“Medio siglo con Borges”, de Mario Vargas Llosa: La soledad del hombre agasajado

por Mauricio Embry

Encorvado sobre su asiento, casi a la altura del cuello del entrevistador, el hombre responde sin prisa, moviendo los párpados entrecerrados al ritmo de cada pregunta. “¿Cuál es el más grande escritor, el que más le ha impresionado?”, le preguntan. El hombre saca la lengua como si estuviese degustando café y sus ojos empañados se vuelven aún más ausentes. “Bueno, hay un joven Virgilio que promete mucho”, responde juguetón y asoma los dientes delanteros con gesto de hiena. Esta imagen corresponde al Programa “A fondo” (1980) y el entrevistado es Jorge Luis Borges luego de ganar el Premio Cervantes en 1979.

En este breve fragmento de la entrevista es posible apreciar aspectos de la personalidad de Borges que aparecen también en su literatura, tales como su pasión por los textos clásicos en desmedro de la lectura de sus contemporáneos (algunos de los cuales en esa entrevista dijo ni siquiera haber leído) y su gusto por el juego literario, lo que lo llevó a crear relatos que no siempre tienen un claro conflicto emocional entre sus personajes, pero que, con mucha imaginación, abordan conceptos abstractos y filosóficos sobre los cuales los humanos nos hemos preguntado por siglos, tales como el tiempo o el infinito, permitiéndole con ello crear un estilo único e irrepetible, que sin duda lo transformaron en uno de los escritores más relevantes en lengua española de todo el siglo XX (quizás el más grande), con una obra en la que destacan principalmente los relatos breves (Ficciones o El Aleph, por ejemplo) y libros de poesía (Fervor de Buenos AiresLuna de enfrente o Cuaderno de San Martín).

En Medio siglo con Borges, publicado recientemente por el sello Alfaguara, de Penguin Random House Grupo Editorial, se han compilado un conjunto de artículos, conferencias, reseñas y notas de otro importante escritor de la literatura latinoamericana del siglo XX, Mario Vargas Llosa (autor de novelas como La ciudad y los perrosConversación en la catedral, Pantaleón y las visitadorasLa fiesta del chivo, entre otras) sobre Jorge Luis Borges.

El libro sigue así la misma lógica que otro de Vargas Llosa, La verdad de las mentiras, en el que el escritor peruano incluyó diversos ensayos sobre obras literarias fundamentales del siglo XX, como son La muerte en VeneciaDublinesesLa Señora DallowayLolitaEl viejo y el mar El extranjero, entre muchas otras. La gran diferencia entre ambos libros, no obstante, es, en primer lugar, el hecho de que en La verdad de las mentiras, al ser los textos compilados ensayos literarios, el desarrollo de los argumentos y análisis de cada obra resulta un poco más profundo y detallado que el planteado en Medio siglo con Borges, en el que, si bien también hay un análisis de la obra del autor de Fervor de Buenos Aires (principalmente en el apartado “Las ficciones de Borges”), este resulta algo más superficial por el formato al que estos textos pertenecen (entrevistas, conferencias, etcétera).

Por otra parte, la temática del libro se vuelve en ocasiones algo reiterativa, principalmente en los apartados “Borges en su casa” y “Borges en su casa: una entrevista”, ya que la primera es una suerte de crónica/perfil del escritor argentino, donde se nos señalan las respuestas que le da Borges a Vargas Llosa cuando este lo visitó en su hogar en 1981, incorporando las respuestas del escritor argentino en estilo indirecto, mientras la segunda es la transcripción directa de sus respuestas durante esa misma visita. Ambas, sin embargo, apuntan básicamente a lo mismo y el hecho de que en el libro estén una a continuación de la otra no ayuda demasiado a hacerlo menos notorio, por lo que, al menos que el lector tenga un ataque de amnesia o haya dejado el libro por más de seis meses entre uno y otro fragmento, sus lecturas tendrán una sensación de inevitable y pegajoso déjà vu.

Dicho esto, y como era esperable de un escritor tan grande como Vargas Llosa hablando de una leyenda aún mayor, como lo es Borges, la prosa del libro resulta impecable y si nos olvidamos de los reparos señalados, el libro resulta muy disfrutable, principalmente para quienes son fanáticos de Borges, pues el libro sumerge al lector en un conjunto de anécdotas y curiosidades en los distintos ámbitos de la vida del escritor: su casa, su literatura, sus opiniones políticas, su relación con otros escritores como Onetti o sus amores (principalmente con María Kodama).

Asimismo, resulta muy interesante que, a través de los distintos textos que componen el libro, escritos en tiempos muy diversos y que claramente no nacieron para ser una pieza única, Vargas Llosa de todas formas ha acertado con la recopilación, pues estos van dibujando un perfil bastante ordenado y claro del escritor de El aleph, en los que Vargas Llosa es bastante objetivo, alabándole muchas cosas, pero también criticándole otras, principalmente en el plano político.

Mario Vargas Llosa

El escepticismo político

Así, por ejemplo, dice que el hecho de que Borges desdeñara la política no era señal de que fuera apolítico, pues eso es tan político como adorarla, explicando que, en su concepto, los motivos de esta actitud eran consecuencia del escepticismo que tenía para abrazar cualquier fe, religiosa o ideológica, describiéndolo como un: “individualista recalcitrante, constitutivamente alérgico a ceder un ápice de su independencia y a disolverla en lo gregario, lo que, de hecho, lo convertía en un enemigo declarado de toda doctrina y formación política colectivista, como el fascismo, el nazismo o el comunismo, de los que fue adversario sistemático y pugnaz toda su vida”.

A lo anterior, Vargas Llosa agrega que, por lo demás, Borges de todas maneras había manifestado muchas veces preferencias y rechazos políticos, como ocurrió cuando Perón y su régimen eran simpatizantes del Eje durante la Segunda Guerra Mundial y Borges denunció en sus textos la pedagogía del odio y el racismo de los nazis, defendió a los judíos y manifestó su voluntad a favor de los Aliados. También se nos dice que era contrario al nacionalismo, lo que lo llevó a oponerse más tarde a la guerra de las Malvinas y a un enfrentamiento entre Argentina y Chile.

Esta actitud contrasta, dice Vargas Llosa, con la defensa que Borges hizo de dictadores como Aramburu o Videla. Del mismo modo, su discurso respecto a que las dictaduras fomentan la opresión, el servilismo, la crueldad y la idiotez, se destruye en mil pedazos cuando recordamos algo que Vargas Llosa comenta a la pasada, y es el hecho de que Borges recibiera en plena dictadura un doctorado honoris causa de manos de Pinochet. Un paradoja en toda regla: un hombre que detestaba a los nazis y criticaba la opresión, el nacionalismo y las dictaduras, pero que con ese acto, el cual según algunos fue lo que le costó el Nobel, avaló la terrible dictadura militar de nuestro país.

Todas estas incongruencias Vargas Llosa, por mucho que admire a Borges, las deja claramente de manifiesto, aunque evitando hacer juicios de valor condenatorios y apelando más bien a múltiples cuestionamientos e interrogantes que hacen que el lector se percate de los distintos claroscuros que puede tener un autor, humano al fin de cuenta y, por tanto, poseedor de múltiples defectos que no tienen por  qué influir en la calidad de su obra, algo que da bastante que pensar, sobre todo en estos tiempos, en los que nos encontramos en un contexto de revisionismo permanente, muchas veces excesivo y carente de perspectiva histórica, que busca a toda costa cancelar o anular a todos aquellos artistas del pasado que directa o indirectamente estén en contra de los valores actuales (aun cuando esos valores ni siquiera fueran conocidos por ellos o, incluso, les fuera imposible siquiera pensar de otro modo, dado la naturaleza de la cultura y épocas en las que vivieron).

El de Borges no es, por su puesto, un caso en los que el revisionismo sea excesivo (mal que mal, cuando recibió el premio, Borges ya sabía que trataba con un dictador y, probablemente, conocía o al menos intuía lo que eso significaba para sus opositores), pero sí puede ser interesante percatarnos que, pese a haber avalado en su momento la dictadura más horrenda que hayamos tenido en la historia de nuestro país, su obra sigue y seguirá siendo inmortal, y eso no va a cambiar por  la conducta (repudiable ciertamente) que tuvo en esa ocasión, más aún cuando, en otras situaciones, su postura fue de absoluto rechazo al totalitarismo y al nacionalismo.

Entonces qué, ¿es bueno o malo Borges? ¿Lo cancelamos o no lo cancelamos? Ese tipo de preguntas, tan propias de peleas por redes sociales, no parecen, en mi opinión, las más indicadas para referirnos al arte o la literatura. La obra debe hablar por sí sola y su relevancia para la posteridad no dependerá de qué tan “bueno” o “malo” haya sido el artista como persona, considerando, sobre todo, lo difícil y discutible que puede ser muchas veces catalogar a alguien como “bueno” o “malo” cuando los valores culturales a este respecto van cambiando de forma constante y cuando, normalmente, la gente comete múltiples actos buenos y malos a lo largo de su vida.

Uno podrá estar de acuerdo, claro está, con una postura política o valórica de un artista, se le podrá criticar, desde luego, algunas de sus acciones, además de ser conscientes del hecho evidente de que, por más apolítico que alguien diga ser, evidentemente su obra va a estar, se quiera o no, empapada de su particular mirada política (entendiendo “política” en el más amplio de los sentidos), lo que, desde luego, influirá en la apreciación que tengamos de ella. No obstante, la obra es siempre un ente independiente, con vida propia, que una vez que sale de su creador, escapa de su control y puede adquirir múltiples rostros tan disímiles como espectadores o lectores tenga.

Al respecto, Nabokov, en su epílogo de Lolita, expone lo siguiente: “No soy lector ni autor de novelas didácticas, y, a pesar de lo que diga John Ray, Lolita carece de pretensiones moralizantes. Para mí una obra de ficción sólo existe en la medida en que me proporciona lo que llamaré, lisa y llanamente, placer estético, es decir, la sensación de que es algo, en algún lugar, relacionado con otros estados de ánimo en que el arte (curiosidad, ternura, bondad, éxtasis) es la norma.”

Leyendo esto, pienso que tanto  la vida “buena” o “mala” que un autor haya tenido, como el hecho de si el contenido de la obra resulta “moral” o “inmoral” para la específica y siempre cambiante estructura de valores de una sociedad determinada, no debiese ser lo prioritario, sino que, como decía el viejo Nabokov, lo relevante debiese ser el placer estético que esa obra provoca. Algo que en el caso de Borges, resulta bastante claro.

Jean-Paul Sartre

Lo fantástico y la condición humana

En el ámbito literario, Vargas Llosa parte reconociéndose como un autor muy diferente de Borges, algo que salta a la vista cuando vemos que, como él mismo dice, la política y el sexo son parte importante de su obra (basta solo con ver el contexto en el que se desarrolla Conversación en la catedral o leer Pantaleón y las visitadoras), siendo así mucho más cercano al realismo de Flaubert que al género fantástico que tanto cultivó Borges.

“Muchas cosas he leído y pocas he vivido”, escribió Borges y, según el escritor peruano, ello se nota en el hecho de que su obra posee: “(…) una estremecedora falta de vitalidad, un mundo riquísimo en ideas y fantasías en el que los seres humanos parecen abstracciones, símbolos, alegorías, y en el que los sentidos, apetitos y toda forma de sensualidad han sido poco menos que abolidos”. Borges es así el hombre de la biblioteca mientras autores como el mismo Vargas Llosa escriben del mundo que les rodea y de lo que se ha dado en llamar “condición humana”.

Pese a ello, Vargas Llosa reconoce en el prólogo de este libro que no cree que: “(…) estas abismales diferencias de vocación y personalidad hayan sido un obstáculo para apreciar el genio de Borges. Por el contrario, la belleza e inteligencia del mundo que creó me ayudaron a descubrir las limitaciones del mío, y la perfección de su prosa me hizo tomar consciencia de las imperfecciones de la mía”.

De esta forma, deja clara su admiración por el particular mundo borgeano, lleno de laberintos, espejos y minotauros, señalando en una de las charlas que componen este libro, titulada “Las ficciones de Borges”, que pese a haber empezado a leer a Borges casi a escondidas, por considerarlo un autor poco comprometido con lo político y social (algo muy contrario a lo que su entonces héroe, Sartre, decía que debía ser un artista), terminó siendo el único que en las relecturas posteriores continuó maravillándolo: “(…) Muchos de mis modelos ahora se me caen de las manos cuando intento releerlos, entre ellos el propio Sartre. Pero, en cambio, Borges, esa pasión secreta y pecadora, nunca se desdibujó”.

Vargas Llosa reconoce que Borges ha sido lo más importante que le ha ocurrido a la literatura en lengua española moderna y uno de los artistas contemporáneos más memorables, agregando que todos los que escriben en español tienen una enorme deuda con él, incluso quienes nunca han escrito un cuento fantástico, ya que Borges significó una ruptura con una especie de complejo de inferioridad que de manera inconsciente inhibía al escritor latinoamericano a abordar ciertos asuntos y lo encerraba dentro de un horizonte provinciano. Comenta que, de esta manera, Borges se movía con igual soltura por los mitos escandinavos, la poesía anglosajona, la filosofía alemana, la literatura del Siglo de Oro, los poetas ingleses, Dante, Homero, etcétera.

Pese a ello, Vargas Llosa niega que Borges sea, como se le acusó en algún momento, “europeísta”, sino que a su juicio es cosmopolita, pues sus demonios íntimos se unen a un tejido cultural propio en donde está la prosa de Stevenson, Las mil y una noches, los gauchos del Martín Fierro, entre otros elementos muy disímiles. Del mismo modo, Vargas Llosa comenta también que la prosa de Borges es única, llena de una concisión y precisión absolutas, algo no tan común en la lengua española, lo que ocasiona que cualquiera que lo imite sea muy pronto descubierto.

El hecho de que Borges tuviese ancestros militares, por otra parte, creó en él una especie de complejo, que lo llevó a crear personajes totalmente opuestos, matones, asesinos, etcétera, y sobre todo, a exaltar la figura del gaucho en torno a la cual creó toda una mitología, llena de exotismo y calor local, algo que, según Vargas Llosa: “(…) es una coartada para escapar de manera rápida e insensible del mundo real, con el consentimiento –o, al menos, la inadvertencia– del lector hacia aquella irrealidad que, para Borges (…) es la condición del arte».

Lo anterior recuerda algo que en 2016, en Valparaíso, la periodista, escritora y ensayista, Beatriz Sarlo, comentó sobre Borges, explicando que lo que modula este criollismo y exaltación de la cultura gauchesca es un sentimiento de nostalgia de aquella época, ya extinta, unida a un sentimiento de culpa por no ser él como sus antepasados. De ahí que en el poema “Tankas”, los versos finales digan: “No haber caído, / como otros de mi sangre, / en la batalla./Ser en la vana noche/ el que cuenta las sílabas”. Como puede apreciarse, Borges se siente alguien que está de algún momento escribiendo, lleno de libros, mientras sus antepasados tenían un pasado militar lleno de honor y gloria, lo que sin duda constituyó uno de sus muchos demonios a la hora de escribir.

Su erudición es otro de los elementos distintivos de la obra de este autor argentino que se abordan en Medio siglo con Borges, un aspecto que, según Vargas Llosa, no tiene que ver con pedantería, pues sus conocimientos no tienen por finalidad hacérsela saber al lector, sino que infundir a las historias de una cierta coloración, dotándolas de una atmósfera propia, es decir, tienen una función literaria. Así: “La teología, filosofía, lingüística y todo lo que en ellos aparece como saber especializado se vuelve literatura, pierde su esencia y adquiere la de ficción, torna a ser parte y contenido de una fantasía literaria”, dice el escritor peruano.

Esto nos lleva a señalar algo que también expresa Vargas Llosa en este libro, y que es la mezcla de géneros presentes en la obra de Borges, principalmente entre ensayo y cuento, como ocurre con el famoso texto “Pierre Menard, autor del Quijote”, en el que se enumera, en forma de ensayo, la obra visible del escritor ficticio Pierre Menard, así como su mayor obra, que está inconclusa y que consiste en producir de nuevo el Quijote, pero no solo transcribiendo el original o haciendo un “Quijote moderno”, sino que escribiendo unas páginas que coincidieran palabra por palabra y línea por línea con las de Miguel de Cervantes, lo que genera que, al estar escrito en un nuevo contexto, su interpretación adquiera matices muy diversos, como si fuese un libro totalmente nuevo.

Esto lo vemos también en el texto «Del rigor en la ciencia», un relato en el que un tal Suárez Miranda cuenta que en un imperio existía tal perfección en la cartografía, que el mapa de una provincia ocupaba una ciudad y el del imperio toda una provincia. La perfección llegó a tanto que, más tarde, levantaron un mapa del imperio que coincidía puntualmente con él, aunque esto mismo lo hacía totalmente inútil.

Lo mismo ocurre también en el «Tema del traidor y el héroe», en el que un narrador nos cuenta la historia de Ryan, bisnieto de un héroe supuestamente irlandés de apellido Kilpatrick, asesinado en misteriosas circunstancias, quien busca saber la verdad de lo que le ocurrió a su antepasado. En el texto se hacen comparaciones con el asesinato de Julio César, con Macbeth, de Shakespeare, además de citar a Hegel o Spengler e incorporar elementos metaliterarios, pues en el texto está claramente presente la consciencia de la escritura, ya que el narrador expresamente nos dice que está imaginando un relato, pese a lo cual su formato es similar a un ensayo.

En estos textos, Borges muestra su erudición, mezcla géneros y, además, hace en algunos casos uso de textos apócrifos, es decir, de relatos donde se simula la escritura de un ensayo (en el caso de Pierre Menard) o de una crónica de viajes (en el caso Del rigor en la ciencia), que en realidad nunca existieron, haciendo aparecer como verdaderos a autores, héroes, lugares o situaciones ficticias, en un juego realidad y ficción que resulta por demás fascinante.

María Kodama y Jorge Luis Borges

El gran simulador

En el ámbito personal, Vargas Llosa comenta también algo interesante sobre Borges, ya que señala que: “era el hombre más agasajado del mundo y daba una tremenda impresión de soledad”. Esto lo menciona al referirse al hecho de que fueron los franceses quienes le dieron la verdadera fama a Borges, pues a partir de la visita que Borges hizo a París, su obra comenzó a volverse el fenómeno mundial que es ahora.

En este sentido, Vargas Llosa tuvo oportunidad de entrevistarlo justo en el momento que ocurrió esta suerte de transmutación el año 1963, entrevista que, según él, fue la única vez que, en algún momento, conectó con él, pues luego en ninguna ocasión sintió que hablaban de verdad, agregando que Borges después: “ya solo tenía oyentes, no interlocutores, y acaso un solo mismo oyente —que cambiaba de cara, nombre y lugar— ante el cual iba deshilvanando un curioso, interminable monólogo, detrás del cual se había recluido, como uno de sus personajes”.

Vargas Llosa  comenta también que, cuando lo entrevistó la primera vez, Borges era todavía un hombre sencillo, intelectual, tímido, pegado a las faldas de su mamá y se pregunta si habrá logrado acostumbrarse luego a ese papel de escritor famoso, agregando que pareciera que sí por algunas fotos en las que se ve recibiendo medallas, doctorados, y subiendo a todos los estrados a dar charlas y recitales. Enseguida, sin embargo, el autor de La ciudad y los perros explica que: “Ese Borges de la fotos no era él, sino, como el Shakespeare de su ensayo, una ilusión, un simulador, alguien que iba por el mundo representando a Borges y diciendo las cosas que se esperaba que Borges dijera (…)”.

Esto que menciona Vargas Llosa recuerda sin lugar a dudas al texto “Borges y yo”, que escribió el autor argentino, donde confirmaba esta suerte de desdoblamiento interno entre él mismo y el personaje de Borges (el que también aparece en algunos de sus relatos, como ocurre en “El Aleph”, sin ir más lejos), señalando que: “Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico”.

Pese a ello, la confusión entre ambos es tan grande que termina el texto señalando: “Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro. No sé cuál de los dos escribe esta página.” También esta diferencia entre el Borges más joven antes de la fama y el más viejo puede verse en el cuento “El otro”, en el que un Borges anciano se encuentra con su versión veinteañera y, en algún punto del relato, se menciona la siguiente frase: “al recordarse, no hay persona que no se encuentre consigo misma.”.

El libro nos habla también de los múltiples amores frustrados de Borges, pues Vargas Llosa comenta que se enamoraba de mujeres cultas e inteligentes que lo aceptaban como amigo, pero, una vez que descubrían su amor, lo apartaban. Esto, unido a una experiencia sexual con una prostituta a la que lo impulsó su padre en Ginebra y que repercutió de manera grave en su vida, provocó que todo lo relacionado con el sexo fuera para él algo inquietante y peligroso.

Todo esto terminó cuando conoció y luego tuvo una relación sentimental con María Kodama. En dichas frustraciones, según comenta Vargas Llosa, al parecer tuvo un rol bastante relevante la estrecha relación que Borges tenía con su madre, quien ejercía una vigilancia muy estricta de sus relaciones sentimentales. De cualquier manera, Vargas Llosa se termina alegrando de que, al menos en sus últimos años, Borges haya podido vivir por fin una relación como la que se merecía antes de su muerte.

Medio siglo con Borges es una recopilación de reseñas, entrevistas, conferencias y notas que resulta muy recomendable para adentrarnos más en los distintos ámbitos que rodean la figura de Borges, con el magnífico agregado de que podemos, a la vez, disfrutar de la exquisita prosa de otro grande de la literatura latinoamericana: Mario Vargas Llosa.

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Mauricio Embry nació en Santiago de Chile (1987). Es abogado de la Pontificia Universidad Católica de Chile y escritor. Desde el año 2014 ha participado en distintos talleres literarios, destacando los cursos impartidos por los escritores Jaime Collyer, Patricio Jara y Leony Marcazzolo. En el año 2016, publicó el cuento «Una cena para Enrique», dentro del libro En picada (editorial La Polla Literaria), que agrupó distintos cuentos de los participantes del taller de Leony Marcazzolo. Entre octubre de 2018 y septiembre de 2019 cursó y aprobó el máster en creación literaria, impartido por la Universidad Pompeu Fabra en Barcelona, España.

«Medio siglo con Borges», de Mario Vargas Llosa (Editorial Alfaguara, 2020)

(Tomado de Cine y Literatura)

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