«¿Cómo sería asfixiarse uno mismo?», anotó Franz Kafka en su diario, ya gravemente enfermo de tuberculosis

por Robert Misik

El 3 de junio hará cien años que murió Franz Kafka. Sólo tenía cuarenta años, pero creó una obra del siglo que plasma en imágenes opresivas la necesidad existencial del individuo moderno.

Los tranvías chirrían en la Plaza de la República de Praga. Con unos pocos saltos superas los charcos en los que baila la lluvia y, con el cuello subido, llegas a Na Poříčí, donde hoy se encuentra el Hotel Century Old Town. En el edificio de estilo guillermino aún se percibe el aura ligeramente intimidatoria de los antiguos edificios oficiales. Hace cien años tenía aquí su sede el Instituto del Seguro de Accidentes de los Trabajadores del Reino de Bohemia, una autoridad semipública.

Franz Kafka ocupaba aquí su despacho como oficial de seguros, como se llamaba entonces. Todavía hoy, el edificio conserva sus escaleras centrales y periféricas; el recorrido de los pasillos bordea cada planta como un edificio de oficinas; corredores inesperados entre los pisos; conexiones laberínticas. El conocimiento que Kafka tenía de las estructuras burocráticas está incorporado en su obra de manera nada despreciable.

No está lejos del casco antiguo de la ciudad y del antiguo barrio judío, cuyo carácter cambió radicalmente durante la infancia y juventud de Kafka. El padre de Kafka tenía aquí su próspera tienda de artículos y complementos de moda. También está a pocos pasos de la escuela a la que asistió Kafka. El Café Arco, donde se reunían los intelectuales de Praga -Max Brod, Franz Werfel, Kafka, incluso Albert Einstein durante sus años como profesor en la ciudad- está a tiro de piedra.

También es un pequeño paseo llegar al Café Louvre, en la actual Národní třída (Calle Nacional), donde los jóvenes estudiantes se reunían para las veladas filosóficas. Unos cientos de metros en una dirección, unos cientos de metros en otra, éste es el hábitat que Franz Kafka nunca abandonó por mucho tiempo, excepto por algunos viajes prolongados. De vez en cuando pensó en marcharse – «Praga, de la que debo irme, y Viena, a la que detesto y en la que sería infeliz» (9 de marzo de 1914) -, pero aparte de una larga estancia en Berlín poco antes de su muerte, permaneció en Praga el resto de su vida.

Maestro de las primeras frases

Pronto hará cien años que Franz Kafka murió de tuberculosis a la edad de 40 años. Fue una de las figuras más fascinantes y extrañas del modernismo literario y la literatura de Kafka fue una de las manifestaciones más destacadas de lo que se denomina obra de arte abierta. Sus textos no tienen fin; siempre permiten y reclaman nuevas interpretaciones.

No pocas veces se le ha calificado como uno de los primeros autores del absurdo. A veces también se le ha llamado vidente y especialista en el poder, en lo que las estructuras de poder hacen a las personas sometidas a éste, en cómo el poder se infiltra en las personas.

Kafka era un maestro de las primeras frases, baste pensar en el brillante comienzo de la novela «El Proceso»: «Alguien debió de calumniar a Josef K., porque sin que hubiera hecho nada malo, fue detenido una mañana». O también: «Cuando Gregor Samsa despertó una mañana de sueños turbulentos, se encontró transformado en su cama en una alimaña monstruosa», tal como inicia el relato de «La Metamorfosis». Son frases canónicas.

«La obra de Kafka (. . .) se ha convertido en víctima de una violación masiva por parte de no menos de tres ejércitos de interpretaciones», se lamentaba Susan Sontag en «Contra la interpretación». Los primeros intérpretes consideraron a Kafka un autor eminentemente judío, y sus temas un eco post talmúdico de reflexiones sobre la inescrutable justicia divina. Otros, en cambio, imaginaron en la demencia de las autoridades kafkianas una premonitoria exploración literaria sobre el totalitarismo. Por último, están los intérpretes psicoanalíticos, freudianos, que derivan todo esto de la represiva figura paterna. Y luego hay algunas interpretaciones más, interpretaciones más políticas, críticas con el capitalismo, por ejemplo, sobre la alienación de las personas, el sufrimiento de lo que más tarde se llamaría el mundo administrado.

Sin embargo, ninguna interpretación tampoco resulta una solución. Cualquiera que lea a Kafka reflexiona sobre lo que el autor podría querer decir de forma misteriosa, quizá incluso sin las intenciones conscientes del autor.

Inspiración desde la desesperación

Si uno va desde el barrio de Kafka por el Puente de Carlos hasta la otra orilla del Moldava -a la «Malá Strana», la «parte pequeña»-, donde las inclinadas callejuelas del casco antiguo serpentean colina arriba al Hradčany y hasta el castillo, podrá sumergirse en el mundo de la vida y los pensamientos de Kafka en el famoso y pequeño Museo Franz Kafka.

Franz Kafka nació en 1883 en el seno de una familia judía de comerciantes la cual se había trasladado a la ciudad desde provincias. Su padre, Hermann Kafka, era la figura predominante de la familia. El padre y la madre, Julie, estaban desde temprano por la mañana hasta muy tarde en el negocio, por lo que el niño generalmente sólo los veía para un almuerzo rápido. Dos hermanos menores murieron de enfermedad con pocos meses de vida. En cierto modo, fue un superviviente puesto que sus hermanos aún llevaban pañales cuando murieron. Tres hermanas menores llegaron más tarde.

La familia no era especialmente religiosa, pero la cultura y el estilo de vida judíos estaban habitualmente presentes. El crecimiento de Kafka en la zona que unos años antes aún había sido un gueto judío, con sinagogas en cada esquina, coincidió precisamente con la época de la secularización y la asimilación graduales. En 1921, Kafka escribirá a su amigo Max Brod sobre los escritores judíos – quienes escribían por lo general en alemán – en esa época de la Praga multiétnica, judeo-checa-alemana: «Con las patitas traseras seguían aferrados al judaísmo del padre, con las delanteras no encontraban terreno nuevo. Su desesperación por ello era su inspiración».

¿Debe leerse esto como una autodeclaración? Tal vez. Sin embargo, apenas has pillado a Kafka, se le escabulle a uno de nuevo.

Es indiscutible: Kafka se presta a interpretaciones psicológicas y patrones sencillos. Está el enfrentamiento con su padre, al que describió como un tirano insensible en la famosa «Carta al Padre» (1919) y en sus diarios («Verdaderamente me he escrito a mí mismo el odio contra el padre», escribió el 31 de octubre de 1911). También se ve la autopercepción de Kafka como existencialmente solitario: «Vivo en mi familia, entre las mejores y más cariñosas personas, más extraño que un extraño» (21 de agosto de 1913).

También está la vulnerabilidad del frágil y delgado Kafka, la autodescripción como «el ser infeliz que soy». Ahí también vemos el sufrimiento del joven abogado de éxito en el trabajo de oficina, primero en Assicurazioni Generali y más tarde en la compañía de seguros de accidentes laborales. «En la oficina, cumplo exteriormente con mis deberes, pero no con mis deberes interiores», anotaba en su diario el 28 de marzo de 1911. Sólo podía escribir por las tardes, por la noche, cuando estaba de vacaciones. «Mi puesto me resulta insoportable» (21 de agosto de 1913).

Por último, estaban los apuros de las relaciones de Kafka, sus compromisos matrimoniales que contrajo y anuló con Felice Bauer. En su diario anota una «recopilación de todo lo que habla a favor y en contra de mi matrimonio». Esto incluye: «Tengo que estar mucho tiempo solo. Lo que he conseguido es sólo un éxito de la soledad. (. . .) Solo, tal vez podría dejar realmente mi puesto algún día. Casado, nunca será posible» (21 de julio de 1913). Registra su hostilidad hacia su cuerpo cuando escribe: «la destrucción sistemática de mí mismo a lo largo de los años es asombrosa» (17 de octubre de 1921). Y después aparece finalmente el brote de la enfermedad a partir de 1917.

Nada en Kafka era kafkiano

Pero se trata de esbozos de una imagen de sí mismo que no siempre tienen mucho que ver con la realidad. Autoficción, literalmente. Su padre no era tan tirano. Kafka, quien se describe a sí mismo como inadecuado para el trabajo de oficina, era un empleado de éxito, amaba a las mujeres y era muy consciente de su poder de atracción, y no era en absoluto tan insociable como él podría desear aparentarnos por sus autocastigos escritos. Milena Jesenská, una de las últimas confidentes de Kafka, en su necrológica, lo definió como «un ermitaño, un sabio asustado por la vida».

Es significativo que sólo dos escritores hayan conseguido un adjetivo de uso común, George Orwell y Franz Kafka. «Orwelliano» -en inglés continúa siendo corriente «orwellian»- es un mundo de vigilancia, control y propaganda omnipresente que transforma la mentira en verdad. «Kafkiano» es una situación absurda y desconcertante, pero también ilógica y amenazadora.

Los mundos orwellianos son siempre kafkianos, los mundos kafkianos suelen ser también orwellianos.

Es el caso de «El proceso», en el que Josef K. es sometido a una investigación judicial y nunca llega a saber de qué se le acusa realmente, pero en el que, sin embargo, se establece su culpabilidad. O en «El Castillo», la novela en la que toda la existencia y la identidad del topógrafo se basan en un error. En cierto sentido, también se aplica a «América » (hoy más conocida como «El Desaparecido»), la novela más brillante de Kafka, en la que el emigrante, todavía un niño marginado, se encuentra continuamente en situaciones en las que se limita a dejar pasivamente que las cosas le sucedan, ya que la defensa es inútil.

«Un libro debe ser el hacha para el mar helado que llevamos dentro», escribió el joven Kafka en una carta a un amigo en 1904.

La recepción actual de Kafka a menudo interpreta al escritor como profético, como alguien que previó la catástrofe que se avecinaba. Holocausto, campos de concentración, un Estado que aplasta al individuo. Se puede ver el estalinismo, las absurdas acusaciones de los juicios de Moscú, el miedo en las sociedades comunistas de posguerra a caer bajo las ruedas de la calumnia. El hecho de que Josef K. fuera detenido sin haber hecho nada malo se leyó en la Praga de los años 50 como una crítica a la época y al régimen.

Celebrado y luego olvidado

La historia de la recepción de Kafka es una aventura en sí misma. Publicó muy poco en vida y quiso que sus escritos fueran quemados, como había ordenado a su amigo Max Brod, quien, como Kafka sabía, no lo cumpliría. Walter Benjamin reconoció a Kafka en muchos de sus escritos, al igual que Adorno y Brecht. Ya en 1920, Tucholsky lo elogió en la Weltbühne como un segundo Kleist.

Kafka destacó en su época. Pero con la aniquilación de la población y la cultura judías por los nazis, Kafka también cayó en el olvido hasta que una época posterior lo redescubrió. Kafka fue: primero, una recomendación en voz baja, luego célebre, después olvidado, luego un icono pop, como Warhol o Marilyn.

Kafka tiene su propio tono que incluye la exactitud de su lenguaje, su precisión y su falta de florituras. Kafka escribía con un estilo sencillo, lapidario, sin juegos de artificios. Kafka era vanguardia sin vanguardismo pretencioso.

Incluso los pasajes más sombríos tienen algo de gracioso. La ironía y el humor negro sirven, pues, como las mejores armas. En ocasiones se le ha comparado con autores como Daniil Charms. También era un maestro de la comedia, el sociable Kafka divertía a amigos y parientes, y en las lecturas en público era un recitador que cautivaba. A veces sus propios textos le hacían reír, por ejemplo cuando leía en voz alta «La metamorfosis». «Kafka siempre estaba alegre», dijo su última compañera Dora Diamant. «Era un compañero de juegos nato, siempre dispuesto a gastar alguna que otra broma».

Milan Kundera escribió sobre su compatriota: «Hay tendencias en la historia moderna que producen lo kafkiano a gran escala social». Según Kundera, antes de Kafka, los novelistas a menudo habían «puesto al descubierto a las autoridades como en un campo de batalla», como un escenario para la vanidad, el arribismo y los intereses de grupo. «Con Kafka, la autoridad es un mecanismo que obedece a sus propias leyes, (…) y es por tanto inconcebible». La autoridad es en sí misma el sujeto.

Kafka también puede leerse con el trasfondo de las teorías del poder de Foucault, según las cuales el poder es algo que afecta de forma sistémica sin que necesariamente sean necesarias personas especialmente poderosas, como reyes, dictadores o gobernantes con especiales pasiones autocráticas. Las autoridades y la sociedad moderna convierten al individuo en la ficha de un archivo. Si está en el punto de mira de una agencia, el individuo empieza a escudriñar toda su vida en cuanto a los actos y acontecimientos más pequeños. «La máquina de la ‘autoinculpación’ está en marcha. El acusado busca su culpabilidad», escribe Kundera. Esto se aplica a la historia de las autoridades totalitarias, pero también encontramos este comportamiento de forma diferente en la era de la autooptimización. No sólo el almacenamiento de materiales y la logística, sino también la cría de animales al aire libre tiene sus reglas.

«El sistema autoritario», escribía recientemente Jens Jessen en Die Zeit, «ya sea de una autoridad, del Estado o simplemente del padre de familia, sólo se revela en toda su intoxicante totalidad cuando penetra en el alma del individuo y desencadena allí incluso el consentimiento: el consentimiento a la propia perdición».

Kafka aborda las ambigüedades de la burocracia por la noche, mientras que durante el día trabaja en la administración. El Instituto del Seguro de Accidentes de los Trabajadores no sólo era una institución sociopolítica para la protección de los riesgos, sino también quería minimizarlos para proteger a los trabajadores con el fin de evitar déficits.

Propietario temporal de fábrica

El propio Kafka lucha por mejorar las condiciones de trabajo. Es una especie de inspector de trabajo que viaja por su zona de responsabilidad y propone medidas de prevención de accidentes para evitar a la industria la pérdida de trabajadores. Hace carrera y es un gran activo para sus superiores. Su literatura está influida por el lenguaje administrativo, oficial. Se convierte en el redactor de discursos favorito de su jefe y escribe textos para los directores. En los congresos del sector de los seguros bien puede ocurrir que se pronuncien varias ponencias salidas de la pluma de Kafka.

Apenas hay un autor en la literatura moderna, incluida la de crítica social, que estuviera informado tan exactamente sobre los peligros de las máquinas de cortar madera, las condiciones en las canteras o los sucesos sangrientos en las cadenas de montaje como Kafka. También es extraño que, en su papel de abogado de seguros, intercediera a favor de los derechos de los trabajadores, mientras que en su trabajo temporal a tiempo parcial como codirector y copropietario de la fábrica de amianto de su cuñado, tuviera que limitar los costes de la seguridad para el funcionamiento. Supo cómo librarse rápidamente de esta tarea ingrata.

Los Escritos Oficiales (Amtliche Schriften) de Kafka han sido reconocidos desde hace tiempo como una parte importante de su obra, y en las cartas describía lo desagradable del mundo laboral con su sentido para lo cómico. «En mis cuatro administraciones de distrito la gente se cae de los andamios como borrachos, o dentro de las máquinas; todas las vigas se caen, todos los taludes se desprenden, (. . .) lo que uno pone arriba, se cae; si se pone abajo, te hace caer» (carta a Max Brod, 1909).

Pronto simpatizó, aunque no demasiado, con el socialismo, y detrás del movimiento obrero, cuyos logros alababa, ya veía los «nidos de la burocracia»; al fin y al cabo, él mismo se sentaba en uno. Kafka era un autor político sin estar especialmente ideologizado. Y al mismo tiempo, un autor que siguió teniendo un impacto político mucho después de muerto.

Uno de los episodios más espectaculares de la historia de la literatura es el impacto de Kafka en las sociedades comunistas de posguerra. Las descripciones de Kafka de los molinos de las burocracias del poder se leyeron allí como una crítica al régimen. Además, las historias mágico-absurdas de Kafka iban en contra del antivanguardismo pequeñoburgués del «realismo socialista».

En 1963, con motivo del 80 cumpleaños de Kafka, se celebró en el castillo barroco de Liblice la legendaria Conferencia Kafka, a la que asistieron pensadores marxistas de toda Europa. Entre los invitados se encontraban Eduard Goldstücker o, por ejemplo, el más tarde famoso Jiří Hájek (compañero de camino de Alexander Dubcek y comunista reformista), el brillante intelectual austriaco del Partido Comunista Ernst Fischer, más tarde uno de los fundadores del eurocomunismo. Anna Seghers también estuvo allí, al igual que Roger Garaudy de París.

La conferencia se convirtió en un proto-acontecimiento mítico, un destello del posterior deshielo de Checoslovaquia, un indicio de la Primavera de Praga. Kafka enseña, explicó Jiří Hájek, «a liberar a las personas del poder de aquellas fuerzas que las alienan de sí mismas (. . .) y las exponen al miedo existencial, la inseguridad y la ansiedad».

Con Kafka había que ir contra el poder; con Kafka se trataba del arte y su libertad. Contra el puño de acero del poder. Contra sus sutiles maquinaciones. Quizá Kafka sea en realidad uno de los autores que más han contribuido a la descomposición del poder.

Pero todas las interpretaciones se basan siempre en fundamentos poco sólidos. Kafka sentía el mundo y, al mismo tiempo, se distanciaba de él. Su diario del verano de 1914 es famoso: «2 de agosto. Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Escuela de natación por la tarde».

Una última odisea 

Kafka luchó durante toda su vida, ante todo consigo mismo. Cuando se sentaba en una habitación con amigos que expresaban sus opiniones con convicción, sobre el judaísmo, la nación, el socialismo o el sionismo, anotaba escuetamente: «Mi confusión» (25 de marzo de 1915). Luchaba con su padre, la familia, de la que nunca pudo librarse por mucho tiempo. «Yo, que era sobre todo dependiente, tengo un deseo infinito de autonomía, de independencia, de libertad en todas direcciones» (18 de octubre de 1916). Kafka «nunca abandona definitivamente la casa paterna, no se casa, no forma una familia, no acumula propiedades, no crea su propia existencia en el sentido burgués», escribe Peter-André Alt.

La imagen actual de Kafka se caracteriza, entre otras cosas, por el aura de las fotografías. Los ojos, esos ojos oscuros de Kafka, negros como el carbón, como los que tenían las hermanas. La mirada temerosa. La enigmática tristeza del rostro elegíaco y hermoso.

Tras un sangriento ataque de tuberculosis en 1917, se fue apagando poco a poco. La enfermedad se llamaba entonces tisis y en aquella época fue metafóricamente recargada como enfermedad de lo espiritual-intelectual, de las personas sensibles. La enfermedad, por absurdo que pueda sonar hoy, creó incluso un ideal de moda y belleza, se hablaba de «tisis- chic»; «tisis- chic» es todavía hoy una frase hecha conocida en inglés: pálido, cetrino, raquítico, delicado.

«¿Cómo sería si te asfixiaras a ti mismo?», anotó Kafka, ya gravemente enfermo, en su diario en 1922. Cuando su enfermedad empeoró y su laringe empezó a deshacerse, sus últimas semanas, en la primavera de 1924, se convirtieron en una odisea por los sanatorios. Su novia Dora Diamant estuvo siempre a su lado. La comunicación se realizaba a través de notas; Kafka se había convertido grotescamente en un mero escritor. Finalmente, fue trasladado desde Viena al sanatorio de Kierling, cerca de Klosterneuburg, entre Kahlenberg y el Danubio, no lejos de las puertas de la ciudad.

Murió a mediodía del 3 de junio de 1924.

(Fuente: NZZ)

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