Lenin, cien años después

por Domenico Moro

El 21 de enero de 1924 murió Lenin. Cien años son muchos y muchas cosas han cambiado, pero el legado de Lenin sigue siendo, en su mayor parte, relevante hoy en día. Lenin fue una de las figuras históricas más importantes del siglo XX, el hombre que más contribuyó a la Revolución de Octubre y a la fundación de la Unión Soviética. Pero, como dijo el filósofo húngaro Lukács en un panfleto, escrito inmediatamente después de la muerte de Lenin, la importancia del político ruso va más allá de los acontecimientos políticos inmediatos que le vieron como protagonista: «Sigue siendo, por tanto, en el plano histórico-universal, el único teórico a la altura de Marx que ha salido hasta ahora de las filas de la lucha de emancipación proletaria.»[1]. Tal vez poner a Lenin en un nivel teórico igual al de Marx pueda ser excesivo, pero ciertamente Lenin, inmediatamente después de Marx, sigue siendo el mayor teórico dentro del marxismo hasta el día de hoy.

Lenin era a la vez un teórico, un intérprete del modo de producción capitalista y de la sociedad que se eleva por encima de él, y un político que trabajaba por la transformación de la realidad en un sentido revolucionario. En una época, como la actual, en la que la política se reduce a menudo a politiquería y táctica, permaneciendo separada de la ciencia social y del análisis amplio, el ejemplo de Lenin adquiere un valor aún mayor. Teoría y praxis se funden de la manera más íntima posible en Lenin, en quien la estrategia, es decir, los objetivos a largo plazo -la transformación de la sociedad del capital en una sociedad socialista- siempre está estrechamente relacionada con la táctica, es decir, con las tareas y la acción en el plano político práctico, a diferencia de lo que nos tiene acostumbrados la política actual. La acción de Lenin siempre está guiada por el análisis concreto de la situación concreta, donde concreto significa el complejo de hechos y relaciones sociales en un lugar dado y en un período histórico dado. No es casualidad que, según Lukács, una de las categorías más importantes del marxismo sea la de totalidad, es decir, la capacidad de comprender y analizar en sus conexiones recíprocas todos los aspectos de una sociedad dada, económicos, políticos, culturales e ideológicos.

Lenin, como teórico, recogió el legado de Marx y Engels, pero no lo hizo de forma dogmática, sino creativa, partiendo de las categorías de pensamiento de los dos teóricos y revolucionarios alemanes y confrontándolas con los acontecimientos actuales para ampliar el cuerpo teórico del materialismo histórico. En este sentido, Lenin es una continuación de la elaboración teórica de Marx y Engels. La adhesión de Lenin al materialismo histórico es creativa, es decir, capaz de añadir nuevas categorías o de precisar y actualizar mejor las ya existentes. En este sentido, Lenin hizo su aportación fundamental en dos aspectos principales, como creador de la geopolítica marxista y, sobre todo, de la teoría política marxista.

Marx y Engels ya habían aportado reflexiones tanto sobre la política como sobre la geopolítica, pero lo habían hecho de forma poco sistemática, sin producir textos teóricos que trataran sistemáticamente el tema, a excepción de algunas obras de Engels sobre el Estado, como El origen de la familia de la propiedad privada y del Estado (1884). La principal contribución de Lenin a una geopolítica marxista es El imperialismo (1916), en la que define la categoría de imperialismo, aún de actualidad. En esta obra, Lenin, además de analizar la formación socioeconómica de los países capitalistamente avanzados y las relaciones entre ellos, esboza las relaciones entre éstos y los países más atrasados, que representan las colonias y la periferia de la economía mundial. Además, Lenin vincula -otro aspecto de gran actualidad- el imperialismo con la guerra, que es una tendencia típica de los países imperialistas, especialmente de los que están en dificultades, como lo están hoy Estados Unidos, Francia y el Reino Unido.

Lenin, sobre todo, rompe con el eurocentrismo típico del marxismo de su época y entiende que en el periodo histórico que se abre serán fundamentales las luchas anticoloniales y antiimperialistas de las periferias. Se presta especial atención a Asia, China, India e Indochina, donde, como Lenin no deja de señalar, vive la mayoría de la población mundial. No es casualidad que la Tercera Internacional, la organización del comunismo mundial, que también se fundó con la decisiva contribución de Lenin, también se centrara desde el principio en el desarrollo de los movimientos revolucionarios en Asia Central y Oriental. Esto supone una auténtica ruptura con el marxismo de su época, que se centraba casi exclusivamente en los países capitalistas avanzados, es decir, Europa Occidental y EEUU. Es fácil observar, basándose en los últimos cien años de historia y especialmente en los últimos años, lo clarividente que era Lenin. Hoy, China, India y los Brics+ representan una realidad capaz de desafiar la hegemonía de los países del centro del capitalismo mundial, EEUU y Europa Occidental.

Lenin es también el creador de la teoría política marxista. La elaboración de una teoría de la acción política está estrechamente ligada a la crítica de Lenin al determinismo típico del marxismo de la época, según el cual el socialismo llegaría por sí mismo como resultado del desarrollo y la caída del capitalismo. Para Lenin, sin embargo, el capitalismo no cae por sí mismo y el socialismo sólo puede realizarse con la intervención activa de las masas y del partido revolucionario en el proceso histórico. Esta es la creación más importante y original de Lenin, ya que Marx y Engels, aunque habían establecido algunos principios básicos, no habían sido capaces de elaborar una teoría política de manera sistemática y orgánica.

La teoría política leninista puede dividirse en tres partes: la teoría del partido, la teoría del Estado y lo que podríamos llamar la teoría de la táctica política, es decir, la capacidad de actuar, aquí y ahora, de una manera coherentemente subordinada a la estrategia, que, recordemos, consiste en la realización del socialismo. Esta creación, como la de la categoría de imperialismo, también deriva de las tareas políticas concretas a las que se enfrenta Lenin. La profundización teórica en Lenin siempre va de la mano de las necesidades prácticas de la lucha política. En los primeros años del siglo XX, de hecho, el principal objetivo para Lenin era crear el principal instrumento de la revolución, a saber, el partido político de la clase obrera, que permitiera superar la fase de disgregación de los revolucionarios rusos en pequeños círculos para formar una única organización centralizada que operara a escala nacional.

El texto de referencia fundamental sobre el partido es Qué hacer? (1902), seguido de Un paso adelante y dos atrás (1903). ¿Qué hacer? comenzó como una crítica al oportunismo y al espontaneísmo, dos categorías fundamentales en la elaboración política de Lenin. El oportunismo, identificado con las corrientes entonces mayoritarias en el movimiento obrero, representa esencialmente la subalternidad de la estrategia a la táctica, es decir, la transformación de la socialdemocracia de un partido de la revolución social en un partido de la reforma social, que se combina con una crítica de todas las ideas fundamentales del marxismo. No es casualidad que el alemán Eduard Bernstein, teórico de la necesidad de revisar el marxismo (de ahí el término revisionismo dado a su corriente) y objeto de la polémica de Lenin, dijera que «el movimiento lo es todo, el fin no es nada». El espontaneísmo o economicismo es, por otra parte, la subalternidad a la lucha obrera espontánea, es decir, la lucha sindicalista o gremialista.

Al oportunismo y al espontaneísmo se opone la formación de la conciencia de clase, una categoría que es una de las piedras angulares del pensamiento de Lenin. La conciencia de clase, según Lenin, no la produce espontáneamente la clase obrera, que sólo puede llegar a la lucha económica con los capitalistas. La conciencia de clase, dice Lenin, viene del «exterior». Por «exterior» se entiende la esfera fuera de las relaciones meramente económicas entre asalariados y capitalistas. Así, de hecho, Lenin escribe: «El campo del que sólo es posible extraer esta conciencia es el campo de las relaciones de todas las clases y todos los estratos de la población con el Estado y el gobierno, el campo de las relaciones mutuas de todas las clases.»[2] Por lo que dice Lenin, la esfera dominante es la de la política, que no debe confundirse, sin embargo, con la politiquería oportunista, desvinculada de las luchas de masas. Así, el partido de la clase obrera debe entenderse como representante de la clase obrera no sólo ante un grupo de empresarios, sino ante todas las clases de la sociedad y, sobre todo, ante el Estado como concentración del poder del capital en la sociedad.

Es en este punto cuando entra en juego la teoría del Estado, central en la reflexión leninista y elaborada inmediatamente antes de la Revolución de Octubre en El Estado y la revolución (1917), es decir, cuando la tarea inmediata del partido revolucionario es precisamente la toma del poder mediante la conquista del Estado. El Estado es el producto de la división de la sociedad en clases sociales opuestas. Consiste en el monopolio de la fuerza (y, por tanto, en un aparato militar y policial) y es siempre, para Lenin, la organización de la clase económicamente dominante para la represión y el control de las clases subordinadas. La forma en que se presenta el Estado está siempre relacionada con su contenido de clase y las condiciones de la lucha de clases. La clase obrera, por lo tanto, en la revolución no puede limitarse a conquistar el Estado burgués, sino que debe romperlo y reconstruirlo sobre otras bases. La propia democracia -señala Lenin en La revolución proletaria y el renegado Kautsky (1918)- no debe entenderse en abstracto, sino siempre referida a la clase de cuyo poder es expresión. Por esta razón, hay que distinguir entre democracia burguesa y proletaria. En la sociedad de transición al comunismo, al socialismo, la clase obrera sigue necesitando la existencia del Estado, que, sin embargo, debe tener un carácter y una forma diferentes de los preexistentes.

Un aspecto controvertido del pensamiento político de Lenin es la llamada teoría de la extinción del Estado, que Lenin tomó de Marx y Engels. El Estado, al ser un producto de la sociedad dividida en clases, ya no existiría en el comunismo, es decir, en la sociedad sin clases. Del mismo modo, en el comunismo ya no habría contrastes ni contradicciones entre Estados y, por tanto, tampoco guerras y el aparato militar que éstas conllevan. Algunos, incluso en círculos marxistas, han criticado esta afirmación, argumentando que es utópica y anarquista por naturaleza. En realidad, lo que se está extinguiendo, según Lenin, no es el aparato de administración tout court, sino sólo la parte del Estado destinada a la represión de las clases subalternas y a la conducción de guerras con otros Estados. El Estado ha crecido desproporcionadamente a lo largo de la historia, y hoy se caracteriza por un enorme aparato burocrático y unas fuerzas armadas permanentes y muy costosas, que aumentan la separación entre las instituciones y las clases subalternas. Es este aparato hipertrófico y su separación y oposición a las masas asalariadas lo que desaparece con el comunismo, no la existencia de una amplia y extensa organización social para la administración de la economía y la sociedad. Esto significa que ya en el socialismo, las instituciones estatales deben estar progresivamente cada vez menos separadas de las clases subalternas. Por ejemplo, la fuerza armada, que en el capitalismo es ejercida por un pequeño número de profesionales (esto es especialmente cierto hoy en día en los países occidentales con la suspensión del servicio militar obligatorio), en el socialismo debe ser ejercida por el pueblo en armas, por las milicias obreras.

La tercera parte de la elaborada teoría política de Lenin se refiere a la capacidad de articulación táctica de la acción de los revolucionarios, que es más explícita en otra de las obras de Lenin, La enfermedad infantil del comunismo (1920). En esta obra Lenin sostiene que la acción de los revolucionarios es un arte, y no debe ser rígida, dogmática, sino flexible y capaz de explotar las contradicciones en el campo contrario. Lenin critica a los revolucionarios de los países avanzados de Occidente, que se niegan a participar en las elecciones políticas y en los sindicatos obreros, y esboza varios principios tácticos a los que hay que atenerse, como la necesidad de hacer concesiones, de ser capaz de retroceder en determinadas condiciones, de ganarse aliados fuertes aunque sean momentáneos y, sobre todo, de tener en cuenta las especificidades nacionales en las que se actúa. El propio Gramsci, en la elaboración de una teoría revolucionaria para los países avanzados de Occidente, se inspiró en las sugerencias del difunto Lenin, quien, entre otras cosas, también habló de la necesidad de pasar de una táctica de «movimiento», basada en la insurrección inmediata (como ocurrió en Rusia), a una táctica de «posición», constituida por el arraigo en el tejido social de los distintos países y la conquista progresiva de «casamatas», es decir, piezas e instituciones de la sociedad civil. Para Lenin, como informa Gramsci en los Cuadernos de la cárcel, los revolucionarios de los países de Europa occidental deben traducir las enseñanzas de la Revolución de Octubre del ruso a sus propias lenguas, es decir, a la concreción de las relaciones de clase existentes en sus países[3].

El sentido más íntimo de la elaboración teórica leninista de la táctica política se resume en estas líneas: “Nuestra teoría no es un dogma, sino una guía para la acción, decían Marx y Engels, y el mayor error de los ‘patentati marxistas’ (…) es el de no haber comprendido, de no haber sabido aplicarla en los momentos más importantes de la revolución del proletariado”. “La actividad política no es el pavimento de la Neva Prospekt” (el limpio, ancho y llano pavimento de la absolutamente recta calle principal de Petersburgo), ya lo había dicho N. G. Cernyshevski, el gran socialista ruso del período premarxista.»[4] El camino revolucionario no es recto, sino que continúa a través de saltos hacia delante, momentos de aparente inmovilidad y abruptos retrocesos.

Así pues, como hemos intentado destacar brevemente, la relevancia de Lenin permanece intacta incluso a principios del siglo XXI y se realiza precisamente en su enfoque, a la vez antidogmático y fiel a los principios básicos del marxismo. Concluimos, a este respecto, con una cita, de nuevo de Lukács, sobre la personalidad de Lenin: «Uno de los rasgos más fructíferos y característicos de Lenin es que nunca dejó de aprender teóricamente de la realidad y, al mismo tiempo, siempre estuvo dispuesto a actuar. De ahí una cualidad singular, aparentemente paradójica, de su actitud teórica: nunca sentía que había terminado de aprender de la realidad, pero al mismo tiempo los conocimientos así adquiridos estaban en él siempre tan ordenados y orientados que le permitían actuar en cualquier momento.»[5]

Fuente: Laboratorio

Notas
[1] György Lukács, Lenin, teoría y praxis en la personalidad de un revolucionario, Einaudi, Turín 1976, p. 16.
[2] Lenin, ¿Qué hacer? en Lenin /Trockij/ Luxemburg, ‘Revolución y controversia partidista’, Newton Compton editores, Roma 1976, p.113.
[3] Gramsci, Cuaderno 13. Noterelle sulla politica di Machiavelli, Einaudi editore, Turín 1981, p.178.
[4] Lenin, L’estremismo malattia infantile del comunismo, Editori riuniti, Roma 1974, pp. 106-107.
[5] György Lukács, op. cit., p. 126.
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