Los últimos meses de Jenny von Westphalen

por Mary Gabriel

Así pues, me aferro con fuerza a la menor esperanza. Me gustaría vivir un poco más, querido doctor. Es extraño, cuanto más cerca está uno del final, más fuertemente se aferra a este valle de lágrimas. Jenny Marx

En febrero de 1881 Maitland Park era una auténtica barahúnda. Jennychen y los niños se habían mudado con Marx y Jenny después de mandar a Francia las pertenencias de Longuet. Y ahora que parecía el momento para que también madre e hijos se fuesen a Francia, no parecía que nada estuviese listo, ni siquiera ellos mismos. Jenny llevaba semanas cosiendo furiosamente ropa nueva para sus nietos, trabajando como una mujer totalmente sana, haciendo abrigos y ropa interior. Jennychen le dijo a Longuet que su madre estaba tan absorta en el amor por sus nietos que su estado de ánimo no parecía negativamente afectado por su enfermedad, que el médico ya había identificado positivamente como un cáncer.

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Jenny Marx: una vida agitada, una vida invisible

por Mario Espinoza Pino

A mediados del siglo XIX, el destino que la sociedad prusiana reservaba a las doncellas de alcurnia no era demasiado emocionante. Tras una educación inicial y una instrucción adecuada al estatus, se abría un tiempo breve y juvenil de apariciones públicas en bailes y distinguidas fiestas. Pero cuando el potencial consorte irrumpía en escena, y era mejor que apareciese más pronto que tarde, la vida se osificaba y adquiría una rigidez ritual: amistad íntima, noviazgo y promesa matrimonial. Tras las tradicionales nupcias con el no menos tradicional noble o alto funcionario del Estado -peaje obligatorio para mantener la prosperidad del linaje y la posición-, esperaba una vida económicamente sosegada: como un apacible viaje en barco sobre las aguas del Rin. Un hogar, varios herederos, algunas reuniones sofisticadas y los fastos de rigor. En fin, una vida respetable, aunque anodina y con pocas sorpresas.

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