El arte y la estética ante los ojos de Marx

por Hernán Montecinos

El reduccionismo que se le ha hecho recaer sobre el pensamiento de Carlos Marx,  ha impedido ver en su verdadera dimensión el papel que Marx le confiere al arte y la estética en la futura sociedad comunista.

En efecto, la nociva concepción que se hizo recaer, en el periodo stalinista, sobre el arte bajo el denominado “realismo socialista”,-asignándole a éste determinados modelos y parámetros-, ha resultado ser un hecho fundamental para que el arte y la estética, en dicho periodo, se alejara de los principios fundacionalistas en la que pretendía fundarse. Lamentablemente, el largo periodo estalinista, que siguió perdurando después de la muerte de su líder, ha producido una clara deformación de los principios del marxismo en las áreas del arte y la estética.

Para el caso,  la apreciación de las ideas estéticas de Marx, para que resplandezcan en toda su plenitud, no pueden ser consideradas al margen de las vicisitudes de su pensamiento, presentes fundamentalmente en sus obras de juventud. En efecto, Marx, concibiendo al hombre de la sociedad comunista, ya desalienado y desenajenado, en plena posesión de sus fuerzas esenciales creadoras, no podría dejar de prefigurar, ante sus ojos, la creación artística y el goce estético como esferas que pasarían a dejar a atrás los fallos y traumas que representaba la sociedad capitalista de su época.

Es en sus obras de juventud, particularmente, en los “Manuscritos económico-filosóficos de 1844”, donde Marx se preocupó de establecer la fuente y naturaleza de lo estético. En ese entonces a Marx le preocupaba definir al hombre como productor, no sólo de objetos o productos materiales, sino también de obras de arte. Sin duda, había toda una dimensión estética de la existencia humana que tenía que ser explicada. Si el hombre por naturaleza es un creador, en su actividad no podría dejar de lado el problema de la estetización del mundo en que le tocaba vivir. Se asoma Marx a lo estético, en el momento en que llega a esclarecer todo lo que el hombre ha perdido en una sociedad enajenada, vislumbrando así cuánto puede ganar en una nueva sociedad en la que rijan relaciones verdaderamente humanas.

En este sentido, para Marx, tanto el arte como el trabajo es creación de una realidad en la que se plasman fines humanos; pero en esta nueva realidad domina sobre todo su utilidad espiritual, es decir, su capacidad de expresar al ser humano en toda su plenitud, sin las limitaciones de los productos del trabajo. Entonces, la utilidad de la obra artística depende de su capacidad de satisfacer no una necesidad material determinada, sino la necesidad general que el hombre siente de humanizar todo cuanto toca, de afirmar su esencia creadora y de reconocerse en el mundo objetivo creado por él. La necesidad inmediata, como tosca necesidad práctica, aprisiona y estrecha al hombre sus sentidos cerrándole las vías de acceso a la riqueza humana objetivada, que, a su vez, es inseparable de su riqueza concreto-sensible. Para Marx, en la relación estética es donde el sujeto se enfrenta al objeto con la totalidad de su riqueza humana, no sólo en forma sensible, sino también en su forma intelectiva y afectiva.

Por cierto, el arte del realismo socialista no tuvo en cuenta las consideraciones más vitales que Marx preconfiguró como condición para que el arte se constituyera en el estado de cristalización de las posibilidades creadores del hombre. Y tal condición sólo podría cumplirse en el momento en que el trabajo se des enajenara, lo que debería ocurrir una vez adviniera la sociedad comunista. En dicho estadio y sólo entonces, todo trabajo, cualquiera sea su forma, incluido por cierto el trabajo artístico, será actividad libre y creadora.

Ahora bien, frente a esta orfandad investigativa, sobre el papel de lo estético en la obra de Marx, hay algunos investigadores que han sabido hurgar y profundizar  en la obra de éste con el pálpito de que dicha obra es tan omniabarcante, que la fuerza y potencia de su corpus central científico,  ha cegado e impedido ver las otras fuerzas que se encuentran diseminadas en ella. Tal es el caso, entre otros, del extinto filósofo/esteta español/mexicano, Adolfo Sánchez Vásquez quien en su ensayo “Las ideas estéticas de Marx”  ha permitido sacar a la luz aquello que aparece en lo más recóndito y que ha sabido hacer resplandecer en todo su esplendor.

A decir verdad, Marx nunca escribió una obra específica sobre estética, al modo como la escribieron, por ejemplo, Lunacharski, Grygori Lukács o George Garaudy, entre otros intelectuales marxistas. Sin embargo, sus principales textos, en donde aborda temas sobre el arte y la literatura, dejan al descubierto, inequívocamente, su profundo interés por las cuestiones estéticas en general, y por el arte y la literatura en particular. Y si bien, éstas aparecen disgregadas e intercaladas a lo largo de toda su obra, algunas –quizás las más importantes- las encontramos, sobre todo, en sus trabajos de juventud, fundamentalmente, en los “Manuscritos económico-filosóficos de 1844” y en “La ideología alemana”. 

Es en estas obras que Marx se preocupó de esclarecer la fuente y naturaleza de lo estético fijando su atención en el arte como “creación conforme a las leyes de la belleza”. A Marx le interesaba definir al hombre  como productor, no sólo de objetos materiales, sino también de obras de arte. Había pues, una dimensión estética  de la existencia humana que tenía necesariamente que ser explicada por el filósofo. Ciertamente, la creación artística y el goce estético prefiguran, a los ojos de Marx, la apropiación específicamente humana de las cosas, una vez que el hombre salte “del reino de la necesidad al de la libertad”.

 Por cierto, a este marxismo humanista lo estético no podía resultarle  ajeno, por el contrario, algo imprescindible para cristalizar al hombre total de la sociedad comunista, ya des enajenado y recuperado sus fuerzas creadoras,  aquellas que se encontraban perdidas tras un largo y milenario proceso de alienación. Es por ello que, en su obra, Marx, tendrá que abordar  ineludiblemente los problemas estéticos,  aunque en  forma desarticulada,  pero con la profundidad que exigía su entronque con su concepción del hombre  y su doctrina de la transformación revolucionaria de la sociedad.

Por los mismos “Manuscritos” sabemos que el arte no es para Marx una actividad humana accidental sino un trabajo superior en el cual el hombre despliega sus fuerzas esenciales como ser humano y las objetiva o materializa en un objeto “concreto-sensible”. El hombre lo es en la medida en que crea un mundo humano, y el arte aparece como una de las expresiones más altas de este proceso de humanización. 
Para Marx el trabajo no es sólo creación de objetos útiles que satisfacen determinada necesidad humana, sino también el acto de objetivación o plasmación de fines, ideas o sentimientos humanos en un objeto material, “concreto-sensible”. En la capacidad del hombre de materializar sus “fuerzas esenciales”, de producir objetos materiales que expresan su esencia,  reside la posibilidad de crear objetos, como las obras de arte, que elevan a un grado superior la capacidad de expresión y afirmación del hombre  desplegada ya en los objetos del trabajo. 

Arte y trabajo se asemejan pues, por su entronque común con la esencia humana; es decir, por ser la actividad creadora mediante la cual el hombre produce objetos que lo expresan que hablan de él y por él. Sin embargo, Marx advierte que la semejanza entre trabajo y arte, que hunden sus raíces en su naturaleza común creadora, no debe llevarnos a borrar la línea divisoria que los separa. Los productos del trabajo satisfacen determinada necesidad humana, y valen ante todo, por su capacidad para satisfacerla. Pero valen también – y Marx lo subraya vigorosamente en “Los manuscritos económico-filosóficos de 1844”- por la función que cumplen al objetivar  las fuerzas esenciales del ser humano.

Adolfo Sánchez Vásquez señala en su ensayo, que las interpretaciones sobre el pensamiento de Marx, se mostraron incapaces de asir su “médula viva”, sobre todo en lo que dice relación con al arte y la estética. El problema del valor y alcance de estas últimas exige, en primer lugar, una recta comprensión del meollo de su filosofía, como filosofía de la praxis, pero no de una praxis sólo  tendiente a transformar la realidad material sino, y sobre todo, una realidad que tienda a transformar el espíritu del hombre, elevándolo, trascendiéndolo.
Ciertamente,  por un buen tiempo, no fue  posible apreciar  en todo su valor las ideas estéticas de Marx, del momento que su doctrina fue reducida a una mera teoría económica y política interpretada, a su vez, en un sentido meramente reformista por la socialdemocracia alemana de ese entonces, ignorándole  la médula filosófica contenida de ella. En consecuencia, como lo señala Sánchez Vásquez,  
“tras ser adelgazada hasta quedarse en  los huesos de una simple doctrina económica y política, el marxismo tenía que ser completado con una filosofía prestada, llamada a dar razón al reino de los valores, al que pertenecía el arte, y con ello la misma estética”. De este modo –prosigue el autor- “los problemas estéticos se quedaban a la intemperie a extramuros de las ideas de Marx propiamente dichas, y su explicación se ponía en manos de una filosofía idealista”. 

En este contexto las ideas estéticas de Marx no podían esperar nada inspirador de semejante tendencia reduccionista, la que en última instancia castraba el vivo contenido humanista y revolucionario del marxismo, tendiendo a vulgarizar las tesis fundamentales de su filosofía, dentro de lo cual,  por extensión, se arrastraba al arte y la misma estética
No obstante este reduccionismo, hay que destacar la clara visión aperturista de Lenin respecto a lo que el marxismo apuntaba verdaderamente sobre este asunto. En efecto, de sus tesis no podía deducirse, en modo alguno, una regimentación de la creación artística, -como si lo hizo más adelante el realismo en el arte del periodo estalinista,- una unificación de sus temas, formas y estilos, pues tal como lo expresaba Lenin “la labor literaria es la que menos se presta a una comparación mecánica, a la nivelación, al dominio de la mayoría sobre la minoría. Esta fuera de discusión el hecho de que es absolutamente necesario asegurar el mayor campo posible a la iniciativa personal, a las inclinaciones individuales, una mayor amplitud al pensamiento y a la fantasía, a la forma y el contenido”. 

Sin embargo, a pesar de esta clara visión, en el periodo estaliniano se hizo prevalecer, en el campo del arte, el denominado arte realista, una simple y vulgar canonización de un arte reductor que no dejaba ningún espacio para dar libre curso  a la subjetividad del artista.  Se hizo prevalecer un arte con ciertos códigos de los cuales no se podía salir, todo ello en nombre de la revolución y de un supuesto hombre nuevo comunista, una forma de arte, nada más a contrapelo de los supuestos fundacionales presentes en las ideas de Marx.  
Ahora bien, -en mi opinión- el punto donde el trabajo  de Sánchez Vásquez adquiere su mayor dimensión, es cuando  pone el acento en la  deshumanización de las artes, en el momento mismo  cuando aparece la industria de las diversiones, con inmensas masas de consumidores. En efecto, en la sociedad capitalista, la obra de arte es “productiva” cuando se destina al mercado, cuando se somete a las exigencias de éste, a las fluctuaciones de la oferta y la demanda. Y como no existe una medida objetiva, que permita determinar el valor de esta mercancía peculiar, el artista queda sometido a los gustos, preferencias, ideas y concepciones estéticas de quienes influyen decisivamente en el mercado. 

Así, pues, se niega la libertad de expresión del artista, ya que esta libertad sólo se despliega cuando el artista encamina su actividad hacia ese fin, satisfaciendo una necesidad interior, no las necesidades exteriores que derivan de la degradación de la obra de arte a la condición de mercancía, es decir, objeto de compra y venta. En una sociedad en que la obra de arte  puede descender a la categoría de mercancía, el arte se enajena también, se empobrece o pierde su esencia. Al señalar en “Los manuscritos” que bajo el régimen de la propiedad privada capitalista el arte cae bajo “la ley general de la producción”, Marx alude claramente  a esta degradación de la creación artística, con lo cual sienta las bases  de las tesis que expresará abiertamente en sus trabajos posteriores, al señalar la contradicción entre arte y capitalismo, entre producción mercantil y libertad de creación.

En efecto, Sánchez Vásquez, en su ensayo comienza a decirnos que cada semana, miles de millones de personas consumen, en nuestros países, los productos artísticos o pseudo artísticos que les brindan las radios, las salas cinematográficas y los aparatos de televisión. Las cifras en sí son impresionantes: a veces hasta millones de personas para ver una sola película, distribuidas en gran número de países y continentes. Para que esto se produzca, los medios de difusión tienen que asegurar la adhesión de las dóciles e indefensas mentes de sus huecos consumidores, creando programas que cruzan las fronteras y extienden así, más y más, el círculo de su influencia.
Quien pierde con este bombardeo audiovisual es, ante todo, el hombre-masa, cosificado, que absorbiendo sus productos, no hace más que afirmarse en su oquedad espiritual, en su estado miserable de objeto, medio u hombre-cosa. En este sentido, el arte de masas, incluso, cuando se presenta en apariencia en su forma más inocente, cumple una función ideológica bien definida: mantener al hombre-masa en su condición de tal, hacer que se sienta en esta masicidad como en su propio elemento y, en consecuencia, cerrar las ventanas que pudieran permitirle vislumbrar un mundo verdaderamente humano y, con ello, la posibilidad de cobrar conciencia de su enajenación, así como de las vías para cancelarla.

Pero no sólo pierde el hombre masa, sino también el artista verdadero, que aspira con su arte el establecimiento de una relación estética y espiritual entre su obra y el sujeto. Pierde, a su vez, el arte auténtico, el arte como expresión de lo específicamente humano, de la naturaleza creadora del hombre, y pierde en cuanto que el goce o consumo de masas ciega las vías para una apropiación verdaderamente estética y, por tanto, humana.

Así, entre el arte verdadero y el hombre-masa se establece un diálogo de sordos porque este último no puede entrar en la relación propia exigida por el objeto artístico y, consecuentemente, no puede apreciarlo; las estadísticas que dan cuenta de esta situación, son tremendamente reveladoras. Lo menos que podemos decir, a partir de este hecho, es que no hay una concordancia entre calidad y popularidad. Ello, porque el público, en las condiciones propias del consumo de masas, prefiere casi siempre los productos más banales, desde el punto de vista estético. Esto no significa, en modo alguno, que no exista un sector que rechaza esos productos y busca otros más elevados que tiendan, sobre todo, a satisfacer las necesidades estéticas verdaderas. Sin embargo, pese a estos esfuerzos, el público otorga su preferencia a los subproductos artísticos o a obras de baja o dudosa calidad estética.

No se trata de algo casual, pues, el gusto y el criterio estético del consumidor se halla conformado para apreciar determinados productos y descartar otros, justamente, aquéllos que tienen más alto valor estético, o los que ofrecen un contenido ideológico que entra en oposición con el pobre y mezquino molde en que ha sido encerrada su mente. Así, por ejemplo, se aprecia una obra convencional con personajes de cartón, con falsas soluciones y un sentimentalismo barato, en tanto que en nombre de la diversión o el entretenimiento puros, se rechaza todo hurgar profundo en los problemas fundamentales del hombre concreto y real. El hombre abstracto, deshuesado que consume estos productos artísticos los mide con la vara de su pobre existencia abstracta, una existencia en la que no cabe ya una relación propiamente estética, pues ésta sólo puede darse allí donde el hombre se manifiesta con todas sus fuerzas esenciales. En este goce o consumo de masas, la pérdida para el arte no puede ser más dramática: el sujeto no tiene, en realidad, ante sí un objeto verdaderamente estético, sino esos productos o pseudo productos artísticos que el llamado arte de masas le ofrece; por otra parte, aunque el arte verdadero se ofrezca al sujeto, este será incapaz de reconocerlo por su imposibilidad de establecer una relación propiamente humana -estética- con él.


Ahora bien, si el consumidor no gana con esta forma de consumo artístico ya que no hace más que afirmarle en su existencia humana abstracta, cosificada, impidiéndole entrar en la relación exigida por el verdadero objeto estético; si, por otro lado, el arte y la sociedad no tienen tampoco nada que ganar con este goce o consumo de masas, ya que establece una relación inadecuada entre el sujeto y el objeto estético, en virtud de la cual se subvierte el orden de valoración, y el arte verdadero se queda sin el goce o consumo que le corresponde, ¿quién sale ganando con esta mistificación de las relaciones entre el objeto artístico y el sujeto?. Por cierto, si no es el consumidor ni el arte mismo sólo puede serlo el productor, no entendido éste como el creador individual del producto artístico, sino de aquel que se apropia inadecuadamente del objeto artístico para ofrecerlo mediante un proceso de intermediación (comercialización) al consumidor, es decir, el capitalista. En efecto, el arte de masas es el que interesa, sobre todo, al capitalista; por principio, nadie puede estar más interesado que él en su goce o consumo masivo. Y ello por dos razones esenciales: una, económica y, otra, ideológica.


Desde un punto de vista económico, sólo el consumo de masas de un producto artístico asegura los más altos beneficios. Ello implica, ante todo, que el arte de masas es una industria y, por tal, su goce o consumo se ve, ante todo, por sus resultados económicos. Así, por ejemplo, en el cine el consumo es planificado con el fin de asegurar el mayor número de espectadores, es decir, los más altos beneficios. Y a este mismo fin se atiene el productor en las demás manifestaciones del arte de masas. Pero, como ya señalamos, ello sólo puede lograrse mediante una nivelación tanto del objeto como del sujeto, es decir, tanto de ciertas particularidades de los diferentes productos artísticos como de los gustos, deseos y necesidades del consumidor. Es forzosa una estandarización tanto del objeto como del sujeto, pues sin ella el consumo de masas no podría darse ni aportar, por tanto, grandes beneficios. Y es en este momento cuando empiezan a participar  los medios de comunicación, para que con sus mensajes subliminales repetidos hasta la saturación producen el efecto deseado de estandarización entre el objeto y el sujeto. 


Desde un punto de vista ideológico, ya que es uno de los medios más efectivos para mantener las relaciones enajenantes, cosificadoras, características de la sociedad capitalista. En las condiciones actuales de esta sociedad, cuando la tarea de manipular las conciencias en escala masiva se convierte en una necesidad vital para el capitalismo, tanto desde el punto de vista económico como ideológico, la producción y consumo de un arte de masas responde a sus objetivos cosificadores tan plenamente, que podemos decir que este arte de masas es, hoy por hoy, el arte verdaderamente capitalista. Él es propiamente el antípoda de un arte verdadero y, por su contenido ideológico, o sea, por su afirmación de la condición del hombre como cosa, como instrumento, se opone al esfuerzo teórico y práctico que, en nuestro tiempo, se lleva a cabo por desmitificar y des enajenar las relaciones humanas.


La efectividad de este arte de masas, desde el punto de vista ideológico, se halla asegurada, porque es el que dispone a su más entero arbitrio de los medios de difusión de masa y, por tanto, su mensaje ideológico puede penetrar allí donde no tiene acceso el arte verdadero. Para el capitalismo es mucho más efectivo este arte de masas, con sus productos vulgares y simplistas, que cualquier forma de creación artística que aspire a cumplir determinadas exigencias estéticas y espirituales. Sin embargo, su eficacia no radica exclusivamente en el hecho de que monopolice el uso de los medios de difusión, sino que siendo como es el arte, que corresponde a las necesidades de las masas -es decir, el arte que puede consumir el hombre que ha sido despojado de su riqueza espiritual-, siendo el arte que habla el único lenguaje que esos hombres despersonalizados y masificados pueden entender, es, hoy por hoy, el único que puede aspirar a un consumo masivo.

Los millones y millones de espectadores que ven una película vulgar, que excita sus bajas pasiones o contribuye a vaciar su vacío espiritual,  encuentran en ella su elemento, escuchan en ella su lenguaje y comparten su indigencia espiritual y su mistificación de las relaciones y los valores porque ellos mismos llevan una existencia espiritual indigente, hueca y mistificada. Sería inútil que se les ofreciera otro producto artístico, pues lo rechazarían; sería vano que se les hablara otro lenguaje: no lo entenderían. En el arte de masas tienen su arte; en su lenguaje el suyo propio. Por tanto, una vez que en la sociedad capitalista dominan las relaciones enajenadas, el arte de masas surge como una de las vías más adecuadas para llegar a la conciencia del hombre cosificado.

A modo de cierre  transcribo textualmente, el modo como describe Sánchez Vásquez la futura sociedad comunista, en relación con la estética y el arte,  presente en el pensamiento de Marx: “Marx y Engels conciben  así una sociedad  en la que la creación artística no sea ni la actividad que se concentra exclusivamente en individuos excepcionalmente dotados ni tampoco una actividad exclusiva y única. Es, por un lado, una sociedad de hombres-artistas en cuanto a que no sólo el arte, sino el trabajo mismo, es la expresión de la naturaleza creadora del hombre. El trabajo humano, como manifestación total de las fuerzas esenciales del hombre, contiene ya una posibilidad estética que el arte realiza plenamente. Todo hombre, por ello, en la sociedad comunista, será creador, es decir, artista. Pero esta sociedad será, a su vez, una sociedad de artistas-hombres; en cuanto que el artista como hombre concreto que es, no escindido, no separado de la sociedad, no agota la totalidad de su ser en la actividad artística por elevada que sea. El artista de la sociedad comunista es, ante todo, un hombre concreto, total, cuya necesidad de una totalidad de manifestaciones vitales es incompatible  con su limitación a una actividad exclusiva, aunque ésta sea aquella en que se despliega más universal y profundamente: el arte

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