La tierra , ¿3º más caliente que en 1850? ¿En 2080? ¿2120?

por Robert Lochhead

En 2015, durante la Conferencia COP 21 (Conference of Parties) sobre el clima, reunida en París, todos los gobiernos representados se comprometieron a actuar para impedir que en el año 2100 la temperatura media en la superficie del planeta terrestre no ascienda más allá de los 2 °C por encima de la que existía antes de la revolución industrial de los siglos XVIII y XIX. Una fecha de referencia se fijó en 1850, es decir, el año en que las agencias meteorológicas comenzaron a medir  las temperaturas de forma sistemática. Y, si fuera posible, solo por encima de 1,5 °C. En la conclusión de la COP26 que se clausuró el pasado 13 de noviembre en Glasgow, este objetivo de +1,5 °C ha sido confirmado mediante consenso de las alrededor de 200 partes presentes.

El IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático) calcula que un aumento de 1 °C ya se alcanzó en 2015 y que el incremento de 1,5 °C se alcanzará en 2030 si la progresión constatada hasta hoy se prolonga, pues continúa el business as usual.

Se trata de la temperatura media en la superficie de la Tierra, pero las temperaturas locales a nivel del mar varían mucho en función de la latitud, el continente, las fachadas occidentales y orientales, la altitud, la región específica, etc. Los modelos de evolución del sistema Tierra que se emplean en climatología mostraron muy pronto, al término de la COP21 en 2015, que si se agregaban las medidas reales prometidas concretamente por los gobiernos, las NDC (Contribuciones  Nacionalmente Determinadas), el resultado no sería una aumento de 1,5 °C en 2100, sino un margen de incremento de la temperatura de entre 2,7 °C y 3,5 °C en el año 2100, el fin del siglo. ¿Qué será de nuestro planeta Tierra si esta temperatura media a nivel del mar fuera 3 °C más alta que la temperatura media del año 1850?

Glaciaciones y pequeña edad de hielo

La última glaciación acabó hace 14.000 años. Con ello se produjo un aumento de la temperatura media en la superficie terrestre de 3 a 4 °C, alcanzando así la temperatura media de la era preindustrial, digamos que la de 1850. Entre hace 10.000 años y hace 5.000 años, es decir, entre 8000 y 5000 a.C., hubo un intervalo cálido con un aumento de la temperatura media de 0,5 °C. Alrededor de 7000 a.C. comenzó la agricultura en el Creciente Fértil; la pirámide del faraón Keops, la más antigua de las tres pirámides de Giza, cerca de El Cairo, data de 2560 a.C.

En la Antigüedad y la Edad Media hubo otro intervalo cálido, del año 400 a.C. hasta comienzos del siglo XIV, aproximadamente. De 1310 a la década de 1860, más o menos, hubo la pequeña edad de hielo: las terribles hambrunas de los años 1315 a 1317 en Europa inauguraron la gran crisis económica medieval, que durará hasta el retorno de la prosperidad en el siglo XV. En Islandia, colonizada por los vikingos alrededor de 870, la agricultura dejó de ser posible. La colonia de Groenlandia dejó de dar señales de vida. Todos los glaciares avanzaron varios kilómetros. En los Alpes invadieron varias aldeas. En algunos inviernos, el Támesis en Londres y el Sena en París se helaban. La ciencia climatológica de hoy calcula que la temperatura media en la superficie de la Tierra no descendió entonces más de 1 °C.

La remisión de la posguerra

Entre 1940 y 1975 se produjo un fenómeno notable: a pesar del fuerte aumento de las emisiones de CO2 a causa de la combustión masiva de leña, carbón, petróleo y gas natural durante el boom económico tan intenso de los años 1950-1960-1970, las famosas Treinta Gloriosas, la temperatura media en la superficie terrestre no aumentó tanto como antes: no volvió a ascender con fuerza hasta 1975. ¿Qué había sucedido?

El carbón y el petróleo contenían mucho azufre. Su combustión liberaba a la atmósfera dióxido de azufre (SO2) y ácido sulfúrico (H2SO4), que provocaban graves daños a los árboles y los bosques y sobre todo patologías respiratorias que afectaban a millones de personas y causaron la muerte de cientos de miles de ellas. Por otro lado, estos componentes azufrados formaban gotículas en la atmósfera que tamizaban la luz solar, enfriando el clima. A partir de la década de 1970 se utilizaron carbones y petróleos de bajo contenido de azufre y gasóleos, querosenos y bencinas desulfuradas en las refinerías. La incidencia de la luz solar mejoró y la temperatura empezó a subir cada vez más, en proporción a las emisiones de CO2 por la quema de los combustibles fósiles: carbón, petróleo y gas natural.

Vuelta al plioceno

Para encontrar en el pasado una temperatura media de la superficie terrestre como la de hoy, hemos de retroceder a antes de la última glaciación, o sea, unos 120.000 años. Pero para una Tierra más cálida, con +3 °C, habría que remontarse a antes de las seis glaciaciones de la edad glacial, unos 3 millones de años, al llamado periodo del Plioceno, que se extendió de ‒5,3 millones de años a ‒2,5 millones de años (MA).

Vista desde el espacio exterior, en esa Tierra de hace 3 MA, los continentes tenían globalmente el mismo aspecto que hoy. Sin embargo, el puente de Centroamérica, entre Norteamérica y Sudamérica, no se formará hasta ‒2,7 MA; el estrecho de Gibraltar estaba cerrado y el  Mediterráneo sin agua era una vasta cuenca de sal. En África, nuestro género Homo todavía no había aparecido y nuestros ancestros estaban representados por diversas especies de Australopítecus. Estos, vistos desde algunas decenas de metros de distancia, nos habrían parecido chimpancés caminando erguidos entre la selva virgen y la sabana.

En la gran isla de Ellesmere, en el norte de Canadá, justo al lado de la costa septentrional de Groenlandia, se han hallado entre los peñascos, que en verano dejan de estar cubiertos de nieve, fósiles que datan del Plioceno, estanques de castores, bosques de alerces, piceas, pinos, alisos y abedules, huesos de conejos, osos, ciervos y caballos. Es decir, un ecosistema que se encuentra hoy 2.500 kilómetros más al sur, en los bosques al norte de Canadá, cerca de la ciudad de Irkutsk en Siberia, en San Petersburgo, Estocolmo y en el norte de Escocia. Esto significa que este ecosistema templado se situará 2.500 km más al norte si la temperatura media de la superficie terrestre acaba aumentando 3 °C hacia los años 2080-2100-2120.

La tundra del norte de Siberia habrá desaparecido y el bosque siberiano habrá ascendido hasta llegar al litoral del océano Ártico. Las ciudades de Arjanguelsk, Vorkutá, Norilsk y Yakutsk, que hoy se hallan en el límite entre la taiga y la tundra, entre el bosque de coníferas y abedules y los pastos árticos, se encontrarán rodeadas de un bosque de piceas, con una temperatura estival de  14 °C en promedio, como Escocia actualmente. El océano Ártico en el norte de Siberia será navegable todo el año. Vorkutá y Norilsk se convertirán en importantes etapas del tráfico marítimo entre China y Europa por la ruta septentrional. Lo mismo sucederá con los puertos de la costa norte de Alaska, Barrow y Prudhoe Bay, para el tráfico marítimo entre la costa pacífica de Norteamérica y su costa atlántica.

El cultivo de cereales habrá ascendido de 2.000 a 2.500 km hasta Canadá, Suecia, Siberia, Manchuria y la isla japonesa de Hokkaido. Tal vez sea un buen negocio para Rusia y Canadá. En el hemisferio sur, el cultivo de cereales habrá descendido otro tanto, hasta la Patagonia y la Tierra de Fuego en Sudamérica y la isla del Sur de Nueva Zelanda en Oceanía. En cambio, el Sáhara invadirá la península ibérica hasta el sur de Madrid, deglutiendo las tierras cultivables del Magreb. Los Alpes, que habrán perdido el 89 % de sus glaciares y neveros, tendrán el aspecto que tiene hoy la cadena montañosa del Atlas, en Marruecos. Alrededor de mil millones de habitantes de las regiones tropicales y ecuatoriales, las más pobres de nuestro planeta, sufrirán temporadas cálidas con más de 41 °C al sol durante 145 días al año, haciendo que trabajar en el exterior resulte peligroso, y 200 noches al año demasiado cálidas para refrigerarse del calor diurno y para dormir.

En el Plioceno, el nivel de los océanos era unos tres a diez metros más elevado, ya que una parte de los hielos ártico y antártico de hoy no existían y había bosques boreales en una parte del continente antártico, allí adonde van ahora los barcos repletos de turistas que zarpan de Ushuaia en Argentina y Punta Arenas en Chile. Si la temperatura continúa ascendiendo estos próximos años, el casquete de hielo del oeste de la Antártida se fracturará progresivamente cada verano y los ríos de agua de fusión surcarán su superficie, pasando por debajo entre el hielo y la roca, excavando túneles en su espesor, para desembocar en el océano, que de este modo aumentará poco a poco de nivel. La mayoría de ciudades portuarias del mundo quedarán sumergidas o inundadas periódicamente a causa de catastróficas mareas altas: Nueva York, Londres, Rotterdam, Shanghái… En cambio, por suerte, el casquete de hielo del este de la Antártida, más grande y espeso, parece más resistente.

Tres ejemplos de retroacciones positivas

  1. La blancura del hielo y la nieve refleja la luz del sol, con lo que se enfría la atmósfera terrestre. Por otro lado, cada kilómetro cuadrado blanco sustituido por el gris-negro de la roca o el verde oscuro del bosque absorbe la luz del sol y calienta el planeta. Es un círculo vicioso: más calor => menos nieve y hielo => más calor, y así sucesivamente. Es el riesgo de caer en una espiral que conduce a más recalentamiento, la llamada retroacción positiva. O dicho de otro modo, el peor engendro más que peor.
  2. El casquete glaciar de Groenlandia, que hoy tiene un espesor de 3 km en el centro, ya ha comenzado a retraerse un poco cada verano en sus márgenes. Los veranos más cálidos de la historia de la humanidad han tenido lugar todos entre 2010 y 2021. Cada verano, la superficie del casquete de hielo de Groenlandia se cubre de numerosos lagos de agua fundida y aparecen torrentes que fluyen hacia el océano, encima, debajo y a través de túneles que el agua perfora en el hielo. En las costas de Groenlandia, liberadas por la retirada del glaciar, han brotado ‒¡quién lo diría!‒ pequeños bosques, y el verano pasado, el de 2021, hubo incendios en esos bosques debido a la intensa sequía: en Groenlandia no suele llover ni nevar.

Parece que, en el Plioceno, Groenlandia estaba libre de hielo, salvo el resto de un glaciar en su vertiente oriental. Unos sondeos en el hielo han sacado a la luz, en la roca subyacente, fósiles que revelan la existencia de una tundra, o sea, una pradera ártica en el suelo helado en profundidad, el permafrost. Igual que 2.500 km más al sur, en el norte de Canadá. Si se funde y se desagrega el hielo de Groenlandia en los próximos años, este fenómeno, sumado al deshielo de la parte occidental de la Antártida, hará que ascienda el nivel de los océanos de 3 a 12 metros, según las estimaciones.

Dado que el agua de fusión de los hielos es agua dulce, reducirá la salinidad del norte del Atlántico. El agua dulce es más ligera que el agua salada del mar, por lo que el agua con menos contenido de sal frenará el hundimiento de la corriente marina en el norte del Atlántico. Precisamente, esta inmersión en la profundidad del océano es el motor de la corriente del golfo, esa corriente cálida que fluye del golfo de México hacia las islas británicas y atempera el clima de Europa occidental en latitudes en las que, en Norteamérica, hace mucho más frío. Gracias a la corriente del golfo, hace más calor en París que en Québec, dos ciudades que se hallan en la misma latitud. De este modo, la fusión del hielo de Groenlandia puede inducir, paradójicamente, un enfriamiento dramático del oeste de Francia, las islas británicas, los Países Bajos y la fachada occidental de Dinamarca.

  1. La tundra de Siberia, Canadá y Alaska tiene ese suelo congelado hasta varios metros de profundidad que se llama permafrost y que contiene grandes cantidades de vegetales y animales no del todo descompuestos, aislados de la atmósfera desde hace unos 650.000 años. Allí es donde la gente que habita Siberia ha ido desenterrando desde hace siglos cadáveres de mamuts, y sobre todo sus colmillos, que han alimentado el comercio de marfil de China hasta nuestros días.

Este permafrost ha comenzado a descongelarse, y si se funde, formando un lodo líquido sobre vastas extensiones, toda esa materia orgánica entrará en contacto con al aire, se oxidará y acabará pudriéndose. Esta descomposición, además de consumir grandes cantidades de oxígeno del aire, desprenderá cantidades astronómicas de CO2 y de metano, el gas natural, que también es un potente gas de efecto invernadero, pese a persistir en la atmósfera durante mucho menos tiempo que el CO2. En este caso también se aplica la fórmula más calor => más CO2 y metano liberados en la atmósfera => más efecto invernadero => más calor y aumento de la temperatura.

Fuentes:

Mark Lynas, Our Final Warning: Six Degrees of Climate Emergency, Fourth Estate, HarpersCollins, Londres, 2020, capítulo 3C, pp. 121-163.

Robert Lochhead, “Effet de serre: Pour quelques degrés de plus”, página 2, Mensuel du différend, n.º 8/9, número especial La Nature à bons comptes, enero-febrero de 1997, pp. 4 a 22.

(Tomado de Viento Sur)

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