Mar y tierra: la extrema derecha se muestra partidaria de la descolonización

por Miri Davidson

La extrema derecha se muestra partidaria de la descolonización. En Francia, los intelectuales de extrema derecha describen a menudo a Europa como una víctima indígena de una “colonización inmigrante” impulsada por las élites globalistas. Renaud Camus, teórico del «Gran Reemplazo», ha alabado el corpus teórico anticolonial —»todos los textos fundamentales de la lucha descolonizadora  se ajustan perfectamente a Francia, especialmente los de Frantz Fanon»— y sostiene que la Europa indígena necesita su propio FLN. Una lógica similar se observa entre los supremacistas hindúes, quienes adoptan las ideas de teóricos decoloniales latinoamericanos para postular su etnonacionalismo como una crítica indígena radical; el abogado y autor Sai Deepak logró incluso convencer al teórico decolonial Walter Mignolo de escribir un texto de apoyo a su causa. En Rusia, Putin enfatiza el papel de Rusia en un “movimiento anticolonial contra la hegemonía unipolar”, mientras que su ministro de Relaciones Exteriores, Sergei Lavrov, no duda en expresar su solidaridad “con las demandas africanas de culminar el proceso de descolonización”.

Este fenómeno desborda las derivas habituales del discurso reaccionario. Los dos principales intelectuales de la Nueva Derecha europea, Alain de Benoist y Alexander Dugin, abogan, así, por una visión descolonial. Para de Benoist, esto significa una notable desviación de sus previas afinidades colonialistas. Su politización durante la guerra de Argelia le llevó a simpatizar con las organizaciones juveniles nacionalistas blancas que buscaban evitar el desplome del imperio francés. Admiró a la OAS por su valentía y dedicó sus primeros libros a promover el nacionalismo blanco en Sudáfrica y Rodesia, describiendo a la Sudáfrica del apartheid como “el último bastión del Occidente”. No obstante, en los años ochenta, de Benoist cambió de pareceres. Tras adoptar un marco de referencia pagano y dejar de lado un nacionalismo blanco tan explícito, comenzó a centrar su pensamiento, al menos en apariencia, en la protección de la diversidad cultural.

Ante el avance del multiculturalismo liberal y el consumismo masivo, de Benoist argumentaba que la Nouvelle Droite debería esforzarse por defender el “derecho a la diferencia”. De ahí, el teórico derechista derivaba una conexión tardía con las adversidades de las naciones del Tercer Mundo. “La occidentalización del mundo, llevada a cabo por misioneros, ejércitos y comerciantes, ha sido un movimiento imperialista con el propósito de eliminar cualquier forma deotredad”, escribió junto a Charles Champetier en su Manifiesto por un Renacimiento Europeo (2012). Los autores enfatizaban que la Nouvelle Droite “defiende por igual a todas las etnias, idiomas y culturas regionales en peligro de extinción” y “respalda a todos los pueblos en su lucha contra el imperialismo occidental”. En la actualidad, la conservación de la diversidad antropológica y el sentimiento de vulnerabilidad indígena son temas recurrentes en los ambientes de la extrema derecha europea. “Nos negamos a ser los indios de Europa”, proclama el manifiesto del grupo juvenil neofascista Génération Identitaire.

Dugin, estrecho colaborador de De Benoist, ha integrado aún más profundamente este espíritu descolonial en su visión del mundo. Su sistema de pensamiento —lo que él denomina “neoeurasianismo” o Cuarta Teoría Política— se sustenta en una crítica del eurocentrismo que bebe de antropólogos como Lévi-Strauss. Rusia, afirma, comparte muchas cosas con el mundo poscolonial: también es víctima del impulso asimilador inherente al liberalismo occidental, que fuerza a un mundo ontológicamente diverso a convertirse en una masa plana, homogénea y desparticularizada (podemos pensar en la “Materia Humana indiferenciada” de Renaud Camus o en lo que Marine le Pen llamó “la papilla insípida” del globalismo). En contra de esta agenda universalizadora, afirma Dugin, vivimos en un “pluriverso” de civilizaciones distintas, cada una de las cuales se mueve según su propio ritmo. Esto es: no existe un proceso histórico unificado.

Cada pueblo tiene su propio modelo histórico y se mueve a un ritmo diferente, a veces en direcciones distintas. Es difícil pasar por alto los paralelismos con la escuela decolonial de Mignolo y Aníbal Quijano. Cada civilización florece a partir de un marco epistemológico único, pero dicha eflorescencia se ha visto atrofiada por la “episteme unitaria de la Modernidad” (son palabras de Dugin, pero podrían ser de Mignolo).

Modernización, occidentalización y colonización son “una retahíla de sinónimos”: cada una supone imponer a civilizaciones plurales un modelo de desarrollo exógeno. No se tiene en cuenta que las identidades etnonacionales que defiende Dugin son artefactos de la producción colonial de la diferencia —los regímenes raciales mediante los que diferencia, categoriza y organiza la explotación y la extracción—. Tampoco se tiene en cuenta el carácter esencialmente moderno de muchos movimientos anticoloniales, que no pretendían volver a una cultura tradicional, sino rehacer el sistema-mundo. Como dijo Frantz Fanon, la descolonización no podía renunciar “al presente y al futuro en favor de un pasado místico” ni basarse en “letanías estériles y mimetismos nauseabundos” de una Europa envilecida que, en la época en que él escribía, “oscilaba entre la desintegración atómica y la espiritual”.

A Dugin y de Benoist estas contradicciones les traen sin cuidado. “La Cuarta Teoría Política se ha convertido en un eslogan para la descolonización de la conciencia política”, afirma Dugin, cuya primera expresión en la práctica es la invasión rusa de Ucrania. Según su perspectiva, la invasión se entiende como una lucha largamente esperada en la reunificación de Eurasia, una antigua civilización paneslava desmembrada por los designios occidentales, pero también como la primera etapa de lo que él denomina el Gran Despertar, una batalla milenaria para derrocar el orden mundial liberal y dar paso a un mundo multipolar. Dugin prevé que una coalición de movimientos de todo el mundo participará en esta batalla: “Los manifestantes estadounidenses serán un ala y los populistas europeos serán la otra. Rusia en general será la tercera; será una entidad angelical con muchas alas: un ala china, un ala islámica, un ala pakistaní, un ala chií, un ala africana y un ala latinoamericana”. Pero, ¿no es la guerra de Ucrania una guerra imperial, o una guerra de “imperialismos en competencia”, como expuso Liz Fekete? Dugin también estaría de acuerdo. La invasión rusa de Ucrania es un paso clave en su “renacimiento imperial”.

¿Cómo es posible hablar de renacimiento imperial y descolonización al mismo tiempo? Aquí, Dugin y de Benoist extraen sus principales recursos de Carl Schmitt. En sus escritos sobre geopolítica, Schmitt identifica en el “poder marítimo” de los imperios marítimos anglosajones un tipo particular de dominación imperial: dispersa, desterritorializada, flotante, financiera, líquida. El poder marítimo engendra un imperio disperso carente de coherencia territorial y genera un marco jurídico-espacial que lee la superficie de la tierra como una mera exposición de rutas de tráfico. Este imperialismo también genera su propio marco epistemológico: “El modo de pensar jurídico propio de un imperio mundial geográficamente incoherente y disperso tiende, por su propia naturaleza, a la argumentación universalista”, escribe Schmitt. Bajo la apariencia de universales abstractos como los derechos humanos, este imperio “interfiere en todo”. Es “una ideología pan-intervencionista”, escribe, todo ello “bajo la excusa del humanitarismo”.

Contra el imperium desterritorializado, Schmitt opone lo que considera un imperialismo territorial legítimo. Esto se basa en sus conceptos de Grossraum y Reich: un Grossraum puede entenderse como un bloque civilizacional, mientras que el Reich es su centro espiritual, logístico y moral. Como escribe Schmitt: “todo Reich tiene un Grossraum en el que irradia su idea política y que debe protegerse frente a intervenciones extranjeras”. Si el imperium corresponde a una “concepción científica vacía, neutra y matemático-natural del espacio”, el Grossraum implica una concepción “concreta”, inseparable del pueblo particular que ocupa dicho espacio.

Esta noción territorial del espacio, escribe Schmitt, “es incomprensible para el espíritu del judío”. Como proclama de Benoist: “la distinción fundamental entre la tierra y el mar, las potencias terrestres y marítimas, que definen la distinción entre política y comercio, sólido y líquido, zona y red, frontera y río, volverá a cobrar importancia. Europa debe dejar de depender del poder marítimo estadounidense y pasar a abrazar la lógica continental de la tierra”. La tierra está siendo colonizada por el agua, el corazón por las ciudades portuarias, la autoridad soberana por los flujos del capital transnacional.

Con esta oposición entre el imperium y el Grossraum, el pensamiento de Schmitt proporciona un realineamiento de enorme calado: la construcción del imperio territorial se hace compatible con un cierto sentimiento anticolonial. En los escritos recientes de Dugin y de Benoist, la “colonización” es un asunto desterritorializado, una consideración despreciada, mientras que el “imperialismo” hace referencia a una forma de expansión territorial más noble. De este modo, el colonialismo pasa a significar menos un fenómeno de dominación política o militar y más “un estado de esclavitud intelectual”, en palabras de Dugin; menos una cuestión de anexión territorial y más una forma de sometimiento a “formas coloniales de pensamiento”. Lo que se viola es la “soberanía” de las mentes, las palabras y las categorías ontológicas. Así, el colonialismo domina el mundo despojándolo de identidades: no más mujeres, sólo Género X (por utilizar la terminología de Giorgia Meloni). El colonialismo es etnocida en su esencia: el borrado cultural y la sustitución demográfica son sus principales herramientas. “Las colonizaciones militares, administrativas, políticas e imperialistas son ciertamente dolorosas para los colonizados”, nos dice Renaud Camus, “pero no son nada comparadas con las colonizaciones demográficas, que tocan el ser mismo de los territorios conquistados, transformando sus almas y sus cuerpos”.

Con el significado de colonización transformado para referirse a los cambiantes patrones migratorios —forjados nada menos que por la estructura colonial de la economía global—, las fluctuantes e inestables normas de género y una cultura liberal con tendencias homogeneizadoras, la extrema derecha puede presentarse como campeona de la soberanía popular y la autodeterminación de los pueblos. También puede escenificar una lucha imaginaria contra los estragos del capital transnacional. Descolonizar, para estos pensadores, es escindir un tipo de capitalismo de otro, un procedimiento bien establecido dentro del pensamiento de extrema derecha. De este modo, se separa un capitalismo globalista, desarraigado, parasitario y financiero —imaginado ahora como colonial— de un capitalismo racial, nacional e industrial —imaginado como autodeterminado, o incluso decolonial—. Huelga decir que tal separación es ilusoria: los sistemas globales de acumulación de capital, con sus procesos entrelazados de especulación inmaterial y extracción territorial, no pueden disociarse de esta manera. Pero separar lo inseparable no parece plantear un problema para el pensamiento reaccionario. De hecho, puede ser crucial para su éxito. Porque, una vez construida una antinomia imaginaria, se puede renegar de su lado odiado, y de este modo parece que se adquiere el dominio sobre el propio interior desgarrado.

(Fuente: The New Left Review)

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