La literatura de Vera Sutcliffe

por Juan García Brun

Conocí a Vera Sutcliffe (Bradford, 1968) —nacida Vera Joyce Cunningham Sutcliffe—en Escocia, en una jornada para becarios de la Universidad de Aberdeen que se realizó en la  playa de Camusdarach, en septiembre de 2003. Fue una de las primeras lluvias intensas de ese año y la actividad se vio reducida por ese motivo. No pude conversar con ella y fue recién el 2005 que llegó a mis manos un estudio sobre su obra —editado por Cannongate Books— en el que se pasa revista a su poesía a la que se calificaba como feroz, primaria y épica. Prologada por Irvin Welsh, la obra de Sutcliffe es puesta en la línea de Alexander Trocchi y Edwin Morgan, el canon escocés contemporáneo. No hay mayores referencias críticas en el Reino Unido, ni en ningún lado, aún cuando su trabajo en Aromos y Hay una familia en el tercer piso son cuerpos poéticos autónomos dentro de la literatura escocesa contemporánea.

Sutcliffe ha recuperado el accionar literario militante y es algo que no sólo se percibe en su activismo por la causa nacional escocesa —tengo en mi archivo una foto de ella con Sean Connery— sino que también con la de los DDHH. Su presencia en el Piquete de Londres, que agrupaba a los chilenos que apoyaban el ajusticiamento de Pinochet a manos de los tribunales ingleses y españoles en 1998-2000, fue muy significativa.  Tanto que el acento de Vera Sutcliffe al hablar en castellano es inconfundiblemente chileno. Rosario Pellegrini, del referido Piquete, destacó el compromiso socialista de la escritora escocesa quién veía el encarcelamiento del dictador como una conquista de la clase trabajadora mundial.

No tengo capacidad para hacer un crítica académica del trabajo de Sutcliffe, que se me permita publicar mis apreciaciones sobre literatura, música o cine, tiene que ver más con la generosidad del equipo editorial de esta revista que con mi idoneidad para tales tareas. Me detengo en su obra —para decirlo con claridad— exclusivamente por el impacto que produjo en mi propio trabajo, sin que me anime ni el más mínimo intento de reivindicación de género o visibilización de la obra de Vera, porque ella no necesita ningún tipo de condescendencia y su producción literaria descomunal —si no lo ha hecho ya— se abrirá paso por sus propios medios. De esto último estoy completamente seguro.

Firthview Road, es el primero de los cuentos de una pequeña selección de narraciones editadas el 2002 de forma independiente bajo el sello Trafalgar Nigthmare. En ella la autora rememora los días en que vivió junto a su madre en la pequeña localidad de Inverness en el norte de Escocia. Vivían, en Firthview Road, casa por medio en una moderna urbanización de casas con antejardín. Describe el barrio como gris perla y de un riguroso aire anglicano. Su vivienda, en el 45 de esa calle, era un espacio vivo, una casa en la que su presencia condicionaba no sólo el mobiliario sino que su propia estructura. En días felices la casa de Vera era un gran espacio abierto, un interminable loft, luminoso y ultra moderno. Por el contario, sus etapas de sufrimiento y vergüenza (que no son pocos) condicionaban su vivienda haciéndola ver como un tortuoso sistema intestino de pasadizos, subterráneos subsecuentes y claraboyas. El lugar vivo era capaz de interpretar a quiénes eventualmente le acompañaban y al mismo tiempo de hipnotizarlos de forma de que nadie pudiese reparar en el comportamiento del inmueble. La historia termina  cuando Vera regresa a su hogar luego de una larga temporada en América y se da cuenta que alguien estuvo en su casa, un intruso que quedó atrapado en los muebles y paredes de la estructura sin que sea posible hacerlo volver a esta dimensión.

La otra historia —si se quiere más personal— narra el descubrimiento que hizo respecto de las circunstancias que hicieron que su abuela Joyce Cunningham, muriera pasados los 80 años en un hospital psiquiátrico en el norte de Londres. La historia familiar era que tal internación se había debido a una temprana esquizofrenia. La revisión de la documentación le permitió constatar que su abuela fue internada en el psquiátrico por su conducta adúltera que en la Inglaterra victoriana aún, era un inequívoco rasgo de locura. La corrección de procedimiento que llevó a su abuela a ese lugar consume parte importante de su reflexión sobre este hecho.

Recomiendo la lectura de Vera Sutcliffe, de sus cuentos y aún más de sus poemas que intentaré traducir en la medida que ello se me vaya imponiendo como un imperativo. Hay mucho de su trabajo en el teatro y el cine. Su aporte en el guión de Trainspotting (Danny Boyle, 1996) le abrió espacio en la contracultura inglesa con la que no tiene mucho que ver.

Adjunto esta nota a la única fotografía a solas que tengo de Vera, en su primer viaje a Londres en 1983. En otra oportunidad  trataré referirme a la trágica relación que tuvo con su padre, el legendario y abominable Peter Sutcliffe.

Ir al contenido