Los esponsales de Hannibal

por Juan García Brun

Esta es la escena fundacional de una tragedia amorosa de magnitudes insondables. Lécter le dice a Clarice, luego de una cena de elegancia infernal y de haberse salvado ambos de la muerte: «He atravesado el mundo sólo para verte correr. ¿Cuándo me vas a pedir que pare?, ¿Si me amas, para?». Ella responde: «Jamás» y llora. Después del beso unilateral -pero no forzado- ella lo esposa, en minutos llega la policía, él se corta la mano y antes le dice: «esto va a doler». La bella, la bestia, reflejadas contra un río nocturno en el que Hannibal se pierde. 

Al igual que muchos de ustedes, he visto esta película muchísimas veces y siempre aparece algo nuevo. La última vez me di cuenta que Clarice «esposa» a Lécter, a su manera eso le daba contenido a su «jamás». Después de todo, parece decirnos la historia, ¿Qué puede regalarnos el amor sino una forma de caminar? La música (Glenn Gould), la fotografía, los jabalíes, Florencia, Riddley Scott, hacen de esta película Hannibal, una de las grandes obras de nuestro siglo, el XXI, una película de un par de horas, pero en realidad interminable. No una historia, una forma de vida.

En un trabajo recientemente editado en Chile —Pornotopía de Paul Preciado— el burgalés analiza un aspecto poco tratado: la sexualidad del varón heterosexual contemporáneo. Un brillante ensayo que completa el círculo de la liberación femenina abierta en la post 2ª Guerra, ubicando tal espacio en el departamento de soltero, un espacio que toma como referencia el fenómeno de la revista norteamericana Playboy. En tal espacio —la fantasía lúbrica del hombre casado— transcurre un determinado silencio culpable y principalmente, la expectativa de un amor carente de la estructura cristiana, monógama, en que nos formamos y nos seguimos formando quienes nacimos en el siglo pasado.

Antes del clímax, el hombre que ha arrasado con todo vestigio de civilización y que es precedido por un horroroso pasado caníbal, rescata a la mujer del lodo y de las fauces de una piara de jabalíes asesinos, para escenificar un cuadro de redención, destapándole los sesos a quién sólo ayer la humillara, un corrupto abogado personificado ni más ni menos que por Ray Liotta. El paisaje es puritano y azul, el arma de ella un enternecedor domo de nieve que engloba lo que parece ser un pequeño castillo. Luego el hombre proclama su amor un amor que ve correr, una amor que ve perderse en esos bosques de entrenamiento militar. Un amor perfectamente aprehensible, material y real, pero absolutamente sin lugar.

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