Los fundamentos ideológicos de la teoría crítica de la raza

por Tom Carter

Durante los meses recientes, una guerra facciosa dentro del establishment político estadounidense sobre “la teoría crítica de la raza” ha aumentado hasta un punto agitado. Esta controversia es una competencia entre dos posiciones fundamentalmente derechistas y antimarxistas, y ninguna de las dos puede ser conectada con cualquier noción izquierdista o progresista.

En un lado del establishment político estadounidense, el Partido Republicano está movilizando todas las fuerzas reaccionarias disponibles –milicias fascistas, supremacistas de la raza blanca y fundamentalistas religiosos– para un asalto a gran escala contra la enseñanza de cualquier idea izquierdista, socialista o marxista en las escuelas y universidades estadounidenses, algo que los Republicanos planean llevar a cabo bajo el estandarte de una lucha contra “la teoría crítica de la raza”.

Hoy por hoy, legislaturas controladas por Republicanos en al menos 10 estados han aprobado leyes que prohíben la enseñanza de la teoría crítica de la raza, y 26 están en etapas distintas del proceso de aprobar tales leyes. Muchas de estas leyes, de un grado mayor o menor, utilizan el pretexto de una lucha contra “la teoría crítica de la raza” para atacar a la verdadera amenaza que ven los Republicanos: el marxismo.

Nikole Hannah-Jones (Foto: New York Times)

Una nueva ley en Tennessee, por ejemplo, prohíbe con la teoría crítica de la raza cualquier material que promueve “división entre, o el resentimiento debido a, una… clase social o clase de gente”. No es difícil imaginar cómo tales leyes, en las manos de autoridades Republicanas, se emplearán para prohibir cualquier artículo del World Socialist Web Site en las salas de clase. Exigencias provocativas de instalar cámaras en las salas de clase para monitorear el contenido de las lecciones de los maestros han acompañado estas leyes.

Los Republicanos, justo después de su intento violento el 6 de enero de derrocar los resultados de las elecciones de 2020, están planeando instalar la supuesta lucha contra “la teoría crítica de la raza” como el eje de sus campañas futuras, electorales y no. Steve Bannon, el operativo político fascistizante que desempeñó un papel significante en la victoria electoral de Trump de 2016, dijo a la revista Politico durante enero: “Yo miro esto y digo, ‘Oye, así vamos a ganar’”.

Bannon y su calaña calculan que el asco popular hacia los preceptos y métodos asociados con la teoría crítica de la raza será en pro de sus intereses. Según estas intenciones, desde el septiembre de 2020, la Oficina de Administración y Presupuesto (la OMB, por sus siglas en inglés) de la administración de Trump emitió una directiva prohibiendo gastos de agencia relacionados con el entrenamiento sobre la teoría crítica de la raza.

El otro lado de este “debate” es la teoría crítica de la raza ella misma, un corpus de escritura académica que emergió en los Estados Unidos durante los 1980s y los 1990s que combina el posmodernismo y la filosofía idealista subjetiva con el revisionismo histórico, el sectarismo racialista y una orientación al Partido Demócrata y sus satélites.

La ascendencia de la teoría crítica de la raza y otras teorías de “justicia social” durante las últimas décadas coincidía con el movimiento acelerante del Partido Demócrata de su centro ideológico hacia las cuestiones de raza, género e identidad, que a su vez coincidía con el abandono por el Partido Demócrata de los últimos vestigios de un programa reformista que podría atraer genuinamente a las masas.

Junto a esta trayectoria, la teoría crítica de la raza y teorías posmodernistas de la identidad similares emergieron de tendencias oscuras académicas y se hicieron una ideología dominante en las universidades, las oficinas de ejecutivos, los estudios de Hollywood, conglomerados de prensa, sindicatos y dentro del Partido Demócrata él mismo y sus satélites.

Estas supuestas teorías de “justicia social” tienen una jerga inconfundible y tendenciosa que todos han oído para ahora –“la apropiación cultural”, “el privilegio blanco”, “decir tu verdad”, “la supremacía blanca”, “lugares seguros”, “la violencia discursiva”, “microagresiones”, “la masculinidad tóxica”, “el patriarcado”, “la cultura de la violación”, “la interseccionalidad”, “advertencias para los traumatizados”, etcétera.

La respuesta del Partido Demócrata frente a la ofensiva Republicana contra la teoría crítica de la raza es apoyarla más fuertemente, movilizando sus defensores en la clase media pseudoizquierdista y la burocracia sindical para una lucha en su pro. Charles Blow, escribiendo en el New York Times, defendió la teoría crítica de la raza en un artículo prominente como “una perspectiva a través de la que podemos examinar las estructuras del poder”. Poco tiempo después de entrar en funciones, Biden revocó la directiva de la OMB de 2020 prohibiendo el gasto federal relacionado con la teoría crítica de la raza.

Randi Weingarten, presidenta de la Federación Estadounidense de Maestros, emitió una declaración defendiendo la teoría crítica de la raza, y declaraciones similares se han emitido de funcionarios sindicales del nivel estatal y local por todos lados del país.

Las tendencias pseudoizquierdistas que rodean el Partido Demócrata, por su parte, arguyen que, de una manera u otra, los socialistas deban apreciar la teoría crítica de la raza, así como otras teorías identitarias posmodernistas, o incluso deban encontrar una armonía entre ellas y el marxismo. En un artículo titulado, “Por qué se debe enseñar la teoría crítica de la raza en las escuelas” que apareció en la revista Current Affairs, el editor jefe y personaje prominente del DSA [Socialistas Democráticos de Estados Unidos] Nathan J. Robinson defendió la teoría crítica de la raza basándose en que ella sea “provocativa y capaz de encender unas discusiones importantes”.

Los Demócratas celebraron una victoria el junio cuando el General Mark Milley, presidente del Estado Mayor, pareció alinear el Pentágono con los que defendían la enseñanza de la teoría crítica de la raza a cadetes oficiales. Respondiendo a las denuncias de un legislador Republicano durante una audiencia de la Comisión de Servicios Armados de la Cámara de Representantes, Milley defendió la enseñanza de la teoría crítica de la raza en West Point, diciendo: “La Academia Militar de los Estados Unidos es una universidad, y es importante que nos entrenemos y entendamos”. Añadió, “Quiero entender la ira blanca. Y yo soy blanco”.

La defensa aparente del General Milley de la teoría crítica de la raza creó una ola de denuncias amargas y decepcionadas de los Republicanos y de Trump él mismo, así como un saludo entusiasmado por el lado Demócrata.

La ofensiva Republicana contra la teoría crítica de la raza emerge de y se hizo posible hasta un nivel significante por la aprobación por parte de los Demócratas del Proyecto de 1619 del New York Times. Los Republicanos respondieron al Proyecto de 1619 con el autodenominado “Informe de 1776”, emitido durante los últimos días de la presidencia de Trump, que exigió que Estados Unidos “restaurara la educación patriótica” y purgara las escuelas y universidades de cualquier enseñanza que fuese “en contra de los principios estadounidenses”. Y ahora los Republicanos están poniendo en práctica estas amenazas.

Una presunción central de este “debate” oficial es que la teoría crítica de la raza representa algo izquierdista o incluso marxista. Los detractores alineados con los Republicanos y los defensores alineados con los Demócratas lo dan por hecho.

Mientras los marxistas genuinos sin duda se oponen al intento de los Republicanos de purgar las escuelas de literatura “antipatriótica”, hay que decir con claridad que la teoría crítica de la raza, por su parte, no tiene nada que ver con el marxismo en absoluto.

Las raíces del idealismo subjetivo posmodernista de la teoría crítica de la raza

La teoría crítica de la raza es una corriente de pensamiento amplia, con muchos afluentes que la forman y muchas ramificaciones que emergen de ella. Uno puede entrar en una biblioteca y caminar por pasillo tras pasillo de este material, que en un nivel superficial comprende muchas tendencias diversas e incluso internamente contradictorias que han emergido y cambiado a lo largo del tiempo.

Por eso, para caracterizar esta corriente entera, es útil empezar en el nivel más básico de sus concepciones fundamentales filosóficas, la herencia de la que se puede trazar al posmodernismo y las concepciones avanzadas por la Escuela de Fráncfort. Ésta es la “teoría crítica” de la que emerge “la teoría crítica de la raza”.

Esta trayectoria ideológica prolongada ha sido analizada extensivamente, especialmente en las obras de David North, El marxismo, la historia y la consciencia socialista (2007) y La escuela de Fráncfort, el posmodernismo y la política de la pseudoizquierda: una crítica marxista (2015), pero para este discurso es suficiente revisar unas de las concepciones principales.

En el libro El dialéctico de la Ilustración (1944) Theodor Adorno y Max Horkheimer, dos líderes de la Escuela de Fráncfort, concluyeron que todo el autoritarismo y la barbarie que caracterizaban la primera mitad del siglo XX resultó de la Ilustración, basándose en la idea de que fuera un intento equivocado de ejercer control sobre la naturaleza a través de la ciencia y la razón. Más tarde, Adorno afirmó en Dialécticos negativos (1966) que el pensamiento sistémico es inherentemente autoritario.

La base que los posmodernistas adoptaron fue este rechazo o denigración de la ciencia, el razonamiento, y el racionalismo de la Ilustración –esto es la “modernidad” que afirman haber dejado atrás– y procedieron a declarar su “incredulidad frente a cualquier meta narrativa”, empleando la frase del filósofo posmodernista Jean-François Lyotard.

Según los posmodernistas, el entendimiento científico solo es una “red de realidad” o “manera de saber” o “narrativa” o “discurso” entre varios –y una desacreditada y autoritaria también– para que sea impermisible hablar en términos de una verdad universal, o de una realidad objetiva que exista fuera e independientemente de la mente humana, a la que los pensamientos humanos puedan corresponder de forma fiable y que la actividad colectiva de la raza humana pueda cambiar o mejorar eficazmente.

Para citar un ejemplo principal, hay una antología de escrituras titulada Redes de realidad: Perspectivas sociales sobre la ciencia y la religión, publicada por la Prensa de la Universidad de Rutgers en 2002, que explica su tema de la manera siguiente:

“Exploramos unas de las similitudes entre la religión y la ciencia que destacan cuando las tratamos como estructuras sociales y sistemas de sentido … El resultado que descubrimos es que la visión del mundo científica ella misma es implícitamente religiosa”.

No quiero decir que este libro es particularmente significante. Solo sirve como una ilustración entre muchas que uno podría proveer de la aplicación del marco posmodernista. Según el posmodernismo, no hay ningún entendimiento científico del mundo que corresponde a la realidad objetiva. La ciencia y la religión simplemente son “comunidades” distintas con “discursos” distintos, cada una teniendo su propia “red de realidad”, ninguna de las que es más legítima que la otra en un sentido fundamental.

Las concepciones que emergen de estas ideas básicas de la filosofía posmodernista se expresan en la escritura de defensores de la teoría crítica de la raza, que emplean frases como “nombrar tu propia realidad” y “decir tu verdad”.

Porque el razonamiento científico es una “narrativa” desacreditada asociada con opresión en el pasado, según la teoría crítica de la raza, hay que poner un énfasis particular en lo que se llama “narración personal” y en particular, los relatos dramáticos de experiencias intensivamente emocionales.

Como lo expresa Jeanette Haynes Writer, una proponente de la teoría crítica de la raza: “El objetivo de TCR [la teoría crítica de la raza] es construir una realidad alternativa por nombrar la propia realidad de un individuo a través de narración y contra narración; así, la ventaja de la TCR es la voz que da a gente de color”.

El concepto de “narración personal” da a la teoría crítica de la raza como un corpus de escritura uno de sus rasgos principales. Uno abre el trato de un tema histórico o sociológico y encuentra capítulos dedicados a los recuerdos personales del autor. “Decir tu verdad” de esta manera se ve como una manera enteramente legítima de “demostrar” una idea –y además, más legítima que el método viejo desacreditado de emplear hechos objetivos, cifras y argumentos lógicos–.

Lo que sean las intenciones de los adherentes de este marco teórico, hay que decir desde el inicio que a estas ideas ellas mismas no les faltan las implicaciones condescendientes y francamente racistas. Es como decir: “Los hechos y el razonamiento lógico sobre la realidad objetiva son para gente blanca, así que gente de color emplean la narración personal en vez”.

A pesar de la invocación ocasional de Marx, estos conceptos constituyen, en términos filosóficos precisos, varias formas del idealismo subjetivo, o concepciones que surgen de la creencia en la primacía del pensamiento sobre la materia y un escepticismo hacia la correlación entre el pensamiento y la realidad objetiva independiente de la consciencia de un individuo.

El idealismo subjetivo forma el polo opuesto de la filosofía del marxismo, el materialismo histórico, que se basa en la noción de que la materia preceda la consciencia y que la consciencia humana sea capaz de entender y explicar esta realidad objetiva –la misma realidad objetiva en la que habitan la gente de todas las razas– y a través de actividad colectiva humana, la podamos cambiar y mejorar.

Estas nociones filosóficas básicas son la clave de distinguir la teoría crítica de la raza del marxismo –y por qué es imposible hablar de combinar alguna teoría de “justicia social” posmodernista como la teoría crítica de la raza con una crítica marxista del capitalismo–.

Espero que este discurso, si no consiga nada más, aclare este punto perfectamente: cuando hablamos de la teoría crítica de la raza contra el marxismo, estamos hablando de dos marcos teóricos completamente distintos, irreconciliables e incompatibles, desde las raíces filosóficas más básicas.

En el período antes de la Revolución rusa, Lenin tuvo que producir un tratado en 1909 sobre la filosofía, El materialismo y empiriocriticismo, en el que vigorosamente defendió el marxismo de varias formas del idealismo subjetivo que fingían ser “mejoramientos” del fundamento filosófico del marxismo. Y asimismo, durante la lucha dentro del Partido Socialista de los Trabajadores, Trotsky tuvo que escribir en 1939 “El A-B-C del dialéctico materialista”, en el que pacientemente reiteró las concepciones fundamentales que para los Marxistas son tan básicos que son como aprender el alfabeto.

Cliff Slaughter, en Lenin sobre el dialéctico, explicó: “Es sólo por basarse en considerar la existencia de la realidad objetiva como independiente de la consciencia humana como ‘el asunto principal’ que Lenin puede contribuir hasta el punto… al que alcanza en los Cuadernos [Filosóficos]. Solo un entendimiento materialista del papel activo de la práctica humana en el mundo real podía ser la base de la viveza de las concepciones de Lenin, pues es de ese mundo real que la verdad infinitamente creciente y enriquecida se deriva”.

Con el acercamiento de un ciclo nuevo de trastornos revolucionarios durante nuestra época del siglo XXI, podemos esperar encontrarnos asimismo en la posición de tener que defender una y otra vez las concepciones más básicas del marxismo de la influencia corruptora de los personajes universitarios liberales y del establishment, que cada vez más agresivamente intentan suplantarlas con varias formas del idealismo subjetivo.

Las raíces idealistas subjetivas y posmodernistas de la teoría crítica de la raza se expresan en el concepto de construir una “realidad alternativa” según los deseos individuales, de la idea de que la “verdad” sea individual para todos, y la fijación en controlar el lenguaje popular –o lo que los posmodernistas llamarían “discursos dominantes problemáticos”–.

Las raíces idealistas subjetivas y posmodernistas de la teoría crítica de la raza se expresan también en otro tropo común de la política identitaria que la teoría crítica de la raza adopta –que solo ciertas minorías tienen “derecho” a hablar sobre el racismo, y que las afirmaciones de cualquier persona no minoría presuntamente son ilegítimas solo por la “perspectiva” de la persona que habla–. Esta concepción, que es central en la teoría crítica de la raza, se llama “epistemología de la perspectiva”.

“El estatus de ser minoría”, escriben Richard Delgado y Jean Stefancic, defensores principales de la teoría crítica de la raza, “lleva una presunta competencia de hablar sobre la raza y el racismo”.

Este precepto central de la teoría crítica de la raza es como argüir que un médico no pueda diagnosticar a un paciente porque el médico no tiene experiencia personal del malestar subjetivo que resulta de la condición del paciente. Según este marco posmodernista, el paciente sería la única persona “presuntamente competente” de opinar sobre su propia condición, porque el paciente ha experimentado los síntomas, mientras los diagnósticos del médico son presuntamente ilegítimas a causa de la “perspectiva” del médico.

Estas concepciones anticientíficas son equivocadas en el nivel más fundamental de cómo funcionan el entendimiento y conocimiento humanos. El médico en este ejemplo no tiene experiencia personal del malestar subjetivo del paciente, pero puede que el médico descubra y entienda objetivamente la bacteria que lo cause, y el médico tal vez pueda dar, a través de métodos científicos, un diagnóstico y prescribir un tratamiento que salve la vida del paciente. Mientras tanto, el sentimiento subjetivo de malestar del paciente no automáticamente significa que el paciente tenga un conocimiento especial de la causa objetiva de la enfermedad. Los seres humanos sufrían de enfermedades bacterianas durante milenios sin entender la causa y sin poderlas curar. El paciente va al médico porque la experiencia subjetiva de los síntomas de la enfermedad no es suficiente por sí solo para entender la enfermedad o cómo curarla.

Esto nos lleva al concepto de la raza él mismo, como se emplea por los teóricos críticos de la raza. La raza, se debe decir desde el inicio, según la perspectiva del marxismo así como la ciencia moderna, no es una categoría biológica ni sociológica coherente.

Después del descubrimiento del análisis de ADN, se puede decir categóricamente que desde la perspectiva de la biología, la raza no existe. Además, cualquier intento de presentar a individuales estadounidenses como miembros de una “raza blanca” y una “raza afroamericana” sería arbitrario y reaccionario. ¿Cómo se puede determinar la raza? ¿Con cuáles criterios? Necesariamente requeriría que revivamos y restauremos los tropos racistas como la “regla de una sola gota” asociada con la era de segregación de Jim Crow, que definía a cualquier individuo como “afroamericano” si tenía un solo progenitor afroamericano.

La teoría crítica de la raza acepta que la raza se construye socialmente, en que no es biológica, pero aun así es posible para ellos emplear las concepciones idealistas subjetivas tomadas del posmodernismo para revivir estas categorías raciales.

Kimberlé Crenshaw, una de los fundadores de la teoría crítica de la raza, dice esto más o menos directamente: “Mientras el proyecto descriptivo del posmodernismo de cuestionar la manera en que el significado se construye socialmente es por lo general correcto … decir que una categoría como la raza o el género se construye socialmente no significa que la categoría no tiene ningún significado en nuestro mundo. Por el contrario, un proyecto largo y continuo para gente subordinada –y sí, uno de los proyectos para los que las teorías posmodernistas han sido muy útiles– es pensar sobre la manera en que el poder se ha agrupado alrededor de ciertas categorías y se ejerce contra otras”.

Crenshaw también lidia con la distinción entre la declaración “soy afroamericana” por un lado y la afirmación que “soy una persona que, por casualidad, es afroamericana” por el otro, y ella abraza la primera en base de que “empodera la identidad impuesta socialmente como un pilar de subjetividad”.

En el libro Apropiando la negrura: El rendimiento y la política de autenticidad, para citar otro ejemplo del uso de estos conceptos, E. Patrick Johnson describe la “negrura” como “las maneras de las que ‘vivir la negrura’ se convierte en una manera de saber material”.

La implicación que surge de estos conceptos posmodernistas es que la raza se entiende no como una forma de prejuicio subjetivo dentro de la mente del intolerante, sino como un rasgo fundamental y determinante de la existencia separada de cada persona y una “manera de saber”, un “pilar de subjetividad” en las palabras de Crenshaw, una condición sobre la que todo el conocimiento y las creencias de una persona son dependientes. El punto final lógico de la operación de estas concepciones idealistas subjetivas y posmodernistas es que la raza de una persona determina no solo la “realidad” en la que aquella persona vive, sino también que la gente de razas distintas habitan, literalmente, “realidades” diferentes.

La teoría crítica de la raza y el sectarismo racial

Mientras sus raíces filosóficas se encuentran en el posmodernismo y el idealismo subjetivo, el que da a la teoría crítica de la raza su carácter esencial es la adición de otro ingrediente: el chovinismo y separatismo raciales, que tiene sus propias raíces dentro del lado derechista del nacionalismo afroamericano de la pequeña burguesía estadounidense.

La teoría crítica de la raza considera el rechazo de la Ilustración de la Escuela de Fráncfort y el posmodernismo y les da un giro racial. Según Delgado y Stefancic, la teoría crítica de la raza desafía el “racionalismo de la Ilustración” por cuestionar si “la filosofía occidental es inherentemente blanca según su orientación, valores y los métodos de razonamiento”.

El mismo Delgado publicó una bibliografía comentada en 2012, observando francamente, “Una tendencia emergente dentro de TCR declara que la gente de color pueden promover sus intereses mejor por separación de las tradiciones estadounidenses. Unos creen que preservar la diversidad y la distancia beneficiará a todos, no solo a grupos de gente de color”.

Esto es nada más que un renacimiento perverso del lema viejo segregacionista “separados pero iguales”, que es asociado con el Ku Klux Klan y el régimen del apartheid de Jim Crow que duró 100 años en el Sur estadounidense. Según esta teoría, los intereses de las razas dictan que vivan separadamente y que no se integren.

Esta perspectiva derechista es reaccionaria en el sentido más directo y literal. Representaría la ruina del trabajo progresista de generaciones de gente que trabajaban, luchaban y sacrificaban juntos para superar la división y el prejuicio raciales, derrocar los obstáculos, unirse e integrarse.

Este sectarismo racial reaccionario –que se refleja en las demandas dentro y alrededor del Partido Demócrata por reparaciones raciales, cuotas raciales y preferencias raciales, junto a salas de clase segregadas racialmente, que llaman “lugares seguros” o “programas de inmersión culturales para afroamericanos”–

es enteramente acorde con el marco teórico, las concepciones y los métodos esenciales de la teoría crítica de la raza.

Según la teoría crítica de la raza, la desigualdad y la injusticia se explican como el resultado del “privilegio blanco” o el “privilegio de piel blanca”, que es un sistema de beneficios raciales sobre la que la sociedad estadounidense supuestamente está organizada para dar a la gente blanca a costa de la gente afroamericana.

En el lenguaje de la teoría crítica de la raza, la “blancura” es una forma de “propiedad” que supuestamente toda la gente blanca posee, sin importar la posición social que ocupan, o si estas personas son participantes conscientes o inconscientes en “la Supremacía Blanca”. Esta concepción, un eje central de la teoría crítica de la raza, se avanzó en un artículo de una revista legal de 1993 por Cheryl Harris que buscó interpretar una lista larga de decisiones legales en el sistema judicial estadounidense como unas que implícitamente emplean este concepto.

Esto significa que un hombre sin hogar que duerme en las calles de Los Ángeles que por casualidad es blanco tiene un interés de “propiedad” en su “blancura” que le da de alguna manera una riqueza más alta que Oprah Winfrey (valor neto $2,7 mil millones), al menos desde el punto de vista de esta forma clave de “propiedad”, y por eso él es cómplice del régimen del “privilegio blanco” y la “supremacía blanca”.

Cuando los teóricos críticos de la raza emplean términos como “supremacía blanca” y “racismo estructural”, no están arguyendo meramente que la discriminación fáctica es generalizada en los Estados Unidos, algo que es cierto sin la menor duda, un hecho estadístico bien establecido. En vez, estos términos se refieren a la concepción de que la sociedad entera se organice sobre el principio de dar ventajas a “gente blanca” a costa de dar desventajas a “gente afroamericana”. En consecuencia, para los adherentes de la teoría crítica de la raza, no es una cuestión de si el racismo se expresa en un dado fenómeno social, sino una cuestión de cómo el racismo se expresa dentro de ese fenómeno, ya que el racismo generalizado por parte de toda la gente blanca es supuestamente el principio organizativo de la sociedad entera.

¿Cómo se explica la epidemia de brutalidad policial bajo la teoría crítica de la raza? La respuesta es que proviene del racismo generalizado por parte de toda la gente blanca. ¿Encarcelamiento masivo? La misma respuesta. ¿La política del gobierno privilegia a los ricos? La misma respuesta. ¿Salarios bajos? ¿Condiciones laborales inseguras? ¿Alquiler alto? ¿Condiciones en las escuelas? La misma respuesta. ¿La guerra imperialista? ¿El envenenamiento de la gente de Flint? ¿La victoria de Trump en 2016? La misma respuesta. ¿La intentona golpista del 6 de enero? El racismo generalizado por parte de toda la gente blanca. Es la explicación de todo.

Este planteamiento devalúa y menoscaba la verdadera lucha de confrontar y eliminar el prejuicio, mientras ayuda a encubrir las causas sociales más profundas de la desigualdad y la injusticia. La mayoría de las víctimas de asesinatos policiales en Estados Unidos, por ejemplo, son blancos. Mientras el racismo pueda explicar el motivo subjetivo de los oficiales particulares que desproporcionadamente apuntan a jóvenes afroamericanos o llevar a cabo asaltos, incidentes de asfixia y disparo particulares, no es suficiente para abordar el fenómeno completamente –mucho menos explicar por qué el establecimiento político y los dos partidos oficiales de los Estados Unidos defienden el régimen de terror policial arbitrario–.

Por explicar la epidemia de brutalidad policial como el resultado de un racismo generalizado y dominante por parte de toda la gente blanca, la teoría crítica de la raza quita la culpa de la clase gobernante y el orden social existente y se la da a las masas de gente obrera que son blancas, que no tienen la menor responsabilidad por la brutalidad policial y que frecuentemente son víctimas de ella.

Para la teoría crítica de la raza, conceptos como “privilegio blanco”, “fragilidad blanca” y “supremacía blanca” son paralelos de los conceptos burgueses feministas como “la cultura de la violación”, “el patriarcado” y la “masculinidad tóxica”, con “sexismo” en lugar de “racismo” como el supuesto prejuicio generalizado y “estructural” que se encuentra en la base de todos los problemas de la sociedad.

Al final, todos estos marcos sirven para transformar todos los fenómenos sociales que son productos fundamentales del capitalismo y la sociedad de clases en formas digestibles para la política identitaria de la clase media.

El concepto de la “interseccionalidad”, que es central para la teoría crítica de la raza, es un intento de reconciliar todos estos marcos identitarios posmodernistas rivales uno con el otro, con cada uno de los varios prejuicios afectando la categoría identitaria separada que le corresponde, como la raza, el género, el peso o la orientación sexual.

La función principal del marco de “interseccionalidad” en su forma actual es desplazar el papel decisivo de la clase en la historia y la sociedad, poniendo el capitalismo como un sistema económico mundial en la categoría de “clasismo”, otro de varios “-ismos” o formas de prejuicio subjetivo –si no eliminan la clase de la discusión enteramente–.

En el libro ¿Todos realmente so mos iguales?, que es un libro de texto de “educación de justicia social” dirigido a estudiantes “desde la secundaria hasta el posgrado”, Robin DiAngelo y Özlem Sensoy usan el marco de “interseccionalidad” para atacar a cualquier persona que introduzca la clase en una discusión sobre la injusticia y la desigualdad. Las autoras imaginan a alguien que dice, “La verdadera opresión es la clase. Si eliminas el clasismo, todas las otras opresiones desaparecen”. Para ellas, esta afirmación es una forma de “cambiar de tema”, una de varias formas de “negación y resistencia” psicológicas e “ignorancia voluntaria” mostradas por “miembros del grupo dominante”.

Vuelven a este tema repetidas veces, más tarde clasificando bajo el subtítulo “ideas erróneas sobre la clase” la declaración siguiente: “La clase es la verdadera opresión. Si eliminamos el clasismo, eliminamos el racismo”.

En otra publicación titulada “Blancos recibiendo comentarios sobre el racismo y respondiendo del marco tradicional: Arriba y abajo”, DiAngelo sugiere que una persona blanca que dice “la verdadera opresión es la clase” solo “mantiene la solidaridad blanca”, “protege el privilegio blanco” y “protege el racismo”.

Este sentimiento, por cierto, fue expresado también por Alexandria Ocasio-Cortez, quien recientemente atacó a los que abogan por una posición “del esencialismo de la clase” como gente esencialmente racista.

Déjame responder a esto por un momento. Para los marxistas, sí, nos declaramos culpables de ser “esencialistas de la clase”. La clase para nosotros no es otra forma subjetiva de prejuicio. La contribución de Marx al conocimiento y entendimiento humanos fue no simplemente la observación de que algunas personas tienen más riqueza y poder que otros. Eso se ha sabido desde hace milenios.

Lo que Marx descubrió fue nada menos que la dinámica dirigida por reglas que impulsa el desarrollo de la civilización humana, basándose en una examinación científica del desarrollo de las fuerzas productivas, trazando la manera en que la clase social corresponde a relaciones sociales específicas de producción que emergen de, y luego llegan a contradecir, estas fuerzas. Mirando toda la historia de la humanidad, Marx consiguió confirmar en cada momento la operación de estas reglas del desarrollo socioeconómico, dando un conocimiento del pasado.

Mirando adelante, el descubrimiento de Marx hizo posible, por la primera vez en la historia humana, la política totalmente consciente, haciendo posible alinear deliberadamente el programa y la estrategia de un movimiento revolucionario –o un gobierno revolucionario– con los intereses objetivos de fuerzas sociales que existen objetivamente. Es posible, por eso, que los marxistas activos en la lucha de clase puedan estudiar y analizar cómo los intereses objetivos de las clases sociales se expresan de una manera u otra en ese proceso histórico –por ejemplo, la elección de poner los ingresos sobre la vida humana en el rechazo de contener la pandemia–.

Uno puede hablar objetivamente sobre una clase históricamente revolucionaria, pero no es posible hablar sobre una “raza históricamente revolucionaria” o, al mismo tiempo, una “raza históricamente reaccionaria”. Cualquier intento de basar la política en supuestos “intereses raciales” en nuestro mundo sería totalmente falso y reaccionario. Millones de gente de todas las razas se han muerto de una pandemia prevenible, no a causa de intereses raciales, sino a causa de intereses de clase. Ésta es la respuesta a la “interseccionalidad”. Comparar la raza y la clase es comparar las manzanas y las naranjas –dos categorías completamente distintas y dos cosas completamente distintas–. El racismo, por un lado, es una forma de prejuicio subjetivo y acientífico; la clase, por el otro lado, es la clave de entender la historia, la sociedad y la política humanas.

¿Qué perspectiva ofrecen estos defensores de la política racial a una persona que quiera luchar contra el racismo y otras formas de prejuicio, pero que al mismo tiempo por casualidad sea blanca? Ya que el racismo supuestamente está integrado en el corazón existencial de cada persona blanca, el pronóstico es triste. La gente blanca, como explicamos, no tienen “derecho” a discutir o incluso entender el racismo, según la teoría crítica de la raza, para que solo se pueda aconsejarles que se queden en silencio y darles una forma rarísima de terapia.

El libro La supremacía blanca y yo, por Layla F. Saad, ofrece un curso de cuatro semanas para el lector blanco arrepentido: “1º día: El privilegio blanco y tú. 2º día: La fragilidad blanca y tú. 3º día: Vigilancia del tono y tú. 4º día: El silencio blanco y tú. 5º día: La superioridad blanca y tú. 6º día: Excepcionalismo blanco y tú. 7º día: Repaso de la primera semana”.

El texto de 200 páginas, que historiadores futuros pondrán en la categoría de una intelectualidad que se sale de su mente, representa una industria artesanal entera de libros de “autoayuda” auto castigadores que se emiten para el supuesto beneficio de gente blanca, así como seminarios de gerencia corporativa y seminarios de diversidad, que son diseñados para forzar que la gente blanca “confronte” su supuesto racismo inconsciente.

Es posible ganar mucho dinero para los que se han unido a estas tonterías tendenciosas. DiAngelo ella misma recientemente recibió $12.000 por un solo seminario en la Universidad de Kentucky y $20.000 por un seminario de tres horas y media en la Universidad de Connecticut. Típicamente cobra entre $10.000 y $15.000 por evento. Tim Wise, autor del libro Blanco como yo, asimismo cobra honorarios por dar conferencia en el rango de $10.000 y $20.0000.

Por el contrario, un empleado que trabaja ocho horas ganando el salario mínimo federal, gana $58, y sus ingresos suman a aproximadamente $15.000 por un año entero de trabajo de tiempo lleno.

Estos “seminarios” costosos para gente blanca no se asemejan a nada como a la “terapia de conversión” practicada por fundamentalistas cristianos –ya que la blancura, como la homosexualidad, nunca puede ser purgada totalmente, solo se puede meditar sobre ella como una fuente perpetua de vergüenza y culpabilidad para la persona que tenía la mala suerte de nacer en una condición tan pecadora–.

Una de las señales más tóxicas de esta corriente intensamente subjetiva es la insistencia en que todas las relaciones personales (matrimonios, amistades, conexiones familiares) deban transformarse en los campos de batalla preferidos para llevar a cabo una lucha “política” por “el cambio transformacional”. Integrantes de esta ideología son alentados a “educar” a amigos, esposos, amantes, colegas y padres por forzar que “luchen contra” su supuesto “racismo inconsciente”.

Parece ser obvio que cualquier persona que honestamente intenta poner en práctica estos preceptos con sus amigos muy rápidamente se encontrarán sin ninguno, y que la lección para los que contemplan una relación interracial es que cualquier esfuerzo de cerrar la brecha será tan difícil y precario que uno deba rendirse antes de intentarlo. En la práctica, mientras estas teorías se plantean como “antirracistas”, su efecto es el contrario: envenenan el ambiente con una fijación obsesiva en la raza en cada interacción social.

Es una basura podrida–y, francamente, a menudo es una expresión de prejuicio racial por sí solo. Una antología de escritura titulada Estudios críticos de la blancura, editada por Delgado, presenta acríticamente una entrevista con Noel Ignatiev, coeditor de una revista titulada Traidor racial, un exestalinista y exparticipante de Estudiantes por una Sociedad Democrática, quien afirma: “Nosotros creemos que mientras la raza blanca existe, todos los movimientos contra lo que se llama ‘racismo’ van a fallar. Por eso, nuestro objetivo es abolir la raza blanca”.

Estos adherentes de la política racial son explícitamente hostiles a cualquier aspiración de unir a los seres humanos por todo el mundo en una cultura global progresista e igualitaria. En un capítulo de La supremacía blanca y yodedicado a la “apropiación cultural”, un concepto que constituye un principio ideológico de mayor importancia de la teoría crítica de la raza, Saad argumenta directamente que la idea de “compartir la cultura” como una “manera de resolver el racismo” es “equivocada”.

Según el concepto retrogrado, represivo y antiartístico de “apropiación cultural”, que involucra el juzgar del arte en base de la raza, objetos, temas, géneros y estilos son “propiedades” de diferentes razas, y las obras sólo pueden ser interpretadas y apreciadas por (o ser recursos de ingresos para) miembros de esa raza particular. Por eso, alguien que intenta hacer arte que no le “pertenece” a la raza del artista es culpable de una “apropiación” ilegal.

Dentro de este marco reaccionario, a los artistas les regañan para que “mantengan su línea”, restringidos a interpretar y consumir los productos culturales de “su” raza. Éste es un marco que es acorde con la ultraderecha, y con el que el grupo de supremacía blanca Proud Boys y neonazis estarían de acuerdo entusiasmadamente.

Justo cuando la humanidad es cada vez más integrada en una escala global vía el internet, un desarrollo que está lleno de posibilidad para el arte y la cultura globalmente–con jóvenes improvisando, adaptando y explorando bailes y música de todos lados del mundo a través de TikTok y otras plataformas de redes sociales–los adherentes del sectarismo racial de la teoría crítica raza se levantan y se quejan de la “compartición cultural”.

En el mismo capítulo de La supremacía blanca y yo, Saad continúa por rechazar cualquier aspiración hacia el “daltonismo racial”. En un pasaje muy revelador, ella rechaza la idea de que “debemos fingir que una cultura humana gigante que comparte todo igualmente funcionaría si no fuera por el racismo y la existencia del privilegio”.

Al final, ésta es una repudiación de todo el contenido progresista en las luchas por derechos civiles en los Estados Unidos durante los años 1950 y 1960, que unían a masas de gente de todas las razas alrededor de la exigencia de igualdad legal.

Hay una crítica izquierdista de las luchas por derechos civiles, en vista de que esas luchas masivas se limitaron a un marco reformista y nacionalista, y que consiguieron la igualdad legal pero no la verdadera igualdad social. Y la desigualdad y la injusticia persistieron durante las décadas después de que esas luchas retrocedieron y persisten hasta hoy en día. Pero la teoría crítica de la raza saca de estas experiencias una conclusión esencialmente pesimista y reaccionaria, rechazando como equivocada la aspiración hacia una lucha unida por la verdadera igualdad.

El Partido Demócrata adopta la teoría crítica de la raza

La teoría crítica de la raza emergió como una tendencia distinta durante los años 1980 y 1990 en rincones oscuros del mundo académico estadounidense, un período que coincidía con la liquidación de la URSS, la disminución de las luchas por la igualdad social que habían caracterizado las últimas décadas y la retirada del Partido Demócrata de los últimos vestigios de compromiso a la reforma social.

Mientras unos de estos conceptos y temas existían durante las décadas antes, como la escritura del profesor de derecho de Harvard Derrick Bell, el primer evento académico centrado en la teoría crítica de la raza en su forma actual generalmente se considera una reunión de retiro cerca de Madison, Wisconsin, llamado “Desarrollos nuevos de la teoría crítica de la raza”. La organizadora Kimberlé Crenshaw más tarde admitió francamente que no había ningunos “desarrollos nuevos” porque fue el primer evento dedicado a discutir la teoría: “A veces tienes que fingir hasta que lo logres”, dijo ella más tarde.

Los años 1990 fueron un período de reacción mundial y en particular en los Estados Unidos, figurando una secuencia de guerras de agresión imperialista bajo administraciones Demócratas y Republicanas, con los mismos Demócratas abogando por campañas de “ley y orden” domésticamente mientras los Republicanos adoptaban la política de “valores familiares”.

La teoría crítica de la raza, en este contexto, no emergió de una lucha social masiva o campañas por la igualdad o reformas democráticas, sino apareció y fue enconándose en los rincones del mundo académico estadounidense durante una época de reacción. Nutrida en un ambiente de decepción y desmoralización subjetiva, se acumuló en antologías de crítica literaria, comentarios legales y otros nodos de los departamentos de humanidades.

A pesar de sus pretensiones de ser “radical” o incluso “revolucionario”, su contenido siempre era esencialmente en contra de la clase obrera, antimarxista y antisocialista: los defensores eran los académicos que estaban descargando su ira contra la clase obrera a causa del fracaso de luchas previas, concluyendo que estas luchas fracasaron porque la vasta mayoría de “gente blanca” son racistas, sexistas e indignos de cualquier papel en la historia.

La teoría crítica de la raza también representó, para ser totalmente honesto, una manera en la que los académicos ex radicales de la clase media podían crear posiciones cómodas y lucrativas para sí mismos. El secreto sucio de este ejercicio vasto de hipocresía es que a pesar de todas sus denuncias del “privilegio” son los personajes como DiAngelo, cuyo valor neto probablemente es seis o siete cifras, y Nikole Hannah-Jones, cuyo valor neto estimado es alrededor de $3 millones, son los verdaderos beneficiarios de privilegio.

En una secuencia de campañas presidenciales, las de Obama en 2008 y 2012 y la de Hilary Clinton en 2016 incluidas, luego la promoción de la campaña #YoTambién que empezó en 2017 y el Proyecto de 1619 en 2019, el Partido Demócrata ha movido más y más hacia cuestiones de raza, género y otras formas de identidad para movilizar secciones de los profesionales, estudiantes y jóvenes de la clase media detrás de sus políticas derechistas e imperialistas. Como una parte de este proceso, la teoría crítica de la raza rápidamente ganó impulso –para hoy, se puede decir que básicamente ha sido adoptada como la corona filosófica del partido imperialista más viejo de Estados Unidos–.

Como una tendencia teórica, la teoría crítica de la raza es muy compatible con el nacionalismo, el capitalismo y los requisitos ideológicos del imperialismo estadounidense. Crenshaw ella misma dio una entrevista destacada en CNN, en que ella afirmó que “la teoría crítica de la raza no es antipatriótica. De hecho, es más patriótica que los que se oponen a ella…”

Los adherentes de la política racial intentan atraer a jóvenes que están hartos de la brutalidad policial y la persistencia del racismo. Jóvenes en los Estados Unidos, como sus contrapartes por todo el mundo, instintivamente odian todas las formas de prejuicio. Ellos desconfían la versión patriótica de la historia de su país e intuitivamente sienten que hay algo profundamente mal en la sociedad entera. Pero el propósito de la política racial es capturar y desbaratar esos sentimientos naturales y saludables, dirigiéndolos lejos de la solidaridad de clase y el marxismo revolucionario y hacia el marco de la política oportunista de la clase media dentro y alrededor del Partido Demócrata.

La teoría crítica de la raza no tiene ninguna perspectiva internacional unida. Sus adherentes se concentran su atención casi exclusivamente dentro de los límites geográficos de los Estados Unidos, raramente deteniéndose para preguntar qué serían las implicaciones de su teoría si se aplicó fuera de sus fronteras.

Por ejemplo, si la división racial explica todos los conflictos y problemas en la sociedad estadounidense, lógicamente hay que ser que países que son más homogéneos como Islandia y Japón, serían paraísos libres de cualquier forma de injusticia o desigualdad. ¡Qué lástima para la teoría crítica de la raza! Obviamente no es así.

Cuando los adherentes de la teoría crítica de la raza sí miran fuera de las fronteras de Estados Unidos, los resultados pueden ser vergonzosos y verdaderamente horribles, como en 2019 cuando la autora del Proyecto de 1619 Nikole Hannah-Jones consideró la cuestión del Holocausto .

El socialismo, sin embargo, siempre ha abogado por la igualdad, y la lucha de socialistas científicos por la igualdad por todo el mundo ya había durado durante un siglo y medio antes de que se dijese por la primera vez la frase “teoría crítica de la raza”. Desde llegar en la escena hace meras décadas, los proponentes de la teoría crítica de la raza no han hecho nada que contribuye a esa lucha, y en vez sólo han ensuciado el ambiente intelectual con su jerga posmodernista pomposa y su hostigamiento racial vicioso.

Los marxistas tenemos una historia larga y orgullosa de oponernos a todas las formas de prejuicio y división dentro de la clase obrera, y de denegar la validez histórica o explicativa de la categoría “raza”. La tradición larga del uso de la palabra “camarada” dentro del movimiento marxista subraya que todos que se unen a la lucha por el socialismo son iguales.

No hay ningún valor en un método que procede desde la suposición de que divisiones raciales, construidas socialmente o no, formen un factor primario o decisivo en la historia o el conflicto social. Se debe rechazar tales concepciones absolutamente y categóricamente.

Intentar explicar la intentona golpista de Trump del 6 de enero, por ejemplo, como el producto de “ira blanca” no es más útil que la búsqueda de un astrólogo de descubrir en ese mismo evento una expresión de los movimientos del planeta Júpiter. Desde un punto de vista objetivo y científico, un evento no tiene nada que ver con el otro.

La adoptación de la teoría crítica de la raza por el Partido Demócrata alcanzó su punto más alto, al menos hasta la fecha, con su promoción del Proyecto de 1619 del New York Times. Pero el Partido Demócrata no muestra ninguna señal de abandonar esta trayectoria.

Es importante recordar que durante un período más temprano, la clase gobernante estadounidense rechazaba el revisionismo histórico obsesionado con la raza que más tarde llegó a asociarse con la teoría crítica de la raza. El mismo New York Times en un período vigorosamente defendió a Lincoln contra las acusaciones de que solo pudiera entender sus acciones como las de un racista. La conservación de una “idea nacional” independiente de la raza previamente se veía como la clave de mantener la estabilidad a largo plazo de la sociedad y la política estadounidenses.

El cambio radical más reciente de adoptar el sectarismo racial tiene un carácter desesperado y de corto plazo. Incapaces de atraer a las masas en la base de un mejoramiento genuino de las condiciones laborales y de existencia de las masas, los Demócratas han recurrido a llamamientos emocionales a varias formas de prejuicio, celo y desconfianza. Pero la charla incesante de “privilegio blanco” y “fragilidad blanca”, como Bannon felizmente anticipa, tendrá el efecto de impulsar a los trabajadores hacia la ultraderecha y, de hecho, socavar la verdadera lucha de exponer y eliminar el prejuicio.

Treinta años han pasado desde el inicio de las guerras yugoslavas, que comenzaron a causa de la restauración del capitalismo en la región que había sido Yugoslavia.

Los movimientos nacionalistas que fueron reunidos rápidamente por los ex burócratas estalinistas recién enriquecidos, que eran incapaces de dar una apariencia progresista a sus operaciones de saqueo descaradas, se basaron abiertamente en crear y explotar odios étnicos.

Durante una década de conflicto sangriento, el término “limpieza étnica” entró en el léxico global. Estas guerras llevaron a más de cien mil muertes, y más de cuatro millones de gente fueron desplazados. Guerras y conflictos similares emergieron a causa de la restauración del capitalismo en otros lugares de la antigua URSS, como el conflicto fratricida en curso entre Azerbaiyán y Armenia sobre el territorio Nagorno-Karabaj.

Hay que advertir que una forma u otra de “balcanización” es el punto final lógico de la insistencia obsesiva en la raza dentro de los Estados Unidos, mientras el capitalismo libra de la cloaca de la historia los viejos odios y prejuicios para dividir a los obreros y preservar el dominio de clase.

Mientras la teoría crítica de la raza se presenta como una continuación de las luchas masivas por derechos civiles durante los años 1950 y 1960, es una mentira. Con su insistencia en que la gente blanca y la gente afroamericana sean especies incompatibles que han estado en un estado de guerra a lo largo de la historia, la teoría crítica de la raza tiene menos en común con Martin Luther King que con Adolf Hitler. Entre los precursores ideológicos de la teoría crítica de la raza, en ese respecto, es la pseudociencia racial que emergió a fines del siglo XIX, el “darwinismo social”, que pretendió reemplazar la lucha de clases en la historia con concepciones tomadas de los descubrimientos de Darwin relacionados con la evolución biológica, reinterpretando la historia no como una lucha entre clases sociales, sino como un proceso de competencia y “selección natural” entre razas biológicamente distintas.

Para la ocurrencia de la Revolución rusa, los bolcheviques tenían que confrontar intentos de provocar odios raciales, religiosos y nacionales que tenían la intención de desestabilizar y dividir el movimiento obrero.

“Cuando la maldita monarquía zarista estaba viviendo sus últimos días, intentó incitar a los obreros y campesinos contra los judíos”, explicó Lenin durante un discurso radial en 1919. “Los propietarios y los capitalistas intentaron desviar el odio de los trabajadores y los campesinos que estaban torturados con la necesidad contra los judíos”.

“Los judíos no son los enemigos de la gente obrera”, dijo Lenin. “Los enemigos de los obreros son los capitalistas de todos los países. Entre los judíos hay gente obrera, y ellos forman la mayoría. Son nuestros hermanos que, como nosotros, están oprimidos por la capital; son nuestros camaradas en la lucha por el socialismo. Entre los judíos, hay kulaks, explotadores y capitalistas, exactamente como hay entre los rusos, y entre la gente de todas las naciones”.

“Los capitalistas buscan fomentar odio entre trabajadores de religiones distintas, naciones distintas y razas distintas”, continuó Lenin, concluyendo su discurso con las palabras: “Viva la confianza fraternal y la alianza luchadora de los obreros de todas las naciones en la lucha por derrocar la capital”.

Cien años más tarde, las concepciones básicas articuladas por Lenin todavía son un eje central de la tradición marxista. Dentro de cada “raza”, hay los obreros que forman la mayoría, que están oprimidos por la capital y que son hermanos y hermanas y los camaradas naturales de todos los demás trabajadores del planeta. Y dentro de cada “raza” existe una minoría que consta de la clase capitalista y sus agentes privilegiados.

Socialistas por todo el mundo están en una lucha compleja y difícil para unir a la clase obrera –a las personas de nacionalidades, géneros, lenguajes, religiones, edades y costumbres distintos– en una lucha común por la paz, el progreso y la igualdad.

Esto sin duda involucra la exposición de, y una lucha contra, el prejuicio y la injusticia donde exista, como ha sido siempre –si lo vemos, no lo apoyamos– pero entendemos que el prejuicio supervive no porque está fijado por siempre en la psicología humana pero porque el capitalismo perdura para nutrirlo. Explicamos a los trabajadores y jóvenes cómo el prejuicio se cultiva y se explota para socavar la solidaridad de clase, y cómo superar esos prejuicios no es algo que simplemente es correcto moralmente, pero que es históricamente necesario.

Los trastornos revolucionarios futuros por todo el mundo le pondrán a cientos de millones de gente en lucha. Las fuerzas ejercidas contra el movimiento revolucionario serán gigantes. Un movimiento que está agrietado y fracturado según la raza, la nación o el género no podrá aguantar esas fuerzas y rápidamente se romperá el momento que la verdadera presión aparezca. Un movimiento mundial que puede soportar la vorágine revolucionaria tiene que estar preparado a avanzar una perspectiva unificada mundial, correspondiente a todos los trabajadores, desde un entendimiento compartido de su propia historia y sus métodos y fundamento básicos filosóficos, orientación de clase, concepción de la época y de la estrategia para la victoria. Ésta es la verdadera fortaleza de un movimiento político –el adhesivo que lo mantendrá durante cualquier crisis–.

Por estas razones, la respuesta a la intolerancia de Trump y los Republicanos no puede ser dar la menor concesión al sectarismo racial de los Demócratas y la teoría crítica de la raza. En lugar, tenemos que construir la solidaridad internacional de trabajadores, que es una condición esencial del avance de la civilización y la cultura humanas y para derrotar finalmente toda forma de prejuicio.

(Este discurso se dio en la Conferencia de la Escuela de Verano 2021 del SEP (Partido Socialista por la Igualdad de EE.UU.), que ocurrió desde el 1º de agosto hasta el 6 de agosto, por Tom Carter, un escritor del World Socialist Web Site)

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