Los últimos meses de Jenny von Westphalen

por Mary Gabriel

Así pues, me aferro con fuerza a la menor esperanza. Me gustaría vivir un poco más, querido doctor. Es extraño, cuanto más cerca está uno del final, más fuertemente se aferra a este valle de lágrimas. Jenny Marx

En febrero de 1881 Maitland Park era una auténtica barahúnda. Jennychen y los niños se habían mudado con Marx y Jenny después de mandar a Francia las pertenencias de Longuet. Y ahora que parecía el momento para que también madre e hijos se fuesen a Francia, no parecía que nada estuviese listo, ni siquiera ellos mismos. Jenny llevaba semanas cosiendo furiosamente ropa nueva para sus nietos, trabajando como una mujer totalmente sana, haciendo abrigos y ropa interior. Jennychen le dijo a Longuet que su madre estaba tan absorta en el amor por sus nietos que su estado de ánimo no parecía negativamente afectado por su enfermedad, que el médico ya había identificado positivamente como un cáncer.

Pero el hecho de verla tan activa hacía temer a los que la rodeaban por lo que pasaría cuando los niños ya no estuviesen en Londres. Marx dijo que la separación sería muy dolorosa. “Para ella y para mí”, le dijo a Nikolai Danielson, “nuestros nietos, tres niños pequeños, eran una fuente inagotable de alegría y de vitalidad”. (…)

A finales de abril Jennychen dio a luz a otro niño. (…)Engels puso inmediatamente en marcha un plan para que Marx y Jenny pudiesen ir a Francia a conocer a su nuevo nieto (a quien Marx llamaba “el gran desconocido”). El médico creía que Jenny estaba lo bastante fuerte como para hacer el viaje, pero su estado fluctuaba. A veces estaba postrada en cama, y a veces se sentía tan bien que incluso salía para ir al teatro. En junio, sin embargo, su salud se había deteriorado hasta el punto de que tenía problemas para vestirse sola. El médico sugirió que Marx y Jenny fuesen a la costa para comprobar cómo toleraba Jenny el viaje. Laura les acompañó a Eastbourne como enfermera de ambos, pues las dolencias de Marx se habían exacerbado a consecuencia de la inquietud que le causaba el estado de su mujer. Tanto Marx como Jenny resistieron sorprendentemente bien, y el médico quedó lo suficientemente impresionado por la recuperación de Jenny como para autorizarla a hacer el viaje a Francia. Marx también recibió el visto bueno del gobierno francés: Clemenceau le aseguró a Longuet que su suegro no tenía nada que temer de la policía. (…)

A finales de julio, Marx, Lenchen y Jenny salieron para Francia. La Madre Naturaleza, por primera vez en sus viajes de ida y vuelta al continente cooperó; Marx dijo que el mar estuvo tranquilo y que el tiempo no pudo ser mejor. Pero el viaje en tren entre Calais y París fue agotador; Jenny sufrió calambres y diarrea, y una vez en París la logística fue bastante complicada. Fueron recibidos por Longuet en una estación pero tenían que partir hacia Argenteuil desde otra, lo que implicaba traslados y largas esperas. No llegaron a casa de Jennychen hasta las diez de la noche. El magnánimo Engels les escribió tan pronto como estuvieron instalados para decir que Jenny “no tenía que preocuparse de nada; podían contar con su ayuda para lo que fuese necesario.”

Marx quería que Jenny se quedase en Argenteuil todo el tiempo que pudiera. Sus dolores de estómago habían sido cada vez más frecuentes en Londres pero habían remitido en cierto modo desde que estaban en Francia, tal vez debido simplemente a la distracción que le proporcionaban los niños. Aunque Marx estaba seguro de que el estado de su mujer no había mejorado, ella creía que sí, y esto de por sí ya era un cambio importante.

Hacía treinta y dos años que Jenny y Marx se habían visto obligados a abandonar París y la ciudad había cambiado considerablemente respecto a la que Jenny había conocido y amado. Haussman había destruido el viejo París pero había que admitir que había construido algo grande en su lugar. A primeros de agosto, Jenny le dijo a Marx que le gustaría ver cómo había cambiado la ciudad. Había adelgazado mucho y ahora sangraba de vez en cuando por unas pequeñas grietas que se le formaban en la piel. Marx quería llevarla a Londres inmediatamente, pero ella le engañó enviando su ropa a la lavandería y diciéndole que no estaría a punto hasta finales de semana. Viendo que incluso en su estado era muy difícil doblegar su voluntad, Marx transigió.

Un médico francés le dio a Jenny opio suficiente para calmarle el dolor, y Marx y Jennychen la llevaron a París a hacer un recorrido por la gran metrópolis donde en su día había sido tan feliz. Pasearon en un carruaje descapotable por unos bulevares que no existían en 1849 y por lo que Marx llamó una feria perpetua en todo su esplendor. Comparado con el siempre gris Londres, París era un carnaval de color. Jenny estaba como flotando en su nube de opiáceos y estaba tan contenta de haber podido dar aquel paseo que quiso pararse a tomar un café. Y eso hicieron, sentándose en una pequeña mesa de una cafetería y participando una vez más de la vida en las calles de París.

Puede que por un momento Marx y Jenny se sintieran de nuevo jóvenes: él, el fogoso filósofo de pelo negro convertido en revolucionario; ella, la hermosa muchacha de Tréveris; los dos, orgullosos de plantar cara al mundo. Pero ahora eran solamente dos ancianos indistinguibles de otros miles como ellos: él, robusto y canoso; ella, delgada y frágil. Lo que no había cambiado era la pasión que habían sentido cuando eran más jóvenes. Muchos años antes se habían dicho hola el uno al otro y ya no habían podido apartar la mirada. Ahora, ambos sabían que pronto tendrían que decirse adiós para siempre. Pero de momento, al menos de momento, las cosas eran como habían sido siempre.

Jenny se sintió mal en el camino de vuelta a la estación del tren. La visita había sido demasiado para ella físicamente, pero tanto había disfrutado de la excursión que le pidió a Marx que la llevase de nuevo a París. Aunque no sería posible. A mediados de agosto Marx recibió una carta de la amiga de Tussy Dolly Maitland en la que le decía que su hija pequeña estaba gravemente enferma y que se negaba a recibir la ayuda de un médico. El 17 de agosto Marx salió solo en dirección a Inglaterra para cuidar de su hija. (…)

En octubre Tussy estaba bien, pero la familia estaba pendiente del estado de Jenny. Raramente se levantaba de la cama y cuando lo hacía era para sentarse en una silla que tenía cerca de ella. Tras meses de preocuparse por su mujer, por sus hijas y por sus nietos, las enfermedades del propio Marx se habían intensificado. Sus problemas durante ese período habían sido casi siempre respiratorios, primero bronquitis y después pleuresía. Sus pulmones se habían indudablemente debilitado después de toda una vida fumando, especialmente en su primera madurez, cundo fumaba los más horribles cigarros porque no podía permitirse otros. Pero todo el mundo estaba de acuerdo en que las dolencias físicas de Marx las empeoraba la ansiedad, y este era ciertamente el caso aquel otoño. La amiga de su juventud, su camarada, su “inolvidable y querida mujer”, se estaba muriendo, y él estaba confinado en una pequeña habitación contigua a la de Jenny, bajo las órdenes del médico de no levantarse de la cama para ir a verla.

Jennychen quería ir a casa de su madre para tratar de animarla llevando consigo a sus hijos, pero Laura le explicó que su madre estaba ya demasiado mal para darse cuenta de la presencia de sus nietos. Además, le dijo, ellos estaban muy vivos en sus pensamientos y se aferraba a las cartas de Jennychen.

Con sus últimas fuerzas, en octubre Jenny escribió a Jennychen. Le dio la carta a Tussy para que la echase al correo, pero por alguna razón desconocida nunca llegó a Francia. “Me entristeció más de lo que puedo expresar saber que la que probablemente sería su última carta no la llegaste a recibir”, le escribió Laura a Jennychen. “No podría consolarse si lo supiese. Le costó tantos esfuerzos escribirla y puso tanto en ella de lo que esperaba de una respuesta tuya que la pérdida de la carta es irremediable”. Laura insinuó que Tussy pudo no haberla echado al correo, en un acto de egoísmo y mezquindad extremos de una niña mimada que estaba celosa del amor entre su madre y su hermana mayor. Esta insinuación pudo haber sido simplemente consecuencia de la animosidad existente entre Laura y Tussy; en una carta a Jennychen, Tussy describía lo doloroso que sería para su madre si creía que la carta se había perdido y le sugirió a Jenny que fingiese haberla recibido.

A finales de octubre el médico permitió finalmente a Marx ver a su esposa. Años después Tussy escribió: “Nunca olvidaré aquella mañana en que él se sintió lo bastante fuerte como para entrar en la habitación de mamá. Los dos fueron jóvenes una vez más: ella, una muchacha radiante, y él, un joven que la adoraba… y no un viejo achacoso por la enfermedad y una anciana moribunda”.

Marx dijo que había esperado siete años para casarse con Jenny, pero que le habían parecido siete días de lo mucho que la amaba. Tussy escribió que durante toda su vida Marx no solo amó a su esposa, sino que estuvo enamorado de ella.

Aquel mes, los socialdemócratas alemanes habían obtenido tres escaños más en el Reichstag. Si lo que pretendían las leyes antisocialistas de Bismarck era desactivar o acabar con el movimiento obrero, habían fracasado; el movimiento simplemente pasó a la clandestinidad, y si hizo algo fue cobrar aún más fuerza.

Aunque tenía el cuerpo lleno de morfina, Jenny entendió el significado de la noticia y se alegró con Marx y Engels del resultado de las elecciones. Los dos viejos luchadores estaban junto a su cama, maravillándose de lo lejos que habían llegado. Habían necesitado casi medio siglo, pero el rey había perdido su divinidad y los obreros –aquellas masas explotadas que en su día habían aceptado silenciosamente su suerte sin reconocer su poder– formaban ahora parte del gobierno. Pero pese a aquellos avances tan importantes, Jenny no había visto a su esposo ocupar el lugar que le correspondía en el panteón de los grandes pensadores, como había esperado que lo haría desde que eran jóvenes. Y no había visto cómo su obra maestra, El Capital, cambiaba el mundo tal como él le había prometido. Había sacrificado su vida y la de sus hijos al ideal que animaba a su esposo, pero al parecer no viviría para verlo convertido en realidad.

A finales de noviembre, sin embargo, aparecieron unos carteles en el West End de Londres anunciando una revista mensual titulada Leaders of Modern Thought, que incluía el primer artículo independiente en inglés elogiando la obra de Marx. El 30 de noviembre Marx se sentó junto a la cama de Jenny y le leyó muy excitado el artículo firmado por un joven llamado Belfort Bax, que escribía que El Capital “contiene la elaboración de una doctrina económica comparable en su carácter revolucionario y en la importancia de su alcance al sistema copernicano en astronomía o a la ley de la gravitación universal en física”.

Engels no pudo haberlo dicho mejor. Jenny estaba emocionada. Aunque los filisteos se habían negado a reconocerlo, ella siempre había sabido que su esposo era un genio. Marx describió sus ojos en aquel momento como “más grandes, más encantadores y más luminosos que nunca”.

Jenny murió dos días más tarde, el 2 de diciembre. Tenía sesenta y siete años.

Jenny Marx fue enterrada en el cementerio de Highgate, en tierra no consagrada, junto a su nieto Caro. Marx no asistió al funeral. Nadie de la familia quiso que corriese el riesgo de resfriarse en el estado en que se encontraba. Jenny le había incluso dicho a su enfermera, con respecto a las formalidades de la muerte, “¡No somos gente tan externa!”  En representación de Marx, Engels leyó un panegírico:

“La contribución hecha por esta mujer, con una inteligencia crítica tan aguda, con un tacto político tan grande, con un carácter de tal energía y pasión, con tanta dedicación a sus camaradas en la lucha… su contribución al movimiento durante casi cuarenta años no ha sido del conocimiento público; no está inscrito en los anales de la prensa contemporánea. Es algo que uno tiene que haber experimentado de primera mano. Pero de una cosa estoy seguro: del mismo modo que las esposas de los refugiados de la Comuna la recordarán a menudo, también tendremos los demás la ocasión de echar de menos sus sabios y audaces consejos, audaces sin ostentación, sabios sin comprometer jamás su honor en el menor grado. No hace falta que mencione sus cualidades personales; sus amigos las conocen muy bien y no las olvidarán. Si hubo alguna vez una mujer cuya mayor felicidad fue hacer felices a los demás, fue ella.”

Al conocerse la muerte de Jenny, llegaron de todo el mundo un sinnúmero de cartas de homenaje de amigos y miembros del partido. Sibylle Hess, que no había visto a Jenny desde sus días de Bruselas, escribió: “En ella, la Naturaleza ha destruido su propia obra maestra, pues nunca en mi vida he conocido a una mujer tan ocurrente y encantadora”. Pero como el propio Marx había dicho en una ocasión, las palabras de consuelo, por muy bienvenidas que sean, poco hacen para mitigar el dolor de una pérdida tan profunda. Los amigos de Marx comentaron preocupados qué sería de él ahora que su esposa ya no estaba a su lado. Y Engels fue quien lo expresó de un modo más claro: “Moro también ha muerto”.

Fuente: Extractos del capítulo 42 del libro de Mary Gabriel Amor y Capital. Karl y Jenny Marx y el nacimiento de una Revolución.

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