Los nuevos viajeros en el tiempo

por David Toomey

EN DONDE EL LECTOR ES INFORMADO DE UNA CONVERSACIÓN IMAGINADA EN UN SIGLO PRECEDENTE, Y EN DONDE SE DESCRIBE EL PROPÓSITO DEL AUTOR DE ESTE LIBRO

Mi primer encuentro con La máquina del tiempo de H. G. Wells fue inocente. Cuando lo saqué de un estante de la biblioteca no tenía ni idea de que fuera considerado un clásico de la literatura. Me atraía simplemente la promesa que encerraba aquel título tan sensacional. Cuando abrí la primera página de texto y me encontré con la frase “El Viajero en el Tiempo (pues esta debe de ser la manera más apropiada de referirse a él) nos estaba hablando de un tema muy abstruso”, ya no pude echarme atrás. Una cuantas páginas más adelante, Wells había pintado una escena de un grupo de caballeros de la época victoriana reunidos en una sala de estar, y yo tenía la sensación de estar sentado entre ellos.

En dicha escena, el elegante y misterioso anfitrión está explicando las propiedades de la tercera dimensión y teorizando sobre la naturaleza de la cuarta. Se entabla una discusión muy animada: uno de los personajes, identificado como “el psicólogo”, exclama: “¡Podríamos viajar hacia atrás en el tiempo y comprobar lo que hay de cierto en el relato convencional de la batalla de Hastings, por ejemplo!” Otro personaje, un “hombre muy joven” dice: “Y luego está el futuro… ¡Piénsenlo! ¡Podríamos invertir todo nuestro dinero, dejar que se acumularan los intereses y viajar al futuro para cobrarlos!” Siguen unos minutos de educado debate y de pronto el Viajero en el Tiempo pide disculpas y se levanta. Sus invitados oyen el sonido de sus pasos alejándose por el pasillo y momentos más tarde regresa con una maqueta de exquisita factura y la coloca con mucho cuidado encima de una mesa y cerca de una lámpara. Extiende una mano hacia el aparato, y con el dedo acciona una pequeña palanca. Se produce un leve movimiento de aire que hace parpadear la vela de la repisa de la chimenea. La máquina se va desvaneciendo hasta convertirse en una pálida imagen residual y al cabo de un momento desaparece completamente. A excepción de la lámpara, la mesa está vacía. El Viajero en el Tiempo informa a sus invitados de que la máquina todavía existe. Simplemente ha sido trasladada a otro momento del tiempo.

Acabé de leer el libro en unas horas. Sólo años después supe que la intención de Wells al escribirlo era hacer un comentario social sobre la división de clases. El hecho de que se haya convertido en una especie de manual de ciencia ficción sobre el viaje en el tiempo es una profunda ironía. De todos modos, la inocencia con que yo leí el libro me convirtió en uno de sus típicos lectores. Lo que a mí me interesaba no eran las teorías sociales del autor, ni siquiera esos extraños seres llamados los morlocks y los eloi. Lo que más me gustó fueron las magníficas escenas que hay al final del libro, los últimos momentos de una Tierra moribunda, una oscura criatura arrastrándose lentamente por una playa, y en el horizonte marino, un enorme Sol de color rojo.

Todavía más intrigante era la posibilidad del viaje en el tiempo y la tecnología que podía convertirlo en realidad. Leí de nuevo la conversación del principio del libro y encontré más cosas interesantes a valorar. Los escépticos podían expresar libremente su opinión, y el Viajero en el Tiempo se les anticipaba y rebatía sus objeciones con elegancia y humor. Su argumento era razonable, su demostración persuasiva. Aunque el perfil de la máquina no se describía con claridad, sus detalles –un poco de marfil aquí, un poco de metal pulido allí– sugerían un mecanismo intrincado. El Viajero en el Tiempo llamaba la atención de sus invitados para que se fijasen en una especie de barra que “emitía un resplandor brillante […] como si hubiera en ella algo de irreal”. En ningún momento se nos dice para qué sirve esa pieza o por qué parece estar ya casi situada en otra dimensión, pero el detalle contribuía a crear la impresión de que estábamos ante algo maravilloso. Y eso bastaba. Se pronunciaban unas cuantas palabras más, un dedo accionaba una pequeña palanca, y la máquina desaparecía. Naturalmente, lo que se omitía en este salto de la teoría a la demostración era una explicación de cómo funcionaba aquella máquina, cómo conseguía exactamente entrar y atravesar un reino que el Viajero en el Tiempo llamaba la cuarta dimensión. Más adelante en el libro se dan unas descripciones más detalladas de una máquina a escala natural. El diseño general de la misma no deja traslucir las representaciones más parecidas a un carruaje o a un trineo de las versiones cinematográficas: tiene un sillín y una especie de panel de control con diales y palancas, y el Viajero en el Tiempo se sienta a horcajadas en ella como si fuera una bicicleta. Respecto a la “sensación” que produce viajar por el tiempo, el libro lo deja casi todo a la imaginación del lector. “Me temo que no soy capaz de transmitir unas sensaciones tan peculiares […] Son demasiado desagradables”. Pero sí explica que, de modo semejante a cuando uno está montado en una montaña rusa, la experiencia produce la aterradora sensación de que has sido arrojado de cabeza al espacio y de que vas a estrellarte contra algo en cualquier momento.

Así pues, el libro nos dice qué aspecto tiene la máquina. También nos dice qué se siente al viajar en ella. Se nos dice todo esto. Pero nunca se nos dice exactamente cómo se las arregla una máquina para viajar por el tiempo. Por supuesto, Wells no lo sabía. La conversación que tiene lugar en la sala de estar del Viajero en el Tiempo es tan sólo un fragmento de exposición narrativa para cimentar y hacer plausibles los episodios más fantásticos que vienen a continuación. Todo esto estaba muy bien. Pero mi imaginación, la propia de un niño de doce años, se sintió ligeramente desairada, y tuve la misma sensación de insatisfacción cuando, mucho más tarde, volví a leer de nuevo aquel pasaje. Por ello, hace unos años, me quedé gratamente impresionado cuando supe que, en cierto modo, aquella conversación de la sala de estar victoriana había continuado, y que todavía prosigue. Los físicos teóricos y los astrofísicos han pensado bastante –de una forma seria y prolongada, además– en el tema que Wells pasó por alto: el del cómo del viaje en el tiempo.

Durante las décadas de 1930 y 1940, primero, y la de 1970, después, un matemático y tres físicos llevaron a cabo investigaciones tentativas sobre el tema del viaje al pasado. El trabajo de cada uno de ellos fue debidamente referenciado y debidamente olvidado. Las investigaciones se reanudaron de nuevo a finales de la década de 1980, pero no sin antes tener que superar un obstáculo formidable: las dudas relativas a la respetabilidad de este tipo de investigación. Los científicos tienen unos intereses profesionales que atender: comités de tesis y tribunales de oposición a los que complacer, directores de departamento y rectores universitarios a los que causar una buena impresión, y reputaciones que cuidar. Además, su forma de ganarse la vida depende en muchos sentidos de otras personas. Aparte de dar clases y conferencias, y de escribir artículos, se espera de los científicos universitarios que ellos mismos generen una parte sustancial de los fondos necesarios para financiar sus investigaciones. Los comités encargados de asignar estos recursos, a su vez, están compuestos por personas que también tienen que cuidar su reputación; y a ningún comité le gusta ser conocido por ingenuo, derrochador o por ser un blanco fácil. Por todas estas razones, los físicos que durante las décadas de 1960 y 1970 investigaron la posibilidad del viaje en el tiempo sentían la preocupación de que su interés pudiera ser calificado de trivial. Esto no quiere decir que se negasen totalmente a sacar el tema. De hecho, lo mencionaban a menudo en las conversaciones que tenían entre ellos, y algunos incluso publicaron trabajos que incluían alusiones al tema, al menos de una forma oblicua. Pero las conversaciones eran informales, y los trabajos procuraban disfrazar su contenido (al menos para un lector profano en la materia) utilizando expresiones más o menos opacas como “violación de la causalidad” y “curvas temporales cerradas”.

En 1988, las cosas cambiaron mucho. En setiembre de ese año, la revista especializada Physical Review Letters publicó un artículo de tres páginas con un título bastante sensacionalista: “Agujeros de gusano, máquinas del tiempo y estado de energía débil”. El artículo dejaba muy claro que se trataba de un trabajo eminentemente teórico, y que no era nada probable que alguien pudiera construir pronto una máquina del tiempo. Hacerlo requeriría, entre otras cosas, una cantidad de energía suficiente como para mover unas masas de un tamaño equivalente a la de varios soles, a unas velocidades relativísticas, o la capacidad de extraer agujeros de gusano microscópicos de la espuma cuántica e hincharlos por un factor de 1035 (es decir, un 1 seguido de 35 ceros) –y en cualquier caso, la capacidad de crear y manipular una clase de materia que nunca ha sido observada directamente. Sin embargo, la publicación de ese artículo fue un hito bastante significativo. Era la primera vez que alguien proponía un medio para emprender un viaje al pasado en el universo conocido. Fue también en este momento cuando la idea de las máquinas del tiempo pasó del campo de la ciencia ficción al ámbito de la ciencia.

El artículo produjo una pequeña conmoción en la comunidad de físicos teóricos. De repente, el tema de las máquinas del tiempo se había vuelto algo más respetable. Casi inmediatamente, lo que había empezado siendo un goteo de publicaciones fue creciendo hasta convertirse en un verdadero torrente, y las máquinas del tiempo se convirtieron en tema de discusión en seminarios y congresos internacionales. Quienes lideraban esta investigación eran figuras de primerísima importancia: entre ellos estaban Frank Tipler, Stephen Hawking y el físico del Caltech Kip Thorne.

En 1992 se celebró un seminario dedicado en gran parte al tema en el Aspen Center for Physics, en Aspen, Colorado. Allí, los físicos tuvieron la oportunidad de conversar largo y tendido, y la libertad de considerar los aspectos más filosóficos del viaje en el tiempo: las paradojas causales que pueden resultar del hecho de cambiar la historia, cuestiones relativas al libre albedrío, los universos alternativos y la naturaleza de una civilización que tuviera el poder de mandar señales al pasado. En los años subsiguientes, estas ideas fueron abordadas de una forma más completa y también fueron publicadas. En ese momento la conversación se había ya ramificado en muchas direcciones. Algunos trabajos exploraban los problemas que el viaje en el tiempo planteaba a la lógica; otros discutían los retos que planteaba a la física. Y otros revisaban las ideas sobre el espacio-tiempo y estrafalarios conceptos como el de un pasado y un futuro que se ramificaban. En el momento en que este libro entraba en prensa, las revistas de física más respetables habían publicado más de doscientos artículos sobre el tema de las máquinas del tiempo, y los propios físicos habían producido diez o doce libros sobre el tema.

Los científicos cuyo trabajo se describe en este libro han expandido la conversación imaginada por Wells, ampliándola para incluir en ella una variedad de máquinas del tiempo, y profundizándola al invocar, no solamente a la geometría, sino también a la relatividad, la mecánica cuántica y (al menos tentativamente) la gravedad cuántica. También han hecho que la conversación fuera más rigurosa, proponiendo y sometiendo a prueba diversas hipótesis (no en el laboratorio, sino a la manera de los físicos teóricos, es decir, por medio de toda clase de “experimentos mentales”), y luego descartándolas totalmente, o aceptándolas para construir a partir de ellas nuevas hipótesis.

Con todo ello, el ambiente de aquella sala de estar victoriana iluminada con una lámpara de gas ha sobrevivido. Los invitados del Viajero en el Tiempo no se sentirían fuera de lugar en los seminarios celebrados en las aulas con paneles de roble de Cambridge o Princeton, ni en las del Caltech’s Bridge Laboratory. Aunque probablemente sí se sentirían algo desorientados en otros locales. De hecho, los físicos que se ocupan de este tema lo hacen en cualquier lugar. Se reúnen casualmente en los pasillos que hay frente a las aulas, y más deliberadamente frente a una taza de té o café. Asisten a congresos internacionales donde participan en mesas redondas, presentan ponencias propias y asisten a las ponencias presentados por otros. Últimamente, se han estado llamando por teléfono o intercambiando correos electrónicos casi a diario, discutiendo su trabajo o interesándose por el trabajo de otros. Ponen sus ideas por escrito, a menudo en colaboración. Muestran los primeros borradores de sus trabajos a sus colegas, y les piden su opinión y que les planteen preguntas y objeciones. Algunos cuelgan el producto de su trabajo en la red antes de publicarlo y lo revisan a la luz de los comentarios que les hacen aquellos de sus colegas que los han leído allí. Finalmente, analizan con mucho cuidado las obras publicadas por otros, y cuando descubren algún error en ellas reaccionan con una pasión que sorprendería a muchos no físicos.

Obviamente, sigue habiendo algo de ciencia ficción en este tema. El viaje en el tiempo es uno de los subgéneros más prolíficos en el campo de la ciencia ficción, y la influencia de la ciencia ficción en los científicos es innegable.

Muchos de los científicos que aparecen en este libro no tienen ningún empacho en admitir que se sintieron estimulados a seguir una carrera científica leyendo obras de ciencia ficción, aunque, a su debido tiempo, la mayoría de ellos descubrió que la ciencia era mucho más excitante y satisfactoria. Muchos opinan como Einstein, que en cierta ocasión comentó que la ciencia ficción distorsiona la ciencia y produce a la gente la ilusión de que la entiende sin tener una verdadera comprensión de ella. De acuerdo con estos puntos de vista, en un primer momento tomé la decisión de prescindir completamente de la ciencia ficción en este libro, pero a medida que avanzaba en su redacción me fui topando cada vez más con obras de ciencia ficción que anticipaban las ideas de físicos y filósofos sobre la naturaleza del tiempo, que ilustraban estas ideas de una forma espectacular y llena de color, y que constituían auténticos filones de pensamientos y de lúcidas explicaciones de las mismas ideas que los físicos estaban estudiando. Era evidente que desterrar completamente a la ciencia ficción de mi relato hubiera sido una estupidez.

La influencia de los físicos sobre la ciencia ficción era, como ya me esperaba, significativa. Para tomar un ejemplo fácil, el agujero de gusano –ese hipotético “atajo en el espacio”– fue descubierto por Ludwig Flamm como solución a las ecuaciones de campo de Einstein en 1916, y posteriormente fue estudiado por Einstein y por Nathan Rosen en la década de 1930. Desde entonces se ha convertido en un elemento indispensable para los autores de ciencia ficción cuyos argumentos requieren unos viajes interestelares razonablemente rápidos. Hay otras muchas influencias de este tipo, y algunas de ellas son sorprendentemente directas. En 1974, el físico Frank Tipler publicó una idea para deformar el espacio-tiempo en la más prestigiosa revista de física teórica, la Physical Review D. En 1979, el escritor de ciencia ficción Larry Niven se apropió del concepto, y también del título, bastante farragoso –“Los cilindros rotatorios y la posibilidad de una violación global de la causalidad”– para uno de sus relatos de ciencia ficción. En la primavera de 1985, Carl Sagan estaba revisando el manuscrito de su novela de ciencia ficción Contact y quería asegurarse de que su descripción de la distorsión del espacio-tiempo era precisa. Le pidió al físico Kip Thorne que leyera el manuscrito. Thorne accedió a su petición y sugirió varias correcciones que Sagan incorporó más tarde a su novela.

En general, yo me esperaba encontrar una fuerte influencia de la ciencia sobre la ciencia ficción. Lo que no me esperaba, en cambio, era la existencia de una fuerte contracorriente –es decir, una influencia perceptible de la ciencia ficción sobre la ciencia. Pondré dos ejemplos. Tras contestar la pregunta que le había hecho Sagan, Thorne se sintió cada vez más intrigado por sus implicaciones, y su posterior trabajo sobre el tema le llevó a escribir el artículo que puso en marcha la investigación más amplia que es el tema de buena parte de este libro. Unos cuantos años más tarde, el autor de ciencia ficción y físico Robert Forward tomó una serie de notas para una novela que incorporaba una idea que Thorne y algunos de sus colegas habían descrito en sus publicaciones, y le pidió a Thorne que las leyese y se las comentase. Thorne así lo hizo, y durante el proceso entró en contacto con una de las ideas de Forward que citaría en uno de sus artículos posteriores. A medida que avanzaba en mi investigación, me fui topando con influencias similares a estas por todas partes. Me di cuenta de que si mi intención era la de contar la historia reciente de la idea del viaje en el tiempo, hacer caso omiso del papel de la ciencia ficción haría que mi relato fuera no sólo menos interesante, sino absolutamente engañoso.

Seguí albergando dudas, sin embargo. Vivimos en un momento de la historia en el que la realidad y la ficción a menudo se confunden, en ocasiones con consecuencias potencialmente peligrosas. Encuestas recientes sobre el conocimiento de las ciencias que tienen los norteamericanos han puesto de relieve la existencia de unas lagunas alarmantes –y eso en un momento en el que parecemos estar rodeados de amenazas a la salud y al bienestar. La lista de dichos peligros es tan larga como familiar. Están los problemas globales: el cambio climático y sus consecuencias, el bioterrorismo y la guerra química, la ingeniería genética, las probables deficiencias del sistema de defensa con misiles. Y están también los problemas de tipo más personal: vigilancia electrónica, tecnología de células madre, drogas alucinógenas.

Es cierto que el uso inadecuado de la ciencia y la tecnología es en cierto modo responsable de algunos males sociales y medioambientales. Pero es igualmente cierto que la ciencia y la tecnología nunca han sido tan importantes para nuestra supervivencia a largo plazo. Un mayor reconocimiento público de la investigación científica nos beneficiaría a todos. Como dijo el propio Wells, “la historia es cada vez más una carrera entre la educación y la catástrofe”. Pensando en todo esto, he procurado mantener la distinción entre hechos y ficciones lo más clara posible. Por consiguiente, este relato hará alusión a una obra de ciencia ficción únicamente cuando un determinado científico haya reconocido la influencia que dicha obra habrá ejercido sobre él, o cuando yo crea que ofrece un buen modo de esclarecer determinada teoría o idea. Pero para que no interfieran en el relato principal, he procurado relegar las referencias del segundo tipo a las notas del final del libro

En el campo de la física teórica, y especialmente en el de la astrofísica, la ciencia de verdad puede ser considerablemente más difícil que la ciencia ficción. Pero el hecho de abordar esta dificultad trae consigo su propia recompensa: para poder entender la distorsión del espacio-tiempo, por ejemplo, hemos de refrescar nuestros conocimientos de geometría, tanto en sus variantes euclidiana como no euclidiana. Igualmente, cualquier discusión sobre viajes en el tiempo requiere hacer breves incursiones narrativas en los campos de la astrofísica, la relatividad especial y general, y la mecánica cuántica. Este libro tendrá que repasar necesariamente algunos de estos temas. El camino, por tanto, será algo difícil en algunos trechos. Pero es muy probable que nos sintamos satisfechos después de recorrerlo.

¿Es posible viajar en el tiempo? La relatividad especial y la general permiten un tipo de viaje uni-direccional hacia el futuro. Pero aquello que entendemos normalmente por viaje en el tiempo –es decir, los viajes de ida y vuelta al pasado y al futuro, volviendo al presente– es algo muy distinto. Por lo que respecta a la viabilidad de estos empeños, la opinión preponderante es decididamente agnóstica. Simplemente no lo sabemos. Además, la mayor parte de los investigadores están de acuerdo en que no podemos saberlo hasta que tengamos un entendimiento más perfecto de la gravedad cuántica, y es posible que pase una década o más antes de que estemos en posesión de este conocimiento.

¿Significa esto que hemos de esperar hasta entonces para pensar seriamente en la idea del viaje en el tiempo? Los personajes que aparecen en este libro no han querido esperar. Como les gusta recordar a los historiadores de la ciencia, los científicos son humanos, y como tales tienen las debilidades propias de los humanos. Sería poco razonable esperar de ellos que trabajasen siempre de una forma metódica y paso a paso –proponiendo una teoría para explicar un fenómeno, ideando experimentos para verificar la teoría, implementando los experimentos, y así sucesivamente. Demostraríamos desconocer la naturaleza humana si esperásemos de ellos que nunca alteraran el orden de estos pasos, que nunca se adelantasen a sí mismos. De hecho, puede argumentarse que muchos avances se han producido precisamente porque se han dado algunos pasos sin respetar la secuencia habitual. El matemático francés Henri Poincaré observó en cierta ocasión: “Es posible contemplar el espectáculo de un universo estrellado sin preguntarse cómo se formó: tal vez deberíamos esperar y no buscar una solución hasta que hayamos reunido pacientemente todos los elementos […] Pero si siempre hubiéramos sido tan razonables, si nuestra curiosidad no fuera impaciente, es probable que nunca hubiésemos llegado a crear la Ciencia y que nos hubiésemos tenido que contentar con llevar una existencia trivial”.

En un futuro no muy lejano los físicos tendrán un conocimiento más perfecto de la gravedad cuántica. En ese momento probablemente aparecerá otro libro acerca del viaje en el tiempo y ofrecerá respuestas más precisas a las cuestiones aquí planteadas. Mostrará que algunas líneas de investigación habrán resultado ser viables, descartará otras e introducirá nuevas líneas que todavía no han sido imaginadas. Mientras, no es demasiado pronto para contar lo que ya se sabe, que es mucho.

Los hombres y mujeres cuyas ideas se describen en las páginas de este libro han pensado seriamente y en profundidad en un tema que la mayoría de nosotros dejamos atrás cuando dejamos de ser niños, y al hacerlo han entablado una discusión plagada de intuiciones asombrosas. En cierto sentido, como ellos mismos admitirán, es posible que se estén precipitando. Pero esto forma parte de su encanto. Efectivamente, habrían complacido a Poincaré, pues todos y cada uno de ellos, en cierto modo, son poco razonables, curiosos e impacientes. Su historia es el tema de este libro, y el objetivo que me ha movido a contarla es triple: primero, rastrear la idea del viaje en el tiempo a lo largo de varias décadas; segundo, ofrecer un punto de vista sobre la vida y la obra de este fascinante grupo de pensadores; y finalmente, pagar una deuda que tengo desde hace mucho tiempo con un muchacho de doce años –y, espero, con otros muchos como él.

Prólogo del libro de David Toomey Los nuevos viajeros en el tiempo. Un viaje a las fronteras de la física.

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