway 1515 y me dan mis cheques. Me considero un canalla, un despojo de la sociedad, no tengo vergüenza ni conciencia porque no me martiriza, no tengo intención de buscar trabajo, quiero recibir vuestro dinero hasta el fin de mis días. Y me llamo Édichka.[2] Y aún os salgo barato. Vosotros salís a primera hora de la mañana de vuestras camas calientes y, unos en coche, otros en metro y autobús, vais corriendo al trabajo. Yo odio trabajar, como mi schi, bebo, a veces me emborracho hasta perder el conocimiento, busco aventuras en barrios siniestros, tengo un traje blanco brillante y caro, un sistema nervioso delicado, y me estremezco al oír vuestras risotadas uterinas en los cines y arrugo la nariz.
¿Que no os gusto? ¿Que no queréis pagar? Es muy poco dinero: 278 dólares al mes. No queréis pagar. ¿Y para qué mierda me habéis llamado, para qué me habéis arrancado de Rusia para venir aquí junto con un montón de judíos? Presentad vuestras reclamaciones ante vuestra propaganda, porque es demasiado fuerte. Es ella, y no yo, la que os vacía los bolsillos.
¿Quién era yo allí? Qué más da, qué diferencia hay. Yo, como siempre, odio el pasado en nombre del presente. Era poeta, sí, poeta, por si os interesa saber de qué tipo no era un poeta oficial, era clandestino, pero ese poeta se fue por donde vino y ahora soy uno de los vuestros, soy un despojo de esos que alimentáis con schi y emborracháis con vino barato y malo de California, a tres con cincuenta y nueve la botella, y aún así os aborrezco. No a todos, pero sí a muchos. Porque vuestra vida es aburrida, porque os habéis vendido a la esclavitud del trabajo, por vuestros vulgares pantalones de oficinista, porque no hacéis más que ganar dinero y nunca habéis visto mundo. ¡Una mierda!
Me he dispersado un poco, he perdido los estribos, perdonad, pero la objetividad no es uno de mis fuertes, además hoy hace mal día, llovizna, es un día gris y aburrido en Nueva York, un fin de semana vacío, no tengo adonde ir, tal vez por eso me he saltado mi estado de ánimo habitual y me he puesto a insultaros demasiado. Disculpad. Seguid viviendo, y rezad a Dios para que siga sin saber usar el inglés correctamente el mayor tiempo posible.
El Hotel Winslow es un edificio lúgubre y negro de dieciséis plantas, probablemente el más negro de la avenida Madison. El letrero que recorre de arriba abajo la fachada dice «WINSL W», se cayó la letra O. ¿Cuándo? A lo mejor hace cincuenta años. Me instalé en el hotel por casualidad, en marzo, después de mi tragedia, cuando mi esposa Elena me dejó. Iba yo de calle en calle por Nueva York, extenuado, descalzo y con los pies ensangrentados, pasando la noche cada día en un sitio nuevo, a veces en la calle, cuando al fin fui acogido por el ex disidente y ex mozo de cuadra del hipódromo de Moscú, el primer beneficiario del subsidio social (se enorgullece de haber sido el primer ruso en dar con él), Alioshka Shneerzon «el Salvador», un hombre gordo y desaliñado que me llevó de la mano hasta el centro de los servicios sociales de la calle Treinta y uno sin parar de resoplar y logró que en un día recibiera con carácter de urgencia el subsidio que, pese a todo, me relegaba a los bajos fondos de la vida y me convertía en un ser desdeñable y sin derechos, pero yo me cago en vuestros derechos, por eso no tengo que ganarme el pan ni la habitación y puedo escribir tranquilamente mis versos, que nadie necesita para una mierda ni aquí, en vuestra América, ni allá, en la URSS.
¿Pero cómo acabé en el Winslow?
Un amigo de Shneerzon, Edik Brutt, vivía en el Winslow, y yo también empecé a vivir allí, a tres puertas de él. Toda la decimosexta planta está ocupada por celdas, por otra parte igual que muchas otras plantas. Cuando conozco a alguien y menciono el lugar donde vivo, me mira con respeto. Pocos saben que en un sitio así sigue habiendo un hotelucho viejo y sucio poblado por ancianos y ancianas en la pobreza y por judíos solitarios procedentes de Rusia, un lugar donde apenas la mitad de las habitaciones tienen ducha y lavabo.
La desgracia y la adversidad acechan invisibles en nuestro hotel. En el tiempo que llevo viviendo aquí, dos ancianas se han tirado por la ventana: una de ellas, francesa según me dijeron, aún conservaba vestigios de belleza en el rostro, la encontraba siempre paseando sin consuelo por el pasillo, y se lanzó desde la decimocuarta planta al patio, al pozo. Aparte de estas dos víctimas, hace muy poco que el Señor se llevó a la dueña, mejor dicho, a la madre del dueño, un enorme judío elefantino con gorro oriental al que conocí no sé cuándo en una fiesta en casa de mi amiga americana Roseanne. A la madre del propietario, como a todas las señoras mayores, le encantaba mandar en el hotel, aunque el dueño de nuestro mugriento establecimiento era además propietario de otros cuarenta y cinco edificios en Nueva York. No sé por qué le producía placer estar todo el día ahí plantada dando órdenes a los trabajadores del hotel. A lo mejor era una sádica. Hace poco desapareció, la encontraron al anochecer, en el hueco del ascensor, en forma de cadáver arrugado y desfigurado. El diablo vive entre nosotros. He visto muchas películas de exorcistas y empiezo a pensar que es el diablo. Desde mi ventana se ve el Hotel St. Regis-Sheraton. Envidio ese hotel, e inconscientemente sueño con mudarme allí si me hago rico.
En el hotel se trata a los rusos como a los negros antes de la abolición de la esclavitud. Se nos cambia la ropa de cama con menos frecuencia que a los americanos, y en todo el tiempo que llevo viviendo aquí no han limpiado ni una sola vez la alfombra de nuestra planta, que está horriblemente sucia y polvorienta; a veces el viejo grafómano americano de la habitación de enfrente, ese que no para de aporrear la máquina de escribir, sale en calzoncillos, coge la escoba y, a modo de gimnasia matutina, barre la alfombra con energía. A mí me dan ganas de decirle que no lo haga porque lo único que consigue es levantar el polvo en el aire y la moqueta sigue igual de sucia, pero me sabe mal privarle de sus ejercicios físicos. A veces, cuando me emborracho, me parece que el americano es un agente del FBI puesto allí con la misión de seguirme.
Nos dan las sábanas y las toallas más viejas, y yo mismo me limpio el lavabo. En definitiva: somos gente de la peor calaña.
Creo que el personal del hotel nos considera unos inútiles holgazanes que han venido a devorar América, un país de trabajadores honrados con sus peinados de cogote afeitado. Ya me lo conozco. En la URSS también estaban todos siempre renegando de los parásitos, diciendo que había que ser útil a la sociedad. No es culpa mía que ninguno de los dos Estados necesite mi trabajo. Yo hago mi trabajo, ¿dónde está mi dinero? Los dos Estados se llenan la boca diciendo que tienen una organización justa, ¿pero dónde está mi dinero?
La gerente del hotel, Ms. Rogoff, una arpía con gafas y apellido polaco-ruso que en algún momento me aceptó en el hotel bajo la protección de Edik Brutt, no me soporta. Y para qué mierda necesitaba yo la protección de nadie si el hotel estaba lleno de habitaciones vacías, quién iba a vivir en esos cuchitriles. A la señora le cuesta encontrar un motivo para tomarla conmigo, pero se muere de ganas. A veces encuentra un pretexto. Así, si los primeros meses pagaba mi habitación en dos plazos, al cabo de un tiempo de repente me exigió que pagara el mes por adelantado. Formalmente tenía razón, pero a mí me era más cómodo pagar en dos plazos, los días que recibía mi subsidio. Se lo dije, y ella me contestó: «¿Y para comprarte trajes blancos y beber champán sí que tienes dinero?»
Yo no hacía más que pensar qué champán, a qué champán se refería. A veces bebía champán de California, normalmente en compañía de Kiril, un joven amigo mío de Leningrado, ¿pero cómo lo sabía ella? Normalmente bebíamos champán en Central Park. Hasta pasado un tiempo no recordé que, una vez que nos reunimos por el cumpleaños de mi viejo amigo el pintor Jachaturian, cuyos cuadros tengo colgados en la pared, compré, es cierto, una botella de champán soviético de diez dólares y la puse en la nevera para llevarla a la celebración por la noche. Por lo visto Ms. Rogoff comprobaba personalmente todos los días mi nevera, o lo hacía bajo sus órdenes la asistenta, la que limpiaba (o no limpiaba) mi habitación. «Y usted recibe el subsidio social… —dijo en aquella ocasión Ms. Rogoff—. ¡Pobre América!», exclamó con cierto patetismo. «El pobre soy yo, no América», le contesté entonces.
Más tarde se aclararon definitivamente las causas de su animadversión hacia mí. Cuando me aceptó en el hotel pensaba que era judío. Luego, después de observar detenidamente mi crucecita azul con el esmalte desconchado, mi único patrimonio y adorno, comprendió que no era judío. Un tal Marat Bagrov, antiguo empleado de la televisión moscovita y que por aquel entonces aún vivía en el Winslow, me dijo que Ms. Rogoff se le quejaba de que Edik Brutt la había engañado y le había llevado a un ruso. Así, señores, experimenté en mi propio pellejo qué es la discriminación. Es broma: los judíos no viven mejor que yo en nuestro hotel. Creo que, más que el hecho de que no sea judío, lo que no le gusta a Ms. Rogoff es que no parezco infeliz. De mí solo se exigía una cosa: parecer infeliz, saber cuál es mi sitio y no andar por ahí, hoy con un traje y mañana con otro, ante los ojos pasmados de los espectadores. Creo que la complacería mirarme si estuviera sucio, caminara encorvado y fuera viejo. Esa es una visión tranquilizadora, y no la de un perceptor del subsidio con camisas de encaje y chalecos blancos. Es más, en verano llevaba pantalones blancos, sandalias de madera con plataforma y una camisa pequeña que me quedaba ceñida: siempre voy con lo mínimo. Eso también fastidia a Ms. Rogoff. Un día, cuando volvía conmigo en el ascensor, me dijo, mirando con desconfianza mis sandalias y los pies desnudos y bronceados:
—You like hippy. Russian hippy —añadió sin sonreír.
—No —dije yo.
—Sí, sí —replicó ella, convencida.
El trato del resto del personal conmigo es así, así. Solo tengo buena relación con el japonés, o a lo mejor es chino, no los diferencio mucho, pero siempre me sonríe. También me saludo con un indio con turbante, me resulta agradable a la vista. Todos los demás han caído en falta conmigo en mayor o menor medida, y solo hablo con ellos si es para pagar dinero o para que me entreguen una carta o un mensaje telefónico.
Así es mi vida. Los días van pasando uno tras otro, ya han demolido prácticamente un bloque de viviendas entero frente al hotel, en la avenida Madison, van a construir un rascacielos americano. Algunos judíos, y medio judíos, y otros que se hacen pasar por judíos, se han ido del hotel y se han instalado otros en su lugar. Se comportan como los negros en Harlem, viven en comuna, por las noches salen a la calle y se sientan al lado del hotel en los nichos de las ventanas, alguno va dando tragos de un paquetito con bebida y charlan sobre la vida. Si hace frío se reúnen en el vestíbulo, ocupan todos los bancos y entonces el espacio se llena de ruido y jaleo. La administración del hotel se pelea con las costumbres colectivas de los oriundos de la URSS por su propensión al gitanismo, pero siempre en vano. Es imposible obligarles a no reunirse y no sentarse delante del hotel. Y aunque es evidente que esas campechanas reuniones ahuyentan del hotel a las posibles víctimas que estuvieran de paso y de pronto decidieran entrar, parece que ahora la administración ha desistido, qué se le va a hacer.
Yo no tengo mucha relación con ellos. Nunca me paro, me limito a pronunciar las palabras «buenas noches» o «hola a todos». Eso no significa que me lleve mal con ellos, pero a lo largo de mi vida, de mi vida nómada, he visto tantos rusos y judíos rusos distintos que me parecen todos iguales, no me interesan. A veces «lo ruso» brota de forma más clara en los judíos que en los rusos de pura cepa.
Ahora que viene a cuento, hablaré de Semión, un tipo judío canoso que mi ex mujer Elena y yo conocimos en Viena. El tal Semión le ofreció trabajo a Elena. Tenía que trabajar de noche en un pub nocturno de su propiedad llamado Troika, situado al lado de la catedral de San Esteban y de un burdel, y servir alcohol y caviar a trasnochadores ricos. El sueldo que prometió era tan alto que enseguida pensé: «Semión no necesita a Elena de camarera, apunta más alto, está claro que quiere acostarse con ella.» Aún así no me enfadé, por aquel entonces creía en mi esposa y ella aún me quería, así que yo estaba completamente tranquilo.
Por supuesto, no permití que Elena trabajara de noche, en realidad no quería que trabajara en absoluto, pero al conocer a Semión vimos que era un tipo agradable y quedamos varias veces con él en su Troika, y luego en el restaurante que compró con otros dos hombres de negocios.
Semión era de Moscú, luego vivió en Israel, sabía hacer dinero, consiguió incluso sacarlo de la URSS, prosperó. En nuestra última noche en Viena, que pasamos en su restaurante, se abrió a nosotros de verdad cuando se puso a beber y, medio borracho, soltó:
—Aquí he tenido a muchas mujeres, pero ninguna me ha interesado, son frías, espantosas, me dan miedo, todo en ellas me repele. Me dan miedo, por Dios.
Luego Semión se puso a hablar de las mujeres rusas, de Moscú. En aquel momento me resultó extraño lo que decía. Más tarde me he cansado de oír monólogos nostálgicos en Italia o América, aunque quienes los pronunciaban eran emigrantes desgraciados que no tenían trabajo, no sabían adonde ir ni por dónde empezar. Semión sí lo sabía, el restaurante caro donde estábamos era testimonio de ello. Entonces le regaló rosas a Elena, las vendía una mujer con pañuelo, ridícula y conmovedora, aquello era la pequeña, acogedora y sentimental Europa, y no la enorme América metálica, allí había mujeres que repartían rosas. Bebimos vodka, Semión le pidió a la orquesta que tocara Póliushko Pole, vi que estaba llorando y las lágrimas caían en la copa de vodka.
—Nos reíamos del concepto de patria —dijo Semión—, y ahora que estoy aquí sentado, oyendo cómo tocan esta canción, me duele el alma, qué coño voy a ser judío: soy ruso.
Luego se fue sin nosotros en su potente coche azul, hacia Viena, donde había algunos locales para divertirse, y nosotros salimos a contemplar la ciudad. Iba muy rápido y había bebido mucho. Cuando ya estaba en América supe que se estrelló con el coche. Murió.
Por supuesto, solo he contado este destino particular, señores, porque yo no divido a las personas procedentes de la URSS en rusos y judíos. Todos somos rusos. Las costumbres, los hábitos tan dispares de mi pueblo han arraigado en ellos, y tal vez los han destrozado. En cualquier caso, tristemente sé por experiencia que las costumbres rusas no dan la felicidad.
Así que no me paro con ellos junto al hotel, me voy a mi habitación. ¿De qué voy a hablar con ellos? ¿De sus desgracias, de cómo se cansan trabajando en el taxi o en otro sitio? Hace poco, después de un «hola a todos», pasé por su lado camino de Nueva York. Había un tipo nuevo con aspecto de judío georgiano, o más bien de georgiano de nacimiento enmascarado de judío para poder irse de la URSS, que me gritó por detrás:
—¿Y tú, también eres ruso?
—En realidad se me ha olvidado quién soy —dije sin pararme.
Cuando volví al cabo de dos horas pasé de nuevo por su lado, ya de vuelta de Nueva York. El mismo tipo bigotudo y negruzco me dijo, mirándome con resentimiento:
—¿Y tú qué, te has hecho tan rico que no quieres pararte a hablar? —Me pareció gracioso, me eché a reír, pero aún así no me paré para no dar pie a presentaciones. Ya tengo demasiados conocidos rusos. Cuando uno se encuentra en una situación de mierda no tiene muchas ganas de tener amigos y desconocidos desgraciados, y casi todos los rusos llevan marcado el sello de la infelicidad.
Se les reconoce de espaldas por una especie de abatimiento reprimido que impregna toda su figura. Sin apenas tener trato con ellos, siempre los reconozco en el ascensor. El abatimiento es su principal seña de identidad. Entre la primera y la decimosexta planta aprovechan para hablar contigo, para enterarse de si esa América de doscientos años de historia dará la nacionalidad estadounidense a todos los nuevos emigrantes; tal vez exijan redactar una solicitud al presidente. Ni ellos mismos saben para qué necesitan la nacionalidad.
O la conversación puede ir en la dirección contraria:
—¿Has oído que en octubre van a dejar entrar gente?
—¿Dónde? —pregunto yo.
—Cómo que dónde, en Rusia. Un piloto se largó de la URSS en un avión de caza y ahora nos devolverán allí, para compensar, ¿entiendes? Uno se larga, y dejan entrar a dos mil personas. Dos mil que quieren volver. Y la mitad de los solicitantes empieza por pedir que los envíen directamente del avión a un campo de concentración, que quieren cumplir condena por su delito, por haberse ido del país. ¿Tú tienes pensado volver? Me han dicho que te han vuelto a publicar en el Pravda o el Izvestie.
—Bueno, eso fue hace tiempo, en junio —digo yo—. Tradujeron una parte del Times de Londres, pero lo tergiversaron. No, no tengo intención de volver, no se me ha perdido una mierda allí. Me da vergüenza volver, se reirán de mí. No iré, no volveré nunca.
—Aún eres joven —dice él—. Inténtalo, a lo mejor lo consigues. Yo sí que iré —continúa en voz baja—. ¿Sabes? Allí me dejé llevar por la ambición, me di demasiada importancia, y cuando llegué vi que no soy capaz de hacer nada. Quiero tranquilidad, ir a algún sitio de la provincia de Tula, tener una casita, pescar, tener un arma, trabajar de profesor en una escuela rural. Esto es un infierno —dice—. Nueva York es una ciudad de locos. Volveré, ya me he esforzado bastante aquí. Aquí no tienen libertad, tú prueba a decir algo valiente en el trabajo. Te irás sin hacer ruido, en silencio.
Aquel hombre trabajaba, básicamente fregaba platos en varios sitios. Recibía el subsidio por desempleo, 47 dólares a la semana, y vivía en el West, en la calle Ochenta, estaba en el hotel de visita a un amigo.
—¿Juegas al ajedrez? —me pregunta al despedirse.
—No lo soporto —contesto.
—¿Y bebes vodka?
—Bebo vodka —digo—, aunque ahora no muy a menudo.
—Aquí no se bebe —se lamenta—. Antes bebías setecientos gramos con algo de picar, volabas por Leningrado como si tuvieras alas y te sentías bien, contento. Aquí bebes y solo sirve para amortiguar el golpe, es aún peor. Pasa —dice—, te invitaré a borsh.
A diferencia de mí, él hace el borsh utilizando una remolacha especial. Todos se quejan de que aquí no se bebe. Sí se bebe, pero no igual, el alcohol te oprime… yo pronto dejaré de beber, claro.
Durante un tiempo trabajé en el periódico Russkoe Dielo de Nueva York, por aquel entonces me interesaban los problemas de la inmigración. Después de un artículo titulado «Desengaño» me despidieron del periódico: del mal, cuanto más lejos, mejor. Luego ya no tenía ningún interés por el problema de la inmigración. La familia se quebró, el amor que yo consideraba mi Gran Amor agonizaba de dolor, yo apenas me mantenía con vida. Todos estos acontecimientos culminaron con el sangriento 22 de febrero, con las venas abiertas en el portal de la distinguida agencia de modelos Zoli donde por aquel entonces vivía Elena, y luego una semana viviendo como un vagabundo en el centro de Manhattan. Sin embargo, una vez alojado en el hotel, mejor dicho, una vez recuperado, de pronto vi que mi mala fama no había muerto, todavía había gente que me llamaba y venía a verme, con ese hábito tan soviético de pensar que un periodista podía ayudarla. Ay, queridos, pues vaya un periodista estoy hecho, sin periódico, ni amigos ni contactos. Yo evitaba esos encuentros por todos los medios a mi alcance, les decía que no podía ayudarme ni a mí mismo, pero aún así no pude eludir algunos de ellos. Por ejemplo, tuve que quedar con «el tío de Sasha», unos conocidos se salieron con la suya. «Tienes que ayudarle, es viejo, habla con él aunque sea, se sentirá mejor.»
Fui a su habitación. Por el estado en que esta se encontraba, parecía que viviera con un perro. Busqué el perro con la mirada, pero no había ninguno.
—¿Parece que tenía usted perro? —le pregunté.
—No, nunca —contestó él, asustado—, me confunde con otra persona.
Sí, claro, era yo el que me confundía. Por el suelo rodaban huesos, galletas saladas, pieles de fruta, restos que formaban una capa dura y densa, como guijarros en la orilla del mar. Exactamente la misma capa de restos fosilizados de comida cubría la mesa, el armario, el antepecho de la ventana, todos los planos horizontales, incluso los asientos de las sillas. Él era un viejo normal y corriente, gordo y lamentable, con la cara arrugada. Solo sabía de él que se había pasado toda la vida escribiendo sobre el mar y los marineros. Publicaba relatos marinos en la revista de viajes Vokrug Sveta y otras publicaciones soviéticas.
—Quería quedar con usted —dijo con un suspiro— porque me encuentro en una situación desesperada, no sé qué hacer, echo tanto de menos a mi esposa, que es rusa… —Me enseña una foto bajo un cristal y me mira una mujer extenuada—. ¿Para qué me trajeron aquí? —continúa—. Soy incapaz de aprender el idioma. Vivo en muy malas condiciones, he recibido el subsidio, 280 dólares al mes, ahora he llegado a la edad de la jubilación y me han dado la pensión: 218 dólares en total. Me dieron dos cheques, y como persona honrada que soy fui a mi centro de servicios sociales y les dije: aquí tienen los dos cheques, pero no quiero la pensión, quiero el subsidio. La habitación cuesta 130 dólares, solo me quedan 88 dólares al mes para comida, y así no puedo, moriré de hambre, tengo mal el estómago. Fui honradamente, lo dije, devolví el cheque. Y ellos me dicen: «No podemos hacer nada. Por ley tiene que recibir la pensión.» Estaba a punto de llorar.
—¿Y para qué vino aquí? —pregunto yo con maldad.
—¿Sabe? Yo siempre he escrito sobre el mar. En cuanto llega un barco, yo enseguida subo. Los marineros me querían, me hablaban de todo tipo de países. Quería ver mundo. ¿Cómo voy a vivir? —Me mira a los ojos—. Quiero ir con mi mujer, es tan buena… —Llora.
—Vaya a la embajada soviética en Washington —le digo—, a lo mejor le permiten volver, aunque no puedo asegurárselo. Suplique, llore. ¿Aquí no ha escrito nada en contra de ellos?
—No —dice él—, solo un relato en inglés sobre el mar que pronto publicarán en una revista, pero no antisoviético, sobre el mar. Escuche, ¿no me meterán en la cárcel? —me dice, agarrándome de las manos.
—Oiga, ¿por qué le iban a encerrar…?
Quería añadir que nadie lo necesitaba para una mierda, y algo más cáustico, pero me contuve. No me daba lástima. Estaba sentado frente a él en su silla mugrienta de la que quitó con la mano pieles y polvo. Él estaba sentado en la cama, delante de mí sobresalían sus pies viejos con zapatillas azules, me resultaba desagradable: era un viejo tonto y desagradable. Yo era una persona con otra formación, y aunque a menudo prorrumpía en sollozos apagados en la habitación, la inmigración me habría importado un pimiento de no ser por Elena. La masacre del amor, el mundo sin amor me resultaba aterrador. Pero ahí estaba yo sentado frente a él, flaco, malvado, bronceado y en tejanos y chaqueta entallada, con los muslos pequeños que me dolían de estar sentado, pura maldad. Podía desearle que se convirtiera en alguien como yo y cambiara sus miedos por mis maliciosos terrores, pero él no quería ser como yo.
—¿Cree que me dejarán entrar? —dijo en tono servicial.
Estaba seguro de que no le iban a dejar entrar, pero tenía que consolarle. No sabía nada de él, aparte de lo que él mismo decía, a lo mejor no era tan inofensivo como aparentaba en su situación actual.
—Me gustaría pedirle —dice, viendo que me levantaba de la silla— que no hablara con nadie de esta conversación. Por favor.
—No diré nada —digo yo—. Perdone, pero me esperan.
Las zapatillas azules me acompañaron hasta la puerta. En el ascensor suspiro aliviado. Que le den a ese idiota.
De todas formas, le conté a Levin mi conversación con él, como una travesura.
David Levin tiene aspecto de espía o de provocador típico del cine popular soviético. Yo no soy un maestro del retrato, pero lo más característico de su fisonomía es la calva, solo en los costados de la cabeza aparece una especie de pelusilla. No lo conocía, pero me dijeron que había dicho sobre mí algunas cosas sucias por la espalda. Es un chismoso increíble, ese Levin. Me lo dijo Lenia Kosogor, el que aparece en el segundo tomo de Archipiélago Gulag. Me importaba tan poco todo eso de la inmigración rusa, la antigua, la nueva y la futura, que me limitaba a reír. Pero cuando me instalé en el hotel, un día, para mi sorpresa, me paró y me dijo en tono de reproche que era un arrogante por no querer hablar con él. Yo le dije que no era un arrogante, que en aquel momento tenía prisa pero que unas horas más tarde cuando volviera pasaría a verle. Y fui.
Para un ruso más o menos sensato, otro ruso no es ningún enigma. Mil signos indican enseguida cómo y quién es esa persona. Levin me daba la impresión de ser alguien que en cualquier momento se deja llevar por la histeria y se pone a vociferar. Sé de antemano lo que va a gritar. Será más o menos la siguiente frase: «¡Vete, puta, por qué pones esa cara, quieres que te arranque los ojos, ostra asquerosa!» Esa frase de delincuente resume todas mis impresiones de Levin. No conozco con detalle su vida, pero sospecho que probablemente en la URSS estuvo en la cárcel por algún delito. O tal vez no.
Dice que es periodista, pero en los artículos de Levin publicados en la propia Russkoe Dielo no hay más que cagadas, como que en la URSS solo los miembros del KGB viven en casas nuevas y otros cuentos. Ahora dice que es periodista de Moscú, pero cuando me crucé con él en Roma decía que era periodista de Arjánguelsk. Todo lo que cuenta sobre sí mismo es contradictorio. Por una parte dice que vivía muy bien en la URSS, que en los viajes por trabajo «iba en aviones del Comité Central», y por otro que en la URSS había sufrido antisemitismo. Ahora mismo vive exclusivamente del dinero que recibe de organizaciones judías o directamente de la sinagoga. Es otro tipo de subsidio social. No sé cuándo le hicieron una operación en el abdomen, me parece que utilizaba su desgracia como un medio para sacarles dinero a los judíos americanos. En realidad él me importa una mierda, qué puede tener de interesante una persona de cincuenta y tantos años con mala salud, que vive en un hotel de mierda y está escribiendo la obra de teatro Adán y Eva, que me leyó avergonzado. Yo también me cohibí, incluso me supo mal ofender a Levin, así que le dije que ese género literario no era lo mío y por eso no podía decirle nada sobre su obra. No podía decirle que su Adán y Eva no era ningún género literario, sino una forma de atontamiento consecuencia de la vida occidental en la que él, como todos nosotros, entró al llegar aquí. El aún aguanta bien, otros se volverán locos.
Ya en la primera conversación, Levin se puso a tirar mierda sobre todo el hotel, todos sus habitantes, pero era evidente que le jodía estar solo, y de vez en cuando se juntaba con alguno. Se juntó también conmigo, me llevó a la sinagoga con él, a un concierto, me presentó a una mujercita judía que hablaba en ruso, al principio asistía al servicio en la sinagoga, además estuve sentado durante todo el servicio mostrando interés y veneración, me comporté con decencia y cautela, mientras Levin charlaba sin parar con la viejecita. Gracias a él entré en ese mundo, pero me aburrían esas comidas familiares judías a las que me invitaban, no me convenían. Me encanta el pescado relleno y el picadillo de arenque, pero soy más de explosivos, congresos y emblemas rellenos, como veréis más adelante. A Édichka le aburre la vida normal, ya se apartó de ella en Rusia, no iba a dejarme llevar aquí por el sueño y el trabajo. Y una mierda.
Levin vino a verme varias veces después de aquello, y a pesar de que me esforcé por inculcarme el amor al prójimo y pensaba que debía compadecer a todos los desgraciados, y Levin entraba a mi juicio en la categoría de «persona desgraciada», y de que, pese a su maldad, realmente me daba lástima, tuve que poner fin a nuestra amistad. Todo lo que vio en mi habitación y todo lo que le dije, a sabiendas de que lo iba a multiplicar, inflar y distorsionar, logró exagerarlo aún más con sus hipérboles absurdas. El retrato de Mao Tse Tung de la pared se convirtió en mi ingreso en el partido chino. No sabía a qué partido chino se refería, pero había que reducir la cantidad de rusos en mi vida, y Levin entró en esa reducción, pobre víctima maliciosa. Me saludo con él y a veces le miento durante medio minuto. No me cree, pero escucha y luego me voy. «Tengo cosas que hacer», le digo.
Fuera de su sitio, sin el entorno habitual ni un trabajo normal, en los bajos fondos de la vida, la gente tiene un aspecto lamentable. En algún momento fui a bañarme en Long Beach con el furibundo judío Marat Bagrov, un tipo que se las arregló para montar una contramanifestación en respuesta a la manifestación a favor de la libre salida de los judíos de la URSS que transcurría por la Quinta Avenida. Ahí salió él con las consignas: «¡Basta de demagogia!» y «¡Ayudadnos aquí!». Así que fuimos a Long Beach, Marat Bagrov conducía el coche que le robaron al día siguiente, y el ex campeón de ciclismo de la Unión Soviética Naum y yo éramos los pasajeros. Íbamos de invitados a casa de dos friegaplatos que trabajaban en Long Beach, en una casa para senior citizens. Sin apenas mirar las habitaciones situadas en un sótano donde vivían los friegaplatos, uno de los cuales había sido músico antes, el otro industrial y hombre de negocios, especialista en ahumar pescado, crucé un cercado para ir a la playa sin pagar los dos dólares.
Las gaviotas, el océano, la niebla salina, la resaca. Estuve un buen rato tumbado solo, no sabía en qué mundo me encontraba. Más tarde llegaron Bagrov y Naum. «¡Maldita emigración!», no paraba de decir el ex campeón de treinta y cuatro años.
—Cuando acababa de llegar a Nueva York, fui a comprar el periódico, compré el Russkoe Dielo y ahí estaba tu artículo. Para mí fue como un mazazo. ¿Pero qué he hecho?, pensaba, ¿para qué mierda he venido aquí?
Mientras habla va cavando un hoyo en la arena. «¡Maldita emigración!» es su estribillo constante. Lleva ya unos meses trabajando, en su último trabajo reparaba bicicletas y organizó una huelga junto a otros dos trabajadores —un puertorriqueño y un negro— para exigir el mismo sueldo para todos. A uno de ellos le pagaban dos y medio la hora, al otro tres, y al tercero tres y medio.
—El boss llamó al negro y cuando llegó le preguntó por qué no estaba trabajando si era el horario laboral —dice Naum, que seguía cavando el hoyo mecánicamente—. El negro va y le dice al boss que tenía visita en el médico y por eso se había ido antes. Luego le pregunta al puertorriqueño por qué se ha ido antes del trabajo. Este también se acobarda y le dice que tenía que ir a la Social Security. Yo voy y le pregunto al boss por qué no nos paga lo mismo a todos si trabajamos lo mismo… —Naum se va encendiendo—. Él despide al negro y le dice que se puede ir. Yo me fui por voluntad propia, y ahora trabajo de soldador, sueldo camas, son unas camas muy modernas y muy caras. Las sueldo una vez, luego limo las juntas, compruebo que no haya agujeritos, que la oquedad está bien, y si no vuelvo a soldar y a limar. Llego a casa y tengo toda la cabeza llena de polvillo…
Naum vive en Broadway, en el West Side, allí también hay un hotel parecido al nuestro donde van a parar los judíos. No sé cómo son las habitaciones, pero el barrio es un poco peor, más de rateros.
—¿Te sigues tirando a tu negra? —le pregunta Bragov, pragmático.
—A esa ya no —contesta Naum—, se volvió una descarada. Antes cobraba cinco, ahora siete y medio. Eso no me importaría, pero un día llamó a la puerta a las dos de la madrugada, la dejé pasar, y me dijo que folláramos. Yo le dije que vale, pero gratis, y ella va y me dice que gratis no. Yo le digo que solo tengo un billete de diez, que no tengo más dinero. «Entonces dame el de diez, mañana te traeré el cambio y te doy uno gratis», me dice. Follamos y se fue a la mierda durante una semana. Y yo no tenía más dinero. Al cabo de una semana vino y me pidió dinero por adelantado, sin decir ni mu del cambio que me debía. Le digo que se largue y ella me suelta: «Dame dos dólares por venir hasta aquí, el portero me ha abierto la puerta y me ha acompañado al ascensor, le he prometido dos dólares por dejarme pasar.»
—¿Y se los diste? —preguntó Bragov con interés.
—Sí —dice Naum—, pero paso de ella, tiene un chulo.
—Sí, mejor que pases de ella —dice Bragov.
—¡Maldita emigración! —exclama Naum.
—Hay que pelearse, robar, matar —digo yo—. Organizar una mafia rusa.
—Si escribo una carta a la Unión Soviética —dice Bagrov sin escucharme—, chicos, no entenderán una mierda. Tengo un amigo, un deportista, que soñaba con ir a los Juegos Olímpicos. Le escribiré para contarle que he ido en coche a los Juegos Olímpicos de Montreal, se morirá de envidia. Fui a Montreal cuando aún no trabajaba, con la prestación de desempleo.
—¿Qué mierda le vas a contar, que aparte del coche y de Montreal aquí puedes estar con la mierda hasta el cuello? Es imposible de explicar —dice Naum—. ¡Maldita emigración!
—Sí, es imposible de explicar. Y si viniera, no le importaría nada Montreal y también estaría de mierda hasta el cuello. Por el coche pagué ciento cincuenta dólares, y es una porquería.
Una vez terminado el baño —durante el cual aquellos hombres adultos estuvieron dando volteretas como niños en las olas, algo que yo, Édichka, no pude soportar durante mucho tiempo—, fuimos los últimos en irnos de la playa, cuando el sol ya se ponía, comentando que en América poca gente nada o se baña, la mayoría se limita a sentarse en la orilla, o a entrar en el agua hasta la rodilla y chapotear, mientras que en la URSS todo el mundo pretende nadar un poco más allá y las lanchas de salvamento tienen que sacar a los bañistas más entusiastas y obligarles a nadar cerca de la orilla.
—Esa es una diferencia esencial entre el carácter ruso y el americano: el maximalismo —digo yo entre risas.
Vamos a casa de los friegaplatos y en la habitación de uno de ellos montamos una comilona: dos lavaplatos, un soldador, un desempleado y un perceptor del subsidio social. Hace unos años, si nos hubiéramos reunido en la URSS, seríamos un poeta, un músico, un deportista campeón de la Unión Soviética, un millonario (uno de los lavaplatos, Semión, tenía cerca de un millón en Rusia) y un periodista de televisión conocido en todo el país.
—Hoy el jefe se ha pasado todo el día observándonos, sabía que teníamos invitados, por eso hemos podido coger menos comida de lo normal —se justifican los lavaplatos. Comemos pollo prensado, conversamos animadamente, nos servimos whisky de una botella de casi medio litro, deprisa porque ya ha anochecido y aún tenemos que llegar a Manhattan.
El músico trabaja aquí para reunir dinero y comprar un billete a Alemania, quiere probar, quizás allí la situación sea mejor. El violín está en un rincón, cuidadosamente envuelto en trapos encima de la funda. Dudo que lavar platos le permita perfeccionar su técnica con el violín. En realidad el músico no está seguro de querer ir a Alemania, también tiene un deseo paralelo de enrolarse en un barco liberiano como marinero, y además le gustaría ir a California.
Como muestra pintoresca de lo que nos depara el futuro aparece un colega de los lavaplatos, un viejo ucraniano. Recibe por el mismo trabajo sesenta y seis dólares limpios a la semana. «Es sumiso, su jefe lo explota como quiere, y además ya es viejo, no puede trabajar tan rápido como nosotros», dicen los lavaplatos directamente delante del viejo, que no siente vergüenza ninguna y sonríe desconcertado.
Abandonamos a los hospitalarios lavaplatos y, con la temperatura descendiendo a cada paso, nos dirigimos a Nueva York por las hermosas carreteras americanas. Avanzamos, nos enfadamos, soltamos tacos, nos ponemos gallitos, pero enseguida nos separamos y cada uno se queda consigo mismo.
El Hotel Winslow. Me instalé aquí para un mes, para calmarme y situarme y luego alquilar un piso en el Village o un loft en el Soho. Ahora me conmueve mi propia ingenuidad. Ciento treinta dólares es todo lo que puedo pagar, con ese dinero apenas puedes instalarte en algún sitio de la avenida C o D. En ese sentido, el Hotel Winslow es todo un hallazgo. A fin de cuentas está en el centro, ahorro en transporte y voy a todas partes a pie. Y los inquilinos, bueno, puedes no tener relación con ellos.
Cuando me obligaba a acostarme con la americana Roseanne, como parte de un programa diseñado por mí de adaptación a mi nueva vida, volvía a casa muy tarde, a las dos o dos y media de la noche. A veces había taxis junto al hotel, con huéspedes del hotel sentados en el sitio del conductor.
—¿Cómo va? —preguntaba yo.
—Ya tengo treinta y dos dólares —me dijo un tipo afeitado al cero al que conozco pero cuyo nombre no recuerdo—. Ahora volverá la gente de los bares y yo empezaré a conducir otra vez.
Se acerca otro taxi. Los conductores comparten sus lamentos ante la falta de clientes.
Hubo un tiempo en que estaba de moda trabajar en un taxi, ahora la moda ha pasado un poco. En primer lugar porque mataron a un taxista ruso, y no es una noticia muy agradable cuando uno trabaja en un taxi, además a dos tipos de nuestro hotel los despidieron por llegar tarde al parque de taxis.
En nuestro hotel también hay gente inteligente. Edik Brutt, por ejemplo, es vegetariano y se pasa todo el tiempo leyendo, completando su formación. Lee lírica de los antiguos, y a Omar Jayyam, las obras de Shakespeare y filosofía china, en ruso, claro. Edik es un tipo bueno, tranquilo y con bigote, tiene un amigo americano, un tío alto de unos cuarenta años que sabe muchos idiomas, por lo demás se parece a Edik, no se relaciona con mujeres y a sus cuarenta años vive con su madre. Ese americano, de apellido Bant, suele llevar a Edik no sé dónde a oír música de órgano. Una distracción cultural. Yo no aguantaría ni cinco minutos, pero a Edik le gusta, y yo lo respeto.
En Moscú Edik era operador de cine o asistente de operador de cine. Ahora lleva una vida tranquila, da de comer a todo el que va a verlo, presta dinero, te daría hasta el último dólar, y recibe la prestación social.
Otro intelectual de nuestro hotel es un hombre alto y rubio de treinta y tres años, el poeta Zhenia Knikich. Como veis, tiene un apellido típico de Leningrado, muy refinado. Su especialidad es la filología, defendió su tesis sobre la novela de Dostoievski Stepanchikovo y sus habitantes, desde el punto de vista de la singularidad. Cocina riñones o salchichas en un desván que da a un pozo oscuro del patio, sentada en su cama hay una chica americana fea que le enseña inglés, de las paredes cuelgan hojas con expresiones escritas en inglés del tipo «quiero trabajar». No se corresponde con la realidad, Zhenia no tiene muchas ganas de trabajar, su intención ahora es recibir el subsidio social. «Soy un investigador serio», me dice. Yo creo que es un investigador serio, por qué no, pero él y yo sabemos que nadie necesita para una mierda a un investigador serio, especialista en Gógol y Dostoievski, profesor de estética de profesión. Se necesitan lavaplatos serios que hagan el trabajo sucio sin disertaciones literarias. La literatura también tiene su mafia, como en el arte, en cualquier tipo de negocio existe una mafia.
En la inmigración rusa también existen los mafiosos. El rubio Zhenia Knikich no estaba tan preparado para eso como yo. Igual que hice yo en su momento, Zhenia trabajaba en el periódico Russkoe Dielo con uno de los principales mafiosos de la inmigración rusa: Moiséi Yákovlevich Borodátij. Los mafiosos nunca permiten que otros accedan al chollo, una mierda. Está en juego el pan, la carne y la vida, las chicas. Nosotros ya sabemos de qué va, intenta abrirte camino en la Unión de Escritores de la URSS. Te aplastan, porque está en juego el pan, la carne y las tías. No es una lucha por la vida o la muerte: es por los coños de las Elenas. No es ninguna broma.
A veces se apodera de mí una rabia gélida. Miro desde mi habitación las paredes de los edificios vecinos que se alzan hacia el cielo, toda esa ciudad grande y aterradora, y entiendo que esto es muy serio. Es ella o yo, la ciudad o yo. O me convierto en ese lamentable viejo ucraniano que fue a la triste y lamentable comilona en casa de mis amigos los lavaplatos, donde él era aún más triste y lamentable o… o hay que vencer. ¿Cómo? Y yo qué sé cómo, a lo mejor el precio es la destrucción de esta ciudad. Por qué me voy a compadecer de ella, si ella no se compadece de mí. Hay otros, no soy el único. En cualquier caso, nunca sacarán mi cadáver del Hotel Winslow como si fuera un estúpido trozo de madera.
Una aterradora seriedad, una cierta aspereza por mi situación me atenaza a primera hora de la mañana; me pongo en pie, tomo café, me deshago de los pedazos somnolientos de alguna canción o verso triste ruso, de algún que otro delirio ruso, me siento con mis papeles, ya sea inglés o lo que intento escribir. Miro por la ventana todo el tiempo. Esos edificios me irritan. ¡Me revuelven las putas tripas! Aquí he empezado a soltar muchos tacos. «Es poco probable que consiga expresarme en este sistema», pienso, saboreando con melancolía el largo y arduo camino, pero hay que intentarlo.
La comida barata, no siempre abundante, las habitaciones sucias, la ropa pobre y mala, el frío, el vodka, los nervios, la segunda esposa que se volvió loca. Diez años de esa vida en Rusia y ahora a empezar de nuevo, ¿dónde está la justicia en este puto mundo?, me dan ganas de preguntar. Estuve diez años trabajando un día tras otro, escribí tantos poemarios, tantas poesías y relatos, muchos tuvieron éxito, fui capaz de crear en mis libros una imagen definida del hombre ruso. Y los rusos me leían, compraron los ocho mil poemarios que imprimí y repartí durante esos años, los recitaban de memoria, los leían.
Pero un día comprendí que no llegaría más lejos que eso, está bien, en Moscú me leen, y en Leningrado, y mis poemarios llegaron a una decena más de ciudades grandes, la gente me aceptó, pero no el gobierno. Lo que yo hago se puede difundir por todos los medios artesanos que quieras pero así nunca se llega al pueblo. Siento una amargura en el alma porque a un tal Rozhdestvenski le hicieron tirajes de miles de ejemplares, y a mí no me publicaron los poemas. A la mierda vosotros y vuestro sistema, pienso, trabajo para vosotros desde 1964, cuando dejé la venta ambulante de libros, no insistiré más. Me iré a la mierda con mi querida esposa, me iré a ese otro mundo, dicen que allí los escritores son más libres.
Y llegué aquí. Ahora veo que aquí o allá es la misma mierda, cada sitio tiene sus pandillas. Pero aquí pierdo por partida doble porque soy escritor ruso, escribo palabras en ruso, y resulta que estoy malacostumbrado a la fama en la clandestinidad, a la atención del Moscú clandestino, a la Rusia creativa donde el poeta no es un poeta como en Nueva York. En Rusia, desde tiempos inmemoriales, un poeta es una especie de líder espiritual; allí, por ejemplo, conocer a un poeta es un gran honor. Aquí el poeta es una mierda, por eso incluso Joseph Brodsky se entristece en vuestro país. Una vez me dijo, mientras bebía vodka durante una visita a mi casa de Lexington: «En este país hay que tener piel de elefante, yo la tengo, pero tú no.» Jospeh Brodsky sentía la melancolía de haberse vuelto dúctil al orden de este mundo, pese a no haber sucumbido al otro orden. Yo entendía esa tristeza. En Leningrado, aparte de las dificultades, tenía a decenas de miles de admiradores, lo recibían con gran entusiasmo en todas las casas por las noches, las Natashas y las Tanias, las preciosas chicas rusas eran todas suyas porque él, un joven judío pelirrojo, era un poeta ruso. El mejor lugar para un poeta es Rusia. Allí incluso las autoridades temen a nuestros hermanos. Desde siempre.
Los otros chicos, mis amigos, los que se fueron a Israel, eran unos nacionalistas, cuando se fueron pensaban que en Israel encontrarían el modo de aplicar su inteligencia, su talento, sus ideas, pues lo consideraban su Estado. ¡Pero qué iba a serlo! No es su Estado. Israel no necesita sus ideas, su talento o su capacidad de razonamiento, no, Israel necesita soldados, lo mismo que en la URSS, ¡uno, dos y a callar! Pero si eres judío tienes que defender tu patria. Ya estamos hartos de defender vuestras viejas banderas descoloridas, vuestros valores que hace tiempo dejaron de serlo, estamos hartos de defender «lo vuestro». Estamos cansados de lo vuestro, viejos, pronto seremos nosotros viejos, y dudamos de que convenga, de que sea necesario. A la mierda todos…
«Nosotros.» Aunque me concibo como un ser independiente, todo el tiempo vuelvo a ese concepto: «nosotros». Aquí ya somos muchos. Hay que reconocerlo, entre nosotros hay bastantes locos, y es normal.
Un tal Lenia Chaplin aparece constantemente entre los inmigrantes. En realidad no es un Chaplin, tiene un apellido judío muy complicado, pero ya en Moscú estaba secretamente enamorado de la hija pequeña de Chaplin y en su honor adoptó ese pseudónimo. Cuando dicha hija se casó, Lenia estuvo de luto e intentó envenenarse. Lo conocí en Moscú, solo estuve una vez en su casa por su cumpleaños, aparte de mí solo había una persona, el filósofo Bondarenko, un tipo medio normal, ideólogo del fascismo ruso, auxiliar en una tienda de vino y bebidas alcohólicas. Me sorprendió la habitación estrecha de Lenia, como un tranvía, con todas las paredes cubiertas por varias capas de personajes grandes y pequeños de nuestro mundo. Estaban Oswald y Kennedy, Mao y Nixon, Che Guevara y Hitler… nunca había visto una habitación más delirante. Solo el suelo estaba libre de personajes. Unas cabezas se pegaban encima de otras, la capa de papel tenía un dedo de grosor.
Después de pasar por diferentes estados de EE.UU. y, según las malas lenguas, por varios manicomios públicos, ahora Lenia vive en Nueva York y recibe la prestación social. Tiene una manera peculiar de gastar su subsidio. Reserva todo el importe, cerca de doscientos cincuenta dólares. Quiere viajar en un futuro, y a lo mejor alistarse en el ejército americano. Duerme en casa de amigos, y para comer… saca de los cubos de la basura de la calle un trozo de pizza o alguna otra marranada. Además, repite una y otra vez la misma frase: «La gallina se alimenta de granitos.»
En cierto modo somos familia con ese loco de Lenia, que aún sigue siendo un joven inteligente, y en sus tiempos incluso citaba a Nietzsche y escribió no sé qué parábolas budistas sobre tres elefantes. La sobrina de mi segunda esposa, Anna Rubinstein, fue su primera mujer. La lasciva Stella, a quien, en palabras de un viejo amigo mío, «le cabían unas cuantas colas en cada agujero», se tiró al alto y esquizoide Lenia. Mi pariente también vivió en Israel antes que en América.
Lenia siempre está en casa de alguien masticando algo, y a veces también visita a mi vecino Edik Brutt.
—¡La madre que te parió, ya estás otra vez con tus chismes, siempre deambulando, cabrón! —le digo—. Mente sana, deberías estar en casa, escribir algo, trabajar —digo.
—Qué grosero te has vuelto, Limónov —dice Lenia, barbudo y con entradas, vestido con unos tejanos rotos. Le doy un poco de miedo. Incluso la forma de la cabeza y la curvatura de su alta figura confirman que está loco de nacimiento. Yo no veo que sea un pecado o una desgracia especial, solo constato el hecho con alegría.
Sashenka Zelenski sufre un tipo de locura totalmente distinto. Esa mosquita muerta con bigote es conocido por tener una cantidad enorme de deudas para ser inmigrante. No trabaja en ningún sitio, no percibe subsidios y vive exclusivamente de prestado. En la pared del estudio que tiene alquilado, no en cualquier sitio sino en la calle Cincuenta y ocho, por trescientos dólares al mes, luce una inscripción orgullosa: «Mundo: ¡te debo dinero!»
Zelenski terminó en Moscú sus estudios en el Instituto de Relaciones Internacionales. Su padre era un pez gordo de la revista Krokodil. Al llegar a América, Sasha comenzó trabajando de economista en transporte marítimo, esa es su profesión y, como sabe inglés, lo contrataron en su especialidad. Allí ganaba bastante dinero, pero claro, su locura hervía en su interior y exigía víctimas, alguna forma de materializarse. Sasha decidió que era un gran fotógrafo, aunque en la URSS nunca había hecho una sola foto. Creo que Sasha (un hombre flaco que parecía una mezcla de dos escritores rusos, Belinski y Gógol) escogió la fotografía porque según él era una profesión «de moda» y sería la manera más fácil de ganar dinero. Si hubiera decidido que era fotógrafo e hiciera fotografías, trabajara, probara, buscara, estaría bien, simplemente se llamaría «fanatismo». Pero el caso era más grave porque no hacía fotos, no sabía hacer nada y desarrollaba una actividad frenética gracias a préstamos de importes cada vez más elevados. ¿Cómo lo consigue? No lo sé. A lo mejor se pone un gorrito y va a la sinagoga. Es lo que hacen muchos…
¿A cuánto asciende su deuda? No lo sé. Tal vez veinte mil. Llama a gente que ha visto una vez en la vida y les pide dinero, y se ofende mucho cuando se niegan. Hace muchísimo tiempo que no paga por su estudio, no sé cómo todavía no le han echado. Sobrevive a base de pan y agua, está en los huesos, pero por algún motivo no se pone a trabajar. Estuvo un tiempo trabajando de camarero en el Beef Burguer de la calle Cuarenta y tres, pero al cabo de poco tiempo lo echaron.
Su voz es aguda, lleva zapatos planos y tejanos agujereados. Antes tenía la mala costumbre de criticar en voz alta, para su propio sosiego, a fotógrafos célebres, junto con un chico también fotógrafo que vivía en la planta de abajo, Zhigulin. «¿Hiro? Una mierda. Avedon es un viejo chapucero…» Iban pasando nombres. Zelenski y Zhigulin sabían cómo hacer obras maestras, pero por algún motivo no las hacían. Ahora se han calmado un poco.
Actualmente Sashenka Zelenski está esperando que su madre llegue desde Moscú, la quiere mucho. Hace un tiempo se encontraba en un estado tan salvaje que Zhigulin me dijo: «Recuerda mis palabras: se va a ahorcar.» Por aquel entonces no dejaba entrar a nadie en su casa, se quedaba sentado encerrado en la eterna penumbra de su destartalado estudio (lo único que tenía de fotógrafo era el estudio), pero eso pasó. Pronto llegará mamá, y el bigotudo Sashenka, con esa mirada enfurecida (había algo equino en sus ojos, como desviados a un lado, siempre recelosos, siempre con esa suspicacia), a lo mejor obliga a mamá a trabajar, mientras él se dedica al inminente proyecto del anillo, el diseño de un anillo, que luego irá a ofrecer a las joyerías. De vez en cuando viene a verme, a mí, una persona que ha cosido mucho en la vida para conseguir un pedazo de pan, y Zelenski viene a pedirme que cosa para su proyecto una camisa de diseño que oculta con mucho celo. Le digo que compre el material y me traiga su proyecto, y lo coseré enseguida. De eso hace ya dos años, y nunca compra el material ni me trae el proyecto porque todas sus empresas inacabadas solo tienen un nombre: demencia. No de esa que hace que alguien se agarre a una verja, vocifere y salpique baba. No, la suya es una demencia calmada, suplicante, de voz débil cuando intenta imprimir fotografías en color, cuando inventa proyectos de anillos o baterías solares, o de repente decide dedicarse seriamente a la música clásica. El ser humano no tiene tranquilidad en este mundo. Tiran de él por todas partes y le obligan a ganar dinero. ¿Para qué queremos el dinero? Para pasar de ser el estropajoso de Zelenski con sus zapatos planos a ser Zelenski el magnífico, con su Rolls Royce y una preciosa lady blanca y sonriente al lado. Todos los miserables sueñan con chicas blancas. Yo ya tuve a mi chica blanca.

Yo, ayudante de camarero
Los primeros días de marzo me sorprendieron trabajando en el restaurante Old Burgundy, que estaba y sigue estando en el edificio del Hotel Hilton. No se tardaba nada en ir del Hotel Winslow al Hilton, dos manzanas hacia el West Side y bajar una calle.
En el Hilton entré por influencia de Gaidar, un tártaro de Crimea que llevaba diez años trabajando de botones en el Hilton y era toda una institución, de lo contrario no me habrían contratado. Confieso que cometí un delito, entré en el Hilton unos días después de recibir el subsidio. Quería probar antes de decidirme. En un momento dado de mi profunda juventud estudié en una escuela especial para camareros, pero estuve poco tiempo, así que no tenía ninguna formación decente de camarero, fui a la escuela de camareros por casualidad.
Nunca pensé que la necesidad y el azar me llevarían de nuevo a esta profesión. A decir verdad, en el Old Burgundy (con su gran salón rojo con dos balcones y sin ventanas, completamente carente de ventanas como descubrí más tarde) trabajaba de auxiliar de camarero. La joven armenia de la oficina de personal del Hilton que me colocó allí me dijo que si como mínimo hablara medianamente el idioma me contratarían de camarero, y no de auxiliar. Estaba perdiendo dinero por mi desconocimiento del idioma.
En el Hilton había dos mil empleados de servicio. Aquel enorme hotel funcionaba como una gigantesca cadena que no paraba ni un segundo, y nuestro restaurante funcionaba al mismo ritmo. A las siete de la mañana ya aparecían los primeros huéspedes, que básicamente eran apuestos hombres canosos de mediana edad llegados de provincias para algún congreso profesional. Tomaban presurosos el breakfast y se iban a sus negocios. Recuerdo que de vez en cuando nos ponían a todos una ficha de papel en la solapa de la chaqueta roja del uniforme con una inscripción del tipo: «Bienvenidos, queridos participantes en el congreso de la pulpa y el papel. El personal del Hotel Hilton les saluda y les invita al tradicional trocito de manzana roja. Me llamo Eduard.»
Si no era un congreso de la pulpa y el papel, era otra célebre convención. Los caballeros de provincias tenían pagada la estancia en el hotel, todos llevaban los típicos trocitos de cartón donde el camarero escribía el importe de lo que habían comido y bebido.
Aquellos caballeros no aguantaban mucho en las mesas. Los negocios les estaban esperando, así que, tras engullir los productos de nuestra cocina, bastante caros y para mi gusto no muy ricos, salían pitando. Todo ese desenfreno, como he dicho, empezaba a las siete y para mí terminaba a las tres.
Por aquel entonces yo era un tipo silencioso y agobiado, no paraba de pensar en lo que me estaba pasando. Los acontecimientos recientes —la traición de Elena, su separación de mí—, todo ocurrió en medio año y enseguida mutó en tragedia. Así que no me sentía muy bien cuando me levantaba a las seis y media, me ponía el jersey sobre el cuerpo desnudo, el traje gris y la bufanda en el cuello, caminaba unos seis minutos hasta el hotel, bajaba los escalones y veía la inscripción descolorida de todos los días «Que pasen un buen día en el Hilton», al tiempo que me golpeaba en la cara el olor a basura, subía en el ascensor hasta mi restaurante y saludaba a los cocineros, todos ellos cubanos y griegos. Les saludaba de corazón, me parecían simpáticos, toda la cocina y los auxiliares de camarero, camareros, friegaplatos, limpiadores, todos eran extranjeros, no había ningún americano. No tenían una vida demasiado estable, sus rostros no reflejaban una tranquilidad imperturbable como la de los huéspedes, que dirigían grandes negocios de pulpa y papel por toda América. Muchos de ellos, como por ejemplo los destinatarios de las cajas llenas de vajilla sucia que cargaba desde el restaurante, ganaban aún menos dinero que yo. Pese a estar aún sumido en la atmósfera de mi tragedia, consideraba a esa gente de la cocina mis compañeros de desgracia. Y era cierto, por supuesto.
Bueno, entonces yo atravesaba la cocina por la mañana, cogía una mesita con ruedas, la cubría con un mantel blanco y las dos baldas inferiores con servilletas rojas. Sobre las servilletas colocaba unos recipientes especiales, largos y hondos para la mantequilla, a veces unos cuantos tenedores y cuchillos, por si acaso los dos camareros a los que servía no tenían suficiente vajilla, o una pila de tacitas y platitos. Encima, sobre el mantel blanco, colocaba normalmente cuatro jarras de imitación de plata, previamente llenadas de hielo y agua, y un gran cuenco de mantequilla, en trocitos tamaño estándar que sacaba de la nevera y que espolvoreaba con un hielo fino. En el segundo carrito disponía varias cubetas vacías, también imitación de plata, donde a lo largo de toda la jornada laboral iría cargando la vajilla sucia hacia la cocina. Después me acercaba al tablero donde estaban marcadas las posiciones de los auxiliares de camarero para cada día de la semana. Cambiábamos de sitio para que nadie gozara de una ventaja continuada, ya que por algún motivo algunos sitios del restaurante eran los preferidos de los huéspedes, muchas veces ni siquiera el jefe o los maîtres que distribuían a los clientes podían evitarlo. Una vez comprobadas las mesas que debía servir ese día, entraba con mis carritos en el salón del restaurante y los aparcaba en el lugar que conviniera, normalmente para que no quedaran a la vista de los huéspedes. Y luego, como he dicho, empezaba el desenfreno…
Aparecían los clientes. Antes de que el camarero se acercara a ellos yo les daba los buenos días, les llenaba las copas de agua con hielo y les dejaba mantequilla en la mesa. Durante el almuerzo además tenía que ir corriendo hasta el horno, situado en un pasillo entre la cocina y el restaurante, sacar el pan caliente, cortarlo en rebanadas y llevárselo a los huéspedes, cubierto con una servilleta para que no se enfriara. Imaginaos con quince mesas, teniendo que retirar la vajilla sucia y al mismo tiempo cambiar los manteles, comprobar si los huéspedes tienen café, mantequilla y agua y, una vez cambiado el mantel, poner la mesa y colocar los cubiertos y las servilletas. No me daba tiempo a secarme el sudor de la frente, las propinas no eran gratuitas. Ni mucho menos.
Aún así, estaba contento con tanto ajetreo. Al principio me distraía de pensar en Elena, sobre todo durante los primeros días en que no entendía nada, aprendía y el restaurante me parecía interesante. Solo de vez en cuando, cuando cargaba con la vajilla sucia como un poseso, casi cayéndome en las curvas, recordaba con nostalgia que mi mujer se había ido a un mundo más maravilloso que el mío, que fumaba, bebía y follaba, bien vestida y perfumada, que iba todas las noches a una fiesta, que esos que hacían el amor con ella eran nuestros huéspedes, que fue su mundo el que me arrebató a Elena. No era tan sencillo, por supuesto, pero ellos, nuestros repeinados huéspedes americanos, esos gentlemen, que me perdone América, me habían timado, robado, me habían quitado por la fuerza lo que más quería: mi chica rusa.
Mientras cargaba vajilla sucia por el pasillo entre las mesas, sujetando la bandeja con los platos manchados por delante de mí, esas visiones de Elena traicionándome me provocaban sudores fríos y me hacían transpirar, al tiempo que lanzaba miradas llenas de odio a nuestros huéspedes. No era camarero, no escupía en su comida, yo era un poeta que fingía ser camarero, me daban ganas de mandarles a la mierda, pero no podía hacerles una mala jugada, no era capaz.
«¡Haré saltar por los aires vuestro mundo! —pensaba yo—. Yo limpio vuestros restos de comida mientras mi mujer folla y vosotros disfrutáis con ella, solo porque hay una diferencia: ella tiene coño y compradores que lo desean, vosotros, y yo no tengo coño. ¡Haré saltar por los aires vuestro mundo, y esos chicos me ayudarán, los parias de este mundo! —pensaba en un arrebato, tras fijar la mirada en alguno de mis compañeros auxiliares de camarero: el joven Wong, o el delincuente moreno de Patricio, o el argentino Carlos.»
¿Y qué otra cosa iba a sentir hacia ese mundo, hacia esa gente? No era idiota, no me tranquilizaba ningún tipo de comparación con la URSS. No vivía en el mundo de las cifras y los niveles de vida, o del poder adquisitivo. Mi dolor me hacía odiar a nuestros clientes y amar a la gente de la cocina, mis compañeros de desgracia. Estaréis de acuerdo en que es una postura lógica. En mi defensa debo decir que fui consecuente. En la URSS también odiaba a los amos de la vida, el aparato del partido y la multitud de capitostes dirigentes. En mi odio hacia los fuertes de este mundo no quería ser prudente, no quería tener en cuenta las diferentes causas explicativas, ni las respuestas del tipo:
—Pero tú acabas de llegar a América…
—Aquí escribir versos no es una profesión, entiéndelo…
Y demás.
«Que se joda vuestro mundo, aquí no hay sitio para mí —pensaba, desesperado—. Si no puedo hacerlo saltar por los aires, por lo menos moriré en el intento junto a otros como yo…» No imaginaba cómo se iba a concretar la idea, pero por la experiencia de mi vida anterior sabía que a quienes buscan su destino siempre se les presenta una oportunidad, y no me iba a quedar sin la mía.
El chino Wong, de Hong Kong, me caía especialmente bien. Siempre me sonreía y, aunque no le entendía bien, de alguna forma nos comunicábamos. Fue mi primer maestro en mi sencilla profesión, y la primera semana estaba muy pendiente de mí porque yo no sabía nada: ni dónde estaba la mantequilla, ni adónde tenía que ir a buscar los manteles. Él me ayudó con paciencia. Durante nuestra breve pausa bajábamos al sótano, donde estaba la cafetería para el personal del hotel, comíamos juntos y yo le interrogaba sobre su vida. Era el típico chino: vivía en China Town, claro, y le gustaba el kárate, iba a practicar con un maestro dos veces por semana.
Cuando alguna vez teníamos tiempo después de comer, subíamos al vestuario y entre risas me enseñaba una revista pornográfica con chinas, aunque él aseguraba que eran japonesas, pues las mujeres chinas eran decentes y no se hacían fotos en esas revistas. Yo hacía alguna broma grosera con la excusa de la revista y las mujeres chinas, y Wong se reía a carcajadas. La revista me gustaba más que otras parecidas con mujeres occidentales porque no me provocaba el dolor que sentía al ver por casualidad alguna publicación llena de rubias contoneándose obscenamente. Yo asociaba las rubias a Elena, de modo que temblaba conmocionado al ver esos coños desencajados, con la epidermis de los labios genitales y las entrañas expuestas como muestra. La revista china me tranquilizaba, no me provocaba dolor.
Los camareros iban vestidos de forma distinta a nosotros, los auxiliares, su uniforme era algo más imponente, me daba envidia. Su guerrera corta roja con hombreras y sus pantalones negros de cintura alta les hacían parecer toreros. Nicolás, una belleza griega, muy alto y con hombros de molinero; Johnny, de labios gruesos, un guasón que no paraba de hablar, casi de la misma altura que Nicolás pero más fornido y grande; el italiano Luciano, de frente y huesos estrechos, astuto, parecía un chulo… yo trabajaba con todos ellos, y después de cada desayuno y almuerzo me daban mi quince por ciento de la propina. Todos los días me llevaba a casa entre diez y veinte dólares de propina.
Todos los camareros eran distintos: Al, por ejemplo, el negro alto y alegre que siempre llegaba tarde, cuando ya estaban todos los demás camareros, y al que siempre ayudaba a poner las mesas, era el que más propina me daba; un tal Tommy, un tipo con unos pantaloncitos estrechos y cortos y gafas, era el que menos.
Había dos camareros chinos mayores, siempre trabajaban juntos, no recuerdo cómo se llamaban, eran muy parsimoniosos y no se parecían en nada a Wong, él ya era otro tipo de chino. Luis, el huraño español, hacía su trabajo completamente ensimismado, en cambio los chinos se metían mucho en su labor y todo el tiempo intentaban enseñarme algo, aunque solo me tocaba trabajar con ellos uno de cada diez días, y para entonces ya dominaba completamente mi sencilla profesión. Con quien más me gustaba trabajar era con Al y Nicolás, eran divertidos y me hablaban más que los demás. Nicolás solía animarme con expresiones del tipo: «¡Good boy! ¡Good boy!», yo estaba enamorado de Nicolás. También era una persona impetuosa, a veces podía gritarme, ya que con las prisas y ese eterno ir y venir de la cocina al restaurante y vuelta a empezar yo tenía mis tropiezos, como todo el mundo, pero eso nunca me molestaba. Una vez vi que Nicolás tiraba al suelo furioso un montón de peniques que le habían dado a modo de propina, era un tío con carácter, como he dicho. Yo no lo entendía todo en sus conversaciones por desconocimiento del idioma, pero una vez, estando en la cafetería con él, Johnny y Tommy oyeron que Nicolás decía exaltado: «La opinión pública considera que la gente que trabaja de camarero busca dinero fácil y por eso le meten sus dólares por…», no entendí nada más, pero quedaba claro que Nicolás estaba molesto con la opinión pública. Realmente en nuestro trabajo, el suyo y el mío, había mucha tensión y nervios, y era agotador.
Yo no tengo madera de esclavo, no sé servir bien. A nuestro jefe Fred y los maîtres Bob y Ricardo les gustaba almorzar al lado del balcón. Yo me irritaba mucho cuando tenía que servir esas mesas, siempre me hacían correr a algún lado aunque no entrara en mis obligaciones. Mientras le daba a Bob un vaso de leche, un tipo en plena juventud, yo me encendía por dentro, no quería ni podía ser un criado. A veces comía con los jefes alguna mujer o alguna chica. Quién me va a prestar atención, un criado es un criado, pero me parecía que me miraban con desdén. No podía decirles que un año antes era amigo de los embajadores de varios países en Rusia, que me lo pasaba en grande con ellos en fiestas privadas, recuerdo una en la que había doce embajadores, no secretarios, sino embajadores de los de verdad, entre ellos los de Suecia y México, Irán y Laos, y el anfitrión era un amigo mío, el embajador de Venezuela, Burelli, poeta, una gran persona. Con Elena íbamos a su embajada de la calle Ermolova como Pedro por su casa. No podía explicarles que en mi país era uno de los mejores poetas, todo el mundo se reiría si lo dijera. Al presentarme para el puesto en el hotel escribí en la solicitud cualquier tontería sobre mi vida pasada, que siempre había trabajado de camarero en restaurantes de Járkov y Moscú. Todo mentira.
En realidad llevaba una doble vida. El jefe estaba satisfecho conmigo, los camareros también, a veces el maître Bob me enseñaba algo, yo hacía alarde de todas mis capacidades interpretativas y, con los ojos abiertos de par en par, escuchaba sus consejos sobre cómo llenar copas de agua y hielo, además de las jarras, para luego servir el agua en las copas sin demora cuando había una gran afluencia de huéspedes. Yo miraba a Bob a los ojos y decía «Yes, sir» cada tantos minutos. Él no sabía lo que me pasaba por la cabeza y el alma. «Yes, sir. Gracias, sir.» Bob estaba contento. Pero yo llevaba una especie de doble vida, y cada vez odiaba más a los clientes, no solo por Elena, aunque principalmente por ella. Cuando me daba unos minutos de tregua colocaba las servilletas en un montón, para tenerlas preparadas y a mano, y sin querer, con angustia, recordaba, no podía dejar de recordar lo sucedido durante los últimos meses…
Me anunció que tenía un amante el 19 de diciembre, durante una helada terrible y a la luz de la opaca lamparilla de noche de nuestro trágico piso de Lexington. Aturdido y humillado, le dije: «Acuéstate con quien quieras, te quiero mucho, solo quiero vivir contigo y cuidar de ti», y le besé las rodillas, que no quedaban tapadas por la bata. Y seguimos viviendo juntos.
Ella achacaba esta decisión a mi debilidad, no al amor. Al principio, después del 19 de diciembre, aún hacía esfuerzos para no rechazarme en el sexo, para hacer el amor conmigo, y por alguna extraña reacción de mi organismo en aquellos tiempos yo quería hacerlo todo el día, estaba constantemente empalmado. En mi diario, si me atrevo a echarle un vistazo, hay breves entradas festivas donde anoto que hacía el amor con ella cuatro veces, o dos, o una. Pero ella estaba cada vez más insolente, y poco a poco nuestras cópulas —no puedo usar otra palabra porque eran solemnes para mí— se fueron haciendo cada vez más escasas.
Al final dejó del todo de hacer el amor conmigo y no paraba de decir abiertamente que quería separarse de mí. Yo me encerré en la penumbra de mi inconsciente, me masturbaba por las noches en el lavabo, me ponía sus medias y sus bragas aún calientes cuando ella llegaba y se ponía inmediatamente a dormir, a menudo estaban manchadas de semen, de otro, claro, y yo solo ansiaba una alegría: follar con mi mujer. Así que poco a poco se fue fraguando en mi interior una idea demencial: violar a Elena.
Un día soleado, muy soleado y gélido, le compré unas esposas a un salesman intelectual con perilla en su tienda de Broadway. Eran… bueno, todo el mundo sabe qué tipo de esposas se venden en Broadway por siete dólares. Llegué a casa ya completamente histérico por la compra. Después de probar y examinar minuciosamente las esposas, descubrí horrorizado que tenían un resorte automático para abrirlas sin necesidad de una llave, es decir que por muy de acero y fuertes que fueran eran para jugar, para niños. Incluso llevaban escrito que los niños menores de tres años también podían jugar con ellas. Una historia lamentable, muy lamentable.
Rompí a llorar de lástima por mí mismo, por mi cuerpo que para conseguir cariño tenía que recurrir a métodos tan terribles. Incluso en un intento de violación tenía mala suerte. Estuve mucho rato profiriendo alaridos y sollozando, y luego, pese a estar sofocado y lloroso, encontré una solución: cogí un cuchillo de cocina con filo de sierra y en media hora, sin parar de llorar, serré el mecanismo y las convertí en unas esposas de verdad, ya solo se podían abrir con llave. Mientras lo hacía me vi de reojo y como escritor decidí que esa siniestra escena era propia de Hollywood: Limónov llorando de pena sobre las esposas que había comprado para su mujer, y serrando el seguro con un cuchillo de cocina.
Nunca dejé que las esposas entraran en juego, igual que la cuerda. El sueño de violar a Elena iba unido a la idea de matarla. Unas dos semanas antes de comprar las esposas, ya enajenado, levanté la alfombra, una ridícula alfombra rosa que había en nuestro dormitorio, y puse debajo el extremo de una cuerda con el nudo del ahorcado hecho, cuyo otro extremo estaba sujeto a un tubo en un rincón de la habitación, para poder estrangularla de forma fácil y silenciosa en caso extremo, si la situación se hacía superior a mis fuerzas. Luego pensé en suicidarme… las formas de suicidio cambiaban todo el tiempo en mi imaginación. La cuerda estuvo ahí bastante tiempo, a veces me parece que precisamente eso fue lo que me salvó de la muerte, a mí y a Elena. Mientras estaba tumbado al lado de Elena por las noches, como si fuéramos unos desconocidos, cada uno bajo su manta, notando el olor a alcohol y tabaco que despedía ella, pues por entonces se había aficionado a la marihuana, la cocaína y otras lindezas, en cuanto empezaba a resoplar dormida, ahí tumbada, cansada de tanto orgasmo con esos americanos a los que yo tanto odiaba (por eso nunca podré quererte, América), me calmaba recordar la cuerda. A fin de cuentas sabía que si estiraba el brazo bajo la almohada tendría el extremo de la cuerda en mis manos, no me costaría nada colocar el nudo en la cabecita de la torturadora que estaba a mi lado. Esa facilidad y el hecho de tener la posibilidad de acabar con todo me consolaban, y tal vez gracias a eso evité los arrebatos que podían llevarme al asesinato, pues estaba seguro de que siempre podría matarla, en cualquier momento. Gracias a la cuerda se fue yendo poco a poco una parte maligna y demencial…
Recuerdo todos estos horrores mientras coloco las servilletas. Nicolás me devuelve a la realidad, me pone en las manos una cafetera vacía, voy volando a la cocina y por el camino me doy cuenta de que una joven y un tipo gordo con pinta de gánster han terminado el desayuno y se han ido, y que el jefe Fred está recogiendo la mesa y colocando un mantel limpio en el preciso instante en que debería hacerlo yo. Mi descuido me serena del todo, voy corriendo a la cocina a tal velocidad que en los giros tengo que apoyarme en la pared para no caerme. «Qué interesante, qué relación tendrán», pienso a la carrera, sin duda no es su hija, ni su mujer, ni la amante. No parece un representante del congreso de la pulpa y el papel, pero, por otra parte, para qué mierda iba a levantarse tan pronto. Personalmente, si yo tuviera una mujer tan guapa no me sacarían de la cama antes del almuerzo…
Como veis, en nuestro restaurante también hay mujeres. Son menos que los hombres, yo las miro con recelo, desconfianza y, perdonad… con deleite. Vaya. Las miro con detenimiento, las desprecio, las odio, consciente al mismo tiempo de que jamás lograré hacer lo que hacen ellas. Cuentan con cierta ventaja respecto a mí, la del nacimiento. Toda la vida las he estado sirviendo, las he invitado a sitios, las he desnudado, me las he tirado, y ellas se han quedado tumbadas en silencio, han soltado unos grititos o han mentido y fingido.
Antes a veces también sufría ataques agudos de hostilidad hacia las mujeres, de auténtica aversión maligna. Luego llegó Elena y la hostilidad se calmó, quedó oculta. Ahora, después de todo, siento una gran envidia de Elena, y como para mí ella encarna todo el género femenino, se traduce en envidia de las mujeres en general. La injusticia biológica me indigna. Por qué yo tengo que amar, buscar, follar, conservar… todos los verbos que se puedan juntar, y ella solo tiene que servirse. Creo que el origen de mi odio es la envidia por no tener coño. Por algún motivo me parece que un coño es más completo que una polla.
Qué putas, pienso, mirando a las chicas y señoras que entran en nuestro restaurante, todas tan bien cuidadas. Mis compañeros, los asistentes de camarero, me sorprendieron una vez con una de esas miradas. Un tipo moreno con pinta de criminal y dentadura postiza, el auxiliar Patricio, me preguntó en tono burlón, señalando a una mujer a la que yo estaba mirando: «Do you like ladys?» Le dije que sí, que había estado casado tres veces. Patricio y Carlos me miraron con incredulidad. «Maybe you like men?», preguntó con interés Patricio, tirándome su aliento a alcohol. Se terminaba el alcohol que dejaban los clientes en las copas. Luego empecé a hacerlo yo, solía esconderme tras algún biombo. A veces también me terminaba lo que los huéspedes no comían. Como persona del Este, por ejemplo, me encanta la carne grasa. Los clientes dejaban esos trozos, y yo no era aprensivo.
La conversación sobre hombres y mujeres terminó con Carlos y Patricio admirados cuando les respondí que en general me gustan las mujeres, pero podía cambiar mi objeto de amor y a partir de entonces amar a hombres. Luego la aparición del maître Ricardo nos distrajo y salimos corriendo uno a buscar mantequilla, otro servilletas, otro a retirar los platos sucios de delante de las narices de los clientes.
En realidad cuando entré en el restaurante tenía la idea de que iba a estar con gente y podría hacer contactos. ¡Pero qué tonto fui! Los camareros y los huéspedes, qué digo los camareros, incluso el maître y los clientes están separados por un telón de acero. No existía ningún tipo de acercamiento. Durante los primeros días yo pasaba con mi jeta y mi figura ante los ojos de todas las dientas guapas y los huéspedes que me parecían simpáticos. Al cabo de un tiempo comprendí que no les importaba una mierda. La idea de un acercamiento, de entablar contacto, era un disparate absoluto, señores, y solo se me ocurrió porque aún no estaba del todo recuperado después de mi historia.
Mis compañeros de trabajo no me trataban mal. Las latinoamericanas me llamaban «Rusia», no sé por qué me adjudicaron el nombre de mi país de procedencia. Tal vez les resultaba más agradable que el mío, traído desde Rusia pero bastante más habitual para América: Eduard. Mi amigo chino Wong directamente me quería con locura, sobre todo después de que le ayudara con la ropa blanca. El caso es que cada uno de los auxiliares de camareros tenía la obligación una vez cada tres días de llevar desde el sótano, de la lavandería, una caja enorme con la mantelería limpia y colocarla en el almacén, donde guardábamos todo tipo de cosas además de la mantelería: velas, azúcar, pimienta y otros artículos imprescindibles. A mí me encantaba el almacén, el olor a ropa limpia y a especias. A veces me escapaba allí en pleno trabajo para cambiar una toalla o para masticar rápido un pedazo de carne que había dejado en el plato algún huésped ya saciado, y luego continuaba. Así que después del trabajo ayudaba a Wong a subir la mantelería y repartirla por las estanterías del almacén, entre dos era más rápido, pero no sé por qué allí no lo hacían así. Wong me lo agradecía tanto que empecé a sentirme incómodo.
Un día me cogió mi pequeño diccionario Collins, buscó la palabra «good», me la enseñó y, con una sonrisa de oreja a oreja, dijo: «Eso tú.» Me enorgullece más el elogio de ese chico que todos los cumplidos dirigidos hacia mí o hacia mis versos en diferentes momentos de mi vida. «Soy bueno», Wong lo había visto. Probablemente en realidad no era malo. Tenía ganas de ser amigo de Wong, pero por desgracia no pudo ser porque tuve que abandonar el Old Burgundy, señores.
Al volver del trabajo, a veces iba a ver a otros rusos que también trabajaban en el Hilton. Salía por el patio del hotel y, después de marcar la hora en mi tarjeta de empleado, a veces subía al desván, giraba a la izquierda y me iba a ver al guardia, un antiguo capitán del ejército soviético, el señor Andrianov. Alto y robusto, su trabajo consistía en apuntar el número de los camiones que llegaban al acceso de carga y descarga y velar porque se mantuviera el orden. Con él se puede hablar, es un gran conversador. En otros tiempos Andrianov estaba de pie en el vestíbulo junto a la entrada principal del hotel, y resultaba tan respetable e imponente, con sus sienes canosas bajo la gorra, que a veces las mujeres ricas que pasaban entablaban conversación con él.
Con Andrianov ocurrió algo interesante, algo que confirmó algunas de mis teorías y por eso me produjo cierto placer malicoso en aquel momento. El caso es que Andrianov vive en la periferia de un buen barrio donde solo vive gente acomodada. Una vez recibió del departamento local de la policía una carta donde se decía literalmente lo siguiente: «Teniendo en cuenta su dilatada experiencia en los servicios internos de la policía (en la URSS Andrianov sirvió de oficial paracaidista, luego como capitán de la marina, etc.), le invitamos a participar en nuestro programa voluntario de seguridad de los vecinos de nuestro barrio.» Esa gente de la policía no diferenciaba la URSS de los EE.UU., y es la visión más sensata del mundo que he conocido jamás. Para ellos, un trabajador de la KGB llegado a América era mucho más bienvenido que personas como yo. Preferían a gente con experiencia militar, por supuesto, que a gente que no la tenía y encima no quería servir. Andrianov se negó a participar en su programa, una pena.
Aparte de Andrianov, me paraba a charlar con Gaidar, siempre que no debía subir urgentemente las maletas de alguien. Me quedaba embobado mirando a ese cubano-sueco larguirucho con abrigo rojo de uniforme que abría las puertas a los automóviles que se acercaban al hotel, y que era famoso en todo el hotel por haber sido discípulo de Fidel Castro. Por Fidel perdió la tierra y el patrimonio familiar, y ahora trabaja en el Hilton. Su sueldo es bajo, pero recibe muchas propinas. «Muchas», dice Gaidar, que tampoco recibe pocas. Es muy difícil ocupar el lucrativo puesto del sueco.
En las profundidades del hotel, además de la ropa blanca, la comida, la basura, los muebles, la electricidad, el agua y todo lo demás había bastantes rusos. Yo a veces pasaba a visitar a Lenia Kosogor, citado en el Arhipiélago Gulag de Solzhenitsin, un tipo alto y encorvado de cincuenta y tantos años, que trabajaba de electricista e iba siempre con ropa ancha de trabajo de color verde claro. En general, esta huída a otro país no me ha aportado nada bueno de momento: en la URSS me relacionaba con poetas, pintores, académicos, embajadores y mujeres rusas fascinantes, mientras que aquí, como veis, mis amigos son botones, auxiliares de camarero, electricistas, porteros y friegaplatos. Aunque ya no me jode pensar en mi vida anterior, me esfuerzo tanto en olvidarla que creo que al final lo conseguiré. Tiene que ser así, si no uno está siempre en decadencia.
Otras veces robaba, me llevaba algo del hotel, alguna tontería. Qué más da. En mi pelado cuchitril carcelario del Winslow el ambiente se volvió un poco más alegre cuando me llevé un mantel de cuadros rojos y blancos y lo puse sobre la mesa. Al cabo de unos días apareció un segundo mantel, luego una servilleta roja. Ahí se acaba mi decoración. También robé del restaurante unos cuantos cuchillos, tenedores y cucharas y ya está, no necesito nada más. Estaréis de acuerdo en que es razonable. El Hilton tenía que compartir un poco con el Winslow.
Cuando vuelvo a casa del trabajo me pongo a estudiar inglés, de modo que por aquel entonces, en marzo, mi horario era este: después del trabajo estudiaba inglés. O bien iba al cine, por lo general al Playboy, que era barato y estaba cerca, en la calle Cincuenta y siete, y podía ver dos películas por un dólar. Al regresar a casa paseando por la Nueva York nocturna iba soñando, pensaba en el mundo, en el sexo, en mujeres y hombres, en ricos y pobres. Por qué un niño nace en una familia rica y desde la infancia tiene todo lo que desee, y otros… esos otros en mi imaginación eran gente como yo, los que sufrían la injusticia del mundo.
Una vez en casa, me acostaba en la cama y, lo reconozco, señores, pues en mi interior aún deambulaba bien viva la depravada de Elena, confieso que me quedaba ahí tumbado, sin parar de suspirar, compadeciéndome de mi cuerpo que nadie necesitaba, pese a ser joven y bello. Ya entonces, tiritando de frío, tomaba el sol en la magnífica azotea del nada magnífico Winslow, y realmente era joven y guapo, chicos, por eso me dolía que Elena no me necesitara, por eso era tan horrible que yo, incapaz de huir de mis propios miedos, recuerdos e imaginaciones, intentara obtener placer de ellos. Utilizaba esos recuerdos y miedos y me tocaba con angustia el miembro, nada especial, surgía de forma automática, bestial, tumbado en la cama, invariablemente pensaba en Elena, inquieto por no tenerla a mi lado, pues durante los últimos años había estado acostada a mi lado, por qué ahora no estaba. En resumidas cuentas, al final copulaba con su espíritu. Normalmente esas cópulas eran grupales, es decir, ella follaba con alguien mientras yo la miraba, y luego me la tiraba yo. Con los ojos cerrados, me lo imaginaba todo y a veces montaba unas escenas muy complejas. Durante aquellas sesiones tenía los ojos anegados en lágrimas —sollozaba, qué otra cosa podía hacer—, sollozaba y me corría, y el esperma se derramaba sobre mi estómago ya bronceado. Oh, qué estómago tenía, tendríais que verlo, una preciosidad. Pobre cuerpo de Édichka, mirad en qué lo había convertido esa rusa sucia. ¡Hermana, hermanita! ¡Mi niña tonta!
Hacía tiempo que ella me había relegado al mundo de la masturbación. Desde otoño, cuando se buscó un amante y empezó a hacerlo menos conmigo. Sentía que algo iba mal y decía: «Elena, reconócelo, ¿tienes un amante?». Ella no lo negaba del todo, pero tampoco decía si sí o si no, me susurraba fatigosamente algo caliente y excitante, y yo la deseaba infinitamente. Y aún hoy al recordar esos susurros calientes la deseo, es vergonzoso pero me la pone dura.
Ella me empujó, yo debería tener una mujer viva y guapa de veinticinco años y coño dulce, y ahí estaba, escondido como un ladrón, vistiéndome con sus cosas, no sé por qué me proporcionaba un placer especial derramar mi esperma en sus bragas que tan bien olían. En aquella época se ponía un aceite de frambuesa aromático y se untaba el coño con él, así que todas las bragas olían a ese aceite.
Amigos míos, a lo mejor os preguntáis por qué no me busqué otra mujer, pero es que Elena era demasiado maravillosa, de verdad, todo lo demás me parecía miserable en comparación con su coño. Prefería follar con su sombra antes que con tías ordinarias. Tampoco es que las tuviera muy a mano por aquel entonces. Cuando aparecían, como veréis, intentaba follar con ellas, me las tiraba y luego de nuevo escapaba a mi estrambótico mundo, me resultaban poco interesantes y por eso no las necesitaba. Mis solitarias distracciones intelectuales con la sombra de Elena tenían algo de delictivo y me resultaban más agradables. Todavía resuena en mis oídos la voz de Elena, esa frase, esa vocecita aguda a la que le debo tantos buenos orgasmos: «Pongo ahí el dedito, presiono, me acaricio suavemente el coño, miro el espejo y poco a poco veo cómo sale un jugo blanco, del interior de mi coño rosado aparece una gota blanca.» Con esa pequeña historia acompañó uno de mis últimos coitos con ella, ya veis, aparte de los demás, es decir, de mí, de Jean, de Susanne y compañía, ella también se masturbaba. Ya veis, todos nosotros juntos no éramos suficiente para ella. Guarra.
Recuerdo una pelea, fue el día en que conoció a Susanne la lesbiana, se había pasado toda la noche dándole abrazos y besos. La llevé a casa casi a la fuerza, ella refunfuñaba y tropezaba. En casa el espectáculo fue subiendo de tono. Se desnudó para dormir. Borracha y estridente, arrastrando las eses como hacía cuando estaba ebria, Elena se puso a gritarme. Entonces yo noté que se apoderaba de mí una especie de éxtasis masoquista. Amaba a ese ser pálido y demacrado de pechos pequeños con sus malditas bragas de colores y mis calcetines puestos para dormir. Estaba dispuesto a cortarme la cabeza, mi desgraciado cráneo refinado y postrarme a sus pies. ¿Para qué? Era una desgraciada, una cabrona, una egoísta, una mala pécora, una bestia, pero la quería, y ese amor era más fuerte que mi conciencia. Me humillaba en todo, incluso vejaba mi carne, me pegaba, era perjudicial para la mente, los nervios, todo lo que me servía de apoyo en este mundo, pero la quería con esas braguitas que le sobresalían en el culito, tan pálida, con los muslos de rana, esos muslitos, ella que estaba con las piernas sobre nuestra cama mugrienta. ¡La amaba! Es horrible, pero cada vez la quería más.
Esos recuerdos junto con el esperma derramado en el estómago acompañaban mis despojos hacia el sueño. A las cinco y media de la mañana me despertaba con las mismas pesadillas y, para liberarme de ellas, encendía la luz, me servía un café, me afeitaba (hasta ahora sigo sin tener nada que afeitar en mi rostro de mongol), me anudaba mi pañuelo negro de luto al cuello y me iba al Hilton. La calle estaba desierta, doblaba por la puta calle Cincuenta y cinco hacia el West Side, encorvado por el frío. ¿Pensé en algún momento que me tocaría vivir algo así en la vida? Para ser sincero, nunca esperé todo esto. Un ruso, criado en un ambiente bohemio. «La poesía, el arte… es lo más elevado a lo que uno puede dedicarse en la Tierra. El poeta es el personaje más importante de este mundo.» Esas fueron las verdades que me inculcaron desde la infancia. Y ahí estaba yo, convertido en poeta ruso, el personaje más importante. La vida me dio un buen golpe en los morros…
Pasaron los días, y el Hotel Hilton con todos sus sótanos hediondos ya no era un misterio para mí. Mi dominio del idioma había progresado en aproximadamente cincuenta términos profesionales, nunca tenía oportunidad de hablar, tenía que trabajar, para eso me pagaban y no para hablar. Toda la cocina hablaba en español, los italianos hablaban en italiano entre ellos, en la sala de «los lacayos», como decían antiguamente, se oían todas las lenguas menos el inglés correcto. Incluso nuestro jefe Fred era austriaco. A partir de cierto punto el jefe empezó a llamarme Alexandr. A lo mejor en su mente todos los rusos eran Alexandr. No es de extrañar, a todos los esclavos tracios en Roma los llamaban simplemente tracios, que nos den a los esclavos, dejémonos de ceremonias. Viendo a los esclavos multinacionales del Hilton, ahora ya sé cuál es la base de América. Le dije con cautela a Fred que no me llamaba Alexandr, sino Eduard, él se corrigió, pero al día siguiente empezó de nuevo con Alexandr. No volví a corregir a Fred, me resigné, qué importaba el nombre.
El restaurante empezó a cansarme. Lo único que me aportaba era algo de dinero para satisfacer mis pequeños deseos, por ejemplo me compré una camisa negra de encaje en la tienda Arcadia de Broadway, y de paso conocí al dueño. Como recuerdo del Hilton y del Old Burgundy tengo colgado en el armario un traje blanco que compré en la tienda Cromwell de la avenida Lexington. Pero estaba harto del restaurante en sí, estaba cansado, los pensamientos sobre Elena no desaparecían, a veces me asaltaban en pleno trabajo y me cubrían de sudor frío, hasta el punto que yo, un tío sano, estuve a punto de desmayarme varias veces. Y lo más importante es que veía constantemente a mis enemigos, a los que me quitaron a Elena, a nuestros clientes, a la gente que tenía dinero. Era consciente de que estaba siendo injusto, pero no podía evitarlo, ¿acaso el mundo era justo conmigo?
Un sentimiento que identifiqué como odio de clase penetraba cada vez más profundamente en mi interior. Ni siquiera odiaba tanto a nuestros clientes como a sus personajes, no, básicamente odiaba a toda esa clase de caballeros canosos y bien cuidados. Sabía que no éramos nosotros, los desaliñados, desgreñados y jodidos los que traíamos la peste a este mundo, sino ellos. La peste del dinero, la enfermedad del dinero, es obra suya. La peste de la compra y la venta, es obra suya. El asesinato del amor, el amor como algo desdeñable, eso también es obra suya.
Sobre todo odio este sistema, lo entendí cuando intenté comprender mis sentimientos, el sistema que corrompe a las personas desde su nacimiento. No distinguía entre la URSS y América. No me avergonzaba mi actitud, que el odio se encendiera en mí por una causa en esencia tan comprensible y personal: por el engaño de mi mujer. Odiaba el mundo que transformaba a tiernas chicas rusas que escribían versos en seres jodidos por la bebida y las drogas, que hacían de putas para unos millonarios que les exprimían el alma para después no casarse con ellas, las ingenuas chicas rusas, que a su vez también estaban intentando hacer negocio. Los cowboys siempre tuvieron debilidad por las francesas, las iban a buscar a Klondike pero las trataban como una mierda y se casaban con chicas de granja. Ya no puedo ver a nuestros customers.
Aproximadamente en aquella época tenía que ir a Bennington a conocer la universidad femenina y al profesor Gorovets. Le envié una carta de presentación, y por lo visto quería darme trabajo, no sé cómo se llama el puesto, algo insignificante pero relacionado con el ruso. La carta la escribí en un momento en que estaba jodido, deseando colocarme en algún sitio, pero cuando el profesor Gorovets, tras varias llamadas, me localizó finalmente en el Winslow, comprendí que ningún Bennington lleno de estudiantes americanas de buena familia me iba a salvar, que saldría corriendo de Bennington a Nueva York en una semana. Lo tenía muy claro: no quería jugar a su juego. Quería que fuera como en Rusia, estar al margen del juego y, a ser posible, también en su contra. Ese «a ser posible» implicaba cierta temporalidad, me refiero a que aún no conocía bien el mundo al que había llegado. Ya me habían atracado, me habían jodido y por poco no me habían matado, y todavía no sabía cómo vengarme. Porque no dudaba de que iba a vengarme. No quería ser justo y sereno. Justicia, tu puta madre, eso os lo dejo a vosotros, y para mí la injusticia…
Sentado con Wong en la cafetería, le expliqué por qué no me gustan los ricos. A Wong tampoco le gustaban los ricos, pero no tenía necesidad de hacer propaganda de ello, no todo el mundo se anima a hacerlo. Las leyes las inventaron los ricos. Pero como dice uno de los lemas más orgullosos de nuestra fallida revolución rusa: «¡El derecho a la vida es superior al derecho a la propiedad privada!»
Ya he dicho que no odiaba a unos portadores del mal concretos, sino a los ricos, incluso he admitido que tal vez hubiera entre ellos algunas víctimas del orden mundial, pero odiaba ese sistema en virtud del cual uno se muere de puto aburrimiento y desidia, o para la producción diaria de otros cientos de miles de dólares, mientras otro apenas se gana el pan con un trabajo duro. Me gustaría ser igual entre iguales.
Y ahora decid, después de esto, que fui injusto. No es verdad.
Los últimos días en el Hilton los pasé con una horrible inquietud. Un día tenía ganas de dejar el trabajo y decidía hacerlo, basando la decisión en multitud de causas. «A la mierda esta vida —pensaba irritado— de todas formas ni siquiera tengo dinero para alquilar un piso normal, me canso hasta la extenuación, otra vez me voy a dormir a las ocho de la tarde, no he hecho contactos en el restaurante, apenas he mejorado el idioma, ¿qué sentido tiene trabajar aquí? Me iré, me iré y no voy a tener ningún problema por ello ante Gaidar, de qué mierda tengo que avergonzarme delante de él. Uno busca ir a mejor, y para mí lo mejor es percibir el subsidio. No somos esclavos, no lo somos. O todos, o si no, el subsidio.»
Al día siguiente, en mi día libre, cuando no tenía nada que hacer y de nuevo se me aparecía mi diabólica Elena por todas partes, el tiempo libre me agotaba y surgía la esperanza renovada de que el trabajo matara mi sufrimiento, decidía quedarme en el Hilton. Pero cuando llevaba dos o tres días trabajados después del día libre y otra vez me quedaba dormido cuando apenas eran las ocho, me enfadaba. Al salir del trabajo por la Quinta Avenida, la Sexta o la Avenida Madison, un hervidero de gente, pensaba de nuevo:
—Me iré, mañana mismo, ya basta de consumirse, a fin de cuentas no quiero ser camarero ni imagino mi vida futura como camarero o botones, por eso no puedo trabajar.
Por la mañana, a oscuras, cuando iba al trabajo, durante seis minutos elaboraba una digresión sobre la literatura universal, y siempre me venía una frase a la cabeza: ¡y una mierda voy a ser camarero! Sobre todo porque casi cada día recordaba el poema del gran poeta ruso Alexandr Blok «Fábrica»… En la casa de al lado las ventanas son amarillas… me salté los versos que no necesitaba y recité completa la última estrofa:
Entran y se dispersan
Con un saco pesado en la espalda
Y en las ventanas amarillas se ríen
Por haber engañado a esos mendigos…
Y así, yendo al trabajo, volviendo del trabajo, me sentía como uno de esos mendigos, uno de los engañados. La literatura rusa, la mía, no me dejaba ser una persona sencilla y vivir tranquilamente, una mierda, tiraba de la chaqueta roja de auxiliar de camarero y me sermoneaba con soberbia y sensatez: «No te da vergüenza, Édichka, tú eres un poeta ruso, eso es una casta, querido, has deshonrado ese uniforme, tienes que irte de aquí. Mejor miserable, mejor como vivías a finales de febrero, como un miserable vagabundo.»
No es que tuviera una fe absoluta en mi literatura rusa, pero escuchaba su voz, y me atormentaba. Ese constante «y en las ventanas amarillas se ríen por haber engañado a esos mendigos», yo sobreentendía que las ventanas amarillas eran Park Avenue, la Quinta Avenida y sus habitantes, todo eso hizo que un día me dirigiera al jefe Fred y le dijera: «Disculpe, sir, pero observando este trabajo he llegado a la conclusión de que no es para mí, me canso mucho, y necesito aprender inglés, me quiero ir. Ha visto que he trabajado bien, si lo necesita no me iré hasta dentro de uno o dos días, pero no más.»
También quería decir, pero no lo hice, que no podía, que orgánicamente no podía servir, y que sus clientes me resultaban desagradables. «No quiero servir a los burgueses», tenía ganas de decirle, pero no lo dije por miedo a que sonara demasiado pomposo, solo por eso.
Durante mi etapa en el Hilton, en mis últimos días de estancia emprendí algunas acciones: escribí una carta a «Very attractive lady» y envié once poemas a Moscú, a la revista Novi Mir.
Very attractive lady había publicado un anuncio en Village Boys. Tenía treinta y nueve años, quería un compañero para viajar siguiendo la ruta «París, Ámsterdam, Santa Fe, etc.». La ruta me parecía bien, y así se lo dije por escrito a la chica de treinta y nueve. Ahora lo recuerdo con ironía, pero entonces me pareció que era mi única oportunidad y que sin duda picaría el anzuelo del poeta ruso. Además, en febrero, en el New York Review of Books y dentro de un artículo sobre la literatura rusa actual Cari Proffer me dedicaba unas líneas, y así se lo hice a saber sin tapujos a Very attractive lady, como un vendedor que hace gala de su mercancía. Aún estoy esperando su respuesta. Pero fue una oportunidad de emerger, de pasar de la vida artificial en la que vivía hasta entonces al mundo real. No importa que pudiera degollar a Very attractive lady al tercer día de su «favorite trip», como lo expresaba ella. Para su fortuna, tenía poca imaginación. Cuando me acuerdo de mi descarada fanfarronada en aquella carta, incluso me ruborizo un poco.
La carta a la redacción de la revista Novi mir la escribí como una travesura y por mi amor a la provocación. Estaba casi seguro de que no publicarían mis versos, así que no me negué el placer de tomarles el pelo a unos y a otros. Tenía la conciencia tranquila, Solzhenitsin publicó sus libros en Occidente mientras vivía en la URSS, y la conciencia no le martirizaba, en realidad solo pensaba en su carrera de escritor, no en las consecuencias o en el efecto de sus libros. ¿Por qué no puedo yo, viviendo aquí, publicar mis poemas allí en la URSS? Ya me han utilizado bastante los gobiernos, ya es hora de que me aproveche yo de ellos. Tenía algunas opciones de ser publicado, pues la revista moscovita Nedelia me dedicó una página entera en el número del 23-29 de febrero a mí y a mi artículo «Decepción», gracias al cual, como he dicho, salí volando de Russkoe Dielo. Coincidió además que eran esos días en los que, de tan jodido, estaba como una puta regadera, en febrero, cuando llevaba puesto un abrigo sucio que encontré en la basura y deambulaba por Nueva York, cogiendo sobras de los cubos de la basura y bebiéndome hasta la última gota de las botellas de vino y otras bebidas alcohólicas. Durante aquellos días vagabundeé mucho por China Town y pasaba las noches con los mendigos. Aguanté esa vida durante seis días, el séptimo regresé con recelo al piso de Lexington y volví a ver la cruel exposición de cosas de Elena colgadas de la pared, con etiquetas según el contenido.
«Calcetín de Elena, blanco,
Ubicación desconocida del otro
Compraba calcetines blancos cuando
Ya conocía a su amante, y entonces compró
Dos cinturones estrechos, y con ellos follaba
Con su amante, para Édichka Limónov tristeza y
Tormento del mártir».
O:
«Tampax
De Elena Serguéievna
Sin usar,
Mi chica podía ponérselo
En el coño, entonces
Estaba graciosa
Y le colgaba un hilo del coño».
Había objetos colgados de clavos y perchas, sujetos a la pared con cinta adhesiva. Era una exposición divertida, ¿no os parece? ¿Os gustaría que os invitaran a una exposición así? Yo abrí las puertas el 21 de febrero, y unas diez personas vieron la exposición, Sashka Zhigulin llegó y la filmó con la cámara, así que la tengo grabada en tres películas.
Estaba loco, lo reconozco, la exposición se llamaba «Memorial de Santa Elena». Cuando volví de mi vagabundeo quité todas esas cosas de la pared, contrariado y dándoles la espalda, y empecé una nueva vida que me llevó al Hilton, al subsidio social y al Winslow. Joder, cuántas cosas me pasaron durante ese tiempo, y parece que poco a poco me voy haciendo más fuerte cada día, lo noto.
Al abandonar el Hilton, cuando el último día me largué del trabajo, sonreía como un niño tonto, me había quitado un gran peso de encima, toda una etapa. Solo me sabía mal por Wong, pero esperaba encontrarle cuando lo necesitara. Entonces todavía no podía servirle de nada.

Otros y Raymond

En general superé mi historia muy deprisa, aunque con sufrimiento. Lo cierto es que aún hoy no lo he superado, pero de todos modos el ritmo es sorprendente. Conozco otras tragedias parecidas y la gente no levantaba cabeza enseguida, si es que lo consigue. En marzo hice mis primeros acercamientos a los hombres, y en abril ya tuve mi primer amante.
En marzo, un joven aristócrata de Leningrado llamado Kiril me dijo que conocía a un hombre de unos cincuenta y tantos años que era homosexual.
Por algún motivo retuve aquella información.
—Kiriusha —empecé a preguntarle—, las tías me provocan aversión, mi mujer hizo que me resulte imposible tratar con ellas, no puedo tener relación con ellas, siempre hay que atenderlas, desnudarlas, follarlas, son sacaperras y mantenidas por naturaleza en todo, desde las relaciones íntimas hasta la convivencia económica normal en sociedad. Ya no puedo vivir con ellas, y lo más importante es que no puedo servirlas, ser el primero en tomar la iniciativa, dar pasos, ahora necesito que me atiendan a mí, que me acaricien, me besen, me deseen, y no ser yo quien desee y halague, y todo eso solo lo puedo encontrar en un hombre. Me importan una mierda mis treinta años, soy esbelto, tengo una figura impecable, ni siquiera masculina, más bien infantil, preséntame a ese hombre y te estaré agradecido durante siglos.
—¿Lo dices en serio, Limónov? —dijo Kiril.
—¿Qué te crees, que es broma? —contesté yo—. Mírame, estoy solo, ahora mismo estoy en las cloacas de la sociedad, qué digo las cloacas, directamente fuera de la sociedad, fuera de la gente. Sexualmente me he vuelto completamente loco, las mujeres no me excitan, mi polla ha perdido fuerzas por incomprensión, se agita porque no sabe lo que quiere, pero su dueño está enfermo. Si sigo así, acabaré impotente. Necesito un amigo, no dudo de mí mismo, siempre he gustado a los hombres, siempre, desde que tenía trece años. Necesito un amigo atento, que me ayude a volver al mundo, una persona que me quiera. Estoy cansado de que nadie se preocupe por mí desde hace tanto tiempo, quiero atención, que me quieran, que retocen conmigo. Preséntamelo, del resto me ocupo yo, seguro que le gustaré.
No le estaba mintiendo, era un hecho. Incluso tuve admiradores durante muchos años, yo aceptaba su cortejo con una risita, pero en cierto modo me gustaba su atención, incluso me permitía ir con ellos a un restaurante, y a veces, en broma y por un arrebato de alegría, les permití que me besaran, pero nunca había follado con ellos. Entre la gente normal el amor homosexual se consideraba impuro, sucio. En mi país los homosexuales son muy infelices, les pueden espiar si quieren y enviarlos a la cárcel por amor antinatural, según la ley soviética. Yo conocía a un pianista que estuvo dos años encerrado por homosexual, igual que ahora el director de cine Paradzhanov. Pero todo eso, la gente corriente, las autoridades, la ley… yo era poeta, y me deleitaba con las Canciones alexandrinas de Mijaíl Kuzmin, donde elogiaba a un amante varón y se hablaba del amor masculino.
Mi admirador más insistente era Avdeev, un cantante pelirrojo del Restaurante Teatralni. El local se encontraba justo enfrente de la ventana de mi piso. Todas las noches, si estaba en casa, oía su vocecita cantando «Pobre corazón de madre» y otras canciones medio canallas. El restaurante no era muy grande, estaba sucio, todas las noches acudían casi exclusivamente los clientes habituales. Entre los asiduos había ladrones, gitanos de la periferia de Járkov y otros personajes oscuros. En verano la voz de mi cantante se oía potente, en todo su esplendor natural, y en invierno amortiguada por las ventanas cerradas.
Por aquel entonces acababa de irme a vivir con Anna, una mujer judía guapa y canosa, vivíamos juntos como marido y mujer, fue una época feliz, los poemas iban bien, mi vida era divertida, bebía mucho, tenía un buen traje inglés color café que conseguí por una vía no del todo honrada, paseaba mucho y deambulaba por la calle principal de nuestra ciudad con mi amigo, el bebezón de Guenadi, Guénochka, el hijo del director del restaurante más grande de la ciudad.
Guena era puro entusiasmo. Holgazán, su vocación eran las orgías y las fiestas, pero lujosas. Por extraño que parezca, las mujeres le resultaban indiferentes. Incluso podía cambiar un encuentro con Nona, una chica que apareció más tarde y a la que parecía querer, por ir conmigo a un restaurante de las afueras de la ciudad al que llamábamos Monte-Carlo, donde preparaban maravillosamente el pollo al horno. La amistad con Guena se prolongó durante varios años, hasta que me fui de Moscú. Guena y yo éramos unos depravados, como esos chicos de provincias de Fellini.
Creo que la relación con Guena fue una de las facetas de mi homosexualidad congénita, para quedar con él podía abandonar a mi mujer y a mi suegra, podía saltar desde un segundo piso. Le quería mucho, aunque ni siquiera nos abrazábamos. Ahora veo que estaba muy confuso sobre las relaciones homosexuales, pero entonces no lo entendía. Me despedía de Guena en la esquina de nuestra calle principal, la calle Sumska, yo vivía al principio de la calle y el Restaurante Teatralni también estaba allí, y en ese momento salía Avdeev del restaurante, con un aire sombrío en los ojos, los labios brillantes del discreto maquillaje, se acercaba y decía con voz queda y lánguida «buenas noches», a veces tenía que cruzar la calle para hacerlo. Creo que por ese «buenas noches» incluso interrumpía sus canciones, es decir iba corriendo hacia mí directamente desde el escenario. A través de los ventanales tenía una buena vista de la calle. Yo me emborrachaba con frecuencia y, según recuerdan los chicos, Avdeev a veces me ayudaba a llegar hasta mi casa, entrar en el portal y subir el primer escalón que me llevaba arriba.
Antes de Guénochka y de la figura de Avdeev, que todas las noches se inclinaba para saludarme, tenía un amigo en el colegio, el carnicero Sania el Rojo, un chico enorme, de origen alemán y piel rosada, por eso lo habían apodado el Rojo. Era entre seis y ocho años mayor que yo. Apenas amanecía me presentaba en su carnicería, iba a todas partes con él, lo acompañaba incluso a sus citas con chicas, y además teníamos un vínculo estable: trabajábamos juntos, es decir, robábamos. Yo interpretaba el papel de querubín-poeta: leía versos, por lo general en una pista de baile, o en un parque, a chicas que se quedaban con la boca abierta del asombro, y mientras tanto Sania el Rojo les quitaba los relojes y les destripaba los bolsos con sus dedos cortos y en apariencia torpes, con facilidad y sin llamar la atención, era un artista en eso. Todo estaba perfectamente calculado, no fallamos ni una sola vez. Como veis, mi arte iba entonces de la mano del delito. Después nos dirigíamos a un restaurante, o comprábamos un par de botellas de vino, nos las bebíamos a morro en el parque o en la entrada y nos íbamos a pasear.
Me encantaba dejarme ver con él en la calle y en lugares concurridos, él vestía ropa llamativa, llevaba anillos de oro, uno con una calavera, recuerdo que aquello agitaba mi imaginación, tenía el mismo gusto que los gánsteres, tal y como los presentan en el cine. Por ejemplo, le encantaba llevar pantalones blancos las noches de verano, camisa negra y unos elegantes tirantes también blancos, tenía debilidad por los tirantes. Era enorme, incluso tenía panza, cada vez más grande con el paso de los años, no encajaba de ninguna manera con los serios vecinos que acostumbraba a haber por entonces en nuestra ciudad industrial de provincias, que contaba con el proletariado más numeroso de Ucrania.
Lo pillaron sin mí y fue a la cárcel por intento de violación de una mujer con la que antes había hecho el amor muchas veces. En prisión trabajaba en la cocina y… escribía versos. Cuando salió le pincharon bien y profundamente con un cuchillo. «¡No sirvió de nada la grasa!», se lamentaba cuando fui a verlo al hospital.
Era bueno conmigo, me animaba a escribir poemas y le encantaba escucharlos. A petición suya, leí ante un público maravillado mis versos durante varios veranos seguidos en la playa de la ciudad. El contenido era aproximadamente el siguiente:
Sacarán a mi chica del coche
agarrándola del brazo
Y yo miraré
cómo esos hombres la violan
Hombres de pescuezo prominente
Oliendo a tabaco barato
rondarán como perros en celo
la trampa de tus muslos…
Es gracioso y triste leer esos versos escritos por una persona de dieciséis años, pero debo reconocer que tienen un tinte desagradable y profético, el mundo jodió mi amor, a mi Elena, y precisamente esos, los del pescuezo prominente, esos hombres de negocios y comerciantes se están tirando ahora a mi Elenita…
Estaba entregado a Sania en cuerpo y alma. Si él hubiera querido, probablemente me habría acostado con él. Pero era evidente que no sabía que me podía utilizar así, o no tenía esa inclinación, o no era lo bastante sutil para eso, y la cultura de masas rusa no se lo ponía en bandeja como ocurre con la americana.
Esos son mis antecedentes. Amor hacia hombres fuertes. Lo reconozco y ahora lo veo. Sania el Rojo era tan fuerte que rompía las barras de la reja de la pista de baile, unas barras gruesas como el brazo de una persona sana. Es cierto que solo lo hacía cuando no teníamos los cincuenta copecs que valía la entrada.
Guena era alto, atractivo y parecía un joven nazi. Ojos azules. Nunca he conocido a un hombre más guapo.
Ahora entiendo mis amistades, solo son dos, las que más recuerdo, pero hubo otras. Durante muchos años viví como embriagado, solo mi tragedia me abrió los ojos de repente y pude ver mi vida desde un punto de vista inesperado.
Bueno, de alguna manera convencí de mi deseo a Kiril, que escuchaba con atención. Siempre sabe escuchar las historias de su interlocutor, no solo las mías, como si fueran algo importante en su vida, mostrando un gran interés, pero solo es una fachada. Ese joven promete mucho, pero hace poco. En este caso yo, gracias a Dios, sabía que no mentía para quedar bien, realmente vivió durante un tiempo en el piso de un homosexual que se encontraba fuera temporalmente, estuve allí y vi revistas específicas para hombres y esas cosas. Yo qué sé, a lo mejor Kiril me lo presentaba. Tenía que aferrarme a todo, no tenía nada, éramos extraños en este mundo. El mal conocimiento del idioma, sobre todo oral, el abatimiento después de la tragedia, el prolongado aislamiento de la gente… todas esas causas hacían que estuviera extremadamente solo. Me limitaba a callejear por Nueva York a pie, pasando por doscientas cincuenta calles al día, deambulaba por barrios peligrosos y tranquilos, me sentaba, me tumbaba, fumaba, bebía alcohol de una bolsita, me dormía en la calle. En ocasiones pasaba dos o tres semanas sin hablar con nadie.
Pasó un tiempo. Llamé a Kiril unas cuantas veces y le pregunté qué tal estaba y cuándo cumpliría su promesa y me presentaría a ese hombre. Él farfullaba algo incomprensible, se justificaba y obviamente se inventaba una excusa. Ya había perdido toda esperanza cuando de pronto me llamó y me dijo con una voz artificial y teatrera:
—Oye, ¿recuerdas nuestra conversación? Estoy con un amigo, se llama Raymond, le gustaría verte, beberemos, charlaremos, ven, estamos al lado de tu hotel.
Yo le dije:
—Kiriusha, ¿es ese hombre que es homosexual?
—Es homosexual, pero no es ese.
—Vale, estaré ahí en una hora.
—Ven rápido —dijo él.
No voy a mentir y a decir que fui dando brincos, con la mirada encendida y fuego en la entrepierna. No. Dudé y estaba un poco asustado. Incluso puede ser que en un primer momento no quisiera ir. Luego estuve mucho rato pensando qué ponerme, y finalmente me vestí de una forma muy extraña, con unos tejanos franceses azules desgarrados y una preciosa chaqueta tejana nueva italiana, me puse una camisa amarilla italiana, chaleco, unas coloridas botas también italianas, me até al cuello un pañuelo negro y allí fui, nervioso, claro, nervioso. Probad vosotros a pasaros a los hombres después de tantos años con mujeres, también estaríais nerviosos.
Vivía… bueno, no quiero perjudicar a esa persona. Al fin y al cabo era un buen tipo. El piso era «como el de un anticuario», como decíamos en Rusia. De la pared colgaba un Chagall con una escritura de donación, varios cachivaches, cuadros que representaban, según supe más tarde, al propietario con tutú de bailarina, fotografías y retratos de bailarines y bailarinas, incluidos Nuréyev y Baríshnikov. Era una casa de soltero elegante y bien ordenada. Tenía tres o tal vez cuatro habitaciones, olía bien, algo que siempre distingue los pisos de los bohemios y la gente de mundo de las viviendas de la clase media y los nidos pequeñoburgueses, donde siempre apesta a comida, a tabaco o a algo rancio. Soy muy sensible a los olores. Los buenos aromas para mí son una fiesta, por eso se reían de mí en el colegio los catetos compañeros de clase. El piso me gustó por su olor.
El propietario se levantó del sofá para venir a mi encuentro. Pelirrojo, con el pelo largo, robusto, no muy alto, con cierto aire desenfadado como de artista, bien vestido incluso para estar en casa. En el cuello llevaba multitud de collares y algunas cadenas bonitas, y en los dedos anillos de brillantes. No sabía cuántos años tenía, por su aspecto parecía tener más de cincuenta. En realidad era evidente que superaba los sesenta.
Kiril y él charlaban amablemente, se enzarzaban en tono amistoso. Empieza la conversación. De esto y de aquello, o, como escribió Kuzmin, «sobre Heinrich Mann, o Thomas Mann, y de repente tienes una mano en el bolsillo». No, de momento no había manos en los bolsillos, todo era muy decente, tres personalidades del arte, un ex bailarín, un poeta y un joven tunante aristócrata charlando. La conversación se interrumpió con la propuesta de beber vodka frío y comer caviar con pepinillos. El anfitrión se fue a la cocina y se llevó a Kiril con él. «Lo utilizaré para cortar pepinillos.» No deja que le ayude. «Tú eres el invitado.»
—¡Caballeros, qué felicidad! La última vez que comí caviar creo que fue en Viena, me llevé algunas latas de Rusia. Elena aún estaba conmigo…
«Qué bien que no se abalance sobre mí a la primera de cambio —pensaba yo entonces, casi literalmente—. Después de beber el vodka me envalentonaré un poco, y hasta que eso ocurra observaré con atención.»
Qué bien, vodka y caviar. Para mí, desacostumbrado a la vida normal, todo era como un sueño maravilloso. Bebíamos de unas copitas elegantes de cristal engastadas en plata, y no de mierda plástica, y aunque solo estábamos picando algo, cada uno tenía delante un plato fino. El sitio me parecía muy espacioso después de mi celda carcelaria del hotel, te podías levantar, caminar, observar. El pan estaba untado con mantequilla de verdad, y encima había caviar auténtico, vodka congelado y pepinillos con ajo. Lancé otra mirada a la mesa.
Aún no me había atacado, indagaba tranquilamente y con empatía sobre mi relación con mi mujer, sin hurgar en la herida, como por casualidad. Me contó que él también tuvo una esposa cuando aún no sabía que las mujeres eran tan horribles. Hacía mucho tiempo que su ex mujer se había ido a México con un policía, o un bombero, no lo recuerdo exactamente, era muy rica y tenía dos hijos suyos. Uno de los hijos murió.
Cuando nos terminamos la botella, y lo hicimos bastante rápido porque todos éramos aficionados a la bebida y expertos en el tema, gente que bebía constantemente, todos los días y mucho, él se sacudió, fue al baño y empezó a arreglarse para el ballet.
Se vistió muy elegante, con una chaqueta negra de terciopelo de Yves Saint Lauren y un ostentoso pañuelo en el bolsillito. Salió de esta guisa, nos preguntó si nos gustaba cómo iba vestido y, después de recibir mi confirmación y la respuesta de Kiril («Raymond, es usted encantador»), se quedó muy satisfecho.
Entonces sonó el timbre, un tal Luis pasaba a buscar a Raymond (su amante, me susurró Kiril), pero Raymond lo llamaba Sebastián en honor al célebre santo asesinado con arcos. Sebastián era mexicano. No me pareció interesante, su vestimenta era muy conservadora, era de la misma estatura que Raymond, tenía un rostro agradable pero sin ningún rasgo que destacara. Era el propietario de una galería artística. Tenía unos treinta y cinco o cuarenta años, y Raymond lo consideraba joven.
Se fueron, pero Raymond nos pidió a Kiril y a mí que nos quedáramos y esperáramos a que volviera. Contento de haber estado a la altura y haber cumplido su promesa, Kiril me preguntó con aire protector: «¿Qué, te gusta Raymond, Édichka? No me digas que no es un encanto.» Creo que intentaba imitar la jerga de esa famosa abuela aristocrática suya de la que tanto hablaba, la que vivió hasta los ciento cuatro años y tenía la mala costumbre, a mi juicio, de decorar la pared con platos viejos resquebrajados.
Le dije que no me parecía un mal hombre, normal.
—Ahora está enamorado de Luis, pero cuando estábamos en la cocina me ha dicho que le gustabas mucho.
Cómo no iba a gustarle, otra cosa hubiera sido imposible, pero era casi calcado a Avdeev, el cantante del restaurante Teatralni, mi admirador de la más tierna juventud. ¡Qué cosas!
Kiril colmaba de elogios a Raymond, como si fuera una mercancía que quisiera vender. Raymond es tan listo, y tan inteligente, y se viste con tanto lujo, incluso me llevó al dormitorio para que viera todo lo que Raymond tenía colgado en el armario de la pared. «¡Mira! —abría el armario con orgullo—. ¡Mira cuántas cosas!»
Kiril llevaba unos horribles zapatos gastados. Aunque sufría por ello, no tenía suficiente fuerza de voluntad para ir a comprar unos zapatos cuando disponía de dinero, cosa que era muy poco frecuente pero ocurría a veces.
Luis y Raymond, continuó Kiril en tono de madre cariñosa que explica las andanzas de su hijo más querido, se hacían coser fracs especiales para ir al teatro, unas piezas únicas muy especiales. «Ya sabes, Limónov —la seriedad del momento le había hecho pasar de Édichka a Limónov—, Raymond conoce a mucha gente importante, desde Nizhinski hasta… y además Raymond…»
Probablemente Kiril me dedicaba los mismos elogios ante Raymond. «Es poeta, un coco, y tan delgado, el pobre sufrió mucho con la traición de su mujer…»
Poco después Kiril se puso triste. Se le pasó la emoción de haber estado a la altura, de haber cumplido su promesa. Intentando de forma evidente sobreponerse a sí mismo, se fue a la habitación de al lado y empezó a hablar por teléfono. Llamó a su amante Janette y por lo visto acabó riñendo con ella. Desolado, volvió al salón, sacó de la nevera de Raymond otra botella de vodka y nos la bebimos sin apenas darnos cuenta. Se fue de nuevo al teléfono, hizo algunas llamadas más, esta vez se oyó un susurro insinuante en inglés, pero no tuvo la respuesta que quería. Después de eso, como era el único objetivo a mano, empezó a atacarme.
—Limónov, ay Limónov, ¿te acuerdas de que en el hotel me enseñaste a una conocida tuya, una inmigrante rusa? Llámala y dile que venga, me la tiraré.
—Kiril, no la necesitas para una mierda, además, apenas me saludo con ella. Encima son las doce, para nosotros es horario infantil pero llamar ahora a una persona normal como esa chica es una ofensa. Hace tiempo que está más que dormida. Y si la llamo, ¿qué le digo?
—Ya, no puedes hacerme ni ese pequeño favor, no puedes llamar a esa chica. Estoy mal, me he peleado con Janette, ahora necesito tirarme a alguien. Yo lo hago todo por ti, te he presentado a Raymond, y tú no quieres hacer nada por mí. Eres un egoísta, Limónov —dijo, furioso.
—Si fuera un egoísta —le contesté con calma—, me importaría una mierda el comportamiento de los demás, y me la traería floja todo lo que hiciera mi ex mujer. Precisamente porque no soy un egoísta he acabado tirado en Lexington, qué te voy a contar, tú me viste ahí tirado, en qué estado estaba. Y estaba así porque de pronto perdí el sentido de mi vida, Elena, ya no tenía nada de lo que preocuparme, y no sé vivir solo. ¿Cómo voy a ser egoísta?
Todo eso lo dije muy serio, muy, muy serio.
—Preocúpate por mí—dijo—, y de ti mismo también, nos la tiraremos juntos, ¿quieres? ¡Édichka, llámala, por favor!
A lo mejor quería una compensación por su fracaso con Janette, desahogar su cólera en otro coño. A veces pasa. Pero yo no podía admitir que en el lugar de mi primera experiencia estuviera presente una tía.
—No quiero tirarme a una tía sucia —dije—, las mujeres me repugnan, son vulgares. Quiero empezar una nueva vida, acostarme con Raymond hoy mismo, si sale bien. Es más, no me molestes, olvídate, mejor comamos algo, comer sí que me apetece.
El recordatorio de la comida me sirvió para cambiar de tema. Él también tenía hambre, así que fuimos a la cocina. «Raymond casi no come en casa» dijo Kiril en tono nostálgico. Nos acercamos a la nevera, pero de lo que encontramos allí poco se podía comer. Nos detuvimos en las manzanas, comimos dos piezas, pero no nos saciaron. En el congelador encontramos unos filetes rusos que parecían tener siglos de antigüedad, los sacamos y los empezamos a freír con mayonesa porque no encontramos mantequilla, aunque Raymond había puesto mantequilla con el caviar. En la nevera también había caviar, pero no nos atrevimos a tocarlo.
Provocamos un hedor horrible, tuvimos que abrir todas las ventanas, y en ese momento entraron Luis-Sebastián y Raymond.
—¡Puaj, qué se os ha quemado, qué peste! —exclamó Raymond, asqueado.
—Teníamos hambre y hemos frito unos filetes rusos —contestó Kiril con timidez.
—¿Y no podíais bajar al restaurante?
—Hoy no tenemos dinero —dijo Kiril con modestia.
—Os daré dinero, id a comer, los jóvenes tienen que alimentarse bien —dijo Raymond, le dio dinero a Kiril y se dispuso a despacharnos.
—Perdona —me dijo en tono íntimo junto a la puerta—, te deseo, pero Luis se suele quedar aquí a hacer el amor y a dormir, me quiere mucho. —De repente me dio un beso inesperado, fuerte y prolongado, agarrando con sus labios gruesos los míos pequeños. ¿Qué sentí? Me resultó extraño, sentí una especie de fuerza, pero no duró mucho porque Sebastián-Luis daba vueltas por el salón. Kiril y yo nos fuimos.
—Llámame mañana a las doce al trabajo, Kiril te dará el teléfono. Comeremos juntos —dijo Raymond por la rendija de la puerta.
Abajo, en el restaurante, pedimos una enorme pieza de carne, solomillo con patatas. Era muy caro, pero estaba rico y nos llenó. Pesados de tanto comer, salimos a la noche de Nueva York y Kiril me acompañó hasta el hotel.
—Kiril —dije yo en broma—, Raymond está bien, pero tú me gustas más, eres alto y fuerte, además de joven. Si encima tuvieras algo de dinero, haríamos una pareja estupenda.
—Por desgracia, Édichka, de momento no me atraen los hombres, quizás algún día —contestó.
El reloj electrónico de la torre IBM marcaba las dos de la madrugada.
Al día siguiente llamé a Raymond y quedamos en su oficina. Después de pasar por toda una barricada de secretarias emperifolladas y sin nada de grasa, finalmente acabé en una sala, por supuesto fría, luminosa y amplia, más grande que el vestíbulo de nuestro hotel, donde él hacía sus negocios y dirigía sus asuntos. Parecía un señorón, con su traje gris a rayas y la corbata moteada. Fuimos enseguida a un restaurante cercano que estaba en la Avenida Madison, cerca de mi hotel.
El restaurante estaba lleno de damas muy distinguidas de cabello entrecano, también había hombres, pero menos. En cuanto a las damas, pensé que obviamente cada una de ellas había despachado a dos maridos. Nos sentamos juntos y Raymond pidió para mí una ensalada de aguacate y langostinos.
—Yo no puedo comer ese plato —dijo—, engorda, pero tú puedes, eres un niño.
El niño pensó para sus adentros que sí, claro, era un niño, pero sería magnífico que le abrieran un agujero en la cabeza, sacaran por ahí el pedazo de cerebro que corresponde a la memoria, lo lavaran y lo aclararan a conciencia. Entonces sí sería un niño.
—¿Qué bebemos? —preguntó Raymond.
—Vodka, si puede ser —dije con modestia, y me arreglé el pañuelo negro del cuello.
Pidió vodka para los dos, pero lo servían con hielo y no era del todo el vodka que esperaba.
Comimos y charlamos. La ensalada tenía un sabor sofisticado y sutil, era un plato para gastrónomos, y volví a comer con cuchillo y tenedor: es algo que hago con mucha destreza, como buen europeo, y me siento orgulloso de ello.
Desde fuera, naturalmente, parecíamos dos homosexuales, aunque él se comportaba con mucho decoro excepto cuando me acariciaba la mano. Era obvio que escandalizamos a algunas señoras mayores, y en nuestro silloncito nos sentíamos como si estuviéramos sobre un escenario, sentados frente a un fuego cruzado de miradas. Como poeta me gustaba escandalizar a señoras tan curtidas por la vida. Me gusta que me presten atención, de cualquier tipo. Me sentía como pez en el agua.
Raymond empezó a hablar de la muerte de su hijo de quince años. El chico tuvo un accidente mortal en una moto que había comprado unos días antes a escondidas de su padre.
—Estudiaba en Boston, y no pude evitar que lo hiciera — dijo Raymond con un suspiro—. Tras su muerte fui a Boston a ver a la persona que le vendió la moto. Era negro, y me dijo: «Sir, siento mucho su pérdida. De haber sabido que todo terminaría así, nunca le habría vendido la moto al chico, le habría pedido una autorización del padre.» Era muy buena persona, ese negro —dijo Raymond.
En un intento de distraerle de los tristes recuerdos, le pregunté por su ex esposa. Se animó, por lo visto era un tema interesante para él.
—Las mujeres son más brutas que los hombres, aunque se suele opinar lo contrario. Son codiciosas, egoístas y abominables. Hacía mucho tiempo que no tenía trato con ellas, pero hace poco fui a Washington y, después de una pausa de muchos años, me tiré por casualidad a una mujer. Pero, ¿sabes?, me pareció sucia, aunque era muy guapa, una tía pulcra y femenina de treinta y cinco años. En su propia fisiología, en sus menstruaciones, hay algo sucio. Kiril me dijo que querías mucho a tu esposa, y que era una mujer muy guapa. Ahora aún sufres, desde luego, pero no te imaginas la suerte que has tenido de librarte de ella, ya lo entenderás más adelante. El amor de un hombre es más sólido, y a menudo la pareja permanece unida durante toda la vida. —En ese momento suspiró y bebió un trago de vodka. No estuvo mucho rato reflexionando—. Es cierto que hoy en día cada vez es menos frecuente encontrar ese amor. Antes, hace veinte o treinta años, los homosexuales no vivían así. Los jóvenes vivían con los viejos, aprendían de ellos, cuando un joven y un viejo se quieren y viven juntos es algo noble. El joven a menudo necesita un sostén, el apoyo de una mente experimentada y madura. Era una buena tradición. Por desgracia, ahora ya no es así. Ahora los jóvenes prefieren vivir con otros jóvenes, y de ahí no sale nada más que un folleteo brutal. Qué puede enseñar un joven a otro joven… Ahora no hay parejas sólidas, todos cambian de amante cada dos por tres. —Suspiró de nuevo, luego continuó—: Me gustas, pero ya hace un mes que tengo un rollo con Sebastián. Lo conocí en el restaurante, ¿sabes? Aquí hay restaurantes especiales donde no van mujeres, solo personas como yo. Yo estaba con todo un grupo, él también estaba acompañado, enseguida me fijé en él, estaba sentado en un rincón, tenía un halo de misterio. Sebastián dio el primer paso, me envió una copa de champán, y yo le correspondí con una botella. Al principio pensé que le gustaba mi amigo, un italiano joven muy guapo. Pero no, resulta que le gustaba yo, el viejo. Se acercó a nuestra mesa a presentarse, y así nos conocimos. Me quiere mucho —continuó Raymond—. Y tiene muy buena polla. ¿Crees que soy vulgar? No, hablo de amor, y eso es importante para el amor: tiene muy buena polla. Pero no me excita, y cuando ayer te besé junto a la puerta enseguida me empalmé…
Ante semejante efusividad, solo fui capaz de cortar un trocito de aguacate con una atención desmesurada, luego dejé el tenedor y el cuchillo, cogí la copa, bebí y me puse a jugar con los hielos del vodka.
Raymond no advirtió mi turbación, y siguió.
—Hace poco Sebastián vivió una tragedia horrible. Estuvo a punto de suicidarse. Vivió seis años con una persona, no quiero mencionar su nombre porque es un hombre conocido, muy, muy rico. Sebastián le quería y no se separó de él en seis años. Fueron juntos a Europa, viajaron en yate por todo el mundo, y de repente esa persona se enamoró de otro. Sebastián estuvo un año sin levantar cabeza. Me dice que si le abandono no lo soportará. Me trata muy bien, me hace regalos, mira, este anillo me lo regaló él, y a lo mejor viste un jarrón enorme en el salón, también me lo regaló él. Ayer, supongo que te diste cuenta, estaba un poco contrariado. Le salió mal un negocio, había mucho dinero en juego —continuó Raymond—. Sebastián quería vender unas copas del rey Jorge, no recuerdo qué número de rey, y no lo consiguió, lo está pasando muy mal. Le encanta su trabajo en la galería, pero se cansa mucho. Viene a mi casa a hacer el amor, pero a veces se queda dormido del cansancio, yo le beso para intentar despertarlo, tengo ganas de sexo pero él está cansado del trabajo. Además tiene que conducir mucho, su trabajo no queda cerca de mi casa, nos gustaría vivir juntos, pero el problema es su trabajo. El caso es que en este país no se persigue a los que son como nosotros, pero no conviene que sus clientes ricos y sobre todo sus clientas sepan que es homosexual. Seguramente dejarían de comprar en su galería. Si no todos, muchos. Por eso no podemos vivir juntos, sería inevitable que corrieran rumores. Pero para nosotros sería más cómodo vivir juntos, también por motivos económicos, y no es que él sea un tacaño, es ahorrador, eso está bien porque yo gasto dinero con demasiada facilidad. Dice que a veces podríamos comer en casa, le encanta cocinar. Antes en mi empleo podía permitirme muchas cosas, los gastos de restaurantes también los pagaba la empresa, gozaba de grandes privilegios porque era amigo y compañero de mi jefe, creamos el negocio juntos. Ahora que murió mi amigo y compañero, ya no tengo esos privilegios. Las estrecheces económicas me crispan los nervios, estoy acostumbrado a vivir holgadamente. ¿Tú qué crees? —se dirigió a mí inesperadamente tras interrumpir su monólogo—. ¿Me quiere realmente Sebastián, como dice? Muchas veces le digo: «Eres joven, yo soy viejo, ¿por qué me quieres?» Él me contesta que soy su amor. Yo no sé qué hacer —continuó Raymond—. Me gusta, pero ya te lo he dicho, contigo enseguida me empalmé, con él no pasa lo mismo, pero dice que me quiere. ¿Puedo creerle? ¿Tú qué opinas? —Me lanzó una mirada expectante.
—No lo sé —dije yo. Qué otra cosa podía decir.
—Me da miedo enamorarme —confesó Raymond—. Ya no tengo edad para eso. Me da miedo enamorarme. Luego, si me dejan, será una tragedia, y no quiero sufrir. Me da miedo enamorarme.
Me miró expectante mientras me acariciaba la mano con los dedos llenos de anillos, entre los que sobresalían pelillos rojizos en algunos sitios. La mano pesaba. La miré abstraído, como si fuera un sueño. Entendí que lo que quería saber era si yo le querría si dejaba a Luis. Estaba pidiendo una garantía, ¿pero qué garantía podía darle yo? No sabía nada. Raymond estaba bien, pero me costaba discernir si sentía atracción sexual por él. Solo podía saberlo después de hacer el amor con él.
—Dame un consejo, ¿qué hago? —dijo.
—Probablemente te quiere —dije, mintiendo a medias, por decir algo. Quería ser sincero con él, como con todo el mundo, no podía decirle: «Deja a Luis, te amaré fielmente y con ternura.» No sabía si sería así. Además, de pronto me asaltó la idea de que estaba buscando amor, cuidados y caricias, y yo quería lo mismo, por eso estaba ahí sentado con él, había ido en busca de amor, cuidados y cariño. ¿Cómo nos separaremos? Estaba desconcertado. Si tengo que darle amor, no quiero, no quiero y punto, yo quiero que me amen, no necesito nada más. A cambio de su amor por mí, si existe, le amaré después, me conozco, será así, pero que empiece él.
Luego superamos aquel momento de peligro. Bueno, no lo superamos, nos esforzamos por escapar de él. Me preguntó por cómo vivía en Moscú, y yo le conté con paciencia lo que ya había explicado unas cien veces aquí en América a personas amables pero básicamente faltas de interés. Se lo repetí todo, pero él no se mostró indiferente: me estaba examinando.
—Las revistas y editoriales no publicaban mis obras. Las publiqué yo mismo con una máquina de escribir, les puse una cubierta rudimentaria de cartón, las sujeté con grapas y clips metálicos y las vendí a cinco rublos el ejemplar. Esas colecciones las vendía al por mayor, a cinco-diez ejemplares, a mis admiradores-distribuidores, cada uno de los cuales constituía el centro de un círculo de intelectuales. Los distribuidores me pagaban el dinero al contado, y luego distribuían las colecciones por ejemplares en sus círculos. Normalmente el samizdat, la autopublicación, es gratuita, soy el único que ha vendido así sus libros. Según mis cuentas, se distribuyeron cerca de ocho mil ejemplares…
Se lo contaba a Raymond en un tono estudiado y monótono, muy deprisa, como se leen en voz alta los textos aburridos y tediosos.
—Además sabía coser y hacía pantalones por encargo. Por un par cobraba veinte rublos, también cosía bolsos, y mi ex esposa Anna, me acuerdo, iba a venderlos al GUM, un importante centro comercial en la Plaza Roja, a tres rublos la pieza. Todo eran maneras ilegales y perseguidas en la URSS de obtener dinero. Me arriesgaba conscientemente todos los días…
Él no me escuchaba mucho. Mi aritmética rusa le interesaba poco: tres rublos, veinte rublos, ocho mil… tenía sus preocupaciones. Yo había ido a buscar amor y vi que él quería amor de mí. Estaba sopesando si yo sería capaz de dárselo. Eso ya no me gustó, ya había sufrido una derrota en el papel de amante. Yo también quería una garantía, no estaba dispuesto a volver a pasar por lo mismo.
Pagamos la cuenta, pagó él, por supuesto, yo no tenía nada, más adelante me acostumbré a ese papel de chica, y decidimos subir en ascensor. Raymond quería ver vajillas, tenía intención de comprar una nueva para almorzar, y en la planta superior había una galería.
En la galería nos recibió una chica fea, y luego salió también una señora mayor. Me gustaba que nos vieran, al imponente Raymond y a mí, y que lo entendieran todo. Raymond toqueteaba los platos, observaba las fuentes y copas, me ofrecía porcelana antigua para que la contemplara y pasamos un rato intelectual y provechoso. A mí me encanta lo bonito, compartía su entusiasmo por las obras de los maestros de la entrañable antigüedad, en la que había familias, no cocaína ni Elenas follando sudorosas por las drogas ni el obsceno mundo de la fotografía y sus sucios bastidores. Comidas familiares, vida decente, eso era lo que me trasmitía esa porcelana. Por desgracia, mi destino no era ese, pensé.
Pero la visita y la investigación de precios terminaron, bajamos en ascensor, me besó delante del chico del ascensor y salimos a la calle, llena de automóviles. Era la primavera de 1976, el siglo XX, la hora del almuerzo en la gran ciudad de Nueva York.
—Me gustaría hacer el amor contigo, pero ahora Luis se queda casi siempre a pasar la noche conmigo. Además, estará celoso, ¿viste la mirada que te lanzó ayer? —Yo solo recordaba la mirada fatigada de Luis-Sebastián y una conversación inconexa con él—. Podrías venir a mi casa hoy a las cinco, pasaremos un rato juntos, tomaremos algo —dijo Raymond.
—Vale, encantado —dije, y realmente estaba encantado, pues descubrí en mí una voluntad inquebrantable de acostarme con él, no me da miedo utilizar una expresión burocrática: quería convertirme oficialmente en homosexual, en mi fuero interno ya lo era pero quería serlo de cara al futuro y considerarme como tal. Quería terminar con aquello. A lo mejor es lo que les pasa a las chicas cuando quieren perder la virginidad. En mi deseo había incluso algo anormal, lo notaba.
Nos despedimos en la Avenida Madison, pero yo no fui directamente al hotel, estuve un rato más callejeando, sopesando sus palabras. «En este mundo de homosexuales también hay amor y desamor, lágrimas y tragedia, no hay donde refugiarse del destino, del ciego azar. Y el amor también rara vez es verdadero», pensé.
Me di una ducha y a las cinco estaba en su casa. También estaba Kiril. Raymond estaba sentado en el sillón del dormitorio, se había aflojado el nudo de la corbata y bebía algo rozando con los labios una copa grande.
—¡Prepárale algo para beber! —le ordenó a Kiril. El joven alcahuete me hizo un guiño cómplice y me dijo:
—Vamos Édichka, te prepararé algo.
—¿Es que no puedes prepararlo solo? —replicó Raymond fingiendo estar enfadado.
—Pero es que no sé qué quiere, le enseñaré lo que hay y que escoja.
Fui con Kiril a la cocina. Afortunadamente sonó el teléfono y Raymond no nos retuvo porque estaba ocupado con la conversación telefónica.
—Antes de que llegaras —cuchicheó Kiril mientras me preparaba un vodka con zumo de naranja—, antes de que llegaras Raymond me ha preguntado qué te había contado, te llevará a restaurantes con mucha frecuencia, te comprará un traje, siempre y cuando no vivas con nadie. Raymond tiene que decidir qué hacer: seguir con Luis o estar contigo, me dice: «Sebastián me quiere mucho, pero no me empalmo con él. Eddie no me quiere, pero a lo mejor me querrá, nos acabamos de conocer.»
—En general —continuó Kiril en un susurro sibilante—, no se cree que no lo hayas probado ni una sola vez con un hombre, dice que le parece que te has acostado con hombres.
—Lo he disimulado muy bien —dije distraído, pensando en mis cosas. Podía fingir y decir de día que le quería y pedirle que dejara a Luis, que viviera conmigo, contarle cualquier milonga, era muy capaz de jugar, arrimarme a su hombro, acariciarle el cuello rojo, besarle la oreja, hacer de ramera pequeñoburguesa y decadente y desplegar ante él un montón de mohines, pequeños caprichos, rarezas y gestos adorables que le resultaran irresistibles, claro. Sabía hacerlo. El enigma para mí era cómo comportarme en la cama, pero esperaba saberlo muy pronto. Mi conducta era poco razonable pero sincera, no me puse a mentirle, no le dije que le quería.
Salimos al salón. En el dormitorio Raymond hablaba por teléfono en francés, así que nos quedamos en el salón.
—Hoy me he encontrado en la Quinta Avenida a tu ex esposa, Édichka —dijo Kiril, que me miró atentamente a la espera de mi reacción. Yo me bebí mi vodka y tras una breve espera dije:
—¿Y qué?
—Iba volando por la Quinta Avenida, no veía a nadie, llevaba una especie de chaqueta roja y las pupilas dilatadas, probablemente se está pinchando heroína, o esnifa cocaína, estaba nerviosa y alterada. Dice que se van a Italia, se marchan un mes. Zoli la envía. «¿Cómo está Limónov, le ves?», me ha preguntado. Cuando se ha enterado de que te he buscado un «novio» —Kiril bajó la voz— se ha puesto muy contenta y me ha dicho: «Odio a los hombres, búscame una vieja lesbiana rica que me acaricie, me folle, me folle, me folle con un consolador.» —Kiril repitió varias veces lo de follar, por lo visto Elena también lo dijo así: con intensidad y varias veces. Recordé sus orgasmos prolongados y casi animales con un consolador que yo mismo le metía, y me mareé, empecé a sentir calor abajo, después de esos orgasmos me la tiraba con un placer especial. Bebí un gran trago de vodka y, dejando a un lado mis sensaciones, sintiendo la polla gruesa, me sacudí el abotargamiento y escuché, me obligué a escuchar lo que decía Kiril. Terminó la frase… después del consolador iba—: …y entonces nuestra familia estará completa, me dijo.
El propio Kiril entró en digresiones y dijo que Elena no era su tipo, que qué le veía, y yo esbocé una sonrisa burlona y automática, casi como si saliera en ese momento de nuestra cama, del lecho «conyugal».
Por suerte salió Raymond, una persona real del mundo real, y se acabó mi suplicio. Seguimos bebiendo sin parar. Al cabo de media hora, durante la cual mantuvimos conversaciones mundanas, Raymond empezó a acariciarme el miembro a través de los pantalones, sin avergonzarse en absoluto por Kiril. Yo sonreía y fingía que no ocurría nada fuera de lo común.
Raymond no estaba sentado a mi lado, estiraba la mano hacia mi polla desde el sillón, y yo estaba en el diván. Ese gesto acentuaba lo ridículo de la situación. No sentí nada con el roce de Raymond, absolutamente nada, además estaba Kiril, y yo no era un tipo sano de campo de algún pueblo de Arizona al que se le despiertan los instintos básicos y la polla en cuanto le toca otra persona. Yo era un europeo ridículo con conexiones antinaturales dentro del organismo, era buen actor, pero no podía controlar aquello. Podía derramar lágrimas cuando quisiera, pero ¿empalmarme en esa situación? Además, tampoco sabía si hacía falta. Solo pensaba en que tal vez una polla que no se levantara le asustaría. Pero no, no le asustó, más bien al contrario.
Cuando pasado un rato atravesé el dormitorio de Raymond hasta el amplio lavabo, decorado artísticamente con retratos y fotografías, hice pipí y volví después de limpiarme el miembro con papel higiénico, Raymond fue a mi encuentro en el dormitorio. Tenía una mirada extraña, los labios del color de una fresa agriada al sol, y balbuceaba algo. Sin parar de murmurar, se arrimó a mí. Yo era mucho más alto que él, tuve que rodearle la espalda y los hombros con los brazos. Nos quedamos ahí plantados, él seguía murmurando y manoseaba mi miembro a través del pantalón, no entendía por qué. Desde fuera debíamos parecer luchadores japoneses. Al final empezó a empujarme hacia la cama. Bueno, yo obedecí, qué remedio me quedaba, aunque empecé a sentir cierto disgusto porque lo hiciera todo de una forma tan absurda, y aquella sensación fue en aumento.
Me colocó en la cama, yo me tumbé de espaldas, él se puso encima y empezó a imitar los mismos movimientos que se hacen cuando se folla a una mujer. Estuvo un tiempo con esa simulación, con la respiración entrecortada y resoplándome debajo de la oreja, me besaba el cuello, yo aparté la cabeza y la hice rodar de lado a lado exactamente igual que hacía mi última esposa, me sorprendí haciéndolo, por lo visto también tenía la misma expresión en el rostro. Esas cosas se contagian.
Raymond era pesado e incómodo. A pesar de toda mi exasperación le compadecía, era consciente de que yo era como una virgen inexperta. «No le va a ser fácil conmigo», pensé. Pero el hecho de que lo hiciera todo de una forma tan estúpida y molesta seguía incomodándome.
En la habitación contigua Kiril hablaba por teléfono y la puerta no estaba cerrada, por eso Raymond mascullaba algo ininteligible y no hablaba normal, entonces lo entendí. En general pensé demasiado en ese momento. «No voy a pensar», decidí, y volví a la acción. Tenía un tío pesado y rojizo retorciéndose encima de mí. Bonita situación, Édichka, estás aquí tumbado y parece que están a punto de follarte. Aunque era lo que querías, por cierto. Bueno, digamos que no quería follar exactamente, sino amor, caricias, estoy cansado de no recibir cariño y, por extensión natural, de la falta de caricias en la polla. Pero lo que está pasando es un disparate. A lo mejor no tiene la delicadeza suficiente para comprender que conmigo no puede ser así. O no le da miedo asustarme, no me tiene en gran estima.
Se deslizó más abajo, me bajó la cremallera de los pantalones pero no pudo desabrochar el cinturón, no sabía cómo funcionaba. Yo sonreí mentalmente. Mi primera esposa también se enredaba con mi cinturón, uno del ejército soviético de mi padre, no podía desabrochar el cinturón del niño. Este, en cambio, era italiano. Mi primer hombre. No, no podrás desabrocharlo, no sabes cómo hacerlo. A la mierda, te ayudaré. Y, sin cambiar la expresión lánguida del rostro, bajé las manos de la cabeza donde habían estado todo el rato y me desabroché el cinturón.
Excitado, me quitó los calzoncillos rojos y me sacó el miembro. Madre mía, estaba retorcido y pequeño como el de un niño, y con el roce de su palma al agarrarlo salió, deslizándose como una lágrima, una gotita de orina. Por mucho que te seques con papel, esa gotita siempre se esconde en el fondo para derramarse cuando crea oportuno. Qué interesante, a ver cómo la afrontaba Raymond. «¿Pensabas que era fácil follar con tíos traumatizados?», me daban ganas de preguntarle. Tiraba de mi miembro y lo estrujaba de una forma burda, precipitada, pensé.
En la habitación de al lado Kiril le reprochaba algo a su Jannette. Sin querer, presté atención a la voz de Kiril, capté palabras sueltas. Raymond no paraba de tirar y estrujar, me sentía incómodo, tenía una de sus rodillas apretándome la pierna, y de repente entendí que no iba a sacar una mierda de él, que en ese mismo momento me iba a levantar e irme, y para no perjudicarme ni ofenderle, me apresuré a cuchichear lánguidamente: «¡Kiril nos va a oír!»
Lo entendió, se levantó, o a lo mejor desistió de conseguir nada de mi miembro, pero se levantó y se fue como un sonámbulo al baño.
Cuando volvió yo ya deambulaba por la habitación, miraba por la ventana hacia abajo, hacia la calle, con los pantalones abrochados y la camisa por dentro. Nos reunimos con Kiril y seguimos bebiendo, y luego yo saqué del bolsillo del chaleco los versos que había llevado, se los leí a Raymond y Kiril, y Kiril expresó su opinión dándose aires de importancia sobre cada poema.
Los versos me devolvieron la tranquilidad perdida. En eso soy superior a los demás, solo en la poesía soy quien soy de verdad. Leyendo versos me invadió la calma, digo, aunque esa gente, Raymond y Kiril, no estaban hechos para mis poemas. Raymond entendía educadamente que era arte, y como tal hay que apreciarlo y admirarlo, pero apenas se daba cuenta realmente de quién tenía delante y qué estaba leyendo. Pese a ser más europeo que americano, llevaba tantos años en este país que sin querer atribuía al arte el modesto papel de capricho que decora la vida. Por supuesto, era entrañable que su posible amante fuera poeta, era interesante, romántico, pero ya está. Para él mis versos eran pequeños, y él, Raymond, era grande, aunque el sufrimiento de Édichka fuera mayor que el de Raymond, que el de toda la ciudad de Nueva York, precisamente porque Édichka se hacía transparente a través de sus versos. De eso me pavoneaba yo, claro, estaba absolutamente convencido de ello, aún hoy.
No les hice muchas concesiones, leí unos cinco o siete poemas y escondí el manuscrito en el bolsillo del chaleco. Basta. Sobre todo porque Raymond estaba distraído con el teléfono y Kiril, cómo no, intentaba explicarme su relación tan propia de Petersburgo-Leningrado con la poesía. A los de Leningrado les encanta la grandilocuencia y la afectación, el amaneramiento y el pseudoclasicismo, para ellos mis versos son demasiado sencillos.
Apareció un invitado, un francés propietario de una red de tiendas que venden trajes lujosos de Yves Saint Laurent, Pierre Cardin y otras celebridades francesas. Ya conocía esos apellidos tan sonoros de Moscú. Por ejemplo, en Yves Saint Laurent escogía sus prendas Louis Aragon, miembro del comité central del partido comunista francés y uno de los mejores poetas franceses. ¿Cómo lo sé? Ah, Édichka tiene muchísimos contactos, aunque se los calla, se corta. Lilia Brik me habló del yvessaintlaurentismo de Aragon, la famosa Lilia, amiga mía, una mujer que ha pasado a la historia como amante del gran poeta Vovka Mayakovski, grande diga lo que diga la basura soviética o antisoviética.
Bueno, me he olvidado del francés. El pelo fino y liso le colgaba en hilillos a ambos lados del cráneo, era huesudo, alto, con un trasero bastante grande pese a su delgadez general, llevaba unos pantalones apretados y tenía un rostro igual de angosto que se iba estrechando hacia la nariz. Se parecía a algún pez.
El joven holgazán Kiril, enrojecido de la vergüenza, se puso a hablar en francés con el galo. Hay que reconocer que no se le daba mal. Su abuela, a la que recordaba constantemente, además de romper porcelana de la época de los Kuznetsov contra la pared, enseñó a su nieto a hablar en francés e inglés, cosa que no se puede decir de la mía, por desgracia.
Por deseo de Raymond, que no paraba de ensalzar mi figura, tuve que dar unas vueltas delante del francés para exhibirme. Era como si tuviera quince años y mis padres me enseñaran a sus amigos. Qué digo quince, menos: diez, ocho.
Era evidente que le gusté al francés, era un viejo homosexual empedernido, no sé cuántos años tenía, se conservaba bien, como un viejo marfil de elefante, brillante, pulido, sonreía todo el tiempo y hablaba con una vocecita desesperada, como la que usa la gente sencilla y graciosa en las operetas: los príncipes eran graciosos, pero sin perder el encanto. A mí también me gustó el francés, bastante más que Raymond, pero no me atreví a decírselo. Por alguna razón me resultaba agradable, desde los pantalones apretados intencionadamente pasados de moda hasta el cabello en hilillos de la cabeza.
Raymond era más gordinflón, más sanguíneo, carnoso, naturalmente al francés le gustaba más yo.
Kiril, que no tenía ni un copec, inició por cortesía una conversación sobre la compra de trajes. Todo el mundo sabía que no iba a comprar una mierda, pero era su manera de ser amable con todos, de participar en su vida de alguna manera. Creo que estaba completamente entusiasmado en compañía de homosexuales, pobre diablo, quería a sus amigos, le encantaban sus títulos, o la ausencia de títulos, apuesto a que siempre exageraba sobre la riqueza de Raymond conmigo y con los demás, en general exageraba en todo sobre sus amigos para hacerlos mejores y más grandes. Era una inocente distracción infantil, pero tampoco se olvidaba de sí mismo, Kiril, pues tener esos amigos le hacía también más grande ante sí mismo y ante los demás.
Desafortunadamente el francés se fue muy pronto, al despedirse me dio un cachete en el culito y me dijo: «Creo que es mejor que te haya dejado tu mujer.» Viniendo de su boca sonaba convincente, y pensé: «Claro que es mejor, tal vez sea mejor.» Y gracias a ese cachete me animé, por algún motivo me gustó.
Después del francés llegó un italiano.
—Fue mi amante durante una época —dijo Raymond cuando el italiano se fue al restaurante a comer—, no me dejaba dormir, tenía una polla muy potente ese chico. ¡Ay, y lo que puede llegar a hacer! —dijo Raymond extasiado. Sus palabras me sonaron a reproche. «Es culpa tuya, no sabes cómo abordar el tema», pensaba yo.
El italiano había ido a pasar la noche. Cuando le pregunté a Raymond por qué no se alojaba en un hotel, me explicó que encima era millonario. Tenía treinta y cinco años, ni uno más, y era muy simpático. Se llamaba Mario.
Aquella noche acudieron a casa de Raymond homosexuales de todas las nacionalidades, es cierto que no se acumulaban, sino que estaban un rato, se iban y en su lugar aparecían otros. Solo se quedó Mario, pero también se fue pronto a la habitación de invitados que tenía preparada y se quedó allí.
A veces Raymond se acercaba de nuevo a tocarme la polla, pero poco a poco se fue notando que estaba cansado, y del cansancio ya no se controlaba y se puso grosero, dijo algunas guarradas torpes, algo que no pasaba en su estado normal. Al final nos anunció a Kiril y a mí que quería dormir, si le disculpábamos. Me sentí desengañado. Por lo visto lo llevaba escrito en la cara, porque Raymond dijo:
—Vete con Mario, ¿quieres? —y continuó en tono de broma—: Pero no te dejará dormir, yo personalmente le tengo cierto miedo a Mario, aunque hace muchos años que no nos acostamos y no nos excitamos mutuamente. —Y nos acompañó a la habitación de Mario, tambaleándose un poco porque llevaba todo el día trabajando en la oficina, y luego toda la noche bebiendo con nosotros al mismo nivel, era comprensible.
Mario estaba hojeando unos papeles con la camisa desabotonada. Era un hombre de negocios, cierto, muy guapo, y yo, dado mi deseo de perder la virginidad en ese instante, probablemente me habría quedado con él de no haber notado que Raymond no quería, que seguramente no quería, a menos que le hubiera decepcionado el aspecto de mi retoño arrugado. Y no me quedé, aunque las palabras burlonas y la mirada de soslayo que me dirigía Mario me convencieron al instante de que Raymond tenía razón y no mentía sobre él.
Necesitaba irme, pero empezó una conversación estúpida, culpa de Kiril y del agotado y fláccido Raymond. Al día siguiente debía celebrarse una fiesta en casa de Raymond, era muy importante porque iba a acudir su jefe, el propietario del negocio, que no era homosexual, y Kiril tenía encargado encontrar una chica guapa para el jefe. No sabía dónde iba a encontrarla, pero aquella conversación absurda se alargaba y se alargaba, Raymond se quejaba de la falta de vajilla, pero luego recordó que Sebastián-Luis le iba a traer una bonita.
—Hoy ha llamado, se me ha olvidado por completo. Tengo toda la vajilla medio rota, hacía tiempo que no organizaba nada en casa, siempre llevo a la gente a restaurantes —decía Raymond en tono de terrateniente bien alimentado. Se había despertado en él un vil burgués que por medio de su dinero aspiraba a poseer el mundo entero, con todos sus valores materiales y espirituales. Uno de esos que habían comprado a mi chica tonta. Empecé a ponerme nervioso.
Aparentemente estaba sentado en sus brazos, me acariciaba el hombro con un gesto automático, pero si hubieran estado ahí, ¿qué habrían visto, señores? Odio. Odio hacia aquel hombre, atontado por el vino y el cansancio. De pronto entendí que en aquel momento le habría cortado el pescuezo con mucho gusto a ese Raymond con un cuchillo o una navaja de afeitar, aunque no era él quien me forzaba a mí, sino que yo me forzaba a mí mismo, ahí sentado, pero le cortaría el cuello, le arrancaría ese anillo de brillantes y saldría de ese pisito con el Chagall para luego irme a casita, y me compraría una prostituta para toda la noche, esa de origen chino o malayo, pequeña y delicada, que siempre está en la esquina de la Octava Avenida con la calle Cuarenta y cinco, una prostituta, pero una hembra, una chica. La besaría toda la noche, le haría cosas agradables, le besaría el coño y los deditos de los pies.
Y con el dinero que me quedara le compraría a ese vago de Kiril el traje más caro que tuvieran en Ted Lapidus porque si no quién se lo va a comprar, y yo soy mayor que él y más experimentado. Toda aquella imagen era tan vivida que me estremecí sin querer, se disipó la niebla delante de mí y aparecieron Kiril y el ocupado Mario, y a mi lado el hocico carnoso de Raymond.
—Es hora de irse —dije—, además querías dormir, Raymond.
Y nos fuimos, Kiril y yo.
Puse punto final a Raymond, aunque alguien tenía que llamar a alguien, y un día al salir del hotel, yendo yo bien vestido, me encontré con Raymond, y a su lado estaba Sebastián con un traje negro y un estúpido sombrero blanco de paja, «muy caro», según el omnipresente Kiril, al que estaba esperando y que enseguida apareció. Iba con ellos además un chico mejicano. Parecían parientes caucásicos que hubieran ido a visitar al tío Raymond a Moscú. Estaban muy preocupados, todos andaban buscando no sé qué sitio nuevo donde almorzar. «¡Ojalá tuviéramos nosotros sus preocupaciones!», dijo Kiril con envidia. Cuando vieron al otro lado de la calle un restaurante mexicano, Raymond y sus parientes caucásicos fueron corriendo. A medio camino Raymond se dio la vuelta y me miró. Sonreí y le saludé con la mano. Para entonces ya me acostaba con Chris, ya tenía a Chris.

Chris

Ya he dicho que en la búsqueda de la salvación me aferré a rodo. Reanudé mi actividad periodística, mejor dicho, lo intenté. Mi buen amigo Alexandr, Alka, también agobiado por el engaño de su esposa y harto de su insignificancia en este mundo, vivía por entonces en un estudio de la calle Cuarenta y cinco, entre la Octava y la Novena Avenida, en un buen edificio cerca de burdeles y antros diversos. Siendo un intelectual cuatro ojos, un joven judío precavido, al principio sentía cierto miedo en su barrio, pero luego se acostumbró y empezó a sentirse allí como en casa.
Nos reuníamos a menudo en su casa, intentábamos encontrar una vía para publicar nuestros artículos, contrarios a la elite política de América, en periódicos americanos, pero no sabíamos en cuáles exactamente: The New York Times se había negado a publicarnos, fuimos en otoño, cuando trabajaba en Russkoe Dielo de corrector, igual que Alka. Por entonces nos sentábamos uno frente al otro y enseguida nos entendimos. Llevamos a The New York Times nuestra «Carta abierta al académico Sájarov», pero el New York Times sudó de nosotros, ni siquiera nos hicieron llegar una respuesta. Y eso que la carta no era una tontería, era la primera voz rusa juiciosa desde Occidente. Al final se publicó la carta y una entrevista con nosotros, pero no en América, sino en Inglaterra, en el Times de Londres. En la misiva hablábamos de la idealización de los rusos por parte del mundo occidental, escribíamos que en realidad este mundo está repleto de problemas y contradicciones no menos graves que los de la URSS. En resumidas cuentas, la carta iba destinada a que dejaran de incitar a la intelligentsia soviética, que no sabía una mierda de este mundo, a que emigrara y acabara destruyéndose. Por eso el New York Times no lo publicó. A lo mejor consideraron que no éramos competentes o que reaccionábamos de forma exagerada a unos cambios desconocidos.
Los hechos hablan por sí solos, estábamos igual que en Rusia, no podíamos publicar nuestros artículos en América, es decir, expresar nuestra opinión, solo que aquí teníamos prohibida otra cosa: escribir en tono crítico sobre el mundo occidental.
Así que nos reuníamos con Alka en la calle Cuarenta y cinco, en el número 330, y tratábamos de decidir qué hacer. El ser humano es débil, así que a menudo lo aderezábamos con cerveza y vodka. Pero mientras que un hombre de Estado trajeado no se atreve a decir que ha tomado esta o aquella decisión gubernamental en el intervalo que media entre dos vasos de vodka o de whisky, o estando en el lavabo, a mí esa especie de extemporaneidad, de inoportunidad de la manifestación del talento y el genio humanos siempre me ha admirado. Y no pretendo ocultarlo. Esconder significa torcer y permitir que se tuerza la naturaleza humana.
En algún lugar está escrito que El pensador de Rodin es una falacia. Estoy de acuerdo. La idea de esa frente alta y los músculos faciales en tensión, ese desprendimiento ajado de todos los pliegues del rostro, la inclinación de la cara hacia abajo, cuando en realidad debería reflejar la debilidad y el absurdo. Cualquiera que sea un poco observador lo habrá notado más de una vez en sí mismo. Así que Rodin es un capullo. En el arte hay muchos capullos, como en todos los ámbitos. Si hubiera llamado a su escultura «Idea», todo hubiera sido fidedigno: en el interior del ser humano el pensamiento está en tensión, pero precisamente por eso externamente el aspecto es de descuido. La persona que sabe pensar, durante el proceso de desarrollo del pensamiento parece una ameba amorfa. Y justamente así, como poeta inspirado con la mirada encendida, cuando me he observado a mí mismo me he visto con la cara casi deshecha y los ojos empañados, en la medida en que podía enseñar la cara al espejo sin cambiarla.
En resumen, Alka y yo bebíamos y trabajábamos, y comentábamos la situación. Bebíamos vodka y además cerveza inglesa, y sin saber por qué nos aficionamos y bebíamos todo lo que caía en nuestras manos. Luego nos íbamos a recorrer las calles, salíamos a la Octava Avenida, las chicas nos saludaban no solo por interés laboral, les resultábamos familiares, nos conocían. Los repartidores de octavillas que invitaban a ir al burdel y el tipo de pelo rizado que les daba las octavillas y les pagaba también reconocían a esos dos tipos con gafas. Al pasar junto a la abrupta escalera iluminada del número 300 que llevaba al burdel más barato de Nueva York, por lo menos uno de los más baratos, bajábamos hacia la Octava Avenida o subíamos, según nos diera. Empezaba el viaje…
Aquel día de abril todo era normal. Por entonces los arrebatos de tristeza me asaltaban varias veces por semana, tal vez más. No recuerdo el inicio de aquel día, no, miento, escribí la escena de la ejecución de Elena en «Programa de radio de Nueva York», y estaba muy cansado de darle vueltas al mismo tema enfermizo: el engaño de Elena. En el pasillo que había delante de mi puerta pululaba gente —estaban grabando a Marat Bargov en su habitación por encargo de la propaganda de Israel—, mira qué mal viven los que se fueron de Israel. En general, había tres países levemente interesados en nuestras almas de inmigrantes: nos fastidian constantemente, nos hacen jurar, nos utilizan los unos, los otros y los de más allá. Así, el antiguo empleado de la televisión moscovita Marat Bargov estaba siendo explotado en ese momento por una persona de Israel (el ex escritor soviético Efraim Sevela) y sus amigos americanos. Cables, instalaciones, lentes y aparatos se acumulaban junto a mi puerta. Salí a Nueva York, vagué sin rumbo hacia Lexington y luego pasé dos veces junto a «su» casa, es decir, la agencia Zoli donde vivía Elena por aquel entonces. Me sentía triste y despechado. De pronto sentí que me iba a desmayar. Tenía que salvarme. Regresé al hotel.
La explotación continuaba. El ex empleado de la televisión moscovita, desacostumbrado a recibir atención, mentía como un ruiseñor. Pero el malvado Vesioli estaba tranquilo. Llamé a la puerta de Édichka Brutt y le pedí que me prestara cinco dólares. Pobre diablo, Édik accedió incluso a ir a buscar vino conmigo porque me daba miedo desmayarme de la angustia.
Fuimos. Él llevaba bigote y tenía sueño, como yo. Compré un galón de tinto de California por tres con cincuenta y nueve y volvimos. Nos encontramos a un tipo raro con cara de ruso que sonrió al mirarme y de pronto dijo: «Homosexual», y giró hacia Park Avenue. «Qué encuentro más raro —le dije a Édik—. Estoy seguro de que no vive en nuestro hotel.»
Volvimos al hotel y el misterio seguía allí. Ahora otro habitante de nuestra residencia, el señor Levin, masculló con maldad algo sobre las autoridades soviéticas y el antisemitismo en Rusia. Nos encerramos en la habitación y le pedí a Édik que bebiera simbólicamente conmigo, aunque solo fuera una copita. Yo me puse a engullir la botella…
Poco a poco me fui recuperando y se aclararon mis ideas. Alguien llamó a Édik, tal vez su majestad el entrevistador, no recuerdo quién pero le llamaron. Luego me llamaron a mí, fui, me dieron una mesita y una estantería para libros, los cogí: Marat Bragov había hecho coincidir la entrevista con el día de su traslado. El antiguo peletero Boria, una de las personas más dignas del hotel, me ayudó a llevar la mesa a mi habitación. Le obsequié con una copita, y yo me bebí dos o tres. También invité a Marat Bragov, además de Efraim y su grupo, pero se largaron con el infierno de sus aparatos.
Mientras Marat Bragov y yo vaciábamos nuestros vasos, sonó el teléfono.
—¿Qué haces? —preguntó Alexandr con voz animada.
—Estoy bebiendo una botella de vino, casi me he bebido un tercio —digo—. Quiero bebérmela toda, normalmente una botella de borgoña de California me calma totalmente.
—Oye, ven —dijo Alexandr—, coge la botella y ven. Beberemos, yo tengo también cerveza y vodka. Tengo ganas de beber mucho —añadió Alexandr. Al decirlo, probablemente se puso bien las gafas. Era un tío sosegado, pero capaz de cometer temeridades.
—Ya voy —dije yo—, guardo la botella y voy.
Llevaba una chaqueta tejana corta y ceñida, unos pantalones también tejanos, ceñidos, no, arremangados muy arriba, dejando al descubierto mis preciosas botas de tacón alto, unas botas de piel de tres colores. Metí en la bota un fantástico cuchillo Solingen, por placer, guardé la botella y salí.
Abajo, me llamaron de una furgoneta que contenía las cosas de la mudanza de Bragov: era el propio Bragov, Édik Brutt y algún otro figurante.
—¿Adonde vas? —dicen.
—Voy a la calle Cuarenta y cinco, entre la Octava y la Novena Avenida —digo.
—Siéntate —dice Bragov—, te llevaré, voy casi hasta allí, me mudo a la calle Cincuenta con la Décima Avenida.
Me senté y nos fuimos. Pasamos junto una columna de transeúntes, el orín dorado y maloliente de Broadway y una pared ininterrumpida de gente paseando. Mi mirada eligió con cariño entre el gentío las figuras larguiruchas de un grupo de chicos y chicas con una extravagante vestimenta negra. Tengo debilidad por la ropa excéntrica y circense, y aunque por mi extrema pobreza no puedo permitirme nada especial, todas mis camisas son de encaje, tengo una chaqueta de terciopelo lila, un maravilloso traje blanco (mi orgullo), mis zapatos siempre son de tacón alto, tengo hasta unos rosas, los compro en el mismo sitio que todos esos chicos, en dos de las mejores tiendas de Broadway, en la esquina de la Cuarenta y cinco con la Cuarenta y seis, unas tiendecitas adorables muy atrevidas donde todo lleva tacones y es provocador y absurdo para la gente gris. Quiero que incluso mis zapatos sean una fiesta, ¿por qué no?
El coche avanzaba por la Cuarenta y cinco hacia el West Side, pasando entre teatros y policía montada. Junto a una entrada tuvimos el honor de contemplar a nuestro alcalde liliputiense, todos los inmigrantes nos alegramos al reconocerlo, salió del coche entre unos cuantos rostros hinchados y algunos reporteros que le grababan sin demasiado entusiasmo pero con profesionalidad. Tampoco se veían muchas fuerzas de seguridad. Todos los ocupantes del coche estuvimos comentando un rato el tema de que con tanto ajetreo no valía la pena matar de un tiro al alcalde, y seguimos avanzando con dificultad, apenas unos metros en cada cambio de semáforo. El conductor, Bragov y yo nos acercamos varias veces a mi botella. Saqué el cuchillo y empecé a jugar con él.
Llevo en la sangre el amor por las armas, recuerdo que desde niño me quedaba helado al ver la pistola de mi padre. Aquel metal oscuro tenía un halo sagrado. De hecho, todavía hoy un arma me parece un símbolo sagrado y misterioso, un objeto que se utiliza para quitar la vida a las personas no puede dejar de ser sagrado y misterioso. El propio contorno del revólver, con todos los detalles, trasmite cierto terror wagneriano, aunque las armas frías con otro contorno tampoco son una excepción. Sin embargo, mi cuchillo parecía amodorrado y perezoso. Era evidente que sabía que no le esperaba nada interesante en un futuro próximo, no tenía un buen trabajo en perspectiva, así que estaba aburrido y apático.
—Esconde el cuchillo —dijo Bragov, habíamos llegado. Bajé, me despedí y me encaminé hacia la entrada con la botella en la mano, pero con el cuchillo guardado en la bota, se había ido a dormir.
Alexandr tenía una costumbre: llamabas al timbre de abajo, él apretaba el botón y abría. Pero cuando subías, nunca encontrabas la puerta abierta, no salía a buscarte al umbral, tenías que llamar otra vez, y él abría sin darse prisa, aunque me estuviera esperando. Siempre tengo la esperanza de que abandone esa costumbre, pero no, aquel día todo fue igual que siempre, con las pausas correspondientes.
Nos repartimos el trabajo mientras bebemos: yo preparo la comida y él friega los platos. Hice unos macarrones, luego introduje un paquete de salchichas en el liquidillo espeso y nos pusimos a darle bien a la botella. Todo sucedía en la mesa que estaba en un rincón de la habitación, sentados bajo la lámpara. Siempre hablábamos de noticias y sucesos, Alexandr me traía los chismorreos de inmigrantes rusos que salían en el periódico. Muchas veces no había nada destacable, entonces era peor. Muy de vez en cuando desvío el tema hacia mi esposa. Pero solo en contadas ocasiones, y si digo algo de ella enseguida me corrijo y cambio de tema.
—No sé por qué no la mataste —me dijo Alexandr con cierta ingenuidad y la lucidez del rey Salomón o del tribunal de la Cheká[3]—. Ya sé que la estrangulaste, pero deberías haber rematado la faena. Yo tengo una hija, por mí mataría a mi mujer, pero qué sería de la niña, se quedaría sola, pero tú tendrías que haber matado a Elena.
Hacia mayo, ahora lo verán, nos animamos, escribimos algunos artículos que nadie publicó, organizamos una manifestación el 27 de mayo contra The New York Times, y el Times de Londres volvió a publicar una entrevista con nosotros. Probamos todo tipo de variantes para arrancarle las máximas posibilidades a la vida, pero en abril todavía nos limitábamos a rumiar y emborracharnos. Él además tenía la debilidad de acostarse con su mujer, y entonces o bien se le estropeaba el teléfono y no podía localizarlo, o bien desaparecía el sábado y el domingo enteros.
Probablemente aquella noche todo era como siempre. Por lo visto Alexandr me dijo que en el periódico hacía aparecido una carta de un disidente, tal vez de Krásnov-Levitin,[4] o a lo mejor el astuto de Maxímov[5] había lanzado el llamamiento habitual, dirigido no tanto contra los poderes soviéticos como contra los intelectuales de izquierdas occidentales, «ensordecidos por el estómago lleno y la ociosidad», o el barbudo Solzhenitsin sorprendía al mundo con su habitual pensamiento profundo sobre el sistema mundial, o alguien proponía separar algo más de la URSS, algún territorio. Los nombres de esos «héroes nacionales» no siempre estaban en boca de todos.
Tal era nuestro deseo de arrancarles sus detestables galones que nos comportábamos como deportistas que se dirigen a una victoria segura. Además yo tenía la mala costumbre de mezclar bebidas. Para animarme, como decía yo, en los intervalos entre vaso y vaso de vino tinto bebía también un par de latas de cerveza y unos cuantos chupitos de vodka. No es de extrañar pues que el tiempo se convirtiera en un saco oscuro y que cuando llegó la siguiente iluminación, o cuando abrí los ojos, llamadlo como queráis, Alexandr y yo nos encontráramos en una iglesia. Estaban en plena misa. No tenía claro si era una sinagoga u otro tipo de templo. Me decantaba por una sinagoga. Estábamos sentados en un banco, Alexandr sonreía todo el tiempo, no sé por qué, parecía muy contento. A lo mejor le acababan de regalar algo, tal vez dinero.
Luego me encerré en mí mismo. Sigamos con nuestros juegos. Saqué de la bota mi querido cuchillo y lo clavé en el suelo, mejor dicho, en los tablones que servían de apoyo para la pierna, junto a una familia entera de creyentes que intercambiaban miradas furibundas. Yo pensaba: «No tengo intención de degollar a nadie, señores judíos, o católicos, o protestantes, solo amo locamente las armas y no tengo una iglesia donde poder orar al Gran Cuchillo o al Gran Revólver. No, por eso rezo aquí.» Luego entré en una especie de desvarío, arranqué varias veces el cuchillo de los tablones, lo besé y me lo volví a guardar en el pie. Una vez dejé caer a su majestad el cuchillo, y el estrépito sonó en toda la iglesia porque mi amigo el alemán Solingen hacía los mangos muy pesados, metálicos. Todo terminó cuando el cura le dio la mano a todos, incluso a Alexandr con su sonrisa bobalicona, y también a mí. Al principio me ofendí, luego olvidé la ofensa y decidí con gran acierto que no vale la pena enfadarse con un cura de una religión desconocida.
De nuevo nos engulló un agujero oscuro y un nuevo rayo de luz iluminó el rostro sonriente de unas sacerdotisas del amor que, por un cariño especial hacia nosotros, un par de cuatro ojos muy simpáticos pese a estar completamente borrachos, accedieron a hacer el amor por cinco dólares. Aquellas chicas eran muy amables, si hubieran sido desagradables Alexandr no se habría parado, ni ellas le habrían parado a él. Eran de color chocolate con leche, dos, mucho más guapas que las mujeres decentes. En la Octava Avenida hay muchas prostitutas guapas, incluso enternecedoras, en la Avenida Lexington también, cuando vivía allí las saludaba todas las noches.
Las chicas susurraron algo agradable, nos abrazaron y nos llevaron con ellas. Tenían mucha vista, sabían perfectamente que teníamos cinco dólares para los dos y no más, imposible no decírselo. Por supuesto, su principal interés era el dinero, pero tampoco eran ajenas a los sentimientos humanos. Desprendían un aroma agradable, tenían las piernas largas y provocadoras, aquellas chicas eran mucho mejores que cualquier secretaria normal o estudiante americana granujienta. No tenía nada en contra de ellas, no sé por qué en aquel momento no me fui con ellas y dejé que Alexandr gozara solo, después de prometerle que le esperaría. Creo que ya había algo en mi interior que me hacía pensar: «Todas las mujeres son desagradables, las prostitutas son mucho mejores que el resto, casi no mienten, son mujeres naturales, y si aceptan hacer el amor con nosotros dos por cinco dólares cuando no llueve, no hace mal tiempo, que es cuando no hay clientes, está claro que es un capricho suyo. Pero de todos modos no voy a ir con ellas.»
No quise entrar en detalles, pero sabía que aquel día no iría con ellas, quizás en otra ocasión. ¿Por qué? ¿Es que tenía miedo? Mentira, eran tan amables y familiares que parecía que hubiéramos sido compañeros de clase. En el estado en que estaba en abril básicamente había perdido el instinto de autoconservación, nada ni nadie me daba miedo en este mundo porque estaba dispuesto a morir en cualquier momento. Creo que buscaba la muerte, aunque fuera de manera inconsciente. ¿Qué podía temer de dos preciosas criaturas felinas? ¿Que me engatusaran? ¿A sus chulos? ¿Sabéis? Me la suda, no tengo nada. No se trata de eso. Las mujeres para mí ya no existían. Estaba muy borracho, casi inconsciente, pero las rechacé, lo que significa que lo que sucedió más tarde aquella noche no fue casual, mi organismo lo deseaba.
Dejé a Alexandr, que se fue a hacer el amor con una de las chicas a su casa, y yo me adentré en los oscuros recovecos del West Side, en algún lugar de la Décima Avenida o la Once. Me recuerdo caminando, como si me viera de espaldas desde fuera.
La siguiente imagen es cuando entré en un terreno vallado, como si fuera un parque para niños. Siempre me han atraído los rincones oscuros. Recuerdo que en Moscú ya me encantaba entrar en las casas tapiadas que todo el mundo temía y donde en principio vivían maleantes. Cuando estaba totalmente borracho me acordaba de esas casas, me dirigía a ellas y, después de entrar a través de las ventanas o puertas rotas y caminar entre montones de mierda fosilizada y charcas de orina, soltando tacos y cantando canciones populares rusas, descubría dentro a unos cuantos personajes desgraciados, alcohólicos o vagabundos, los saludaba y entablaba conversaciones prolongadas e incoherentes con ellos. Una vez en uno de esos sitios me dieron un golpe fuerte con una botella en la cabeza y me robaron dos rublos. Pero me quedó la costumbre.
Así que entré en un terreno donde había columpios y algunas atracciones infantiles más, en el medio brillaba una farola pero todos los rincones estaban sumidos en una seductora oscuridad. Naturalmente, fui hacia el más oscuro. Mientras caminaba entre dos vigas de hierro sobre las cuales descansaba un andamio de finalidad desconocida, maldije al diablo porque me hundía en la arena con los tacones. Todavía hoy sigo sin entender por qué había arena. A lo mejor era un cajón de arena para que jugaran los niños. ¿Pero entonces para qué querían esas vigas de acero? ¿O era un aparcamiento de coches y el segundo nivel iba en el andamio? No lo sé. Seguirá siendo un misterio para siempre, porque hace poco intenté encontrar el sitio y no lo conseguí. A lo mejor han construido algo allí, aunque es poco probable en tan poco tiempo, más bien debí de confundir las calles. Volveré a ir, y si lo encuentro os lo diré.
Subí por la escalerilla de hierro al andamio de madera y me senté en el borde con las piernas colgando. No tenía una mierda que hacer, era de noche, esperaba una aventura y miraba a los lados. Todo estaba en silencio, aunque desde algún sitio lejano llegaban gritos, pataleos, alguien había cazado a alguien, música, ruido de pisadas. Yo seguía sentado moviendo las piernas. Era un individuo libre en un mundo libre, podía hacer lo que quisiera. Degollar a alguien, por ejemplo. Todo era accesible y sencillo. El alcohol se iba evaporando. El individuo libre se cansó de estar sentado en el andamio y bajó de un salto. Bajé de un salto, a la arena.
Y allí vi a Chris. Mejor dicho, luego supe que se llamaba Chris, claro. Apoyado en la pared de ladrillo, había un negro sentado, con un sombrero negro y ancho al lado, en la arena. Luego tuve tiempo de contemplarlo: estaba decorado con una cinta de color verde oscuro, bordada con hilo dorado. Como pude comprobar después, Chris iba vestido de esos tres colores: negro, verde oscuro y dorado. El chaleco, los pantalones, los zapatos y la camisa incluían esos tres colores. Pero cuando bajé de un salto y lo vi justo delante de mí me pareció un tío negro vestido de negro, con unos ojos misteriosos y fríos que me recibieron con un brillo.
—Hi! —dije yo.
—Hi! —contestó él con indiferencia.
—Me llamo Eduard —dije, al tiempo que daba unos pasos en dirección a él.
Hizo una especie de ruido de desdén.
—¿No tienes nada para beber? —le pregunté.
—Fuck off! —dijo, que significa «que te jodan».
Me pregunté qué hacía ahí sentado, no parecía un borracho ni un drogadicto, no trasmitía ese sopor, y si pretendía dormir allí no parecía un vagabundo. ¿Y si se escondía de la policía? No soy de los que traiciona a la gente, más bien le ayudaría a esconderse, pero parecía realmente malo. Lo miré, di unos pasos en dirección a él y me senté a su lado. Me observó con frialdad, sin moverse. Yo, sentado sobre cartones, le miré a la cara.
Tenía una nariz ancha y aguileña, unas fosas nasales protuberantes, unos labios excepcionales para un negro, prietos y nada gruesos, y el torso firme. Probablemente era un tío sano, si se levantaba debía de sacarme una cabeza. Era joven, de unos veinticinco o treinta años, no más. Las perneras anchas de los pantalones negros descansaban sobre la arena.
—Oye, ¿cómo te llamas? —dije.
Ahí ya no aguantó más, por lo visto le estaba hartando con mis miradas y preguntas. Se abalanzó sobre mí en silencio y con rapidez. Directamente desde su posición, sentado, se lanzó y me atrapó un instante, en un abrir y cerrar de ojos me quedé rumbado debajo de él, todo indicaba que pretendía estrangularme, y del todo, no un poco.
Enseguida desistí de pelearme con él, estaba en una posición demasiado desventajosa. Lo único que tuve tiempo de hacer cuando se abalanzó sobre mí fue colocar la mano derecha debajo del muslo para al mismo tiempo doblar la pierna. Así que me quedé tumbado sobre el costado derecho, aplastado bajo él. Fue un buen ardid, porque pude introducir la mano oculta en la bota y agarrar el mango del cuchillo. «Si pretende estrangularme del todo le degollaré», pensé con frialdad. Me estaba aplastando entero, pero podía mover la mano derecha, él no contaba con eso.
No tenía miedo. Palabra de honor, no tenía nada de miedo. Ya digo que por aquel entonces tenía una especie de instinto subconsciente, una atracción hacia la muerte. El mundo estaba vacío sin amor. Eso es solo una fórmula escueta, pero tras ella había lágrimas, ambición humillada, el hotel miserable, sexo no satisfecho hasta la náusea, rabia contra Elena y el mundo entero, un mundo que ahora, riendo a carcajadas sinceras y burlonas, me enseñaba hasta qué punto no me necesitaba, ni me había necesitado nunca, y me colmaba de horas en absoluto vacías, sino llenas de desolación y miedo, sueños horribles y terribles amaneceres.
Ese tío me estaba estrangulando, era justo porque dos meses atrás yo lo había hecho con Elena, y nada debe quedar sin castigo, él me estrangulaba y yo no me daba prisa con el cuchillo. A lo mejor ni siquiera lo saqué del todo, o sí, no lo sé, pero de pronto aflojó las manos, quizás la cólera se disipó. Estábamos tumbados, jadeando, él también respiraba con dificultad por el esfuerzo, no es fácil estrangular a alguien, lo sé por experiencia propia, no es tan fácil como parece.
Olía a tierra húmeda, se oían pasos al otro lado de la valla, eran transeúntes solitarios y nocturnos en la calle. De pronto me liberé de las manos y le abracé la espalda.
—Te deseo —le dije—, ¿hacemos el amor?
No insistí, mentira, todo sucedió con naturalidad. No fue culpa mía, me empalmé con tanto alboroto y el peso de su cuerpo. No era como el gordinflón de Raymond, el peso de aquel tío era de otra naturaleza. Le dije «vamos a hacer el amor», pero seguramente ya sabía qué quería, probablemente tenía mi polla clavada en el estómago, era imposible que no lo notara. Sonrió.
—Baby —dijo.
—Darling —dije yo.
Me di la vuelta, me incorporé y me senté. Empezamos a besarnos. Creo que éramos de la misma edad, o él era incluso más joven, pero el hecho de que fuera notablemente más fuerte y viril que yo de algún modo distribuyó los papeles. Sus besos no eran seniles y babosos como los de Raymond, en ese momento entendí la diferencia. Eran besos firmes de un hombre fuerte, probablemente un delincuente. Una cicatriz atravesaba el labio superior, la acaricié con cuidado con los dedos. Me atrapó con los labios y me besó la mano, dedo a dedo, como hacía yo en otra época con Elena. Le desabroché la camisa y empecé a besarle en el pecho y el cuello. Sobre todo me gusta abrazar como los niños, estirando los brazos más allá del cuello, abrazando la nuca, y no los hombros. Le abracé, olía a agua de colonia intensa y a algún alcohol fuerte, o quizás era el olor de su cuerpo potente. Me proporcionaba placer. Yo amaba todo lo bello y sano en este mundo. Era guapo, alto, fuerte y bien parecido, y probablemente un criminal. Eso todavía me gustaba más. Sin parar de besarle en el pecho, bajé hasta el lugar donde la camisa abierta entraba en los pantalones y se escondía bajo el cinturón. Mis labios se posaron sobre la hebilla. Noté en el mentón su miembro tenso bajo la fina tela de los pantalones. Le abrí la cremallera, retiré el borde de los calzoncillos y saqué el miembro.
En Rusia la gente hablaba mucho de la superioridad sexual de los negros respecto a los blancos, corrían leyendas sobre las dimensiones de sus miembros. Y ahí estaba ese legendario instrumento, delante de mí. A pesar del deseo más sincero de follar con él, también sentí curiosidad, estaba intrigado. «Vaya, no sé si es completamente negra o con matices», no lo veía muy bien, aunque estoy acostumbrado a la oscuridad. Tenía el miembro grande, pero no mucho más que el mío, tal vez más grueso. Bueno, eso a simple vista. La curiosidad se fue desvaneciendo para dar paso al deseo.
Psicológicamente estaba contento con lo que me estaba pasando. Por primera vez en varios meses me encontraba en una situación con la que estaba encantado. Quería ponerme su polla en la boca. Sentía que me iba a proporcionar placer, me atraía agarrar su polla y llevármela a la boca, y sobre todo tenía ganas de notar el sabor de su semen, ver cómo Chris se retorcía de placer, notarlo al abrazar su cuerpo. Así que le cogí la polla y por primera vez rodeé con la lengua el capullo tenso. Chris se estremeció.
Creo que sé hacerlo bien, muy bien, porque soy por naturaleza una persona delicada y nada perezosa, además no soy un hedonista, es decir, no soy de los buscan solo el propio placer, correrse a toda costa, conseguir mi orgasmo y ya está. Soy un buen amante, obtengo placer con los gemidos, los gritos y el placer del otro o la otra. Por eso me dediqué a su miembro sin pensar, completamente entregado a aquella sensación y obedeciendo a mi deseo. Con la mano izquierda, cogiéndolo desde abajo, le acaricié los huevos. Él gimió ligeramente, se inclinó hacia atrás apoyado en las manos y suspiró levemente, con un sollozo. A lo mejor dijo «Oh my God!».
Poco a poco empezó a menearse con fuerza y a acompañarme con las caderas, metiendo la polla en lo más profundo de mi garganta. Estaba tumbado un poco de costado sobre la arena, apoyado sobre el codo derecho, con la mano izquierda me acariciaba un poco el cuello y el pelo. Yo me deslizaba con la lengua y los labios por su miembro, dibujando con destreza complicados arabescos, alternando roces leves y profundos que casi le oprimían el miembro. Una vez por poco me ahogo. Pero aún así estaba contento.
¿Y qué pasaba con mi verga? Estaba tumbado boca abajo con el miembro contra el suelo, y con cada movimiento lo sentía contra la arena a través de los tejanos finos. Mi polla respondía a todo lo que sucedía con un dulce cosquilleo. No creo que en aquel momento quisiera nada más, era completamente feliz. Estaba teniendo relaciones sexuales. Otro hombre había sido condescendiente conmigo y estaba teniendo relaciones. Tan humillado e infeliz como me había sentido durante dos meses enteros… y ahí estaba, por fin. Le estaba terriblemente agradecido, tenía ganas de que fuera genial para él, y creo que así fue. No solo me metí su polla fuerte y gruesa en la boca, no, ese amor que practicamos, esas acciones simbolizaban mucho más, para mí representaban la vida, la victoria de la vida, el regreso a la vida. Comulgué con su polla, la verga gorda de un tío entre la Octava Avenida y la calle Cuarenta y dos, estoy casi seguro de que era un delincuente, pero para mí era un instrumento de vida, la vida misma. Cuando rematé su orgasmo y esa fuente se derramó encima de mí, en la boca, me sentí completamente feliz. ¿Conocéis el sabor del esperma? Es el sabor del ser vivo. No conozco nada que tenga un sabor más vivo que el semen.
Con el éxtasis le lamí todo el esperma de la polla y los huevos, lo que se derramó lo recogí, lo lamí y me lo tragué. Encontré las gotas de esperma entre los pelos, hasta las más pequeñas.
Chris estaba asombrado, no creo que entendiera nada, claro que no lo entendía, era imposible que comprendiera lo que significaba para mí y le sorprendió el entusiasmo con el que lo ejecutaba todo. Me estaba agradecido, me acariciaba el cuello y las mejillas con toda la ternura de la que era capaz, yo hundía la cara en sus ingles y me quedaba quieto sin moverme, y él me acariciaba y murmuraba: «My baby, my baby».
Ya veis, existe una moral, en el mundo hay gente decente, hay despachos y bancos, hay camas en las que duermen hombres y mujeres también muy decentes. Todo sucedía y sucede a la vez. Ahí estábamos Chris y yo, que nos habíamos encontrado por casualidad allí, en la arena sucia, en un solar de aquella enorme ciudad, una Babilonia, Dios santo, Babilonia, y ahí estábamos nosotros tumbados y él me acariciaba el pelo. Los hijos huérfanos del mundo.
Nadie me necesitaba, llevaba más de dos meses sin que nadie me rozara siquiera con la mano, y él me miraba y decía: «¡Mi niño, mi niño!» A punto estuve de romper a llorar, a pesar de mi eterna soberbia e ironía era un ser acorralado, completamente acorralado y exhausto, necesitaba precisamente eso: la mano de otra persona que me acariciara la cabeza y me diera cariño. Se me saltaban las lágrimas por dentro, y al final se derramaron. Sus ingles tenían un aroma específico de almizcle, lloré mientras enterraba el rostro aún más en el amasijo caliente de sus huevos, los pelos y la polla. No creo que él fuera un sentimental, pero notó que estaba llorando y me preguntó por qué, me obligó a levantar la cara y se puso a secármela con las manos. Chris tenía unas manos grandotas.
Puta vida que nos convierte en fieras. Nosotros ahí enrollándonos en la mugre sin nada que compartir. Me dio un abrazo y se puso a calmarme. Lo hacía todo tal y como yo quería, no me lo esperaba. Cuando estoy alterado, se me eriza todo el vello del cuerpo, como si fueran pinchazos diminutos, cientos, miles de pinchazos pequeñitos que me erizan el vello, cojo frío y me pongo a temblar. Por primera vez en mucho tiempo no me compadecí a mí mismo. Le abracé por el cuello, él me correspondió al abrazo y le dije: «I am Eddie. No tengo a nadie. ¿Me querrás? ¿Sí? ¿Y siempre estaremos juntos? ¿Sí?»
Me dijo:
—Sí, baby, sí, cálmate.
Cuando me separé de él, metí la mano derecha en la bota y saqué el cuchillo.
—¡Si me engañas, te cortaré el cuello! —le dije antes de que se me secaran las lágrimas de los ojos. Todo aquello sonaba a chino por mi pobre dominio del inglés, era una frase compleja, pero me entendió. Me dijo que no me engañaría.
Y yo le dije.
—¡Darling!
Y él:
—¡My baby!
—Siempre estaremos juntos y no nos separaremos, ¿verdad? —dije yo.
—Sí, baby, siempre juntos —contestó él en serio.
No creo que mintiera. Tenía cosas que hacer, pero yo, jodido por la soledad, le encajaba. Eso no significaba que nuestra relación fuera para la eternidad, simplemente en ese momento me necesitaba, podía quedar con él, me esperaría en bares o en la calle, seguro que yo participaría en algunos de sus negocios, probablemente criminales. A mí me daba igual en qué anduviera metido, yo quería eso: eso era vida, la vida me necesitaba, fuera cual fuera, pero me necesitaba. Me aceptó, yo era completamente feliz, me aceptó. Charlamos. Fue entonces cuando me enteré de que se llamaba Chris. Me dijo que por la mañana iríamos a su casa, donde él vivía, pero que de noche teníamos que quedarnos allí. No me puse a preguntar por qué, tenía bastante con que me ofreciera vivir en su casa. Era como un perro que regresaba con su amo, por él sería capaz de lanzarme al cuello de un policía y morderle, o a cualquier otra persona.
Estuvimos conversando a media voz en el mismo inglés de indios. A veces me olvidaba y me ponía a hablar en ruso. Él sonreía en silencio y así le enseñé algunas palabras en ruso. No eran palabras correctas desde el punto de vista de una persona honrada, no, eran palabrotas: polla, sexo y alguna que otra más de ese estilo.
En medio de la conversación sentí ganas de él, perdí completamente el control y quién sabe qué me puse a hacer. Me quité los pantalones, tenía ganas de que me follara. Me quité los pantalones y las botas. Le ordené que me arrancara los calzoncillos, quería precisamente que los hiciera trizas y él, obediente, me destrozó los calzoncillos rojos. Yo los tiré lejos a un lado.
En ese momento realmente era como una mujer, caprichoso, exigente y probablemente seductor, porque me recuerdo moviendo el culito en un gesto juguetón, con las manos apoyadas en la arena. Mi culito en pompa, que incluso Elena envidiaba, cobró vida propia, hacía movimientos insinuantes y recuerdo que su desnudez, blancura e indefensión me proporcionaban un gran placer. Creo que eran claramente percepciones femeninas. Le susurré: «¡Fuck me, fuck me, fuck me!».
Chris no paraba de jadear. Creo que le excitaba hasta el extremo. No sé qué hizo, probablemente se humedeció la polla con su propia saliva, pero poco a poco fue penetrándome. Jamás olvidaré esa sensación de plenitud. ¿Dolor? Desde niño me encantaban todo tipo de sensaciones salvajes. Antes de las mujeres, cuando me masturbaba de adolescente y era un onanista pálido, me inventé un método casero: me introducía por el orificio anal todo tipo de objetos, desde lápices hasta velas, a veces objetos bastante gruesos, y recuerdo que ese doble onanismo, con la polla y por el orificio anal, era muy animal, muy intenso y profundo. Así que no me asustaba su polla en mi culo, y no sentí mucho dolor, ni siquiera en el primer instante. Por lo visto tenía el ojete ampliado desde hacía tiempo. Pero la maravillosa sensación de plenitud era nueva.
Me folló, y yo empecé a gemir. Me follaba y con una mano me acariciaba el hombro, yo no paraba de gemir, me encorvaba y gemía fuerte y con dulzura. Al final me dijo: «¡Más bajo, baby, nos va a oír alguien!» Le contesté que no me daba miedo nada, pero pensé en él y empecé a gemir y suspirar más bajo.
En ese momento me comportaba exactamente igual que mi esposa cuando me la tiraba. Me quedé atrapado en esa idea y se me ocurrió pensar: «¡Así es ella, así son ellas!», y una sensación de júbilo recorrió todo mi cuerpo. En el último movimiento espasmódico nos llenamos de arena y yo aplasté mi orgasmo en la arena, mientras sentía una quemazón ardiente en mi interior. Se corrió dentro de mí. Nos quedamos despatarrados en la arena del agotamiento. Se me llenó la polla de arena, los granitos provocaban un cosquilleo agradable, se empalmó de nuevo casi al instante.
Luego, una vez vestidos, nos acomodamos mejor para dormir. Él ocupó su lugar anterior junto a la pared y yo me coloqué al lado, con la cabeza apoyada en el pecho y abrazándole el cuello, me encanta esa posición. Me abrazó y nos quedamos dormidos…
No sé cuánto dormí, pero me desperté. Tal vez había pasado una hora, o unos minutos. Todo seguía igual de oscuro. Él estaba durmiendo, con la respiración regular. Me desperté y ya no podía dormir. Lo olfateé, lo miré atentamente y me quedé pensando.
«Sí, sin duda, soy incorregible», pensé. Si mi primera mujer fue una prostituta borracha de Yalta, mi primer hombre, por supuesto, tenía que ser en un descampado. Recuerdo con claridad a aquella chica. Me recogió una noche de verano en la estación de autobuses de Yalta. Le gustó ese chico mono que dormitaba en un banco con su amigo. Se acercó a mí, me despertó y se me llevó con todo descaro a la glorieta que había detrás de la estación de autobuses, ahí se estiró en un banco, iba totalmente desnuda debajo del vestido. Recuerdo el sabor algo salado de su piel, los cabellos aún húmedos, pues acababa de bañarse en el mar, me sorprendió su gran coño, muy desarrollado, con muchos pliegues, todo lleno de un flujo mucoso. Tenía ganas de un chiquillo, no me folló por dinero, sino por deseo. Los olores del sur, la espesa noche joven acompañaron mi primer amor. Por la mañana mi amigo y yo nos fuimos de Yalta.
El destino se ríe de mí. Ahora estoy tumbado con un tipo de la calle. Los años no me habían cambiado en lo esencial. «Desharrapado, eres un desharrapado», pensé satisfecho de mí mismo, y me puse de nuevo a observar a Chris. Se movió un poco, como si notara mi mirada, pero luego se sumió de nuevo en el sueño.
El reflejo oblicuo de la luz de una farola cercana se abría camino en algún sitio a través del entramado de hierro del andamio. Olía a gasolina, estaba tranquilo y satisfecho, y aquella satisfacción y calma se mezclaba con la sensación de haber alcanzado un objetivo. «Ahora sí soy un homosexual de verdad —pensé, y solté una leve risita—. No te has asustado, te has superado en algo, has podido, ¡genial, Édichka!» Y aunque en el fondo de mi alma sabía que no era libre en esta vida, que aún estaba bastante lejos de la libertad absoluta, había dado un paso de gigante en ese camino.
Me separé de él a las cinco y veinte de la madrugada. Eso decían los relojes que vi al volver por la calle. Lo hice a traición, me fui en silencio como un ladrón, sin despertarle, deslizándome de su pecho. ¿Por qué lo hice? No lo sé, a lo mejor me daba miedo mi vida futura con él, no las relaciones sexuales, no, quizá temía la voluntad ajena, la influencia de otra persona, someterme a él. Puede ser. Un sentimiento no consciente pero bastante fuerte me empujó a zafarme de su abrazo a escondidas y, sin dejar de mirarle, buscar mis gafas metálicas y la llave de mi habitación en el hotel. Me pareció que me miraba dos veces, pero estaba dormido. Milagrosamente encontré las gafas en la arena, entonces aún llevaba gafas, pero no me molestaba mucho porque seguía teniendo pinta de juerguista, Édichka, ese puto loco. Encontré las gafas, de alguna manera salí a la calle y me fui con una satisfacción extraña, hasta entonces desconocida, abandonando a Chris y nuestras futuras relaciones que, probablemente, eran una de las variantes de mi destino.
Caminé y me sacudí la arena del pelo, las orejas, las botas, de todas partes. Joder, estaba volviendo de una aventura nocturna. Sonreía, tenía ganas de gritarle a la vida: «Bueno, ¿quién es el siguiente?» Era libre, no sabía para qué necesitaba mi libertad, porque entonces necesitaba mucho más a Chris, pero contra toda lógica lo dejé. Al salir a Broadway comencé a titubear, pero solo fue un instante, y de nuevo me dirigí con decisión a la zona del East Side.
Al cabo de unas semanas me maldije por haberle dejado, aquel silencio turbio y la soledad se apoderaron de nuevo de mí, otra vez me atormentaba la imagen de la desalmada de Elena, y a finales de abril ya tuve un arrebato muy fuerte, horrible, un ataque de pánico y soledad, pero en ese momento, al llegar al hotel, era feliz y estaba satisfecho conmigo mismo, igual que a la mañana siguiente, cuando desperté sonriente y pensé en que, naturalmente, era el único poeta ruso que había conseguido follar con un tío negro en un descampado de Nueva York. Los recuerdos lascivos de Chris apretándome el culo y su susurro para calmar mis gemidos: «Take it easy, baby, take it easy» provocaron en mí carcajadas de alegría.

Carol

La conocí en mayo, en Queens, de noche. Teníamos mucho en común: mi padre era comunista, sus padres eran granjeros protestantes. Ella era para sus padres una enfant terrible, para los míos yo también era un hijo pródigo y un enfant terrible.
Un conocido daba clases de ruso, y Carol era alumna suya. En algún momento mi amigo me dijo: «Tengo una estudiante nueva de izquierdas, es del Partido de los Trabajadores.» Yo le dije: «Preséntemela, hágame el favor.» Con él nos tratábamos de usted.
Hacía tiempo que quería conocer a alguien de un partido de izquierdas. Según mis cálculos aproximados entendía que en el futuro no podría arreglármelas sin la izquierda, tarde o temprano acabaría acudiendo a ellos. Pero yo no encajaba en ese mundo. ¿Adonde podía acudir? Antes de conocer a Carol tuve una experiencia, fui al centro social de la calle Lafayette, donde en principio se daban clases sobre anarquismo en una casita medio derruida. Fue casi en marzo. Fui allí después de leer un anuncio en el Village Voice y subí a la segunda planta: por todas partes colgaban carteles y se amontonaban las octavillas, las había de todos los tamaños imaginables, desde los de bolsillo hasta los del tamaño de un periódico.
En la sala, cuya decoración recordaba al Comité Revolucionario de alguna provincia rusa durante la guerra civil (las mismas jarras de hojalata, los ceniceros y la mugre, las pare des desconchadas y cubiertas de llamamientos exaltados), había tres personas. Me dirigí a ellas y pregunté si era allí donde daban clases sobre anarquismo, expliqué que era ruso y que me gustaría escuchar la clase, que me interesaba. Me contestaron que sí, que la clase tendría lugar en aquella habitación y preguntaron algo a su vez. Al ver que no entendía la pregunta, el hombre que me la había hecho me lo volvió a preguntar en ruso. Resultó que era ruso, se había ido de Rusia en los años veinte, estaba anunciado en la gaceta como el conferenciante que debía dar la clase.
Empezó poco después. Llegó otra persona. Me conmovió la naturaleza y la composición del público: cinco personas, dos de ellas rusos. La acción transcurre en la calle Lafayette de Nueva York. Por lo visto a los americanos les interesaba poco el anarquismo.
Grababan la clase en una tape recorder, mi compatriota soltaba las palabras en un micrófono de aguja y yo caminaba y observaba los carteles de las paredes. Por aquel entonces no entendía bien el inglés hablado, de hecho aún hoy mi inglés no es brillante, pero tenía y sigo teniendo una enorme curiosidad por la vida. Esa curiosidad me arrastraba a pie por todo Manhattan, por la avenida más horrible C y D y dondequiera que fuese, a cualquier hora del día o de la noche. Era lo que me hacía entrar en lecturas poéticas en las que no entendía nada, pero pagaba religiosamente la contribution y escuchaba palabras desconocidas con más atención que los demás. Recuerdo una de esas lecturas en la galería NoHo, donde me senté en el suelo con todos, nadie me preguntó quién era por desinterés, bebí vino, sonreí, aplaudí y fui un oyente de pleno derecho. En la galería había un adorable poeta encorvado con el que intercambiamos algunas palabras, en general el público reunido recordaba al moscovita. Era más o menos el mismo tipo de gente, pero en Nueva York eran menos pretenciosos.
En aquella época también iba a actuaciones musicales y teatrales, y dos veces por semana me recorría todas las galerías del Soho. A la representación teatral de una tal Susanne Russell en el Village fui en medio de una horrible tormenta huracanada, calado hasta los huesos bajo el paraguas, por cierto, pero me daba igual. Me encontraba en tal estado que no podía enfermar de nada, eso quedaba descartado.
Después de cada contacto de ese tipo con la vida regresaba satisfecho y exaltado. Por fin me relacionaba con la vida, no estaba solo. Llegué a conocer Nueva York, su vida y sus matices bastante rápido, mucho más de lo que tardé en aprender inglés.
Bueno, así que yo caminaba por aquella habitación y observaba los carteles. Me fui antes de que terminara la conferencia, y en el pasillo cogí todos los carteles que pude. Algunos aún los tengo en la habitación, y uno, en defensa de los derechos de los homosexuales, lo colgué en la puerta y ahí sigue, bien colorido, con las palabras que entonces no sabía y ahora sí subrayadas en el texto.
Algunas ilustraciones del cartel mostraban homosexuales felices abrazándose, otras mostraban personas con lemas que exigían derechos civiles para los homosexuales. Yo también opino que ellos, es decir, nosotros, merecemos todos los derechos civiles, y no hay por qué retrasarlo, joder. Pero no creo que eso pueda cambiar nada en un país tan depravado como Estados Unidos. Bueno, tal vez suponga algunos avances concretos, pero de todas formas la hipocresía y la mojigatería no permitirán, por ejemplo, colocar a un homosexual declarado en un puesto significativo.
Bueno, estábamos con Carol. Estuvimos mucho tiempo intentando quedar, mi amigo era lento y muy precavido. La precaución se la había llevado consigo de la URSS. Al final, una tarde de mayo fui a casa de mi amigo y vi a una rubia. Delgada, estaba fumando un cigarrillo, claro, no paraba de fumar y solo se fumaba la mitad del cigarrillo, el resto lo sumergía en el cenicero sin parar de echar humo. Hablaba bastante bien el ruso, se emperraba en llamar papirosi a los cigarrillos normales, cuando los papirosi son una especie de cigarrillos rusos con boquilla, y después de unas cuantas frases introductorias me atacó enseguida con la pregunta sobre la necesidad de que los rusos reconozcan la independencia de los ucranianos. ¡Ay! En ese momento me interesaba mucho más otro problema, necesitaba gente, conocidos, contactos, gente y más gente. Las relaciones personales me perseguían hasta en sueños, me estaba marchitando por falta de gente, aunque no iba a casa de los rusos porque no tenían nada que darme. Me esforzaba por entrar en el mundo, pero a los rusos ya los conocía hasta la saciedad y me repelía su ineptitud aquí. Yo era fuerte en mi debilidad, no quería resignarme al injusto orden de este mundo, igual que no me resigné al injusto orden del mundo soviético. Los rusos en cambio se resignaban prácticamente a todo, aceptaban el orden mundial.
De cara, Carol carecía absolutamente de defectos, incluso era guapa. De perfil había algo que no acababa de encajar, una especie de accidente entre los labios y la nariz. Pero eso es cosa mía, que soy un quisquilloso después de tener un bellezón por esposa. Por aquel entonces estaba obsesionado, y aquella noche también, por traducir urgentemente el artículo de turno que solíamos escribir con Alexandr. Nadie quería traducirlo porque la poca gente capaz de hacerlo nos había hecho el favor una vez sin recibir dinero a cambio y no quería hacerlo una segunda o una tercera.
Carol se ofreció a traducirlo. Eso ya fue algo que me gustó. Coincidía con ella en el asunto de la concesión de la independencia a Ucrania, pero expresé mi reticencia a vender la piel del oso antes de cazarlo, precisamente en ese momento en que el gobierno soviético era más fuerte que nunca. No dije que fuera una idea ridícula, pero lo pensaba. Además, añadí, ahora las relaciones entre rusos y ucranianos son mucho más estrechas en Ucrania de lo que creen los emigrantes ucranianos, basta con decir que en el territorio de Ucrania viven nueve millones de rusos…
Se unieron a la conversación un escritor y profesor y su mujer. En América el escritor se había ido convirtiendo progresivamente en un gran admirador y patriota de Rusia, a pesar de haber huido de allí. Es un fenómeno natural para un ruso. El escritor consideraba que los pueblos ruso y ucraniano eran tan próximos en cuanto a lengua y cultura que no había necesidad de separarlos de manera artificial, y que si, por ejemplo, la independencia de los pueblos bálticos (los letonios, estonios y lituanos, que tenían poco en común con la lengua y cultura rusas) era realmente necesaria, lo mejor y más natural era que los ucranianos, los bielorrusos y los rusos vivieran juntos, más que separarse y aislarse.
Creo que el escritor estaba más cerca de la verdad que Carol, la miembro del Partido de los Trabajadores, hija de granjeros protestantes, pues él partía del estado real de las cosas, y ella de programas políticos y del espíritu de la época, según el cual todos los pueblos y grupos nacionales merecen la independencia y la autodeterminación, aunque en total no sean apenas nadie, persona y media.
Entonces no expresé mi opinión secreta de que a los pueblos no les corresponde el derecho a separarse, sobre la base de un nuevo Estado donde un montón de intelectuales provincianos del lugar se erigirán en grandes gobernantes, sembrando más atraso y barbarie en el mundo, sino el derecho a unirse. Lo que se necesita es una mezcla total de todos los pueblos, rechazar los prejuicios nacionalistas, «la sangre» y otras chorradas parecidas, en nombre de un mundo unido, incluso en nombre del cese de las guerras nacionalistas, solo por eso vale la pena mezclarse. Mezclarse biológicamente, poniendo en peligro las nacionalidades. Judíos y árabes, armenios y turcos, basta de todo eso, hay que pararlo de una vez.
Creo que ni Carol ni el escritor estaban preparados para estas ideas, eran demasiado radicales. Por eso me callé y me limité a plantear qué pasaba con alguien como yo: mi padre es ucraniano y mi madre rusa, ¿qué hago, eh? ¿A qué Estado me traslado: al ucraniano, al ruso? ¿Con quién simpatizo, a favor de quién estoy? Además, conozco igual de bien ambas lenguas, y me he educado en la cultura rusa.
No sabían qué decir. «¡La independencia es necesaria!», decía Carol, convencida. Ok, está bien, pues que haya independencia. ¿Pero Limónov el ucraniano lo tendrá más fácil en el Estado ucraniano? Yo vivía en Rusia, como escritor en ruso, ¿y qué tenía? Durante diez años no me publicaron ni una obra. La cuestión no es conseguir la independencia de todos los pueblos, sino refundar las bases de la vida humana para liberar al mundo de las guerras, evitar la desigualdad de propiedades, impedir la matanza universal de la vida laboral, instruir al mundo en el amor y no en la maldad y el odio, que es a lo que conducen inevitablemente las separaciones nacionales.
No dije nada de eso. Pensarían que estaba loco. ¿Cómo se iba a «impedir la vida laboral»? Yo era un loco incluso para la izquierda. Mejor callarse, de lo contrario la chica de izquierdas se retiraría desde el primer día y no se relacionaría conmigo. Ay, y yo necesitaba compañía…
Comimos huevos y filetes rusos, bebimos vino y mucho vodka, la conversación pasó de la autodeterminación ucraniana al puto artículo Desilusión que ya tenía harto a Édichka. Yo escribía y publicaba un montón de artículos en un periódico estropajoso para emigrantes, pero todo el mundo se había fijado precisamente en ese porque por primera vez escribí que el mundo occidental no justificaba las esperanzas que depositaban en él los judíos y no judíos que huían de Rusia, y en muchos aspectos resultaba ser incluso peor que el mundo soviético. Después de ese artículo Édichka se ganó la reputación de agente del KGB y simpatizante de la izquierda, pero precisamente ese artículo, por suerte, me permitió romper automáticamente con el coñazo de la inmigración rusa. Rápido e indoloro.
La decisión de publicar el artículo fue del mandamás de la emigración rusa, Moiséi Yákovlevich Borodátij, redactor y propietario del periódico. Su conducta fue imprudente, fruto del deseo de artículos impactantes que despertaran el interés por el periódico, de la búsqueda de beneficios económicos y la promoción de sus negocios, después se tiraba de los pelos, pero ya era tarde.
El mandamás se puso hecho una fiera sobre todo cuando el 29 de febrero el Nedelia, el suplemento dominical moscovita del Izvestia, el periódico estatal de la URSS, publicó un artículo a toda página titulado «Desilusión, esa palabra amarga» dedicado a mi artículo y en parte a mi persona, en un número especial con ocasión del XXV congreso del partido. Incluso había un collage de V. Metchenko donde se veía la cabeza de un joven con gafas que correspondía a la de Édichka Limónov, sobre un fondo de rascacielos.
Por supuesto, utilizaban mi artículo para sus propios fines, pero así es como funciona, todo el mundo nos utiliza para su propio interés. En cambio nosotros, las personas, no los utilizamos a ellos, los gobiernos. Entonces no sé para qué los necesitamos, si no solo no escuchan a las personas sino que actúan en su contra.
Estuvimos hablando del fatídico artículo. El escritor obraba con prudencia en cuestiones políticas y no se metía, pero la politizada camarada Carol, por supuesto, estaba de acuerdo conmigo y mi mirada crítica hacia América y todo el mundo occidental, aunque sobrevaloraba al movimiento disidente de la URSS, pues lo consideraba mucho más fuerte y numeroso de lo que era en realidad.
Me aburría explicar las desgracias rusas, de las que estaba ya hasta la coronilla, pero tuve que hacerlo. Advertí a Carol lánguidamente de que la disidencia era un fenómeno particularmente intelectual, que no tenía relación con el pueblo, que el movimiento era muy reducido y todas las protestas las firmaban siempre la misma gente, entre veinte y cincuenta personas. Y ahora, le dije, la mayoría de los representantes visibles de ese movimiento ya están en el extranjero.
Además le dije que el movimiento disidente me parecía muy de derechas, y que si el único objetivo de su lucha consistía en cambiar las autoridades soviéticas actuales por otras como Sájarov o Solzhenitsin, mejor sería no hacerlo, pues, aunque esas personas andaban sobradas de imaginación y energía, sus opiniones eran o bien confusas o bien poco realistas, y claramente supondrían un peligro si ostentaran el poder. Sus posibles experimentos políticos y sociales serían peligrosos para la población de la Unión Soviética, y cuanta más imaginación y energía pusieran en ellos más peligrosos serían. Las autoridades actuales de la URSS, por suerte, eran demasiado mediocres para llevar a cabo experimentos radicales, y además poseían la experiencia burocrática de la administración, conocían bien el tema, y eso a la hora de la verdad era mucho más necesario para Rusia que todos esos proyectos irreales de regreso a la revolución de febrero, al capitalismo y chorradas semejantes…
Más o menos ese era el contenido de nuestra conversación. Masha, la esposa del escritor, propuso seguir bebiendo vodka, intentó movilizarnos, pero estábamos demasiado enfrascados en la conversación. Estuvimos ahí hasta casi las dos, aunque por la mañana la revolucionaria Carol tenía que ir de Brooklyn a Manhattan para trabajar en su despacho, donde hacía de secretaria. Salimos juntos.
—Es la primera vez que conozco a un ruso con opiniones tan de izquierdas —confesó Carol.
—No soy el único, tengo amigos que comparten mi opinión, pocos, pero existen, además todos los que llegan aquí de Rusia izquierdean indefectiblemente, sobre todo los jóvenes —le repliqué.
—Si te interesa el movimiento de izquierdas —dijo Carol—, te puedo invitar de vez en cuando a las reuniones que organizamos en el partido de los trabajadores.
—Por desgracia, Carol, soy muy malo con el inglés, no lo entenderé todo, pero iré con mucho gusto, lo necesito, toda mi vida he tenido relación con la revolución.
Luego fuimos al subway y me habló de su partido intentando sobreponerse al ruido. Después de hurgar en dos bolsos abultados repletos de revistas, periódicos, reproducciones, copias y otros papeles (un auténtico bolso de agitadora y propagandista) sacó un diario, el diario y la revista de su partido, y me los dio. Tanto el diario como la revista escribían sobre las luchas de los distintos grupúsculos políticos y nacionales tanto aquí, en América, como en el resto del mundo, en Sudáfrica y Latinoamérica, la URSS y Asia. Llegué hasta la terminal Grand Central y bajé, quedamos en que al día siguiente me llamaría para decirme cómo iba la traducción del artículo, pues intentaría hacerla en el trabajo si su jefe no estaba.
Hizo la traducción en un día y quedé con ella en el despacho, trabajaba para un gran abogado. La oficina estaba en la Quinta Avenida, era lujosa, con butacas tapizadas en piel auténtica que revelaban la riqueza del propietario. Carol, como corresponde, estaba sentada en un pequeño redil rodeado por una valla, detrás de una mesa con una máquina de escribir IBM y varios teléfonos. Me dio la traducción, le ofrecí pagarle dinero pero ella no aceptó. Le di las gracias.
—¿Quieres ir a un mitin en defensa de los derechos del pueblo palestino? —me preguntó Carol—. Aunque es un mitin muy peligroso. Creo que incluso irán algunos de nuestros compañeros. Se celebra en el Brooklyn College.
—Por supuesto que iré —le dije con sincera alegría. Un mitin peligroso era lo que más necesitaba en este mundo. Si me hubiera dicho que fuera al día siguiente a algún sitio donde me darían una metralleta y cartuchos para participar en una operación como el secuestro de un avión me habría puesto más contento, claro, pero un mitin tampoco estaba mal. No soy hipócrita, a mí solo me servía una revolución, pero podíamos empezar por un mitin.
—Iré con un amigo —dije, ¿pensando en Alexandr, quizás?
—Sí, claro —dijo Carol—. Si a tu amigo no le da miedo. Normalmente nos vigilan, estamos controlados. Probablemente habrás leído en los periódicos que nuestro partido ha interpuesto una demanda contra el FBI porque durante muchos años nos hicieron escuchas secretas, rompieron la cerradura de la sede del partido, controlaron nuestros papeles, enviaban provocadores…
—Sí, lo leí en la prensa.
—¿Sabes que cuando ingresé como miembro del Partido de los Trabajadores el FBI envió una carta a mis padres, que viven en Illinois, para comunicarles que entraba en el partido? Siempre tienen esa conducta ruin, para sembrar la discordia en las familias. Mis padres son protestantes, gente sencilla, no le gustan los negros ni los extranjeros, son racistas, mi hermano es de derechas, para ellos fue un golpe terrible. Durante mucho tiempo no tuvimos relación —me contó Carol.
—Vuestro FBI tiene los mismos métodos que el KGB — dije yo. En Rusia el KGB hace lo mismo.
—¿Sabes? El FBI tiene una lista de 28.000 apellidos de gente repartida por todo Estados Unidos. Esa gente será arrestada inmediatamente en un día si de repente surge algún peligro para el régimen. Son personas que consideran peligrosas en el caso de que llegaran a tener influencia, de que pudieran ponerse al frente de gente. Uno de los primeros puestos lo ocupa Norman Mailer,[6] ¿lo conoces? —continuó Carol.
—Lo leí en Rusia —dije, y en efecto algo se había traducido al ruso.
Las palabras de Carol no me sorprendieron. Cuando aún estaba en la Unión Soviética salía y mantenía en general una relación estrecha con una austriaca de izquierdas, tenía unos cuantos amigos así, por lo que conocía mejor que otros rusos la situación en Occidente. Me contaban muchas cosas. Recuerdo que Liza Uivari me dijo mientras paseaba conmigo por el monasterio de Novodevichi: «Solo puedes escapar de la URSS si existe una amenaza directa a tu integridad física.» Mi Elena siempre tiraba de mí hacia la derecha, pero Elena ya no estaba. Y ahora ya conocía bien este mundo, no tenía ilusión.
La Unión Soviética ha quedado atrás, igual que sus problemas, lo que me espera es vivir y morir aquí. ¿Cómo vivir y cómo morir?, esa es la cuestión. ¿Como una mierda, supeditado a las leyes de este mundo, o como una persona orgullosa que defiende su derecho a la vida?
Ni siquiera tenía elección, no tuve necesidad de tomar una decisión. Con mi temperamento no tenía nada que elegir. Automáticamente acabé en el bando de los que protestaban, los insatisfechos, los insurgentes, los guerrilleros, los sublevados, los rojos, los homosexuales, los árabes, los comunistas, los negros, los puertorriqueños.
Al día siguiente quedamos ella, Alexandr y yo, y nos encaminamos hacia Brooklyn. Como aún quedaba tiempo para la reunión, fuimos al Blimpie y comimos. Al comer Carol cogió el bocadillo con las manos y me di cuenta de que tenía las puntas de los dedos ásperas y estropeadas, una uña maltrecha se torcía hacia abajo, casi por debajo del dedo, pero no había nada desagradable en esas manos, eran unas manos sencillas de rubia delgada. Era como cuando miras directa y tranquilamente los dedos desfigurados de un carpintero sabiendo que es algo limpio, seco y bueno, que es por el trabajo, que debe ser así.
Junto al edificio donde debía celebrarse la reunión vimos una multitud de policías, coches, grupitos dispersos de jóvenes conversando animadamente y discutiendo sobre algo. Respiré hondo, encantado. Olía a tensión, olía bien.
—Han avisado a nuestros camaradas de que la Liga de Defensa Judía quiere provocar altercados, que intentará reventar el mitin —dijo Carol con una sonrisa forzada, lanzándonos una mirada suspicaz a Alexandr y a mí. Yo soy como una planta rodadora, un ucraniano de origen ruso, también tengo sangre osetia y tártara, solo busco aventuras, y Alexandr es judío, en su caso participar en un mitin en defensa del pueblo palestino podía considerarse antinatural. Eso me pareció cuando subimos a la sala, pero entre los asistentes había muchos judíos. Dejé de preocuparme por Alexandr.
Sin embargo, antes de subir a la sala a través de una tupida barrera de policías y guardias esperamos a que un chico joven nos trajera los panfletos que servían de entrada para el mitin.
—Pertenece a las juventudes de nuestro partido —dijo Carol—, nos ayuda desde los dieciséis años, su padre es miembro del partido.
Subimos y acabamos en una gran sala donde, tras pagar la contribución de un dólar, nos sentamos en unas sillas uno a cada lado de Carol para que pudiera ayudarnos en caso de necesidad y traducir lo que no entendiéramos de la intervención del orador. Como era la primera vez que asistía a un acto parecido, observaba con curiosidad.
En la sala había varios jóvenes árabes que vendían literatura de izquierdas. Además había un puesto con libros y tenían el Revolution y otros periódicos de izquierdas. Había poca gente.
Poco a poco fue empezando el mitin. En la tribuna había seis personas, dos de ellas negras, representantes de las organizaciones de negros. El primero en intervenir fue un estudiante libanés que habló de la guerra civil en el Líbano, recuerdo un punto de su discurso en el que dijo que el objetivo de sus compañeros de la izquierda libanesa no era conquistar el poder en el Líbano, ni la lucha contra Israel, ¡sino la revolución mundial! Eso me gustó, le aplaudí mucho. En aquella época acababa de terminar mi Programa diario de radio de Nueva York, una obra en la que describía algunos aspectos de la futura revolución mundial. Tenía una relación personal con la revolución, no era un disfraz de grandes palabras. Yo sacaba de forma legítima mi amor por la revolución mundial de mi tragedia personal, una tragedia en la que estaban implicadas ambas partes, la URSS y América, y de la que era culpable la civilización, la misma que no me reconocía, hacía caso omiso de mi trabajo, me relegaba al lugar que me correspondía legalmente bajo el sol, destruía mi amor, podría haberme matado, pero por algún motivo yo me mantenía firme. Y así voy viviendo, tambaleándome y asumiendo riesgos. Mi atracción por la revolución construida sobre lo personal era mucho más fuerte y natural que todas las causas «revolucionarias» artificiales.
Después del libanés intervino una persona de baja estatura de una nacionalidad indeterminada. A lo mejor era mexicano o latinoamericano. Era un orador profesional, su discurso era conciso, elaborado, agudo y convincente.
—Es Peter, el director de nuestra organización regional — me susurró Carol.
—Qué pico tiene, muy profesional —dije con envidia, pensando en cuándo aprendería a hablar como él, pues tenía muchas ganas de intervenir y decir en nombre de los rusos contemporáneos que no todos éramos unos vendidos de mierda, no todos íbamos a trabajar para radio Liberty[7] ni apoyábamos a las autoridades embusteras que había detrás.
—¿Qué significa «pico»? —me preguntó Carol.
—Hablar bien —contesté, había olvidado que Carol no podía conocer el argot ruso.
Resultó que Peter no era latinoamericano sino judío, y sacó provecho de ello al final del mitin al contestar con mucho ingenio y habilidad a las preguntas de un tipo con gorrito —por lo visto era un judío muy bueno y honrado—, a juzgar por lo nervioso que se puso hablando sobre la causa palestina. Peter le contestó con paciencia y al final le asestó el golpe definitivo cuando de pronto dijo que no había que confundir el sionismo con los judíos, que él, Peter, por ejemplo, también era judío. Valoré la elegancia de su intervención, igual que los asistentes, que le recompensaron con aplausos.
Luego intervinieron los dos negros, no con la misma elegancia y profesionalidad que Peter pero sí con autoridad y convicción. Me gustaron. Eran unos luchadores. Con tíos como esos participaría en cualquier cosa.
Al otro lado de las paredes de cristal de la sala donde se celebraba el mitin deambulaban todo el tiempo algunas personas de aspecto sospechoso que cada tantos minutos hacían una ronda de vigilancia y policial. Se oyeron algunos cuchicheos de alarma en el ambiente. Frente a las puertas de la sala había constantemente un montón de jóvenes judíos sin distintivos, no se sabía su filiación política, pero finalmente el mitin terminó y de forma pacífica. La gente no tenía prisa por marcharse. De nuevo se notó cierta inquietud en las palabras del guardia, que nos indicó que saliéramos por una puerta determinada porque estaba protegida por la policía y que no era recomendable utilizar las otras salidas.
A mí todo aquello me supo a poco, claro. En la bota llevaba el cuchillo, como de costumbre, tenía ganas de pelea. No tenía nada en contra de la Liga de Defensa Judía, todos los pueblos son iguales. Sin embargo, Alexandr me resultaba más cercano, igual que Lev Davidovich Trotski, que los dudosos dogmas nacionalistas.
Para mi gran decepción no ocurrió nada. El criminal Édichka no tuvo su oportunidad. Por el camino Carol me presentó a sus compañeros, entre los cuales había algunas judías feas con pantalones arrugados y un tipo de cara ancha con ropa de trabajo de color caqui hecha de tela de toldo, «trabaja en nuestra imprenta», me contó Carol. Todos hablaban ruso, en mayor o menor medida. El tío hasta era traductor. Su editorial iba a publicar en ruso el libro de Trotski Historia de la revolución rusa. Más tarde, al cabo de un mes, yo recibiría el libro y sería el primer ruso en leerlo. El primero sin contar los que leyeron el manuscrito de Trotski.
El libro me provocó un sentimiento ambiguo. En algunas páginas que describen marchas del pueblo armado sollozaba y murmuraba en mi cuchitril: «¡No puede ser que nunca vaya a vivir esto!» Lloraba por un arrebato de envidia y esperanza provocado por un libro gordo en tres tomos, por nuestra revolución rusa. «¡No puede ser que nunca vaya a vivir esto!»
Otras páginas me ponían furioso, sobre todo cuando Trotski escribe con resentimiento que tras la revolución de febrero el gobierno provisional empujó de nuevo a los trabajadores a las empresas, exigió que continuaran con su trabajo normal en las plantas y las fábricas. Los trabajadores se indignaron: «¡Nosotros hemos hecho la revolución, y nos envían de nuevo a las fábricas!»
«¡Será cabrón ese Trotski!», pensé, ¿y qué obligaste a hacer tú a los trabajadores después de vuestra revolución de octubre? Exactamente lo mismo, exigisteis que los obreros volvieran al trabajo. Para vosotros los periodistas de provincias, los estudiantes que no habían terminado sus estudios, convertidos gracias a la revolución en cabecillas del enorme Estado, realmente hubo una revolución, ¿pero qué hubo para los trabajadores? Para ellos no la hubo. En todos los regímenes los obreros tienen que trabajar. No pudisteis ofrecerles otra cosa. La clase que hizo la revolución no la hizo para sí misma, sino para vosotros. Y de momento nadie ha propuesto algo distinto, cómo eliminar el concepto de «trabajo» en sí, cómo atentar contra sus cimientos, entonces sí habrá una auténtica revolución, cuando el concepto de «trabajo» desaparezca, entendido como el trabajo por dinero, para vivir.
Por una extraña coincidencia los compañeros del partido me llevaron el libro a la manifestación contra el New York Times, que luego estuvieron observando durante bastante tiempo, incluso nos ayudaron a repartir octavillas.
Después del mitin Carol nos convocó en su casa, vive en Brooklyn, en el mismo edificio vivían entre seis y ocho miembros más, es como una célula del partido. Fuimos en metro, luego a pie. Alexandr, alejado del grupo, desconfiado y enajenado por el freudismo, me dijo en un susurro:
—Oye, ¿por qué todos son tan decadentes, no te parece? Mira esas chicas, hay algo que no encaja. Carol es la más normal, pero aún así me parece que no está del todo en su sitio con el sexo.
—Pero Alia, ¿qué quieres? —le dije entonces—. Por lo que yo he visto los revolucionarios siempre han sido así. Puedes ver decadencia hasta en Lenin, en quien quieras, ¿pero acaso eso es importante para nosotros? Necesitamos una pandilla, cómplices, ya sabes que en este mundo hay que pertenecer a alguna banda. Quién más te va escoger, para quién serás interesante, ellos nos han elegido a nosotros, nos necesitan, nos han invitado. Tú y yo solo tenemos una salida: unirnos a ellos. ¿Es que nosotros no somos decadentes? Estarás de acuerdo en que en cierto modo sí.
Tenía razón, no teníamos que unirnos necesariamente al Partido de los Trabajadores, pero por algún motivo acabamos en su mundo de insatisfechos, los que estaban satisfechos no nos necesitaban para una mierda. Otra cosa es que tampoco quisiéramos unirnos a ellos, a los satisfechos.
Llegamos al espacioso piso de Carol, que compartía con una amiga. Su roommate dormía en algún lugar al fondo. Nos acomodamos en el salón, Carol hizo unos bocadillos, bebimos la cerveza que habíamos comprado y charlamos. Más tarde llegó Peter, el orador. Nos hicieron muchas preguntas, nosotros también se las hicimos a ellos, la velada se alargó hasta las tres de la madrugada. A esas horas tenía ciertas esperanzas sexuales puestas en Carol, como en todo el mundo. A pesar de ser una mujer, no sé por qué me resultaba agradable. Resumiendo: quería hacer el amor con ella, pero la gente iba y venía, todos los vecinos visitaban a Carol y yo ni siquiera podía hablar con ella. Estaba sentada encima de unos cartones al lado del diván en el que me había instalado yo, y a veces me traducía lo que no entendía, sin dejarme que le cediera el sitio en el diván, esa era toda nuestra cercanía.
Al final se fueron todos, los últimos fuimos Alexandr y yo. ¿Por qué los últimos? Carol no nos dejó irnos con los demás, «no os vayáis todos a la vez», decía. En compañía, con gente, era alegre y evidentemente muy graciosa, porque todos se reían de vez en cuando con sus palabras, por desgracia yo casi no entendía sus bromas. Se arrastraba por el suelo, había pocas sillas, los chicos y chicas preferían sentarse en el suelo, y Carol también.
Nos acompañó hasta el metro. En la calle hacía mucho frío, de pronto había bajado mucho la temperatura. Llegamos a la boca del metro, empezó a despedirse de nosotros, pero yo le dije:
—Carol, perdona, tengo que hablar contigo un momento a solas. Perdona, Alexandr —le dije a Alexandr—. Un minuto.
—No pasa nada —dijo Alexandr.
Nos apartamos un poco. Yo le agarré de las manos y le dije:
—Carol, ¿quieres que me quede contigo?
Ella me dio un abrazo y me dijo:
—Eres muy bueno, ¿pero no crees que tu amigo quiere hablar contigo?
No la entendí del todo, estábamos allí plantados en el frío, yo casi estaba tiritando, nos besamos y nos quedamos quietos, abrazados. Era muy delgada, poca cosa, y eso que tenía una hija de trece años que vivía con sus padres en Illinois.
—Eres muy bueno —dijo Carol en voz baja—, mañana, domingo, estaré en Manhattan, tengo que pasar por la oficina porque me dejé allí el sombrero que compré ayer. Me voy tres días a Illinois, a casa de mis padres, y quería enseñarles mi sombrero. Te llamo mañana y nos vemos.
Estaba helado y exhausto, así que no insistí. A lo mejor debería haber insistido, pero estaba congelado. Nos abrazamos y nos besamos de nuevo, y se fue.
—Vete —le dije—, te vas a helar…
Mientras íbamos en metro con Alexandr, muy animados, intercambiamos impresiones sobre los camaradas del partido. Alexandr dijo que lo veía todo claro, yo le dije que se abstuviera de sacar conclusiones, era demasiado pronto para decidir cómo tratarles solo con un mitin. Salimos en Broadway. En las aceras y puentes, fríos como siempre, se erigían algunos clubes. Alexandr giró a la izquierda en su calle, la Cuarenta y cinco, yo seguí subiendo y a la derecha. En los antros nocturnos había gente mascando algo.
Al día siguiente no llamó, estuve esperando su llamada hasta las dos. Me disgustó mucho, ya pensaba en ella como mi amante, es mi naturaleza. Tenía mucho más en común con ella que con el resto, aparte de su actividad revolucionaria era periodista y no hacía mucho que el Worker, el órgano del partido comunista americano, había arremetido contra ella por un artículo suyo sobre Leonid Pliush, un disidente ucraniano.
No llamó, y durante toda la mañana y la noche anterior yo me había estado haciendo a la idea de que sería mi amante, incluso pensé en cómo la vestiría y, entre nosotros, no me gusta que me agüen la fiesta. Me llevé un gran disgusto, y aquel día me costó calmarme.
Al cabo de unos días dio señales de vida, se disculpó. El domingo no fue a buscar el sombrero, a primera hora de la mañana se dirigió al aeropuerto y voló a Illinois, no tenía tiempo de ir a buscar el sombrero porque el vuelo era muy temprano, y no quería despertarme. «Te habías acostado muy tarde la noche anterior», dijo. Quedamos en ir a comer juntos, y nos vimos.
Nos sentamos uno frente a otro y hablamos de nuestras cosas. Por aquel entonces Alexandr y yo habíamos tenido una idea para una manifestación, y se la conté. De repente dijo:
—¿Sabes? Tengo que decirte que tengo novio. Me siento muy incómoda contigo, me gustas, eres bueno, pero hace unos años que tengo novio. No es miembro de nuestro partido, pero es de izquierdas y trabaja en una editorial de izquierdas.
Mi rostro no se inmutó. Estoy tan acostumbrado a los golpes del destino que ni siquiera fue un golpe. Pues nada, a otra cosa, pensé, aunque no es agradable que tus sueños queden reducidos a cenizas. En mis pensamientos ya vivíamos juntos, y teníamos un trabajo común en el partido.
—Está bien —me limité a contestar. Así terminó mi romance con ella, pero la relación con los del partido continuó y continúa hoy día, aunque el Partido de los Trabajadores me ha decepcionado como partido eficaz.
Aquel día después del almuerzo íbamos por la Quinta Avenida en dirección a la Avenida Madison porque ella tenía que comprar café para la oficina, cuando delante de Saint Patrick le pregunté:
—¿Tú qué crees, Carol, veremos una revolución en América mientras estemos vivos?
—Sin duda —dijo Carol con resolución—, ¿si no para qué trabajaría en el partido?
—Tengo ganas de disparar un poco, Carol —le dije entonces. No era un hipócrita.
—Dispararás, Eduard —dijo ella, con una sonrisa maliciosa.
Pensaréis que éramos dos malvados sedientos de sangre que soñaban con ver América y el mundo entero convertidos en un baño de sangre. Nada más lejos de la verdad. Yo era hijo de un oficial comunista, mi padre sirvió toda su vida en las tropas del NKVD, sí, sí, los mismos, y ella era hija de un puritano protestante de Illinois.
Repito, lo que yo había visto en esta vida era: una especie de hambre eterna, vodka y desvanes abyectos. Por qué una persona que vende vodka y tiene la tienda Liqueurs recibe el reconocimiento de la sociedad, y de qué manera, y otra que escribe versos y se recorre medio mundo sin recibir nada a cambio, no encuentra nada. Y encima le quitan lo último a lo que se aferra: el amor. Édichka tenía una fuerza colosal, ¿cómo iba a tenerme en pie si no, con mi constitución?
Carol me contó muchas cosas de América y sus reglas. Me habló de los conflictos raciales en Boston, que por entonces ocupaban mucho espacio en los periódicos, de cómo la prensa oculta información cuando los blancos atacan a los negros y al revés, la inflan si los negros atacan a los blancos. Me contó que en Vietnam lucharon sobre todo latinoamericanos y negros. Carol me contó muchas otras cosas.
Estuve en muchas reuniones del Partido de los Trabajadores y, a pesar de que sus métodos de lucha me parecían y me siguen pareciendo poco enérgicos (básicamente se dedicaban a defender a todo el mundo: los derechos de los tártaros de Crimea en la URSS, la independencia de Puerto Rico, a los presos políticos brasileños, los derechos de los ucranianos a escindirse de Rusia, etc.) aprendí mucho en esas reuniones. Por supuesto, eran de un partido de la vieja escuela, había mucho dogmatismo y obsolescencia en su estructura. Por ejemplo, se llamaban Partido de los Trabajadores, aunque creo que entre sus miembros no había un solo obrero, el propio dirigente de la zona, Peter, hablaba de los obreros como si fueran una fuerza reaccionaria.
—Eres un radical —me decía Carol—, si algún día conozco a algún radical, te lo presentaré. Encajas mejor con ellos.
El Partido de los Trabajadores se mostraba muy receloso respecto a Alexandr y a mí. Alexandr, que ya era una persona muy desconfiada de por sí, me dijo: «Creen que somos agentes del KGB. Algunos de los compañeros disidentes les han metido esa idea en la cabeza. Carol no lo cree, claro, te trata fenomenal, pero la dirección seguro que lo piensa. Si no por qué no han publicado en su periódico la información sobre nuestra manifestación contra el New York Times, ¿por qué? ¡Fueron a propósito para estar dos horas!»
Creo que en este caso Alexandr estaba en lo cierto. No publicaron nada sobre nuestra existencia, aunque en realidad para ellos éramos un material muy atractivo. A diferencia de los habituales rusos de derechas, de pronto aparecía una célula de izquierdas con la «Carta abierta a Sájarov», donde se le criticaba por su idealización de Occidente. Incluso el Times de Londres publicó un texto sobre la carta, la gente de izquierda resultaba ser más de derechas o más desconfiada que una publicación oficialista totalmente burguesa.
No creo en el futuro de ese partido. Están muy aislados, les da miedo la calle, los suburbios, a mi juicio no saben comunicarse con aquellos a los que defienden y en cuyo nombre hablan.
Un caso típico: un día acompañé a Carol después del trabajo a Port Authority, adonde debía llegar su hija. Caminábamos por la Quinta Avenida: al principio siempre quería ir en autobús o subway, pero le inculqué mi costumbre de andar y fuimos a pie. Aún era temprano, estábamos junto a la biblioteca central, fuimos hasta la Octava Avenida, donde se encuentra la terminal de autobuses de Port Authority con la Cuarenta y dos. Mi revolucionaria recelaba de la Cuarenta y dos y otras calles parecidas y se arrimaba a mí, asustada.
—A nuestros compañeros les da miedo caminar por aquí. Hay muchos drogadictos y locos —dijo Carol con precaución.
Yo me eché a reír. A mí no me daba miedo la Cuarenta y dos, me sentía como en casa allí a cualquier hora del día y de la noche. No se lo dije entonces, pero pensé que en realidad su partido era un grupo pequeñoburgués, que si yo hiciera la revolución los primeros en los que me apoyaría serían esas personas entre las que caminábamos, los que eran como yo: desclasados, criminales y maleantes. Establecería el cuartel central en el barrio con mayor criminalidad, me relacionaría solo con gente necesitada, eso era lo que pensaba.
Carol dijo, entre risas:
—Tiene gracia que me lleve por Nueva York un moscovita que conoce la ciudad mucho mejor que yo.
Al principio Carol dudaba de si la estaba guiando bien, pero lo hice. Me daba miedo encontrarme con algún amigo, con Chris, por ejemplo, o con otros conocidos menos importantes, pero por suerte no ocurrió.
Carol era muy dulce, cumplidora y activa. Ahora incluso me alegro en cierto modo de que nuestro amor no funcionara. No sé qué tipo de desgracia sufre, pero como mínimo creo que no es una persona completamente sana. Es imposible que lo sea, pero tampoco es necesario. En este mundo es otra la gente que necesita personas sanas. El mundo se apoya en la lucha entre los sanos y los insanos. Carol la rubia y yo estábamos en un bando. Si quisiera sería miembro de su partido, pero siento aversión hacia las organizaciones de intelectuales, los viejos partidos que considero faltos de sangre. Yo sigo buscando, quiero algo vivo, no burocracia y recolectas de dinero en una canastilla para luego publicar los importes, a ver quién da más. No quiero asistir a reuniones y que luego todos se dispersen a sus casas y por la mañana vayan tranquilamente al trabajo. No quiero dispersarme. Mis intereses residen en algún punto en la esfera de las comunas y las sectas comunistas pseudorreligiosas, de las familias armadas y los grupos de cultivo de la tierra. De momento no está muy claro, solo es un esbozo, pero no pasa nada, todo a su tiempo. Me gustaría vivir con Chris y que también estuviera Carol, y otros, todos juntos. Y quiero que la gente igual y libre que vive cerca de mí me quiera y me mime, y no estar tan terriblemente solo, como un animal aislado. Si no muero antes de alguna manera, pues nunca se sabe lo que puede ocurrir en este mundo, seguro que seré feliz.
Me resultaba muy útil quedar con Carol, gracias a ella me enteraba de muchas cosas sobre América, y ella también averiguaba muchas cosas sobre mí. Somos amigos, aunque, por ejemplo, me ocultaba el período de sus viajes a la URSS, evidentemente por miedo a que de repente fuera de verdad un agente del KGB. No me lo dijo hasta que un día volvió de allí y me regaló de recuerdo un chocolate soviético y una moneda por valor de veinte copecs. «¡Qué tonta! Podría haberte dado direcciones y habrías conocido a gente que simplemente no conocerás jamás, aunque viajes cien veces a la URSS», pensé. Pero no me enfadé.
Carol es como un capítulo por terminar, constantemente se nos ocurren nuevas ideas en común, me suele esperar cerca de su oficina, rubia, sonriente, con gafas oscuras o sin ellas, siempre cargada de textos políticos, con dos o tres bolsos.
—Carol, te faltan la cazadora de piel y el pañuelo rojo para ser una auténtica comisaria del pueblo —me burlo de ella.
El Partido de los Trabajadores, y en parte mi amiga Carol, organizó una reunión en defensa de Mustafá Dzhemilev,[8] internado en un campo soviético. Los asistentes a la reunión eran de lo más variopinto. Había representantes de los separatistas irlandeses, el poeta iraní Reza Baraheni, un ex preso político, Piotr Livanov, que no sé cómo se decidió a dar un paso tan valiente para él como asistir a una reunión organizada por la izquierda, creo que él y sus amigos se animaron al ver que a Alexandr y a mí nos consideraban agentes del KGB, y estaba también Martin Sostre, que había pasado ocho años en una cárcel americana por delitos políticos. Casi me muero de la emoción cuando el negro Martin Sostre salió y dijo literalmente lo siguiente: «Yo, por supuesto, me adhiero a la defensa de Mustafá Dzhemilev, y en general a la defensa de la autodeterminación de las naciones, incluidos, por supuesto, los tártaros de Crimea, pero protesto contra el hecho de que cuando Sájarov envía al New York Times un artículo en el que escribe sobre las injusticias, la persecución y el desprecio de la libertad de las personas en la URSS, el New York Times publica su artículo casi en portada, pero se niega a publicar otros artículos parecidos sobre el menosprecio de los derechos humanos y las injusticias aquí, en América.»
Eso dijo el tío, un tipo fuerte, sin prisas, hablaba con calma, lento, vacilando un poco, hasta yo entendí palabra por palabra lo que dijo.
Yo vigilaba a Livanov, que estaba encogido de miedo. Pobre desgraciado, probablemente no se lo esperaba. ¿Qué le dirán sus amos, los que le dieron trabajo, los que le daban de comer y de beber aquí y le pagaban un profesor de inglés, qué dirían los de la derecha americana, que le daban y le dan dinero? Qué suerte, allí estabas en la cárcel o en un manicomio, y aquí te dan dinero. ¿Pero qué le diría la derecha americana a Livanov cuando supiera que había participado en ese mitin?
A Carol le había costado un enorme esfuerzo persuadir a Livanov de que asistiera y dijera unas palabras. Le llevó mucho tiempo. Ahora mi amiga, como organizadora del mitin, estaba exultante anunciando de forma pomposa a los oradores que intervenían y presentándolos uno por uno. Estaba contenta.
Alexandr y yo nos habíamos sentado en segunda fila. Estábamos tranquilos porque sabíamos que en el momento decisivo todas esas chicas, señores y señoras, razonadores y oradores, poetas orientales y el playboy de Amnistía Internacional se largarían corriendo cada uno a su sitio, y quedarían gente como Martin Sostre, Carol y nosotros. Eso pensábamos y no nos equivocamos.

Ahora Carol me llama a menudo.
—Hola, Eduard —dice Carol al teléfono—, soy yo, Carol.
—¡Hi, Carol! Me alegro de oírte —contesto yo.
—Hoy tenemos reunión, ¿quieres venir? —dice Carol.
—Claro, Carol —contesto—, ya sabes que me interesa.
—Entonces quedamos a las seis en la boca de metro de Lexington con la calle Cincuenta y uno —dice ella.
—Sí, Carol, a las dos.
Nos vemos a las seis, nos besamos, le cojo un bolso, no me deja hacer más, y bajamos al metro.
A veces a la hora del almuerzo nos podéis encontrar en la calle Cincuenta y tres, entre la Avenida Madison y la Quinta Avenida, sentados junto al salto de agua.

  1. Sonia
    No suelen invitarme a muchos sitios, y eso que a mí me encanta la gente. No sé cómo caí en una party en casa de la única persona que aún me acepta, un fotógrafo y provocador, ya lo he mencionado antes, un capullo, un niño y un soñador, cuyos sueños y los de todos sus amigos iban dirigidos a hacerse ricos sin trabajar demasiado: Sashka Zhigulin. A lo mejor es más complejo, pero esta descripción también es válida.
    Vivía en un gran estudio en la penumbra en la calle Cincuenta y ocho del East Side, y se desvivía por conservarlo y pagar sus trescientos dólares al mes porque allí podía tener invitados y hacerse el adulto.
    Llegué alrededor de las ocho por una absurda costumbre, muy rara para un ruso y, claro, aún no había nadie, así que estuve deambulando como un tonto con mi camisa de encaje, los pantalones blancos, la chaqueta de terciopelo violeta y el fantástico chaleco blanco entre los amigos de Sashka, que no paraban de trabajar, trasladar cosas, abrir bancos y botellas y colgar carteles. Yo no tenía ganas de hacer nada. Me fui a buscar cigarrillos por aburrimiento y apatía, estuve contemplando cómo languidecía el cielo sobre las calles, aspiré el aroma de las plantas, era mayo, Central Park quedaba cerca y trasmitía la atmósfera y la agitación primaveral, y volví. Los ayudantes fueron a cambiarse y solo quedó Sashka, que enseguida desapareció también en el baño, y una chica que no sé de dónde la había sacado, bajita con el cabello abultado, típico de las judías, y una forma extraña de hablar alargando las frases o, al contrario, pronunciándolas demasiado rápido, que resultó ser una mala actriz que estaba diciendo su papel de forma diligente e inconexa. Luego me enteré de que en su Odessa natal participaba en un grupo de teatro, ella consideraba que tenía un gran talento. Siempre me han atraído los especímenes monstruosos. Y así fue como entró Sonia en mi vida.
    Pasamos toda la noche juntos, le presenté a mis amigos y conocidos, que fueron apareciendo uno tras otro. Uno de los últimos fue Jean Pierre, un pintor que vivía en el Soho, el primer amante de mi mujer, y Susanna, su amante. Cuando Elena, la ligera de cascos, que se presentó también en la fiesta tocada con un sombrero, se fue a Milán, los tres la acompañamos. Aún está en Milán, luciendo su plumaje y volviendo locos a los italianos y las italianas, supongo. No se necesita mucho para volver loca a la pobre gente sencilla y trabajadora, ya sean hombres de negocios o pintores.
    Yo aún estaba en una nebulosa y Sonia era la primera mujer, si es que se la podía llamar así, no sé si es muy justo en su caso como veréis, para ser más exactos: era el primer individuo de género femenino con el que, no sé por qué, quería copular. Después de Elena era la primera.
    Antes había habido algunos encuentros demenciales en la bruma del alcohol, algunos saraos incomprensibles, fiestas raras en las que vislumbraba a mujeres australianas e italianas que hacían carantoñas y decían no sé qué de canguros y de la pintura contemporánea, se retiraban, desaparecían, y al final se fundían con el fondo del que habían emergido durante un instante, haciendo frufrú con los vestidos, solo para regresar de nuevo a la profundidad del caos. Yo casi siempre estaba borracho y me mostraba abiertamente hostil hacia ellas, además de demasiado coqueto para no parecer homosexual. Cuerpo y alma unidos, unánimes por una vez tras el cruel agravio de Elena, repudiaban a las mujeres, las repelían y yo dormía invariablemente solo, dudo que por aquel entonces pudiera tirarme a una mujer y en general tener relaciones íntimas con ella. De hecho, ¿quería hacerlo? ¿O pensaba que «tenía que hacerlo»? No lo sé. Sonia no me daba miedo. A ella le daba miedo todo.
    A una chica de Odessa, hecho del que ella se avergonzaba, no podían dejar de impresionarla las presentaciones, bastante ceremoniales, que presenció ya la primera noche. «Este es Jean, el ex amante de mi esposa.» «Esta es Susanna, su amante», y Susanna, borracha pero oliendo divinamente, me dio un beso casi con aire familiar. No soy insensible, pero Susanna me da pena y desprecio a Jean, lo cual me da fuerzas para tratarle con calma. Además sé seguir la corriente, echar leña al fuego. Cuando presento a esa pequeña judía vulgar a mis «parientes» sé que en realidad no son muy distintos de ella. Y aún así le asesto un golpe, le doy una lección de perversión y rareza moscovita, de capital también, le doy una lección sobre las relaciones que mantiene la gente de categoría, más allá de las relaciones que ella había conocido hasta entonces. Era como si dijera: «Así de perversos éramos en nuestro Moscú, igual que aquí en Nueva York.»
    Bueno, qué se le va hacer, por supuesto que se trata de un juego primitivo, pero como en cierto modo me interesa esa provinciana judía aprovecho cualquier oportunidad para hacer gala de mi habitual seducción moscovita.
    Jean y Susanna… bueno, debo de ser un depravado si soy capaz de ser amigo suyo. Sin exagerar, como quien no quiere la cosa, hablo de mis publicaciones traducidas en varios países del mundo. Eso significa que soy una persona importante. Y de postre le cuento mis relaciones con hombres. Se queda anonadada, claro, es un golpe, pero no pasa nada, lo superará. Aún no he conocido a nadie que rechace lo interesante, por muy «malo» que sea. Y como aquella noche ya se le han roto muchos esquemas, se va muy pronto, a las once, algo que nunca volverá a suceder. Necesita pensar, pues que se vaya y piense. La acompaño hasta el autobús, le digo que me gusta, al tiempo que me fijo en que tiene un labio superior muy feo.
    Aquella noche aún me espera un leve intento de acercamiento a mi «pariente» Susanna, el primero y el último. Lo hago en parte como una travesura y en parte por considerarme con un cierto derecho moral sobre ella. La borracha de Susanna lleva toda la noche pegada a Janette, de ojos azules, también rusa. Tengo pocas opciones, pero lo intento. La señorita García alimenta mucho amor por las chicas rusas. García es un apellido tan extendido como el de Ivanova en Rusia. Y Susanna está al nivel de Liudka en cuanto a popularidad. Liudka Ivanova.
    Lo sigue alimentando. Abraza a Janette, que trepa hacia ella por debajo de la falda. Kiril y yo (si os acordáis él es el amante de Janette) representamos un baile burlesco de homosexuales, aunque ni él ni yo sentimos nada de ese tipo el uno por el otro. Quiero ayudar a Kiril y distraerle de la incomodidad que se ha creado en torno a la pareja de «chicas». Kiril es grande, pero aún es un niño. Veo que está desconcertado con esas tentativas públicas de Susanna con su Janette y no sabe qué hacer. No consigue reírse de la situación. Yo podría romper a llorar. Janette es mayor que él, me parece que encuentra placer en el roce con la señorita García, borracha pero inflexible, esa Liudka Ivanova.
    Luego hay que dar un salto de hora y media. Ya no hay nadie, estoy en el piso de Susanna sentado en la misma cama donde se hizo la fotografía de Susanna y Elena desnudas, tumbadas abrazadas y haciendo el amor o justo después de hacerlo. Hecha, supongo, por Jean, desnudo. Susanna y él siempre van por ahí con cámaras. Estoy sentado en esa cama, espero, pienso, y en el baño la señorita García vomita sin contención. ¡Dios, qué mala suerte! ¡Por qué se habrá emborrachado de esa manera! Pensaba que sería simbólico tirarse a Susanna en esa misma cama fatídica. Después ella entra, pálida y encorvada aún del suplicio de los movimientos espasmódicos del estómago. Cuesta mirarla, con ese rostro envejecido, el maquillaje seco y corrido, las pestañas, los párpados, todo desteñido. Todo está vacío, y la velada ha terminado, el fuego se ha extinguido, Janette se ha deshecho de ella y a mí me da mucha pena. Yo por lo menos tengo el arte, el deseo de convertirme en un monumento, pero qué tiene ella, la vida pasa, a lo mejor es lesbiana, las mujeres son un placer breve.
    Me enseña una fotografía de Elena en la pared, su amada, debajo del espejo enmarcado. Elena es para ella una luz en la ventana, repite una y otra vez con cariño que Elena es una crazy, que ella…
    Por supuesto, si no fuera por el choque cultural, por la ceguera de Elena, que no entendía una mierda de la nueva vida, de los distintos estamentos y grupos de gente, Susanna, esa honrada trabajadora que pecaba por la noche y los fines de semana, esa hija ejemplar que mantenía a su madre anciana, no habría visto jamás a esa rara ave de bello plumaje, Elena.
    Susanna se contrae de nuevo por un retortijón, y yo me voy. ¿Qué más podía hacer? Ya jamás será mi enemiga. Recuerdo avergonzado que una noche de marzo intenté abrir la puerta de su casa y prenderle fuego. «¡Nido abominable!», solté yo, pero la puerta no se abrió. Aquella noche se me rompió un tacón. A partir de entonces Susanna jamás será mi enemiga, pero carecerá de interés.
    Sonia… la segunda vez quedamos por teléfono y la invité al cumpleaños de mi amigo Jachaturian, pintor y escritor modernista, una persona de mentalidad formal, inventor de procesos y técnicas, y que ahora estaba sumergido en una incontrolable búsqueda formal bajo los auspicios y la dirección de una malvada y sabia mujercita que hablaba un inglés fantástico y trabajaba en una empresa de fabricación de bufandas. Habíamos recorrido juntos un largo camino, ellos y yo, conocían a mi anterior esposa Anna, antes que Elena, incluso pasaron su noche de bodas en el suelo de nuestro piso. Nos enfadamos a menudo, cada vez me entienden menos, pero eso no nos impide conservar nuestro simulacro de amistad. Somos amigos.
    En definitiva, Sonia y yo llegamos a su casa. Antes agarré una botella de champán soviético comprada por diez dólares, el mismo del que tanto se quejaba la señora Rogoff. Había una decena de invitados, no tiene sentido enumerarlos a todos, aunque cada uno a su manera entra en mi vida y forma parte de ella. Aquella noche Sonia dijo todo tipo de gilipolleces, chorradas de provinciana, yo hice oídos sordos, estaba de buen humor y no hay nada que pueda estropear eso, un estado de ánimo fuerte y sólido. Me gustaba a mí mismo, me decían cumplidos, había mucha bebida y yo siempre me animo cuando estoy en compañía, me resulta agradable. «Soy un hombre público», como decía nuestro Pushkin. «Pushkin, Pushkin, el mismo Pushkin que vivió antes que yo», como escribía Alexander Vvedenski, un poeta modernista de los años treinta, un genio procedente de una familia de Járkov como yo que se arrojó a las vías del tren. Así que yo también soy un hombre público.
    Más tarde, cuando terminó el jaleo y nos fuimos, propuse, o fue ella quien lo propuso, ya no lo recuerdo, pero el hecho es que decidimos seguir, ir de garitos y bares. Tenía algo de dinero, así que nos fuimos. Bebimos vodka con un polaco en un bar del East Side, Sonia se empeñaba en hablar con él en inglés, aunque no había ninguna necesidad porque quedaba claro sin decir nada que era un tipo peculiar, era una persona envejecida que no tenía adonde ir, así que ahí estaba a las tres de la madrugada en un bar. Por tocar las pelotas, le solté algo sobre la Gran Polonia hasta Kiev. Él, como suponía, se enfadó, y a mí me hizo gracia.
    —¿Por qué haces eso? —preguntó Sonia.
    —Me gusta ofender los sentimientos nacionalistas —contesté yo.
    Hacia las tres de la madrugada me cambié de ropa. En mi habitación del hotel me puse la chaqueta blanca en vez de la violeta, y nos fuimos al West Side por la Octava Avenida, que por suerte me encanta y conocía muy bien, le enseñé las prostitutas, luego le quité las bragas allí mismo, en la calle, y me puse a masturbarla metiéndole el dedo en el coño, que estaba húmedo y blando, como todos.
    Confirmado, durante esos meses las mujeres no habían cambiado nada. Seguían teniendo «eso» en su sitio, como siempre, y si cerraba los ojos era igual al tacto que el de Elena, eso me decía yo para mis adentros mientras seguía dirigiendo el dedo por los labios vaginales de la chica de Odessa. Ella se retorcía de una forma absurda y afectada, y ni siquiera cuando la penetré más profundamente hubo forma de que se corriera, del susto que tenía. ¡Qué va! Probablemente todo aquello le parecía algo antinatural. En Kazajstán una mujer ucraniana mató a su marido letón porque en su segundo año de matrimonio, por fin, le hizo meterse la polla en la boca. Lo mató con un hacha. Y el pintor Chicherin, después de muchos años, no consiguió que su mujer le permitiera follarla por detrás en la posición del perrito. Una mujer que había leído a Teilhard de Chardin y era la esposa de un pintor vanguardista de Moscú.
    Tenía muchas ganas de que Sonia se corriera en esa postura disparatada, con los pantalones y las bragas bajados hasta los tobillos y una bola oscura de pelos entre las piernas, alterada por la incomodidad y el desconcierto, por eso empecé a besarle ahí. ¿Sabéis qué hizo? Consiguió estropearlo todo, empezó a murmurar y a hablar muy rápido: «Édik, ¿qué haces? Edik, ¿qué haces? Edik, ¿qué haces?».
    No soporto que me llamen Édik.
    —Qué hago, nada malo, es para que estés mejor, algo agradable… —dije yo.
    Se quedó paralizada y se apartó de la pared, con los pantalones y las bragas aún bajados. Yo, que de repente me había cabreado pero lo disimulaba, le puse los trapos y la empujé a seguir andando.
    Ya amanecía y tenía mucha hambre, pero eran cerca de las cuatro y todos los locales de la Octava Avenida acababan de cerrar. Al final, tras varios intentos fallidos, llamé a la puerta de un restaurante esquinero y me camelé a un tío negro. No sé dónde aprendí a camelarme a la gente así, pero el negro enseguida nos abrió las puertas y nos dejó entrar. Pedí un plato de carne con patatas, que para dos costaba unos diez dólares.
    —¿Tienes dinero suficiente, Édik? —preguntó Sonia.
    —Sí, sí, pero no me llames Édik, no me gusta.
    Poco a poco se me empezaba a pasar la borrachera, no, no es esa la palabra, no había estado borracho en toda la noche, pero la niebla que me envolvía empezó a disiparse y vi a esa provinciana fea, con los rasgos de la cara cansados y, si queréis, envejecidos para sus veinticinco años, la vi sin esa nebulosa que yo mismo había provocado. Esa eterna incomodidad en el sexo, ese rostro matutino, amarillento y cansado decía muchas cosas. Todo empezó a irritarme. ¿Qué mierda hacía allí? Si no la necesito como mujer, por qué estoy perdiendo el tiempo, voy a acabar con esta farsa.
    —Vamos a mi casa —dije yo.
    —No puedo —dijo ella—, quiero a Andréi.
    Andréi era uno de esos tíos que ayudaban a Sashka. A lo mejor estudiaba para ser contable, no me acuerdo, a mí qué me importa.
    —A mí qué me importa a quién quieres, a Andréi o a otro. Ya te he dicho que no pienso coartar tu libertad, puedes querer a Andréi, pero ahora vamos a mi casa.
    Ella se quedó callada, zampándose la carne con patatas, aunque había dicho que no tenía hambre. Y ahí estaba, mintiendo y avergonzada. Al final me repugnaba.
    El negro nos trajo las bebidas. Era muy simpático y me sonrió, era evidente que le gustaba, medio borracho, con mi camisa negra de encaje y el elegante traje blanco, el chaleco, la piel morena y los zapatos con tacón. Era su estilo. Marat Bragov, ese judío malvado, me dijo una vez con el desparpajo que le caracteriza: «Por supuesto que los negros y los de color te tratan bien, eres igual que ellos, y te vistes igual, eres igual de amanerado.»
    El tío dejó los vasos y yo le acaricié despacio la mano, mirando a esa boba estrecha. Él sonrió y se fue.
    —Vámonos de aquí —dijo ella.
    —¡Vamos! —dije yo, y nos fuimos. Tenía miedo de que me fuera a follar con él. A lo mejor detrás de la barra, o en la cocina, donde fuera. Era obvio que tenía miedo.
    Le di el dinero al tipo, que me dedicó una sonrisa cómplice. Otra.
    Avanzamos por la Octava Avenida. Ya repartían periódicos, y gente de diversas profesiones iba en procesión al trabajo, estaban abriendo algunas cafeterías, ya no había chicas, los noctámbulos se habían ido a dormir, y para los diurnos aún era pronto.
    —Vamos más rápido —dijo ella de pronto—, tengo ganas de ir al lavabo.
    A ser posible, intentad no ver nunca a mujeres que no améis en esa situación. No hay nada más repugnante y penoso, sobre todo en las que son molestas y estrechas, y todo eso bañado por la despiadada luz diurna. Es como una escena de ejecución, persecución y asesinato en calles desiertas. Se podría rodar una película en la que una mujer corre y mientras lo hace defeca, se le sale, y fijamos la cámara en los excrementos que caen del cuerpo. Tristeza y horror. Peor que un asesinato.
    Recorrimos bastante bien toda la calle Cuarenta y dos al trote, entre la Octava Avenida y Broadway, pero más adelante ella, ladeando la cabeza, empezó a ir al galope y a tropezar a cada paso. Se le veía el sufrimiento, se reflejaba insoportable en toda su figura bajita y provinciana. «No sabe hacer una mierda, ni mear ni cagar», pensé yo con maldad. ¿Cómo iba a saber qué quería exactamente, si no lo decía?
    Yo ya no podía guiarla ni controlarla. No quiso ponerse en cuclillas en un pasillo oscuro y vacío del metro adonde la llevé, se puso furiosa, se mordió los labios, parecía una fiera acorralada, pero no se abalanzó sobre mí para morderme.
    Al final llegamos a donde trabajaba mi preciosa Elena, su primera agencia americana, Broadway 1457, no os sorprendáis que lo recuerde, ¿pensabais que podía olvidar la dirección? Llevo esa dirección grabada para siempre, estaba al lado, tal vez dos o tres portales más allá, vi la puerta abierta y, aunque ella se resistía, entré y la empujé hacia dentro. Estaba sucio, estaban de obras.
    —Aquí mismo —dije yo, me puse en pie, me acerqué a la puerta y salí.
    ¡Vaya! Resultó que fuera hacía una mañana despejada de primavera, una mañana de esas que invitan a pensar en el futuro, a valorar las posibilidades de tener suerte, siendo uno joven y sano, o a mirar a tu esposa e hijos mientras duermen. Al lado había una especie de fuente de donde salía agua, me mojé las manos, el cuello, la cara…
    Ya llevaba bastante rato esperándola, pero no salía. Empecé a pensar que le había pasado algo. Ahora entendía qué tipo de persona era, pensé que ese tipo de gente siempre atrae la desgracia. Ya había desfilado varias veces desde la cascada hasta esa maldita puerta, pero ella no aparecía. Perdido en suposiciones —esa era capaz de hacer cualquier cosa—, abrí la puerta. Estaba de pie en la escalera, tapándose los ojos con las manos. Me acerqué y le dije, sin mala intención:
    —Vamos, ¿qué coño haces ahí de pie?
    —¡Me da vergüenza! —dijo ella, sin apartar las manos.
    —Vamos, tonta —dije yo—. Va, boba, ¿cómo te puedes avergonzar de algo que es natural? Solo que no hacía falta tanto lío, podrías haberlo hecho en el metro.
    No se movía. Tiré de ella de la mano, pero se resistía. Empecé a soltar tacos. Alguien salió de entre el ruido de fondo de la maquinaria de obra o de alguna puerta. Un americano corriente, tal vez de unos cincuenta años. Por supuesto, con pantalones a cuadros.
    —¿Lo conoce? —le dijo a Sonia, en inglés, claro.
    —Estamos bien —le dije—, perdone.
    A ella le dije en ruso:
    —No montes un escándalo, tonta, vamos a mi casa, ahora vendrá medio Broadway.
    Gracias a Dios, salimos de allí. Caminamos calle arriba hacia el East Side, por la misma Cuarenta y dos. Yo podía pasar perfectamente por proxeneta, y ella por una prostituta de origen hispano, parecía que habíamos tenido una bronca y luego nos habíamos calmado. Caminamos, y yo de vez en cuando la abrazaba por la cintura, pensaba lo desgraciados que éramos en este mundo, de qué manera tan absurda y repugnante está montado el mundo, cuántas cosas superfluas hay en él. Pensé que no debería estar enfadado, no estaba bien, debería ser bueno con la gente y siempre se me olvida. «Deberías compadecerte de todos ellos, entregarles todo tu amor y ofrecerles un descanso, y no pensar en Sonia como una judía poco agraciada que juega a ser una chica, no despreciarla… ¡eres un repugnante esteta aprensivo!», me maldije a mí mismo y, para rematarlo, en una filigrana complicada, me llamé a mí mismo payaso y rata, paré a Sonia y le di un beso en la frente con la mayor ternura posible. Sin embargo, noté sus arrugas. Es que no tienes remedio. Mientras tanto giramos hacia la Avenida Madison y nos apresuramos a llegar al hotel.
    No ocurrió nada especialmente horrible, aparte de que, naturalmente, me la tiré. No fue mi mayor hazaña sexual, fue una victoria fácil sobre una persona inferior, no había de qué enorgullecerse. Además, incluso teniendo en cuenta mi aversión hacia las mujeres, no me quedé satisfecho conmigo mismo, la polla no se me empalmó bien, y sobre todo me quedé descontento con Sonia, no había nada en ella que me cuadrara.
    Me cabreó que estuviera mucho rato lavándose y limpiando la ropa en mi ducha, era evidente que no había conseguido hacer que sus excrementos terminaran de llegar a su destino porque lavó los pantalones, las medias y las bragas.
    Todo lo que sucedía tenía un punto lamentable, algo que no soporto. Por primera vez en mi vida me di pena a mí mismo. Ella estaba ocupada en el lavabo, mejor dicho, en la ducha, y yo, tumbado en la cama, me iba cabreando en medio de la modorra. «Paletos, su puta madre —pensé—. Todo lo hacéis con el culo. Mi Lenka se sentaba donde hiciera falta sin problemas, se reía a mandíbula batiente y muchas veces me excitaba con su culo y su coño respingones, y yo a lo mejor como travesura, jugando, metía la palma de la mano debajo de su chorrito». También recordé con deleite cómo enseñaba el miembro rojo en el cementerio entre los arbustos, en primavera, cuando aún era casi un niño, a mi futura esposa Anna, y cómo ella meaba apartándose a un lado, y luego follamos sobre una lápida caliente y poco a poco se fue apagando el cielo.
    En cambio esta… sin embargo, recordé de nuevo que era necesario amar, también a Sonia, y perdonar. Le perdoné todo, también todo ese jaleo con sus trapos, pero cuando se tumbó aún me decepcionó más, no paraba de desilusionarme más y más. Tenía demasiado pelo. El de la cabeza estaba bien: un precioso cabello judío. Pero tenía el mismo pelo en los sobacos, y el mismo alambre espinoso en el pubis, y algunos pelillos ordinarios se las ingeniaban para acabar en sus pechos, muy voluminosos, cerca de los pezones. «Eso ya no es necesario — pensé, intentando entrar en calor y calentarla a ella—. Vaya, Édichka, parece que encima eres un antisemita.»
    La penetré bastante rápido, aunque no encontré el lugar caliente y húmedo que esperaba, no en la medida que yo quería. Cuando me tumbé encima de ella en la posición habitual, me colocó encima las piernas, lo que me dificultaba cualquier tipo de movimiento. Comportándose como según ella debía hacerlo una mujer excitada por la pasión, intentó apretarme contra ella con todas sus fuerzas, algo que no me entusiasmaba porque me molestaba para hacer el amor. Era la primera vez que me topaba con una persona tan poco hábil…
    —¡Sonia, ábrete, no aprietes, te daré un golpe! —le susurré.
    No desprendía ningún olor, ni siquiera a jabón, su olor natural no era desagradable, pero me gustaban mucho los aromas, y su olor no sé por qué me recordaba al de las habitaciones de judíos cubiertas de alfombras donde tuve que follar en verano en Járkov. Solo faltaba el rayo polvoriento de luz y las moscas arrastrándose. De alguna manera logré soltarme y empecé a follármela con más libertad. Pero cuando me empalmé de verdad y la polla se excitó y empecé a clavarle con fuerza mi instrumento, de pronto se retorció de dolor. Yo no soy un héroe de la épica rusa como Luka Mudíshev, adoro el amor, pero sé mucho del amor y no se retorcía por el tamaño de mi verga, que es normal, sino por algo que le pasaba por dentro a esa idiota…
    —Te has corrido, se me ha olvidado decirte que no tomo ninguna medida, todo el mundo dice que si tomas pastillas no puedes tener niños —murmuró, abatida.
    ¿De dónde sacaba que me había corrido?
    —Bueno, habría sido una alegría para mí haberme podido correr —le dije.
    —¿Entonces no te has corrido? —dijo ella, que se puso a besarme agradecida.
    ¡Dios santo! Volví a fijarme en su labio superior. «¡No se te ocurra despreciarla! —me dijo una voz al oído— debes querer a todos los que lo pasan mal, a los acomplejados y a los desgraciados, a todos…» Pero no podía evitarlo, miraba ese labio y veía exactamente el de mi vecino Tolik, un niño que estudiaba en el mismo colegio que yo. El pobre era jorobado y atrofiado, su padre era alcohólico. «¡Déjalo ya, canalla! — me dijo la voz— no te da vergüenza, el infame eres tú, ella es una buena chica.»
    Realmente era buena chica. Más adelante solía comprarme vino y vodka, me llevaba al cine y al teatro si se lo pedía, me habría dado todo su dinero, creo. Eso estaba bien, pero en la cama era muy poco útil.
    Estuve mucho rato atareado con ella. Al final, mediante todo tipo de manipulaciones y después de desengancharme de ella, conseguí salpicar mi esperma en la sábana del hotel. Un placer pobre, noté con tristeza. Ella se moría de sueño, pero yo no la dejaba dormir, quería ver cómo se corría. Evidentemente, con una mueca bobalicona. Aquello ya se había convertido en un deporte. Estuve trabajándomela hasta que le hice la pregunta mordaz:
    —Sonia, dime, ¿te has corrido alguna vez en tu vida?
    —Una vez —contestó con sinceridad Sonia.
    —Te compraré un consolador, te follaré con él hasta que te caigas de la cama, hasta que te corras muchas veces: hasta que de la excitación animal del orgasmo te quedes flotando en él. Lo haré. Y entonces entenderás que lo necesitas. Y necesitas follar mucho, con todo tipo de hombres, con cualquiera, no solo conmigo. De lo contrario nunca serás una mujer…
    No cumplí mi promesa, aunque estaba seguro de que si la cumplía haría de ella una persona. No compré un consolador, enseguida perdí todo interés por ella. Las causas eran de clase, algo que puede resultar sorprendente, pero así fue. Era una cateta incorregible, y eso no podía perdonárselo. Le gustaba ser escoria, estiércol en la vida, no tenía ilusiones ni esperanzas. Odiaba todas las manifestaciones elevadas del ser humano, a los grandes personajes de la historia, la historia en sí, odiaba con el odio de las hormigas. Tal vez fuera su mecanismo de autodefensa contra mí, yo habría podido aplastarla con facilidad, ¿pero para qué?
    Entonces se quedó dormida, yo apenas dormí media hora, quería follar aunque fuera con ella. Más adelante ya no me excitaba en absoluto. Una vez tenía tan pocas ganas de tirármela que empecé a quejarme de un dolor en la polla y le dije que creía tener una enfermedad venérea. Fue al día siguiente de aquella noche que pasé con Johnny, el negro de la Octava Avenida, aún hoy recuerdo el culo redondo y la estupenda figura que apareció bajo la ropa ancha de tío que vagabundeaba por la calle, asiduo a los callejones oscuros. Había parte de verdad en que me dolía la polla, creo que Johnny le puso demasiado empeño al chupármela, a lo mejor exageró un poco con los dientes. Ya hablaremos de Johnny en otro momento, a ella le dije que no podía asumir esa responsabilidad y hacer con ella el amor sin ir antes al médico. Por suerte se fue, y aquella noche me masturbé en sueños con algún tema floral o celestial.
    A partir de entonces cuando hacía el amor con ella no podía penetrarla en profundidad y exigía, imaginaos, que la besara en la mejilla, era como si eso la excitara. Algo se me escapaba, de verdad. En general todo nos salía fatal: ella se quedaba hecha un palo, no estaba blanda. «Ponte blanda», le pedía. Al final acabé harto y una vez que me quedé a pasar la noche con ella en casa de Alexandr no hice caso de sus expresiones de dolor ni de ningún otro tipo, la follé de forma brusca y horrible con los dedos, ensanchándole el coño hasta un tamaño increíble, casi me entraba la mano, y se corrió, ¡y de qué manera!
    Por ese camino habría terminando haciendo de ella un objeto cómodo, pero ya digo que su vulgaridad me mataba. Corté con ella el día de su cumpleaños. Al final resultó que estaba embarazada de Andréi, se ve que follaba con él antes que conmigo, pobre tío. Se puso muy contenta con el embarazo, aunque quería abortar. «¡Eso significa que puedo! —decía ella con orgullo— puedo tener hijos.» Yo le dije con cinismo que después de un aborto ya no se puede.
    De todos modos me dio placer puramente humano unas cuantas veces de forma indirecta. Una vez fue cuando me cansé, por fin, de mis incursiones nocturnas en el East Side. La noche anterior había estado fumando y me pasé todo el día tumbado en el estanque de Central Park, sumergido en el agua hasta la cintura. Se me acercó varias veces la policía a verificar que estaba vivo. Una vez comprobado, seguían su camino. Hasta el anochecer no reuní las fuerzas necesarias para levantarme y volver al hotel. Así que por la mañana estaba acostado en mi habitación, recluido, soñando con comer, y entonces Sonia me llamó y me invitó a casa de sus padres, donde vivía por aquel entonces, cada noche iba allí desde mi casa cruzando toda la ciudad, aunque no tenía que levantarse hasta las siete. Trabajaba en una empresa, no me interesó mucho saber cuál. Al final la atracaron, un negro le robó el bolso. Desde entonces empezaron a no gustarle los negros.
    Recuerdo que íbamos en autobús, una parte de la ruta hasta su casa pasaba por Harlem. Había algunos surtidores de bomberos abiertos, el agua se derramaba por el pilón haciendo ruido y unos niños alegres y semidesnudos saltaban alrededor.
    —Mira lo que hacen tus queridos negros —dijo ella—. ¡Salvajes! ¡Les importa un bledo que la depuración del agua cueste un dineral, les importa un pimiento todo, solo aprovechan lo que han creado los blancos, no quieren trabajar!
    —Eres una racista —dije yo…
    —Claro, tú no eres racista, eres de izquierdas. Ya me gustaría verte si te atracaran, a ver qué dirías entonces. Aún me duele la rodilla…
    —No sé por qué te agarraste a ese bolso, habérselo dado y punto. Podría haber sido blanco. Por cierto, si el 50% de los ladrones son realmente negros, entonces el 55% de los robados también son negros. Sonia, ya sabes que yo deambulo de noche por todas partes, no tengo nada, ni siquiera dólares, voy a pie, ni siquiera tengo tarjeta de metro. Y aunque me robaran unos negros, no trasladaría mi odio a una raza entera por un puñado de ladrones. ¡Es una estupidez!
    —Eso es pura teoría —dijo ella—. Cuando te quiten el dinero que te has ganado tú no hablarás así —soltó ella.
    —Después de una asamblea electoral del Partido de los Trabajadores que tuvo lugar en Brooklyn, estaba con un grupo de amigos en el autobús. La reunión se celebró en un barrio oscuro y alejado, básicamente poblado por negros. Todo el tiempo que estuvimos allí se oyeron insultos y amenazas procedentes de los bancos que estaban a la sombra de los árboles, donde estaban sentados los gamberros del barrio, gamberros negros. Luego empezaron a lanzarnos botellas. Yo iba sentado el último. La botella golpeó contra el autobús cerca de mi cabeza. ¿Qué se supone que tengo que hacer, Sonia? ¿Sentir odio hacia todos los negros? Esos tíos no entienden una mierda del mundo, sentados ahí en sus bancos. Yo mismo estuve en su lugar, fui un gamberro y un maleante, conozco la mentalidad de esa gente. No es culpa suya que sean así…
    —En el trabajo también hacen lo que les da la gana —continuó ella, caldeándose—, si un blanco llega tarde, una sola vez, van y lo vuelan del trabajo. Y si lo hace un negro tienen miedo de tocarle porque puede acusarles de discriminación racial. No dejan vivir a nadie…
    —Te escandalizaba el antisemitismo en Rusia, cómo puedes decir esas cosas tan abominables —le dije—. Y no eres la única, es horrible. Ya sabes que, básicamente, América fue construida con las manos de sus bisabuelos, abuelos y padres. Tienen el mismo derecho a todo lo que hay aquí que los blancos, y solo hace quince años que reciben algo. ¿Tú crees que son felices, aquí, en su Harlem? Muchos de ellos estarían mejor en el East Side, pero no tienen dinero para vivir allí… así que deja de joder, no entiendes una mierda, hablas como una pequeñoburguesa. Debería darte vergüenza…
    Ese fue solo uno de nuestros piques, producto de uno de los límites de su mentalidad.
    Bueno, yo quería hablar del placer que me daba. Tardé mucho en encontrar ese barrio verde y tranquilo. Me hicieron pasar a un piso que no parecía americano ni de lejos. Cerraron la puerta tras de mí y de repente estaba en Odessa. Me sirvieron pollo frito, ensalada de pepinillo y tomate, caldo: una típica comida del sur de Ucrania. En Járkov también comíamos así.
    Su madre se parecía a la madre de Yuri Komissarov, o a la de algún otro amigo mío de provincias, el padre iba en pijama y de vez en cuando aparecía en el pasillo y ponía el aire acondicionado que habían comprado hacía poco, tenía el aspecto de un padre judío de provincias, así eran los padres de todos mis amigos. Seguramente iba por el piso en calzoncillos holgados, la mujer y la hija le habían obligado a ponerse pijama porque venía el invitado de la hija. A lo mejor era contable, como Andréi. La madre iba dando la fruta con cuidado, melocotones, o sandía. Yo rechacé el vino y el vodka con cortesía y resolución.
    Más tarde sus padres se fueron a ver a una tía enferma al hospital, y yo me tumbé en el sofá a descansar. En las provincias se hace así, como decían en Ucrania, hay que dejar descansar la grasa. Por una vez puedo dejarme llevar y estar fuera de mi ambiente. Sonia me puso un disco de unos cómicos de Odessa alumnos de Raiki cuyo apellido no me sonaba, y Sonia se sorprendió ingenuamente por ello.
    —Pues sí, no me suenan, ya ves —dije yo.
    Los payasetes eran aburridos, se parecían a esa gente que trabaja en las instituciones e institutos soviéticos de ciencia e investigación. Pero les escuché sin enfadarme. Un día en Odessa. No pasa nada, aguantaremos. Solo aquí, en América, veo con mis propios ojos la enorme distancia que separa Moscú de las provincias rusas.
    —Podríamos ir a dar un paseo por el parque —dijo ella—, hay un castillo, lo trajeron desde Europa en barco, desmontado en ladrillos, y lo montaron aquí.
    —Vaya, aquí han traído de todo desde Europa —dije.
    Fuimos, yo me sentía tranquilo, en calma. Oscurecía, por alguna razón había que subir al parque en ascensor. Subimos. Fuimos por senderos vacíos, casi sin hablar, le agradecí mucho que estuviera callada. Y en silencio llegamos al castillo y nos sentamos en un banquito.
    El tema no era el castillo, que era mucho menos interesante que, por ejemplo, el castillo de Fra Diavolo que visité en Itri, Italia. Este era un aburrido castillo americano. No parecía que lo hubieran traído desde Italia. Probablemente era una falsificación.
    Sin embargo, por todas partes olía a bosque fresco y océano, estaba muy bien. Fue un momento tranquilo. Si hubiera estado aunque fuera un poco enamorado, habría sido completamente feliz. Pero fue mi primer momento nocturno de tranquilidad. Era como si corriera sin mirar: corría, me cansaba, paraba, pensaba, y el mundo parecía suave, dulce, todo un mundo eterno que se despedía, se largaba.
    —Gracias, Sonia —le dije en voz baja y con sinceridad.
    Luego fuimos a la City, a mi casa, en un autobús que avanzaba con el viento, y un anciano negro achispado me cambió un dólar, y Sonia no me irritó… y aquella noche me la tiré con gratitud, por lo menos lo intenté.
    Otro día iba callejeando con ella hacia el Village, y me alimentó con pulpo en Sullivan Street. Había una fiesta italiana, unos novios estaban entrando en una iglesia, lo que me hizo sentir un pinchazo en el corazón al recordar mi boda, montones de amigos y yo saliendo presuroso de la iglesia. La pequeña Sonia hacía clic con su cámara, me hacía fotos desde todos los ángulos. Podría haberla convertido en mi esclava, solo tenía que decir que odio las mujeres con pantalones y me encantan los vestidos, y al día siguiente llegaba ella con un vestido nuevo comprado a propósito. Claro que podría haberla convertido en mi esclava, pero yo mismo buscaba la esclavitud, no necesitaba esclavas.
    Me llevó al cine de Baker Street a ver nuevas películas francesas. Una de ellas me encantó, iba sobre un asesino que recibe el encargo de matar a una ex modelo, pero se enamora de ella, a pesar de ser homosexual. Sonia no paraba de suspirar, por lo visto no le interesaba la película, pero yo me metí mucho en ella, me entusiasmó aquel tío que por primera vez confiaba en una mujer, mientras que ella quería estar sola y se mostraba impasible. En aquella película vi similitudes con mi destino, yo también amaba y quería ser amado, no quería vivir solo, aislado, pero lo único que recibía a cambio era que me abandonaran, que la mujer no me quisiera.
    Después de aquella película cambié de peinado: ahora un flequillo me tapa la frente. Ella se aburrió en el cine, no sé qué tipo de películas le gustaría ver. ¿A lo mejor le escandalizaba el arte en general? Era una pequeñoburguesa, la única diferencia era su deficiencia sexual.
    Digo era porque después de su cumpleaños en el restaurante del Village, que se prolongó en grupo más reducido por China Town y terminó con una pelea y una discusión en el metro sobre política y nacionalismos, con el Che Guevara y la causa judía incluidos, ya no la volví a ver. Al final ni siquiera pude cumplir mi promesa de darle la posibilidad de alojarse en mi habitación del Winslow después del aborto, porque aquel día, adivinad, estaba en casa de Roseanne.
    Por aquel entonces acababa de aparecer en mi vida Roseanne, la siguiente etapa, la primera mujer americana que me tiré. No volví a ver a Sonia, no. Solo una vez, al salir de casa de mi ex esposa, cuando Elena ya se había mudado a casa de Zhigulin y le llevé algo que me había pedido, vi pasar a mi pequeña judía, seguramente estuvo escuchando y se largó corriendo. Ni siquiera se me ocurrió salir tras ella y me di la vuelta.
  2. Donde ella hacía el amor
    Llegué allí sin él, sin Jean-Pierre. Fue tan fácil entrar que no me lo creía. Alguna vez me había imaginado entrando atropelladamente, después de abrir la puerta de una patada, pálido, con un revólver en la mano y gritando: «¡Puta!» Ellos están acostados en la cama, yo les disparo y la sangre se filtra a través de la manta. Nada especial, fantasías de un marido a quien le han puesto los cuernos. Es normal, ¿no? Sin embargo, entré tranquilamente en el taller de Jean-Pierre, por la puerta abierta y sin pistola, y los personajes implicados fueron otros.
    Aquel era un lugar enfermizo para mí, allí empezó todo, allí me engañó Elena por primera vez, por primera vez una polla ajena estropeó mi «¡Yo puedo con todo!». Pero estaba desarmado ante el desafecto y el caos. Fue horrible sentir impotencia, aunque fuera una sola vez.
    La acción ocurre durante la época de Sonia. De nuevo interviene Kiril. Aquel joven holgazán no tenía piso propio, vivía en distintos sitios de Nueva York, ahora aquí, ahora allá, donde cayera. Jean-Pierre, que se había ido un mes a París, dejó que Kiril viviera en su taller a cambio de no sé qué, a lo mejor por dinero o porque sí, sin dinero a cambio, no lo sé. El caso es que siento hacia ese joven haragán algo parecido al amor, probablemente paternal. Nos llevamos ocho o nueve años.
    Así, un día nublado y lluvioso aparecí allí con el trío tejano: pantalones, chaleco y chaqueta, un pañuelo negro al cuello y un paraguas-bastón en la mano. Era el seis de junio, el aniversario de nuestro poeta Pushkin, y hacía apenas cinco años que había conocido a Elena. Me temblaba todo el cuerpo, presentía que me esperaban sensaciones oscuras.
    En la escena intervienen tres personajes: yo, Kiril y para colmo un tal Slava-David, conocido porque después de irnos de Rusia vivió en nuestro piso de Moscú, que según contó mi amigo Dima había convertido en la casa-museo de Limónov. Ahora Slava-David, siguiendo todos los estereotipos de la mística, vivía con Kiril en el taller del ex amante de mi ex esposa, un taller, perdón, estudio, que además era el piso del francés Jean-Pierre, hombre abigarrado y de ojos turbios. Enseguida comprendí que Slava-David era un mero instrumento de fuerzas superiores, aunque tenga un aspecto bastante normal. Creo que aparecerá varias veces con esa función.
    Lancé un grito desde abajo, como había prometido, levantando la cabeza hacia arriba: «¡Kiril, Kiril, tu puta madre!», y Kiril sacó la cabeza enmarañada por la ventana. Luego ese aristócrata bajó y me abrió la puerta, pues no se puede entrar en esa casa sin ayuda del propietario. Subimos en ascensor y entramos en el estudio, de una manera muy distinta a como había imaginado en mis intentos fallidos de entrar. La misma puerta que había intentado abrir entre lágrimas de impotencia desde la escalera daba a dos pasillos junto al ascensor, no directamente al taller de Jean-Pierre como pensaba. Eso me hundió en la tristeza.
    Entré en una gran sala de paredes blancas. Por la izquierda la brisa levantaba levemente los estores de algunas ventanas. Justo ahí estaba ese lecho horrible para mí, una superficie para el amor, el lugar de mis tormentos, allí hacía ella el amor. Me acerqué, intentando discernir mi cadáver…
    A la derecha de la puerta había una cocina que, según la costumbre americana, no quedaba separada de una especie de salón con un sofá junto a la pared, una mesa redonda y butacas. Todo rodeado de varias columnas.
    Me acerqué a las columnas y, con el corazón acelerado, me puse a observarlas con atención. En algún lugar tenía que haber huellas de las cuerdas con las que ella ataba a su amo de mirada felina, le pegaba y luego se lo follaba con una polla de resina por el orificio anal. Qué tonta, principiante, ella misma me lo contó todo, jactándose de ello, cuando todavía era su marido. Claro, tenía que compartirlo. Por aquel entonces apareció una máscara con plumas y unos cristalitos cosidos, negra, que casi le cubría toda la carita, además de un collar con muchas tachuelas brillantes. Me lo probé en el cuello, apenas me entraba, aunque mi cuello mide 14,5 cm. Eso significa que el collar lo llevaba ella, como adorno sofisticado y ostentoso. Se jactaba de que también tenía un látigo, pero no lo guardaba en casa, como tampoco el consolador de resina. Estaba deseando llegar al nivel de esas películas sexuales que había visto. Vivía de verdad, esa chica tonta y larguirucha de la estación de metro de Frunzenskaya en Moscú. Una moscovita. Sin embargo, probablemente proporcionaba un gran placer a sus amantes actuales. Se esfuerza, con ese deseo provinciano de superarlo todo. De ser lo más. Aunque yo soy igual.
    Sí, ahí estaban las huellas, era el roce claro de las cuerdas, o tal vez una cadena, no, seguro que eran cuerdas. Era como si alguien me estrujara el corazón, con suavidad pero con firmeza. Los vi allí, desnudos, junto a la columna, nosotros una vez nos atamos con cuerdas al techo, ella se elevó boca abajo, yo me coloqué debajo, le metí la polla en el coño, las cuerdas enredadas giraron y en teoría ella tenía que dar vueltas sobre mi verga. Elena soltó una risita enigmática. No conseguimos mucho, se necesitaba un cálculo exacto, después de aquello rompimos la cama con los métodos habituales. Con ella no necesitaba muchas estrategias, me excitaba en extremo, aún hoy, cuando de vez en cuando voy a su casa, ahora que solo es mi amiga, me empalmo solo con oír su voz. Es horrible.
    Todo estaba limpio en el taller, que era muy espacioso y estaba equipado hasta el último detalle. La persona que vivía allí tenía en gran estima su vida, la apreciaba, no como yo.
    Desde la primera sala, la puerta daba a un enorme despacho vacío y luminoso con dos o tres cuadros enormes del propietario en las paredes, y un estrecho pasillo daba a una tercera sala, no se podía llamar habitación porque era gigantesca, por lo visto era donde pintaba sus obras de arte. En el rincón estaba la cama y los trapos revueltos de Slava-David, y un montón de revistas pornográficas de Jean-Pierre donde las mujeres copulaban con cerdos y caballos. En general, era la expresión perfecta de lo que en Rusia se llama un vividor. La clase de gente que escoge profesiones liberales como la de pintor para que les sea más fácil llevarse a mujeres a la cama.
    No, su vivienda no encajaba con el taller de pintor pobre del que me hablaba ella.
    Kiril y Slava-David presenciaron todos mis movimientos, luego solo Kiril, aunque por la noche regresó Slava-David, pero en esta ocasión no les presté ninguna atención, sumido en el trance tan temido y esperado de encontrarme en el escenario del crimen, donde ella hacía el amor. Pasaba de un objeto a otro, olfateando y radiografiándolo todo en una horrible tensión. Esperaba sus respuestas.
    En las pausas comí, bebí mucha cerveza, fumé marihuana, pero eso no tiene ninguna importancia, por eso constato esos «hechos» con toda tranquilidad.
    Las columnas me devolvieron el recuerdo triste y monstruoso de los rastros de esperma que descubría en sus bragas cada vez con más frecuencia durante los últimos meses de nuestra convivencia. Había semen hasta en las medias. Una vez todo el interior de sus pantalones negros estaba empapado de esperma, blanco, seco, tan asqueroso que ya no había duda, y por primera vez le monté un número. Ahí terminaron mis días felices, esa felicidad infinita que sentí durante cuatro años y medio desde el día en que la conocí.
    Al recordar la época feliz, el amor, nuestra boda, me estremezco entero. Me da asco y vergüenza haber sido tan tonto, haber amado y creído cuando ella en realidad me estaba jodiendo, me untaba con esperma de otro, me agarraba por la goma de los calzoncillos y mancillaba vulgarmente mi cuerpo esbelto y delicado.
    Me retuerzo con fuerza al recordar los pinos del patio de su dacha y ella con su vestido transparente de ángel, una chica con los dientes delanteros desiguales y protuberantes. Blanquita, bobalicona, una perrilla, recuerdo sus labios vaginales hinchados cuando llegué desfallecido de California, en un intento de salvarlo todo. Llegué por la tarde, ella apareció por la mañana y se sentó en el baño, con unos leves rasguños en la espalda, ¿de qué, de un látigo? Y esos labios vaginales rosados.
    Entonces me habría bastado con sumergirle la cabeza en el agua, ella no sospechaba lo cerca que se encontraba de la muerte. La persuadí de que volviera, de que viviéramos juntos, aunque fuera solo un año, medio año… ella estaba sentada en el baño examinando abnegadamente la cuestión de por qué yo no sabía disfrutar. No tenía ninguna delicadeza, era incapaz de entender que yo era casi un cadáver y que, como mínimo, podría no jactarse vilmente delante de mí de su facilidad para encontrar un compañero para follar… ella seguía con sus reflexiones, mientras yo, sentado en el suelo del baño, miraba impasible su coño hinchado. Los dos lo sabíamos, significaba que había follado, que se había pasado toda la noche follando… bien, pero por qué no yo, por qué… yo tenía esperanzas, pensaba que podíamos vivir como desgraciados, aventureros, prostitutas, como fuera, pero juntos toda la vida.
    No, no recuerdo mi época feliz, no recuerdo una mierda, y si lo hago siento arcadas, como si me hubiera dado un atracón o me pasara alguna otra cosa en el estómago.
    Mientras tanto, acabé junto a la estufa con los libros de Jean-Pierre. Sus libros… oh, lo tiene todo, y guardado con cariño, por series, está Lautréamont, André Gide, Rimbaud, grandes autores célebres, todos en su lengua nativa, el francés. Así es más o menos como encontrarán la Biblioteca del poeta o Literatura Universal en las casas de los intelectuales rusos.
    Yo nunca coleccioné libros por series. Tenía algunos libros preferidos por separado, pero en mi vida hubo tantas mudanzas de piso a piso, de ciudad a ciudad, de país a país, y compartí los libros, mi único objeto de valor, tantas veces con mis esposas, que ahora miro con hostilidad los que me quedan, unas tres decenas de ejemplares, creo, y me planteo por qué no los tiro. Jean-Pierre es una persona culta. Trasladado a la norma rusa, era una biblioteca común de un intelectual medio.
    Mientras examinaba su casa llegué a la conclusión de que aquel francés era un tipo muy pedante. Ahora mismo lo veréis. En primer lugar, estaban los cuadros, por regla general minuciosamente delineados al óleo en unos lienzos muy grandes. Normalmente consistían en un fondo negro u oscuro atravesado por multitud de líneas, a menudo vibrantes. Pintura de oficina: líneas rectas, cuadros, cuadrados. Nada especial, esa persona tenía un mundillo agradable: líneas rectas, rectángulos, cuadrados. Aunque también había cuadros de otro tipo.
    Junto a la cama y en el lavabo había dibujos a lápiz de una chica que chupaba una polla, no se veía de quién, la chica se parecía a mi esposa, lo que no me resulta especialmente agradable. Me encojo de hombros, con ese gesto corriente se pasa de la tristeza a la rabia, probadlo.
    Otros dibujos: dos órganos sexuales a la expectativa, masculino y femenino. La mujer, que se abre el coño con los dedos, se sienta con cuidado encima de la polla de alguien. Entiendo algo de pintura, sobre todo de pintura moderna pero también de esos dibujitos, y puedo decir que los dibujos del francés eran de aficionado, demasiado estudiados, sin líneas. Hay dibujos mucho mejores de ese tipo en los lavabos públicos. Ahí los artistas anónimos, con naturalidad y rapidez, movidos por el subconsciente y sometidos a las leyes de papá Freud, logran la expresividad mediante la exageración, la hipérbole y la simplificación. Aquí hay detalles, pero estos dibujos resultan mucho más obscenos, huelen a calzoncillos de intelectual, hay algo decrépito en ellos, huelen a esperma, está claro, y es evidente que es el mismo esperma que había en las bragas de mi mujer.
    Soy un soldado de un batallón vencido. Las tropas se han ido, el campo de batalla está desierto, y yo he ido allí para examinarlo. Deambulo entre los matorrales, me encaramo a las construcciones e intento determinar la causa de la derrota. ¿Por qué nos han vencido?
    Aparentemente establezco pleno contacto con Slava-David y Kiril, probablemente estoy bromeando o contando algo. Pero eso solo es por fuera, en realidad estoy solucionando el problema que de todas formas no puedo arreglar: ¿por qué? Intenté averiguarlo durante mucho tiempo antes de conocer a Elena. En mi poema Edichkiano «Tres canciones largas», escrito en 1969, se ve ese «¿por qué?», sombrío y amenazador, cerniéndose sobre mi mundo.
    El seis de junio yo, como Jacob, me pasé día y noche lidiando con ese misterioso «¿por qué». Y por la mañana me fui. Y no nos vencimos el uno al otro.
    Sí, después de nuestro siniestro y miserable pisito de Lexington ese taller era un palacio de ensueño. Un romántico taller cubierto en el Village, en Spring Street. Ahora odio esa palabra, primavera, la calle primaveral. Me llamó desde el vacío a las once, y yo, sentado en ese cuchitril de Lexington, desde el escritorio dije: «¡Musenka, cuándo vienes, estoy preocupado!». «Aún estoy haciéndome fotos», dijo ella, mientras oía música de fondo.
    Ahora sé dónde está el equipo de música en casa de Jean-Pierre, y he ubicado el teléfono, el uno, el otro y el tercero.
    Amante de la vida lujosa que nunca había visto de verdad, la poetisa, una chica del barrio de Frunzenskaya de Moscú, tras un año de lágrimas y adversidades, de vagar por Austria, Italia y América, por la suntuosa capital donde nos alimentábamos a base de patata y cebolla y nos podíamos duchar una vez a la semana (ella lloró tanto durante aquel año…), Elena, naturalmente, había encontrado descanso allí.
    Encontré unos poemas en su cuaderno (sus poemas siempre perfilaban su estado de ánimo con más claridad de lo que ella podía pensar): «Y de la calle llegan olores alegres…», hoy en día sigo sin entenderlo, pero era algo sobre el romanticismo de las calles y las tascas del Village, de una persona con barba (Jean-Pierre), y el deseo sexual hacia él se comparaba con la relación de una chica adolescente con un médico, con la infancia.
    Todo correcto, ella tenía derecho al descanso, a acostarse en la cama de ese tipo, a relajarse, a no pensar en nada y contemplar los visillos que se ondulaban… a follar, es una grosería hablar así aunque se trate del amante de tu ex esposa, no, él la acariciaba, mientras recobraba fuerzas y se descocaba, aquí podía esconderse del pisito de Lexington y de mí, que para ella formaba parte de un mundo de miseria y lágrimas. ¡Ay! Creo que aquí fue feliz. Soy listo, y lo sé: lo que se compara con la infancia no puede ser mentira.
    Él era para Elena el médico de la infancia y se ofrecía a él, barbudo y medio canoso, sin avergonzarse, se sentía protegida, como suele decirse, «en sus tiernas manos». Ella le dejaba entrar en su interior y compartía con él esos estremecimientos que antes solo me pertenecían a mí.
    ¿Y yo? Bueno, Elena se consideraba superior a mí. Ni se le pasaba por la cabeza que yo era una persona con mucho más talento y fuerza que ella. Se consideraba con derecho a hacer su santa voluntad. Intuía que yo la quería sinceramente, sabía que me resultaría insoportable, que tal vez me quitaría la vida, eso también lo sabía, era una posibilidad, ¿pero qué era yo para ella?
    Un ridículo ucraniano, ese locuelo de Édichka que la quería de una manera tan cansina. Creo que incluso en mi amor por ella veía mi debilidad, y me despreciaba por ello. Tiempo atrás, en Moscú, recuerdo que tenía que ir a Ivánovo y no encontraba la manera de separarme de ella, no paraba de retrasar el momento de irme. ¡Y cómo se puso entonces!
    Tampoco me creía capaz de venir aquí, a América. Recuerdo que me gritó con maldad en nuestra primera visita a su futura amante, la lesbiana Susanna, cuando le comenté con cautela que Susanna y su novio no eran interesantes: «¡Pues yo quiero placer! ¡Qué más da cómo sean! A través de ellos aparecerán otros. ¡Y tú con tus aires de aristócrata seguirás como ahora en el pisito mugriento de Lexington! ¡Y morirás allí!»
    Lo recuerdo todo, tengo una memoria horrible, muy precisa, y ahora, mientras toco con aprensión la manta de Jean-Pierre con la punta del paraguas y miro debajo de la cama con la esperanza de encontrar algo interesante, la recuerdo durante nuestros últimos días juntos.
    —Perdona —le contesté entonces—, pero eres libre a mi costa, has encontrado a un amante porque te liberé de la necesidad de trabajar. Fui a trabajar a ese horrible periódico absurdo ante todo por ti, y para que nosotros, tú y yo, pudiéramos sobrevivir. Y tú…
    —Sí—dijo ella, histérica—, y qué, y qué que sea libre porque tú no lo eres. ¿Y qué? Así debe ser…
    Estaba dispuesto a matarla de un tiro. Si entonces hubiera tenido la posibilidad de comprar una pistola, ella jamás habría visto el taller de Jean-Pierre, ni yo estaría caminando por el campo de batalla vacío. Pero entonces yo casi no tenía conocidos y no tenía dinero, como tampoco me quedaban fuerzas.
    Conmigo no se andaba con miramientos, y solo porque ya no me consideraba capaz de nada. Creó un esquema de su vida en el que yo solo era una etapa, estaba convencida de que antes dejó a Víctor, su ex marido, porque lo había superado, y conmigo haría lo mismo. Pero en eso se equivocaba, hacer esquemas siempre es peligroso. La vida real es más compleja, y mi mera existencia creo que debería darle muchos motivos para reflexionar, no sé si para lamentarse, pero sí para reflexionar.
    Cuando se distanció un poco y se acostumbró, empezó a mirar no solo a Jean, sino también a otros lados. Según mis cálculos, ocurrió a lo largo de varios meses. Con él empezó a inventar con los látigos y las correas, pero la impulsora, por supuesto, fue ella. Tenía curiosidad. En su momento yo también le enseñé alguna cosa, no solo a follar con ayuda de una polla sin pelos. Para ella eso fue un descubrimiento, se azotaba el coño con una correa, eh… cualquier cosa, incluso tuvimos una experiencia medio en broma de sexo en grupo. Bueno, con él tenía ganas de ir más lejos. Y lo hizo.
    Se acostaba en esa cama, descansaba después del acto y fumaba. Le encanta fumar en las pausas. A veces se quedaba callada, con la mirada fija en algún lugar en el vacío, en la incertidumbre. Muy propio de ella. Yo siempre le preguntaba: «Cariño, ¿en qué piensas, dónde estás?». «¿Eh?», decía ella cuando volvía en sí. ¿De verdad le preguntaba en qué estaba pensando? Se le quedaba una mirada vidriosa y cristalina.
    Probablemente todos le parecemos iguales: yo, Víctor, Jean-Pierre, y algún otro. No sé si para ella había alguna diferencia entre yo, una persona que había tenido una relación con ella durante cuatro años y pico, que la quería, y una persona que se la follaba en una borrachera. No lo sé. Probablemente sí nos diferenciaba, y creo que salgo peor parado.
    Mi ultraje. Era el triste ultraje de un animal a otro.
    Así que Elena tenía razón. Qué podía hacer Édichka, con su amor por ella, con su delicada sensibilidad y una relación más enfermiza que la suya con el mundo, él, que se había cortado las venas tres veces de entusiasmo por este mundo, fogoso y loco, que se había casado con ella por la iglesia, que se la había arrebatado al mundo tras buscarla durante tantos años y aún seguía convencido de que era ella, sí, ella, la única que necesitaba, ¿cómo podía estar con él, con Édichka? ¿El, que había escrito versos y poemas sobre ella, Édichka, al que nunca había comprendido, qué era él? ¿Qué lugar ocupaba en esta historia?
    Elena, en su caso estaba claro, había escapado de la tragedia de Lexington, había puesto tierra de por medio, se había largado sin mirar atrás, es una mujer libre, ¿pero Édichka, vosotros no habíais ido siempre a la una?
    «Tanto la mujer como el hombre tienen derecho al asesinato», reza el capítulo primero de un código nunca escrito de la relación entre hombres y mujeres.
    Luego también se hartó de Jean-Pierre, aunque no lo dejó enseguida, siguieron viviendo los tres juntos: él, ella y Susanna. América era una mala influencia para ella. Veía Flossie, Historia de O, La historia de Joanna y otras vulgaridades. Esos jarabes sexuales edulcorados con gente canosa, guapa y rica, que no sabe dónde meter la polla, esos castillos y alcobas, esa belleza cinematográfica tan absurda, todo eso la volvió loca. Se tomaba las películas en serio, y se esforzaba por parecerse a las protagonistas sexuales del cine. Creo que la modelo de Historia de O era para ella un ejemplo a seguir, se quedó prendada de esa película.
    Elena participó en una fiesta sexual donde todo el que deseaba a alguien iba y se lo tiraba. En ese ambiente de fotógrafos y modelos donde cayó no era difícil encontrar un compañero para cualquier tipo de experimento. Tenía una amante, Susanna se la tiró durante mucho tiempo, es una mujer frígida que solo obtiene placer con el orgasmo ajeno.
    Lena… Elena… ¿dónde está esa Lena lacrimosa, con el perro maltés blanco, negro de la suciedad del deshielo de febrero en Moscú, que apareció en un momento dado en mi casa, huyendo de Vida, su marido de cuarenta y siete años? Apareció en mi casa, ante un tipo que no tenía dónde vivir, ni de qué vivir, pero al que por lo visto amaba. ¿Cómo se produjo el cambio de esa Lena, el paso de los cirios nupciales al consolador de goma con el que se follaba a Jean y con el que por lo visto él también se la tiraba más de una vez?
    Las velas de boda ortodoxas en forma de espiral… se las devolví. Las puse en su maleta. Le di los iconos que nos regalaron por la boda, no tengo ganas de ver cosas viejas y ridiculizadas. Le di su collar, el que de alguna manera robé. ¿A quién pretendía retener quitándole el collar? La máscara, lo confieso, hacía tiempo que la había roto, junto con los cuadros de Jean.
    La quiero mucho, a pesar de su provincianismo y de que aquí, en América, asimiló lo peor de todo: la marihuana, el argot barriobajero, la cocaína, ese constante fucking master después de cada palabra, los bares y los accesorios sexuales. Pese a todo, la quiero mucho, es una típica chica rusa que ha perdido la cabeza y se lanza al mismo infierno de la vida sin pensar, yo también soy así. Me encanta su audacia, pero no me gustan sus tonterías. Le perdoné el engaño a Édichka, pero no le perdono los engaños a su propio personaje. «Como desgraciados, prostitutas, aventureros, pero podíamos estar juntos», murmuro yo.
    Todo eso lo pienso mientras me desplazo por el taller de Jean-Pierre, mirando en sus cajones y estanterías. Qué remedio me queda, entiendo que está mal, pero tampoco es que yo haga solo el bien. Mi curiosidad surge de ese funesto «¿por qué?»
    La cocina. Cientos de cajitas con especias de todo tipo y matices, con té, raíces, pimienta, esto y lo otro. Todos los aparatos eléctricos de cocina necesarios. Todo… esa gente… y yo, en cambio… yo vivo en la pobretería. A mis treinta años no tengo nada, y no lo tendré. Tampoco lo busqué. ¿Cuántos años lleva viviendo él en esta calle? ¿Diez años? ¿Doce? Yo, en cambio, solo en un piso de Moscú duré más de un año.
    ¡Dios santo! Qué repugnante es el pasado, y cuánto espacio ocupa. Yo especialmente tengo mucho, pero no he acumulado objetos. Tampoco preveo cosas materiales en un futuro. Nunca tendré todas esas cajitas, pegatinas, etiquetas… estoy seguro, nunca. Yo acumulo lo inmaterial…
    Básicamente aquí, en América, ya no era interesante para ella. No en vano me dijo entonces, el trece de febrero, tengo una memoria asquerosa, cuando estaba tumbado y quería morir de hambre, quería morir así, me dijo por teléfono esas palabras tan terribles: «Eres un cero a la izquierda.»
    Agito melancólicamente en la mano una lata de café. «Un cero a la izquierda», y yo que pensaba que era un héroe. ¿Por qué «un cero a la izquierda»? Porque no me he convertido en el lascivo propietario del castillo, canoso y rico, exactamente igual que los de las películas sexuales. Había que hacerlo en medio año, ella se dio prisa, pero yo no lo hice. Sonrío con tristeza.
    ¡Vaya! No pude. Por desgracia, mi profesión es ser un héroe. Siempre me concebí como un héroe, y nunca se lo oculté. Incluso escribí un libro con ese título cuando aún estaba en Moscú: Nosotros, el héroe nacional.
    Pero soy un cero a la izquierda porque no tengo ni siquiera el taller de Jean-Pierre, todas esas latitas y cajitas, y no pinto esos cuadros de oficina. A ella la lógica no le interesaba, no pensaba que Jean-Pierre llevaba aquí toda la vida y yo había llegado anteayer. No se complicaba la vida con la lógica.
    ¿Quién era yo aquí? Solo un periodista que ahora tenía mala reputación de izquierdoso y rojo entre los inmigrantes rusos de Europa y también en Rusia. ¡A quién mierda le importa eso! Quién necesita esos escándalos rusos aquí, en América, cuando por aquí caminan vivos Dalí y Warhol. ¿A quién le interesa que yo sea uno de los principales poetas rusos vivos en la actualidad, o que, retorciéndome y martirizándome, esté sobreviviendo a mi destino heroico? Aquí hay hordas de gente rica, bares en cada esquina, y la literatura está degradada al nivel de pasatiempo profesional. Cómo mierda iba a ir yo a vuestro Arlington o Bennington, o donde fuera, a enseñar ruso a vuestros niños mezquinos. Si no me pudieron comprar en la URSS, no iba a venderme barato aquí. Y daos cuenta: la pertenencia a la Unión de Escritores Soviéticos tiene mucho más valor que el hecho de ser profesor, aunque sea en vuestra universidad.
    «El cero a la izquierda» pasa despacio de un objeto a otro. Ya se ha bebido varias latas de cerveza, se ha fumado algunos joints con Kiril, y por eso todo se vuelve más negro en su mundo, más oscuro, brusco y extremo. Kiril se ha ido a hablar por teléfono. Su mundo es mucho más luminoso y limpio que el mío. Él tiene el deseo infantil de tener un Rolls Royce y dinero, pero es incapaz de hacer nada para conseguirlo. Es un niño. En su caso ni siquiera es trágico, pero su sueño se romperá en mil pedazos. Es joven, inventará algo nuevo, no es peligroso. Cuando la conversación vira hacia mis opiniones «de izquierdas», Kiril se pone a ladrar como un cachorro y a defender este sistema. Se considera obligado a hacerlo porque piensa que pertenece a aquellos que joden a todos los demás en este mundo, y no a los jodidos.
    En cierto modo Kiril se parece a Elena. Tiene el mismo deseo de saltar, correr, participar en las distracciones de este mundo, ir a fiestas, dormir hasta las tres del mediodía y no trabajar. Es adorable, pero no tiene carácter. Pese a todas nuestras diferencias, es un joven inteligente, no un cateto, es más agradable estar con él que con alguno de los rusos. A veces paseamos juntos, o compramos una botella de champán barato de California y vamos a Central Park…
    Me cuelo en el despacho de Jean-Pierre. Hay dos mesas, colocadas una junto a la otra, como en una oficina o una institución soviética. Algunos cajones están cerrados, otros no. Si no estuviera presente Kiril y pudiera disponer de dos o tres horas por delante, habría abierto los cajones cerrados, que probablemente contenían lo más interesante, pero bueno, tuve que contentarme con los que estaban abiertos.
    Sin prisa, voy tocando las cosas, sin prisa pero sin pausa. Qué tranquilidad se respiraba allí… las cartas de París de una chica o una mujer de apellido checo o polaco, encuentro muchas de esas cartas en diferentes cajones de la mesa… y algo más interesante: un sobrecito con pelos, unos pelillos rubios obviamente púbicos, probablemente de mi Elena. La aparición del sobre con los pelillos me provoca un sudor frío en todo el cuerpo, señal de la máxima conmoción. Tal vez me calme pensar que no vive con él. Parece ser que es él quien no quiere. Eso me dijeron, no lo sé.
    En los cajones no hay nada más interesante que el sobre. Cuadernos de notas, libretas, reservas de gomas de borrar, diapositivas de su obra de una gran calidad. Hojeo con paciencia todas las imágenes con la esperanza de ver las fotografías de Elena. Una vocecita misteriosa susurra: «En posturas obscenas», ¡obscenas, mierda! Solo quiero saber más de lo que sé, y tal vez acabar con ese «¿por qué?» Pero solo son diapositivas de sus obras. Más cartas, tarjetas de visita de algunas personas y organizaciones, todo diluido en una enorme cantidad de documentos financieros, un montón de cuentas bancarias, de todo tipo, no las distingo.
    Abro una cajita donde hay unos granos y semillas oscuros, y encima dos porros de marihuana gordos, caseros, no joints delgados para la venta, de los que se compran en la calle Cuarenta y dos o en el jardín de la Washington a un dólar la unidad.
    Luego me encaramo a la estantería donde, separadas con cuidado con papeles, están sus litografías. No me interesan, busco otra cosa. Por fin veo lo que buscaba: las fotografías de Elena. Son de gran formato, Elena no tuvo compasión, se entregó a su querido amigo. No a mí, a él. Las fotografías, hechas por fotógrafos poco conocidos, son imitaciones de los grandes maestros: mejor dicho, de su ejecución formal. Por supuesto, no es Avedon, ni Francesca Scavola, ni Gorovets, ni… son fotografías de imitación. Elena untada en algo brillante y con el cabello alisado, Elena en una postura increíble y artificial, Elena con la cara pintarrajeada bajo una máscara india…
    Vaya, todo es bastante cutre. En esencia todas las fotografías son repugnantes y malas. Mi amada no llegará muy lejos en su carrera, aunque hablaba muy orgullosa de ella. «No quiero a nadie, solo me interesa mi carrera.»
    Observo las fotografías de ese cuerpo femenino que ahora me resulta ajeno y veo ante mis ojos todo este sistema. La profesión de fotógrafo está de moda. Ya sé que aquí los fotógrafos se pasan décadas currando, abriéndose camino. Mi amigo Lenka Lubenitski, que colocó una fotografía suya en la portada del New York Times Magazine, se lamenta cuando viene a mi cuartucho de noche. Corren malos tiempos, no hay manera de ganar dinero.
    En Nueva York trabajan miles de fotógrafos. Decenas de miles de personas se dedican a la fotografía. Todos sueñan con la fama y el dinero de Avedon y Eugene Smith, pero pocos saben la manera infernal de trabajar que tiene Avedon. Lenka Lubenitski lo sabe, trabajó más de un año como asistente de Avedon por setenta y cinco dólares a la semana. Todas las modelos sueñan con una carrera como la de Verushka o Twiggy. Decenas de miles de chicas acuden todos los días a sus agencias a primera hora de la mañana, luego se dirigen en taxi y a pie a varios lugares y llaman a la puerta de estudios de fotografía. Una de ellas es Elena. Tiene pocas opciones.
    Voy pasando una hoja tras otra. Los fotógrafos juegan con el cuerpo de la chica de Frunzenskaya como si fuera una pelota, sus tetitas, los hombros, el culo van pasando rápido, recuerdo que ella tenía una fotografía de cuando tenía cuatro o cinco años y la dejó en Moscú. Está de pie con su madre, con la mirada hacia un lado y una mueca en el rostro. Ahí, en esa imagen, está todo. Lleva toda la vida mirando hacia un lado.
    Busco una respuesta, necesito matar ese «¿por qué?» con el entendimiento, de lo contrario me acabará matando a mí, me puede matar, por eso examino esas fotografías hasta que me duele. A lo mejor en ellas está parte de la respuesta. Pero solo hay mentira. La mentira de la falta de talento, una especie de tercera categoría, lo único verídico que había en ellas eran las ganas de vivir que se adivinaban a través del brillo, a costa de cualquier error, de aceptar cualquier cosa a cambio de la vida, de algo que se mueva, y vivir, tumbarse debajo de alguien, hacerse fotografías, montar el caballo de otro, amar una casa ajena, un taller ajeno, objetos y libros de otro, pero vivir.
    A su juicio yo no era vida, en absoluto. No me movía, no había en mí señales visibles de movimiento. Era un objeto inmóvil, a su modo de ver. Ella consideraba que el ruin pisito de Lexington era yo. Quería vivir, y lo primero que entendió es que la vida es física, material. Le importaban una mierda todos los valores de la civilización, la historia, la religión, la moral, no estaba muy familiarizada con ellos. El instinto, creo que eso sí lo entendía. Además era poetisa, tenía demasiada imaginación. ¿No os he dicho que escribía versos? Perdonad, se me había olvidado, y es muy importante.
    Más adelante sale un poco de ese estado de embriaguez, el taller de Jean-Pierre ya no le parece un palacio de cuento, aunque él es el buen médico de la infancia. Después él le reclama los cien dólares que le prestó para el viaje a Milán. Es normal, ya no duermen juntos, así que hay que devolver la deuda.
    Mientras hurgo en sus papeles, veo unas pulcras columnas de cifras. Al lado está apuntado en qué se ha gastado el dinero. Lástima que su letra me resulte ininteligible, probablemente encontraría el nombre de Elena. Se había quejado en varias ocasiones a Kiril de que Elena lo estaba desplumando, que le salía cara.
    Le doy vueltas a las notitas en las manos. No es propio de mí, tampoco lo condeno, pero no es propio de mí. «El mero hecho de guardar el dinero en un banco despierta en ellos cualidades negativas desde el punto de vista de un ruso, sobre todo de un típico ejemplar de la bohemia como yo: el ahorro, una pedante pulcritud, el aislamiento de los demás…», eso pienso, mientras sigo investigando sus papeles.
    Estoy acostumbrado a otro tipo de americanos, diplomáticos y hombres con negocios en la URSS que derrochaban las divisas de forma generosa y a veces desordenada, alegres y amables, en Moscú todos teníamos a un conocido americano, no todos iban tan sobrados, pero muchos eran así. Quizá porque en Moscú el dólar realmente iba muy caro. Esa Rusia colonial y dependiente…
    En Nueva York me topé con los americanos normales. «Ellos.» No hay manera de desprenderme de esa sensación que tengo últimamente de que no soy ruso, tampoco lo era del todo en Rusia, los rasgos nacionales eran muy aproximados en mi caso, pero aún así me permitiré hablar de algo que no me gusta de los rusos. Con frecuencia oigo que dicen expresiones como: «Ese es vuestro problema.» Una expresión totalmente correcta, pero a mí me cabrea mucho. Mi amigo el carnicero Sania el Rojo sacó no sé de dónde la expresión «¡es tu vida!», y durante un tiempo la utilizaba con cualquier excusa, cuando era necesario y cuando no, siempre con aire filosófico.
    «¡Ese es vuestro problema!» se dice para apostatar de los problemas ajenos y establecer una frontera entre uno y ese otro que está preocupado e intenta entrar en tu mundo. También le oí esta expresión a monsieur Jean-Pierre cuando él se hallaba postrado en la cama durante unos días horribles de febrero, agonizando, sabiendo que Elena también le iba a dejar, y a mí se me ocurrió llamarle para quedar con él y beber. No tenía en mente nada malo, lo juro, nada de nada. Y entonces él me dijo: «Ese es tu problema con Elena, no el mío.» Con todo, no lo dijo con malicia, no, sino con indiferencia. Bueno, tenía razón, ¿quién era él para mí? ¿Qué era yo, un tonto que acudía a él con mis costumbres sociales bárbaras y tribales?
    ¡Oh, cuántos documentos financieros! No tenía fuerzas para discernir si debía pagar todos esos importes, o se los tenían que pagar a él, estaba harto de esos papeles, así que los metí con cuidado y sin hacer fuerza en las mesas y me puse a recorrer las estanterías, intentando colocar cada uno en su sitio, el dueño no tenía por qué saber que alguien le controlaba.
    Jean-Pierre, Jean-Pierre, para ser una persona creativa era muy cuidadoso. En realidad, ¿es que no había gente así en Rusia? Sí. ¡Ya le estás buscando defectos! Limónov, no seas quisquilloso con el amante de tu mujer. Ya tendrás tu compensación por el agravio sufrido. Pero sigue siendo un blandengue, tan precavido, más adelante se confirmará. Al enterarse de mi manifestación contra el New York Times, tuvo la amabilidad de avisarme de que podían denegarme la nacionalidad y expulsarme de América. Le sorprende la conducta desdeñosa, poco económica y vital de Elena, su despreocupación por el futuro, e igual que Susanna dice con cierta admiración de ella: «¡Crazy!» Mi indiferencia hacia la nacionalidad también le sorprende. ¡La nacionalidad estadounidense! Por supuesto, yo también soy un crazy para él. Es bastante sumiso.
    No lo encuentro interesante, si no fuera por Elena no se me habría ocurrido prestarle atención si le hubiera conocido en alguna fiesta. Representa a una determinada casta de gente, que se encuentra repartida por todo el mundo. Conocía a un montón de gente así en Rusia. Consideraban que habían nacido para vivir a todo trapo y disfrutar. «A vivir», es decir, a acostarse con mujeres al capricho, a envejecer y a morir sin dejar sombra ni rastro en la Tierra. Una especie de pequeño-burgueses, y ya está. En Járkov se llamaban Bruk o Kuliguin, en Moscú de otra manera, llegaban y desaparecían, me interesé varias veces por ellos, a veces por un tiempo eran mis amigos, pero nunca pensé que Elena huiría a su mundo. Ella en Rusia no iba con esos hombres insulsos, escogió a Limónov. ¿O es que los vividores americanos, con muchas más posibilidades de malgastar la vida, eran de mejor calidad que los rusos? ¿O es que no los reconoció por su aspecto americano y decidió que eran distintos, superiores y más interesantes? No lo sé. El «¿por qué?» enseguida desaparecería si Elena se hubiera ido con un Limónov americano. ¿Pero con ese?
    Jean… Jean consiguió a Elena sin más ni más, como un regalo del destino. Qué suertudo. De hecho, él era muy inferior a ella. Yo en cambio se la arranqué al destino, a Elena. Es cierto que se quedó con él poco tiempo… todos tenemos polla, nos cuelga entre las piernas, y huevos, los libritos sexuales baratos se dedican a ensalzar el roce de los huevos con un cuerpo femenino, esas desdichadas balls, pero no todos somos iguales, querida…
    Salgo del despacho. Kiril no para de llamar por teléfono. Le pregunto con quién habla, murmura algo hacia mí. Estaba convencido de que lo único que nos faltaba para la felicidad completa era una botella de vodka, y quería conseguirla de alguien. Era domingo, la opción de conseguir dinero prestado y realizar una compra de última hora en el Liqueurs quedaban descartadas, así que había que ir a casa de alguien. Todo es igual que en mi casa en Moscú y en su casa en San Petersburgo, salvo por el letrero de la cafetería que brilla al otro lado de la ventana. Pero también podemos no mirar por la ventana. La situación era la normal: no habíamos bebido suficiente. Solo que aquí casi no teníamos conocidos.
    Cuando se despega del teléfono, Kiril requisa además unas cuantas latas de cerveza de las reservas de Slava-David, que es un tipo previsor, y nos ponemos a beber enseguida. Ya hay una bolsa entera de latas vacías en el rincón.
    Poco a poco la mezcla de lo que había bebido y lo que había visto me va exaltando. En su rutina física, el día ha sido una repetición exacta de muchos otros días después de una borrachera, y el día antes me había pillado una gorda. Llegaba la etapa de la euforia. Exijo que ponga mi disco preferido de los Beatles, Back to the USSR.
    El disco no figura en la colección de Jean-Pierre, y Kiril, sin preguntármelo, pone sus discos, que están ahí, en un montón común. Al primero le sigue Vertinski.
    Se me despierta el sentido del ritmo propio de todos los poetas, es algo que llevamos en la sangre. Empiezo a hacer como que bailo. Creo figuras rítmicas. Kiril, que continúa con sus conversaciones telefónicas, no se olvida de cambiar los discos, a su libre albedrío, claro. El coro de soldados de Alexandrov deja paso a Ojos negros, luego siguen canciones revolucionarias, y de nuevo Ojos negros…
    Empiezo a notar el sentimiento de mi pueblo. Paso a bailar delante del espejo, que es grande, tal vez se miraron en él varias veces, juntos y desnudos, pero la idea se desvanece en el acto. La música la expulsa. Ejecuto algunas danzas demenciales, me desplazo bailando del espejo hacia la cocina, me acerco a Kiril, que sigue hablando por teléfono, y al círculo de «las» columnas, complicadas para bailar al ritmo. Igual que Eliot, pienso, «Bailamos alrededor del cactus, bailamos alrededor del cactus, bailamos alrededor del cactus, a las cinco de la mañana», me alegra mi erudición. Voy repitiendo los versos de Eliot en ucraniano.
    Yo me muevo y bailo, y Kiril sonríe. ¡Ay, este Édichka, el loco de Édichka! Me gusta Kiril porque no me molesta con su asombro. Si le sorprendo, finge que es natural, y que él, Kiril, pese a no ser homosexual, es una persona libre que lo entiende todo. Incluso aunque solo lo finja, está bien.
    En ese momento se interrumpe la conversación y bailamos Ojos negros bajo la luz cegadora de todas las lámparas de Jean-Pierre. Nuestra música tradicional rusa, que andaba por todas las tabernas del mundo. Antes, los osados oficiales de uniforme que lloraban de la borrachera, como yo, Édichka, entonaban esa melodía salvaje a gritos en las tabernas. Qué tristeza y qué júbilo destructor de melancolía contenían esos sonidos asiáticos tristes, que de pronto subían de tono. Vaya, a mí nada me une a la humanidad aparte del subsidio que les robo. Y mi nacionalidad me consume: «¡Dadme una ametralladora, queridos, vamos, dadme una ametralladora!», le chillo histérico a Kiril de la alegría.
    Por supuesto, estoy dando la nota un poco. ¿Pero acaso no tuve ganas de abrazar el cadáver de Elena? ¿Acaso no he escrito notas agónicas, y luego la estrangulé? ¿O son imaginaciones mías? No, eso pasó, no mienten los «ojos negros», y yo no miento sobre mí mismo.
    El desenfreno bailongo dura mucho rato. Los discos rusos se mezclan con los franceses. Bailo al son de Brel, Piaf, Aznavour. Bailo olvidándome de mí mismo, y me da la sensación de que todo el mundo me está mirando, el día después de una borrachera siempre estoy así por la noche. En realidad hasta Kiril se ha ido a torturar el teléfono y dice algo en inglés, no entiende que, aunque es un tipo majo, esa noche nadie nos necesita para una mierda, ni a él ni a mí, y en general todas las noches.
    Con una danza en el lugar donde ella me engañaba, acompañada de cerveza y marihuana, así fue como celebré nuestro quinto aniversario. Como un miembro domesticado de la sociedad. No le prendí fuego a la casa, no lo rompí todo, no solté alaridos, ni siquiera lloré.
    Luego me enfrío. Empieza la etapa de la «depresión», camino, me desmorono en la cama con la nariz hundida en la manta, me quedo un rato ahí tumbado, acostumbrándome al olor de la cama. ¿A lo mejor huele a ella? No, huele a Kiril. Me pongo boca arriba y me tumbo mirando al techo y sin moverme, tal vez media hora. Pienso en ella, en él, en mí mismo, y por el techo corren sombras, se agita la cortina y el mundo entra en la noche para luego pasar al día.
    Un deseo natural de hacer pipí me obliga a levantarme. Salgo al lavabo y allí sigo pensando, reflexionando y escuchándome. Contemplo de nuevo esos lamentables dibujos colgados encima de la taza. Desvío la mirada hacia los cajones, de nuevo cientos de nombres de objetos, la precisión fragmentaria de la existencia de Jean, tan llena de detalles, penetra en mis ojos hasta que duelen, empiezan a dolerme. También había algodón, probablemente lo utilizaba ella, y eso que se ponen en el coño durante la menstruación, los tampones. Es un monsieur previsor.
    Los primeros años de nuestro amor follábamos constantemente, cuando tenía la menstruación no podíamos aguantar esos cuatro días. Empezábamos medio en broma, nos restregábamos el uno contra el otro y nos besábamos, y luego follábamos de todas formas, intentando no penetrar muy profundamente, y cuando nos corríamos, que casi siempre lo hacíamos juntos, yo sacaba mi miembro lleno de sangre, y era agradable tanto para ella como para mí, nos la quedábamos mirando un rato.
    Vuelvo a mirar el coño abierto de la mujer que está sentada sobre una polla. Acabo de hacer pipí y me limpio el miembro con papel. Al roce con el papel higiénico mi delicada verga se estremece, algo empieza a agitarse en mi interior y poco a poco me empalmo. Casi inconscientemente empiezo a mirarme la punta de la polla, me la toco y acaricio, mientras pienso que también follaban aquí, en el baño, pues nosotros habíamos follado en todos nuestros baños, eso significa que también follaba con él allí, y empiezo a mover la palma de la mano por el miembro y a masturbarme con insistencia.
    ¡Ingenuo! No conseguí nada. Me levanté y me senté, la excitación no se iba, pero no podía correrme. El día después de una borrachera siempre me cuesta, incluso con una mujer. Tenía muchas ganas de ser partícipe de esa casa y de lo que hacían allí, y derramar todo mi semen donde él también soltaba el suyo, en el baño o en el retrete, en el interior de Elena, de su coño, en definitiva su esperma se derramaba allí.
    ¡Ingenuo! Pasaron cuarenta minutos, gracias a que Kiril recibió una llamada y estuvo hablando con otro apasionado de la cháchara nocturna como él, con fuerzas renovadas, con ánimos y alegría. A lo mejor conseguía algo. Yo con mi polla no conseguía nada. Al final me desesperé, me escondí la polla en los pantalones y corrí la cortina del baño.
    Cerré el infierno amarillo del baño, apagué una luz pegajosa, cerré la puerta y salí a buscar a mi compañero de juerga.
    —A lo mejor a las doce vamos a una fiesta —dijo ese joven alegre y holgazán—, nos llamarán. Vamos a tomar un café al bar de la esquina de Spring Street con West Broadway. Es un sitio muy conocido. Siempre hay pintores y bohemios muy majos. A lo mejor nos encontramos con alguien —dijo Kiril.
    Yo no quería nada ni nadie. Ni siquiera había conseguido correrme. Qué desgraciado. Estaba cansado y quería irme a casa, no podía emborracharme, tenía que largarme. La fiesta había terminado, ya era hora de irse.
    Pero ese aristócrata no quería quedarse solo. Me necesitaba para no estar en el bar sin compañía y aparecer a ojos de las pintoras allí presentes, jóvenes y no tan jóvenes, como una persona respetable que había ido con un amigo y no como un follador solitario y un vividor. El pobre no entendía que juntos parecíamos dos homosexuales y aún le costaría más alcanzar su objetivo.
    Me estuvo jodiendo, insistiendo. Yo tenía muchas ganas de irme a casa, pero refunfuñó y se enfadó tanto que lo acompañé unos centenares de metros hasta el local, y luego, qué se le va a hacer, entré con él. El ambiente estaba impregnado de una penumbra de café, todos los sitios estaban ocupados y además había una larga cola de gente esperando. Todos querían relacionarse, charlar y, por supuesto, conocer a alguien y follar. Artistas y no artistas, bellezas y macacos con vestidos hechos a mano y en tejanos, todos estaban ahí.
    Kiril solo tenía cinco dólares, y yo la tarjeta de metro. Podíamos sentarnos en una mesita, pero nosotros queríamos café. Retrocedimos y empezamos a despedirnos junto a la puerta de la casa del francés. Ya nos habíamos separado, tras deshacernos en cumplidos el uno del otro, cuando de pronto recordé los porros del cajón de Jean-Pierre.
    —Si fueras un chico listo te diría dónde hay dos porros de marihuana en casa de Jean-Pierre —le anuncié con descaro.
    —Édichka, ¿para qué hurgas en los cajones y mesas de los demás? —dijo él.
    —Tengo derecho —contesté muy serio—, es el ex amante de mi mujer.
    —Perdona, Édichka —dijo él.
    Empezamos a negociar con esa marihuana y decidimos que cada uno se llevaría un porro, aunque Kiril insistía en que nos fumáramos juntos los dos, pero le amenacé con que si no accedía no le enseñaría dónde estaban los porros.
    —Cada uno que haga lo que quiera con su porro —dije—, como si quieres tirarlo o metértelo por el culo.
    Después subimos al taller.
    Entré en el despacho, saqué los porros de la cajita y volvimos a la cocina. Le di el que le correspondía y me fumé el mío enseguida. Para mi sorpresa, estaba muy fuerte, nunca había probado algo así. Era gordo y estaba cargado, y cuando me lo terminé ya no me aguantaban las piernas, apenas pude salvar los seis o siete metros hasta el sofá y dejarme llevar por las alucinaciones.
    Oía todo lo que ocurría en el taller, y al mismo tiempo veía alucinaciones extravagantes, compuestas por escenas del pasado que nunca habían ocurrido. Una chica endemoniada intentaba abrir una cajita que contenía un ser pensante. Despeinada, se inclinó sobre la cajita, se puso a roerla pero no pudo abrirla. Al final, mediante algún ardid, girando un dispositivo mecánico, la poseída abrió la cajita y salió un líquido horroroso de color pardo parecido al semen, el ser estaba muerto, sentí pavor, y la poseída soltó una carcajada.
    Oía todo lo que ocurría en el taller, y al mismo tiempo Kiril, que se había fumado solo medio porro, hablaba por teléfono y discutía si le dejaban ir a una fiesta o no, decía que llevaba los pantalones sucios y sin planchar, luego llegó Slava-David, me preguntó algo y tiraron de mí, riéndose, me bajaron del sofá y me dejaron. Estaba flotando y me balanceaba. «Flebas el fenicio, muerto hace dos semanas; olvidó el grito de las gaviotas y el hincharse del fondo del mar», los versos de Eliot iban y venían, se mezclaban con mi amigo moscovita, el poeta Guenrij Sapguir con el rostro de un tigre amarillo.
    No fui capaz de levantarme hasta que amaneció, lo intenté dos veces a lo largo de la noche pero no lo conseguí hasta las ocho de la mañana. Slava-David me hizo unas tostadas. El pan me quemó y me desolló la garganta. Cogí mi paraguas y me fui.
  3. Luz, Alioshka, Johnny y otros
    Entonces cogí el paraguas y me fui. Aún me tambaleaba por culpa de esa hierba venenosa, pero para no volver a mi madriguera y evitar la depresión correspondiente al tercer día, fui por Spring Street hasta la Sexta Avenida, cogí el metro y me fui a mi clase de inglés. Me la daban los servicios sociales, tan solícitos ellos.
    Me daban clase en un centro social de la Avenida Columbus, cerca de la calle Cien. El centro no llevaba tanto tiempo construido, pero nuestra aula parecía casi en ruinas: ventanas rotas, las paredes ennegrecidas por los incendios y todo tipo de moho y bichos que salían directamente a la calle. Es como si Nueva York se corrompiera por los márgenes. Los barrios limpios ocupan mucha menos superficie que el inmenso mar de barrios deshabitados o medio habitados, horribles en su destrucción casi de estado de sitio.
    Donde yo estudiaba había como mínimo diez edificios así, entre Columbus y Central Park. Incluso diré que el manual con el que estudiábamos (éramos diez mujeres de la República Dominicana, una de Cuba, una de Colombia y yo, el único hombre de la clase) se titulaba No hay agua caliente todas las noches. Hablaba de gente que vivía más o menos como la del barrio, rodeada de todas las desgracias posibles. No tenían agua caliente, les daba miedo salir a la calle de noche por la criminalidad, el padre de dos niñas estaba enfadado porque se había instalado en su casa un tal Bob, un inútil peligroso, cabecilla de una banda juvenil. Por otro lado, se partía de la premisa de que el padre de las dos niñas era al mismo tiempo el padre de ese Bob. Todos los vecinos del barrio del que hablaban las oraciones y los ejercicios del libro mantenían relaciones casi incestuosas entre sí, y el conjunto era observado por una vieja alcahueta cotilla vestida con un chal (en los dibujos del libro llevaba un chal y tenía cara de zorro). Un libro divertido.
    Aquel día llegué un poco tarde, ya estaban escribiendo una redacción con las preguntas de la profesora. La profesora tenía un apellido de origen eslavo, Sirota, aunque no recordaba que hubiera ningún eslavo en su familia. Mujeres con la piel de varios tonos me saludaron con alegría, se ponían sinceramente tristes cuando no iba. Luz me lanzó una sonrisa. Le encantaba sonreírme y contonearse al mismo tiempo, perdonen la comparación insulsa y manida, pero era justo como el tallo de una rosa. Luz es completamente blanca, española de los pies a la cabeza, aunque también es de la República Dominicana. Tiene un hijo, aunque ella misma es una niña, pequeña y flacucha, y no la ayudan ni los accesorios ni los tacones altos. Los accesorios son baratijas, pero siempre se los cambia si se pone una blusa nueva. Tenemos casi una relación amorosa, aunque no nos hemos besado ni una sola vez, solo le dije una vez que me gustaba mucho. Pero nos estamos mirando las tres horas que dura la clase, y nos lanzamos sonrisitas. Una vez, cuando señalé en el atlas dónde había nacido durante un ejercicio en el que cada uno debía contestar a las preguntas de la profesora, vi como Luz se apuntaba rápido en su libreta el nombre de mi ciudad natal, Járkov. Probablemente en esencia soy una persona modesta y tímida, y, como he dicho, estaba lejos de ser completamente libre. Luz también era una chica modesta, una mujer. Por eso no podíamos arrimarnos el uno al otro como querríamos, y lamento infinitamente que no pudiéramos. A lo mejor me habría querido. Era lo único que necesitaba.
    Todas tenían hijos, alguna incluso cuatro. Cándida tenía unas niñas encantadoras, con unos rostros y figuras tan extravagantes y afectadas, tan artificialmente vivos y elegantes que cuando iban a buscar a su madre después de clase yo las veía como obras de arte. La mezcla de distintas sangres causaba ese efecto inesperado. Un efecto refinado, diría yo, propio del antiguo Egipto, parecían las hijas de Akenatón, aunque Cándida era una mujer corriente, bajita y de color marrón claro, con una cara sencilla de buena persona. En los rostros de sus hijas, en los contornos de sus ojos, en su cabello, había cierta poesía, la mañana, el alba, un aroma de delicadeza. Me permitiré una pomposidad: eran como granos de café, como especias, sus hijas.
    Así que cuando entré estaban escribiendo una redacción. Nunca me habían visto tan guapo y elegante. Normalmente iba a la escuela en sandalias y tejanos, las únicas sandalias con plataforma de madera que tengo y unos tejanos blancos o de color azul cielo. Y va ese tipo ruso y aparece con botas de colores, traje tejano, un pañuelo al cuello y el paraguas. Todas comentaron animadamente mi aspecto en español. A juzgar por la entonación, les gusté, me daban su aprobación.
    A la profesora le dije que había tenido una entrevista de trabajo, y me puse a hacer la redacción. Había que escribir sobre el barrio donde vivía cada uno. Yo escribí que vivía en un barrio donde había sobre todo oficinas, probablemente las de las empresas más caras del mundo. A continuación teníamos que contestar a la pregunta de si me daba miedo caminar por mi barrio de noche. Escribí que no me daba miedo nada, que ando por toda la ciudad. No tengo nada que temer, no tengo nada. Al leer mi redacción y mientras corregía los errores, la profesora sonreía.
    Muchas de mi clase escribieron que no les daba miedo ir andando por la tarde o de noche. Creo que ellas tampoco tenían mucho, por eso no tenían miedo.
    La mayor de nuestra clase era la canosa Lidia. Era negra y con el pelo gris, y su rostro, su silueta, sus andares y costumbres me recordaban a una vecina de Járkov de cuando era niño y aún vivía con papá y mamá. A ella y a las dos Cándidas eran a las que peor se les daba el inglés. Las dos Cándidas también me recordaban a algunas de mis vecinas de la casa de Járkov, aunque tenían la piel un poco más oscura. Debo decir que todos los días recorría a pie las calles de la Ciento treinta a la Ciento cuarenta bajo un sol de justicia, y me quitaba la camisa sin pudor, así que me puse de un color que no era muy distinto del de mis compañeras de clase. De hecho Luz era mucho más clara que yo.
    Rosa siempre se sentaba al lado de Luz. Era alta y esbelta, una chica completamente negra. Tenía pinta de independiente y dura, pero siempre me pareció infeliz, no sé por qué. Después de hablar varias veces con ella en nuestra primitiva lengua común, incluso cuando todavía no habíamos hablado, con solo dirigirme a ella y recibir una respuesta, vi que era una buena chica, simpática pero que se relaciona con nuestro mundo con precaución. En las pausas Rosa abría el tapón de una botellita con algo negro dentro. Lo hacía con mucha destreza, con el borde de la pernera de sus anchos pantalones. Era una bebida especial latinoamericana. Rosa y yo éramos los alcohólicos de la clase. Cuando la profesora preguntó qué nos gustaba a cada uno, yo dije medio en broma que me gustaba el vodka, y las demás dijeron en nombre de Rosa, creo que fue precisamente Luz, «¡A Rosa le gusta el drink!» Rosa me caía bien, también me gustaba su independencia. A veces masticaba chicle y se volvía totalmente inaccesible.
    A mi lado se sentaba otra chica totalmente negra, Zobeida. Yo, un ruso cultivado, por supuesto, sabía que era el nombre de una de las heroínas de Voltaire. Seguro que ni siquiera lo sabía Zobeida, pero era una de las mejores estudiantes de la clase y solían encargarnos leer algún diálogo, normalmente como marido y mujer, arrojándonos constantemente cosas por la cabeza y comentando luego a qué lavandería ir. Ese matrimonio del libro eran unos completos idiotas, todo se les iba de las manos, no eran capaces de llevarse un bocado de pan a la boca, no se sabía cómo seguían vivos, se les derramaba el café, las tazas, el bocadillo grasiento de mantequilla se les caía sobre la ropa nueva. Un desastre.
    Cuando leíamos, Zobeida y yo y salíamos a la mesa de la profesora para representar ese diálogo de idiotas, nos esforzábamos mucho y por lo visto nos salía gracioso. En cualquier caso, la rubia Mrs. Sirota, con su peinado corto, se partía de risa escuchando mi amenazador «¿Y?» y la respuesta de la mujer, no menos estúpida, que leía Zobeida. «Parecéis una pareja de la televisión», nos decía ella.
    Zobeida era alta y tenía el culo muy grande, como les pasa a veces a las mujeres negras, parecía como si tuviera vida propia e independiente del resto. Tenía una cara bonita y, como la mayoría de las negras, manos finas. Era con la que más hablaba. También tenía un hijo y un marido nacido aquí, en América, volvieron juntos a la República Dominicana pero luego regresaron: después de Estados Unidos era difícil vivir allí.
    De alguna manera la conversación derivó hacia la educación. Ana, esmirriada, con gafas, un ser burlón de edad indeterminada procedente de Colombia, se puso a hablar de sus hermanos y hermanas. Escribió sus nombres en la pizarra de la clase, y luego cuántos hijos tenía cada uno. Ella no tenía hijos. En cambio, sus tres hermanos y dos hermanas tenían en total la friolera de cuarenta y cuatro hijos. Le pregunté a Ana cuándo iban a venir desde Colombia. Ella dijo que probablemente no irían todos, pero que la mayoría de ellos, cuando crezcan, quieren tener educación superior, y sus hermanos y hermanas se encontrarán en un aprieto porque necesitan trabajar mucho para que sus hijos tengan estudios.
    —¿Qué pasa, que en Colombia está de moda tener educación superior? —le pregunté a Ana.
    Respondió muy seria que si quieres llegar a ser una persona hay que tener educación superior, y cuesta mucho dinero. Luego nos contó cuánto cuesta la educación superior en Colombia y en la República Dominicana. Entonces intervine yo y dije que en la URSS, de donde yo venía, la educación superior era gratuita, igual que todo tipo de formación. No esperaba que mis palabras tuvieran tal efecto: estaban conmocionadas. ¡Gratis! Doy gracias por que no me preguntaran por qué me fui de un país tan maravilloso.
    Mrs. Sirota sonreía con la mirada baja. A lo mejor se sentía incómoda por su país rico y grasiento, donde el nivel educativo que puedes alcanzar depende de cuánto dinero tienes. Si tienes mucho, pero mucho, acabarás en Princeton, y si tienes mucho, pero no tanto, irás a estudiar a Canadá, que es un poco más barato, y si no tienes nada, serás un iletrado, o tal vez tengas suerte y te den una beca. Me reí bastante escuchando su acalorada discusión en español, hice escarnio de Mrs. Sirota y de todos esos señores eruditos que asocian el socialismo prácticamente con el demonio. Para echar leña al fuego les dije que hasta la carrera de medicina es gratuita. La que se lió… y yo me reía, satisfecho.
    Me gustaba mi clase. Margarita, una mujer gruesa de ojos negros y rostro bonito que tenía tres niños y una niña de diversas edades, hasta los once años, me sonreía y me enseñaba fotografías de sus hijos. Eran a color, en posturas especiales, unas fotografías cuidadosas que dejaban bien claro que no estaban hechas por casualidad, sino para imprimirlas, revelarlas y conservarlas. Como en las provincias rusas. La niña pequeña, la menor, iba toda vestida de encajes y volantes, y adoptaba una actitud de autosuficiencia, como si fuera un personaje ilustre. Le dije: «Tienes unos hijos maravillosos, Margarita.» Se puso muy contenta.
    A veces me parecía que le gustaba a Margarita, pues me sonreía con la misma frecuencia que Luz, y además me agasajaba con comida casera. Por cierto, todas me obsequiaban a menudo con sus platos dominicanos: carne asada, plátanos asados, y unas bolitas de carne parecidas a las albóndigas. Margarita invitaba a todas las estudiantes, no solo a mí, pero no creo que me equivoque: estaba claro que le gustaba, era evidente. En aquel momento no entendía cómo podía gustarle a alguien, tenía una pésima opinión de mí mismo como hombre, de desdén absoluto. Tal vez le gustaban mis ojos azules, o la piel oscura, o las manos llenas de cortes, es imposible conocer a las mujeres.
    Era ruso, eso también les gustaba. No sabían una mierda de la existencia de la inmigración judía de Rusia, era inútil explicarles que era de nacionalidad rusa pero que había llegado con un visado que me habían enviado de manera ficticia desde Israel, de conformidad con las autoridades soviéticas. Era información superficial. Era ruso y punto. Tal y como nos explicó Mrs. Sirota, a ellas y a mí, Rusia se encuentra en Europa, así que yo era una persona de Europa, y ellas eran de Centroamérica o América Latina. Y todos éramos de este mundo.
    Forzosamente, contra mi voluntad, yo, una persona que había huido de la URSS en busca de la libertad artística, es decir, de la posibilidad de publicar aquí unas obras que nadie necesitaba y solo importaban allí, en Rusia, en un acto bastante irreflexivo, me había convertido para ellas en representante de mi país, el único representante de Rusia-URSS al que tenían acceso en su vida.
    Dios sabe que intentaba representar correctamente a mi país ante ellas. No daba la nota, sobre todo por mí mismo, y no observaba el mundo desde el punto de vista de mi imaginación, sino que procuraba mirarlo con honestidad. A esas mujeres no les importaba en absoluto si me publicaban o no allí, a fin de cuentas había miles como yo.
    Ellas entendían otra cosa: un país donde la educación superior era gratuita, incluso la formación en medicina, donde el pago del piso supone una parte insignificante del sueldo, donde la diferencia entre el sueldo de un obrero (150 rublos) y el de un académico o incluso un coronel del KGB (500 rublos) era de solo 350 rublos, caballeros, nada que ver con las cifras astronómicas en las que se estima la fortuna de las familias más ricas de América, en comparación con los lamentables 110-120 por semana que ganaba Édichka de auxiliar de camarero en el hotel Hilton: un país así no puede ser malo.
    No habían emprendido, como la intelectualidad occidental, el largo camino de fascinación por la revolución rusa y Rusia, y el consiguiente desencanto. No sabían nada. Entre ellas corrían rumores confusos sobre un país donde las personas como ellas vivían bien. Siempre corrían esos chismes.
    No entré en detalles, no podía explicarles la historia rusa de los últimos sesenta años: el estalinismo, las víctimas, los campos de presos, eso les habría entrado por un oído y les habría salido por el otro. En su propia historia también abundaban las víctimas y las atrocidades. No eran arrogantes y ambiciosas, ellas y sus maridos no escribían versos y libros, no pintaban cuadros, no tenían un deseo frenético de inscribir su nombre en la historia de su país, aún mejor, del mundo, por eso los obstáculos y prohibiciones para conseguirlo les daban completamente igual, no reconocerían el camino. Vivían, eran buenas, agasajaban al ruso con carne asada, querían a su José y daban a luz a niños, y les hacían fotografías con sus mejores galas, esa era su vida.
    Mucho más natural que la mía, lo reconozco. Yo, en cambio, me arrastraba por el mundo, perdí el amor por ambición y una vez perdido comprendí que el amor era para mí mucho más importante que la ambición y la vida misma, y de nuevo me puse a buscar el amor, y en ese estado de búsqueda del amor me encuentro. Desde el punto de vista del amor en este mundo, en Rusia hay más que aquí, por supuesto. Se ve a simple vista. Que me perdonen, a mí, a Édichka, que digan que conozco poco América, pero aquí hay menos amor, caballeros, mucho menos…
    Me sumo en todos estos pensamientos mientras regreso de mi clase. Bajo por la Columbus, camino sin prisa, leo todos los letreros, si hace mucho calor me quito la camisa, y como ese día llevaba traje, cuando salió el sol y empezó a abrasar me quité la chaqueta. Las mujeres dominicanas se van corriendo a casa al salir de la escuela, les esperan sus hijos. A veces acompaño a Luz, la colombiana Ana, Margarita y otra, tal vez María, de ojos oscuros y cara de santa, hasta el metro, que está a media manzana del centro, y de camino les sonsaco algunas palabras en español. Ahora sé unas veinte, y me encanta pronunciarlas. Me habría gustado mucho más estudiar español. Me resulta más pintoresco y cercano, igual que siento más próximo a todos los hispanohablantes que a esos estirados oficinistas de corbata o esas flacas secretarias con tacones. La única excepción que hago es con Carol, solo con ella.
    Cuando mi desdichada chica rusa me abandonó, hecha polvo por este país, con ella también se fue mi interés por las mujeres blancas inteligentes. Muchas damas liberadas o en proceso de liberarse, algo bajo mi punto de vista enfermizo, se liberan del amor hacia otra persona, no hacía sí mismas. Son monstruos de la indiferencia. «Mi pan, mi carne, mi coño, mi apartamento», dicen los monstruos. Odio la civilización que les regala la indiferencia a esos monstruos, en cuya bandera escribiría la frase más mortífera desde el inicio de la humanidad: «Es tu vida.» En esa breve fórmula que reúne a todos los Jean-Pierre, Susannas, Elenas y su mundo, se concentra todo el horror y todo el mal. Yo, Édichka, tengo miedo, de pronto mi alma no encuentra a quién arrimarse, después de la sepultura está condenada a la soledad eterna. Y eso es el infierno.
    En la población hispanohablante de mi gran ciudad veo mucha menos indiferencia. ¿Por qué? Porque llegaron más tarde a esta civilización, aún no los ha corrompido tanto. Pero también es una amenaza para ellos. Creo que es cierto que no conseguirá destruirlos, morirá por sí misma, ahogada por la rebelión de la naturaleza humana, que exige amor.
    ¿Y qué pasa en Rusia?, os preguntaréis. Pues que Rusia y su sistema social son también un producto de esta civilización, y aunque allí se han introducido algunos cambios, no sirven de mucho. El amor también huye de Rusia. Y este mundo necesita amor, lo pide a gritos. Yo veo que lo que el mundo necesita no es la autodeterminación nacional, ni gobiernos de esta u otra índole, ni el cambio de una burocracia por otra, la capitalista por la socialista, ni a los poderosos capitalistas o comunistas, unos y otros vestidos de traje, el mundo necesita destruir los cimientos de esta civilización misantrópica, crear nuevas normas de conducta y relaciones sociales, el mundo necesita una auténtica igualdad en la propiedad, igualdad de una vez, y no esa mentira que en su momento escribieron en las banderas de la revolución francesa. Se necesita amor entre las personas para que todos vivamos queridos por otros, y para tener sosiego y felicidad en el alma. Y el amor llegará al mundo si se eliminan las causas del desamor. Entonces no habrá una Elena horrible porque Édichka no esperará nada de Elena, la naturaleza de Édichka será otra, y Elena será otra, y nadie podrá comprar a ninguna Elena porque no tendrá nada con que comprarla, unas personas no tendrán propiedades materiales por encima de otras…
    Así que salgo de la escuela con una sonrisa de felicidad. Camino por el sucio Broadway, donde en cada esquina me endiñan folletos de burdeles, toma, Édichka, pasa y consuélate, recibirás amor durante quince minutos, giro por la calle Cuarenta y seis, llamo a una puerta negra y me abre Alioshka Slavkov, poeta. Está de pie en una nube de vapor, sale agua caliente de la cocina y hace un mes que nadie es capaz de pararla. Me acerco a Alioshka, como de costumbre veo un bombín negro de payaso e instrumentos musicales —Alioshka comparte ese agujero negro con un payaso y un músico, también inmigrantes rusos—, veo tres colchones y un montón de harapos y suciedad, y le exijo a Alioshka que me dé de comer.
    Por aquel entonces Alioshka aún no era católico, pero ya llevaba barba. Acababan de echarle de su empleo de guardia por reducción de personal, entregó su porra y el uniforme y se convirtió de nuevo en Alioshka Slavkov, un tipo con una fuerte cojera pero enérgico, con bigote y ojos negros, amante de los golpes. Alioshka me alimentó con col agria y salchichas, su dieta inmutable, y se sentó a traducir el documento que le había llevado, titulado Memorándum, que expresaba las esperanzas e ilusiones de lo que nosotros llamábamos «la intelectualidad creativa», Alioshka y yo y muchos más artistas, escritores, cineastas y escultores que habían venido desde la URSS y no importaban una mierda a nadie aquí.
    Alioshka traduce, y yo estoy sentado en un viejo sillón que empieza a brillar de la suciedad, y pienso en nuestro documento y nuestras intrigas. «Es como intentar que no se hunda del todo una persona que se está ahogando», pienso. Son dos páginas, para enviárselas a Jackson, Carey y Beame. Como si fueran a ayudarnos con nuestro arte. Por cierto, esos demagogos nos necesitaban mientras estuviéramos allí. Aquí nos untaban con el subsidio para que no jodiéramos, y ya está. Pasea, Iván, disfruta de la libertad.
    Los americanos, con sangre fría, putos listos, nos aconsejan a la gente como yo que cambiemos de profesión. Lo que no entiendo es por qué no lo hacen ellos. Los hombres de negocios que han perdido media fortuna se tiran de la planta 45 de su oficina, pero no se ponen a trabajar de guardia. En la URSS también podía deslomarme trabajando, para eso no tenía ninguna puta necesidad de venir aquí. Lo único que quería de mí el poder soviético era que cambiara de profesión.
    A nosotros también ya nos vale, sigo pensando, somos la emigración más frívola. Normalmente es el miedo al hambre o a la muerte lo que impulsa a la gente a cambiar de lugar, a abandonar su país a sabiendas de que probablemente nunca podrán volver. El yugoslavo que se va a América para ganarse la vida puede regresar a su país, nosotros no. Yo jamás volveré a ver a mi padre y mi madre, yo, Édichka, soy consciente de ello, con firmeza y serenidad.
    Nuestros propios cabecillas nos pusieron en contra del mundo soviético, los señores Sájarov, Solzhenitsin y sus esbirros, que no han visto con sus ojos el mundo occidental. Los impulsaban causas concretas, la intelectualidad exigía participar en la administración del país, reclamaba su parte, llevada por la soberbia, por el deseo de darse importancia. Como siempre en Rusia, no había respeto por la moderación. Probablemente se sentían sinceramente engañados, Sájarov y Solzhenitsin, pero también nos estaban engañando a nosotros. En cierto modo eran los que «dictaban la conciencia». Era tan poderoso el movimiento de la intelectualidad contra su país y sus reglas que ni siquiera los fuertes pudieron resistirse, ellos también se vieron arrastrados. Nosotros también nos largamos al mundo occidental en cuanto se presentó la posibilidad. Vinimos, pero cuando vimos qué tipo de vida había aquí muchos habríamos vuelto, si no todos, pero no podemos. El gobierno soviético está plagado de mala gente…
    Los americanos, muy listos ellos, aconsejan a la gente como Alioshka y como yo que cambiemos de profesión. Pero dónde voy a meter todas mis ideas, sentimientos, diez años de vida, libros de poemas, dónde me meto a mí mismo, Édichka el refinado. Encerrado en una camisa de auxiliar de camarero. Lo he intentado. Una mierda. Yo ya no puedo ser una persona sencilla. Ya me he echado a perder para siempre. Genio y figura hasta la sepultura.
    Ya llegará el momento en que daremos trabajo al servicio de seguridad estadounidense, porque no todos nos conformamos. Dentro de unos años estaréis buscando rusos entre los terroristas en todos los frentes posibles de liberación. Ahí dejo mi pronóstico.
    Cambiar de profesión. ¿Y de alma, se puede cambiar? ¿Puede alguien que sabe exactamente de lo que es capaz instalarse aquí y vivir la vida de una persona sencilla, sin optar a nada aun estando rodeado de dinero, gloria y fama, en su mayor parte poco merecidas, sabiendo por su experiencia tanto en la Unión Soviética como aquí, pues en este caso es lo mismo, que quien es dócil y paciente lo recibe todo de la sociedad, que es cuestión de partirse el culo y estar dispuesto a prestar servicios?
    Los geniales inventores de bocadillos vegetarianos para las secretarias de Wall Street se pueden contar con los dedos de una mano, la mayoría viene aquí para lograr el éxito de la misma manera que en la URSS: con obediencia, agujereándose los pantalones trabajando en un puesto estatal, con una aburrida rutina diaria. Me repito: la civilización está organizada de tal manera que los más tercos, apasionados, impacientes y, por regla general, los que más talento tienen, los que buscan nuevos caminos, se parten la crisma. Esta civilización es el paraíso de la mediocridad. Nosotros pensábamos que la URSS era el paraíso de la mediocridad y aquí era distinto si tenías talento: ¡y una mierda!
    Allí es por ideología, aquí por motivos comerciales. Más o menos es así. Pero a mí me es indiferente cuál sea el motivo por el que el mundo no quiere darme lo que me corresponde por derecho, por nacimiento y por talento. Aquí el mundo se lo da sin más (me refiero al reconocimiento y a un lugar, un lugar en la vida) al hombre de negocios, y allí al trabajador del partido. No hay sitio para mí.
    Pues nada, mundo, ¡que te den por el culo! Sí, aguanto y sigo aguantando, pero en algún momento me hartaré. Si no hay sitio para mí y para muchos otros, ¿para qué mierda necesito esta civilización?
    Esto último se lo digo a Alioshka Slavkov, que no está de acuerdo conmigo en todo, ni mucho menos. Se siente atraído por la religión, es propenso a buscar la salvación en la tradición religiosa, en general es más tranquilo que Édichka, aunque creo que también se desatan tormentas en su interior. Sueña con ser jesuita, yo me río de su condición de jesuita y le pronostico que participará junto a mí en una revolución mundial, cuyo objetivo será destruir la civilización.
    —¿Y qué construiríais en su lugar, tú y tus amigos del Partido de los Trabajadores? —dice Alioshka, mezclándome por algún motivo con el Partido de los Trabajadores, al que no he pertenecido nunca, solo me he interesado por ellos como puedo hacerlo por cualquier otro movimiento de izquierdas. Con Carol y sus amigos tenía más relación que con los representantes de otros partidos, pero era pura casualidad.
    —Destruir esta civilización de raíz, para que no pueda renacer como en la URSS, eso es lo más difícil —le digo a Alioshka—. Destruir definitivamente esta ya es construir una nueva.
    —¿Y cómo procederéis con la cultura? —pregunta Alioshka.
    —¿Con esta cultura feudal que inculca en la gente relaciones enfermizas, surgidas de un pasado lejano con otro orden de cosas, que qué hacemos con ella? La eliminaremos y a la mierda, es perjudicial, peligrosa, todos esos cuentos sobre millonarios bondadosos, una policía fantástica que defiende a la ciudadanía de los feroces delincuentes, o sobre activistas políticos magnánimos, amantes de las flores y los niños. ¿Por qué ni uno solo de esos ruines señores escritores, Alioshka, ni uno solo, date cuenta, escribe que la mayoría de crímenes son fruto de la propia civilización? Que si una persona degüella a otra y le quita el dinero, no es en absoluto porque le guste el color y el crujido de esos papelitos hasta el punto de matar a otro. Su propia sociedad le ha enseñado que esos billetitos son sus amigos, que son Dios, que le dan a él y a su mujer lo que quiera, además de la comida, y lo liberan de un trabajo físico extenuante. O pongamos por caso una persona que mata a su mujer por un engaño. Si las costumbres fueran otras, y distinta la moral, y solo el amor sirviera de medida para las relaciones personales, ¿acaso iba a matarla él por falta de amor? El desamor es una desgracia, es lamentable. Por televisión se ven caballeros con traje en todas las familias. Pero eso ya está desapareciendo, los caballeros de traje están desapareciendo, y el fuerte viento de las nuevas relaciones que ignoran todas las medidas policiales, los obstáculos religiosos, sopla hacia América y el mundo entero. El caballero con traje, el cabeza de familia canoso, sufre una derrota tras otra, y pronto, muy pronto, dejará de gobernar el mundo. Marido y mujer, dos personas que se unen para que la vida sea más tranquila y económicamente provechosa, no por amor, sino por costumbre, eso siempre ha sido artificial y ha dado lugar a infinidad de tragedias. A la mierda eso de conservar costumbres caducas…
    Así lo intenté convencer, él hizo sus objeciones y luego yo me dediqué a la col, y él al Memorándum. Sabe mucho inglés, tradujo rápido esas páginas, pero luego de todas formas tuvimos que dárselas a Bant, un americano amigo de Edik Brutt, mi vecino en el hotel, para que las revisara y corrigiera los errores. No había tantas faltas, lo que ocurría era básicamente que Alioshka, el poeta católico, se dejaba artículos. Después del pesado trabajo que había hecho, quería descansar. Y su concepto de descansar es beber.
    Lo llevé a mi tienda preferida de la calle Cincuenta y tres, entre la Primera y la Segunda Avenida, y allí compramos ron de Jamaica, precisamente lo que quería desde hacía una semana. Él también quería ron, teníamos ganas de experimentar las sensaciones gustativas del ron. No éramos alcohólicos ni nada parecido, aunque, como veréis, al final nos emborrachamos. Además se compró una soda, y juntos adquirimos dos limones y nos dirigimos a mi hotel.
    Llegamos. Nos sentamos junto a la ventana. Era por la tarde, el sol poniente de las cinco iluminaba mi cuchitril. El ron caía amarillo, se volvía plateado, se posaba espeso en los vasos sucios y bastos, propiedad de Édichka, no sabía quién ni cuándo se los había llevado. De vez en cuando lo hacíamos bajar por la garganta. Alioshka se fumó un puro, estiró la pierna que no se doblaba, disfrutó. Mientras gozaba movió la silla, que tropezó con un tenedor, con un cable que conectaba la nevera a la red eléctrica y se produjo un sabotaje invisible. En media hora se formó un charco de agua, que luego tuvimos que limpiar justo cuando, después de tomarnos los restos de ron, ya pretendíamos irnos, ponernos en camino, Alioshka había insistido en ello, era un culo de mal asiento, no otra cosa, quería ir a la public library y comprar unos porros.
    Nos fuimos. De camino descubrí que Alioshka, pese a toda su insolencia de poeta ruso, no sabía consumir correctamente un porro. Resulta que compraba unos porros delgados y retorcidos, los abría, los mezclaba con tabaco y se los fumaba. Estuve un buen rato riéndome de Alioshka, me despertó un instinto protector. Por supuesto, ahora entendía por qué la marihuana no le hacía efecto, siempre se quejaba de eso.
    —Esto es una miseria, hay que fumar precisamente ese cigarrillo delgado ya preparado, sin mezclarlo con nada. Serás merluzo, provinciano moscovita, Vanka —le dije.
    Cuando nos fuimos nos llevamos hasta la soda. Compramos los porros junto a la public library de la calle Cuarenta y dos, pero dos a un tipo y dos a otro, así si unos eran muy flojos, a lo mejor la otra ración era mejor, y nos pusimos a decidir dónde ir. Él quería llevarme al Hotel Latham, pero yo tenía recuerdos horribles de ese hotel, allí nos alojamos cuando llegamos con Elena a América, en la habitación 532, hasta que tuvimos el pisito de Lexington, antes de la tragedia y hasta del principio de la tragedia, y no tenía ganas de ver mi pasado.
    Quería vivir como si hubiera adquirido conciencia el 4 de marzo de 1976, el día en que me mudé al Hotel Winslow, y antes de aquello no hubiera nada, un foso oscuro y nada más, nada más. Alioshka me llevó a aquel lugar, a enseñármelo. Me preguntó si quería ir a casa de su amigo Andréi, el saxofonista de pelo largo que acababa de llegar, yo no quería remover mi pasado, pero él me llevó. Qué podía hacer con él, era muy testarudo, el muy perro.
    Le dije que allí, en el Hotel Latham, fui feliz, amé y me tiré a mi Elena, dejamos toda la cama revuelta, recuerdo que follamos durante la intervención de Solzhenitsin con el televisor encendido y su jeta en la pantalla, follamos, y yo quería correrme en ese momento pero no podía, viéndolo con esa guerrera pseudomilitar, ni siquiera el dulce coño de mi chica consiguió que me corriera. Lo de follar en presencia de Solzhenitsin fue una travesura, claro.
    Cuando ella se cansaba de follar, por entonces ya había empezado a cansarse, quería ver la televisión, así que la estiraba en nuestra enorme cama de hotel, no habíamos tenido en la vida una cama así, la estiré, le ponía debajo las almohadas y ella se colocaba a cuatro patas, viendo el programa de televisión, normalmente eran sucesos y cotilleos, le encantaba, mientras yo me la tiraba por detrás. Ni siquiera esa falta de atención que entonces empezaba a manifestarse lograba enfriarme, la deseaba con todas mis fuerzas a pesar de que llevábamos cuatro años haciendo el amor y probablemente ya era hora de parar y mirar alrededor. No lo hice, pero no me sirvió de nada. Tendría que haber cambiado yo nuestro modo de vida, sin esperar a que lo cambiara ella por la fuerza. Podría haber introducido a otra persona en nuestra vida sexual, un hombre o una mujer, pero no me di cuenta. Es mi inercia, qué le voy a hacer, tenía muchas preocupaciones: trabajaba por ciento cincuenta dólares a la semana en el periódico, por las tardes escribía artículos, aún tenía esperanzas de hacer algo en el campo de la emigración y mantenía a mi familia según marcaba la tradición. Édichka no se daba cuenta, y eso que ella ya no se cortaba y me preguntaba: «Qué te parecería si…?», y luego seguía una frase, dicha entre risitas, sobre un chico que se la tiraba y al que yo me tiraba por detrás, o sobre cualquier otro intrincado truco acrobático. Mira que era gilipollas, y eso que yo soy de los que básicamente no tienen prohibiciones en el sexo. Si le hubiera permitido más cosas me habría querido cada vez más, y así en cambio la perdí para siempre y sin vuelta atrás. De hecho, a veces me parece que hay una forma de vida con la que podría hacerla volver, pero no como esposa en el sentido antiguo de la palabra, eso ya es imposible. Es una paradoja: yo, la persona a la que más gustan las novedades de este mundo, fui víctima de esas nuevas relaciones entre el hombre y la mujer. Cuidado con lo que deseas.
    Alioshka quería que fuera a ver el lugar de mi felicidad perdida para poder compararla con mi miserable situación actual. No había más remedio, estaba emperrado en eso, y no tenía ganas de quedarme solo, ahora que ya me había bebido casi medio litro de ron y sentía una especie de melancolía. Tuve que ir.
    Por supuesto, su amigo vivía en la misma ala que nosotros entonces, incluso en la misma planta. Tuve que pasar junto a la puerta 532. Andréi llevaba el pelo largo, tejanos, barba, nadie diría que había llegado de la URSS, aunque tampoco lo diría de mí. Nos terminamos el ron, llegó otro tipo, un rubio fortachón de Leningrado, poeta, muy callado, que escribía versos sobre el KGB y sobre botas, versos formalistas. No le había servido para una mierda venir a América, aquí tampoco era conocido.
    Los otros dos tenían predilección por el alcohol, y los porros nos los fumamos Alioshka y yo, solo le dábamos una calada cada uno. Alioshka se puso a decir que la marihuana no le hacía efecto, mientras se le trababa la lengua.
    Luego Alioshka, el señorito ocioso, decidió que los chicos tenían poca bebida y fuimos a comprar una botella de vodka. Fuimos los cuatro y estuvimos un rato largo buscando una tienda que vendiera vodka porque era tarde, compramos una botella y col agria en una tiendecita y una lata de un producto cárnico americano con unos ingredientes sospechosos de sodio y otras sales en la etiqueta. Volvimos al hotel, por el camino sufrí el suplicio de las puertas del ascensor, donde había grabado mi marca en algún momento de borrachera, dos letras, E y E, arañadas con una llave, otra tortura. «¡Desgraciado fetichista!», susurré para mí mismo, mordiéndome el labio. Tenía que calmarme.
    Acabamos con el vodka bastante rápido. Andréi, aparte del saxo, llevaba encima la guitarra, cantamos algo y luego Andréi el saxofonista se emborrachó rápido y quiso irse a dormir. El poeta con pelusilla en la cara se fue a su habitación, y Alioshka y yo, insatisfechos y poco borrachos, salimos del hotel. Yo, el desgraciado fetichista, intenté hacerlo con los ojos cerrados.
    —Vaya mierda, ¡una botella de vodka malgastada en esa gentuza! —dijo Alioshka con tristeza.
    Pagó él durante toda la noche, le importaba una mierda pagar o dar de beber gratis a alguien. Debo decir en su defensa que tenía un débil concepto de la propiedad privada.
    —Vamos a seguir bebiendo —dijo.
    —Vamos —dije—, pero te vas a gastar hasta el último copec si vamos a un bar. —Las tiendas Liqueurs ya estaban cerradas a esa hora.
    —Vaya mierda —dijo Alioshka—, nunca hay dinero.
    —Oye —le dije—, vamos a comprar cerveza. Compramos media docena, ya nos hemos bebido el ron y el vodka y hemos estado fumando. Creo que la cerveza nos sentará bien, o así debería ser, y costará como mucho dos y medio.
    Accedió. Fuimos a buscar cerveza y la encontramos. Se cansó de caminar, aunque no se le notaba. Alioshka el orgulloso. Que diga lo que quiera, una pierna rígida no permite ejercer de peatón mucho rato ni andar rápido. Le propuse sentarnos en la calle a beber.
    Encontramos el patio más oscuro en un descampado detrás de un aparcamiento con poca afluencia de coches, nos sentamos en unas traviesas o troncos y nos pusimos a beber cerveza.
    Realmente no estaba mal. Broadway no quedaba muy lejos, y estábamos cerca de la casa de Alioshka, estuve pensando en ello, pero luego se me quitaron las ganas de ubicarme. Hablamos del aparcamiento y sus vehículos, ya no me acuerdo, quizás tampoco me acordaba entonces. Una conversación entre dos poetas medio borrachos, ¿puede haber algo más incoherente? Solo recuerdo que la situación era pacífica, se oía el roce de pies desde Broadway, hacía un fresco nocturno relativo, la cerveza estaba fría… gracias a la civilización americana todo aquel ambiente nos hacía sentir partícipes de este mundo.
    Estuvimos ahí sentados, diciendo chorradas. Yo estaba tumbado como si estuviera en casa, tengo esa capacidad. Alioshka era feliz, en todo caso lo parecía.
    De pronto apareció una persona que se acercó a nosotros desde el aparcamiento. Llegó. Era negro, iba vestido con harapos, desmañado, con unos pantalones sucios de color verde claro bajo el rayo de luz. Nos pidió un cigarrillo.
    —No tenemos cigarrillos —dice Alioshka—, se nos han acabado. Si quieres te doy dinero y vas a comprarlos. —Y le da un dólar. A Alioshka le encanta fardar. No le sabe mal gastarse los dólares, por fardar se gastará hasta el último céntimo.
    Ese cateto negro cogió el dólar.
    —Ahora vengo y te traigo un cigarrillo —dice, y se va hacia el foso negro de Broadway.
    —Gilipollas —le digo a Alioshka—, para qué le has dado un dólar, ni siquiera es interesante, mejor dame seis a mí.
    —Pero qué dices —dice Alioshka entre risas—, es una prueba psicológica.
    —Pues yo no tengo nada para comer mañana, el cheque del subsidio no llega hasta dentro de cuatro días y tú, imbécil, vas y haces una prueba, puto erudito, Sigmund Freud.
    —Vendrás a mi casa a comer —dice Alioshka.
    Así estuvimos discutiendo hasta que al cabo de diez minutos apareció el negro.
    —¡La madre que me parió! —dije—. Una persona honrada en el barrio de la calle Cuarenta y seis y Broadway. Se avecina una desgracia, es un mal augurio.
    —Qué te he dicho —se rió Alioshka.
    El negro se sentó y se fumó el cigarrillo. Alioshka le dio una lata de cerveza y se pusieron a charlar de temas serios.
    Yo ya no entendía una mierda, la cerveza había hecho efecto. Miré de reojo al negro: barba cerrada, andrajos de vagabundo. No sé por qué, me vinieron a la cabeza las sensaciones de Chris. Ni siquiera sexuales, solo tenía ganas de tener compañía, ir a algún sitio, aunque fuera para algún asunto oscuro, lo que fuera si así podía acoplarme a ese tipo e introducirme en el mundo tras él. «¡Dejaste a Chris, gilipollas, ahora enmienda el error!», me dije.
    Por aquel entonces no tenía problemas para follar. Aunque fuera con indolencia y mal, pero follaba con Sonia, y en el preludio de ese acto insulso de vez en cuando se me empalmaba la polla, toda lívida. Sonia era judía, rusa, ya conocía a esa gente, pero yo necesitaba que me atormentaran y ella, pobre, no sabía hacerlo. Yo quería un nuevo mundo, estaba harto de vivir a medias tintas, de no ser ni ruso, ni nadie…
    —¿Cómo te llamas? —dije, y me senté al lado del tipo.
    —Pero si ya se ha presentado cuando se ha acercado, no escuchas una mierda —dijo Alioshka—. Ha dicho que se llama Johnny.
    Johnny esbozó una sonrisa de oreja a oreja.
    —Eres un buen tío, Johnny —dije, y le acaricié la mejilla. Son mis malditos métodos. Alioshka no se sorprendió, le había hablado de Chris. Alioshka solo siente curiosidad, pero no se sorprende.
    Estuvimos hablando. Alioshka traducía lo que yo había olvidado por la borrachera, o no sabía.
    —Es un vagabundo, bueno, no un vagabundo, cómo mierda lo llaman —dijo Alioshka—, una persona oscura. Bueno, no hablamos de nada trascendente, no nos une ningún lazo, hablamos en inglés, todo es práctica. Por cierto, deberías hablar más, Limónov, no sé por qué me utilizas de traductor, hasta cuándo estarás dependiendo de tu niñera.
    —Tú lo has tenido fácil —le dije a Alioshka—, estudiaste diez años en institutos, no te hiciste inteligente pero por lo menos aprendiste el idioma. Yo estudié francés en el colegio.
    —Entonces sabes francés —dijo Alioshka.
    —La madre que te parió, lo he olvidado, pero en su momento leía las páginas de libros franceses casi sin diccionario.
    —No mientas, no mientas, Limónov —dijo Alioshka.
    —I’m very sorry, Johnny —dije yo.
    —It is ok, it is ok! —dijo Johnny con una sonrisa. Una cantidad enorme de sonrisas. Alioshka también sonreía, y Johnny, todos sonreíamos en la oscuridad y se veía. Luego pasó algo. Parece que apoyé la cabeza en el hombro de Johnny. ¿Para qué? Quién sabe.
    Su ropa desprendía una especie de olor a rancio. En abstracto no debería gustarme, pero ahí estaba, sentado junto a mí, sin intención de marcharse, es decir, que tenía posibilidades con él. Lo sorprendí con mis roces, mejor dicho, metiéndole mano. Pero era educado, no sé de dónde ni de quién lo había sacado. Tal vez consideraba que era la costumbre de los rusos, a lo mejor todos eran así. No sé si ese vagabundo de Broadway había visto muchos rusos en su vida, o qué mierda sabía, ni quién era, a lo mejor era la fierecilla más pequeña de Broadway, un lacayo que va a buscar un ginger ale o un hot dog para las prostitutas, no sé si ellas comen hot dogs o si corre alguien a comprárselos, como digo, es solo una conjetura.
    —Aliosha, quiero tirármelo —le dije a Alexéi.
    —Eres un sucio homosexual, Limónov, pensaba que todo eso no iba en serio, y resulta que eres un verdadero sucio homosexual —dijo Alioshka con sorna.
    No era un insulto, era humor, me reí y dije:
    —Vale, soy un sucio homosexual, y he ingresado en el Partido Comunista chino, y me he quitado la vida, y me he ahorcado, y me mantienen dos prostitutas negras, que trabajan aquí en el barrio de Broadway, unas chicas muy majas… y soy agente del KGB, con el rango de coronel.
    Le enumeré a Alioshka todos los rumores malsanos que corrían sobre mí. Parte de ellos venían de Moscú, me los contaban los chicos en sus cartas, otra parte se extendían aquí. En los libros rusos a menudo se habla de poetas o escritores «acosados», como en la caza, ya sabéis, el término utilizado para designar la persecución y asesinato de un animal salvaje. Conmigo no funciona ese número. No tengo en ninguna estima a la emigración rusa, los considero lo peor de lo peor, gente lamentable y absurda, peores que ese Johnny, por eso los rumores me hacen gracia, me divierto como un niño con ellos, tal como dicta el legado canalla y miserable, pero brillante, del poeta más cruel de la Rusia moderna, Ígor Jolin[9]: «Podéis decir lo que os dé la gana, mientras habléis.»
    —Soy un sucio homosexual, Alioshka —digo yo—. Escucha, llévanos a tu casa, has dicho no sé qué de que hoy tus dos personalidades artísticas se han ido a Filadelfia.
    —No exactamente —dijo Alioshka—, ¿pretendes tirártelo en mi casa?
    —¡Casa! ¿Llamas casa a ese agujero sofocante y fétido? Sí, quiero tirarme a este tío en la cama de tu violinista, y luego pasar a la cama del payaso.
    —Muy bien, vamos —dijo Alioshka—, pero luego no te me quieras follar a mí.
    —No te preocupes —le dije—. No me excitas en absoluto. No me interesa mucho tirarme a poetas rusos.
    —¿Y si no es homosexual en absoluto? —dijo Alioshka, al tiempo que miraba a Johnny con aire de duda.
    —Ahora lo sabremos —dije, me levanté del hombro de Johnny, le di un abrazo y le susurré a la oreja—: I want you, Johnny. —Y le di un beso en los labios. Los tenía grandes y él, sin mostrar la más mínima turbación, me correspondió. Sabía besar, mucho mejor que yo. Cierto que eso no significaba nada, pero si aceptaba el beso quería decir que accedería también al resto.
    —Aceptará —le dije a Alioshka—, vamos.
    Le dije a Johnny que viniera con nosotros. El chico no mostró la más mínima reticencia y caminamos juntos abrazados, cada vez más absortos en los besos, sobre todo porque los efectos del tabaco y la bebida cada vez se manifestaban con más claridad. El período de incubación terminó y empezó el turbulento desarrollo de la enfermedad. Caminábamos y nos besábamos, Alioshka iba cojeando por detrás, y yo estaba borracho, atontado y de tanto fingir y bromear pasé a un auténtico estado de debilidad y embotamiento. Solo quería estar con alguien, no concretamente con Johnny, pero él estaba ahí. Alioshka de vez en cuando hacía comentarios sobre la pareja que formábamos Johnny y yo del tipo:
    —¡Pues sí que eres homosexual, Limónov!
    O:
    —¡Si te vieran los chicos de Moscú!
    —¡Pero si Gubánov también es homosexual! —dije yo, eufórico—. Una vez me estuve dando el lote con él una tarde entera.
    Al final llegamos, por lo visto ya era la una de la madrugada. Llegamos a esa nube de vapor, y al entrar vi dos pares de ojos, asustados y lelos. Los artistas estaban tumbados en sus camas, girados hacia la puerta, atónitos de ver llegar a Limónov con su amante negro. Decidí matarlos del todo y, abrazado a Johnny, me perdí con él en un largo beso fatigoso. Los artistas estaban petrificados. Los dos tenían más de cuarenta años, no estaban preparados para eso, ni el payaso ni el músico.
    Le dije a Alioshka:
    —Mierda, no hay sitio en el albergue, por lo menos danos cerveza y Johnny y yo nos iremos. —Nos sentamos con Johnny en una silla, mejor dicho, se sentó él y yo en sus rodillas ante los ojos pasmados de los espectadores, y Alioshka nos dio cerveza.
    La cerveza era del músico, siempre tenía en reserva una docena de latas, Alioshka le preguntó si las podía coger. Se las dio, se lo habría dado todo por no ver a Limónov besándose hasta el infinito con un negro. Era una visión horrible para el músico y el payaso rusos.
    Luego Johnny y yo nos fuimos. Alioshka se quedó y se acostó. Le invité a venir con nosotros, pero dijo: «Vosotros estaréis follando, ¿y yo qué haré?» Tenía razón, o sea que nos fuimos solos.
    Luego empieza un largo periplo nocturno junto a Johnny por Broadway, la Octava Avenida y calles contiguas, desde la Treinta hasta la Cincuenta. No sé, a día de hoy sigue siendo un misterio por qué no fuimos directamente a follar y qué hacía, de vez en cuando se quedaba hablando con gente, se acercaba a las prostitutas y a los trabajadores de todo tipo de locales nocturnos, no sé. Iba haciendo sus trapicheos, estuvo ocupado con eso hasta el amanecer, le daban algo en la mano, a lo mejor eran monedas, no sé, yo solo veía que la expresión de la cara de la gente que hablaba con él era de desdén y asco. Una vez un negro joven y guapo con ropa llamativa, evidentemente un proxeneta, incluso llegó a empujarle. Era el último mono en este mundo, mi Johnny, y yo era su amiguito.
    Enseguida entendí que era un don nadie. Otro en mi lugar se habría ido, se habría largado, sobre todo porque la excitación decayó, el sexo se volatilizó, solo quedaba ese estado de embotamiento alcohólico. Pero eso lo haría otro, no yo. Estaba convencido de que tenía que ir con él a todas partes mientras hacía sus extraños negocios, esperarle y ser amigo de ese ser miserable, esa escoria vestida con harapos. Una vez incluso me abandonó y un negro gordo enorme intentó darme una paliza no sé por qué en un puto local en la esquina de la Octava Avenida con la calle Cuarenta y tres, creo. No lo recuerdo y no entendí qué pasaba, por qué le había cabreado, pero escuché con paciencia su verborrea exaltada, poco precisa, ruin, y cuando se abalanzó sobre mí con los puños en alto y entendí que no me serviría de nada pelearme, simplemente intenté evitar los puños y empujar a ese grandullón. Lo conseguí, aunque no del todo. La masa que era aquel hombre me arrojó y salí despedido hacia la pared. No me lastimé, no me caí, a mi alrededor todos vociferaban… y solo entonces Johnny se acercó a mí y me dijo como de paso que era mejor que me fuera. Me importaban una mierda esos placeres. Me fui tranquilamente, ya digo que no tenía una mierda que perder, incluso buscaba la muerte, por qué me iba a dar miedo la camorra. No era muy consciente de ello, pero la buscaba.
    Aquella noche Johnny me abandonó de vez en cuando durante mucho rato, pero no sospeché ni una sola vez que quisiera deshacerse de mí. No sé dónde, ya eran las cuatro de la madrugada, se metió en un grupo de jóvenes negros de la calle Cuarenta y dos, entre Broadway y la Octava Avenida, e intentó pedirles algo. Alguien lo echó.
    Yo estaba sentado junto a la pared sobre unos cartones, observando a los jóvenes y a Johnny. Estaba triste. Ni siquiera esos me aceptaban en su juego. En aquel momento habría dado cualquier cosa por tener la piel negra y ser uno de ellos.
    Recordé mi provinciano Járkov, mis amigos gamberros, nuestras chicas espabiladas y emperifolladas, bueno, no tanto, no tenían los mismos recursos, pero también eran atractivas, jóvenes y vulgares como esas encantadoras chicas negras. Allí, en mi ciudad, me sentía en mi sitio. Todo el mundo conocía a Edi, sabía de qué era capaz. Sabían que era el que trapicheaba más barato con las contramarcas, así se llamaban las entradas a la pista de baile donde tocaba la orquesta, compartía las ganancias con una taquillera alemana, no era un mal negocio. En una tarde ganaba un tercio o la mitad del sueldo mensual de un buen obrero, la pista de baile era grande. Todos sabían que no estaba en contra de robar lo que tuviera al alcance de la mano, saqueaba incluso la tienda que había junto a la entrada de la fábrica La hoz y el martillo.
    La gente conocía a mi novia Svetka, me informaban esa misma tarde si la veían en otra pista de baile con otro tío, y entonces, después de dejar a alguien a cargo del negocio, iba a la tienda de comestibles, me compraba con la ayuda de alguien más una botella de tinto fuerte, me lo bebía directamente en la calle, a veces llevaba a cabo esa operación dos o tres veces, luego, una vez vendidas todas las entradas, iba a casa de Svetka a esperarla. Me sentaba en el patio, hablaba con los hermanos tártaros, los boxeadores Epkini, y esperaba a Svetka. Cuando aparecía la pegaba, también al que iba con ella, se metían en medio los hermanos Epkini, que nos querían a Svetka y a mí, se armaba un buen lío y se oían gritos, luego hacíamos las paces y nos íbamos a casa de Svetka. Su madre era prostituta y amante de la literatura. Apreciaba mucho mi diario, el de un chico de diecisiete años, se lo di a leer a petición de Svetka. Ella aprobaba nuestra relación, pronosticó que sería escritor. Por desgracia, resultó que tenía razón.
    Svetka era una chica muy maja, guapa, pero hortera. Le encantaban las enaguas de almidón y los vestidos vaporosos que estaban de moda por aquel entonces. Vivía en el piso catorce y tenía catorce años. Iba con hombres desde los doce años, no sé cómo la violó un amigo de su difunto padre, que entonces era alcohólico. Por extraño que parezca, Svetka estaba orgullosa de aquella circunstancia, era una romántica empedernida. Además de la altura, la carita de muñeca, las piernas largas y la casi absoluta ausencia de pechos, Svetka tenía una capacidad sorprendente de volverme loco. Nuestra relación estuvo plagada de incidentes: se lanzó a un estanque para ahogarse, la corté con un cuchillo, me fui al Cáucaso sin ella, lloré en su portal, etc. Fue como un ensayo de Elena.
    Así que ahí estaba yo, junto a mi pista de baile, en medio de una aglomeración de jóvenes, la mayoría delincuentes, así era nuestro barrio, y yo me sentía estupendamente. En nuestro vecindario había casas donde toda la población masculina estaba en la cárcel. Los padres, los hermanos mayores y luego los pequeños, mis coetáneos. Podría recordar como mínimo diez apellidos de chicos condenados en su momento a la pena más alta: el fusilamiento. Y la cantidad de tíos condenados a diez y quince años era bastante importante.
    La juventud, negra o no, de la calle Cuarenta y dos me recordaba mi barrio, mi pista de baile, mis amigos, todos esos gamberros, delincuentes y ladrones. No lo digo como reproche, no. Además, la mayoría de esa gente de la pista de baile de Járkov, igual que los de esta calle Cuarenta y dos, no eran gamberros ni delincuentes, claro, sino adolescentes normales, chicos y chicas con ganas de liarla a esa edad de transición. En Rusia los llamaban blatni [chorizos]. No eran delincuentes de verdad, pero sus maneras, su comportamiento, costumbres y ropa eran un reflejo de las maneras, comportamiento, costumbres y ropa de los delincuentes. Aquí ocurría lo mismo.
    Como digo, la tristeza se apoderó de mí. No podía formar parte de ese grupo chicos y chicas ajetreados que susurraban, no era cosa mía. Con quién voy a ir a follar hoy, y si no encuentro a nadie con quien hacerlo, dónde voy a beber si tampoco llevo ni un céntimo en el bolsillo, aunque vaya con zapatos de charol y un sombrero negro de ala ancha. Puedo pedirle a Sam un puñado de dólares, vende marihuana. ¡Hola, Bob! ¡Hola, Bill! ¡Hola Lizzy!
    Creo que esas eran más o menos las ideas y expresiones que corrían entre esa gente. Johnny, un paria sucio de unos treinta y cinco años, el amigo al que yo estaba esperando, les daba asco a esos jóvenes. Probablemente se tapaban la nariz al verlo. Pero yo, mi estúpida cabeza, pensaba en todos y por todos, en el instante mismo en que ellos hacían o decían algo. Estaba sentado en la pared sobre unos cartones con mis pantalones anchos, blancos, bueno, no del todo blancos, llevaba una cazadora amarillenta con bolsillos que me había dado Alexandr, la había adaptado a mi figura y me quedaba que ni pintada, en ese momento la llevaba completamente desabrochada, con el pecho al descubierto con una cruz. Era todo lo que tenía. Estaba esperando a Johnny.
    Tenía una especie de obstinación con el amor y la absolución. Pensaba: «Por supuesto, es escoria, un marginado, ni siquiera por aquí hay nadie que sea menos que él, todo el mundo se lo saca de encima, es evidente que pide monedas, pero hasta él se avergüenza de mí y finge que no me conoce, que voy por mi cuenta, y que él, Johnny, está solo. Con todo, tengo que estar aquí y esperarle, al último mono de las aceras de Nueva York, tengo que estar con él.»
    Por supuesto, nadie me lo pedía. Dios no me había pedido «quédate con Johnny», nadie me lo había pedido, pero tampoco esperaba que nadie lo hiciera. A lo mejor era una tontería, pero algo me obligaba a estar ahí sentado esperando a ese vagabundo y no irme a dormir al hotel, algo muy fuerte. Estaba enganchado a él. A lo mejor tenía ganas de apiadarme de él, ese hombre perseguido por todos, de entregarme a él. Tal vez se fue fraguando en mi interior esa idea elevada y por eso lo esperaba junto a la pared, mirando con tristeza a todos esos jóvenes elegantes y parlanchines.
    —Joder, has encontrado a alguien más desgraciado que tú mismo y así te desquitas. Así demuestras tus virtudes —me dijo una voz.
    —No está en absoluto por debajo, su posición en este mundo es mejor que la tuya. Sus vínculos con este mundo son mucho más fuertes y no parece más infeliz —dijo otra voz.
    —Tú solo quieres follar, y aquí estás, sentado, esperando —dijo una tercera.
    —No, está ahí sentado para recoger impresiones, ¡al fin y al cabo es escritor! —dijo una cuarta, mofándose.
    —Quiere engancharse a Johnny y conocer a otros parias —dijo una quinta.
    —¡Para practicar el inglés! —gritó una sexta voz ya absolutamente estúpida.
    —¡Es un jodido repartidor de absolución, se las da de santo, ha venido a salvar a Johnny, a traerle amor! —soltó una séptima voz, obscena.
    No sé qué mierda me pasaba por dentro, pero probablemente tenía los ojos tristes y un poco llorosos. Nadie me quería en su juego, en su vida. Ellos vivían, y yo estaba ahí sentado junto a la pared.
    —¡Come on! —dijo Johnny al acercarse. Tal vez mi lealtad y el hecho de que llevara media noche deambulando con él lo habían conmovido y había decidido algo respecto a mí. Me acerqué a él con resignación. Bajamos por la Octava Avenida, la Cuarenta y uno, la Cuarenta, la Treinta y nueve y la Treinta y ocho.
    En la Treinta y ocho alguien me pinchó con un cuchillo. Ya conocía esa sensación de tener un cuchillo en la espalda. Nos rodearon y nos ordenaron que camináramos, a mí y también a Johnny. Adelante.
    Yo caminaba, con el cuchillo y su dueño pegados a mí. «Mira cómo se esfuerza el capullo, qué joven», pensé con una risita. No tenía una mierda, nada, unas monedillas en el bolsillo. Panda de inútiles, mira a quién habían decidido robar. Eran jóvenes, principiantes, tres negros y un blanco. Eran cuatro…
    Oh, Dios, otra vez los recuerdos. También éramos cuatro, conmigo éramos cuatro. Íbamos con una pistola de fabricación casera a robar en las afueras de Járkov. Teníamos más miedo que nuestras víctimas. Además de una pistola que disparaba de verdad teníamos dos modelos de madera que hice a partir de la pistola «TT» de mi padre, milímetro a milímetro, y luego pinté de negro brillante.
    Nuestra primera víctima fue una mujer rubia de unos treinta años, entonces nos parecía una vieja, teníamos diecisiete y dieciocho años; uno de nosotros, Grishka, solo tenía quince. Le robamos de una forma tan penosa e inepta, tan tonta, tan vergonzosa, que me parece que incluso ella, a pesar del susto, se dio cuenta y nos dijo con bastante calma: «¡Niños, no deberíais hacerlo!» A lo que el más joven y malvado, Grishka, temblando de miedo, le gritó: «¡Cállate, perra!» De haberlo sabido, podría haberse ido tranquilamente y no le habríamos hecho nada.
    Luego, sentados bajo el puente, estuvimos fardando entre nosotros y, después de sacar veintiséis rublos con unos cuantos copecs, tiramos el bolso al río y nos repartimos el dinero. Nos pusimos muy contentos con el dinero, pero probablemente nos alegrábamos más de que el suplicio hubiera terminado, gracias a Dios, y que ahora pudiéramos irnos cada uno a su casa tras esconder las pistolas de imitación y la de fabricación casera bajo el puente. «¡Tendríamos que habérnosla tirado!», dijo Grishka. Realmente podríamos haberla violado, pero por algún motivo no lo hicimos. Teóricamente podíamos. En la práctica, probablemente nuestras jóvenes pollas no se habrían empalmado del miedo, por lo menos a mí no se me habría levantado, era un ser demasiado sensible, y lo sigo siendo…
    Los chicos nos llevaron a Johnny y a mí a un aparcamiento oscuro. «¡Hold up!», dijo el mayor. Coloqué las manos tranquilamente en la nuca. El mayor, un joven bastante sensato, dijo señalando mis manos:
    —¿Qué es eso?
    —Deformación profesional —mentí sin saber por qué—. Estuve en la cárcel en mi país. —Le habían sorprendido las manos entrelazadas para no cansarme, como hacían los delincuentes viejos que habían pasado por un campo de prisioneros. Tenía la costumbre pese a no haber estado en la cárcel, el destino me protegió.
    —¿Dónde está tu país? —preguntó el mayor. Tal vez ni siquiera era mayor que los demás, pero era el que mandaba.
    —Soy de Rusia —contesté.
    —¡Pues yo a veces voy a la cárcel aquí! —se echó a reír de pronto el mayor.
    Me palpó los bolsillos, pero la tensión ya había desaparecido. Tanto ellos como yo nos relajamos. Aparte de unas libretas y la llave del hotel, por cierto, sin placa con el nombre porque nuestro hotel no dispone de esos lujos, no llevaba nada en los bolsillos. Hasta la calderilla había desaparecido, no sé cómo, a lo mejor se me había caído al sentarme sobre unos cartones en la calle Cuarenta y dos.
    De pronto el mandamás me agarró la cruz. Se me enturbió la mirada. No podía dársela, y no tenía nada que ver con Dios. De alguna manera aquella cruz de plata bastante grande con esmalte azul que se estaba descascarillando en algunos puntos era el recuerdo de mi país. «Only with my life!», dije rápido y con calma en inglés. Y cerré la mano sobre la cruz. «Es un símbolo de mi religión y mi país», añadí. El tipo apartó la mano.
    Nos dejaron en paz. De hecho, a Johnny lo cachearon a un lado, pero creo que el robo fue cosa suya. Y una mierda fue casualidad. Cuando lo miraba parecía que le gustara que le robaran. Puto vagabundo, creo que lo organizó él. Se acercó a sus conocidos y les pidió que fingieran que también le robaban a él… y comprobaran qué tenía yo.
    Ni tocaron la cruz, ni me pegaron ni me quitaron las libretas. Pero no eran unos ladrones bondadosos, les interesaba saber de qué hotel era la llave. A pesar de que la niebla de las drogas y el alcohol aún no se había disipado, lo entendí y les solté alguna mentira descarada. Comprendieron que mentía, pero no podían hacer nada.
    No, tenían más experiencia que aquellos cuatro de Járkov, contando conmigo. De lo contrario ni siquiera habrían pensado en la llave, no era la primera vez que lo hacían, ni mucho menos, aunque si hubiera sido un policía de paisano los habría detenido de forma fácil y sencilla porque se comportaban de una manera muy poco profesional. Ya me conozco a esos piezas. Seis años de experiencia robando son algo: desde los quince hasta los veintiún años. Después me convertí en poeta e intelectual.
    Johnny y yo nos fuimos. Yo estaba furioso, era evidente que lo había tramado todo él, ¡maldito cabrón! Ante todo tenía hambre, y se lo dije. Pero él siguió arrastrándome por callejones donde hablaba con el mismo tipo de negros, le daban algo en mano y seguía caminando. No hizo caso a mis súplicas de comida.
    —¡Vagabundo tacaño, agarrado infame! —le insultaba yo en ruso y en inglés, mientras le seguía. Él se reía. Entendía perfectamente que tenía hambre. Mi inglés macarrónico se entendía en todas partes casi sin tener que hacer preguntas, pero no quería comprarme comida. Estaba muy enfadado con él, estaba harto. Empezaba a amanecer.
    Al final, por lo visto acabó con sus oscuros negocios de pordiosero y pudo ocuparse de mí, o antes no me deseaba y ahora sí, pero de pronto se puso a besarme de nuevo, parecía que sus labios querían engullir los míos y a mí mismo, pero yo ya no le deseaba en absoluto.
    —¡Salido asqueroso! —le dije al tiempo que me apartaba de él—. ¡Salido asqueroso, apártate de mí, vete a la mierda, apártate, me voy a casa, agarrado, americano salido!
    Hablaba en ruso y lo que sabía en inglés, lo decía en inglés. Él se reía sin soltarme. Aproximadamente en la esquina de la calle Cuarenta y cinco y Broadway empezamos a pelearnos, en broma, pero él era fuerte y no me soltaba. Nos peleamos, reñimos y caímos con gran estrépito en la calzada. Fue al lado del número 1515 de Broadway, junto a la pared que da a la calle Cuarenta y cinco. En ese building siempre me dan el subsidio social. Y allí nos caímos, me atrajo hacia sí y se puso a besarme.
    —¡Cernícalo! —gritaba yo—. ¡Desengánchate, apártate, joder!
    Pero él no paraba de acercarse a mí con su barba y sus labios. Ya había gente que se dirigía al trabajo, poca, es cierto, y nos evitaban con recelo. Al ver a la gente me fui animando en mi faceta de actor, mientras Johnny no paraba de sobarme y provocarme, me entraron ganas al mismo tiempo de follar y de asustar a esa gente que iba al trabajo. Me acerqué a su polla…
    Se asustó un poco.
    —Pero bueno, ¿estás loco? —me preguntó—. ¿Es que eso se hace en la calle?
    No sé si se hace o no, me importaba poco, tenía ganas de llegar hasta su polla justamente ahí, en la sucia calzada de Broadway. Intenté de nuevo desabrocharle los pantalones. Las mujeres que acudían al trabajo se echaban a un lado dando un brinco, asustadas. Él se incorporó de un salto y me agarró de la mano.
    —¡Ven conmigo! —Me empujó con rabia, luego sonrió y añadió—. ¡Russian crazy!
    Me fui con él y le perdoné su tacañería y su vileza, no sé estar enfadado mucho tiempo.
    No recuerdo el edificio al que fuimos, solo que era muy lujoso por dentro y que había un doorman. Johnny me llevó de puntillas junto al portero, que estaba sentado de espaldas, nos colamos en la escalera y empezamos a subir con cuidado.
    «Si me lleva a atracar a alguien, no podía ser más oportuno —pensé con serenidad—. Aunque acabemos en la cárcel, tendré ocasión de aprender inglés y español, hacer contactos y salir de allí siendo malo y peligroso.»
    Quería saber cuál era el piso. Jadeando, no parábamos de subir. No solo había apartamentos, también algunas empresas, a juzgar por las grandes placas. De pronto las puertas desaparecieron y se abrió un espacio vacío y sin salida. Johnny se quitó la chaqueta sucia y ancha y la colocó en el suelo. Con un gesto, el hospitalario anfitrión me señaló el suelo, se sentó y empezó a quitarse la camiseta.
    —Hagamos el amor, tú querías hacer el amor. Aquí está bien, en la calle no se puede —dijo él.
    Estaba enfadado. Yo ya me había hecho mis planes, y él…
    —El sexo luego —le dije—. Quiero robbery, desvalijar un apartamento, pensaba que habíamos venido aquí a robar un piso. ¿Por qué me has engañado? —dije yo.
    —No te he engañado —dijo—. Tú querías hacer el amor.
    Bajo la ropa desmañada y polvorienta de vagabundo callejero emergió un cuerpo fantástico con un culo redondo y respingón. Con los pantalones puestos parecía culón y fofo, pero tenía una figura muy proporcionada y no le sobraba nada. En aquel espacio en el hueco de la escalera hacía calor, los dos estábamos desnudos y, aunque yo estaba muy moreno excepto en las marcas de los calzoncillos, él era tan negro que mi bronceado no importaba, era casi blanco en comparación con él. Y aunque era mucho más bajo que Chris, ese vagabundo marginado tenía una polla enorme. En cuanto le vi la polla desapareció todo mi disgusto y decepción. Por lo visto realmente era homosexual. Le agarré la polla y no exagero si digo que me la metí apresuradamente en la garganta. Era muy impetuoso, ese ansioso de Johnny, no tuve que trabajarme mucho tiempo su enorme polla. Enseguida me inundó a mí y parte de su cuerpo con una carga completa de esperma en ebullición. «Qué polla tan enorme, así debe ser, qué portento de la naturaleza», pensé yo, mientras le golpeaba en la barriga con su polla y me reía, juguetón. Él se tumbó, satisfecho.
    Luego me sentó en su pecho y empezó a besarme el miembro. Tenía unos buenos labios gruesos, la superficie, la del área labial con la que acariciaba mi juguetito delicado, era grande. Se dedicaba a lo suyo con gran maestría, poco a poco me llevó hasta el estado de éxtasis, aunque le ocupó mucho tiempo. Sinceramente, compensó con creces su tacañería económica.
    Le gustaba esa tarea, me fue chupando el miembro blando y emergieron unas oleadas dulces, suaves y muy cálidas, así eran sus labios, como olas de un mar del sur, grandes y cálidas. Me dejé llevar por aquel pasatiempo hasta tal punto que por primera vez en muchos meses me olvidé de los convencionalismos, dejé de sentirme como un actor sobre un escenario, en pocas palabras, me relajé y disfruté. Él no se cansaba. Seguía y seguía…
    Aún así, por miedo a salirme del juego y que se me bajara la polla, pues aún estaba afectado, decidí concentrarme y correrme. Evoqué a Elena follándose a alguien, para que me ayudara. Me la imaginé de una forma bastante gráfica tirándose a alguien que me resultaba odioso, pero no me sirvió de una mierda, por mucho que lo intenté. Entonces volví a la realidad y me centré en lo que estábamos haciendo con Johnny, pero por algún motivo me parecía natural y normal, y tampoco me acercó a la vía del orgasmo. Entonces recordé un cuadro o una fotografía donde se veía a una mujer de unos treinta años que se masturbaba sola. Que me perdone Johnny, pero gracias a la sensación de su coño deslizándose, a la visión casi real de la uña mal pintada de rojo del dedo meñique con la que se frotaba la parte superior de su ranura vaginal, a la manchita amarilla en medio de las bragas bajadas sobre unas botas altas de cordones, esas braguitas lamentables que parecían un harapo en aquella mujer sola en horas bajas, de pechos pequeños y con una o dos arrugas, me corrí.
    No voy a explicar en qué consistía para mí esa atracción, por qué precisamente una mujer en declive que se masturbaba me excitaba hasta el orgasmo, no lo sé, pero me corrí muy bien. Y que me perdone Johnny por tener que recurrir a esa señora, él lo hacía mejor que cualquier mujer, mejor que todas, mientras tuve mi polla en su boca me sentí tranquilo y feliz. Él, un marginado y un sucio callejero, un pordiosero, el ser más insignificante, me besaba la polla con cariño y ternura, me sonreía, se arrimaba a mí, me besaba el trasero y los hombros.
    Chris era serio, Johnny era mucho más juguetón y risueño. El resto del tiempo que pasé en aquel desván, tal vez una hora más, estuvimos riendo, haciendo volteretas, tumbados sobre su ropa y la mía, nos imaginábamos que éramos personas importantes en el tocador. «I am lord», decía él, tumbado boca arriba con arrogancia, la polla caía pesada a un lado y tenía la cara negra reluciente. «It’s my house!», decía, señalando con la mano el hueco de la escalera. Yo me partía de risa.
    —I am lord two —decía yo—. My house is all streets of New York!
    Ahora le tocaba reír a él. Luego nos peleamos con el lord…
    Teníamos que irnos. Abajo se oían voces, llamaban a las puertas. El día había empezado, podían vernos, desnudos e indefensos, y no era necesario. Quedamos en vernos al día siguiente en la esquina de la calle Cuarenta y cinco y la Octava Avenida, en el Coffee Shop. El sitio lo propuse yo, conocía bien esa cafetería, estaba enfrente de un burdel y cerca de casa de Alioshka, mi compañero de lucha, mi camarada de partido.
    Me vestí y salí primero. Él, aún desnudo, tiró de mí en el último momento pero yo, después de darle un beso, empecé a bajar. En la primera planta tomé el ascensor. Por el camino el ascensor se llenó de caballeros vestidos de traje que iban a hacer negocios. Se quedaron atónitos al ver mi cazadora blanca sucia y el rostro extraño.
    Cuando iba hacia mi hotel, el reloj electrónico de la torre IBM marcaba las siete y media. Lo último que sentí al dormirme fue el olor de la polla y el esperma de Johnny. Se me dibujó una sonrisa maliciosa en la cara, ya entre sueños.
  4. Roseanne
    Fue la primera mujer americana que me tiré. Eso es anecdótico, pero es que me la tiré precisamente el 4 de julio de 1976, el día del bicentenario de América. Recuerden este hecho simbólico, señores, y pasemos a Roseanne.
    Otra vez Kiril, siempre Kiril. Él estaba harto de su función de intérprete conmigo y con Alexandr. Teníamos que ir al Village Boys, donde habíamos decidido llevar la carta abierta al redactor del New York Times. Escribimos la carta con motivo de nuestra frustrada manifestación contra el New York Times. Kiril dijo:
    —No puedo ir, id vosotros, ¿por qué no podéis ir solos?
    —Oye, Kiril —dije yo—, es un tema serio y delicado, y con nuestro inglés torpe es una tontería ir solos. No haremos más que enredarlo todo.
    —Pues yo no puedo —dijo Kiril—, estoy ocupado. Coged a otro.
    —¿A quién? —pregunté yo.
    —Pues aunque sea a Roseanne, ya sabes, te la enseñé en la exposición en la galería rusa, una mujer un poco chalada de treinta y pico años.
    —Está bien —dije yo—, llámala, Kiril, y pídele que venga con nosotros al Village Boys.
    —No, me da miedo —replicó Kiril—. Parece que quiere follar conmigo. Mejor llámala tú, te daré su teléfono.
    —Bueno, vale —dije yo.
    La localicé por teléfono al día siguiente, y aquella misma tarde me invitó a su casa, donde estaban un amigo suyo, un profesor de historia desempleado, y su esposa. Llegué con mucha energía, necesitaba contactos de todo tipo, cualquier compañía me valía. Roseanne vivía y vive en un fantástico ático. Todas las ventanas del largo pasillo y del salón daban al río Hudson. Por el otro lado el salón tenía salida a un buen patio, en realidad era una parte de la azotea delimitada por una valla. Además de lo mencionado, en su propiedad había un dormitorio y un despacho. Al lado había otro piso de dimensiones más pequeñas que también era suyo, en alquiler. Por todo el piso corría el viento como si fuera un barco de vela, la luminosidad, la blancura, el soplo del viento y el río Hudson al otro lado de la ventana recordaban un barco de vela. Allí se respiraba bien. Lo único difícil de aquel piso era la propia Roseanne.
    Al cabo de uno o dos días volvimos a quedar y fuimos al Village Boys, llevando la carta modificada al gusto de Roseanne para quitarle nuestra fraseología política excesivamente izquierdosa y hacerla más americana. Alexandr y yo aceptamos las correcciones.
    Ya entonces percibí su enojo por tener que trabajar, imprimir, pensar, pero por aquel entonces aún se comportaba. La carta era una minucia, menos de una página, pero estuvo dándole unas vueltas terribles mientras yo observaba a sus espaldas los montones de libros de su despacho. En cambio, cuando imprimió la carta se sintió muy orgullosa de sí misma. Al ver que contraía el rostro en una sonrisa, esa sonrisa extraña, un poco degenerada, a pesar de que tenía los rasgos de la cara bonitos, Dios santo, esa mueca revelaba una deficiencia espiritual, psicológica, y al contemplar su rostro de pronto lo vi claro: ¡una esquizo!
    La historia de esa palabra viene de lejos, de mi segunda esposa loca, Anna, de la bohemia literaria y artística de Járkov, de mi atracción por las anomalías y las enfermedades.
    Me eduqué en el culto a la locura. «Esquizo», «esquiz» son abreviaturas de esquizofrénico, así llamábamos a la gente rara, y se consideraba un elogio, la más alta valoración que se podía hacer de una persona. La rareza era un estímulo. Decir de una persona que era normal significaba ofenderla. Marcábamos una distancia radical con los montones de gente «normal». ¿De dónde sacamos nosotros, unos jóvenes rusos de provincias, ese culto surrealista a la locura? Por supuesto, del arte. En aquella época alguien que no hubiera estado en un manicomio no se consideraba una persona digna. Mis antecedentes por ejemplo eran mi tentativa de suicidio en el pasado, casi en la infancia, y gracias a eso podía entrar en ese grupo. Era la mejor recomendación posible.
    Muchos de mis amigos, tanto de Járkov como luego en Moscú, recibían pensiones «de grupo», como las llamaban en la URSS. Pertenecer al primer grupo se consideraba el máximo elogio. Los esquizos del segundo grupo también estaban bien. Muchos llegaron demasiado lejos con aquel juego: era peligroso. El poeta Arkadi Besedin acabó con su vida de una manera dolorosa y brutal, el poeta Vidchenko se ahorcó, estábamos orgullosos de nosotros mismos. A lo largo del año se producían varios centenares de casos parecidos. No teníamos nada que ver con la gente sencilla, era un aburrimiento, una tristeza, en última instancia los rusos sencillos olían a muerte por infelicidad, y ahora pasaba lo mismo con los americanos.
    Comprendí que Roseanne era peculiar. De hecho, lo era y no lo era. Encajaba perfectamente en el primer grupo, pero había algo insólito en ella. Era judía, hija de padres huidos de la Alemania de Hitler, de niña soñaba con ser pianista profesional y a los once o trece años ya cobraba por tocar, pero la vida americana, las provincias americanas, el high school, donde a veces la pegaban por ser judía, la última vez cuando tenía dieciocho años, la fueron alejando según dice de su educación artística, demasiado compleja para América, del piano y de la madre violinista (la abuela también era violinista), y cambiaron su vida. Empezó a avergonzarse de su educación europea, dejó de tocar y tomó otro camino, que la llevó al ruso y a la literatura, a trabajar activamente contra la guerra de Vietnam, a ser profesora en un college de Nueva York. Luego sucedió algo que la convirtió en una esquizo del primer grupo: perdió el trabajo.
    «Soy casi rusa», dice a veces. Sin embargo, a mi juicio un ruso puede chalarse por cualquier cosa menos por perder un trabajo. Ella enloqueció. Arrastró una depresión durante casi dos años, y ahora se siente unas veces mejor y otras peor. Quería desenmascarar a la persona que, según ella, la despidió injustamente, pero el New York Times se negó a publicar su artículo sobre esa persona, y aún enloqueció más. En el tema del New York Times íbamos a la una.
    «Mis alumnos me querían mucho», dice con un suspiro. Puede ser. Es una profesora en el paro. Está claro que durante todos estos años sus padres han estado pagando ese ostentoso piso, su padre era vendedor de ropa al por mayor. Ella no considera que su padre sea rico, en cambio sus tíos sí lo son, cada vez que se ven se pelea con ellos porque dicen que su padre y su madre no saben vivir.
    Roseanne… en un momento dado le pedí que corrigiera mi carta para Alien Ginsberg. Sí, le escribí una carta en inglés, por supuesto, llena de faltas. Otro intento de hacer amigos, de crearme un entorno. Le pedí al poeta americano que quedara con un poeta ruso. También le envié mi obra Nosotros, héroe nacional traducida al inglés. A día de hoy sigo esperando una respuesta. No le importaba una mierda. Otra opción descartada, y punto. Al final Roseanne tenía razón, conocía mejor a la gente de su país, aunque fueran poetas. Enseguida criticó mi carta cuando la leyó. «La carta está escrita como si quisieras imponerle tus problemas.» De nuevo mis problemas, todo el mundo le tiene un miedo tremendo a los problemas ajenos. Alien Ginzberg también. En América la gente era fuerte, pero la falta de problemas ajenos no fomenta la felicidad…
    Aún así, le pedí que corrigiera la carta, empezó a hacerlo pero, sentada frente a la máquina de escribir, de pronto montó en cólera.
    —No pienso perder una tarde entera en esto, llevo todo el día escribiendo, trabajando —refunfuñó.
    Ya no lo soporté más.
    —Nunca volveré a pedirte nada —le dije—. Psicópata asquerosa —la insulté de corazón—, ¿has olvidado cuántas tardes me he pasado contigo traduciendo del ucraniano al ruso al pesado de tu filósofo y jurista B* sobre el que estabas escribiendo un trabajo, explicándote y repitiéndote cada palabra tres o cuatro veces, y luego encima terminé de escribir el resto del trabajo, dieciocho páginas, y te lo traduje en casa? —« Mimada, bestia desagradecida, acostumbrada a barrer para casa», pensé, mirándole la espalda. Pero eso ocurrió después de que me la tirara. El 4 de julio llegó una semana después de mi visita al Village Boys. Iba a casa de Roseanne casi todas las tardes y le traducía B* al ruso en voz alta, y ella lo traducía al momento al inglés. Siempre tenía sueño por el efecto de su medicación de antidepresivos, y a veces desconectaba.
    La primera tarde que trabajamos juntos hubo un acercamiento. Empezamos sentándonos juntos en el sofá, luego pasamos a los roces y las caricias y al final estábamos en los abrazos. A ella le encantaba analizar qué tipo de relación tendríamos, si convenía o no acostarnos.
    —Creo que es mejor que sigamos siendo amigos —dijo, mientras se apartaba de mí.
    —Oye —le dije—, si pasa, pasa, para qué pensar tanto, no hace falta complicarse.
    Su cumpleaños era el cinco de julio, creo, quizás el tres de julio. El día cuatro decidió montar una fiesta.
    —Hace tiempo que no invito a gente a casa, pero no tengo dinero, soy pobre, voy a decirles que traigan la bebida, no puedo invitar a vino y vodka. Uno de mis amigos traerá carne para hacer la barbacoa.
    El tres de julio fuimos a comprar. Ella llevaba esa especie de visillo o sarafan que llevan siempre las americanas cuando van a comprar cerca de casa. Era un día caluroso y muy soleado, compramos vino en la tienda de licores, yo compré una botella de vodka. El dependiente me tomó por un marinero ruso por la ropa blanca, de uno de esos barcos de vela que llegaban para la celebración del bicentenario de América en Nueva York y atracaban en el río Hudson. Luego compró fruta y se la escogió un latinoamericano que hacía muchos años que la conocía, y ella discutió amistosamente con él, tenía algo que ver con el tema del tabaco. O dejaron de fumar juntos, o él no aguantó y volvió a fumar, o fue ella, algo así.
    De pronto me sentí a gusto en aquel barrio, con el sol que se derramaba sobre Broadway, la verdulería estaba precisamente en Broadway, en aquel micromundo donde todos, dependientes y compradores, se conocían desde hacía años, décadas. Envidiaba un poco a Roseanne. Luego llevamos la compra a casa y los vecinos la saludaban, y me alegré de estar tan sano, tan moreno, con la camisa desabrochada y la cruz de plata con el esmalte azul descascarillado en el pecho y los ojos claros de color verde. Para mis adentros le estaba agradecido por haberme introducido en aquel mundo solo por ir con ella, con Roseanne, y aunque había pasado varias veces por aquel lugar en Broadway, nunca me había parecido tan singular y cercano cuando solo estaba de paso.
    Ese mismo día limpié su ático, era una tarea difícil porque el viento hacía entrar mucho polvo en la alfombra de hierba verde artificial, corté la carne para la barbacoa y la mariné, limpié las ventanas y me fui de allí tarde.
    Le estaba agradecido, y ella a mí, colgamos unos estúpidos farolillos floreados en todas las ventanas del ático y, después de beber whisky, estuvimos a punto de follar. Solo me contuve por travesura, había decidido tirármela precisamente el cuatro de julio. Quería esa simbología. La pobre tenía muchas ganas de follar, y soltaba gemidos lastimeros cuando la acariciaba y la abrazaba. Tal y como reconoció más adelante, es hipersensible al roce, mientras que los besos en los labios la dejaban casi indiferente. En eso nos parecíamos, para mí los labios también son la parte de mi cuerpo más insensible. Aquella tarde fue dura para ella, pero yo aguanté, me despedí y me fui diciéndole con aire provocador que haríamos el amor al día siguiente, el cuatro de julio. Ella se echó a reír.
    ¡La madre que los parió con el cuatro de julio! La reunión estaba convocada para la una pero, como ya conocía a los americanos, llegué a su casa a las dos, después de comprarle a Roseanne diez rosas rojas, con lo que le di una sincera alegría. Ya había mucha gente, entre otros algunos rusos: un escritor-profesor que ya conocéis, el que me acercó a Carol la trotskista, y su esposa Masha, el fotógrafo Seva con su mujer, hacía año o año y medio que trabajaba con el célebre submarinista Cousteau. Seva llegó con sus cámaras y fotografió los barcos que pasaban justo por debajo de las ventanas. El Krusenshtern soviético era oficialmente el más grande, el barco de vela más grande de la modernidad. «¡Pero el nuestro es el más grande!», dije, y le di un codazo al escritor-profesor.
    Dando vueltas entre la muchedumbre, después de tomarme a sorbos rápidos varias copas de vino, empecé a hacer la barbacoa junto con un tipo barbudo llamado Carl, que trajo en una cazuela cerrada sus brochetas hechas a la griega, marinadas con aceite vegetal. Carl desarrolló una actividad frenética, se puso a cortar tomates y cebolla y a colocarlo todo en brochetas. Sabía algunas palabras en ruso.
    A la gente le encanta ver cómo trabajan los demás. Se acercó una chica negra muy sonriente de Jamaica, su padre era sacerdote en su país, la chica hablaba muy bien inglés, mucho mejor que los americanos. Había muchos curiosos y gente que pasaba por al lado mientras yo, sentado con Carl, cortaba un pimiento previamente destripado, hasta que apareció un gordo alto en pantalones cortos siguiendo a Roseanne.
    —Es el dueño del hotel en el que vives —dijo.
    Se echó a reír, yo hice lo mismo, pero por dentro, al recordar lo que ella me había contado de él, pensé: «Además de nuestro lúgubre Winslow es el propietario de cuarenta y cinco edificios en Manhattan, no tiene un millón, sino mucho más. En la segunda planta de nuestro hotel, su hotel, tiene un despacho de abogados, pero no se dedica en absoluto a la práctica de la abogacía, como dicen. A la mierda…»
    El tipo de los pantalones cortos se alejó hacia la gente. «Elefante», mentalmente le adjudiqué un apodo y pensé que si por los mismos ciento treinta dólares me diera una habitación un poco más grande y espaciosa que mi celda carcelaria, viviría mejor. Pero por qué iba a hacer eso por mí, decidí. ¿Quién era yo para él?
    Roseanne dice que el elefante quiso acostarse con ella en algún momento. Siempre decía lo mismo de todos. Incluso del pequeño ruso Lelia, vestido con una camisa de opereta, o de Charles del Village Boys, Charles el enterrado en trabajo, dijo ella. No es muy normal. A lo mejor se lo parece, qué se yo. Tal vez se acostó con ese elefante y había más que querían hacerlo, pero no es cosa mía, no quiero a Roseanne, qué más me da.
    No quiero a Roseanne, lo supe casi enseguida al verle algunas actitudes histéricas, con la cabeza ida, así es la gente cuando es víctima de una crisis. No la quiero porque ella no me quiere, ella no quiere a nadie… sabía a ciencia cierta que necesitaba una persona, fuera hombre o mujer, pero que me quisiera. Por aquel entonces ya lo tenía claro, me había vuelto una persona más razonable y normal y últimamente pensaba mucho, toda mi vida había sido una búsqueda del amor, a veces una búsqueda inconsciente, otras veces consciente.
    Encontré el amor en Elena, pero ella, con su salvaje voluntad de destrucción, fuera inocente o culpable, destrozó todo lo que yo había construido. Ella es así, destruye, nunca ha construido nada, solo ha destruido. Ahora, a falta de un objetivo, se destroza a sí misma. Ahora vuelvo a buscar, es extraño, pero tal vez me queden fuerzas para un amor más.
    Me sorprendí escudriñando con la mirada el montón de hombres y mujeres con un solo interés. Era una sensación un tanto extraña, estaba sentado en el sofá de plástico de Roseanne, blando, demasiado blando, por cierto, en medio de sus plantas, charlando con sus invitados, y al mismo tiempo pensaba en mí y me buscaba una persona. Pero no había nadie.
    Había intelectuales escuálidas americanas, esas mujeres no tenían ningún misterio, no me interesaban, ni yo a ellas, incluso la loca de Roseanne, con la piel amarillenta y tensa alrededor de la sonrisa de su ancho rostro era mucho mejor que ellas. Por lo menos le interesaban las personas. No había amor, pero sí interés. Alrededor reunió a un montón de especímenes raros, y yo era uno de ellos. No me engaño: por supuesto, soy un tío raro. Las chicas secas americanas de treinta y tantos no encajaban conmigo, lo sabían todo, creo que era aburrido follar con ellas, no tenían ilusiones, ya no esperaban nada de esta vida, se limitaban a seguir con firmeza y frialdad su insulso camino. ¿Hacia dónde? Hacia ninguna parte, claro, hacia la muerte, hacia donde vamos todos. Alternaban esa mentalidad con conversaciones intelectuales a la americana. Si viera un rastro de protesta por lo menos en los ojos de una de ellas, protesta y sufrimiento, me habría acercado, pero no había nada de eso.
    Tampoco me interesaban esos fornidos sementales americanos, se decía que llevaban como mínimo tres generaciones bien alimentados. Por eso me aburrí y me alejé de nuevo, intercambié algunas bromas con los rusos en la terraza, al aire libre, en el ático, mientras Carl y yo asábamos la carne. En paralelo agarré una botella de vodka, me encanta tener una de esas botellas en las manos. Bien, aquello estaba abarrotado, con tanto jaleo Roseanne no podía imponer sus reglas tacañas germano-judío-americanas, es decir, servir raciones «decentes» de alcohol, sin dar la botella en la mano a la persona, algo que siempre me da rabia y me cabrea.
    Dejé la botella a la sombra de la olla que contenía las brochetas y seguí trabajando, charlando con Carl y su mujer y otra gente que se acercaba a la mesa, y al mismo tiempo cuando tenía ganas me daba el gusto de una ración de vodka. Empezaron a repartir las brochetas a medida que iban estando listas y yo, claro, como cocinero, comí uno de los primeros, acompañando la carne también con vodka, cuando de pronto…
    De repente Roseanne se me acercó con una mujer. Veréis, fue la primera y la última vez que la vi. Era… era china, su padre era chino, según supe después, y la madre rusa. Tenía una cara extraordinariamente luminosa, más tarde la observé, pero entonces solo me impactó la luz de su rostro, vi que era bella de la manera que se describía en los libros clásicos antiguos de China, sin avergonzarse en absoluto de los tópicos, y yo había leído bastantes clásicos chinos traducidos, «era como una flor de loto», y esa dulce sonrisa oriental jugaba en sus labios, era alegre y encantadora, abierta a todo el mundo y a mí. «Es mi mejor amiga, mi antigua room mate», dijo Roseanne.
    La room mate sonrió de una manera que me dieron ganas de abrazarla, besarla, tocarla, frotarla, y en general poseerla allí mismo y acariciarla, algo que hice aproximadamente una hora después. Siempre tengo reacciones espontáneas, a menudo me perjudica. Era la segunda vez que me pasaba en mi estancia en Nueva York. La primera fue con una actriz muy guapa, Margot, y en aquella fiesta me puse a besarla y abrazarla delante del marido, que da la casualidad de que era chino, por poco no me acuesto con ella. Llevaba un objeto desconcertante: un sombrero con una plumita, los sombreros siempre me han matado. Le susurré a Margot palabras cariñosas y diminutivos en ruso, no hay una sola lengua que tenga más palabras de este tipo, ella se ruborizó, sonrió, giró la cara y dijo con impotencia: «Esto es un escándalo, un escándalo», pero era evidente que todo aquello le gustaba, veía que me excitaba, yo no era un follador común con la polla siempre dura…
    En aquella ocasión mi esposa me separó de ella junto con alguien más. Aunque habíamos llegado a un acuerdo de vida libre, no le entusiasmó mi conducta ni mucho menos, si bien es cierto que explicaba su indignación diciendo que mi comportamiento era indecente. Elena, por supuesto, era la decencia personificada. ¿Qué tenia de indecente que me gustara una criatura de ojos color miel, con un sombrero con una pluma, y lo demostrara?
    Aquella enigmática china tuvo en mí un efecto fulminante. Todo mi comportamiento a partir de entonces aquella noche y hasta la mañana siguiente fue irracional y estuvo supeditado exclusivamente al subconsciente que, como demuestran numerosos estudios realizados sobre mí mismo, en mi caso actúa de concierto con la conciencia. Roseanne se llevó a la china para presentársela a otras personas, pero yo ya sabía qué tenía que hacer. Empecé a beber, claro, llevado por esa horrible exaltación: «¡Está aquí! ¡Ha llegado! ¡Ha aparecido!», en un momento me tomé una cantidad enorme de vodka. Recuerdo que cogí una segunda botella y me acerqué a ella. Todo lo posterior me lo contaron los demás, Roseanne y el fotógrafo Seva. Luego os digo qué me contaron, pero la noche en la que me sumergí a partir de ese momento quedó interrumpida de repente y me vi mojado, sentado en la cama del dormitorio de Roseanne.
    —¿Qué hora es? —pregunté.
    —De noche —dijo ella.
    —¿Dónde están todos?
    —Hace rato que se han ido. Te has emborrachado tanto que no te acuerdas de nada. Te hemos metido en la ducha, Carl ha intentado quitarte la borrachera, has estado en la ducha unas tres horas, pero no ha servido de nada. ¿Cómo has podido emborracharte de esa manera? He pasado mucha vergüenza por ti, incluso he llorado. Ese negro que hace amuletos y collares también estaba muy borracho, igual que tu amigo el escritor. Él y Masha se han pillado una buena. Masha gritaba cuando te llevábamos a la ducha: «¡No le toquéis, es un gran poeta ruso! ¡No le pongáis las manos encima, dejadle en paz! Que haga lo que le dé la gana. ¡Apartaos de él, canallas!» Estaba loca y borracha —terminó Roseanne, enfurecida.
    Yo sonreí maliciosamente. Masha era de las mías, estaba educada en la mejor tradición de la bohemia moscovita, sabía qué gritar. Masha era una uzbeka bautizada que aquí, en Nueva York, iba a la iglesia con diligencia, cantaba en el coro, pero que llevaba las mejores costumbres de la descarada bohemia moscovita grabadas a fuego. Sabía que si se llevaban a un amigo de un sitio, estuviera borracho o no, había que ayudarle, aunque fuera a gritos. No en vano fue sucesivamente la amante de dos celebridades moscovitas: el escultor Erast Provozvestni y el poeta Genrij Sapguir. Ambos eran famosos por sus escándalos alcohólicos, incluso peleas. Así se hacía en el mundo del que huí, allí no se consideraba una deshonra, todo hijo de vecino tenía derecho a relajarse, si podía y quería.
    Recordé que era el cuatro de julio y que tenía que tirarme a Roseanne. Me dolía la cabeza, apenas recordaba en qué había invertido tantas horas de mi tiempo, no me quedaba ni siquiera un resto oscuro de ellas, pero dejé de filosofar, tenía que tirármela o perdería el respeto hacia mí mismo. Ya intentaría luego reconstruir qué había hecho durante aquellas horas, ahora tenía que cumplir la promesa que me había hecho.
    —Ven a la cama —le dije—, te deseo.
    Mentí, claro, aunque a veces, antes y después de aquello, tuve ganas de tirármela, pero en aquel momento, cansado y borracho, era lo último que quería. Aún así, me obligué a alejarme de mi estado y sumergirme en su cuerpo, ocuparme en él.
    Recuerdo que tras superar su lánguida y escasa resistencia, la desnudé con mucho cuidado y empecé a besarla y acariciarla. Me comporté como de costumbre, como lo hacía con las mujeres: le acaricié, le hice mimos, le besé el pecho. Hay que ser justos: tenía unos pechos bonitos, pequeños y elevados tranquilamente para su edad, y eso que mi nueva amiga había pasado la treintena, pero tenía unos pechos fantásticos, ya veis, al rey lo que es del rey. Hice todo eso y luego me acosté con ella. Coloqué una pierna, luego la otra y la penetré. Me encanta acariciar el cuello, la barbilla y el pecho de una mujer. Estuve jugando con todo eso, Roseanne lo tenía todo un poco fláccido, su cuerpo vivía horas bajas, bastante bajas.
    Me agarré la polla, que de la borrachera no me obedecía demasiado, unas veces se empalmaba y otras no, se torcía y caía, y le rocé el coño con ella. De nuevo debo hacer justicia: tenía un buen coño, suave, jugoso, maduro, ya veis cuántos epítetos. Cuando introduje la polla en su coño, del roce se puso aún más caliente, cosa que le gustó tanto a mi polla como a mí, y la clavé en esa suavidad, fluidez y jugosidad. Se metió ahí, en aquel lugar misterioso. Pese a todo lo que me ha enseñado mi amarga experiencia, sigo considerándolo un lugar misterioso.
    Me la follé durante un rato, irritando y moviendo con la polla su canal cerrado, me resultaba agradable, pero mi polla, tras seis o siete horas de inconsciencia, no estaba en plena forma, mi imaginación y mi cabeza funcionaban mucho mejor que mi pobre picha.
    Me la tiré, se corrió, pero yo ni siquiera me excité de verdad. Y eso que el coño, como os digo, estaba todo lleno de mucosidad, blando, absorbía realmente mi polla. No tenía un coño histérico, como la propia Roseanne, no se enojaba, no gritaba, era el coño de una tía de treinta y tres o treinta y cinco años, un coño bueno que se contrae y se calma con dulzura. «Todos moriremos, por lo menos aquí se está caliente y hay humedad, está ardiente y tranquilo, y solo aquí uno se siente a gusto.» Eso decía su coño, y yo estaba de acuerdo con él, tan suave, regordete y endeble. No era tan bueno lo que decía Roseanne. Habría estado bien si lo hubiera dicho en inglés, pero hablaba en ruso, los viajes parciales a la URSS y sus amantes rusos daban señales de vida.
    —No puedes correrte —decía mientras follaba, jadeando un poco del ritmo sexual—. Estás demasiado nervioso, te precipitas, ¡no corras, no corras, cariño!
    La habría pegado, pero ella no habría entendido por qué. No podía explicarle que su ruso con acento tenía un efecto devastador sobre mí, como si en vez de estar en la cama estuviera en una siniestra y miserable sala del periódico para inmigrantes rusos con sus paredes empapeladas, polvo, hedor y basura. «Te has corrido», dijo ella, y con su última «i» fina me aprieta la polla con la gélida mano invisible y mi pobre picha fogosa se hunde, se marchita, ella que había sido mi orgullo y a menudo mi desgracia. No puedo, no puedo hacer nada, en absoluto… y no quiero…
    Pero bueno, me obligué a recuperar el brío, puedo hacerlo cuando es necesario, quería oír sus gemidos, gritos y lamentos. Saqué mi inútil herramienta de su interior y me deslicé hacia abajo, le abrí las piernas, saqué la lengua, convertida en herramienta imprescindible para mí, me la pasé por los labios, me relamí, y luego recorrí sus labios vaginales con ella. Su cuerpo apreció ese placer, se retorcía y se levantaba. Al principio recorrí todos los rincones y recovecos de su coño, lo necesitaba, era un experto, tenía que comprobar dónde estaba cada cosa y luego ya pasar a la acción.
    Estuve reconociendo el terreno. Me movía despacio, verificando. Me encanta el olor y el sabor de un coño. No me provoca repugnancia, me suscita amor, pero no sentía amor hacia Roseanne. Mientras proporcionaba placer a su coño, la repudiaba a ella. Mientras introducía la lengua caliente en ese canal blando que conducía al vientre y me deleitaba escuchando los suspiros silenciosos de otro animal, pensaba que algo no encajaba del todo.
    No podía ser feliz con ella, y, acostumbrado a ser feliz, pues durante los últimos cuatro años había sido completamente feliz con mi Elena, buscaba la felicidad por costumbre, sin pensar en que la mayoría de la gente vive en el mundo sin alcanzarla, hombres y mujeres, prostitutas y clientes mantienen relaciones, todo es aburrido e insoportable, y tal vez, Dios no lo quiera, no encuentre una repetición de Elena, no un duplicado, no, sino la felicidad de nuevo.
    Bueno, cuando me la tiré con la lengua no estaba pensando en todo esto, claro, me comporté como es debido, me centré en esa ocupación, en su coño, tenía la boca, la nariz y media cara cubiertas de esa mucosidad pegajosa, ese ingrediente, lo que les sale como lubricación para que entren nuestras pollas, así las hizo la naturaleza. Acaricié con las manos todos esos lugares prohibidos, suaves y sedosos, por todo su coño, alrededor de él, para crear más ambiente de mimo y placer, acompañándolo con sensaciones fuertes por el constante estímulo del canal con la lengua.
    Chicos, se corrió, y me proporcionó cierto placer con sus gemidos y exclamaciones, no muy expresivos, por cierto. ¡Pero qué diferencia tirarse a una mujer que quieres o a una que no quieres! Como el día y la noche. Y eso que era un buen coño, y todo fue bien, también tenía buenas piernas, tal vez incluso mejores que las de Elena, y el cabello, buscaba en ella sus virtudes, pero chicos, tenía como mínimo treinta y tres años, era una loca histérica y era víctima, aparte del eterno dolor del pueblo judío, de una insólita aflicción personal, y no la juzgo: yo mismo no soy del todo normal, reconozco que no la quería, chicos, ¿qué iba a hacerle?
    Resulta que el amor me había corrompido, ¿no os parece que el amor es una especie de deformación sexual, una anomalía extraña que tal vez debería figurar en los manuales médicos por delante del sadismo y el masoquismo? Estoy tan solo en esta deformación que me cuesta encontrar pareja.
    Se corrió, luego me la tiré con la polla, luego no, y luego me la follé otra vez. De toda esa noche solo quedó una sensación de un cierto alboroto carnal. Bueno, no sé, cada uno es como es, a lo mejor a alguien le parecería bien. Antes de mí, durante y después Roseanne tenía admiradores, hombres con una pinta bastante decente y a los que llegué a conocer que realmente cortejaban a Roseanne.
    Al final nos quedamos inmóviles, estirados sobre las sábanas amarillas, sumidos en un mal sueño matutino, engorroso y breve. ¿Sabéis a qué hora se despertó? ¡Adivinadlo! A las seis. Horrible. Se despertó y se quedó acostada, estaba enfadada, luego se levantó.
    —¿Sabes lo que hiciste ayer? —me preguntó, y yo tenía, además de un sueño que me moría, un curioso sentido del humor, nunca pensé que pudiera darse esa combinación: humor y sueño.
    —No recuerdo nada —dije, arropándome con la sábana amarilla de flores rojas, abrigándome un poquito, en realidad tapándome solo la polla, estaba dispuesto a enseñar una vez más mi precioso cuerpo en una postura bonita incluso a ella. Me encantaba mi cuerpo, qué queréis que os diga.
    —¿No te acuerdas de que le diste un abrazo a Lilia? — dijo con cierto patetismo. Resulta que la china se llamaba Lilia. Realmente era como una flor.
    —¡Le di un abrazo a Lilia! —dije con voz de sorpresa—. ¿Pero qué dices, Roseanne, de verdad? ¡Dios mío, cómo pude emborracharme de esa manera! ¿Sabes? A veces en la vida he tenido unas borracheras patológicas terribles, varias veces. Una vez, cuando acompañaba a un amigo mío que se fue de la URSS, Oleg Chicovan, me bebí dos copas de vino seco y no me recuperé hasta el día siguiente, incluso me frotaron con nieve, pero no recuperaba la conciencia. Otra vez me emborraché tanto que no sé por qué me acerqué a la mujer de mi mejor amigo, le puse la mano debajo de la falda —continué con voz lastimera de mártir y sufridor— y perdí a mi amigo para siempre.
    De todo lo dicho, lo primero era cierto, lo segundo a medias, le puse la mano debajo de la falda a una señora nada más conocerla, pero a esa señora le gustaban mucho los poetas y a su marido le importaba un bledo quién trepara por debajo de la falda, de hecho no estaba con ella, pero sí mi amigo Dima, un poeta guapo que en aquella época era su amante y se enfadó conmigo, aunque no por mucho tiempo.
    —No te enfades conmigo, Roseanne —le dije en tono melodramático—, es mi desgracia, mi enfermedad, en mi familia todos eran alcohólicos —le dije sin titubear—. Mi tío era médico y murió bajo un tren. No te lo he contado porque me da vergüenza, pero ahora necesito decírtelo. Aguanto, pero es mi enfermedad hereditaria, y a veces no tengo fuerzas para combatirla. —La solemnidad del momento y esa especie de secreto desvelado hizo que me incorporara y me sentara en la cama.
    Mi descarada mentira la impresionó. Me observó con atención, suspiró y dijo:
    —Sí, ya pensaba que algo no iba bien, pero creía que estabas consciente y querías vengarte de mí por no poder prestarte atención. Vi que estabas nervioso, pero era una fiesta, había mucha gente, uno pregunta dónde está la sal, otro la pimienta, otro lo de más allá, me han dejado agotada. Lilia debería haberse ido —continuó—, todo el mundo vio que te abrazabas a ella, eso no está bien, no sé por qué los rusos siempre os emborracháis de esa manera. Había gente interesante, como ese poeta George, querían leer versos, y luego tenían pensado que leyeras tú. ¿Y por qué se emborrachó tu amigo? —dijo—. ¿Por qué los rusos siempre os emborracháis? Masha se pilló una buena. En un rincón había un poeta ruso borracho, en otro un escritor ruso borracho.
    —Ya te he contado por qué me emborraché —le dije con tristeza—. Pasa poco, solo cuando me pongo muy nervioso. Cuando estoy tranquilo todo es normal. A veces no tengo fuerzas para luchar contra mi enfermedad —concluí, con una expresión humilde y severa—. Perdóname, Roseanne —añadí.
    Luego Seva, el fotógrafo abstemio, me contó que la china era magnífica, que no me equivocaba, y que él, Seva, estando con su mujer, pensó en acercarse a ella, pero cuando pretendía hacerlo vio que yo ya estaba encima, daos cuenta, tumbado encima, besándola, abrazándola y diciéndole algo, por poco no me la tiro ahí delante de todos.
    —¿Y cómo reaccionó ella? —le pregunté a Seva.
    —Estaba tumbada, se sentía incómoda, claro, había un montón de gente alrededor, pero era evidente que le resultaba agradable, soltaba una risilla. La echó Roseanne, que incluso lloraba de rabia. Si tienes una amiga así, no la invites —concluyó Seva filosóficamente.
    Seva me lo contó todo después, pero por la mañana ya sabía qué había hecho con Lilia. Me conocía muy bien.
    —Claro, te pusiste nervioso porque no te prestaba atención —se autoconvencía Roseanne. Empecé a sentir un sopor que parecía querer dar paso a un dulce sueño. ¿Creéis que me dormí? Y una mierda. No me dejó dormir. Ese amor por el orden tan alemán la impulsó a limpiar el piso. Ya que estaba yo allí, había que aprovecharlo. Más tarde me sorprendió su capacidad para utilizarme, a mí y por lo visto a todo el mundo. Cuando me iba de su casa después de hacer el amor, aunque fueran las dos de la madrugada, no se olvidaba de darme una bolsa de basura para tirar al contenedor de camino. Si iba a su casa a tomar el sol, se inventaba algún trabajo para mí: ayudarle a plantar unas flores u otra tarea urgente que aparecía de repente…
    Aquella mañana no me dejó dormir. En vez de tumbarnos, dormir, despertarnos y amarnos, pues a fin de cuentas aquella noche éramos amantes, me vi forzado a arrastrarme hasta el salón tambaleándome de cansancio, casi sujetándome los párpados con las manos para que no se me cerraran los ojos. Luego, como dos moscas somnolientas, ella una mosca mala e irritada, yo una mosca desgraciada sometida a la voluntad ajena, desayunamos en el mirador.
    Había poca cantidad de todo, pero bien servido. Habría preferido comer sin platos pero con mayor abundancia. Rezongó no sé qué y estuvo a punto de romper a llorar, no paraba de ir a por el teléfono, se pasaba un buen rato hablando sin olvidarse de contar en ningún caso que el día anterior había celebrado una fiesta en casa y que los rusos estaban muy borrachos.
    Bebí vino de una jarra grande, me dolía la cabeza del sol. Sobre la mesa había un tomate abierto de color rojo claro, soplaba una brisa suave, aparentemente lo tenía todo para estar de buen humor y feliz, si no fuera por Roseanne. Yo bebía vino, habían traído tanto que había reservas para un mes, dijo a todo el mundo que trajera vino y todos obedecieron.
    Bebí tres copas de Chablis californiano de una botella, era una mierda, tengo que decirlo, habría preferido una botella de Beaujolais, vi que a Roseanne le quedaban cinco o siente botellas de buen vino, para qué iba a beber una mierda si podía tomar vino bueno. Pero no me lo ofreció, y no quería empezar una conversación sobre vino con ella, enfadada como estaba, no lo entendería. Así que siempre me daba vino malo, aunque había buen vino al lado, francés o español.
    Y eso que en general era buena anfitriona, a excepción del vino malo. Ella siempre me preguntaba: «¿Qué, el vino es malo?», pero no podía evitarlo, siempre me daba el malo. Pobrecita, a qué martirios espirituales la sometía. A veces me entraban ganas de gritar: «¡Sí, el vino es malo, malo, una mierda! ¡Dame ese, Roseanne, el español! ¡Entiendo de vinos, Roseanne, te quejas de no tener mejor vino y no lo compras, pero si te lo traen, dámelo! ¡Tráelo, y no una copita, la botella!»
    Bueno, nunca lo dije así, a mí me educaron mi madre y mi padre, que era comunista e instructor político y trabajaba en las filas chequistas del Ministerio de Interior, mis padres me educaron como pudieron: «Édichka, no digas a la gente a la cara sus defectos, compadécete de ellos, no les ofendas. ¡Quien tiene una debilidad ya tiene suficiente ofensa!»
    No sentía rabia hacia ella, hacia Roseanne. ¿Acaso era culpa suya que yo la considerara una avara? Había nacido en un mundo donde no se educa desde la infancia a juerguistas irreflexivos y desfalcadores. Y lo que a nosotros, bárbaros georgianos y rusos, nos parecía adecuado (los gestos, el efectismo y la generosidad extrema, como en el chiste de un georgiano que le deja el abrigo de propina a un portero y en vez de decirle «quédate con el cambio» dice «quédate con el abrigo») es poco probable que lo fuera para una chica de familia judía emigrada de Alemania.
    «Has venido a otro país, ten paciencia, aquí tienen otras costumbres», me decía con tristeza, mirando cómo bajaba el vino en la copa con cada sorbo. Por suerte, mientras ella se acercaba al teléfono conseguí vaciar dos veces la copa, y en la botella entera apenas se notaba.
    «¿Entenderá que la veo así, desde un punto de vista tan inesperado? —pensaba yo—. Debería preverlo también, al fin y al cabo ha estado en Rusia.»
    Bueno, a lo mejor es muy ruin, pero esa era la imagen que tenía de ella. Yo era una persona abierta, abierta a la gente, me paraba en la calle en cuanto me dirigían la palabra, buscaba el amor, quería, podía dar amor, pero con alguien así era incapaz. Veía todo eso, no me iba a sacar de encima esos pequeños disgustos. Incluso cuando me la tiraba era incapaz de olvidar esas nimiedades, no podía separar su coño dulce de esa tacañería, desde mi punto de vista, solo desde mi punto de vista, Dios. Para vosotros a lo mejor es normal.
    No me puse pesado con ella, pero si tenía un vino bueno y éramos amantes, no sé por qué no me lo daba, no podía entenderlo. Además, yo no me quejaba de nada. ¡Pero si yo, siendo pobre, ofrecía unos banquetes a mis invitados en Rusia que madre mía! Para celebrar mi cumpleaños, por ejemplo, iba con los amigos al mercado y compraba medio saco de carne, señores, y llamaba a cuarenta personas, compraba alcohol para que cada uno tuviera suficiente según los cálculos rusos: una botella de vodka por chico, y una botella de vino por chica. Me gastaba todo el dinero, hasta el último copec, a veces pedía prestado, no tenía cuentas en el banco, me interesaba poco el mañana. «Cada día trae su propio afán», como decía mi abuela Vera.
    Mis invitados comían, bebían y a menudo discutían con el anfitrión por la borrachera. Ahora soy una porquería, un miserable en otro país, y aún así siempre hay alguien que me da de comer. No soy el único bonachón. Édik Brutt, el vecino, da de comer a todo el mundo si tiene algo. Lo primero es dar de comer y de beber a la persona. Entonces eres su amigo.
    En general, comprendía que éramos de mundos distintos, pero no podía evitarlo. Le exigía a Roseanne que respetara las costumbres de la hospitalidad bárbara, pero ella era una dama civilizada.
    Aquel día, después del desayuno, me quedé hecho polvo, me senté y me desmoroné con pereza sobre la silla. Naturalmente, no tenía ganas de ponerle un producto de limpieza al suelo, sucio de las pisadas de la víspera, sino que quería contemplar sin pestañear el río Hudson, el agua, dejar que el viento me diera en la frente y quedarme dormido con las manos sobre la mesa, en aquel piso tan luminoso, y que Roseanne fuera Elena de joven, como era antes.
    Nada de dormir. Aquella chica tuvo un ataque de histeria cuyo resultado fue una amenaza formulada en tono sombrío, casi con lágrimas en los ojos, tajante: o limpiaba el piso, o me iba a casa. Ya me había dicho que si quería dormir podía ir a su dormitorio, pero lo dijo en un tono que no me daba opción a hacerlo. No tenía ganas de discutir con ella, además, yo seguía sintiéndome culpable, sabía que en mi conducta en la bicentennial celebration había mucho de canallada rusa. La había, lo reconozco. Cuando soy culpable lo reconozco, pero sigo siendo el desgraciado de Édichka, poneos en mi lugar.
    Limpié el suelo, pasé la aspiradora a ese pasillo fantástico que tenía, el más luminoso del mundo, al dormitorio y todas las habitaciones. Lo hice todo a costa de mi salud. Fue el acto de mayor violencia sobre mí mismo de mi vida, la resaca más incómoda. De no ser por el vino de mierda que me bebí durante sus pesadas y largas conversaciones telefónicas, no habría superado la limpieza, me habría caído redondo. Casi volando por encima de mí mismo, gracias a Roseanne elevado por encima de mi resaca, de pronto descubrí que más allá de los límites de las fuerzas hay más fuerzas.
    Al cabo de un rato le visitaron los vecinos, que vivían dos plantas más abajo que ella, una mezcla de judíos e indios, no sé de qué tribu eran. «Igual que los rusos, sufren una enfermedad nacional, ¡el alcohol! —soltó Roseanne en ruso dirigiéndose a mí—. ¡El padre de ella es alcohólico!»
    La explotadora se animó tras mi heroica hazaña, parecía satisfecha. Lo único que no entendía era por qué no limpiaba ella el piso y dejaba de joder por teléfono o deambular con algo en la mano, ¿por qué tenía que limpiarle el piso Édichka, un perceptor del subsidio social con una resaca de muerte? Quién sabe, aún hoy sigo sin entenderlo. Hacía unos seis días que nos conocíamos, no más. A lo mejor consideraba que era culpable ante ella y por eso debía compensar el vino con aquella carga laboral. ¿Pero de qué era culpable? Ni siquiera le dije que la quería, no me salían las palabras.
    Nos sentamos en el balcón, mejor dicho, en su penthouse, y le preguntó a esa gente si comería salchichas y si yo comería salchichas. Le dije que sí. ¿Cuántas?, me preguntó. ¿Dos, tres? No dijo «cuatro o cinco». Le dije que tres. Podría haberle dicho que ninguna, pero el ser humano es débil, tenía hambre, no me contuve y dije que tres. «¡Come tanto!», les dijo como si fuera broma. Y eso que Édichka, orgulloso y con un amor propio enfermizo, solo comía en casa de Roseanne cuando había invitados. Cuando estábamos solos siempre me negaba a comer, me sentía incómodo por ella, no quería hacerle pasar un apuro. Además, su comida no me saciaba, no podía decir que no tenía suficiente con dos o incluso tres salchichas porque era obvio que a su juicio eran el colmo de la glotonería, aunque para mí no lo fuera. Dejé de comer en su casa, y ella ya no me lo ofrece.
    Todas estas observaciones sobre Roseanne me resultan extremadamente interesantes. Gracias a ella conocí algunos de los rasgos del carácter de la mujer occidental, aunque no expresados con mucha claridad. Ni que decir tiene que la estudié con especial atención, al principio pensé que con determinadas concesiones incluso podía conseguir que me gustara un poco. Para conseguirlo me imaginé que era una desgraciada y empecé a compadecerla. No me duró mucho la ilusión de su desgracia. Era una esquizo, sí, pero era una esquizo exigente y pragmática.
    Aquel día, bajo el sol envolvente, les leyó a la pareja de visita mi libro Nosotros, héroe nacional en inglés, aunque el manuscrito estaba formado por relatos y se podía leer de un tirón. Ya hacía tiempo que tenía el libro y, a juzgar por el interés que mostraba, era la primera vez que lo leía. La escuché con una expresión entre indiferente e irónica en el rostro, pero por dentro estaba muy enfadado. ¿Cómo podía tener esa falta de curiosidad?, pensaba. Porque yo le interesaba, a veces me llamaba dos o tres veces al día, me invitaba a su casa, al final follaba y quería follar conmigo hasta que lo corté al poco tiempo por la evidente falta de necesidad de hacer eso con ella. Y ella no encontraba tiempo para leer mi libro. Ahí estaba todo, en eso se resumía el tranquilo misterio de aquella mujer: Roseanne me necesitaba, como a otros en este mundo, solo en la medida en que pudiera serle útil. No podía concederme ni la más mínima parte de su tiempo, ni siquiera los treinta o cuarenta minutos que requería la lectura de mi libro. No me puedo creer que no le interese lo que escribe ese ruso (o japonés, chino, indio) al que se está tirando.
    No, no le importaba una mierda. Todo el mundo quiere ser amado. Todo el mundo, desde los vagabundos callejeros que pasan la noche en un banco hasta el propietario de una enorme fortuna. Y nadie quiere amar. Es cierto que yo siento un amor inútil hacia una mujer a la que no necesito, Elena. Pero, a decir verdad, hasta yo sospecho de mí mismo a veces. Si no fuera ahora mismo un miserable perceptor del subsidio y mañana, supongamos, tuviera un o una amante rica que de pronto me quisiera, a lo mejor en esas nuevas circunstancias de amor y riqueza olvidaría a Elena. No enseguida, por Dios, pero poco a poco, me olvidaría de ella, ¿no? Pero no tuve ocasión de confirmar mis sospechas, y no la tendría. El destino solo ofrece una solución.
    A veces Roseanne era bastante atenta, siempre que se miraba en el espejo para verse con un vestido desaparecían las muecas. Durante casi todo el tiempo restante lucía un gesto nervioso en el rostro, una especie de tic que simplemente la desfiguraba. Ya he dicho que me encantaba quedarme sentado en silencio en la mesa de su salón junto a la larga pared de cristal, todas las ventanas del pasillo y del salón daban al río Hudson. Oscurecía, la brisa soplaba en la cara, se encendían las luces de Nueva Jersey en la otra orilla y aquella soledad absoluta provocaba una sensación muy rara en el pecho. Aunque Roseanne dijera algo, a veces sobre lo amigos que éramos y lo contenta que estaba con nuestra amistad, o se quejaba porque me olvidaba de que era su amigo… yo apenas la escuchaba, miraba el agua y tenía relaciones íntimas con el viento.
    Pasados unos diez días del cuatro de julio me la volví a tirar y tuve más éxito, pero era como si me avergonzara por no cumplir sus expectativas, por no follármela. No como es debido, por así decirlo. Me la tiré, y naturalmente me quedé tumbado en su cama, ella tenía sueño por la medicación pero aún se movía.
    De pronto recordé un cuento de Slava-David sobre una chica de Nueva York que lo echó histérica después de una noche de sexo ardiente porque no podía dormir con hombres, ya veis, no estaba acostumbrada. El sexo era el sexo, pero el sueño debía ser estéril, profundo y tranquilo.
    Al recordarlo, y respetando la libertad individual, pues al fin y al cabo no estaba en la URSS, le dije a Roseanne, que se estaba durmiendo y daba vueltas, si quería quedarse sola, que aunque fuera tarde podía irme a casa tranquilamente. La intención oculta era librarme de la mañana, de esa forma de saltar de la cama a las seis y del ambiente histérico matutino.
    Pero en eso estuvo a la altura. Sí, no estaba acostumbrada a dormir con alguien en la misma cama, llevaba toda la vida durmiendo sola, pero ya era tarde y tendría que esperar mucho rato el metro, era mejor que me quedara.
    Empecé a compadecer sinceramente a Roseanne por seguir con su vida así, con ese folleteo discontinuo, follaba bastante, creo, pero nunca había experimentado la increíble felicidad de dormir con un ser querido, hechos un ovillo, sentir en plena noche la respiración somnolienta de otro animal en el hombro. Incluso cuando ya no hacíamos el amor con Elena pero dormíamos juntos, a veces me abrazaba en sueños y yo, desvelado, me quedaba aquí tumbado toda la noche, conteniendo la respiración, con miedo a moverme para que no desapareciera esa mano pequeña, que no se fuera. Me caían lágrimas de los ojos, y no era por puta debilidad, sino por amor. Ay, pobre loca de Roseanne. Me daba pena.
    Llegó la mañana. Era el pálido amanecer de un día nublado en el dormitorio, y mostré ganas de follarme a Roseanne por detrás, colocándola a cuatro patas. Mientras le apretaba el culo pensaba: «Dios santo, qué aburrido es todo esto, así, sin amor, la mañana es aburrida, el amanecer gris, todo carece de interés», y se me bajó la polla.
    En su casa se reunía gente decrépita. Una vez llegó un tipo que sufría una enfermedad venérea incurable. Se le pasó durante un tiempo, pero luego apareció de nuevo. Nunca había oído hablar de un caso así, ahora tenía sentado delante de mí a un ejemplar vivo, y Roseanne, como buena guía turística, me contó los detalles de su enfermedad y que se acababa de separar de su mujer. Pese a que mis propios asuntos eran mediocres, la ironía estaba arraigada tan profundamente en mí que solté una carcajada por dentro al contemplar el trío que formábamos. Un crítico musical, largo y rubio, esa escoria enferma, yo, un enfermo de amor, y ella, que también tenía su enfermedad. Los tres enfermos fueron al cine, y luego a un restaurante donde, a pesar de tener hambre, no comí y me dediqué a beber una copa de vino rosado. Pagó el «venéreo» y tuve que agradecérselo. «Gracias, porque no tenía dinero», le dije. Así me lo dijo Roseanne: «Dale las gracias.» Y le di las gracias.
    Poco a poco llegué a la conclusión de que no la necesitaba para una mierda. Seguramente mantenía mi relación con ella para sentirme partícipe de alguna manera en la vida americana, ver por lo menos a esa gente, eso me tranquilizaba. No es cierto que la tratara mal, la trataba bien, pero aquella mañana pensé que quería a una chica joven, ingenua, enternecedora y guapa, y no un monstruo ya formado. Pero la vida no me ofrecía a nadie así, en total contaba con dos o tres personas que me sirvieran de entrada al mundo y si quería encontrar a una chica o un chico así, ya he dicho que a estas alturas me daba igual, primero tenía que conocerlos.
    ¿Dónde? Por lo visto los Glickerman me rehuían por haber intentado asfixiar a Elena. De una persona así podía esperarse cualquier cosa, pensaban. Durante la primavera llamé a Tatiana unas cinco veces para vernos, pero siempre aplazaba mi visita con alguna excusa, estaba claro que no me iba a recibir. ¡Para qué! Hablaba mal, no atraería a nadie con mi conversación, para qué iba a invitarme a sus fiestas. Un perceptor del subsidio tenía que relacionarse con sus iguales, y no escalar en la sociedad de artistas y pintores, no ocupar el salón de los Glickerman, ni codearse con Avedon y Dalí. Dejé de llamarles.
    Otros amigos míos tampoco me tenían en gran estima después de asfixiar a Elena. El bárbaro y canalla de Édichka en realidad era un cero a la izquierda en este mundo, o sea que, como veis, no tenía de dónde sacar los amigos que me correspondían y me ahogaba sin un círculo social, por eso no rompía con Roseanne. Yo también era prudente, en la medida de mis posibilidades.
    Digo «era», pero es lo mismo que «soy». Esa etapa no ha terminado, hoy todavía sigo en ella. Esta etapa de mi vida se caracteriza por una costumbre, una expresión nueva e inconsciente, completamente inconsciente. A menudo, cuando estaba en mi habitación o en la calle de noche, me sorprendía pronunciando con rabia la misma frase, una y otra vez, a veces en voz alta, otras para mis adentros o en un susurro: «¡A la mierda todo el mundo!» Suena bien, ¿eh? «¡A la mierda todo el mundo!» Bien, muy bien. Eso por lo que respecta al mundo. ¿Qué diríais vosotros si estuvieras en mi lugar, eh?
    Cuando era feliz casi no me daba cuenta de que en el mundo hubiera tanta gente infeliz. Ahora ha aparecido una cantidad enorme de gente así. Una vez fuimos con Roseanne a dar de comer al gato de alguien en un piso vacío.
    —Aquí vive una amiga mía, la ha dejado su marido —me dijo Roseanne—, es un abogado rico de mucho éxito. Han vivido juntos durante diez años, se casaron cuando apenas eran unos niños y ahora él la ha dejado. Ella tiene veintinueve años, le ha dado los mejores años de su vida, sufre una depresión tremenda.
    Era una buena vivienda, grande, en muchos aspectos un piso estándar con un único ser vivo: un gato un tanto diabólico.
    A pesar de que era un piso lujoso mientras que el mío de Lexington, donde ocurrieron todas las desgracias, era pobre y sucio, ambos tenían mucho en común. Una especie de sombra se cernía sobre todos los objetos, incluso en el aire se percibía una sombra, y también había un animal que medio sentía la tragedia, como en Lexington. Los señores gatos y perros tienen ese sentido muy desarrollado, sienten la presencia del diablo mejor que nosotros, porque el diablo también es animal en muchos aspectos, lo reconocen, se meten en los rincones, aúllan, corretean. En aquella época nuestro gato soltaba unos maullidos horribles.
    Al cabo de un mes o más después de la visita al piso vi por casualidad a la esposa abandonada en casa de Elena. Estaba muy flaca, pesaba cuarenta y cinco kilos, era alta y tenía las rodillas salidas. Acababa de sufrir un aborto y Roseanne dijo, con un punto de esa alegría maliciosa tan femenina, que «tiene un aspecto horrible», pero era una tontería, a mi me pareció mona, diría que incluso guapa. Me gustó, habría tenido relaciones sexuales con ella con mucho más placer que con Roseanne, pero era imposible. Roseanne jamás me lo permitiría, cuando llegué yo dejó muy desplazada a Francis, así se llamaba la pobre, y me dijo en ruso con todo descaro que estaba harta de ella, que Francis se había pasado ya dos horas hablando de su desgracia, contándole que ella quería tener el niño para guardar un recuerdo del marido pero luego decidió abortar, y cómo ocurrió todo. Miré a Francis: era de la misma altura que Elena pero aún más delgada, tenía las manos muy finas y los dedos muy largos, el cabello casi rubio pero con un toque pelirrojo y una sonrisa encantadora. Me daba mucha pena, me daban ganas de besarla, acariciarle la cabeza, cuidarla, atenderla.
    Quién sabe, Roseanne dijo después que, a pesar de su tristeza, su amiga ya tenía ganas de buscarse un marido rico. Ya ves, rico, subrayó Roseanne, no como yo. Por lo visto Roseanne estaba muy orgullosa de su falta de pragmatismo. A saber cómo era esa Francis, pero me gustaba, podríamos tener una relación, por qué no, aunque probablemente de cerca no sería tan interesante y empezaría a irritarme por algo. Pero no creo que fuera como Roseanne, que ya me irritaba por todo.
    Estaba trabajando en una tesis, escribía sobre el sociólogo y jurista ucraniano B***. Mi opinión era y es que ese tipo de tesis no interesan a nadie más que a aquellos que las defienden, y así se lo dije a Roseanne sin tapujos desde los primeros días que nos conocimos, por lo que se sintió muy ofendida. Estaba obsesionada con su tesis, pero la hacía despacio y, a mi juicio, se dedicaba más a joder por teléfono que a escribir la tesis. Aún así, siempre hablaba de su trabajo, mencionaba que estaba trabajando y quien no la conociera podría pensar que era una persona muy ocupada. En general, después de vivir aquí, estoy convencido de que en este país la gente no suele trabajar ni más ni menos que en Rusia, aunque les encanta hablar de su trabajo y de lo mucho que trabajan. En la URSS es al revés: la nación se considera tradicionalmente poco seria, pero en realidad muchos curran mucho más y con mejores resultados que estos señores americanos. A lo mejor estoy siendo injusto, por supuesto que lo soy, es que no quiero ser justo, ya se lo dije a Roseanne, le dije que a vosotros, los americanos, os encanta meter las narices en vuestro trabajo y vuestras ocupaciones. Roseanne se enfadó en nombre del pueblo americano y de su tesis, pero era así.
    Si yo durante la mañana, de ocho a doce o hasta la una del mediodía, escribía entre cinco y diez páginas de media, ella apenas sacaba dos, según decía. Yo escribía mis artículos para Russkoe Dielo, cuando trabajaba ahí, en dos o tres horas, y durante medio año publiqué más de veinte. Ella hasta ahora, y ya es otoño, no ha sido capaz de escribir el artículo que le había pedido ese Charlie de Village Boys sobre nuestra carta abierta con Alexandr para el redactor del New York Times. Hay que hacerlo bien, dice, no hay que precipitarse, pero no hace nada. Y eso que los dos estamos igual de enfermos, yo más, si me lo permitís.
    Dejé de tener relaciones sexuales con ella, no sé cómo le sentó, no dejó de llamarme, no, me considera su amigo, y me resulta incómodo decirle que no es así. No tengo a nadie, no puedo dar media vuelta, mandarla al cuerno y luego irme. Además, empiezo a pensar que es la única persona que me necesita para algo. Ya ha ocurrido varias veces que me llame en momentos muy duros para mí, lo que me faltaba, una loca, ella misma lo dice: «Soy una paranoica.» De la pared de su despacho cuelga una máxima de Bakunin: «Seguiré siendo una persona imposible hasta que todas las personas posibles dejen de serlo.» Esa frase del cartel era un vestigio de su agitada juventud, de su participación en la lucha contra la guerra del Vietnam, de sus clases en el colegio, de los mítines de estudiantes y de los pequeños periódicos de izquierdas.
    Por suerte era realmente una persona imposible en este mundo, aunque en cierta medida por aquel entonces yo también era una persona imposible, ¿o no? Pues sí, yo era una persona extraordinariamente imposible. Tenía un carácter imposible incluso allí, en el país que en su momento había dado la bienvenida a Bakunin, mi inadaptación al sistema era aún más evidente, más aguda y más aborrecible que la suya.
    ¡Bah, su puta madre! El caso es que Roseanne tenía invitados en casa. Me pidió que fuera un poco más tarde, como si pasara por casualidad. Todo el grupo estaba en la terraza cuando entré. Estaba su nuevo amante Joe, un amigo suyo, un fotógrafo fanfarrón casado, y un alemán a quien Roseanne, que hablaba alemán con fluidez porque era la lengua de su infancia, había recogido en la calle.
    Joe era un tío de aspecto vulgar con camisa roja. Hablaba muy rápido y con cierta brusquedad. Pensé que a lo mejor había estado en la cárcel y había hecho mella en él. En la URSS había observado lo mismo en el caso de Daniel, probablemente habréis oído hablar del proceso de Daniel y Siniavski.[10] Un día estuve observando a Daniel borracho. Tras pasar seis años en la cárcel, cuando bebía parecía un delincuente borracho. No porque tuviera mala conducta, no, solo estaba borracho, no insultaba a nadie, no molestaba a nadie, pero la cara, las maneras, cómo gesticulaba, todos los pliegues de su cuerpo lo convertían en un delincuente borracho. Joe estaba igual aquella noche: me pareció un delincuente borracho. Resultó ser que era cierto: al cabo de un tiempo me llamó Roseanne y me contó que Joe le había reconocido que había estado en la cárcel por tráfico de drugs, drogas. Me sentí orgulloso de mi sagacidad, aunque en todo el mundo rigen las mismas leyes y no es de extrañar que yo, que ya tenía treinta años, las conociera.
    Roseanne follaba con Joe. Si eso me produjera aunque fuera una pizca de insatisfacción… una mierda, me alegraba por ella, que alguien se la tirara. Está bien que folle, ¿por qué no? Ahora se había cansado de Joe y había roto con él, no quería salir de weekend con él. «Me va a poner nerviosa», así lo dijo. No quiere ponerse nerviosa, le importan una mierda los problemas ajenos. Además, bebe todo el tiempo. Es escultor, ese Joe, a lo mejor algún día veré sus esculturas, tenía en la cabeza algunos proyectos bastante dementes de exposición de sus diapositivas en la superficie del World Trade Center en el Downtown, no sé en cuál de las dos torres.
    No me molestaban en absoluto, escuchaba atentamente la conversación, pero no me interesaba su compañía. No discutían de nada, no se exaltaban por nada, evitaban los puntos controvertidos, se reían sin causa aparente, toda la conversación estaba compuesta de pequeñas anécdotas, de partículas minúsculas, situaciones o palabras graciosas. Me resulta difícil decir si solo eran ellos, los «americanos», los que me parecían poco interesantes, o si había perdido el interés por la gente, en general a Édichka no le parecía interesante esa gente que solo vive para sí misma, habla sobre sí misma, gira sobre sí misma. Los rusos aún me interesan menos que los americanos. Estoy en una situación malísima, fatal.
    Roseanne era clara para mí como el día, tan bien definida que me irrita. Como veis, ni siquiera puedo utilizarla como mujer, ni siquiera me puedo obligar a hacerlo.
    A veces me enorgullezco de mi estado de satisfacción y de poder estar tranquilamente sin hacer uso de un coño dulce. Es una circunstancia fruto de mi tragedia, claro, que me separa de los que intentan atraerme hacia sí, de los que se quieren a sí mismos y viven para sí mismos. Si supiera que Roseanne me necesita, que puedo salvarla, ayudarla, convertirla en otra persona, entregaría mi ser, ahora mismo me da igual dónde acabar, me entregaría de pleno. Pero ya no la ayudo, nadie la ayuda.
    Nos iremos distanciando hasta convertirnos en conocidos casuales que se encuentran unas cuantas veces en sus sábanas amarillas. Édichka solo se llevó la brisa suave del río Hudson, las luces de Nueva Jersey en la otra orilla y la pieza de Debussy que tocaba.
  5. Leopold Senghor y Benjamin
    Fue durante la época de Roseanne.
    Por la mañana caminaba por Park Avenue y contaba losas. Ciento siete, ciento ocho, ciento nueve… vaya mierda, pensaba yo, apático, todo el mundo hace su vida, se aparea (miré de reojo el choque de dos coches en la esquina)… vive, y ella vive y se aísla en alguna habitación, y copula con hombres, colocando sus piernas, tan dulces, alrededor de sus piernas peludas… viven… las ideas corrían con indolencia, luego desaparecían del todo.
    No me venía nada más a la cabeza que algunas ideas sobre los huecos de la acera, bien ejecutados y recubiertos con un fino acero cincelado. El símbolo de la civilización americana: ese hierro brillante y cincelado.
    Las fuentes no funcionan. Hay una persona que lee el periódico sentada. Mañana de weekend. Qué pereza. Y yo ya he salido y he enviado una carta a mi editorial de París. Édichka, capullo, la última escoria de las aceras de Nueva York, ¿tienes editorial? Sí. Publicará mi «héroe nacional» en ruso. Es una gran obra, un monumento al gran error ruso. ¿Cómo, Édichka, de verdad el editor publicará tu libro? No, por desgracia no en forma de libro, mi obra saldrá en alguna antología… las antologías… eso es lo peor…
    Ahí está la iglesia de San Bartolomeo. En algún lugar en su interior, entre los tubos, en algún rincón di una entrevista, maquillado por el estudio de televisión, dirigida a los lugareños entusiastas: mi primera entrevista en inglés. Pero claro, la leí de unos papeles, qué se le va a hacer. Perdonad. Por ahora. Pasará. No será así. Pardon.
    Es como si ya oliera a otoño, ¿no os parece? Aunque sigue haciendo calor, ha cambiado la propia naturaleza del calor, ¿no creéis? El calor se ha vuelto distinto, otoñal. Park Avenue un fin de semana, y Limónov caminando, capaz de cualquier cosa, puedo con todo. Puedo hacer un artículo mejor que el de cualquier periodista.
    Si no tuviera principios podría haber sido una estrella allí, en mi antiguo país, y aquí podría ser el segundo redactor jefe del periódico de emigrantes. ¡Me haría merecedor de ese gran puesto, ganaría trescientos dólares por semana! Es verdad, tengo libros firmados por el redactor jefe y propietario del periódico, me nombró el mejor periodista ruso, me aseguró un futuro. Pero el señor redactor no supo reconocer una cosa en mí: que soy orgánicamente incapaz de servir, a quien sea, que no soy un clerk, un mediocre, que busco un gesto heroico en la vida, no lo entendería…
    Aún así, ese periodicucho me enseñó lo que eran la inteligencia y el raciocinio. Ajusté cuentas rápido con la inmigración rusa, estuve estudiándola desde dentro durante medio año, leyendo sus torpes manuscritos, viendo a sus lamentables autores. Una gente estropeada. ¡Todo un fenómeno! Los rusos no pueden ser apreciados en su país. En otros países sí ocurre, pero con los rusos no pasa. A lo mejor yo no… al fin y al cabo qué soy, ruso…
    Es como si todo fuera muy directo, muy primitivo. A veces es así en el trabajo. Si analizo mi trayectoria lo veo: todo es así. Desde la infancia me negué a servir, era un niño callado, perseverante, que no daba su brazo a torcer. Quería ir al río y allí que iba, lloviera o nevara, el niño iba al río, a pesar de las imprecaciones de sus padres. Que quiero robar en una tienda, no dormiré de noche, arriesgaré mi libertad, pero robaré una tienda, aunque entonces fuera miope y solo tuviera quince años.
    Una noche fría de febrero. El escaparate roto de una tienda. Un suburbio cerrado. Somos dos, pero dentro de la tienda, en el lugar más peligroso, estoy precisamente yo. Pura soberbia. Tengo recuerdos turbios del dinero del cajón de madera, debajo de los caramelos. Aunque sea la primera vez, conocemos esos trucos patéticos: nos los han contado los ladrones adultos. No hay demasiado dinero, pero sí muchos tapones blancos de botellas de vodka. La sangre brota de la mano cortada de mi amigo, y nos vamos hacia el río y más allá, hasta unas casitas particulares junto a una fábrica. Golpes nocturnos a la ventana de mi asustado amigo de cara redonda. Nos bebemos en una noche una botella de vodka. Decidimos dónde duerme cada uno. Yo, no sé por qué, me acuesto en la habitación de su difunta madre, bajo los iconos. Los primeros iconos…
    ¡Fuera, demonio! He dado mi palabra eterna de no recordar esa Rusia-Ucrania y abandonar el pasado como un lagarto abandona la cola, lo recuerdo porque lo vi de niño, observaba a los lagartos y vivía con ellos en el barranco y el cementerio y abandonaban la cola para salvar la vida. La cola queda abandonada, y yo sigo moviendo los pies aquí en Park Avenue, flaneur, he salido a pasear bajo el sol, parásito de la sociedad americana.
    No me di cuenta de que me sentaba junto a la iglesia de San Bartolomeo. Florecillas. «Disfrutadlas, pero no las destrocéis.» Disfrutamos, pero tenemos ganas de destruir. ¡Cómo vamos a disfrutar sin destruir! ¿Olisqueando? Los popes plantaban rosas, plantaban cualquier mierda, para que todos aquellos que saben cuál es su lugar y no se rebelan tengan una vida apacible. Lo mismo ocurre con la belleza. Pero no siempre se mata con plomo, también se puede hacer con rosas. Y con dinero. Con esos billetes verdes, ¿sabéis?
    Apenas hay transeúntes. Hay quien camina despacio con un buen montón de New York Times. Lo ha conseguido. Los ha adquirido. Ese periodiquito bueno. Llevaban cuatro horas junto a dos puertas: la de entrada y la de salida. La primera manifestación. Sin método. Ha pasado de moda. Me he convencido. Nadie presta atención. Se llevan los panfletos, ¿pero se los leen? Esto no es la URSS. Hasta enviaron a los tipos del FBI con una tarjeta, para que lo sepas y lo recuerdes. Pasaron ante mis ojos con una tarjeta, como por casualidad. ¡Libertad! Esto no es la Plaza Roja. En total estuvimos unos minutos… aquí puedes estar un año sin que nadie se dé cuenta. Quédate ahí de pie, Édichka, y tú, Alexandr.
    Estiramos las piernas. Las perneras blancas quedaban tumbadas en la acera simétricamente, y se veían las sandalias de madera. ¿Vas con esos tacones, maricón? Sí, me encantan. Y esos deditos delgados negros bajo las correas. Escritor. Y ese flequillo tupido y el pelo difícil en forma de alas. Y esa figura. Y ese extraño culo respingón. Es atractivo, más que guapo. Pero tiene muy buen tipo. Y la carita, sí.
    Van pasando. Hoy no hay tantos. Una señora de unos cincuenta o sesenta años, un chico de barba canosa. Rara vez una persona adulta de verdad. Algo nos ha pasado a todos. Yo también soy un joven de treinta años. ¿Qué nos pasa? Por algún motivo me he unido mecánicamente a ese nosotros. Es un buen «nosotros». Son miembros útiles de la sociedad. Llevan papeles de una habitación a otra, tocan instrumentos, practican el boxeo, montan una empresa, viven con el dinero que les han dejado sus abuelos o padres, pagan sus impuestos, cumplen su función, se tiran a su secretaria y ven sus shows.
    Y yo estoy aquí sentado, podría estar tumbado en la habitación del hotel un día tras otro, pero la constitución física de mi organismo no encaja con esa postura. Podría beber vodka y decir palabrotas en voz alta. Ellos en cambio es como si lo tuvieran todo planeado. Lo único que les queda, donde pueden demostrar iniciativa, es en cómo vestirse y algunas aventuras sexuales, según el temperamento. Y eso fuera del horario laboral, por la noche o el fin de semana. Durante el fin de semana el hombre americano expulsa una cantidad récord de esperma. No hay un solo día de la semana que pueda competir en cantidad de esperma expulsado precipitadamente con el fin de semana. Ahora parte de ese esperma de fin de semana pertenece a la mujer que amaba, mi ex esposa Elena.
    La gente como yo, desde luego, es un asco, y aquí escasea tanto como en Rusia. Si se visten y se peinan con bigote y barba, cabe pensar: un artista, escritor, una persona original, con una vida complicada, en Rusia suele coincidir. Aquí, nada más lejos de la realidad. Venden aspiradores, leen periódicos. A veces apoyan de buena gana las innovaciones. La revolución sexual, ¿por qué no? Ya que no pueden amar, no tienen fuerzas, los miserables, apoyan cualquier cosa. A los esclavos les encanta hacer ver que son personas libres.
    El sol da calor. Me levanto y coloco mi cuerpo en el sitio más candente. Igual que muchos temen el sol, yo temo la sombra. Estoy enamorado del sol casi hasta el orgasmo… mi orgasmo, tu orgasmo, su orgasmo. Declinamos, conjugamos. Las costuras penetrantes de los tejanos presionan mi tierna polla. Mi niña, dale la vuelta. Sin sentido del pudor desde hace tiempo, me meto la mano en los pantalones y muevo el amasijo frío y líquido de los huevos, el escroto y el miembro para estar más cómodo. A todo el mundo le da igual, y a mí también. Así estoy más cómodo. ¿Para qué nos enseñan a comer con cuchillo y tenedor? Estoy acostumbrado y no puedo perder el hábito, hasta me da vergüenza esa educación en la mesa, ¡a la mierda! Tampoco soy capaz de aprender a reírme a carcajadas en los cines. ¡Oh, esa risa! Un amigo mío dice que eso es típico de los americanos, una especie de corteza de falta de sufrimiento, de larga vida pacífica como pueblo. No sé. En la pantalla aparece un matrimonio borracho, su hija se ha suicidado y ellos, borrachos, se abrazan, gritan… la sala se ríe. ¿Qué es, una reacción inadecuada? Los fortachones de atrás, pesos semipesados de los muslos grasientos, sufren convulsiones de la risa.
    Durante los primeros meses de mi vida en América me daba miedo esa risa. Luego me irritaba. Después empecé a envidiar a los responsables de esas risas feroces y a considerarme un intelectual baboso…
    Las sombras de los edificios más altos del mundo se cruzan en Park Avenue. Azules y profundas, como en Ucrania, donde aún brotan flores espléndidas. Dios mío, ¿dónde están los pollos aquí, de dónde los sacan? ¡Contesta, edificio de San Bartolomeo!
    Una chica… otra… no son tan guapas. Esa es modelo. Vaya, me estremezco al sentir el peligro. Tengo una relación mística con las modelos. Me parece que tengo derecho a todas las modelos precisamente porque mi ex esposa era modelo. Una buena modelo, que se fue desprendiendo aromas. ¡Oh, cómo me gustan los aromas y demás olores! Saludo en silencio su cuerpo al pasar, pero hay que situarse, saber cuál es tu sitio. Yo qué puedo ofrecerle: a mí mismo, con mi dudosa dignidad masculina que, por cierto, nunca fue del todo masculina. ¿Cómo voy a ser yo un Hércules, con mi afeminamiento, con mi tipo algo apolíneo? A las mujeres les da igual acostarse conmigo que con una amiga o una hermana. No, no soy un hombre de verdad. ¿Dónde están la barba espesa y los ojos ardientes? ¿Dónde están el mentón prominente y la fuerza bruta?
    La modelo ya se bambolea entre las calles Cincuenta y tres y Cincuenta y cuatro, ¿y qué puedo ofrecerle yo? ¿Qué, a mí mismo? Seguro que se la tiran una decena de fotógrafos y gente de revistas ilustradas, mucho más monos que yo. Probablemente tiene además a uno o dos empresarios que le dan dinero a escondidas para vivir. La mayoría de esas chicas, pues hay hordas que van con sus carpetas grandes y pequeñas por las calles, la mayoría casi no tienen trabajos remunerados, solo la esperanza de tener esa suerte que las esquiva a casi todas, y se queda con algunas, aunque rara vez la elección es justa. ¿Cómo va a haber justicia con ese hipopótamo de Margaux Hemingway[11]?
    En resumen, tienes que saber cuál es tu sitio, Limónov, las largas piernas aparecen y desaparecen tentadoras en el corte de la falda. Hubo un tiempo en que disponías de esas piernas permanentemente… qué época de mierda tu vida ahora, Édichka… joven, guapa, esa fogosidad. Se puede amar la belleza sin más, solo por ser belleza… pero no tengo dinero, la frase que digo cuando me piden dinero en la calle es: «No tengo dinero, recibo un subsidio.» Tiene un efecto fulminante.
    No puedo invitar a una modelo ni a un restaurante de mala muerte, no tengo dinero para nada. Tienes que saber cuál es tu sitio, Limónov, siéntate aquí. Eres un paria, eres escoria, tienes actitud de despojo, cara de despojo, no sabes dónde vas a pasar el día y esperas una aventura a costa de otro. Miras a todo el mundo, esperas. Es la cara de las personas a las que silban desde los coches al pasar. Eres lo peor, y no tienes derecho ni a mirar a esas chicas. Independientemente de si se han tirado a alguien o no, están en este sistema, no crispan a nadie, son necesarias, aceptan el valor de este mundo. Y tú eres una mierda. Sí, son como tú, están dispuestas a someterse a quien sea, y, como tú, no ven nada vergonzoso en ello, consideran que coincide con sus deseos, pero en su caso es cierto, y en el tuyo no. Tú no tienes la situación resuelta, y ellas sí.
    ¿Y por qué? Porque sí. No vale la pena reflexionar…
    De nuevo se desperezan los amantes del New York Times. Putos lectores. Escarabajos con carga. Por cierto, yo también lo leo, por una especie de orgullo absurdo. Leo en inglés, me entero en inglés, en inglés, en inglés, de lo que ocurre en distintos países del mundo. Requiere un esfuerzo, voy lento, pero leo, me entero de lo que pasa en Uganda, en Kenia, en Israel y en el Líbano, y de qué está haciendo Léopold Senghor, presidente de Senegal y poeta que fue publicado junto conmigo en el mismo número de una revista literaria austriaca por su difunto redactor Fiderman en 1973. Quiero escribirle una carta a Léopold, a lo mejor me invita a ir. No sé por qué le voy a importar yo al Marco Aurelio negro, pero a lo mejor me invita. Entonces iré a Senegal. Reuniré el dinero para el billete y me iré. No es un sueño vacío, yo no tengo sueños vacíos. Viviré en la ciudad verde en casa del presidente y le leeré versos. ¿Qué mejor puede inventar la imaginación de un poeta, eh? Me iré de Nueva York y volveré a ser poeta, como en Rusia, y no Édichka el perceptor del subsidio.
    Una mesa blanca cubierta con un mantel crujiente en el jardín, y la primavera africana que se agita en las ramas de los árboles de alrededor. Copas sobre la mesa. Las manos de Seghor y las mías. Versos… estaría a dispuesto a morir sin más y con serenidad en ese momento si los partidos de la oposición contrarios al presidente aparecieran de pronto entre la maleza del jardín e interrumpieran nuestra ocupación. Sin duda haría algún tipo de gesto teatral. Desafiando a la vida y la muerte, protegería con mi cuerpo al presidente, y una bala me daría en el entrecejo, en esa mancha roja donde antes las gafas siempre me rozaban la piel, las patillas de las gafas. Ahí. Y brotaría una sangre espesa. Y enseguida empezaría a gotear y animaría el mantel. Sería bonito: rojo sobre blanco. Pero una parte de la sangre caería en la copa fría acabada de llenar de vino blanco, el vino se enturbiaría, mezclándose con la sangre.
    Todo eso es muy teatral, claro, pero estoy casi completamente seguro de que sucedería exactamente así, puedo escribir perfectamente una carta a Léopold Sanghor. ¿Será un atrevimiento?
    «Querido Sr. Presidente, permítame…»
    Entonces recordé que no llevaba folios encima, y por mi experiencia vital y poética de años sabía que podía crear, componer en la cabeza un poema o una carta, pero en cuanto llegara al hotel y pudiera apuntarlo, el texto coherente se evaporaría y en su lugar aparecerían fragmentos deslavazados. Y seguí adelante. Seguí adelante conmigo.
    Voy por las ardientes calles de la Nueva York estival con una sonrisa. La sonrisa va dirigida a todo el mundo: a la chica histérica de los rizos estropajosos que toca un instrumento musical indefinido, al negro, al blanco, al amarillo, a los que caminan, a los que están quietos o corren por la calle, vayan harapientos y sucios o limpios y oliendo bien. Camino balanceando las caderas ceñidas por los pantalones blancos, las manos y el pecho desnudos, de color canela, tersos. Todo lo que llevo es blanco, los pies al descubierto, solo en un punto se cruzan las correas de las sandalias. Hombre y mujer, voy con tacones. Camino, me muevo. Me miran.
    Entraré en contacto con cualquier ejemplar de la especie humana que manifieste algo de interés y atención por mí, que me diga una palabra o me devuelva la sonrisa. Estoy accesible en cuerpo y alma para cualquiera. Iré con vosotros adonde queráis, a los barrios oscuros del West Side o a los apartamentos lujosos de Park Avenue. Os chuparé la polla, os acariciaré con las manos, rozaré con dulzura y cariño vuestros órganos genitales. Os lameré el coño, lo abriré en silencio con mis dedos delgados y afectuosos. Remataré vuestro orgasmo y luego os follaré con deleite, despacio y con ternura. En la ventana se agitará alguna cortina. O a lo mejor ocurrirá en la calle, sobre un banco, en un jardín o en un parque, y la conversación sofocante dará paso de repente al roce agotador.
    No quiero trabajar, venderme y tener una profesión. Yo trabajo con vosotros. Me han enviado a estas calles, vivo en ellas, en sus casas. Podéis ir a mi encuentro y decirme: «¡Hola, Édichka!» Y yo contestaré: «¡Hola, cariño!».
    A veces me parece que les estoy salvando de una maldición cuando les acaricio, que he sido enviado por un ser superior para ese fin. Camino y camino entre la calima tórrida.
    Voy caminando y recuerdo los versos de Apollinaire: «Se bamboleaba por las calles de Colonia. Accesible a todos, y aún así amable…» El sol denso inunda las calles de mi Gran Ciudad. No tengo prisa por llegar a ninguna parte. El propietario alto, moreno y elegante de la joyería, de pie en el umbral, me acompaña durante un rato con la mirada. Es un momento fatigoso. Puedo darme la vuelta, regalarle una sonrisa. Puedo… puedo…
    Los días, como olas suaves, se contonean a través de mi cuerpo, una ola tras otra, cálidas. Por la mañana me despierto con una sonrisa de felicidad.
    Ahora os digo cómo «me cagué». Conocí a ese tipo una noche. Hacía un calor sofocante. Yo iba al cine por la calle Cincuenta y siete, cansado de todos y de todo, simplemente iba al cine, no se trataba de una actividad revolucionaria, nada de sexo. Iba por las calles cálidas, donde soplaba la brisa vespertina, pensando en silencio en algo, tal vez en lo agradable que era caminar así, en pocas palabras: estaba disfrutando. Por detrás se oían unos pasos regulares. Luego cambió el ritmo y me alcanzó. Las primeras miradas de reojo, los ojos rasgados, esa expresión que trasmitía entre burla y admiración. Llevaba barba canosa, era alto, bastante esbelto. Dice algo. Yo le contesto. Hablamos un poco, muy poco. Le dije que era ruso. Él dijo que era un visitador de Inglaterra. Visitador, bien. Nos despedimos en la puerta del cine Playboy.
    Reflexioné un poco sobre él, pero dos películas de terror, con asesinatos y multitud de cowboys y malhechores, Marlon Brando y Jack Nickolson me hicieron olvidar al de la barba canosa. Aún así, me lo volví a encontrar a la una y veinte al día siguiente, en la misma calle Cincuenta y siete.
    —¡Oh, ruso! ¿Adonde vas? —dijo él.
    —A ver a mis amigos. Tienen que venir a mi hotel a las dos. ¿Y usted adónde va?
    —Soy visitador. Busco chicos o chicas. ¿Y a ti, ruso, te gustan los chicos?
    —Sí, a mí me gustan los chicos y chicas —dije yo.
    —¿Sabes lo que es un gay? —preguntó.
    —Sí, claro —contesté.
    —¿Quieres que nos veamos? ¿Cuándo? —preguntó.
    —Hoy estoy ocupado. ¿Mañana? —dije yo.
    —Mañana no puedo —dijo él, con evidente tristeza.
    —¿Y el domingo? —pregunté yo.
    —No lo sé. ¿Esta tarde?
    —Puede ser —acepté al final—. Le daré mi número de teléfono, llámeme esta tarde.
    En casa tenía al trotskista George y al francés revolucionario de Canadá, que me hicieron preguntas sobre el movimiento de la disidencia en la URSS y grabaron mis respuestas en sus tape recorder. No les dije nada que fuera un consuelo, yo por mi parte le pregunté a George cuándo podría empezar a disparar, no solo defender los derechos de los tártaros de Crimea, o de los palestinos, o de cualquier otro, sino cuándo acabarían esas eternas reuniones de cuatro intelectuales y comenzaría la lucha. Se sucedieron unas dilatadas explicaciones. Me tacharon de anarquista, y los dos revolucionarios occidentales abandonaron al revolucionario oriental, el ruso. En la puerta se toparon con Lenia Kosogor, el que había pasado diez años en un campo de trabajo. «¡Qué gentuza!», pensé.
    Cuando por fin nos fuimos Lenia y yo decidí darme un capricho, me preparé un bocadillo con pepinillos, cebolla y jamón y me serví un burdeos. La historia del bocadillo y el burdeos es breve, pero clarificadora: se lo había llevado a Édichka un amigo de la habitación 1608, el vecino de Édik era vegetariano y casi no bebía vino, así que me dio sus provisiones. Del mal, cuanto más lejos, mejor. Así que me bebí el burdeos y me dispuse a darle un mordisco al bocadillo… cuando sonó el teléfono.
    —Hello —dije yo.
    —Benjamín —dijo una voz.
    —No soy yo —dije yo.
    —Yo soy Benjamín —dijo él.
    —¡Ah, Benjamín!—dije yo—, ya no estoy ocupado, ¿quieres que quedemos? Quedamos en la esquina de la Cincuenta y siete con la Quinta Avenida.
    —No —dijo él—. Hoy quiero quedarme en casa. Go to bed! ¡Ven!
    Estaba empapado en sudor. Qué grosero. ¿Y el restaurante? ¿Y los prolegómenos? ¿Qué somos, ratas? A lo mejor no pensé exactamente eso, pero sí algo parecido. «Go to bed.» ¡Vaya! ¡Gran idea!
    —Hoy no puedo acostarme con nadie, me encuentro mal —dije.
    Empezamos a tartamudear y así estuvimos un rato, yo buscaba las palabras justas en inglés, y él… no sé por qué tartamudeaba…
    Al final dije:
    —Bien, me lo pensaré. Si quieres dame tu número de teléfono y te llamo en media hora.
    —No recuerdo el número y estoy en el lavabo —dijo él—, pero vivo en el hotel Park Sheridan, habitación 750, búscalo en la guía telefónica —dijo.
    —Te llamo —dije, y colgué.
    Ahora me entenderéis un poco. Me sentía incómodo por la grosería del principio. Quería irme a la cama con él, había algo que me gustaba, pero era muy grosero. Claro que a lo mejor es así como se comporta la gente normal que tiene poco tiempo, trabaja de visitador, dispone solo de la noche e invita al ruso tras ponerse de acuerdo, para qué perder el tiempo con rodeos.
    Era normal, pero también me fastidiaba. Ni siquiera tenía ganas de fingir que le gustaba, que deseaba encontrar la manera de restregarme su polla, de metérmela en la boca, o en mi orificio, y que me haría algo, y que le resultarían agradables mis estremecimientos, las convulsiones de mi organismo, contemplarlo. No, le daba pereza hasta fingirlo. No puedo evitarlo, a mí eso me resultaba desagradable. Para mí el amor es una dulce atracción mutua y un pequeño juego.
    Por eso me quedé alicaído delante de la guía telefónica y busqué compulsivamente su número mientras me bebía el burdeos y comía la carne del borsh, creyendo y con razón que mi sistema nervioso deja de cumplir sus funciones en esas condiciones, ante su grosera proposición, y que por eso necesitaba carne. Chorreaba sudor, me suele pasar cuando me pongo nervioso, fui a la habitación y me puse a dar saltos, el pelo se me pegaba a la frente y en general se impuso el desenfreno, ¡si me viera alguien!
    El número no estaba en la guía, no aparecía el hotel, pero la guía era de hacía dos años, en eso nos discriminan, ese hotel existe, no lo dudaba. Podía llamar abajo y preguntarle a la operadora el número del hotel, pero si os acordáis tenía una relación horrible con la administración, había que preguntar pero no podía hacerlo. La aguja de las horas avanzaba inexorablemente, el plazo se agotaba, estaba desesperado y no sabía qué hacer. Podía no ir, pero dónde quedaba mi libertad, dónde mi «¡Puedo con todo!» Tengo miedo, pensé, soy un cobarde ruso, me da miedo acudir a su grosera proposición. Si dijera «vamos a un restaurante», todo estaría bien. Es lo habitual, se entiende, y luego a la cama. Pero no puedo pasarme de la raya. Raskolnikov… Édichka el infeliz, esencia del alma rusa…
    En realidad ese Benjamín no tenía malas intenciones, me invitó a divertirnos en la cama, no sabía que los rusos eran tan idiotas y que yo, empapado en sudor, dudaría si ir o no ir. Por cierto, para ser justos debo decir que si hubiera encontrado en la guía telefónica ese funesto hotel Park Sheridan, no Sheraton, llamaría y acudiría, pasando por encima de todo…
    Y así fue como cometí el segundo error, de nuevo estaba acorralado, me cagué, si queréis, como queráis, y llamé a mi ex esposa, últimamente no teníamos mala relación.
    Dije:
    —Hola, soy yo.
    —Qué quieres, habla rápido —dijo ella, de mal humor y con prisas.
    —Quiero contarte una historia divertida —dije.
    —Me voy a ir, tengo prisa —dijo ella en tono de enfado. Entonces dije del susto:
    —¿Adonde? —¡Para qué mierda dije eso!
    —A ti qué te importa —replicó ella—. ¿Quieres hablar con Kiriusha, que está aquí?
    —¿Para qué mierda quiero a Kiriusha? —dije.
    Y esa fue toda la conversación. Aún me puse más de los nervios. Luego pensé y decidí que probablemente se había enfadado porque había leído un poemario mío que le había regalado la víspera, después de imprimirlo en el dorso de folletos publicitarios con bellezas desnudas: anuncios de burdeles. Fui recogiendo a propósito aquellos coloridos folletos. En mis versos había muchas palabras poco lisonjeras sobre ella, de ahí la mala leche. Si estaba de mal humor significaba que la cosa estaba fatal. Quería compartirlo con ella, no puedo guardarme la amargura.
    Entonces fui a la habitación 1608 a ver a Édik y se lo conté todo, lo de Benjamin y lo de la aspereza de mi esposa. Édik no tiene ningún tipo de vida sexual, salvo que practique la masturbación, cosa que, por cierto, a lo mejor ni siquiera hace, del mismo modo que básicamente come arroz precocinado y tomates meticulosamente aplastados. Cuando llamé a la puerta, estaba tumbado leyendo Lírica antigua en ruso.
    Me encontraba divertido. Yo se lo contaba todo y me deleitaba con el efecto que provocaba en él. Le cuento a menudo mis escarceos. Sabe lo de Johnny, lo sabe casi todo. Al oírme hablar de Benjamin, Édik se sonrojó, yo me arrepentí y dije que esta vez no podía caer en la misma trampa, es decir, ir y acostarme con Benjamin, no podía. Me bebí los restos de un vodka que había llevado alguien y bebí sin descanso agua del grifo. Édik se puso rojo, creo que envidia un poco mi audacia en este mundo, si es que se puede considerar audacia…
    Luego, bajo el efecto del vodka que me había bebido, bajé a Nueva York a hacer no sé qué, a acostarme con quien fuera, aunque fuera un vagabundo mugriento para compensar el fiasco de Benjamin. No he podido, cobarde, cobarde, me decía. Cierto que es mi punto débil: siempre iba al encuentro de todas esas aventuras y luego me acobardaba, me asustaba. Había que compensarlo de algún modo.
    Pero resulta que estaba tan cansado de las emociones que tenía sueño y me temblaban las piernas. Terminé el día cerca de las once y media con una prolongada masturbación en un estado de media borrachera. ¡No iba a ninguna parte, y cómo me despreciaba! Me sentía el último mono, sentía una gran amargura y espanto, estaba a punto de echarme a llorar. Para humillarme aún más saqué una fotografía donde se veía a mi esposa tumbada con su amiga lesbiana, con el coño abierto, era evidente que la fotografía la hacía un tercer participante en la escena, el lascivo Jean Pierre con sus ojos rojos. Me masturbé imaginando qué ocurrió después, cómo él, con sus piernas peludas, desnudo, después de dejar la cámara, se acercaba a ellas, se tumbaba, separaba las piernas de mi amada y se la follaba. Pero ese método ya no me servía, ya no podía correrme con eso. Poco a poco me estaba quedando sin nada. Se me iba a agotar todo el arsenal, y luego ya no podría correrme, y ya sucede con escasa frecuencia. Cansado e infeliz, me dormí pensando que no había un ser más despreciable en el mundo que yo.
  6. Gano dinero
    Una mañana me despertó la llamada de John. «Come down, Ed!», dijo. Al cabo de dos minutos estaba abajo y subí de un salto a la cabina de un camión aparcado junto a la entrada.
    El caso es que a veces voy y me gano algo de dinero. En todo caso, si me ofrecen trabajo no lo rechazo. Sucede en pocas ocasiones y la fuente de trabajo es prácticamente única: John. Es mi jefe y el único representante que conozco de la célebre empresa Beautiful Moving.
    John, que en realidad se llama Iván, es un ser fascinante. Es marinero, huido de un pesquero soviético en los estrechos de Japón. Lo recogieron unos pescadores japoneses en un bote inflable de caucho junto a la orilla de Japón, después de que lo arrastrara la corriente y lograra sobrevivir a varias tormentas. Desde Japón pidió permiso para ir a Estados Unidos.
    John es un tipo de aspecto viril con la nariz un poco chata, alto y fuerte, de la misma estatura que Édichka. Un personaje propio de Jack London. Habla exclusivamente en inglés, con palabras terriblemente deformadas, con un horrible acento de pueblo, pero en inglés. Conmigo se digna a hablar en ruso, con los demás es más inflexible. Es un tipo de persona que me resulta muy familiar, igual que ese deseo de no ser ruso, ese desprecio hacia Rusia, su gente y su lengua. Mi amigo Paul era casi igual, con leves diferencias. Su historia es menos feliz que la de John, pero más esclarecedora.
    No se sabe el origen de la filia francófona de Pavel Shemetov, hijo de sencillos trabajadores que vivía en una casita en las afueras de Járkov. En la flota donde sirvió de marinero (¡John también tenía su flota!) Pavel estudió francés en profundidad. Cuando lo conocí hablaba francés con refinamiento, podía hacerlo con acento de Marsella, París o Bretaña a su antojo. Los turistas franceses que de vez en cuando pasaban por Járkov de camino hacia el sur, y que Paul nos convencía para que lleváramos a beber vodka junto a la valla de la casa del metropolita, en el cerro que se elevaba sobre Járkov, y realizáramos con ellos el intercambio natural de mercancías, lo tomaban sinceramente por un repatriado, pues en aquel momento llegaban muchos a la URSS procedentes de Francia.
    Paul estaba locamente enamorado de Francia. Se sabía todas las chansons francesas, le gustaban especialmente Aznavour y Brel. En su habitación había pintado un enorme retrato al óleo de Aznavour que ocupaba toda la pared. Recuerdo que en la abarrotada entrada a un patio de la calle Sumskaya, la calle principal de nuestra Járkov natal, nos cantó Amsterdam! Se hinchaba y se ponía morado tratando de imitar a Jacques Brel. No tenía tanta técnica y arte como Brel, pero probablemente tampoco le ponía menos entusiasmo.
    Paul estudiaba todas las calles, callejuelas y callejones de París en fotografías, dibujos y planos. Los dibujaba en multitud de acuarelas. Creo que podría caminar por París con los ojos cerrados sin perderse. Nombres como Place Pigalle, Café Blanche, Étoile, Montmartre y otros parecidos le sonaban a música celestial. Estaba afrancesado de una manera enfermiza. Se negaba a hablar con la gente en ruso, no entraba en las conversaciones del autobús y el tranvía. «No entiendo», soltaba, escueto. Solo con nosotros, sus amigos, cedía un poco. Y aún así, en el fondo de su corazón nos despreciaba por no saber francés.
    Por aquel entonces trabajaba en una fábrica peletera, no sé qué hacía exactamente, pero estuvo casi dos años en un trabajo duro y asqueroso, le gustaba vestir bien. En algún lugar de las profundidades del barrio judío de Moskalevka encontró a un viejo zapatero judío que le cosió unas botas altas sobre unos tacones altos, «como los Beatles». Se me olvidaba decir que a Paul le encantaban los Beatles. Yo y la sobrina de mi esposa de entonces le cosimos un traje y multitud de pantalones de rayas. Recuerdo que le encantaba que los pantalones fueran muy largos y que por debajo se recogieran casi en pliegues. Era su capricho.
    Paul estaba afrancesado hasta tal punto que incluso su aspecto, me refiero sobre todo a la cara, no era en absoluto ruso, realmente parecía francés, en concreto de una pequeña ciudad bretona. Muchas veces cuando aún estaba en Rusia y contemplaba las revistas ilustradas occidentales me encontraba con rostros que recordaban sorprendentemente a la cara de mi pobre amigo Paul.
    Tuvo un destino trágico. Maduró demasiado pronto, cuando aún no se podía salir de la URSS, aún no daban permiso a los judíos ni existía la práctica de exponer a los elementos indeseables y expulsarlos al extranjero. Era pronto, pero ya entonces Paul estaba preparado, tenía muchas ganas de irse de aquel país odiado a su querida Francia, el paraíso que se había creado en su imaginación. No sé si habría sido feliz en ese paraíso. Probablemente sí. Sé que hizo tres intentos de huir de la Unión Soviética.
    El primero pasó desapercibido. Paul había reunido algo de dinero, y cuando dejó la fábrica peletera empezó a pasar mucho tiempo en el centro de la ciudad, iba a las cafeterías y a los escasos burdeles de Járkov. En algún lugar conoció a «la Liebre», una chica bastante mona y gorda conocida en toda la ciudad como prostituta, se casó con ella y se mudó a su casa. Su madre era una comerciante. Eludiendo las leyes soviéticas y tras comprar a algún policía, ganaba dinero comprando mercancías defectuosas en una ciudad y vendiéndolas en otra. Introdujo en el negocio a su yerno, Paul. Una vez lo envió a Armenia, donde se enteró de que un funcionario importante aceptaba cantidades enormes de dinero a cambio de enviar gente ilegalmente a Turquía. En principio el funcionario los contrataba para construir una carretera, parte de la cual se construía en territorio turco. Paul no tuvo suerte. Cuando llegó a la frontera, el jefe ya estaba en la cárcel.
    El segundo intento hizo que la vida de John descarrilara. Se derrumbó, buscó una salida, vino a verme a Moscú, no decía nada, se pasaba todo el día mirando a un punto fijo, de noche desaparecía y recorría direcciones sospechosas. Luego se fue.
    Más adelante me enteré de que se fue a Novorossisk y allí consiguió convencer a los marineros de un barco francés para que lo escondieran y lo sacaran de la URSS. Pero por lo visto la diosa Fortuna no estaba de parte de Paul. La persona que estaba al mando trabajaba en las aduanas soviéticas. Dicen que esos casos son frecuentes: los confidentes trabajan por dinero. Gracias a su denuncia en la redada de Batumi, el último puerto soviético en el Mar Negro pues más allá ya era Turquía, retuvieron el barco, hicieron un registro y sacaron a Paul de su escondrijo. Además encontraron caricaturas políticas del jefe del gobierno soviético. Hubo un juicio y… si es que puede llamarse así, aunque en eso tuvo un poco de suerte porque lo declararon demente.
    No sé si realmente era cierto, supongo que sí. Solo que no creo que se volviera loco de repente. Sufría alguna patología, y por lo visto se fue desarrollando poco a poco. Odiaba demasiado Rusia, desmesuradamente. «Tribu de cabras», «imbéciles», «polis soplapollas», «comunistas», eran palabras habituales que utilizaba varias veces a diario. Las aplicaba no solo a los comunistas, sino a los simples ciudadanos que no tenían la culpa de nada.
    Lo tuvieron un año en un manicomio, y pronto estaba de nuevo en el banco junto al monumento a Shevchenko en Járkov, fumando un cigarrillo y observando a su hija Fabiana que jugaba junto a sus botas de los Beatles. Ya no hablaba con nadie. Luego desapareció de repente.
    Sigo sin saber dónde estuvo y qué pasó con él hasta que llegó desde la frontera occidental de la URSS, desde los Cárpatos hasta el manicomio de Járkov, la solicitud de enviar el expediente médico de Pável Shemetov, detenido por cruzar ilegalmente la frontera occidental de la Unión Soviética de Repúblicas Socialistas en un barrio de la ciudad X.
    Es una historia triste, ¿verdad? Pues yo, Édichka, recuerdo un detalle más. Hace tiempo, antes del ejército, Paul se casó. Hubo una boda. Todos los invitados se emborracharon, pero aún así no había suficiente alcohol. La novia, que ya era su esposa, envió a Paul a buscar cerveza, le apetecía. Cuando Paul volvió de la tienda con una caja de cerveza, descubrió a su novia tirándose a su mejor amigo en una de las habitaciones… muy bonito… a lo mejor fue entonces cuando empezó a sentir odio hacia la suciedad y la vileza de este mundo. Lo único que no sabía, el pobre, era que la suciedad y la vileza existen en todas partes. Y cómo iba a saber, pobre diablo, que los rusos no tienen la culpa, ni el régimen comunista.
    No sé qué fue de Paul después de la carta de los Cárpatos.
    Pero volvamos a John. Era mucho menos cultivado que Paul, que era casi un intelectual y se sentía atraído por Francia como mundo del arte, el Edén. John se regía por ideas mucho más prácticas. Se fue a América para hacerse rico, para ser millonario. Estoy convencido de que lo será. No entiendo muy bien quién es el propietario de Beautiful Moving. John lleva todos los asuntos: es conductor, mozo de carga y administrador. El elige a qué mozos de carga contrata y los pedidos llegan a su teléfono. Por lo visto el propietario solo le da dinero, le dio dinero, el capital inicial.
    Hacemos mudanzas de un piso a otro. A veces la gente se traslada dentro de los límites de un barrio, otras de un estado a otro. De Nueva Jersey a Pensilvania, de Nueva York a Massachusetts. Los transportes largos son más interesantes. Ya he visto unas cuantas ciudades pequeñas, muy parecidas entre sí, en cinco o seis estados del este, sobre todo en Nueva Inglaterra. Si vamos los dos, o vamos callados y entonces contemplo el paisaje a lo largo del camino, o de pronto John, tan silencioso de costumbre, se pone a explicarme su vida en un pesquero. El personaje de Jack London no aguanta y echa a cantar, habla de sí mismo, en la medida en que su naturaleza parca y adusta se lo permite.
    Normalmente sucede al mediodía, por la mañana está callado como un muerto. Cuando subo de un salto a la cabina, solo suelta un breve «Hi!», y luego ya puedes hablar con él que no te responderá una mierda, podéis estar seguros. Estoy acostumbrado y yo también me quedo callado. En general me gusta, me gusta su cara, su figura, su carácter. Entre tanto intelectual descontento y sin carácter que había llegado a América era una agradable excepción, una persona sencilla. Era un tipo fuerte, una rareza. No razona, se dedica a currar y acumular dinero para abrir su negocio. Es un auténtico ruso, aunque en algún momento dijo que le importaba una mierda su nacionalidad. Que diga lo que quiera, pero una cosa está clara: es tan ruso como yo. Es ruso incluso en el hecho de no querer ser ruso.
    Como he dicho, es un tipo muy fuerte. No bebe, no fuma, ahorra, vive en un mal barrio y comparte el piso con alguien. Conduce bien y con destreza su pesado camión, en eso envidio a mi coetáneo, aunque Édichka en realidad también es un tipo muy fuerte. No sé si John sale con mujeres. Hasta cierto punto me preocupa: dicen que se tira a la mujer a la que en cierto modo le alquila el camión. A lo mejor es su jefa, ¿una misma cara? Me resultaría fácil saber los entresijos de la empresa de John, pero no quiero parecer curioso. Al fin y al cabo, necesito los cuatro dólares la hora que gano cargando muebles de otros en ascensores y por escaleras. Además, me resulta interesante observar los pisos de los demás, los objetos me dicen muchas cosas de sus dueños.
    Ahora soy el principal mozo de carga de John, por lo visto me considera bueno. Antes tenía otros, como el disidente Yuri Fein, un hombre de unos cuarenta y cinco años conocido sobre todo por estar casado con la hermana de la primera esposa de nuestra celebridad, nuestro profeta Alexandr Solzhenitsin. También está ese Shneerson, otro disidente, que llegó a Israel con ropa de una cárcel soviética, el hijo gordo de un profesor. Alexéi Shneerson enseguida se escapó de Israel, ahora recibe el subsidio. También he contado que fue él quien, cuando yo no entendía nada y estaba semiinconsciente, me llevó de la mano hasta el centro social y lo organizó todo para que me dieran mi pensión en un día. «Emergency situation!»
    Recuerdo que en los servicios sociales los americanos abrieron los ojos de par en par cuando Shneerzon, desmelenado, gordo y resoplando, les explicó, sin dejar de señalarme (yo pálido, con cara de idiota de pelo corto), que tenía una emergency situation, que me encontraba en un estado lamentable, que me había dejado mi mujer. Estaban atónitos, probablemente para ellos resultaba ridículo, pues la mayoría, de tan aislados y encerrados en sí mismos como estaban, eran incapaces de amar a otra persona de una forma tan anormal. Pero hay que ser justos, no discutieron mi derecho a ser como soy. Si para los rusos el abandono de una mujer es una emergency situation y no pueden comer, beber, trabajar ni tener un piso, bueno, será que los rusos son así. A la mierda, le daremos el subsidio a ese tío.
    A lo mejor pensaron exactamente eso, o tal vez, como dicen muchos inmigrantes, en los servicios sociales tienen la orden secreta del gobierno americano de dar el subsidio a todos los rusos que lo quieran para no llevar a la gente al límite y meter la pata ante la opinión pública internacional con su tan elogiado sistema, donde hay sitio para todos. Muchos rusos reciben el subsidio. Creo que vale la pena enviar a los inmigrantes de la URSS directamente deel avión a los servicios sociales. Los que esperaban ver montañas de oro aquí son incapaces de asimilar la filosofía modesta del trabajador occidental. Ser como todos, ¿entonces para qué huir? Aquí una persona sencilla afirma con orgullo: «Soy como todos.»
    Sí, pero estaba hablando de John. Es gracioso que todos nosotros, intelectuales, poetas y disidentes, estemos a las órdenes de un tipo normal que trabajaba en un pesquero. Al final se adaptó mucho mejor a esta vida que nosotros. Cumple con seriedad y diligencia con sus obligaciones, su business. Hay que ver cómo entra en el piso de la gente que se muda, cómo escribe la dirección en la hoja del acuerdo, cómo pide al cliente que firme. Todo lo hace dándose aires de importancia, mira con seriedad su carpeta de oficina, las espirales que sujetan las hojas, brillantes y relucientes, y detrás suyo esperamos nosotros: algunos, como Fein, muy de derechas, otros, como yo, muy de izquierdas, y otros, como Shneerzon, sin definir, todos con las carretillas, las correas y las mantas de embalar preparadas para trasladar muebles. Esperamos la señal de nuestro hombre de acción: John.
    Encuentro que todo eso es una solemne tontería: tanto mi participación en el traslado de bártulos ajenos de un sitio a otro como ese Fein, siempre poniendo por las nubes América y su inteligente gestión, según él hasta Bowery Street y sus sucios y meados habitantes son producto de un plan gubernamental para agrupar a todos los indigentes, alcohólicos y drogadictos en un mismo lugar para que fuera más fácil ayudarles. Era una solemne tontería, pero mis 278 dólares del subsidio me daban para tan poco que participo en esa chorrada, yo también soy un ser humano y necesito dinero. Por eso Fein el derechoso se coloca en el margen derecho del piano, y yo, el extremista de izquierdas, en el izquierdo, ¡y a cargar!
    Es cierto que solo necesito dinero para ropa, mi única debilidad. Siempre he estado en contra de adquirir otras cosas, pero el traslado de bártulos ajenos, el espectáculo de esos absurdos y pesados divanes, armarios y miles, cientos de miles de objetos pequeños aún me alejan más del mundo material. El propietario morirá, y esa mierda se quedará. «¡Nunca!», murmuro para mis adentros, mientras cargo el armario de un tal Patrick hasta una cuarta planta sin ascensor. ¡Se podía meter por el culo ese viejo cachivache! ¡Nada de cosas!, me digo. Lo único a lo que no me puedo resistir es a la ropa bonita, vaya.
    Firma conseguida. La señorita ha firmado. A partir de ese momento un contador invisible registra nuestros céntimos. Empezamos a movernos como muñecos mecánicos: agarrar con las manos, colocar en la carretilla, revolver, llevar, recoger en el umbral o en el escalón, llevar de nuevo, moverse, destornillar un espejo, envolverlo en mantas especiales, todo ello operaciones monótonas y rítmicas que varían solo por las dimensiones de los objetos y los giros de las escaleras, las entradas a los ascensores, las salidas del portal y el tiempo.
    Somos una empresa bastante barata, parte de nuestros clientes son inmigrantes porque nuestro anuncio se publica en Russkoe Dielo, además de en diversos periódicos americanos. Los inmigrantes suelen vivir en barrios pobres, es increíble la de trastos que tienen. Otra vez hay que trasladar a un viejo loco a una residencia de ancianos y llevar sus sucios cachivaches.
    Una vez incluso trasladamos unas camas de hierro con muelles, eran para dos chicas de dieciséis y veinte años, y ya las habían traído de la URSS. Las chicas eran encantadoras, con el culo respingón, tacones altos, unas judías que bebían de su propio jugo, si queréis que lo diga de una forma banal, lo diré: «con ojos de corderito», ojos saltones, tontos y confiados. No me gustan mucho las morenas, pero las chicas judías me inspiran una especie de agradecimiento. Un poeta ruso no puede dejar de quererlas, son sus principales lectoras y admiradoras. «Ay, Tolia, ¿quién más nos lee en Rusia, aparte de las chicas judías?», escribió una vez el poeta Yesenin al poeta Marienhof, de América a Rusia.
    Después, sumido en el autodesprecio y en los innumerables recuerdos que se agolpaban en mi mente al ver un rayo de sol, un libro que caía de una caja cerrada («lo leí, luego llegó Elena y…»), pasaban los minutos de trabajo. La tarea de cargar y trasladar las amplias bibliotecas rusas resulta especialmente extraña para mí. Aquí, en América, los libros rusos producen una impresión inesperada. Cargando recopilaciones de poesía, los lomos de color verde oscuro de Chejov, Leskov y otros moradores y elogiadores de las adormiladas tierras rusas, pienso con maldad en toda la aborrecible literatura rusa, que en muchos aspectos es responsable de mi vida. Malditos lomos verde oscuro que cargaban con el tedio de Chejov, de sus eternos estudiantes, gente que no sabe conseguir la armonía, vegetales de esta vida que se disipan en las páginas como escoria del universo. Hasta esas letras pequeñas y numerosas me repugnan. Yo también me doy asco. Es mucho más agradable trasladar chillones libros americanos, además no los entiendo todos, gracias a Dios.
    Trasladamos tomos de una Gran Enciclopedia Soviética y ahora cargamos unas cajas donde, como la mierda en un agujero, se agitan unas hojas con el membrete de Radio Liberty. Esa sucia organización… así que el dueño de la biblioteca era un intelectual de Kiev de barba canosa, ¡y mira dónde trabaja! No sé por qué todos, sin titubear, se ponen a colaborar con la CIA. Yo, que no recibí un rublo de las autoridades soviéticas, tengo más razones para joder a mi antigua patria y trabajar en una organización financiada por los servicios secretos americanos y orientada a destruir Rusia. Pero yo no trabajo para nadie. Allí no colaboré con el KGB, y aquí no me puse a colaborar con la CIA: para mí las dos organizaciones son idénticas.
    El dueño, con su barba canosa, le cuenta entusiasmado a Fein que le han admitido un artículo en el número de conmemoración de Posev. Ha encontrado de qué estar orgulloso el muy imbécil. El de pelo cano era guionista en la URSS, trabajaba para las autoridades soviéticas. En la URSS no conocí a ningún guionista libre, naturalmente, todos escribían lo que quería el poder. Aquí también escribía exactamente lo que quiere el poder local, la gente así trabaja para las autoridades en cualquier régimen. Han nacido para servir, para cumplir su función. Cambian de amo sin demasiados remordimientos de conciencia, ¿por qué no?
    «¡Prostituta!», pensé yo del canoso. La prostituta también cargaba armarios, jadeando, así ahorraba tiempo y dinero. Por lo visto en Radio Liberty no le pagaban mucho, o era pura tacañería. «¿Y a cuánto va la Patria?», me daban ganas de preguntarle… pero él cargaba cosas, y su hijo era un atleta bronceado de unos dieciséis años. La madre, que quería parecer joven, no trasladaba muebles. «A la madre te la podrías tirar», dijo el siempre presente en mi vida, el omnipresente Kiril. Lo llevé para que ganara algo de dinero. Probablemente era la primera mudanza de su vida. Al gran aristócrata no le gustaba cargar muebles, no sabía agarrarlos bien, apenas lograba aguantar, el trabajo era para él como un cuchillo afilado y, probablemente, humillante. Para mí, que soy una persona que básicamente vengo de abajo y he visto y vivido en esta vida todo tipo de situaciones, el sudor tampoco era una novedad, aunque hacía diez años que no cargaba nada. El rostro de Kiril reflejaba tristeza, aversión al trabajo y hastío, que solo desaparecía una vez recibido el dinero y tras cambiarse con cierta satisfacción, pero resultó ser que John ya se había fijado, no volvería a ofrecer al aristócrata que fuera a cargar muebles, no le caían bien esos jóvenes. No entendía los convencionalismos de este mundo.
    «Para qué mierda necesita esa prostituta la Gran Enciclopedia Soviética», seguía pensando a propósito de nuestro cliente. Era evidente que solo necesitaba la enciclopedia y el enorme diccionario ortográfico para vender a su Patria sin cometer faltas de ortografía. Incluso saqué algunos libros encuadernados en papel sobre héroes de la Gran Guerra Patria. ¿Para qué? Como posible material para sus guiones. Para hacer algún «descubrimiento». Ya había escrito uno sobre la segunda inmigración, por lo visto seguía escribiendo, leía un libro soviético y hacía como que encontraba tendencias antisoviéticas en el autor… y artículo listo. Y así iba tirando, un artículo tras otro. Y allí tenías a ese ex funcionario ruso que publicaba en dos lugares lo mismo, iba a Radio Liberty y a Russkoe Dielo, cambiaba el título, corregía dos párrafos y fuera. Dos honorarios. Así había pasado sus treinta años en el extranjero. Cocinaba bien, le gustaba zampar. No era culpa suya, pobres, querían comer. Y si trabajas por tu cuenta y observas este mundo, sea la URSS o América, ¿qué pasa, eh? ¿No se suponía que los santos se alimentaban del espíritu?
    Cuando hacemos la mudanza de algún americano, ahora nuestros clientes son casi siempre americanos, mis reflexiones son otras. Hace poco hicimos la mudanza de una casa de Queens donde vivía una pareja y ahora se separaba, porque hicimos la mudanza a dos pisos distintos.
    —¿Tú qué crees, se han separado? —le pregunté a John.
    —¡Y a mí qué me importa! —dijo—. ¿Pagan? Pagan. Yo gano mi dinero, el resto no es asunto mío.
    Bueno, a lo mejor para John no, pero para Édichka sí. Los observé con atención, así como a sus cosas. Los dos eran bajitos. Él era como todos los americanos, y ella también. Muy típicos. Llevaban puestas unas camisetas, él unos pantalones tejanos cortos, sus piernas eran huesudas y peludas, ella una falda tejana, el culo se le movía, un poco fofo. Él podría ser cualquiera, creo que era judío. Con bigote, claro, cómo no iba a llevar bigote, y ella no paraba de fumar. Por supuesto, se llamaban Susan y Peter, no podía ser de otra manera. Dos bicicletas. En una caja la inscripción «Kitchen Peter», en otra «Kitchen Susan». En una caja «Shoes Peter», en otra «Shoes Susan». Todas las cosas estaban sin embalar, abandonadas en cajas, y mientras cargábamos todas esas cajas por la estrecha escalera verde, y luego por una escalera gris, y luego por tres escalones de ladrillo, las cosas se esforzaban por salirse y caer. Tenían muchas cosas, pero todas pequeñas: cajitas, cajas, cositas, y solo algunas cosas grandes: un viejo sillón de madera, una cómoda, algunos armarios pequeños y ya está.
    A Susan le hicimos la mudanza a un piso en la calle Ochenta y seis, en el East Side, con ascensor. Le quedaron dos bicicletas y su parte de las cajas de botellas, de las que sobresalían los cuellos.
    A Peter le quedó un televisor, el viejo sillón de madera y unos ladrillos que por lo visto servían de estructura para hacer estanterías con libros. Observé a aquella pareja como un juez implacable que espera ver algo en ellos aparte de su carácter típico, del bigote y el pelo rizado bajo el gorro en el caso de él, en Nueva York más de la mitad llevan bigote y gorrito. No vi nada.
    A él le hicimos la mudanza a oscuras y, aunque amenazaba con no pagarnos más de seis horas de trabajo, porque no tenía para más y según él lo hacíamos todo lento, pero después de un trabajo infernal y de cargar hasta una cuarta planta sus cajitas y armarios, que por poco me rompo la cabeza en el fondo de uno de ellos, al final nos pagó.
    Su apartamento estaba en la calle Ciento seis, en el West Side, un barrio regularcillo. Aquel día trabajé catorce horas, por la mañana tuvimos otro trabajo, hicimos la mudanza de un griego, yo estaba muy cansado, me fallaban las piernas, y cuando llevamos lo último, un aire acondicionado, me abandonaron las fuerzas y el aire acondicionado se me resbaló justo delante, sin herirme, por cierto.
    —¿Pero qué haces, la madre que te parió? —dijo John en voz baja.
    —Voy a descansar un poco —dije yo—, ayer me cogí una buena borrachera —añadí, y era cierto.
    Al oír el ruido de nuestras voces salió al hueco de la escalera la curiosa vecina del tercero.
    —What’s happened? —dijo.
    —Nada —dijo John con pereza—, es que este tipo lleva quince horas trabajando hoy, está cansado. —Y sonrió.
    Me daba mucha vergüenza no poder tenerme en pie, pero aún así me desplomé en la escalera. Qué vergüenza delante del marino del pesquero.
    —No pasa nada —dijo—, aún no estás acostumbrado. Tienes manos débiles.
    Por primera vez Dios me hacía sentir que mi fuerza física tiene un límite. ¡Si no fuera por esa escalera! Por cierto, no me volvió a pasar, luego me puse fuerte como un roble.
    Al cabo de diez minutos, cuando ya había recibido el dinero (si hubiera intentado no pagar, John no le habría dado el televisor y la lámpara, que estaban por separado en el camión en una caja cubierta por unas mantas), fuimos en coche al Downtown e intentamos adelantar a un capullo que también iba en camión…
    John me gusta. Es una mierda que sea un racista, no le gustan los negros. «Negratas», les llama. Su racismo de tío sencillo de pueblo ruso tiene un carácter bastante primitivo. Cuando pasamos por alguna ciudad de provincias, lo primero que dice es si hay muchos negros. El mayor elogio de una ciudad es que John comente: «Aquí no hay ni un negrata.» Le encanta el estado de Maine, donde no hay negros y el agua y el aire son puros y limpios. John asocia a los negros con la suciedad. La gente sencilla como John también está llena de mierda. Unos obreros pegaron a unos estudiantes que se manifestaban contra la guerra de Vietnam. Y en los conflictos raciales de Boston, los culpables no son los capitalistas, lo que pasa es que esos señores obreros no quieren que sus hijos estudien con niños negros. La gente sencilla está llena de mierda también hoy en día.
    —Una vez iba por la Turnpike de Nueva Jersey —me contaba John—, y delante de mí giraron unos negros en un coche. Ellos gritan algo desde el coche, yo los evito y sigo tranquilamente. Miro atrás y un montón de americanos ya estaban sacando a los negratas del coche.
    —¡Eres un racista! —le digo.
    John no se enfada, se echa a reír. Racista es un insulto para un profesor liberal americano, pero para una persona del campo bielorruso, marino de un pesquero, racista no es un insulto.
    A menudo cruzamos Harlem por la Avenida Lenox cuando volvemos de nuestros viajes, y él conduce tranquilamente el camión, mirando a la gente y diciendo entre dientes: «Monkey, monkey», aunque sin especial inquina. Me señala un tío completamente borracho o fumado que se tambalea y mueve las manos. John se ríe satisfecho.
    No intento hacerle cambiar de opinión, no le incito a pensar y renegar del racismo. Es inútil. Aunque vamos tranquilamente en un camión y siento cierta simpatía hacia él, aprecio su sencilla fuerza y vitalidad, y me parece que yo también le caigo simpático, siempre queda la posibilidad de que en años venideros nos veamos en lados distintos de unas barricadas, él defenderá este sistema y orden y yo estaré con los negratas que tanto odia.
    Para mí está tan claro que sonrío con calma en el camión, «Ay, John, Édichka también es un tipo fuerte, tú perdónale si pasa algo. La vida es una broma demasiado seria», pienso.
    Me paga mi dinero, hace un gesto con la cabeza con ese peinado corto americano, le da al acelerador con el zapato de cordones y desaparece por la entrada. Yo me voy a mi hotel.

Últimamente John me ha cogido cariño. En primer lugar, ahora trabaja casi exclusivamente conmigo. Además, a veces me llama en horario no laboral y me invita a pasar tiempo libre con él. Empieza hablando en inglés, pero luego pasa al ruso por mí. Una vez vino a verme junto con Lenia, el ex preso del archipiélago Gulag, en el coche de este. Era pasado el mediodía pero iban a la playa. Lenia conduce mal, pero al final llegamos a una playa vacía del lejano Coney Island. Yo, como siempre, no me llevo nada por una costumbre infantil de soldado, pero John, por supuesto, era previsor: llevaba hasta una tumbona que extendió con cuidado sobre la arena, un transistor que encendió enseguida, una preciosa pelota de voleibol que, según sus palabras, «cuesta veinticinco bucks», y un manual de inglés caro. Después de bañarse, el señor hombre de negocios se estiró en la tumbona, cogió un bolígrafo y se puso a hacer ejercicios con el libro abierto.
Lenia Kosogor, flaco y encorvado, tampoco llevaba nada, como yo, por el hábito del campo de trabajo de no sobrecargarse con cosas que de todas formas le iban a quitar. Lenia y yo estábamos tumbados directamente en la arena. Al principio apoyé la cabeza mojada después del baño en la pelota de John, pero pensé que se enfadaría por estropear la superficie de piel, aparté la cabeza y la apoyé en mis sandalias.
Así estuvimos tumbados bastante rato, el sol vespertino brillaba sin abrasar, últimamente me había acostumbrado al silencio y el exceso de conversación a veces me irritaba. En ese sentido, John era casi ideal. Yo no abría los ojos para nada. Lenia Kosogor me preguntó algo y también se quedó callado. Así estuvimos un buen rato.
«Let’s go, Ed!», dijo de pronto John, que cerró su cuaderno, cogió la pelota y se apartó hacia un lado. Sé jugar al voleibol, aunque llevaba esas putas gafas que salen volando cuando hago algún movimiento brusco, pensé. Pero no quería meter la pata con el boss, así que dije que hacía como mínimo diez años que no jugaba al voleibol. Y empezó el juego.
Al principio iba con cuidado por las gafas y porque las manos no me obedecían, pero al final recordé cómo se juega y todo fue mejor. John tampoco era nada del otro mundo, pero poco a poco, como digo, la cosa fue tomando forma, y más tarde se incorporó Kosogor. Estuvimos jugando bastante rato. Luego Kosogor se tumbó de nuevo en la arena y se puso a cantar canciones rusas, y nosotros seguimos con nuestra pelota, con el ceño fruncido por la arena que nos entraba en los ojos cada vez que se iba al suelo.
¿Sabéis? Fue como regresar a la infancia. La playa de Járkov, mis amigos gamberros, incansables y negros de tan morenos y deportistas, la pelota que volaba sin parar, chicas guapas que solían jugar muy mal pero cuya presencia animaba a los jóvenes machos y les obligaba a realizar trucos y piruetas increíbles. Bien es verdad que los participantes en aquella escena eran mucho más jóvenes, eran muchos, la escena tenía un trasfondo también repleto de conocidos y semiconocidos, y lo principal: no teníamos esa sensación de tristeza angustiante. La tristeza envolvía al enérgico John, a Lenia Kosogor y a mí. ¿Por qué?, me preguntaba. ¿Es nostalgia? No sé si ellos sentían esa melancolía, pero para mí el océano gris era triste, y también la arena sucia, las gaviotas, y el grupo apartado de gente sobre la arena, todo estaba envuelto en tristeza. Ese tipo de tristeza, ya sabéis, que hace que uno agarre una ametralladora y empiece a disparar a la multitud, yo no lo haría, pero es una manera de acabar con la tristeza.
En general sentía la ausencia de una obra en la vida, de haber iniciado algo con firmeza y estar dispuesto a continuarlo con la misma intensidad. Lo que me ofrece este país no puede ser mi objetivo. Puede ser el de John, que gana dinero, o el de Lenia Kosogor, que quiere algo concreto y material, pero no para mí, ya sabéis, con mi sed de amor, yo era el peor de todos. Solo una Gran Idea podía dar sentido a mi vida. Cuando tu vida está supeditada a todas horas a una gran idea y a un movimiento social está bien ir en coche y abrazar a un buen amigo, caminar por la hierba, sentarse a la puerta de una iglesia en la ciudad.
Dejé la sesión de voleibol, fui a bañarme y me puse a nadar sin dejar de pensar en cómo conseguir de nuevo el amor en este mundo, y que prosperara, se encendiera, extendiera sus llamas y convirtiera el mundo en el lugar emocionante y feliz donde vivía antes. Seguí nadando, me estiré en el agua y me quedé así, pensando en ello, mientras el último rayo del sol que se escondía centelleaba bajo mi cabeza, arañando el agua.
Salí y caminé despacio por la playa. Ellos, mis amigos sencillos y buenos, estaban ahí tumbados en la arena, pero no tenía ganas de ir con ellos, así que caminé en dirección contraria, hacia donde había cuerpos y personas desconocidas, y un viejo barbudo hacía ejercicios físicos, muy parecidos a alguna oración, justo delante del sol que se extinguía.
Me alejé bastante por la arena allanada por la marea baja, mirando al océano, esperando algo, pero no encontré nada ni nadie que fuera útil a mis objetivos, solo me llamaron la atención algunos chicos y chicas adolescentes. Pero entre ellos y yo ya se interponía mi insuperable edad, mi cabeza llena de pasado, mis manos con cortes y toda esa tristeza. Volví con los míos, por imposición, sin duda, por imposición.
Me recibieron con una noticia.
—Se ha muerto tu amigo —dijo Lenia.
—¿Cuál? —pregunté yo con indiferencia.
—El Gran Timonel[12] —contestó Lenia—. Prepara pintura negra, pintarás un retrato en tu habitación.
«Así que se ha muerto —pensé—, lo intentó todo durante los últimos años, se apartó del trotskismo para imitar a los antiguos emperadores chinos, fundadores de dinastías, lo vivió todo y se ha muerto. Era un hombre del pueblo, y como tal se confundió, ¿pero por qué yo no puedo vivir sin soberbia, por qué me atormentan la soberbia y el amor?»
Seguimos jugando al voleibol, se presentó una enfermera blancuzca de una nurse home a la que John invitó a jugar con nosotros y nos explicó que sus padres eran de Poltava. Yo saltaba a por la pelota, todos nos reíamos, ya de niño destacaba por mi arriesgado juego «brasileño», como decía Sania el Rojo.
La enfermera de la nurse home, según las observaciones de Lenia, quería que John se la tirara, pero John tenía sus asuntos con el sexo, no sé cuáles. Nos fuimos.
En algún local cochambroso junto a la carretera pedimos un roast beef, Lenia y yo bebimos a escondidas, a medios vasos, un brandy comprado en la tienda de licores de al lado, John no quiso, se puso al timón y nos fuimos a Nueva York. El preso borracho del archipiélago del asiento de atrás hablaba de algo a voz en grito, estaba de buenas. Yo me sumergí con la mirada en los automóviles de alrededor y permanecí en silencio…
Otra vez John me llevó no sé por qué a ver un submarino americano. No sabía qué mierda me importaba a mí el submarino, pero me llevó, fue conmigo en coche y no podía decirle que no a John. Así que fui.
El embarcación estaba en un descampado. Era enorme, todo era auténtico, solo tenía dos agujeros grandotes en el revestimiento con una escalera soldada para los excursionistas. Estuvimos una hora recorriendo los diferentes compartimentos, escuchamos las explicaciones del viejo marino, un guía gracioso que llamaba a las niñas pequeñas «miss» y contestaba con paciencia a sus preguntas y las de mi amigo John sobre el mar.
—El tío dice que el aire era bueno ahí dentro, pero eso a él le importa una mierda, mejor no probar, no hay balanceo en el submarino, no se nota, pero existe, y el aire es una mierda —comentó John a propósito de las explicaciones del viejo marino.
A John le interesaba todo, observaba la bodega, se fijaba en dónde estaban las baterías para la carga, observaba los agujeros por donde se cargaba el diesel, giró una rueda y cerró todas las escotillas después de que pasara nuestro grupo para que no se oyera el ruido del otro grupo de excursionistas que iba detrás.
A mí me la sudaba la embarcación, miraba por educación, en cambio observé con gran interés un taller de anatomía al que me invitaron hace poco para ver cómo diseccionan los cadáveres. El tema me importaba una mierda, pero por lo menos no estaba en casa, gracias a John.
Después del barco me llevó a otro sitio sin decirme dónde. Suele hacerlo, yo tampoco digo nada, me callo, no pregunto a dónde me lleva, solo miro el camino e intento adivinarlo. Vaya, ahora está claro: es la granja de Tolstoi. Giró a la derecha en la granja, moviéndose entre coches parados, y llegamos a una barraca de una planta para dos familias. Entramos.
—Este es Ed —me presentó a un tío con las sienes plateadas—. Él se llama John, como yo —dijo él, señalando al tipo con brusquedad.
—Sí, algunos me llaman John —dijo el tío con suavidad—, y otros Vania.
El pisito era minúsculo, en un pequeño dormitorio contiguo dormía la hija pequeña del dueño, y hasta que no apareció ella, hasta que no se despertó, me aburrí como una ostra, incluso me puse triste. Ahora entenderéis por qué.
John llevó un magnetófono rudimentario y muy usado que producía un sonido tembloroso y lo encendió, cantaba una chica americana. Al tal Vania mentalmente yo lo llamaba Vánechka porque desprendía dulzura. En lo que decía, en todo su cuerpo, aquel tipo que trabajaba en una fábrica de plástico me gustaba de verdad, el tal Vania se reía del magnetófono de John, que se justificaba diciendo que se lo había comprado para practicar inglés. Por cierto, se me olvidaba, ellos llamaban al magnetófono tape recorder.
La chica de la cinta cantaba sobre una noche que no volverá jamás, y que eso era horrible, y muchas otras palabras tristes. Después de esa chica John había grabado a un viejo ruso, Kuzmich o Petróvich. «Qué quieres, Kuzmich, habla o canta», dijo John desde el magnetófono. John hizo un ruido desde la silla. Y cuando Kuzmich empezó a cantar la canción popular rusa «Cuando en el correo serví de cochero», equivocándose con la letra, yo me arrepentí, me levanté y me fui en silencio.
No necesitaba para una mierda ese incordio de canciones rusas sobre seres queridos muertos encontrados bajo la nieve. Me resultaba demasiado familiar. Las palabras «amado», «apasionado», «cópula» y otras parecidas eran para mí suplicios infernales. Me retorcía leyéndolas, solo me faltaba escucharlas en canciones rusas.
Salí, los árboles susurraban, la hierba verdeaba, anochecía, un joven búlgaro de la familia vecina estaba sentado en el porche y daba golpes con el tacón en el umbral. Me acerqué a la furgoneta en la que habíamos llegado, recosté la frente contra su alta carcasa amarilla y me quedé callado. Desde la casa se oía un cantar melancólico. «Para qué todo esto — pensé—, ¿es que no se puede vivir toda la vida con amor y felicidad, la vida es tan corta, tan pequeña y ella, Elena, busca, no sé qué fuerza la impulsa a seguir adelante o atrás, por qué tengo que pasar por estos momentos y otros mucho peores? Podíamos pasar juntos toda la vida, con aventureros, chaperos, prostitutas, pero juntos. La última frase de mi amada fue que el sexo es sexo, puedes tirarte a quien quieras, pero para qué voy a vender mi alma.»
Aquello pasó rápido. Ya era el final del verano, no marzo o abril. Tampoco es que estuviera de un humor excelente, pero cuando volví a entrar en la casa el viejo ya había terminado de cantar Buhoneros, y apareció un pequeño ser soñoliento de dos años: Kátienka, igual tenía menos incluso. El padre búlgaro vistió a ese ser, que empezó a moverse entre nosotros, sobre todo en mi zona, a emitir sonidos y sonreírme. Me sorprendí observando solo a Kátienka, la conversación de John y Vánechka no me interesaba. Hablaban sobre algo de esos coches parados que había a lo largo de la carretera junto a la barraca. Resulta que los coches se vendían, y baratos. Un Pontiac blanco costaba 260 dólares. Cuando llegaron al precio del Pontiac desconecté porque decidí coger a Kátienka y sentármela en las rodillas.
¿Dios santo, qué sabía yo de niños, un ser infeliz y asustado como yo? Una mierda. Había que entretener a ese pequeño ser. Yo llevaba en la cabeza un viejo sombrero de paja de John, me lo quitaba y me lo volvía a poner, intentando arrancar una sonrisa al rostro de la pequeña. La niña, que por edad estaba más cerca de la naturaleza, de las hojas y de la hierba, que de la gente, me entendía, no lloró, no quería asustarme y me puso sus patitas diminutas en el pecho, yo llevaba la camisa desabrochada, y se me quedó mirando. La patita estaba caliente, y despertó en mi cuerpo un bienestar animal que no había sentido hasta entonces, algo parecido a cuando abrazaba a Elena.
De pronto pensé que hubo un tiempo en que no me gustaban nada los niños, y en cambio en ese momento era muy feliz con ese ser en mis rodillas. Crecerá, será guapa, Vánechka era un tipo que no estaba mal, a su mujer aún no la había visto. «Que Dios te dé felicidad, fierecilla, pero si la encuentras que sea para toda la vida, y que Dios no te haga conocer la felicidad para luego pasar el resto de la vida infeliz. Es el peor tormento», pensé.
Tenía a la fierecilla sentada en las rodillas sin saber qué hacer con ella, tonto de mí, solo la sujetaba con cuidado por la espalda y le hacía muecas graciosas. Era un inexperto, nunca había tenido niños. Si ahora tuviera a esa Kátienka sería muy fuerte y tendría un estímulo para vivir. No se la entregaría a la escuela, me importan un bledo vuestras escuelas. La vestiría con prendas preciosas, las más caras, y le compraría un perro grande e inteligente…
Así soñaba en vano, mirando a aquella criatura ajena. ¿Por qué en vano, diréis? Desde luego que eran sueños inútiles. Ya no podía tener hijos de la mujer amada, y si los tuviera con una no amada no los querría. No necesitaba a niños no queridos.
No debía tenerla tanto rato en las rodillas, se darían cuenta, y no quería. Para John yo era Ed el desesperado sin principios, un mozo de carga pasable al que auguraba un futuro como jefe de su empresa, la de John, de sus asuntos, de su negocio. John es así, lo tendrá todo. No en vano vive como un espartano, no bebe, no fuma, probablemente no se acuesta con mujeres porque considera que es un dispendio demasiado grande para él. John tendrá todo lo que quiera, pero no durante mucho tiempo porque toda esta época se está acabando.
Vánechka cantó algunos fragmentos de canciones búlgaras y las célebres Noches de Moscú, y John lo grabó en el tape recorder. Cantaba de una manera suave y conmovedora. Solté a Kátienka, la senté con cuidado en el suelo y me ensañé pensando que no tenía derecho a aflojar, que hay que mantenerse fuerte o te acabas doblegando, y según me enteré por una conversación entre los invitados de Roseanne que comentaban el libro Vida después de la vida, el muerto experimenta los mismos sentimientos que vivo (el suicidio no cambia nada, solo queda sufrimiento). A mí no me gustaría cargar toda la eternidad con el estado en que estoy ahora. Me convencieron. Eso significa que hay que sobrevivir. Por eso me despedí exageradamente del dueño, de Kátienka, que estaba sentada en brazos de su padre, le toqué con suavidad el hombro, dije: «Good bye, baby!», ocupé mi asiento y nos fuimos a oscuras, hablando de vez en cuando, y otras veces callados. Había mucho tráfico, era domingo, la gente regresaba de las zonas de ocio y por eso llegamos más bien tarde a Manhattan.
—Mira ese car, delante de nosotros —dijo John cuando pasamos por Washington Bridge—. Cuesta dieciocho mil. Mi coche es para hacer dinero, el suyo para gastarlo. Probablemente dentro va un cheat, un estafador que se ha hecho rico a base de engaños y drogas. No eres peor que él, pero tú estás aquí sentado en mi camioneta, y no tienes nada.
John lo dijo con mala uva, así que pensé que tampoco era tan sencillo como parecía. Y no se le veía muy satisfecho. Trabajaba como una bestia y se cansaba, tenía arrugas en la cara. A lo mejor me equivocaba en lo de las barricadas. ¿Y si estábamos en el mismo bando? Ojalá. En sus palabras había algo parecido al odio de clase.
—¿Cómo se llama ese car? —pregunté.
—¡Mercedes Benz! —contestó, y añadió, mirando el vehículo—: Fucking shit!

  1. Mi amiga Nueva York
    Yo soy una persona de calle. Entre mis amigos hay pocas personas y muchas calles. Las calles me ven en cualquier momento del día y de la noche, a menudo me siento sobre ellas, aprieto el trasero contra sus aceras, arrojo mi sombra sobre sus paredes, me apoyo y descanso sobre sus farolas. Creo que me quieren porque yo las quiero a ellas, y les presto atención como nadie más lo hace en Nueva York. En realidad Manhattan debería ponerme un monumento, o una placa conmemorativa con la inscripción: «A Eduard Limónov, el primer peatón de Manhattan, Nueva York, con cariño.»
    Una vez recorrí a pie más de trescientas calles en un día. ¿Por qué? Estaba paseando. Me muevo casi exclusivamente a pie. Me daba lástima gastarme cincuenta céntimos de mis 278 dólares mensuales en un billete a algún lado, sobre todo porque mis paseos no tenían un propósito firme, el objetivo era impreciso. Por ejemplo, comprar un cuaderno de un formato determinado. En Woolworth no lo tenían, y en otro Woolworth tampoco, y en Alexander tampoco, y me dirigía a Canal Street para no encontrar en ninguno de sus rastrillos ese cuaderno. Los demás formatos me sacan de quicio.
    Me encanta deambular. Realmente, sin exagerar, probablemente soy el que más camino de toda Nueva York. A lo mejor hay algún vagabundo que camine más que yo, pero no lo creo. Por lo que yo observo son bastante vagos, están más bien tumbados o pululan indolentes con sus harapos.
    En marzo y abril caminaba mucho, eran mis peores meses. Por la mañana los músculos de las piernas se me paralizaban, cualquier paso me causaba un dolor infernal, tenía que caminar con ese dolor como mínimo media hora hasta que desaparecía por sí solo de caminar. Por supuesto, no me dolería tanto si llevara unos zapatos con menos tacón, pero jamás me haría a mí mismo semejante concesión: solo llevaba y llevo zapatos de tacón alto, y en la tumba, si es que me espera una, pediré que me pongan unos zapatos increíbles y sin duda con mucho tacón.
    Visitaba diferentes barrios de Nueva York a la espera de que se produjera algún encuentro. A veces lo sentía con claridad y caminaba a propósito para tentar a la suerte y ser digno de un encuentro, pero la mayoría de las veces caminaba sin más, movido por el deseo de pasear, y en realidad todo tenía el mismo objetivo: provocar un encuentro. En mi lejana infancia, que ya no recuerdo, también deambulaba por la calle principal de mi ciudad natal de provincias y esperaba a que alguien me encontrara y me llevara a otra vida. ¿A quién esperaba encontrar? ¿Un hombre, una mujer? ¿Un amigo, el amor? La verdad es que me lo imaginaba de forma muy abstracta, pero lo esperaba, nervioso. Cuántas tardes vacías, cuántos regresos tristes y solitarios, cuántos horribles pensamientos antes de dormir hasta que conocí a Anna y con su ayuda pasé de ser un tipo normal a convertirme en un poeta.
    Ahora camino igual, tampoco tengo nada, me he creado mi propio destino poético, tenga continuidad o no, ya no es tan importante, ya está hecho, existe, en Rusia ya han creado una leyenda de mi vida y ahora soy libre, camino vacío y horrible por la Gran Ciudad, entreteniéndome, salvándome y distrayéndome con sus calles, y busco encuentros que provoquen el inicio de mi nuevo destino.
    De Kierkegaard, un hombre que vivió en el siglo XIX, aprendí que solo una persona desesperada aprecia de verdad la vida. Él era desdichado e infeliz. Oh, yo la aprecio, y de qué manera, suelto alaridos y lloro por la vida, y no me da miedo. En cada callejuela observo con detenimiento a la gente, ¿no será él, o ella, o ellos? Es absurdo albergar esperanzas, pero es así, por eso salgo una y otra vez a mis calles, por supuesto son mías porque en ellas tiene lugar mi vida. En la gran ciudad sin límites busco, espío, examino… regreso al hotel y a menudo lloro, con la cara contra la cama, y solo la ira me da fuerzas para levantarme todos los días a las ocho de la mañana, apretar los dientes y leer los periódicos americanos. Blasfemando y maldiciendo a todo el mundo, voy viviendo y por mucho que me traicionara el amor, nunca dejaré de buscarlo. Pero no será el amor hacia una persona lo que me volverá a traicionar, no quiero, no quiero volver a vivir una traición, ese trata de otro amor.
    ¿Qué busco? Tal vez la hermandad de los rudos hombres revolucionarios y terroristas, para que por fin mi alma pueda descansar en el amor y devoción hacia ellos, o tal vez busco una secta religiosa, un amor que me adoctrine, el amor de las personas entre sí, pero cueste lo que cueste: amor.
    Querido, ¿dónde vas a encontrar ese amor?
    Querido, ¿dónde vas a encontrar esa secta donde te mimen, te coloquen la cabeza sobre sus rodillas, duerme, cariño, duerme, estás cansado? No hay en el mundo una secta así. Hubo un momento en que existía en las rodillas de Elena. ¿Dónde está ahora esa secta? ¿Por qué no me rodean sus cariñosos miembros? Mimi la pequeña bailarina hace el pino en broma, Pascalino me eriza el pelo, y George me besa la rodilla. «Has venido hasta nosotros, estás cansado, aquí tienes vino y pan, te lavaremos los pies, estás cansado y eres pobre, quédate con nosotros todo lo que quieras, mañana no nos separaremos de ti para ir a trabajar, como papá y mamá, como la esposa y los hijos cuando aún van a la escuela. Estaremos contigo un tiempo largo y feliz, y a lo mejor luego, ocurre muy poco pero te irás cuando quieras, y aparecerán nuestros viejos edificios en tus ojos…»
    La fraternidad y el amor de la gente, con eso soñaba, eso es lo que quería encontrar.
    No es fácil encontrarlo, ya hace medio año que camino y aún me queda mucho por recorrer… Dios sabe cuánto…
    Camino por Nueva York, mi gran casa, sin equipaje, sin cargarme en exceso de ropa, y casi nunca llevo nada, no sobrecargo las manos. Conozco a toda la gente de la calle de Nueva York. Sé dónde encontrarlos y los lugares donde cada uno de ellos se acuesta a dormir, si es en un suelo de piedra bajo el arco de una iglesia destartalada en la Tercera Avenida y la calle Treinta, o en las puertas giratorias del banco que hay entre Lexington y la calle Sesenta. Algunos mendigos prefieren dormir en los escalones del Carnegie Hall, más cerca del arte. Conozco al vagabundo más sucio, peludo y gordo de Nueva York. Creo que está loco porque siempre luce una sonrisa de oreja a oreja. De día suele instalarse en un banquito de Central Park, cerca de la entrada. Por la tarde se traslada a la calle Cuarenta con la Sexta Avenida. Un día lo sorprendí leyendo… adivinad qué… Russkoe Dielo, el periódico donde trabajaba antes, y además no lo tenía sobre las piernas, sino que lo sujetaba como es debido. ¿Será ruso?
    Conozco un sitio donde en diferentes momentos del día se puede ver a un tipo barbirrojo con un traje de montaña escocés, tocando la gaita.
    Me conocen todos los ciegos de Nueva York, y también sus perros. Un negro con un conejo que se sienta en la Quinta Avenida, normalmente enfrente de Saint Patrick, me saluda siempre con amabilidad y me sonríe.
    Conozco a un pintor barbudo y a su esposa que venden cuadros de animales: lobos, tigres y otros carnívoros parecidos, yo les saludo y ellos me contestan. Es cierto que no puedo comprarles nada.
    Conozco a una persona que vende brochetas de carne en Central Park.
    Conozco bien a un tamborilero italiano, que suele tocar el tambor cerca de Carnegie Hall.
    Conozco a un saxofonista negro, y a un tío que toca el violín en la entrada de los teatros de Broadway.
    Conozco la cara de los vendedores de porros de Central Park, de los alrededores de la biblioteca pública y de Washington Square.
    Conozco a un tío de piernas cortas y torso atlético. En verano siempre va vestido con una camiseta y unos pantalones cortos muy raros. Reparte su tiempo entre la biblioteca pública y el reparto de folletos publicitarios cerca del arco de Washington Square.
    Si quisiera podría enumerarlos a todos, describir su ropa y su fisonomía, pero tardaría mucho, me robaría un montón de tiempo.
    Tengo en la memoria también otro tipo de conocimiento:
    Por ejemplo, sé dónde se puede encontrar una tienda de licores abierta hasta altas horas de la noche en cualquier punto de Nueva York, o por dónde doblar para ir a la callejuela más pequeña del Soho, el Village o China Town…
    Vivo en un barrio que alberga las oficinas de las empresas más caras del mundo: General Motors, Mercedes Benz, entre otras, deambulo tanto por el sucio Bowery como por la aburrida Lafayette Street, y pesco cualquier mierda en los rastrillos de Canal Street.
    Sé dónde se puede mear en caso de urgencia en todas partes de Nueva York. Conozco sitios seguros. Por ejemplo, yendo a China Town por Canal Street, se puede entrar un momento en el vestíbulo del juzgado y en la segunda planta, por la escalera de la izquierda, podéis hacer pis en un retrete maloliente.
    Sé dónde comprar dos enormes pescados frescos por un dólar, y dónde se pueden comprar los mismos pescados pero a tres dólares. Sé dónde hay papel barato, y dónde, en pleno enredo de calles, hay una tienda con bolígrafos baratos a cinco céntimos. ¡Cuánta sabiduría! Da para diez neoyorquinos normales.
    El mejor escaparate de Nueva York es sin duda el de Henri Bendel, en la calle Cincuenta y siete. Es el más elegante y sofisticado. Me excito sexualmente con su rebaño de maniquís lesbianas, con sus chicas repartidas en grupitos y en posturas extravagantes, me pongo cachondo de la forma más ruin. Me dan ganas de entrar en el escaparate y tirármelas. A veces voy a mirar cómo les cambian la ropa tres tíos raros. Sucede por la noche, Bendel cambia de ropa y de lugar a sus lesbianas muy a menudo, a veces pisan dólares que parecen hojas caídas, otras veces cuchichean algo en grupos de tres o cuatro.
    Tengo una relación misteriosa con las maniquíes. Cuando las veo, tan delgadas, místicamente en cueros o medio desnudas, envueltas en la luz mortecina e inverosímil del escaparate, de noche, me atraen mucho más que las mujeres vivas, las cuales desde hace tiempo ya no representan un misterio para mí y solo tienen una solución. Observo las maniquíes desnudas con curiosidad sensual, tal vez de la misma manera que de niños intentábamos verle el coño a nuestra profesora, la joven de francés, colocando un espejo debajo del pupitre. Recuerdo que me agachaba debajo del pupitre y, después de ver los pliegues oscuros y los pelos (en verano iba sin bragas), me quedaba atrapado entre el susto y la conmoción. Ahora que tengo ganas de follar en cualquier momento pero no me lo permito, las maniquíes también me asustan, y pienso con placer y espanto en cómo quitarles las faldas, las bufandas y otros cachivaches, llegar hasta allí y que de pronto aparezca un coño de verdad. Pero bueno, perdonadme estas ilusiones místicas sexuales. Es porque no follo mucho.
    La ropa más sofisticada de Nueva York se encuentra en la Avenida Madison, entre las calles Sesenta y uno y Sesenta y dos, en la tienda Julia, que también se llama Artisan Gallery. Extravagante y fantasiosa, la ropa de esta tienda tiene al mismo tiempo algo mágico y depravado. Me entusiasma. Casi todos los trajes, vestidos y máscaras de esa galería están montados en lugar de cosidos, como se construyen los edificios, o bien esculpidos como esculturas. Me encanta su aire festivo, el efecto que producen, la sorpresa. Es la única tienda que me sorprende, esa ropa es por naturaleza para los raros, para los extraños, pero por desgracia para comprarla hay que ser rico.
    Sueño con conseguir en un futuro algo de dinero y comprarle algo de esa tienda a mi antigua esposa Elena, ahora felizmente separada. A ella también la volvía loca esa ropa, creo que un regalo de esa tienda la habría hecho feliz. Esa ropa no le queda bien a nadie más, solo a Elena, a ella le quedaba bien un chaleco de plumas o un vestido estrafalario, desataba la imaginación.
    Un día fui al espectáculo Ombligo del cabaret Diplomat y vi a la estrella del porno Marilyn Chambers que en uno de los números llevaba unos sujetadores de plumas de esa tienda. Enseguida reconocí el estilo y el acabado. Creo que ni siquiera Marilyn Chambers puede permitirse llevar cosas de ahí. Es caro.
    Yo viviría en esa tienda, no saldría de allí. Voy a menudo a ver sus pequeños escaparates, observo el interior, a veces incluso entro. Me da vergüenza ir con mucha frecuencia porque no tengo dinero, solo gusto por lo insólito y lo extraño, nada más. A veces me dan ganas de ponerme a hacer algo parecido, pues en Rusia cosía y cuento con algunos objetos demenciales hechos por mí, entre ellos la «chaqueta del héroe nacional», hecha de ciento catorce retales, y una cazadora cosida con una tela blanca translúcida, de seis milímetros de grueso. A lo mejor lo hago algún día…
    Otra de las causas de mis paseos por Nueva York, aparte del deseo anormal de encontrar a alguien, es el deseo de distraerme de mi polla siempre medio empalmada y con picores, y también del estudio del inglés, dos cosas que me hacen caer en una horrible semisomnolencia, en un estado sopor y visiones de pesadilla.
    Y ahí estoy yo, con mis pantalones blancos que siempre limpio con Tide en mi habitación, remendados en el culo y en la rodilla, con mis invariables sandalias, que ya habían sobrevivido a un verano y habían perdido la mitad de las correas, de la madera, parecían una especie de construcción oriental, un carro de bueyes o un pozo hecho de madera y piel. Me había quitado mi única camisa veraniega, blanca con cuadros azules, acostumbro a llevarla en agosto por la Segunda Avenida, en el Downtown. Por supuesto, camino por el lado del sol, solo por donde da el sol, nunca por otro sitio, haga el calor que haga, por eso siempre estoy tan moreno.
    Cuando paso por la calle Cincuenta y tres siempre miro a la izquierda. Hay una tienda de vinos muy buena, muy agradable. Hay botellas de pie y tumbadas, encima de barriles, estanterías, carretillas, en medio, junto a la pared, por todas partes. En esa tienda se puede comprar cualquier vino, cualquier bebida, el olor es agradable y hay una botella enorme de champán francés que de pie, madre mía, me llega por la cintura, cuesta entre 162 y 175 dólares. Si un día tengo dinero también quiero comprarla para regalársela a Elena. Ella sabe apreciarla, le encanta el champán y una botella tan grande la volvería loca. Se pondría contenta, y yo también. Elena es una mujer peculiar, coincidíamos en los gustos, por eso la echo tanto de menos. Era muy bella y le encantaba lo bello, y aunque ya no sea la misma y se haya arruinado la vida, siempre estará en mi corazón.
    Sigo adelante, embelesado en mis pensamientos sobre la tienda y lo bien que estaría ir allí, sumergirse en ella, comprar por fin una botella de ron de Jamaica y beberlo en una copita que no tengo, pero tendré, en pleno calor. Sé dónde comprar esa copita, en la esquina de Perry Street con la Avenida Greenwich, en el Village, allí venden cristalería buena y variada, en un momento y de un vistazo encontraré una copita que me satisfaga.
    Así que iré al centro y alguien me sonreirá porque cuando camino intento dar la impresión de que en ese preciso instante estoy leyendo una oración que compuse hace poco para mí mismo, me la inventé en un momento difícil al ver que me enfado demasiado con la gente. Esta es la oración:
    No hay rabia en mi corazón
    No hay rabia en mi corazón
    Pese a la esperanza de mis sepulcros
    no hay rabia en mi corazón…
    ¿Creéis que los que os rodean no ven si hay rabia en vuestro corazón? Lo saben perfectamente. Por eso al ver que no hay rabia en mi interior muchos me sonríen o me piden una dirección. Un latinoamericano alegre al volante de un viejo automóvil me pregunta cómo ir a la Avenida C. «A la izquierda, amigo, a la izquierda», le digo. «Al principio verás la Primera Avenida, luego la A, luego la B y después ya viene la C.» «¡Gracias! Have a nice day!», me grita, con una sonrisa. Como ese viejo canoso con bigote sentado en las puertas abiertas de un camión que mira con fervor mi cruz ortodoxa esmaltada en azul, pegada a mi pecho. A lo mejor es ucraniano, es su barrio. Me paro junto a una boca de incendios abierta y de la que sale agua, me mojo hasta la cintura y continúo sin secarme. Es normal, tenía calor y he hecho una ablución.
    A veces cuando camino por Broadway, normalmente de madrugada (antes era cuando salía de casa de Roseanne), alguien se acerca a pedirme dinero. No doy, de hecho no puedo dar. La persona que lo pide probablemente lo tiene más fácil para conseguir dinero en Nueva York que yo. Siempre me paro de buena gana, explico que no tengo dinero, que recibo el subsidio social, es decir, que me encuentro en el mismo nivel que el que pide, si no peor. Qué ser tan despreciable soy, esa es la explicación que doy. Todos se dan por satisfechos. Con los únicos que no me paro es con los que van muy borrachos o drogados. No vale la pena pararse, cuesta entender lo que refunfuñan, ni siquiera ven en ese momento el mundo que los rodea, y yo, Édichka, soy para ellos una mancha que tiene forma humana. Se enfadan, pero qué se le va a hacer… realmente a mi juicio soy un desgraciado, no doy dinero a la gente.
    Normalmente cuando voy al Downtown es para todo el día. Suelo empezar por Washington Square, donde me tumbo en la fuente, si funciona, meto los pies en el agua y el culo en el último escalón antes del nivel del agua, me tumbo y me acuesto filosóficamente, contemplando a los que me rodean, y cada vez más cierro los ojos para sentir únicamente, o los abro poco. El sol, el agua, el rumor de fondo y los gritos, todo compone para mí la melodía de la vida. A menudo hay un fuerte chorro de agua que sale hacia arriba, los niños lanzan diferentes objetos, latas de cerveza y Coca-Cola, pañuelos. Si aciertan en el chorro se elevan hasta arriba de todo, y los críos, desnudos y mojados, chillan de la emoción. Otros niños intentan poner el culo en el chorro para que los empuje hacia arriba. Pero o los niños pesan mucho o no se sientan bien y el hecho es que nunca lo consiguen, el chorro no los levanta. Un niño de unos diez años ha aprendido a dirigir el chorro de la fuente hacia donde quiere, apretando con el pie el orificio de donde brota. De este modo echó a todo el mundo del círculo de la fuente, los más testarudos fuimos una mujer negra gorda y yo. La mujer estuvo mucho rato tumbada y se mantuvo firme, pero ese niño malvado la venció inundándola con un mar de agua. La mujer negra se fue. Conmigo fue más complicado, con tipos como yo cuesta. No paraba de tirarme agua, pero yo estoy acostumbrado a soportar con serenidad el frío y el hambre desde niño, como un yogui. Él me tiraba agua, y yo seguía tumbado. Y continuaba. Pero ese niño era igual de terco. Se lo ganó a pulso. Ya no aguanté que me inundara la cara y parte de la nariz y la boca con una ráfaga entera de agua, no podía respirar, tuve que salir a rastras y cambiar de sitio. Los espectadores (holgazanes, estudiantes, guitarristas y drogadictos) nos aplaudieron a rabiar tanto a él como a mí.
    Los perros que juegan en el agua también se suman a la alegría general. Corren detrás de palos, latas y pelotas y se las llevan fielmente a sus dueños. Algunos son más ágiles, otros más hinchados y no tienen tiempo de atrapar las cosas que les lanza el dueño porque las intercepta otro ejemplar más veloz de la especie canina, y entonces miran con cara de culpables a sus amos.
    Un boxer tonto que lleva media hora arrastrando a su dueña hacia la fuente, jadeando y recibiendo probablemente un montón de manotazos en el hocico, intentó darle un mordisco al chorro de agua. Lo consideraba su peor enemigo, ¡pobre! Se le inundaron los ojos, tenía el hocico apaleado, lanzaba sonidos roncos y se ahogaba, el chorro lo levantaba por debajo del pecho, no paraba de darle en el morro. La dueña, una mujer de aspecto muy decente que había acabado allí sin saber cómo y probablemente por primera vez, estaba completamente empapada y a través del tejido mojado del vestido se veían unas bragas y unos sujetadores estrambóticos, casi de estilo ruso. Los ciudadanos de ambos países se parecen.
    Washington Square aparece en las guías de viaje de Nueva York como un lugar de interés, y a veces pasan por allí americanos de verdad, countrymen y country ladies que no paran de mirar a todos lados. A nosotros, los aborígenes, nos hacen mucha gracia, los guitarristas, estudiantes, holgazanes y fumadores de porros se ríen viéndoles, y yo también. Esa gente resulta muy graciosa en medio de Washington Square, ataviada con voluminosos andrajos americanos tipo country. Tiene mucho en común con los ciudadanos soviéticos, siempre vestidos con esos polvorientos trajes anchos, aunque haga un horrible calor continental.
    En Washington Square encuentro todo un mundo de entretenimiento. A veces escucho al Poeta junto con los demás. No sé cómo se llama, por eso le llamo el Poeta. No me costaría averiguar su nombre, pero no sé por qué no lo hago. Es una persona bajita con una camisa negra por fuera y unos pantalones anchos de satén también negros, sandalias en los pies, barba y cabeza cada vez más calva, que lee versos encaramada a una de las vallas bajas que rodean la fuente. Normalmente se para en el mismo círculo donde yo estoy sentado, el mismo donde Jachaturian e Irina, mis amigos, ellos se consideran mis amigos, me vendaron el brazo y me pusieron un parche durante los primeros días de marzo, las venas cortadas apenas habían cicatrizado, supuraban, abandonadas; Ira y Jach me pusieron yodo en el brazo y luego lo taparon con un parche americano, todo Washington Square observó la operación…
    El Poeta siempre se dirige a ese pedestal, por eso no le he conocido, nuestro vínculo es ese pedestal. El Poeta deja junto a sus pies un cesto que hace de bolso, parecido a los que llevaban las abuelas soviéticas para comprar durante los años cincuenta, negro, basto y de hule. Sin prisa, hurga en su bolso, saca una hoja y se pone a leer. Lo hace con mucha expresividad y gesticulando mucho. Tiene la voz áspera y pone gran entusiasmo, pero dista mucho del susurro penetrante, como un sollozo o un lamento, del moscovita Lenka Gubanov, que conserva su origen, tal vez los llantos rusos del norte. «No engancha», pienso con aire de superioridad…
    El Poeta lee, algunos incluso bajan un poco el volumen de sus transistores. Parando de vez en cuando a escarbar en el bolso, el poeta lee entre diez y quince poemas y luego se sienta, bebe de una botella de vino y charla con los oyentes que tengan ganas de hablar, a veces también les da vino. Es un buen tipo, eso se ve, tiene unos cuarenta y cinco años, y sin él Washington Square estaría vacío para mí.
    Después de pasar unas tres o cuatro horas tumbado, escuchando todas las conversaciones a mi alrededor, de vez en cuando cautivado por las chicas que muerden el anzuelo de mi maravillosa figura bronceada, las mismas chicas que, como sabéis, me atraen y me repelen al mismo tiempo, por eso me dan miedo y dos o tres aproximaciones terminaron en fracaso. Me «rajé», vaya, aunque me había prometido aprovechar todas las ocasiones y establecer todos los contactos posibles. Tumbado, me levanto y me traslado a otro sitio en la hierba, bajo un arbusto, pero de nuevo casi siempre al sol, solo a veces en la sombra, y observo si llega la carroza de Ramakrishna, los miembros de la secta esa que bailan al ritmo de panderetas. Los conozco a todos de cara, sé quién baila mejor y peor, quién toca el tambor o la pandereta, me enternece su niño, que también va con una túnica naranja de gasa. En algún momento me planteé irme a vivir con ellos a su comunidad, aún me lo estoy pensando. Probablemente mi ambición no me permite llevar a la práctica esa idea. Aunque todo puede ser.
    Aunque sean de imitación, los Rasmakrishna me transportan a mi Oriente natal. Me tumbo en una postura relajada en la hierba, solo la mano sujeta la cabeza, cierro los ojos con frecuencia y entonces solo una oración cantada y circular suena en mis oídos:
    ¡Hare Krishna, Hare Krishna!
    ¡Krishna, Krishna, Hare Hare!
    ¡Hare Rama, Hare Rama!
    ¡Rama Rama, Hare, Hare!
    Después de pasar tal vez una hora entre el ruido regular de las panderetas, decido cambiar de ubicación y me dispongo a sentarme en un banquito. Una madre joven y rubia, vestida con no sé qué trapos de la época de Botticelli, me pide que vigile a un crío rubio que está tumbado en un cochecito, vestido con una ropa igual de estrafalaria. «Ojalá no vuelva», pienso yo, mirando con interés al niño. Me quedaría sentado, esperando, y luego cogería al niño, tendría de qué ocuparme, a quién amar y alguien por quien trabajar. Daba igual si el niño crecía y me abandonaba, era inevitable. Aquellos a los que se ama siempre se van, pero durante quince años probablemente no se iría, oiría sus risas sonoras, le prepararía la comida, pasearía con él hasta quedar exhausto, no lo entregaría al colegio, lo educaría yo mismo, jugaría con él y correría por la orilla del mar. Así sueño yo.
    A pesar de toda su ironía y malicia, Édichka sueña con someterse a alguien y servir, como un perro solitario que ha perdido a su dueño. Como siempre en estos casos, los sueños quedan eliminados por la cruel realidad: vuelve la madre con el padre.
    Ese hombre se parece a Cristo, con esa chaqueta desgastada y zapatos sin calcetines. Le conozco, siempre se pasea por aquí entre la multitud, con las manos en los bolsillos de esa misma chaqueta, y ofrece porros a los transeúntes. Por cierto, los que fuman en serio tienen los suyos, los comprados son más escasos y flojos. La familia, obviamente feliz con su reunificación, me da las gracias. Yo les saludo. Pero cómo… estoy dispuesto a… vaya mierda…
    La familia se larga con el cochecito, pienso por qué no tomé la decisión de hacerle un hijo a Elena. Se habría ido de todas formas, pero me quedaría el niño, la gente como ella no se lleva a los niños cuando se va. Tendría al niño, y probablemente sería guapo como Elena, yo tampoco estoy mal, y tendría un pedacito de Elena, una niña o un niño al que servir. Capullo, pienso. Y si…
    Enseguida se me ocurre un plan. No para ahora, claro. Ahora no estoy técnicamente en situación de cumplirlo. Pero más adelante, a lo mejor dentro de un año, cuando tenga buenos contactos y amigos aquí, encontraré una dacha aislada, la equiparé bien para retener a una persona, y luego secuestraré a Elena. Encontraré un médico, tal vez podría convencer al mismo Chikovani, mi amigo el que vive en la ciudad de Davis, en el estado de California, ya era amigo mío en Moscú, y a lo mejor no le da miedo arriesgar su licencia de médico, al fin y al cabo es mi amigo. Le quitará a Elena el dispositivo que le permite follar y no quedarse embarazada. Oleg es neurocirujano, especialista en operaciones cerebrales, una operación es una tontería para él. Me tiraré a mi chica y la retendré bajo llave hasta que dé a luz: nueve meses.
    Podría hacer correr el rumor entre la gente que la conoce de que se ha ido a casa de su hermana, que se mudó de Beirut, hecha mierda, a Roma o París, siempre se puede mentir. Y durante esos nueves meses, no todos, pero seguro que durante los seis primeros sí, podré seguir follándome a Elena, ¿qué podrá hacer ella? Nada. Enfadarse, vociferar y luego calmarse. Me la tiraré todos los días, muchas veces, porque básicamente no tendremos nada más que hacer. Al pensar en semejante felicidad me da vueltas la cabeza y, como siempre que pienso en Elena, me empalmo…
    Será en algún lugar de Connecticut. Mentalmente cambio el escenario de mi secuestro imaginario a la dacha de Alex y Tatiana Glickerman. Me gustó su dacha, Elena y yo estuvimos unas cuantas veces cuando aún éramos un matrimonio. Ahora parece que va de vez en cuando sola. En casa de los Glickerman hay cuadros de Dalí hasta en el retrete, era amigo de Alex porque dirigía una revista que estaba muy de moda. Hubo un tiempo en que Volódichka Mayakovski estuvo enamorado de Tatiana, y si os acordáis ya me he ido de la lengua en algún sitio y he dicho que en Moscú se hizo amiga de Lilia Brik. Es raro que el destino se haya empeñado en relacionar a Édichka con las conquistas sexuales de otro gran poeta.
    «Es mi esposa, de momento no estamos divorciados. Y yo te quiero igual», pienso horrorizado al ver que se volvía a abrir en mi interior el siniestro abismo de mi amor. Lo haré, lo haré, me digo con convicción. Y si me descubren, me juzgan, el amor siempre tiene razón, siempre, lo haré, una mierda acaté el destino que me arrebató a Elena, solo me escondí durante un tiempo, esperaré…
    Las hojas que caían en la dacha fueron desvaneciéndose poco a poco, pero la polla seguía empalmada, sentía cierto placer en mi interior, como si acabara de tirarme a Elena y en sus entrañas se desarrollara ese proceso misterioso. ¡Ay!
    Desperté de mis pensamientos. Recordé la idea, la dejé a un lado y me acerqué a un grupo de gente de cuyo centro salía un estruendo de guitarra, el ritmo de un instrumento de percusión y voces roncas.
    Unos tipos con cara de pan se habían colocado bajo un árbol, con las frentes casi rozándose, y cantaban una canción rítmica. Prácticamente no entiendo sus canciones, pero ese tipo de gente, algunos con tatuajes, o como si llevaran dentaduras postizas, me resulta familiar. En Rusia estaba empezando en el mismo momento que aquí, en América. Allí no sabíamos que el mundo se rige por una sola ley. De pronto veo una playa de Járkov…
    Vitka Kosoi era igual de morrudo que ellos, un tipo fuerte de piernas largas, toca la guitarra dirigiéndose a mi amigo Sania el Rojo, aún más morrudo, el carnicero, mirándole a los ojos, casi rozándole con la frente, canta «rock ruso»:
    ¡Rock de gitanos!
    ¡Boogie de gitanos!
    ¡Gitanos cuarenta días en la ventisca!
    La melodía de esta canción procedía de una emisora de radio, probablemente de aquí, de América, pero la letra, que hablaba de cuatro soldados fronterizos soviéticos que quedan atrapados en una tormenta de nieve y son recogidos por los americanos, la compuso el pueblo ruso.
    Por aquel entonces Kosoi acababa de llegar de Moscú, tras servir durante tres años de soldado, y trajo esa y otras dos decenas de canciones parecidas.
    Ellos cantan, la gente los rodea. Hay una persona con un bañador de palmeras, todos lo llaman Hollywood. El mote se lo pusieron porque citaba películas extranjeras. Por ejemplo, íbamos por el parque en otoño, y Hollywood de repente decía: «Estas hojas susurran como los dólares americanos.»
    La gente de Washington Square es exactamente igual. Con pequeñas diferencias claramente americanas, como por ejemplo los tatuajes de colores en la piel y el hecho de que parte de la gente que cantaba y miraba eran negros. Y aún así reconozco en muchos de ellos a mis amigos de Járkov, lejanos y hace tiempo entregados a la bebida. Con una sonrisa sabia me fijo en dos chicas rubias búlgaras que se abrazan sentadas en el pedestal, fumadas. En sus caras hinchadas, sus ojos y bocas maquillados y untados de aceite reconozco a nuestras fieles novias, chicas de la dacha de Tiuri, Masia y Koja, solo que estas hablan en inglés. Otros espectadores también me resultan familiares. Ese de los dientes negros es Yurka Bembel, al que fusilaron en 1962 por violar a una menor… y ese es el estudiante ejemplar y tecnólogo Fima…
    Se deleitan en la canción y cuando acaban todo el grupo se pone a mordisquear un cigarrillo de marihuana, yo sigo caminando, salgo del parque hacia el centro católico de estudiantes y voy por Tompson Street, hacia abajo, donde, tras pasar ante un restaurante mexicano, observo en el escaparate de una tienda unos tableros de ajedrez que no dejan de asombrarme, son todos diferentes e insólitos. A veces voy a la izquierda, por La Guardia, donde paso por una tienda de trapos. Su dueña, una polaca rubia enorme, habla con algún cliente en polaco. Yo rechazo su ayuda invariablemente y me pongo a mirar los sombreros. No se enfada, aunque nunca le he comprado nada y siempre voy solo a mirar. Tengo una debilidad especial por las cosas blancas. Al salir de la tienda de la polaca cruzo Houston Street, una calle aburrida perdida como la calle de Mirgorod de Gógol, pero con un movimiento bidireccional, y llego al Soho.
    Como de costumbre, vas por la calle y delante de ti anda un jorobado extraordinario o una persona con una erupción que le cubre media cara, así que nadie se fija en ti, un pobre diablo normal y modesto. Así es el Soho. Tampoco me sorprendió una persona que caminaba por la calle con una armadura de caballero y con una especie de vaso hecho con la bandera americana. No sorprendió a nadie, tal vez a los turistas de Oklahoma o Wyoming. Con sus pantalones salvajes de la estepa, dicen que si ven a un tío de pelo largo o a un homosexual por allí les pegan sin dudarlo, igual que antes pegaban en Rusia a la gente que llevaba pantalones estrechos y pelo largo. Por lo menos los turistas se comportan con educación.
    Hace tiempo que el contenido de las galerías del Soho me empalaga. Voy al Soho desde el día que llegué a América. Las bicicletas de madera, las máquinas de escribir de madera y las shopping bag también de madera, o las plantas de madera con unas hojas finas mecidas por el viento que son como la raspa de un pez enorme, todo lo observo con mirada indiferente. Y el artista, un japonés bajito, también como si estuviera hecho de madera, con esos pómulos, esa cara, esas orejas cartilaginosas. Estoy acostumbrado al arte moderno ya desde Moscú, era amigo de centenares de artistas. No me sorprende un ciclo fotográfico dedicado a la apertura de agujeros en una casa, con una sección transversal de la habitación, vistas desde la derecha y la izquierda, desde arriba y desde abajo, ni me sorprende el pedazo de pared expuesto como conclusión junto con un estucado. Sacos de tul en la galería Castelli: Rauschenberg entró en su período de salón, fantásticamente apartado de Rusia. Me gusta mucho más su obra en el Modern Art de la calle Cincuenta y tres, lona impermeabilizada, hierro, un neumático usado, todo basto y bruto, en ese cuadro se ve la protesta. Ahora Rauschenberg es un maestro, lo han pulido, lo han comprado, sus obras cuestan cantidades desorbitadas de dinero y, naturalmente, aunque dudo que se dé cuenta, los sacos de tul son su período de salón, Puvis de Chavanne también se convirtió en un artista mundano, de decoración, hermoso. Me da lástima que haya desaparecido de su obra la lona impermeable, el acabado áspero. América ajusta cuentas con sus artistas por otros medios que Rusia. Por cierto, Rusia también ha entrado en razón, buen ejemplo de ello es la exposición de mis amigos, artistas de extrema izquierda, en la dirección de la Unión de Artistas de la URSS, los rusos dirigentes han aprendido de sus colegas americanos el arte de matar con medios más modernos, a saber: si quieres matar a un artista, cómpralo…
    Cuando he visitado todas las galerías que se encuentran en el mismo edificio que la galería Castelli suelo entrar en West Broadway. La gente deambula. Siempre distingo a los artistas. Me resultan familiares sus caras, igual que las de los tipos de Washington Square. Es la cara de mis amigos artistas de Moscú. Barbudos, superficialmente espirituales o por el contrario indescifrables, ya estén torturados por el trabajo o sean unos frescos y sinvergüenzas, los conozco hasta su última arruga, igual que las caras de sus novias: las fieles que han pasado muchos años con ellos y las casuales, alegres compañeras de cama, bebida y tabaco que no llegan al alma, que hoy están y mañana no. En abril y marzo me daban ganas de vivir en el Soho, me arrastraba hasta ahí, quería vivir en una casa pequeña, conocer a todos los vecinos artistas, sentarme de noche en la entrada de esa casa, beber cerveza, charlar con los vecinos, entablar relaciones estables, de eso tenía ganas, pero los lofts son exageradamente caros, así que no cumplí mis sueños. Ahora que estoy más tranquilo también me gustaría vivir en el Soho. He entendido que he cambiado mucho, que ya no me satisface solo el arte y la gente del mundo del arte, y lo que antes me hacía feliz, ese estilo de vida bohemio y divertido, ya no volverá, y si consiguiera imitarlo al poco tiempo me parecería una repetición innecesaria e irritante de algo ya visto. Son egoístas, pienso mientras ando con dificultad por la calle y observo a los habitantes del Soho, que buscan el éxito en esta sociedad, son unos cínicos y se encierran en su círculo, son difíciles de organizar y, a fin de cuentas, solo son una parte de esta civilización. De jóvenes protestan, buscan, se indignan en su arte, luego se convierten en los pilares que apuntalan este sistema.
    En qué se ha convertido Salvador Dalí. Antes era un pintor con talento, ahora es un viejo bufón que solo es capaz de decorar con su momia los salones ricos. Lo conocí en uno de esos salones. Nos llevaron a Elena y a mí los Glickerman, Alex y Tatiana.
    Dalí estaba sentado en un rincón rojo junto con su secretario y alguna chica. Resulta que es bajito, un viejito calvo con la cara de piel sucia que me dijo en ruso: «Mariquita, sal volando al cielo, ahí tus hijos comen albóndigas…» Es lo que dicen muchas generaciones de niños en Rusia cuando se les posa en la mano un insecto llamado de forma coloquial mariquita y que tiene topos en las alas. Mi Elena estaba entusiasmada con Dalí, y resulta que él también con ella, la llamaba Justine. Aunque tenía la cabeza llena de conocimientos superficiales adquiridos en todas partes, ella era básicamente una chica poco cultivada de la zona de Frúnzenskaya. Bueno, yo, el gran y sabio Édichka, por supuesto, le dije que Justine era la protagonista de una de las novelas del marqués de Sade. Dalí la llamaba «esqueletito». «Gracias por el esqueletito», les dijo a los Glickerman. Su secretario, que hablaba inglés peor que yo, apuntó nuestro número de teléfono y prometió llamar el día acordado.
    Elena esperaba ansiosa la llamada pero por desgracia se puso enferma, no paraba de esnifar algo para recuperarse y decía que iría a verle aunque se estuviera muriendo, sin embargo Dalí no llamó. Me daba pena por aquella chica destrozada, el viejo pachucho desquició a la niña, aquella noche folló mucho y bien conmigo por la desesperación, el resfriado y la enfermedad, aunque ya era la época de las bragas manchadas de esperma.
    Todo está desvirtuado por esta civilización, los caballeros de traje lo ensucian y malogran todo. Las litografías y aguafuertes que se vendían en todas las tiendas de viejos chochos como Picasso, Miró, el propio Dalí y otros han convertido el arte en un enorme bazar sucio. No tienen bastante con su dinero, quieren más y más. No tienen bastante con los cuadros al óleo y las témperas, los dibujos en acuarelas y aguada, así que para acumular más dinero hacen sus chapuzas en piedra, o ponen a la venta cientos y miles de ejemplares. Miserables que lo desvalorizan todo. Muchos están agobiados por mujeres y varias familias, parientes y amigos, necesitan mucho dinero. Dinero, el dinero y la codicia de dinero es lo que mueve a esos viejos. Han pasado de ser traviesos a ser sucios hombres de negocios. Lo mismo les espera a los jóvenes de hoy en día, por eso he dejado de amar el arte.
    En el Soho solo me da miedo la calle Spring Street, donde vivía y vive todavía el primer amante de mi mujer. Solo de mirar el poste con el letrero de Spring Street me entran náuseas, veo luces y entro en un estado que raya en el delirio. Cuando me acerco a Spring Street intento evitar el poste con el nombre de la calle, me irrita esa confirmación material de mi dolor y mi suplicio, de mi derrota. Pero a veces no llego a tiempo de cerrar los ojos y ese letrero los atraviesa por la mitad. Y lo que es más importante, me corta el alma por la mitad. Lo mismo ocurre cuando voy en metro y el nombre de esa parada, chillón y prominente, aparece de pronto de la oscuridad, tal vez repetido unas quince veces, y corre tras el tren, corre, corre… por lo visto Elena ya ha dejado a su Jean, pero ese horrible nombre probablemente me haría revolverme incluso en la tumba, antes no conocía la derrota en la vida, o habían sido derrotas de poca importancia.
    A veces la ociosa Washington Square y el recóndito y silencioso Soho me cansan y empiezo a visitar con frecuencia Central Park, lo tengo delante de las narices, solo tengo que subir cuatro calles, tomar en Madison por la Quinta Avenida y ya estoy en Central Park. Normalmente voy hasta las calles Sesenta y siete y Sesenta y ocho junto al parque y entro en el parque por la zona infantil. Subo por un sendero tortuoso a la montaña, voy hasta el otro extremo y me tumbo desnudo a broncearme en las piedras calientes. En mi atlas geográfico personal ese lugar se llama Montaña Infantil. Ahí me tumbo, contemplo el cielo y los áticos de los lujosos edificios de la Quinta Avenida con sus plantas que sobresalen, e imagino qué tipo de vida transcurre allí. A mi lado corren niños, normalmente son buenos, aunque también los hay malos: un niño, por ejemplo, estuvo más de dos horas rompiendo y arrancando con malicia mi arbusto preferido de la Montaña Infantil. No pude hacer nada, no tenía más remedio que sufrir en silencio, pues al lado estaba sentado el padre de ese cretino, animándole con una sonrisa. El padre también era un cretino. Cuando se fueron me levanté y fui a enderezar el arbusto.
    Cuando aún estaba en Moscú el poeta Sapgir me contó que las plantas también sufren mucho, que si se acercaba a una planta una persona que hubiera matado la víspera otra planta de la misma sangre en su presencia, había indicios concretos que denotaban miedo. Las plantas no me tienen miedo, pero no conseguí arreglarlo mucho después de ese niño diabólico.
    La Montaña Infantil es mi sede habitual en Central Park. Allí escribo versos, y mientras lo hago se me pone morena la espalda, mi parte posterior. ¡Ponte negro, ponte negro!, mi mitad. Las moscas me incordian. Ay, esas moscas le pican en las piernas a Édichka Limónov, de aspecto tan joven para su edad y tan guapo. Naturalmente, soy un animal grande y me acompañan las moscas. ¡Y por qué me enfado con ellas! Para mí son como los chacales para un león: una comitiva. En casa hay cucarachas. Mis cucarachas…
    Estoy tumbado, y en algún lugar tocan las horas. Dónde va a ser, claro, en el zoo. ¿Qué hora es? ¿Las doce, o qué hora? Querido, cuentas el tiempo en versos, pero a veces tropiezas y dices: son las doce dólares y treinta y cinco centavos, o lo cuentas en países: eso fue hace dos países, o no cuentas el tiempo en absoluto. O en esposas: eso fue cuando estaba con mi segunda esposa.
    ¡Oh, maravilloso y cálido sol! Édichka te prefiere a ti antes que la ciencia del inglés o incluso el amor, que se encuentra en franca decadencia. Suena una música mecánica. ¿Pero dónde? Ay, se me olvidaba, en el zoo.
    ¡Ay, esas moscas! A través de la piedra, porque me apoyo en ella con el miembro, me vienen a la cabeza esas situaciones en las que esa misma primavera era mi esposa con las piernas abiertas. Eso solo despierta en mí una sensación de vida, el deseo de participar en el ajetreo del mundo, solo el deseo de implicarme en juegos peligrosos.
    Me deslizo despacio por la piedra. El lagarto se escurre por la piedra. No se ve la pareja, que se ha instalado más abajo. El hombre de negro cuyo perro hace tintinear la correa. ¿Dónde está el perro? Algo se levanta, observa entre los arbustos. No me molestéis en mi libertad… una persona con ropa deportiva a mi lado… ¿qué quieres? No, nada. El idiota de negro ha roto lo que observaba. ¿Para qué? Un idiota es un idiota. Silencio. No. Un niño. El crío corre sin saber adónde, espero que no hacia mí. Me deslizo. Llevo un anillo en la mano, el que me dio la madre de Elena, hace tiempo que no me lo quito. Ni el anillo ni a ellas, Elena y su madre.
    Antes era solo un joven delincuente. Y mi naturaleza emocional… era un delincuente ideológico… ¿cuántos años puede estar reprimiéndose una persona?: era poeta. Y todo vuelve a su sitio. Pero Édichka sigue siendo poeta ahora. Y a mí… no podré irme de Nueva York, nunca. ¿Qué sería del pino de Central Park, con su sombra azul, del odio de clases y otras cosas importantes? Coloquemos ahora la cabeza hacia arriba. Me doy la vuelta.
    A la derecha se ven los coches de Park Avenue entre el follaje. Todo es como siempre: yo y el sol. Verde. Édichka Limónov y el sol.
    Se ven cabezas de niños por detrás de las piedras. Un día feliz a solas conmigo mismo. Hace poco que maté la soledad, y ahora el placer es infinito. Una nubecilla. Ya es peor. Algo me recuerda a cuando estaba tumbado en Koktebel. ¡Solecito, vuelve! Tengo ocho o nueve años. ¡Vuelve, solecito! Yo, Édichka, te quiero. Me ha dejado mi preciosa mujer. Demasiado guapa y demasiado tonta. Me ha dejado. El solecito ha desaparecido del todo, inútilmente. Pero la sombra de mi mano se perfila en el cuadrado de la hoja. Ahora oscurece de nuevo. Jugamos, ella y yo. Un grupo de mujeres y niños de origen latinoamericano se hacen fotografías. Ha llegado el sol. Se va de nuevo. La gente ha bajado. Se les ve la mitad del cuerpo, la superior. No tienen piernas. Mi padre es un comunista automático artificial. Yo soy auténtico. ¿Una paradoja?
    Cuando me canso de estar tumbado me pongo los pantalones blancos y me dispongo a deambular por el parque, normalmente me acerco a la escultura de Alicia en el País de las Maravillas y camino por esa zona, o me siento en un banco y observo a los niños que alborotan en la escultura, esa Alicia jamás está vacía, siempre tiene a alguien armando jaleo. Normalmente me siento allí hacia las cuatro y a veces me vienen deseos extraños mirando a algunos niños, y a veces estoy completamente normal y disfruto contemplando a esos niños americanos pecosos o de pelo desgreñado que saltan con valentía cinco o seis escalones largos con sus monopatines junto a Alicia. Algunos saben hacerlo con mucha habilidad. Me gusta sobre todo un niño, qué canalla, parece una chica, incluso con rizos, pero destaca por su descaro y valentía entre sus amigos, que son demasiado varoniles ya, él es un niño delicado.
    Yo también era delicado de niño, por eso siempre me incordiaban mis amigos cabeza de chorlito, cómo iban a saber que yo era de otra especie. El niño que está junto a Alicia también es de otra especie, con su descaro, claro, intenta expiar su culpa ante esos pequeños palurdos. Yo también era desesperadamente valiente, por una apuesta durante una celebración popular me acerqué a una mujer que vendía pastelitos, cogí uno de los canastillos y me lo llevé tranquilamente, levantándolo por encima de la cabeza entre el gentío y luego a los arbustos, al parque. Estaba expurgando mi aspecto afeminado. Tenía trece años.
    Sonrío. Una cosa estaba bien en mi vida. Después de comprobarlo en mi propia infancia, veo que no la traicioné, mi infancia fantásticamente lejana. Todos los niños son unos extremistas, y yo lo sigo siendo, no me he hecho adulto, aún hoy soy un peregrino, no me he vendido, no he entregado mi alma, de ahí mis tormentos. Esas ideas me infunden ánimo. Y la princesa que soñaba encontrar en la vida y siempre busqué me encontró a mí, y lo tuve todo, ahora también, por suerte, me comporto con dignidad, no he entregado mi amor. Una vez, una vez, suspiro…
    Abandono a Alicia y la sonrisa del gato de Cheshire se desvanece en el aire. Édichka, medio homosexual, canalla rojo, se dirige a la montaña con la valiente canción de la guerra civil rusa:
    Ejército Blanco, barón negro
    de nuevo nos preparan el trono zarista
    pero desde la taiga hasta el mar británico
    el Ejército Rojo es el más fuerte de todos…
    Así que el rojo aprieta imperioso
    su bayoneta con la mano callosa
    y todos acudiremos con ímpetu
    al último combate mortal.
    En este momento, caballeros, solo me apetece recibir un balazo en la frente, porque para ser sinceros estoy cansado de aguantar y me da miedo no tener una muerte heroica.
    Al otro lado de la verja del parque, Nueva York me atrapa entre sus brazos, me zambullo en su calor y su verano que se acaba, caballeros, y mi Nueva York me lleva junto a las puertas de sus tiendas, las paradas de metro, los autobuses y los escaparates de licores. «Y todos acudiremos con ímpetu al último combate mortal», resuena en mi interior.
  2. La nueva Elena
    Sin duda os preguntáis qué pasó con Elena mientras Édichka se acostaba con tíos negros, andaba a la caza de una revolucionaria, iba con Roseanne y paseaba por Nueva York. Cómo está Elena, y si Édichka se encuentra con ella aunque sea de vez en cuando en la jungla de la enorme ciudad, frente a frente, como dos animales que se conocen y bufan.
    Sí, queda con ella. Y vaya si se acuerda de esos encuentros. Empezaron poco a poco hace tiempo, pero hasta agosto no fueron difundidos y recordados. Ese agosto suave y turbio que se cernía sobre mi ciudad, la ahogaba preparándola para el odioso otoño y el cruel invierno plomizo. Época de transición, caballeros. Intentó llover, sentí la influencia de la lluvia en mí. La naturaleza estaba convencida de que iba a aguantar, aunque la lluvia siempre me pone huraño y melancólico: el ruso está sometido desde tiempos inmemoriales a la influencia del tiempo. «Aguanta», decía la naturaleza, que introducía de nuevo el sol.
    Desde abril tenemos cierta relación con Elena. Tenemos que vernos de vez en cuando para darnos alguna cosa, o libros, en general objetos sin importancia que van de mano en mano. La relación normal entre marido y mujer separados.
    Aquel día el tiempo era horrible, nublado. Recibí mi cheque en el número 1515 de Broadway, luego fui al banco en la Octava Avenida y cambié el cheque por dinero, luego fui hasta la calle Catorce, estuve un buen rato preguntando precios y al final me compré unos calzoncillos azules y amarillos, los colores de la bandera ucraniana, quería comprarme unas fresas y comérmelas, pero me dieron pena los 89 céntimos, me compré un helado y me fui al hotel.
    Al llegar llamó Alexandr y dijo que habría un huracán. Le contesté:
    —¿Solo un huracán, no habrá un terremoto a la vez que un diluvio universal y un incendio en seis estados de Nueva Inglaterra, incluyendo el de Nueva York?
    —No —dijo Alexandr—, qué dices, solo un huracán.— Alexandr también tenía ganas de que el mundo se fuera a la mierda.
    Más tarde llamó Elena.
    —Estaré en casa —me dijo—, puedes venir a recoger el libro.
    Con el libro se refería a mi sufrido Héroe nacional, un manuscrito en inglés traducido tal vez dos años antes y sin publicar. Elena lo conocía muy bien en ruso. Necesitaba el Héroe nacional para dárselo a leer a su nuevo amante, George el economista, como decía ella. El economista hace no sé qué en la bolsa y es millonario. Eso dijo Elena, no sé si es verdad. Supongamos que sí. Tiene una casa de campo en Southampton, donde viven otros millonarios. De lo que cuenta Elena se deduce que no hacen una mierda, solo fuman, esnifan cocaína, beben, organizan fiestas y folian, así que Elena está muy contenta. Tampoco sé si es así. En todo caso, es lo que ella dice.
    ¿A qué viene aquí mi Héroe nacional? Bueno, creo que quería alardear ante su economista de su ex marido inteligente. Así parte de la inteligencia y el talento pasan automáticamente a Elena. Al economista le importaba un bledo la obra literaria del ex marido de Elena, se leyó mi manuscrito en tres fines de semana, aunque en realidad se tardan cuarenta minutos, no tenía más curiosidad ni era mejor que Roseanne, creo que prefería tirarse a Elena a leer los textos literarios de su marido. Las personas que tienen a alguien se comportan con mucha prudencia en este mundo, como si tuvieran miedo de que les arrebataran lo que tienen. Para ellos la literatura era una puerta hasta el coño.
    Llegué a recoger el libro. Desde su llegada de Italia no vivía en la agencia Zoli y tenía alquilada la mitad del taller de Sashka Zhigulin, ese donde me encontré con la burguesa judía, si os acordáis, y ese puto economista le había prometido pagarle el taller.
    Cuando voy a verla siempre me inquieto, no puedo evitarlo, me pongo nervioso como de niño cuando tenía un examen. Llegué con una camisita de cuadros, un chaleco tejano, pantalones, zapatos de dos colores, unos zapatos preciosos, los encontré en la calle, y un pañuelo negro al cuello.
    Me presenté en el lugar.
    Cuando me recibió estaba extraordinariamente guapa, con un vestido blanco veraniego holgado hasta el suelo, una cinta roja en la frente y el cuello, joder, qué guapa, para cogerla y matarla. ¿Cómo era posible que yo, un ser débil, permitiera que se la tirara otra persona?
    Eso pensaba, y para salir del paso dije:
    —¿Quieres que compre vino? —y salí corriendo hacia la tienda en cuanto ella dijo:
    —Bueno, compra si quieres.
    Parece ser que compré un buen vino, yo siempre bebo cualquier mierda, pero una cosa soy yo, que siempre he sido un perro listo, y otra ella, una señorita blanca, no le correspondía beber vino de mierda. Cada uno se sentó en su silla en la mesa. Nos sentamos y bebimos vino. Charlamos. Luego llegó Zhigulin, que tenía a su padre de visita desde el pueblo, en Israel. Se sentaron Zhigulin y su padre. Hablamos de conocidos comunes. Hablamos de Starki, un antiguo pintor ruso, rico y famoso, el típico representante y en cierto modo ídolo de la juventud dorada de Moscú. Elena y él iban en la misma pandilla, el ex marido de Elena, Vítechka, era amigo de Starski. Elena incluso estuvo enamorada de Starski y soñaba con follar con él, como reconoció después, pero él no se decidía, algo se lo impedía, y luego entré yo con fuerza en la vida de Elena y me mantuve allí hasta que ella me expulsó por la fuerza.
    A Elena le interesa cómo le va a Starski allí.
    —Mal —contesta Zhigulin, el mayor—, a veces me parece que se va a suicidar. No tiene trabajo, sus cuadros casi no se venden, ahora incluso ha tenido que vender el coche.
    —Si Leka, al que tanto le gustan los coches, ha tenido que vender el suyo —costaba imaginar a Starski sin coche, tenía uno desde que era un niño—, me puedo imaginar cómo le va —dice Elena—. ¿Pero por qué se queda allí y no se va?
    —Está claro que la vida en Israel no es para él —continúa el viejo Zhigulin—. Allí todo el mundo se acuesta antes de las once, y Leka, te acuerdas de Leka, para él a esa hora la vida acaba de empezar. A lo mejor viene aquí, parece ser que quiere venir a América.
    —Aquí le irá mejor —dice Elena.
    Pienso: «Hija mía, ahora que te has liberado de la cadena ¿no querrás tirarte al bigotudo y arrugado Starski como compensación?», siento que la ira nace en mi interior. Pero no se enciende del todo.
    «Qué se le va hacer, Édichka, es una persona libre, no puedes hacer una mierda, se acostará con Starski. Tú tampoco es que vivas como en el monasterio de Novodevichi, Édichka. Son otros tiempos. ¿Acaso estás seguro, Édichka, de que no se tira a Zhigulin el joven? Porque viven juntos en el mismo estudio y las camas están a solo diez pasos de distancia. ¿No van a follar estando tan cerca?»
    Me resulta desagradable esa sensación de impotencia, solo puedo observar su vida, ni siquiera puedo darle consejos, no acepta mis consejos, soy su ex marido, no conviene olvidarlo. Soy el pasado, y el pasado no puede dar consejos al presente. Y luego cualquier desvergonzado profana su vida como quiere, la gente como Elena y yo somos especialistas en estropearnos la vida.
    Ella es muy capaz. Recuerdo que en su primera y última visita a Járkov, emocionada ante el espectáculo de Ana, la ex esposa canosa, gorda y loca, se quitó el anillo de brillantes del dedo y se lo puso a ella. Ana, que también era una persona muy exaltada, con una demencia hereditaria, no en vano sus cuadros eran tan horribles y estridentes, se acercó a la mano de Elena para darle un beso con los ojos en blanco.
    Mis pensamientos se trasladaron a Járkov, vi con nitidez la escena y toda la rabia que se había encendido se me pasó. A lo mejor solo merece la pena vivir por esas escenas. No para uno mismo, sino desde uno mismo, es bonito. Por eso odio tanto la avaricia y no quiero a Roseanne. Elena Serguéievna es una puta, lo que quieras, pero sabía tener arrebatos. ¡Ay! Ahora me enorgullezco de ella desde la distancia, qué remedio me queda.
    Los Zhigulin, el viejo y el joven, suben a casa del loco Sáshenka Zelenski, que vive encima. Elena y yo nos quedamos solos, hoy está tranquila, y empieza a contarme cómo le fue el último fin de semana en Southampton.
    Es una vanidosa, no tiene remedio…
    —…también estaba la hija de un millonario, tienes que conocerlo, tiene uno de esos apellidos. —¿Cómo iba a saber yo, un perceptor del subsidio, mozo de carga, ayudante de John, el apellido de la hija de un millonario?—. Pues esa chica — continúa Elena— llegó con un tío guapo, luego me contaron que era un gigoló, una persona a la que había pagado para que fingiera que era su boyfriend…
    Elena se balancea en el taburete alto de los Zhigulin, había dejado lejos una boquilla larga que había traído de Italia, un tubito negro lacado extensible.
    —Pues ese tío empezó a revolotear alrededor de mí, y la hija del millonario se enfadó. Había ido vestida con una camiseta y unos tejanos sucios…
    Pensé con tristeza que la pobre hija del millonario a lo mejor era fea, que… no sé qué mierda pensaba mientras escuchaba su historia.
    —Pero ya estoy harta de todos —sigue Elena—. El domingo, ya sabes, llovió a cántaros, me puse un impermeable y me fui a pasear por la orilla del mar, así que estuvo bien.
    Yo, Édichka, por alguna extraña coincidencia, había dormido en casa de Alexandr y la mañana de ese mismo domingo fui a caminar bajo la lluvia por la orilla del mar hasta la estación de metro de Coney Island. No había ni un alma. Me subí los pantalones hasta las rodillas para que el lino blanco mojado no se me pegara a las piernas y caminé, a veces con el agua hasta las rodillas. Había restos en la arena de cangrejos destrozados por las gaviotas, conchas, objetos humanos que habían ido a parar al mar. Lluvia y más lluvia. Una melodía confusa temblaba en mi interior, a lo mejor en esa música había una idea triste de que el mundo no vale la pena, de que todo en este mundo es absurdo y está podrido y se parece a las eternas idas y venidas de las olas grises, y solo el amor que se había instalado en mi cuerpo me diferenciaba en algo del paisaje…
    Le dije a Elena en pocas palabras que aquel domingo yo también paseé solo por la orilla del mar.
    —Ya —dijo ella.
    Luego fuimos a comprar tinte para el pelo. Llevaba unos tejanos viejos grises que compramos cuando aún vivía conmigo. En general no se había comprado muchas cosas, como veréis después. O sus amantes no destacaban por su generosidad, o ella no sabía sacarles dinero, o solo hacía el amor con ellos por el placer del sexo, no lo sé.
    Llevaba esos tejanos y un jersey negro, cogió un paraguas y nos fuimos. Como en los buenos tiempos. Caían chuzos de punta, y yo estaba de buen humor porque iba con ella. A veces nuestros paraguas se rozaban.
    En la tienda de Madison todo el mundo nos miraba: llegaron unos chicos y chicas demacrados a comprar algo. Tardó media hora en elegir, además de un tinte para el pelo, un neceser para el maquillaje, y yo disfruté durante ese rato. Dios me concedió ese placer. Finalmente escogió un neceser. Luego compró jabón, un gorrito para el baño y algo más. Me preguntó si llevaba dinero. Le dije:
    —¡Sí, sí!
    —Dame uno de diez, luego te lo devuelvo.
    Le dije que no tenía que devolverme nada, que ahora tenía dinero y ella no. Realmente tras varios trabajos seguidos con John tenía algunos dólares.
    Siempre me ha encantado ver cómo busca en las tiendas. Sabía qué era cada cosa, aquí en América la pobre chica no tenía dinero. Al mirarla, pensé: «Qué bien que no llegara a estrangularla, que esté viva, y que en este mundo esté seca y caliente, es lo más importante. El hecho de que cualquier miserable meta la polla en su coñito, bueno, será que ella quiere, me duele, pero ella obtiene placer.» ¿Creéis que era una fantasmada, que me las daba de Cristo misericordioso? Y una mierda, lo digo sinceramente, no miento, soy demasiado orgulloso. Me duele, mucho, pero todos los días me digo y me convenzo:
    «Édichka, tu relación con Elena tiene que ser como la de Cristo con María Magdalena y todas las pecadoras, no, mejor. Perdónale la lascivia de hoy y sus aventuras. Al fin y al cabo, ella es así. Si quieres a esa criatura larga y delgada con tejanos desgastados que ahora hurga entre los perfumes y los huele sacando el tapón, si la quieres, el amor es superior a la ofensa personal. Es insensata, y mala, e infeliz. Pero tú que te consideras sensato y bueno, quiérela, no la desprecies. Mira su vida, no te quiere, no te entrometas en su vida, pero cuando puedas y sea necesario, ayúdala. Ayúdala sin esperar nada a cambio, no exijas que vuelva contigo por lo que puedas hacer. El amor no exige agradecimiento y satisfacción. El amor en sí mismo es una satisfacción.»
    Así me estuve persuadiendo en aquella perfumería de la Avenida Madison. Bueno, no siempre lo consigo, pero salvo algunas pausas de rabia y aversión cada vez lograba ir más en esa dirección y ahora pienso que la quiero así.
    «Para mí sus tejanos desgastados tienen más valor que todos los bienes de este mundo, y daría cualquier cosa por esas delgadas piernecillas en las que faltan absolutamente las pantorrillas», eso pensaba yo en la perfumería mientras ese ser interesado se inclinaba y levantaba la cabeza ante objetos y aromas.
    Regresamos al taller eternamente oscuro. Si tuviera luz Zhigulin pagaría mucho más de trescientos dólares. Aquel sucio taller no le ofrecía nada bueno en la vida a Elena. En comparación con el precioso edificio de la agencia Zoli, Elena había ido a menos con el taller de Zhigulin. No sé qué no siguió compartiendo en lo del señor Zoli, cuál fue la causa de que la echaran de allí. No creo que fuera por sexo, dicen que el tío es homosexual. Elena lo explicaba con desgana diciendo que se fue a Milán sin esperar a un espectáculo en el que ella debía participar. Su viaje a Milán no fue nada fructífero para su carrera, y en general, a juzgar por las circunstancias, Zoli ya no apostaba por ella y no le pronosticaba un maravilloso futuro como modelo. Los amigos y enemigos de Elena me dijeron a escondidas que Zoli soñaba con deshacerse de aquella excéntrica rusa, por eso la llevó a Milán. Cuando volvió de allí, la habitación donde vivía estaba ocupada. No sé, eso es lo que dicen.
    A Zhigulin le alquiló la parte izquierda de su estudio, aunque con una condición. La cama de Elena estaba en el piso de abajo, el colchón directamente en el suelo, luego estaban los cojines y a veces veía en la cama nuestras sábanas, las que cosió especialmente en Moscú y se llevó con ella. Tengo que volverme de espaldas cuando veo esas sábanas porque han sido testigo de infinitas sesiones de sexo entre nosotros. Ella no es una fetichista, pero yo sí, soy un fetichista repugnante, tiro las cosas del pasado para no llorar por ellas. Por eso me doy la vuelta cuando las veo. En general el taller de Zhigulin es un museo porque está mi escritorio de la Avenida Lexington y el sillón, todo lo compró Elena cuando empecé a trabajar en el periódico, como el gato, blanco y duro de oído, que a veces aparece en algún lado, sucio o recién lavado. Sigue siendo igual de glotón y de bobo. Es como si todo el taller de Zhigulin se hubiera introducido en mi vida sin llamar la atención, ese tío, que era un buen tío, todo el taller estaba atravesado por unas líneas de fuerza, todo entra en colisión, se cruza, chilla, se producen descargas. A veces me pregunto si es así solo para mí y no para Elena, y ella en realidad está más tranquila y serena aquí. O si el taller es para ella como un silencio mortal. Entonces sí que sería una mierda. Todos tenemos una tendencia automática a vernos en los demás, y luego resulta que no es así ni de lejos. Ya he comparado a Elena conmigo —y ya he pagado por ello—, las cicatrices rojas del sol de la mano izquierda me recordarán hasta el fin de mis días la insensatez de esa comparación.
    Volvimos del paraíso de la perfumería con algunos frutos. Me dio lástima llevar poco dinero encima. Era evidente que mi chica vivía a base de pan y agua, las ganancias de las modelos, si no se trata de una modelo importante sino del montón, son ridículas.
    Teníamos hambre. Elena sacó panecillos y pescado de la nevera, siempre odió cocinar, en nuestra familia era yo el que cocinaba, también era el camarero, y sobre todo el secretario de mi querida poetisa, el que mecanografiaba sus versos, cosía y arreglaba sus cosas, además era… en nuestra familia tenía muchas profesiones. «Qué tonto —diréis—, has echado a perder a la tía, ahora carga con tus culpas!»
    No, yo no eché a perder a la tía, ya era así con Vítechka, el marido rico que le doblaba la edad y con el que se casó cuando tenía diecisiete años, con él vivía exactamente igual. Vítechka preparaba una sopita, conducía un Mercedes, era su chófer personal, ganaba dinero, el pobre artista, y Elena Serguéievna se iba a pasear el perro con su vestido de plumas de avestruz y, al pasar por el monasterio de Novodevichi, se acercaba con su perrito blanco a la habitación miserable, pero con una luz cegadora, del poeta Édichka, ese era yo, señores. Yo desnudaba a esa criatura y, después de bebemos una botella de champán, o dos —el miserable poeta solo bebía champán en el país del Archipiélago Gulag—, hacíamos el amor de una manera, señores, que vosotros no podríais ni soñar. El caniche, una hembra, Dvosia, que sufrió una muerte prematura en 1974, nos miraba desde el suelo con odio y aullando…
    Bueno, no quiero recordar. Ahora en el orden del día está Nueva York, como me digo, hubo un tiempo en que era presidente de un consejo de equipo y un chico honesto, un pionero: en el orden del día está Nueva York, solo eso.
    Engullimos los panecillos con pescado. Por supuesto, era poco para un ex marido y una mujer. Los hombres y mujeres jóvenes y delgados tenían un apetito sano. Dije que tenía hambre, «¿Vamos a comer a algún sitio?», dije. Y ella: «Vamos, vamos al restaurante italiano, está cerca, al Pronto, llamaré a Carlos». No entendía por qué para ir a un restaurante italiano había que llamar a Carlos, pero no me opuse. Habría aguantado a cien Carlos por el placer de estar con ella en un restaurante, a lo mejor le daba miedo que fuéramos solos, al fin y al cabo estuve a punto de matarla, tenía sus motivos.
    La chica a la que no estrangulé del todo se puso a llamar a Carlos. Era un tipo bastante gris para mi gusto, lo había visto una vez en el taller, una persona de lo más corriente, nada especial ni interesante. No hacía una mierda, pero tenía un montón de dinero, como decía Elena. ¿De dónde? De sus padres. Precisamente contra esa situación se alzará una revolución mundial. Los trabajadores, poetas y auxiliares de camareros, los maleteros y electricistas no tienen por qué estar en una situación desigual en comparación con semejantes imbéciles. De ahí viene mi indignación.
    No se puso nada especial, solo se empolvó un poco y se colocó de nuevo la cinta roja en la frente y las mejillas, y salió tal y como estaba, en tejanos y jersey negro. Por suerte él aún no había llegado. Nos sentamos a la derecha de la entrada, en una zona elevada, la mesa estaba puesta para cuatro, pedimos vino tinto y ella lo miró. Ha cogido esa absurda costumbre de esperar y mirar a alguien. Antes no miraba a nadie.
    —Se me ha olvidado decirte —dijo de repente, y me pareció que estaba algo turbada— que es un restaurante muy caro, ¿tienes dinero?
    Llevaba ciento cincuenta dólares en el bolsillo, si salía con ella ya conocía sus costumbres. Ciento cincuenta sería suficiente.
    —Tengo dinero, no te preocupes —dije yo.
    Luego apareció ese tío. No tengo nada en contra de él, si no fuera por Elena no me importaría una mierda un tipo gris con talonario. Por lo menos a los que se han ganado el dinero en esta vida se les puede respetar por algo, pero a él, un mantenido de sus padres, ¿por qué lo iba a respetar? ¡Más le valía no cruzarse en mi camino, joder!
    Llegó con el pelo corto, ropa conservadora, no son palabras mías, se las robé a Elena y a la lesbiana Susanne. Se sentó al lado de Elena sin parar de apretar la manita de mi amor. Era desagradable, pero no podía hacer nada. «¡Take it easy, baby, take it easy!», recordé la expresión constante de Chris. Me calmé. Hicieron manitas, la abrazó por los hombros, retiró la mano. La cosa estaba clara: ella no le dejaba follar mucho, o un poco y ya no le dejaba, pensé con una monstruosa sangre fría, mirando a la mujer con la que me casé en una iglesia bien iluminada por el ritual zarista. «La mala gente intentará separaros», recordé las palabras de despedida del cura en su sermón.
    Aquel mal hombre no le soltaba la mano. Tenía unas ganas locas de pegarle un tiro, las leyes están hechas para gente como él, para proteger su propiedad y sus dudosos derechos, para que la gente como yo no ejerzamos el derecho a la justicia (sin ningún reparo). Me senté enfrente, aun a pesar de mis desgracias me sentía animado y malvado, era mucho más abierto y talentoso que él. Toda mi desgracia se resumía en mis cualidades. Podía y sabía amar, y él era como un corcho impasible que oscila en las olas del mar cotidiano, solo tenía una polla, y gimoteaba al tocar la mano de Elena, ansioso por meter esa polla inquieta en su coño.
    No hablaban de nada interesante. Le pregunté algo por educación, participé de alguna manera en la conversación. Mi objetivo era sentarme al lado de Elena.
    Más tarde, después de tomarnos algunas botellas de vino, básicamente entre Elena y yo, claro, abandonamos a los ricos que comían en aquel sitio cálido y luminoso y fuimos al Playboy Club de la calle Cincuenta y nueve. Todo estaba cerca, se podía salir en pantuflas del Winslow y entrar en otro mundo. Carlos tenía una entrada al Playboy, por supuesto, era un playboy, como no podía ser de otra manera. Junto a la puerta había una conejita, Carlos le enseñó su entrada. Las conejitas llevaban unas orejas y unos leotardos, prácticamente esa era toda su ropa. Al fondo, en la penumbra, otras conejitas repartían bebidas. Elena y Carlos me llevaron por todas las plantas del club, le enseñaron al provinciano de Édichka aquel lupanar. Cada planta tenía su bar o restaurante, camareros con uniformes diferentes, cuadros y fotografías, penumbra, como ya he comentado, y suntuosidades parecidas. Con una música suave, dando sorbos a una copa enorme de vodka, me acordé por contraste de mis amigos de la semana, el vagabundo del barrio del puente de Brooklyn, y sonreí. Esta es la civilización, joder, cómo no vamos a tener miedo de que en algún momento unas olas gigantes se eleven desde el tugurio de Brooklyn, invadan el East Side que queda debajo y tapen del todo los pequeños islotes donde se celebra un banquete en tiempos de peste, donde se derraman sonidos de una música uterina, donde pasan culos casi desnudos de conejitas y mi Elena está disponible para todo el mundo. Y ninguna América provinciana de mierda de una sola planta salvará a nadie, todo será tal y como quiera Nueva York, mi gran ciudad ardiente…
    Estábamos sentados cerca de la pista de baile, yo daba sorbos a mi vodka cuando de pronto Elena me invitó a bailar. Fuimos. Oh, es brillante bailando, mi ángel follador, como la llamaba Édichka cuando estaba borracha y aún era su querido marido. Por aquel entonces le encantaba el mote. Ángel follador.
    Durante el primer baile aún había parejas en la pista, y al lado bailaban las famosas conejitas. Luego nos pusimos a bailar solos, no sé por qué. Quién sabe por qué acabamos solos, la luz centelleaba y de pronto estábamos haciendo nuestros movimientos, era maravilloso porque ella estaba a mi lado y me parecía que no había cambiado nada, no había sangre ni lágrimas, y ahora seguiremos bailando, y nos iremos a casa abrazados, y nos acostaremos juntos.
    Una mierda. No estuvimos mucho rato. Carlos nos llevó a casa de un amigo suyo a ver películas porno. El dueño de la casa tenía unos cincuenta años, se parecía a Tosik, uno de nuestros conocidos en común con Elena de Tbilisi, la chica era joven. Durante las películas porno, en las que unas tías asquerosas y vulgares engullían encantadas el semen de algún cretino con granos, mi princesa estaba sentada en un sillón con Carlos, y, para mi gusto, él no paraba de agarrarla o abrazarla. Estaban sentados detrás de mí, pero incluso por los ruidos que hacían sabía que Elena se avergonzaba de mí y que él, Carlos, no tenía una opinión demasiado elevada de ella.
    —La considera una niña —pensé—, y ella se hace la reina y provoca juegos de adoración. Yo le enseñé, Moscú también le enseñó, Elena la Fantástica, Elena es la mejor mujer de Moscú, y si lo es de Moscú, lo es de toda Rusia. «Natalia Goncharova.» Pero no ve con qué ojos la mira él. Sashenka Zelenski, un idiota apocado, estaba enamorado de Elena en secreto, lo dijo, no a mí, claro, sino a un amigo nuestro que se encontró a Elena llevándose a un hombre a casa. «¿Sabes con qué ojos la mira? Todos nos juntábamos con ella, ¡Lena, Lena! Él ya sabía su precio, el de nuestra Lena, lo sabía perfectamente.» A lo mejor era Carlos, cómo voy a saberlo yo, Édichka, yo no sé una mierda. Yo solo tengo dolor, solo dolor.
    Elena se acercó a mí después de esa guarrada porno y me dijo a modo de justificación:
    —Carlos quería ver la cara que ponía, cómo reaccionaba a esas películas. ¿Tú qué tal? —dijo, y de pronto me acarició el pelo—. ¡Ay!
    ¿Qué tal? Imaginaos a un criminal en libertad que está acostumbrado a reaccionar a todo simple y llanamente, me daban ganas de pegarles un tiro a todos en aquella casa y huir con ella en plena noche. Pero era su malvada voluntad, los dos tenemos que vivir así. Y yo aguantaba.
    Luego salimos. Él pescó un taxi y Elena y yo nos quedamos de pie bajo las columnas de los edificios, me dijo que estaba guapo, que había encontrado mi estilo al vestir. Le di las gracias por la velada y por el club Playboy.
    —¿Has estado en el Infinitive, la discoteca? —me preguntó.
    —No —le dije—, no he estado.
    —Te llevaré, tengo carnet para entrar, bueno, en realidad la entrada es de George, pero no importa.
    Llovía. Al final paró un coche. Luimos, ella pidió que primero la lleváramos a casa. Lo hicimos y al salir me dio un beso en los labios. Cuando en el hotel me miré en el espejo, tenía los labios llenos de carmín. Me lo limpié, luego me arrepentí, pero me lo limpié.
    Al cabo de un tiempo hubo otro encuentro, tuvimos un extraño acercamiento, nos abrazamos y besamos borrachos, estaba cariñosa y tranquila. Fue en un barco, fuimos en grupo: Zhigulin con una chica exuberante, Selenski el arenque ahumado y nosotros, ex matrimonio.
    El barco estaba en una pequeña bahía poco profunda, luego el propietario o el arrendatario y organizador de la fiesta, un tal Red, sacó su barco a un charco más amplio, lo dejó allí, en medio del agua, y todos nos pusimos a beber y fumar. Nadie sabía por qué lo hacíamos.
    ¿Me sentía bien? Al principio no mucho. Para mi gran regocijo en todo el grupo no había una sola persona que pudiera cortejar a Elena. Dos homosexuales, Marc y Paul, una vieja pareja consolidada, sintieron cierta fraternidad hacia ella enseguida. Ella, que llevaba los mismos tejanos y la blusa ancha lila, se paseaba entre nosotros, contaba chistes verdes, ofrecía a todos por turnos una especie de medicamento parecido al éter, nos tapaba las fosas nasales y nos obligaba a inspirar. Solo de notar los dedos que me tapaban la nariz ya me dio un síncope. En general era una chica alegre, «amiga de todos», el alma de nuestro heterogéneo grupo, mi preciosidad iba de un lado a otro un poco encorvada y ridícula, pero yo estaba feliz porque no había hombres, nadie la perseguía delante de mis narices. Estaba dispuesto a besar a Red, una persona de sexo indeterminado, y a su amigo, que no reaccionaba de ninguna manera a mujeres ni hombres y resultó ser un especialista en líderes de movimientos revolucionarios. Al principio Elena no hablaba mucho conmigo, estaba en plena actividad, pero en un momento que miré al agua estando ella delante se me acercó y dijo:
    —Este barco me recuerda a ese barco de jazz, ¿te acuerdas?, en el que viajamos por el río Moskvá, por aquel entonces aún nos emborrachábamos y nos peleábamos, y luego por la mañana salimos trepando del camarote por la ventana.
    Fue su primer recuerdo sobre nuestro pasado.
    Lo que sucedió después lo recuerdo como en una nebulosa. No es de extrañar que me entregara al alcohol y esnifara todo el rato con su ayuda, aunque ella también pasaba ese medicamento a todos los demás. Al final, en el momento en que nos dimos un abrazo que no sé cuánto duró, me resbalé, ahora estoy enfadado conmigo mismo, por borracho. Aunque en ese momento no me bebí hasta la última gota, no estaba emocionado, solo recuerdo que estaba tierno y muy tranquilo. Parece ser que yo estaba sentado y ella de pie, y le acaricié un pechito por debajo de la blusa. Luego el destino personificado en Zhigulin nos separó en coches distintos y volvimos por separado, recuerdo la terrible tristeza que sentí por eso.
    Bueno, por supuesto la llamé después de aquello, en un intento de recuperar lo perdido. Esperando un encuentro con ella, me compré a propósito unos zapatos, soñaba con un clavel en el bolsillo del traje blanco. Estaba ocupada, y sobre todo recuperada de su debilidad, y yo también, tras cierto sufrimiento, pensé que era mejor, que no podía tener esperanzas o de lo contrario mi vida se convertiría de nuevo en un infierno, y así solo era medio infierno.
    Al cabo de un tiempo llamó, ya no lo recuerdo, a lo mejor llamé yo, tampoco recuerdo si la secuencia cronológica de los encuentros fue tal y como lo cuento o no. Parece ser que llamé y ella estaba enferma y sola en el estudio, Zhigulin estaba en Montreal, y ella tenía hambre. Le compré cuatro cosas, no recuerdo qué, cogí unos libros que no me había pedido, solo que evocaban recuerdos y yo no quería recuerdos, por eso me deshacía de ellos, llegué y la puerta estaba abierta.
    —¿Por qué no cierras? —le dije.
    —¡Ah! —Solo me saludó con una mano, estaba sentada en la cama, con un pijama de punto ceñido y a rayas. Le hice un bocadillo, comió, no estaba contenta con el tipo de pan, me había equivocado al comprarlo. «Una niña, una puta niña, una muñeca de goma», pensé al mirarla.
    Cuando terminó de comer se puso a alardear. Un amante le ofrecía cinco millones por irse a vivir con él. «Ay, Nastasia Filípovna, eres una excéntrica incorregible», pensé.
    —Era pobre cuando nos conocimos —continuó Elena—. Le dije que no quería saber nada de un pobre. Se fue a no sé dónde, y ahora ha vuelto y me ofrece cinco millones, los ha ganado con la cocaína.
    La mujer a la que ofrecían cinco millones estaba tumbada en su alcoba, en un colchón sobre el suelo, con la nevera vacía e incluso sin encender, la suciedad y esa penumbra eterna inundaban el taller, y por algún motivo no había encontrado a nadie aparte de mí que le llevara comida. Probablemente era pura coincidencia.
    —¡Me negué! —continuó alardeando ante Édichka.
    —¿Por qué? —preguntó Édichka—. Siempre quisiste dinero.
    —A la mierda, con él siempre tienes que estar drogada, es una persona fuerte, pero yo no, no quiero convertirme en unos años en una vieja. Además, le pueden meter en la cárcel y confiscarle las propiedades. No quería irme con él de Nueva York, no me gusta.
    «Ganaba dinero con la cocaína igual que Shúrik con las naranjas y la marihuana», pensé con melancolía. Shúrik se fue de Járkov a la ciudad de Bakú y compró naranjas y marihuana. No es cocaína, pero es una droga. Aterrizó en Moscú y lo vendió todo mucho más caro. Cogió el dinero, volvió a Járkov y le llevó el dinero a Vika Kuliguina, una puta. Era buena tía. Probablemente ya es vieja. Tenía talento, escribía versos. Se dio a la bebida.
    Ahí hay un paralelismo entre Elena y Vika, aunque ella no lo sabe porque solo yo vi a Vika. Lió a todo el mundo: Shúrik, Carlos. Cocaína. Todo era un caos, un caos vital…
    La última vez que la vi acabé con un terrible ataque de nervios. Fue culpa mía, ella no hizo nada, se comportó como siempre, no me provocó el ataque con nada.
    Me llamó por la mañana y me dijo, siempre con esa voz suave, aún más cuando está preocupada:
    —Ed, ¿quieres venir a mi espectáculo? Es hoy a las tres.
    Yo le dije:
    —¡Claro, Lena, con mucho gusto!
    —Apunta la dirección —me dijo—, entre las calles Veintiséis y Veintisiete, en la Séptima Avenida, en el Fashion Institute Technology, segunda planta, Editorial.
    Fui. Estaba nervioso. Me compré especialmente un perfume nuevo, me puse mi mejor traje, el blanco, una camisa negra de encaje, y tiré de la cruz debajo de la garganta. El autobús iba horriblemente lento y ya me puse nervioso antes porque temía llegar tarde.
    No llegué tarde, encontré la sala en medio de las enormes instalaciones del instituto, todos los asientos delanteros estaban ocupados, así que me senté en un sitio libre que había por detrás y me puse a esperar. En el escenario habían creado un jardincito, o una glorieta, o un parque, plantas colocadas de una forma especial, y una luz también peculiar. Los técnicos de luz y fotógrafos iban de aquí para allá alrededor del escenario, así que se creó un ambiente de espera tensa. Me quedé esperando.
    Al final sonó una música estridente, extraña para mis oídos. A lo mejor solo me parecía extraña porque hacía mucho tiempo que no iba a un acto tan grande, con gente, hacía tiempo que no veía un espectáculo, nunca iba a ver nada salvo el cine, me había vuelto un salvaje.
    Salieron, se quedaron inmóviles en diferentes posturas, luego empezaron a dar voces y hacer ruido para representar la revolución otoñal. Caballos, jóvenes actrices, modelos, a primera vista todos se parecían. No logré distinguirlos hasta pasado un rato, forzando la vista y con mucho esfuerzo. Criaturas del género femenino delgadas, acosadas y entrenadas para hacer gestos especiales, caminaban por el escenario al son de la música, salían a esa especie de «lengua», daban vueltas en la punta lanzando sonrisas a los espectadores, o bien muecas o expresiones premeditadamente sombrías, y luego se iban. Por algún motivo me daban pena y se me encogía el corazón cada vez que las miraba, sobre todo me daban lástima las de pelo corto. Tal vez era porque esas caritas eran de niña, sin exagerar, pero como si acabaran de pasar una dura enfermedad. Dios mío, y los hombres sanos toquetean a esas niñas, se las tiran, las empujan, les meten sus pollas. Me entristecí, solo con fuerza de voluntad me obligué a recomponerme y mirar al escenario.
    Entretanto apareció Elena. Estaba demasiado nerviosa y daba muchas vueltas. No recuerdo su primer vestido porque no la reconocí enseguida bajo el sombrero, pero cuando comprendí que era mi amor su rostro ya había pasado y desapareció entre bastidores. Su segundo vestido era algo de color violeta y holgado, se le podía llamar vestido o quizá no. Con los ojos brillantes bajo el sombrero, Elena arrancó aplausos al público.
    En general actuaba peor que las otras chicas. Aunque no quiera reconocerlo, estaba demasiado inquieta, resultaba descarada y poco disciplinada, entre sus amigas había algunas profesionales con mucha clase que trabajaban de forma precisa y mecánica, sus movimientos eran secos y nítidos, no aparecían pequeñas arrugas adicionales innecesarias en los vestidos, demostraban limpieza en el estilo y en cada movimiento. No sobraba nada, cuando hacía falta un movimiento brusco con la cara, con el mentón levantado, todo en el momento justo y preciso.
    Elena bailaba demasiado, coqueteaba, tenía demasiada iniciativa, actuaba y sobreactuaba, se agitaba, sus movimientos no eran limpios.
    Si hablamos de belleza, como mujer, en mi nada objetiva opinión era mucho más atractiva que las otras modelos, que todo el resto del cuerpo de ballet. Pero era evidente que no era profesional trabajando.
    Juzgad vosotros mismos: aparece con un vestidito blanco de lino, con capucha y unos botines blandos, era un vestidito para una mujer joven y ociosa que sale por la puerta de su mansión a buscar setas después de la lluvia en Connecticut. Así que aparece ella con ese vestidito, se pone a bailar al ritmo de la música en el escenario como si recogiera setas o frutos del bosque, si no cogen setas en América, y no le sale mal, algunos aplauden. Pero luego, cuando ya ha avanzado por la lengua que forma la pasarela y ya está en la punta, justo ahí donde debe mostrarse en primer plano, de pronto Elena da una vuelta rápida con movimientos torpes, pierde la precisión y nosotros, los espectadores, ni siquiera tenemos tiempo de verle la cara, los rasgos maquillados de Elena desaparecen: ¿Es ella? ¿No es ella? No se ve, y se larga. Ni siquiera ha fijado un instante la cara, no ha sabido hacerlo, pararse a tiempo y presentarlo. No, no era profesional. Los aplausos se apagaron antes de empezar.
    Al final hubo globos, procesiones, música, ruido, cintas enredadas: ahí estaba en su salsa, lo suyo es el arte circense. Se enredó en los globos, agitó el sombrero y demás, eso le salió bien. No estaba contento con ella, quería que fuera la primera en todo.
    Estuve dando vueltas por la sala y luego salí y me puse a esperarla. Había muchas chicas que quedaban con sus amantes o amigos, o salían solas —por lo visto también había chicas delgadas e insolentes así—, se fueron, pero ni rastro de Elena. Al final apareció con un sombrero blanco y un conjunto ligero de flores marrones, blusa y falda, luego me fijé en que era viejo, y llevaba unos zapatos marrones también viejos, con las piernas cubiertas por unos pantis deslucidos. Me acerqué a ella y le di un beso, Édichka el cobarde se decidió a darle un beso, la saludé y me di cuenta de que el maquillaje de las mejillas estaba pasado, parecía una costra. Se veía cansada.
    —Gracias —le dije—, me ha gustado, aunque ibas demasiado rápido. Se notaba que no tenías mucho tiempo.
    Eso le dije, no podía decirle que no me había gustado cómo había actuado, y no quería ofenderla. Ahí estaba Zhigulin, distraído y ausente, con su cámara. Acababa de llegar, claro, y no había visto nada.
    —No entiendo dónde está George —dijo Elena, mirando nerviosa alrededor—. Estaba en la sala, ¿dónde se ha metido?
    Estaba muy nerviosa, no le importaba una mierda Édichka, su perro fiel, que se habría arrastrado cubierto de sangre si ella se lo hubiera pedido. Le importaba George, que no estaba. Édichka era un noble caballero, no recordó a Elena sus palabras de que ella no quiere a nadie, de que todo el mundo le es indiferente. Édichka sabía bien por sus amigos que el fin de semana anterior George ya no había invitado a Elena a Southampton, que Elena había encontrado en casa de George unos tampones, claramente de otra mujer, que George, que antes prometía comprarle un abrigo de pieles, ahora ya solo estaba dispuesto a comprarle un abrigo normal. Y que de momento no había pagado ni una sola vez el taller de Zhigulin, como había prometido. Cojo cínico y hortera, jugaba con ella como si fuera un ratón.
    Édichka se quedó callado y solo dijo con interés:
    —A lo mejor está en el vestíbulo, ¿quieres ir a verlo? —Y fui con Elena al vestíbulo.
    Por supuesto, en el vestíbulo no vimos a ningún George. Elena no se puso a llorar, a lo mejor ni siquiera sabía hacerlo, no lo sé, la última vez que vi sus lágrimas fue cuando la estrangulé, o lo intenté. Ahora estaba nerviosa y no paraba de decir, dirigiéndose a Zhigulin, que se iba a casa, que a lo mejor George la llamaba a casa porque por la noche tenían que ir al teatro.
    Le dije que estaría bien celebrar la actuación de Elena remojándolo a la rusa, y propuse ir a beber a algún sitio, que yo invitaba. Además, Édichka se disculpó por no haber llevado flores a Elena, no había tenido tiempo de las ganas que tenía de verla, luego pensé si se enfadaría, a lo mejor según la mentalidad de aquí era ridículo regalarle flores a una modelo que había participado en un espectáculo. A lo mejor era provinciano.
    Al final fuimos los dos a un bar. Zhigulin no vino con nosotros. Nos sentamos, bebimos, y Elena me explicó una idea bastante demencial de unos rollos de tela en los que quería envolverse para así hacer un vestido, y otros proyectos con esa misma tela, y yo era el que tenía que coser. Yo, que tampoco soy un tipo muy normal, entendía que ese deseo de Elena de salvarse con dinero, de tener vestidos de una forma fácil y sencilla y además jugar a hacerse la diseñadora era otra forma de la puta locura provocada por la vida occidental. Comprendí que era una forma de locura infantil y que no saldría una mierda de todo aquello, pero accedí porque me daba miedo herirla o despertar su rabia.
    —Ahora vamos y te enseño las telas, las tengo en el taller —dijo Elena—, me ayudarás a envolverme con ellas, hoy tengo que ir con George al teatro, y estoy harta de los vestidos viejos.
    —Escucha, mejor te doy dinero y te compras un vestido —le dije.
    —No, es que… —dijo sin convicción.
    —¿Qué pasa, Elena? —dije yo—. Somos viejos amigos, cuando seas una gran modelo me ayudarás.
    —¿Y cuánto dinero llevas encima? —me preguntó con gran interés.
    —Unos cien dólares —dije. Se lo pensó un segundo.
    —Acábate la copa —dijo—, iremos a Bloomingdale a ver qué hay.
    Se acabó el alcohol con un solo movimiento. En ese momento nos sirvieron unas salchichas y una especie de albóndigas en un platito. A lo mejor aquí era así. Elena probó una y me metió otra que estaba atravesada por un palillo en la boca. Una atención especial, una caricia. Pagué, le di tal propina al camarero que sonrió de placer y nos fuimos.
    Estuvimos mucho rato en el taxi, había tráfico, casi habríamos ido más rápido a pie. Elena estaba muy nerviosa, intentó bajar antes pero la calmé.
    —No, me compraré unos zapatos —dijo cuando salimos del coche—, ya arreglaré la tela de alguna manera, no tengo zapatos.
    Le dije que eso era cosa suya, y que personalmente le recomendaba comprar algo grande, voluminoso, que se notara.
    Fuimos al trote por todo Bloomingdale, entramos volando en la sección adecuada y ella se dedicó a su ocupación favorita. Es una experta en eso. Lamenté no tener un millón de dólares para verla escoger cosas por valor de un millón de dólares. Os lo aseguro, encontraría qué comprar.
    Esta vez, por extraño que parezca, fui yo quien le enseñé los zapatos que se compró al cabo de media hora. Eran unos zapatos negros de tacón con una cintita dorada. Se los probó, luego arrastró a la dependienta hasta otra sección, se probó no sé qué, luego volvió con dos zapatos distintos puestos, caminó, se miró y al final se quedó con los que le había enseñado yo. Tras el fatigoso procedimiento de pago —en Bloomingdale no tenían prisa—, los zapatos costaban cincuenta y siete dólares, salimos y pasamos por otras secciones. No sé cómo acabamos en la de lencería, estaba mirando unas bragas con tul, volantes y flores. «¿Te gustan?», me preguntaba todo el rato. «Hace un tiempo que me da miedo mirar lencería femenina», le dije. Mi respuesta le entró por un oído y le salió por el otro. Para qué me iba a escuchar, a la mierda mis problemas. Me callé de nuevo, aunque tenía muchas ganas de hablar.
    Compramos una cantidad considerable de bragas y algunas tonterías más y fuimos al estudio.
    Allí Elena enseguida se desnudó en el baño y salió solo con unos pantis, sin bragas, así van las modelos en los desfiles para que las bragas no marquen las caderas, y el triángulo peludo alrededor del coño miraba a Édichka con ironía. Con los pechos y el culo al descubierto bajo las medias, Elena salió con los zapatos nuevos.
    No creo que atormentara al pobre Édichka a propósito, simplemente no pensaba en él, estaba acostumbrada a moverse así entre fotógrafos y el personal, y no iba a cambiar sus costumbres. ¿Que Édichka la ve desnuda y se pone triste? ¡A la mierda!
    Recordé sus palabras: «¡Eres un cero a la izquierda!», me lo dijo en febrero por teléfono. «¡No tengo maldad en el corazón!», me dije yo para calmarme. «¡Como Cristo con María Magdalena!», seguía yo para mis adentros. Me sirvió.
    De repente se me encendió la bombilla: madre mía, Elena no sabe qué hacer con todos nosotros, con la gente, con Vítechka, Édichka, Jean… utilizarnos para el sexo, conseguir dinero, hacer que la llevemos a un restaurante. Era todo lo que podía hacer con nosotros. Es inocente como una niña, o no sabe qué otros usos darnos. No le enseñaron. En el resto le molestamos. Cuando vivía con Víctor soñaba, soñaba conmigo, igual que soñaba ahora. Le da igual quién esté con ella. No ve. Aquel descubrimiento me dio miedo.
    No sabe de amor. No sabe que se puede amar a alguien, compadecerle, salvarle, sacarle de la cárcel, de la enfermedad, acariciarle la cabeza, envolverle el cuello con una bufanda o, como en el Evangelio, lavarle los pies y secárselos con el propio cabello. Nadie le habló del amor, ese don divino del ser humano. Cuando leía libros se le escapó. Tiene acceso al amor bestial, que no es nada complicado. Cree que eso es todo. Por eso siempre estaba tan triste en sus cuadernos, yo siempre los leía, tenía y tiene una percepción del mundo de impotencia y hastío.
    A lo mejor tiene suerte y se enamora. Será duro para ella, y maravilloso. Envidio al hombre que finalmente reciba el amor de esta criatura desgraciada. Recibirá mucho. Debe de tener mucho acumulado. Pero lo más probable es que nunca experimente la felicidad de entregar todo su ser, su alma, a otra persona, el dulce dolor que provoca ese acto antinatural para un animal y que sí existe en el ser humano.
    En este mundo hay muchos desgraciados como ella, pero solo por no conocer el amor, no saber amar a otro ser. ¡Pobres! Édichka cuando estaba destrozado aún así era feliz, en él, en el dolor, está el Amor, ¡qué envidia, señores!
    Eso pensaba yo, y ella meneaba el culito, cuando llegó Zhigulin.
    —Édichka me ha comprado unos zapatos —dijo ella.
    —¿Y a mí no? —me preguntó el interesado de Zhigulin.
    —Lena, tienes que irte, me has prometido ir conmigo a un bar —le dije sin contestar a Zhigulin.
    —Tenemos tiempo —dijo ella—, me doy una ducha y vamos al bar.
    Se duchó y empezamos a envolverla. Era una solemne tontería, ella de nuevo desnuda, y yo envolviéndola con las manos temblorosas en una tela transparente de color violeta, luego negra y amarilla. Era una mierda, ella lo sabía, pero dijo que éramos nosotros que no sabíamos hacerlo, ni ella ni yo. Por supuesto, cómo íbamos a saber hacerlo, no somos indios.
    Decidió ponerse el vestido de color violeta, y yo me puse a coserle el dobladillo. ¡Me puse a coser, qué remedio! Sé hacer de todo, es una mierda. Al final, después de ordenar a Zhigulin que enviara al economista cojo al bar de abajo, bajó conmigo. Yo llevaba el traje blanco desabrochado, ella el extravagante vestido violeta, con los zapatos que le había comprado y una boquilla larga en la mano: estaba guapa, seductora. Parecíamos ricos, marido y mujer o amantes, el próspero Édichka y la bella Elena, comprada por el próspero Édichka, entraron al bar.
    Ella pidió coñac, yo whisky, un J&B, y bebimos. Somos gente sorprendente, ya había empezado a meterme en el papel, pero ella me distraía porque no paraba de mirar por la ventana hacia la calle, y de pronto se fue, qué digo se fue, salió corriendo, y volvió con un tipo arrugado y bigotudo, por un instante vi algo amarillo. Nos presentó y enseguida se fueron, mi visión violeta desapareció. Se llama George. Ya sabemos quién es George.
    El camarero japonés lo vio y lo entendió. Me habían clavado un puñal en el corazón, y en ese momento todo ardió en llamas, ¡todo!
    ¿Cómo os sentiríais vosotros en ese bar de la calle Cincuenta y ocho del East Side si un rico se llevara a vuestro amor solo porque es rico, y vosotros os quedarais en un taburete bebiendo un J&B fingiendo que estáis de paso? ¡Puta mierda! Todo el odio hacia este mundo, el odio personal de Édichka el talentoso y valiente, esa pequeña fiera con olor a almizcle, ese odio amargo y lamentable no encontraba una salida y estaba ante mis ojos.
    No olvidéis el ambiente en el que crecí y me formé. Era un ambiente donde el amor y la sangre estaban muy cerca, un engaño iba solo un poco por delante de la palabra cuchillo, estaba sentado en el taburete y pensé que mis chicos, mis amigos que se pudrían en campos de prisioneros por diversos crímenes, los bandidos y ladrones de Járkov, ahora me despreciarían como a un trapo lamentable. «Se la han llevado y tú, joder, ni siquiera le has puesto el cuchillo en el costado a ese chulo, se la folla cualquiera que tenga ganas, les chupa la polla a todos y tú, joder, dejas que te destrocen el alma. ¡Capullo, cobarde, mierda de intelectual!»
    Así hablaban mis amigos, de una forma horrible y directa, desde su mentalidad provinciana tenían razón, de hecho tenían razón, si la amaba tendría que degollarla según su código y el mío. Y la quería.
    Édichka se quedó callado, qué podía decirles a los chicos. Que era la voluntad de Elena, que no tenía nada que ver con ese cojo, ni con Jean…
    Cuando Kiril entró en el bar al cabo de media hora porque Zhigulin le había dicho que estaba allí con Elena, más tarde me dijo:
    —Tenías una mirada como si delante de tus narices le estuvieran atravesando la cabeza con un hierro incandescente a tu querido hijo. —A Kiril le encanta expresarse con mucha pomposidad, pero por lo visto era cierto.
    Cuando entró me estaba bebiendo la sexta o la séptima copa de J&B, le pedí lo mismo, o a lo mejor era un White Label, no lo sé, pero bebimos y de ahí nos fuimos a otro sitio, ya casi no recuerdo nada más después. Luego Kiril me contó que estuvimos en varios bares, que nos echaron de uno, que me bañé en la fuente desnudo, me subí a una escultura y bajé de un salto, que me hacía el delincuente, el padrino, claro, todo eso era inconsciente.
    Kiril pasó la noche en el hotel, y por la mañana nos peleamos. Cuando intentaba quitarme las lentillas le dije que no las llevaba puestas. «A la mierda las lentillas, las lentillas, a la mierda los doscientos veinte dólares, ya he perdido tanto que no me importa», le dije a Kiril. Por lo visto se le contagió mi histeria, porque empezó a martirizarme con el cuento de cómo me había comportado.
    —Estabas insoportable —dijo Kiril en una especie de éxtasis maligno—, te tirabas bajo los coches, te quitaste los zapatos y anduviste descalzo, tenías una cara repugnante.
    Kiril dijo todo aquello de pie detrás de mí, que estaba tumbado en la cama de cara a la pared. Es un placer que te jodan así a las ocho de la mañana, tu mundo es un foso sucio de deshechos, y encima te fustigan.
    —Déjame en paz —le dije, cansado—, ¿qué quieres de un viejo enfermo, para qué me cuentas todo eso?
    Se puso a gritar:
    —¡Le voy a partir la boca a esa prostituta, por qué acepta tu dinero, que le den dinero los tíos a los que les chupa la polla! ¡Le compraste bragas, gilipollas, joder! ¡George, Jean, un fotógrafo y Zhigulin se limpiarán la polla con tus bragas, está follando con todos ellos ahora mismo! Me llamó Jean alardeando que se había vuelto a follar a Elena dos veces…
    Estuvo vociferando, y lo eché. Se fue, y yo entré en un estado terriblemente idiota, de vez en cuando salía de la penumbra y luego volvía a sumergirme en ella. Cuando salía bebía agua, me tumbaba de nuevo, pensaba sin parar en Elena, en que yo, Édichka, no tenía por qué vivir en este puto mundo como soy.
    Así estuve tumbado hasta las doce y luego me fui a la ducha, pensado en ir a la Octava Avenida y coger a una prostituta. Eso debería calmarme. No puedes morir: hay que vivir. Ya me había recuperado del todo, incluso sabía qué chica cogería concretamente en la Octava Avenida cuando sonó el teléfono. Sucedió cuando me estaba metiendo un billete de diez en el bolsillo y otro en el otro, en mi línea. Después del sexo quería llevar a la prostituta a un bar, necesitaba beber con alguien.
    Sonó el teléfono y del aparato se desprendió la voz de mi amada. Mi amada me ordenó que fuera a verla sin falta para llevar a cabo sus demenciales proyectos. Si te lo pide, hay que ir. La prostituta tendrá que esperar. La polla de Édichka podía esperar. Y el suicidio también. Tenía que ir a cortar las telas transparentes de Lena. Cogí una botella de whisky apenas empezada que no sabía de dónde había salido y me fui a ver a mi bienamada.
    Mi bienamada tenía planeada una excursión a Bloomingdale antes de cortar la tela para comprar hilo, cinturones, agujas, cremalleras y otros cachivaches. Fui con ella, le compré unas zapatillas de piel que le gustaron, de nuevo compramos bragas y algo más. Cuando salimos no me quedaba ni un centavo y a ella tampoco le quedaba nada de sus veinte dólares, habíamos invertido las últimas monedas en las últimas bragas. Eran rojas. Pensé nostálgico en la prostituta, ya no me quedaba dinero. ¿Pensáis que me arrepentí de algo? Ni mucho menos, siempre cumplo mis caprichos, y la chica estaba contenta con sus bragas. Yo también estaba contento.
    Zhigulin y su visita, con los que nos encontramos en el taller, no apreciaron las bragas. Palurdos, qué iban a saber ellos de bragas rojas. Elena solo podía hablar de eso conmigo, solo conmigo. Seguimos bebiendo, charlando de todo un poco. Después de varias copas de whisky ya no tenía ganas de cortar o coser. Pero me puse a hacerlo igualmente, destrozado y empapado en sudor.
    Quité los objetos de la mesa, estiré la tela y empecé a toquetearla. Tenía muchas ganas de acostarme, dormir, allí donde ella estaba, estaba Zhigulin, y el gato, me dormiría tranquilo y sin pesadillas en su cama, por ejemplo. Pero no me atrevía a pedirlo. Era absolutamente factible, y ella habría aceptado. Le habría pedido dormir sin ella, y no con ella.
    Estaba ocupado en la tela, ella hablaba por teléfono en la zona de Zhigulin y poco a poco empezó a irritarme. Por lo menos podría sentarse conmigo por educación mientras trabajo, pensaba. Qué se iba a sentar, poco después se puso un sombrero rojo y se fue del todo. «Me voy a trabajar», dijo. ¿Cuánto valía todo ese trabajo? Elena no tenía un céntimo.
    Se fue, Zhigulin estaba ocupado con las lámparas y Édichka, contento de ver que no lo controlaban, enseguida dejó de cortar, cambió rápido de actividad y encontró una ocupación. Cogió de la estantería de libros de Elena un cuaderno negro sospechoso, lo abrió y vio las notas de Elena. Édichka conocía esos cuadernos, en algún momento se los regaló él mismo. Estaba muy poco escrita, casi limpia. Édichka se metió el cuaderno debajo de la chaqueta y, pasando junto a Zhigulin, entró en el baño, cerró la puerta y, sentado en el borde de la bañera se puso a leer con el alma en vilo.
    Dentro había algo turbio. Esa palabra está bien, me encanta, expresa bien sus notas. Expresiones inconexas como si se refirieran a mí: «por qué me quieres», «qué fuerzas me impulsan». Había hierbas, árboles, se mencionaba a George, «George vino, George se fue», y no sé qué más hacía.
    Turbio, turbio, turbio. Desayunos con un rey. Todo mucho peor de lo que era, no eran versos, sino un puré de frases medio inconexas cuyo tema era básicamente la idolatría de sí misma. Algo sobre un hotel de Milán donde no tiene dinero, por eso le vienen ideas de muerte, y de nuevo esa cosa turbia, los vapores pesados de un alma sin amor.
    De pronto me topé con esta nota: «…también contigo, Édichka, soy culpable. ¡Pobre, pobrecito mío! Dios me castigará porque de niña leí un cuento donde decía: «en la vida eres responsable de todo aquel al que domesticas»…»
    Lo leí y derramé lágrimas de tristeza por mi chica. ¿Cuándo lo escribió, en Milán? Pobre criatura, te sientes mal porque no sabes de la existencia del amor. Mi pobre desgraciada que me ha hecho desgraciado a mí, ¡acaso te culpo yo! La culpa es de este mundo abominable sin amor, y no tuya.
    Zhigulin quería entrar en el baño. Reuní fuerzas, salí del baño, hablé con él, volví a beber whisky y me puse a pensar en ella. Resulta que lo entiende casi todo. ¿Pero qué le hacía matar al pobre niño? ¿La incomprensible exigencia de la naturaleza de tener muchos machos? No lo sabía. De todos modos le corté faldas de esas telas absurdas, luego cogí lo que había cortado y me fui a mi hotel…
    Uno de los últimos encuentros con Elena fue poético y triste. La llamé y me dijo con una extraña voz oscura: «Ven, pero rápido.» Habíamos quedado previamente, tenía que recoger el resto de telas absurdas. Llegué y estaba llorando, no podía contener las lágrimas, estaba sentada en la cama observando un montón de fotografías antiguas de la infancia, se las acababa de enviar su padre desde Moscú. Sollozaba, vestida con unos pantalones negros y una blusa roja, la misma blusa roja que llevaba con insolencia y seguridad en febrero. No durmió en casa, apareció por la mañana y me dijo con toda tranquilidad que yo no sabía disfrutar, yo, una persona que estaba enloqueciendo de pena. Ahora, pasado medio año, estaba llorando delante de mí con esa misma blusa. «Ni siquiera ha tenido tiempo de desgastar la blusa», me pasó por la cabeza la imagen poética. Ella no se percata de esos detalles, por supuesto. Solo yo, un observador atento, estudioso, cuidadoso, Édichka el sutil que se ríe de sí mismo, recuerdo todas esas prendas, las blusas, las cositas y las fotografías.
    —¿Quieres verlas? —me dijo entre lágrimas.
    —Sí—dije yo—, pero no llores, por qué lloras, ¿es por algo?
    —¿Hay algo que vaya bien? —soltó ella—. Todo es una mierda, trabajo, trabajo y trabajo. Si hubiera nacido aquí lo tendría más fácil. Además soy una mujer, y no un hombre — gimió—. ¡Estoy cansada!
    Pensé que según las marcas sexuales yo era un hombre, pero su puta madre, estoy seguro de que ninguna mujer ha sufrido ni sufrirá los mismos tormentos que yo. Ya sabéis que parte de mi desprecio hacia las mujeres ya se había extendido a Elena. Sin embargo, me daba pena, no veía en ella a una modelo sin suerte, a una mujer confundida, aunque lo era en realidad. Veía a la chica de la casa de madera de Tomilino, una chica astuta y misteriosa, y en todo el planeta el único que era digno de esa chica era yo, nadie más, caballeros, de eso estoy seguro.
    George era completamente digno de Elena la Russian model. Jean era peor, pero incluso él era digno de esa Elena. Pero de esa chica con trenza y medias blancas, de pie en su jardín y con abedules, arbustos, un trozo de una casa de madera detrás, como en el decorado de una ópera de tema pastoral, de esa solo era digno yo. La niña soñaba con un príncipe, como muchas niñas en Rusia, y probablemente aquí también. Pero cuando llega el príncipe Édichka se mezcla la maldad, el caos odia al amor, le susurra a la niña que eso no es un príncipe, que los príncipes no viven en pisos de Lexington y no van a trabajar por la mañana a un periódico de emigrantes, eso le susurra el caos. ¡No es él!, le susurra el caos.
    Édichka es expulsado y ella va a humillarse ante los George y los últimos caballeros de la cola. Eso pensaba yo mientras contemplaba las fotografías. También era una actividad dolorosa, nada buena.
    —No me robes las fotografías —dijo entre lágrimas, al tiempo que me daba el otro montón.
    —Por qué no, al fin y al cabo las perderás, o te las quitarán. Pero no tengas miedo, no te las robaré.
    Entretanto se levantó y se puso a buscar algo. De repente soltó un fuerte alarido.
    —Me cago en todo, por qué vivo en esta infame y sucia casa, dónde está mi librito, ya me lo han quitado, aquí todo lo roban y se lo llevan. ¡Y por qué soy tan desgraciada!
    Llorando, se puso a lavar los platos. Intenté acercarme y tocarle el hombro.
    —Cálmate —le dije. Me apartó la mano, tenía miedo de un acercamiento. ¡Qué boba! Quería calmarla. ¡Cree que me gusta verla llorando! ¡Bestia desgraciada! Bestia solitaria, que piensa alcanzar la felicidad con caricias casuales. ¿Pero por qué llora ahora, si siempre ha querido ser una bestia solitaria?
    —Deja de llorar —le dije yo asustado—, todo irá bien.
    —¡Siempre dices que todo irá bien! —dijo enfadada y entre lágrimas.
    Bueno, hubo un tiempo en que sabía calmarla, tanto la rabia como las lágrimas. Ahora no podía emplear los mismos medios. Solo le dije:
    —Si quieres bajamos al bar, bebemos, nos relajamos y te sentirás mejor.
    —No puedo —dijo ella—, tengo que irme, ahora vendrá a buscarme George, teníamos que ir a casa de un diseñador famoso. —Dijo el nombre—. Zhigulin, el muy imbécil, no ha querido ir, ha dicho: «No pinto una mierda allí, tú follarás con George y no hay mujeres para mí!» No vamos a follar, tengo que hacerme unas fotos, vamos a trabajar.
    Era gracioso, pero estaba sollozando. Sollozaba.
    Sonó el teléfono, era su economista. Oí que ella no paraba de repetirle entre lágrimas: «¡Es horrible, es horrible!»
    Pensé que él era un capullo, viendo cómo sufre ella sin un piso, viviendo en ese patio abierto, qué capullo, es millonario y no es capaz de alquilarle un piso para que viviera allí, descansara, durmiera bien. Para él era como para mí tirar un céntimo a la calzada. «Es cínico y muy inteligente», me dijo Zhigulin, decían los demás de él. Un hombre cínico e inteligente, ¿y dónde está vuestra bondad? ¿Es que no hay puta bondad en este mundo?
    Para mí él era una mierda insoportable porque no ayudaba a Elena a vivir, la utilizaba. Estaba sola en esta ciudad, sin contar conmigo, yo no existía para ella, por eso no podía ayudar en nada, estaba sola, tenía frío, estaba jodida, no tenía ni un abrigo y él se quedaba callado, cojeando.
    «Animalillo —pensé—, si me hicieras una señal, mi ama, le rebanaría el cuello en unos segundos», al fin y al cabo yo era un hombre sano y delgado de treinta años, nunca me dolía nada cuando cargaba con muebles ajenos, tenía los músculos como una piedra, y siempre llevaba en la bota a mi amigo Solinger. No tendría tiempo ni de abrir la boca. Pero era ella la que quería todo eso, y su voluntad era ley para mí. Por costumbre.
    Por otro lado, si él se ocupara de ella le respetaría, y tendría buena relación con él. Había quedado demostrado con Vítechka, el anterior marido de Elena. La quería, la cuidaba como a una niña, eso siempre me desarmaba. Como veis, Édichka es justo.
    George entró en el taller al cabo de diez minutos, estaba cerca. Nos saludamos lánguidamente. Elena llevaba un sombrero negro y se fue sin haberse secado las lágrimas, después de pedirme que me quedara en el taller a esperar a una amiga suya. Me quedé, fumé, esperé a su amiga, delgada, parecía un paje envejecido, charlé con Zhigulin cuando llegó, cogí las telas de color violeta y rojo, que a través de la bolsa semitransparente brillaban con todos los colores del arco iris, me fui a mi hotel reflexionando para mis adentros sobre la injusticia en el mundo, donde los que aman no importan una mierda y los que no aman sí, y encima se les espera con impaciencia.
    En el hotel me esperaba una hoja a cuadritos, un mensaje telefónico donde la telefonista había apuntado con letra inclinada «Llamar a Carol» y un número de teléfono. Subí al ascensor y sonreí. Algún día hablaremos con esos George. En otras circunstancias.
    Epílogo
    Estoy sentado en mi balconcito en una silla descascarillada bajo la luz del sol de octubre, leyendo un periódico viejo del verano, lo pesqué en el cubo de la basura y me lo llevé a la habitación para practicar inglés.
    Ahí están, los que se comportan de manera ejemplar en este mundo, sus alumnos sobresalientes. Ahí están los que se ganan su dinero. Él, sentado con el culo bien nutrido en el borde de la piscina, que tiene un reflejo azul. Ella, delgada, con un bañador a la moda y cara un poco de caballo, tiene en la mano una copa de Campari. El vaso del hombre está a su lado en el borde de la piscina.
    El eslogan reza:
    «Tienes un largo día caluroso por delante en la piscina y queréis tomar vuestra bebida preferida del verano.
    Pero hoy tenéis ganas de vibrar, de hacer algo distinto. Tomaréis un Campari con zumo de naranja…»
    Yo nunca he pasado un largo día de calor en la piscina. Reconozco que nunca en mi vida me he bañado en una piscina. Ayer pasé una mañana infame y fría en el centro de servicios sociales de la calle Catorce. Cuando fui eran las siete y media. Junto a las puertas cerradas y a ambos lados había colas de perceptores del subsidio, encogidos de frío. Esos chicos no se preocupan mucho por su aspecto. Unos llevan el pelo tieso, otros cargan con una especie de jergón, visten ropa de otra talla, muchos están de resaca, alguno ya está borracho y otro se ve que va fumado o colocado desde la mañana, no paran de caérsele los papeles, le he ayudado varias veces a recogerlos, y al cabo de media hora ha empezado a caerse él periódicamente. Por suerte lo han encontrado en la cola unos amigos que lo han colocado de tal manera que no se cayera. La gente que iba al trabajo intentaba evitar nuestra cola, nuestra gente les lanzaba miradas sombrías y desafiantes. Estábamos de pie, callados, teníamos frío. Al cabo de una hora y pico nos han dejado entrar. El policía bromea con nosotros, y como se supone que tenemos que ser estúpidos y torpes, todos sujetamos en la mano nuestras hojas, y el tipo que estaba en la puerta los miraba y reorganizaba la cola.
    —Hacia la valla —dice el policía, y nos mueve hacia la valla. Necesita poner otra cola al lado. Nos dan unas hojitas rojas con números a cambio de las blancas. Yo tengo el número diecinueve. No es un número que me haga muy feliz. Pero bueno, a la mierda, pienso, iré con mis compañeros a la siguiente cola, la que lleva al ascensor, donde también nos dividen en grupos y, aunque el grupo es grande, todos intentan meterse en el ascensor a la vez, para no quedarse, quién sabe qué puede pasar si se quedan.
    Los visitantes casuales que suben en el ascensor sin número no paran de moverse entre nosotros, asustados: vamos a la quinta planta. Se oyen bromas e insultos dirigidos a los visitantes casuales. Todo eso me recuerda el ambiente en el reclutamiento del ejército soviético, ahí los reclutas también tenían su psicología, expresada absolutamente en las palabras «estoy acabado», y en la sensación de aislamiento del resto de la sociedad.
    El ascensor nos deja en una sala enorme donde hay dispuestas unas mesas, ponemos nuestros papelitos rojos en una cesta junto a la valla y nos sentamos a esperar. La sala es como un campo, solo las mesas y las sillas la diferencian de un campo. Todo está pintado del inolvidable color de la burocracia. Y el olor es el mismo que el de un cuartel, un campamento, una estación, cualquier sitio donde se reúna mucha gente pobre.
    A mi lado se sienta un chico negro. A juzgar por la cinta blanca que lleva en la frente, el peinado y la ropa peculiar, es homosexual. Nos miramos un rato, estudiándonos, luego desviamos la mirada. Estamos ahí por negocios, la necesidad de escuchar no para de distraernos. Los funcionarios dicen apellidos de vez en cuando, y en la sala que parece un campo apenas se oyen. Por eso la incipiente excitación que había aparecido en la mirada lánguida de mi vecino desaparece enseguida. El centro de servicios sociales no es el mejor sitio para que nazca el amor.
    Hay que esperar mucho. La gente se pone nerviosa. Un tal señor Acosta, vestido con una capa y sombrero de paja, bajo y con bigote mejicano se pone nervioso, pregunta a gritos por qué no le llaman cuando gente que ha llegado después que él ya está hablando en ese momento de sus necesidades con los funcionarios. Es muy gracioso y al mismo tiempo espantoso, ese Acosta, si yo fuera director de cine lo convertiría en actor.
    El chico negro de gafas, muy educado, de Trinidad, le habla de sí mismo a una chica con cara de extenuada y voz ronca. Se ve que esa chica ha pasado por tantas cosas en esta vida que no le tiene miedo a una mierda, y por eso es una persona sencilla y buena. Cuando el chico de Trinidad se va porque le han llamado, la chica entabla una conversación amistosa con un gordo indignado con mono de trabajo y una bolsa del Burger King en la mano. Es una chica abierta al mundo, tengo pensamientos fugaces sobre todos ellos, quiero que esa chica descanse, esa chica delgada exhausta de la chaqueta negra, con pantalones y botas de tacón.
    A esa pequeña tullida de piernas cortas la conozco de algo, incluso me saluda. Y esa chica de la nariz aguileña, muy fea, fea hasta tener un encanto exótico, alta con un vestido tejano, se ve que es su primera vez aquí. Está nerviosa, mueve la rodilla y, sentada delante de mí, no para de mirarme. Intento mirarla tranquilamente. No hace falta engañarla con un acercamiento porque hoy no me siento atrevido. Poco a poco, después de mirarme los pantalones que me marcan el culo y ver cómo me pongo la chaqueta, la chica empieza a entender que soy un ave rara y cada vez me presta menos atención.
    Si fuera por mí, me gustaría calmarlos a todos. Si para eso tenía que hacer mimos a la de la nariz aguileña, tirármela, acogerla en casa, lo haría. Y a la que está agotada también. Y al chico de la cinta, y al señor Acosta, es un buen tipo. Y a ese del sombrero con amuletos. Y al toxicómano. Tendríamos un rancho y habría sitio para todos. Y Carol. Y Chris. Y Johnny. Incluso me llevaría a Roseanne: he sido injusto con ella.
    Había pasado seis horas en el centro de servicios sociales… una piscina… estaría bien algún día tener el honor de bañarme en una piscina. Un día largo y caluroso lo haré. Y beberé Campari con zumo de naranja.
    Dejo el periódico y miro hacia abajo. Se han pasado todo el verano derruyendo edificios bajo mi ventana, había un ruido insoportable. Ahora no hay edificios, solo una superficie plana, cubierta de polvo de ladrillo. Otoño. Tengo que cambiar de sitio, salir del hotel Winslow. Ya es hora.
    ¿Pensáis que esta esclavitud es triste? A veces también me pongo triste. Me gustaría tener una casa blanca bajo los árboles, una gran familia, una abuela, un abuelo, padre y madre, esposa e hijos. Un trabajo que me sorbiera los sesos pero a cambio tuviera una casa maravillosa con un prado, flores, multitud de aparatos domésticos, una mujercita americana, guapa y sonriente, un hijo pecoso manchado de mermelada con unas botas de fútbol…
    Pero para qué soñar, es inútil. El destino es el destino, ya he ido demasiado lejos. Nunca tendré todo eso. La familia no se reunirá en la mesa para la cena y yo, abogado o médico, no contaré el caso tan complicado que he tenido ni esa operación difícil pero interesante.
    Soy escoria. Recibo el subsidio social. Ahora tengo que alimentarme y hacer el schi. Estoy solo, tengo que acordarme de mí mismo. ¿Quién se va a ocupar de mí si no? El viento del caos, cruel, horrible, destrozó a mi familia. Yo también tengo padres, lejos, en la otra punta del mundo, en una callecita verde de Ucrania, papá y mamá. Mamá siempre me escribe sobre la naturaleza, cuándo crecen los guindos bajo la ventana y la mermelada tan rica que ha hecho con los albaricoques que plantaron bajo las ventanas con papá, muy rica, es tu mermelada preferida, hijo, pero no hay nadie para comérsela. No tengo más parientes. En la guerra murieron mi tío y mis abuelos. En Leningrado y Pskov. Por intereses nacionales. Por Rusia, joder.
    De mis esposas y novias he adquirido algunas costumbres. Por la mañana tomo café y fumo un cigarrillo al mismo tiempo. Básicamente soy un chico plebeyo, un mestizo, un perro, cogí ese hábito de Elena. Y voy tirando.
    La vida en sí misma es un proceso absurdo. Por eso siempre he buscado una ocupación elevada en la vida. Quería amar con abnegación, siempre me he aburrido solo. He amado, visto desde ahora, de una forma extraordinaria, fuerte y horrible, pero resulta que quería amor por respuesta. Eso ya no está bien, eso de querer algo a cambio.
    Yo, que lo he perdido todo pero no me he rendido nunca, estoy sentado en el balcón mirando hacia abajo. Hoy es sábado y las calles están vacías. Observo la calle, sin prisa. Tengo mucho tiempo por delante.
    ¿Qué será de mí concretamente, mañana, pasado mañana, dentro de un año?
    ¡Quién sabe! La gran Nueva York, sus calles largas, en Nueva York hay todo tipo de casas y pisos. Con quién me encontraré, qué me espera, no se sabe. A lo mejor me uno a un grupo de extremistas armados, igual de renegados que yo, y muero durante el secuestro de un avión o expropiando un banco. A lo mejor no lo hago y me voy a algún sitio, con los palestinos, si sobreviven, o con el coronel Gadafi a Libia o a algún otro sitio a poner la vida de Édichka al servicio de alguna gente, de algún pueblo.
    Soy un tipo que está dispuesto a todo. Intentaré darles algo. Mi hazaña. Mi muerte absurda. ¿Por qué digo que lo intentaré? Llevo treinta años intentándolo. Me entregaré.
    Los ojos se me llenan de lágrimas de la emoción, como siempre de la emoción, y ya no veo la Avenida Madison abajo. Se desvanece.
    —¡Os he follado a todos, hijos de puta! —digo, y me limpio las lágrimas con el puño. A lo mejor esas palabras van dirigidas a los edificios de alrededor, no lo sé.
    —¡Os he follado a todos, hijos de puta! ¡A la mierda todos! —murmuro.

[1] Sopa típica rusa de col. (N. de la t.).
[2] Édichka es el diminutivo de Eduard, pero en ruso son mucho más frecuentes que en castellano y no tienen la misma connotación infantil. (N. de la t.).
[3] Primer cuerpo policial soviético de seguridad estatal, creado en 1917 con el fin de eliminar toda actividad antirrevolucionaria y de sabotaje en la URSS. (N. de la t.).
[4] Anatoli Levitin Krasnov (1915-1991) fue un disidente soviético que denunció los problemas de la Iglesia ortodoxa en la URSS. (N. de la t.).
[5] Vladímir Maxímov fue un famoso escritor disidente, director de la revista político-literaria «Kontinent» y miembro destacado de la Unión de Escritores hasta que en 1974 fue despojado de la nacionalidad soviética y se exilió a París hasta su muerte. (N. de la t.).
[6] Escritor y periodista político estadounidense conocido por su simpatía hacia el comunismo y su postura contraria a la guerra de Vietnam. (N. de la t.).
[7] Emisora de radio anticomunista relacionada con la CIA que emitía para la URSS desde la playa de Pals. (N. de la t.).
[8] Líder de los tártaros de Crimea, deportados por Stalin en 1944. Defendía ante las autoridades soviéticas el derecho de los tártaros a volver a su tierra, Crimea. (N. de la t.).
[1] 1920-1999, Moscú, miembro del círculo de poetas Konkret de Moscú, al que perteneció el propio Limónov. (N. de la t.).
[10] Los escritores Andréi Siniavski y Yuli Daniel fueron juzgados en la URSS en 1965-1966 por publicar propaganda antisoviética en el extranjero bajo pseudónimo. Fueron condenados y el caso produjo un gran revuelo y multitud de protestas formales por parte de la intelectualidad soviética y extranjera. (N. de la t.).
[11] Supermodelo estadounidense de los años ochenta, asidua de Studio 54 y considerada la cara de su generación, de vida trágica y muerte prematura a los 41 años. (N. de la t.).
[12] Referencia a Mao Zedong (1893-1976), ex presidente del Partido Comunista de China. (N. de la t.).

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