La huelga de tranvías de 1951 en Barcelona

por Pablo Sánchez

Hace setenta años, Barcelona vivía un momento que marcó un antes y un después de la lucha antifranquista. Miles de barceloneses boicotearon los tranvías, les rompieron los cristales y los tumbaron, dejándonos imágenes que bien podrían parecerse a las que hemos visto recientemente en las calles de Barcelona en solidaridad con el encarcelamiento de Pablo Hasél. 

En ese momento, Fomento del Trabajo, la patronal catalana, que se llamaba Fomento del Trabajo Nacional, era presidido por el alcalde de la ciudad, José María Albert y Despujol; las movilizaciones le costaron el cargo. Fue la primera gran movilización social contra el régimen después de la guerra civil en Cataluña y la primera movilización de masas en España.

Los hechos

La Huelga de tranvías fue el boicot que los ciudadanos de Barcelona hicieron contra la compañía de Tranvías de Barcelona, ​​a partir del primero de marzo de 1951 durante más de dos semanas.

1951, duodécimo aniversario de la derrota del régimen republicano, más de una década después del año I de la ‘victoria’, fue un año de sequía. La falta de agua en los pantanos del Pallars agravaba las penurias a la ya castigada ciudadanía barcelonesa. El contexto internacional era todavía bastante desfavorable al franquismo, condenado al aislamiento internacional, si bien la guerra de Corea, iniciada hacía poco, permitía un cierto acercamiento a los Estados Unidos, aunque no tanto como permitir al señor Marshall hacer acto de presencia en la península de forma decisiva. Habría que esperar todavía unos pocos años. En ese sentido, la subida de la tarifa del tranvía era hacer apretarse el cinturón un poco más a la población de la ciudad.

El tranvía en Barcelona tenía el valor que tiene el metro hoy. Era el método de transporte más utilizado por la ciudadanía, en particular por la clase trabajadora, para ir cada día a su puesto de trabajo. El metro sólo cubría una pequeña parte de la ciudad, pero Barcelona tenía 1.300.000 habitantes y, un domingo cualquiera, la compañía de tranvías podía vender medio millón de billetes.

Hay que decir que Barcelona había tenido una relación de amor y odio con sus tranvías o, mejor dicho, las clases populares odiaban a los propietarios de la compañía, que se empeñaban en despreciar a los ciudadanos y, muy particularmente, a los barrios obreros de la ciudad. Hay que decir que en 1950 el servicio era errático y peligroso ¡Sólo Aquel año, hubo 21 muertos y 491 heridos debido al tranvía!

Es importante recordar que el mismo aumento del precio del billete se propuso en Madrid. Pero tanto el falangismo más cercano a los principios originales del ‘movimiento nacional’ (los principios de José Antonio Primo de Rivera y su obrerismo primitivo) como un sector del régimen lograron, prudentemente, posponer sine die, para ahorrar una carga suplementaria a una población ya bastante castigada por la corrupción generalizada y las ‘cartillas de racionamiento’.

La falta de raíces sociales de los ganadores de la guerra civil quedó patente con los acontecimientos posteriores. Cuando La Vanguardia Española (nombre del periódico de la familia Godó en la época) anunció la congelación del aumento en Madrid, el agravio comparativo que se establecía fue enorme. El precio pasó de 40 a 70 céntimos, en una época sin abonos, ni t-casual (nombre que se le da hoy en día al abono de 10 viajes): un aumento del 75% de un día al siguiente. Como si, de golpe, la t-casual pasara a costar hoy de 11,35 a 20 euros, en una situación de carestía generalizada, y tratándose como se trataba del único medio de transporte útil para ir a trabajar.

A principios de febrero, cuando la noticia de la suspensión del aumento en Madrid se confirmó, empezaron a correr octavillas, muchas hechas a mano, que llevaban mensajes como ‘Sigue con tu digna actitud, no cojas el tranvía, ¡no permitir que ningún esquirol ‘deshaga nuestra unión!’

Comenzaba de esta manera este boicot ciudadano que expresaba el gran malestar de la población por las durísimas condiciones de vida de desde el fin de la guerra civil. La huelga fue la primera gran confrontación no armada.

El primero de marzo de 1951

El inicio de la huelga fue bastante espontáneo, aunque más tarde se apuntaron y le dieron apoyo tanto militantes de la CNT, del Front Nacional de Catalunya, de la Federació Nacional d’Estudiants de Catalunya, del Moviment Socialista de Catalunya o del PSUC, cuyo dirigente en el interior, Gregorio López Raimundo, terminó incluso detenido durante los acontecimientos. Es curioso cómo las organizaciones que provienen de la tradición política de muchos de estos grupos han dejado pasar este aniversario sin pena ni gloria. Hoy, ERC, PSC, En Comú Podem o los sindicatos podrían reivindicarse de aquellas luchas. Aún más, si se considera que la lucha del 51 enlaza directamente con la última gran lucha de los trabajadores del transporte público de Barcelona, TMB, en 2007, cuando el gobierno de la ciudad tenía en ‘socialistas’ y ‘iniciativos’ en la Casa Grande [el ayuntamiento de la ciudad], y los trabajadores de TMB, con el apoyo popular, se enfrentaron al consistorio y a la empresa.

Volviendo a 1951, la población se negó masivamente, durante dos semanas, a utilizar el transporte público. Todos anduvieron muchos kilómetros, todos los trayectos se hacían a pie ¡cada día! La gente no sólo hacía más que caminar; también participó en numerosas manifestaciones de protesta. Un importante catalizador del apoyo a la protesta fue la muerte de un niño de cinco años a causa de los disparos de la policía en los primeros días de la misma, Joan Moreno Ruiz, hijo de un trabajador de ‘la Pegaso’ (ENASA). Este hecho trágico decidió a la población a hacer retroceder al régimen.

La juventud universitaria jugó un papel muy importante y permitió hacer un puente entre la generación que había perdido la guerra y los nuevos círculos de oposición al franquismo. Repartir octavillas a mano, en este país y en aquella época, no era algo fácil y los estudiantes utilizaron su posición social para esparcir la consigna de boicot.

postguerra 3Facsímil de octavilla repartida por los estudiantes universitarios de Barcelona

El domingo 4 de marzo, en el campo de las Corts jugaba el Barça contra el Santander (hoy llamado Racing). Cuando terminó el partido, los tranvías que esperaban la gente quedaron totalmente vacíos: a pesar del aguacero, la gente los ignoró y volvió a casa a pie. Fue entonces cuando el régimen y las autoridades franquistas se dieron cuenta de que tenían una situación bien complicada y que deberían rectificar si no querían una escalada social. En ese momento, las discusiones para una retirada organizada comienzan en los despachos franquistas.

Las divisiones dentro del aparato del régimen fueron muy fuertes. En los primeros días, viejos falangistas apoyaron el boicot y ayudaron a la gente a desplazarse utilizando los coches de la organización fascista. Esto se quiso detener con una reunión de los enlaces sindicales del sindicato vertical (CNS). Pero de la reunión del 5 de marzo sale la consigna espontánea ¡el lunes próximo no se trabaja!

Esto hace que la suspensión de la subida de precios anunciada el día 6 de marzo no tenga ningún impacto en la población, que sigue sin subir a los tranvías. La situación desembocó en la huelga general del 12 de marzo que duró 3 días. La primera desde el fin de la guerra civil en Barcelona.

Un elemento fundamental para comprender el origen de esta huelga es el cambio de actitud del Partido Comunista (tanto el PCE como el PSUC) en 1947, cuando abandonó el apoyo a la lucha guerrillera. El partido había sufrido una purga interna y la nueva dirección había ordenado a los grupos del interior que comenzaran un trabajo paciente y lento para utilizar todas las vías legales posibles. Fue el primero en comenzar este trabajo de hormiguita que le acabaría dando un amplio apoyo popular.

Un año antes de los acontecimientos de Barcelona, ​​el sindicato vertical había celebrado elecciones para elegir enlaces (una especie de delegados sindicales) que hasta ese momento ocupaban falangistas, amigos de los patrones y otros individuos de esa estirpe. Pero el resultado de 1950 permitió al Partido Comunista tener alguna voz e información de la situación sindical. La asamblea de la CNS (el sindicato vertical) del 5 de marzo fue, sin duda, uno de los primeros lugares donde el PSUC puso en práctica su ‘entrismo’ en el sindicato fascista, y con bastante efectividad.

Tan efectivo fue que un militante de ese momento en el PSUC recuerda: «Durante toda la mañana la ciudad estuvo en manos del pueblo, pero éramos tan clandestinos que cuando quisimos reaccionar ya era demasiado tarde». Esta anécdota, contada por Felix Fanès, es muy ilustradora de la situación en Barcelona.

Importancia histórica

Hasta 1951, y con la excepción de la huelga de ocho días en Vizcaya, la principal lucha contra el régimen eran los maquis y la guerrilla que aún luchaba en el Maestrazgo, en los Pirineos y en otros puntos de la península.

Las figuras claves del poder eran los militares y los representantes directos del régimen en cada provincia, los gobernadores civiles. En Barcelona, ​​era Baeza Alegría, un funcionario franquista ‘camisa nueva’ de Zaragoza, que no tenía ningún mérito más allá de saber adular al dictador.

La huelga de tranvías hizo dar un traspiés a sus planes de futuro. Al inicio del movimiento social muchos de los viejos falangistas apoyaron abiertamente el boicot. Hasta el punto de que esta movilización escindió las fuerzas del régimen, como había pasado en Madrid de manera más civilizada y con más éxito. Un sector de la base del régimen se oponía a la subida. Según explica Antonio Cazorla *: «… Cuando llegó el día del boicot, el 1 de marzo, los tranvías recorrieron vacíos las calles de la ciudad mientras se produjeron incidentes menores en los mercados. Unas trescientas personas, entre los que había numerosos falangistas, bajaron por la céntrica Via Laietana gritando: «¡Viva Franco!» y «¡Muera el Gobernador!». [Baeza Alegría] Este ordenó la rápida concentración de falangistas al tiempo pidió que se mantuvieran en una posición discreta a los Sindicatos manifestando que la clase obrera había estado tranquila y era mejor no tocarla …»

Como Baeza Alegría sabía entonces que muchos falangistas habían estado actuando junto a los huelguistas (utilizando sus vehículos para transportar los peatones que secundaban el boicot, como hemos explicado), exigió disciplina. Ante esta insubordinación, quiso enfrentar el Partido a la población, provocando la desobediencia de los falangistas, durante los días 3, 4 y 5, con las órdenes de su teórico jefe provincial. Esto hizo sonar las alarmas en el Pardo. Los consejeros más inteligentes del dictador entendían que la represión y el paternalismo no serían suficientes para asegurar la viabilidad del régimen.

Existe una famosa anécdota, contada por Félix Fanès *, acaecida en una asamblea de falangistas ‘camisas viejas’. Uno de ellos se pregunta si un ‘falangista debe estar con el pueblo o con la compañía de tranvías’ y el representante de Baeza Alegría le responde: ‘Cállate imbécil’. Estas divisiones dentro del régimen ayudan a los ‘huelguistas’ a continuar a vislumbrar una posibilidad de victoria contra el régimen por primera vez en doce años.

Una vez las autoridades vieron que la disciplina ciudadana no se rompía después del primer domingo, se formó una comisión formada por los presidentes de las Cámaras de Comercio (Antoni Maria Llopis Galofré y Amadeu Maristany y Oliver), el jefe de la Sociedad Económica de amigos del País (Joaquim Maria de Nadal y Ferrer), el del Instituto Agrícola Catalán de San Isidro (José de Fontcuberta y de Casanova), el de Fomento del Trabajo Nacional (Pedro Gual Villalbí), el de la Cámara Oficial Sindical Agraria (Lluís Pascual Roca) y el de la Cámara de la Propiedad Urbana (Ignacio de Bufalà y de Ferrater), junto con representantes del ayuntamiento de Barcelona y del Sindicato Vertical. Reunida la comisión con los huelguistas, del 3 al 5 de marzo, se llegó al acuerdo de dejar sin efecto la subida de tarifas. El pueblo de Barcelona continuó la lucha con la primera huelga general y una represión importante.

También hay que destacar que muchos patrones de la ciudad dejaron hacer a los huelguistas, esperando que la policía hiciera su trabajo, al tiempo que constataban la incapacidad del régimen para detener el movimiento.

Los años 50-51 fueron claves para el abandono definitivo de cualquier pretensión ‘revolucionaria falangista’. Este conflicto marca la derrota de los falangistas cercanos a las ideas de Primo e, inversamente, la victoria de la tecnocracia, los militares y del sector más reaccionario de la iglesia católica, que reivindicaba el anticomunismo para conseguir, de Estados Unidos, el mismo favor que habían brindado a Grecia.

Esto también marca un punto de inflexión en la oposición. El partido comunista (PCE-PSUC) acababa de romper, como hemos explicado más arriba, con la posición que había mantenido desde el fin de la guerra y entraba de lleno en la búsqueda de un sector “democrático” de la burguesía para hacer bloque contra el franquismo y la utilización de canales legales.

El gobernador civil empleó la Guardia Civil en los duros enfrentamientos, con víctimas mortales, el 12 de marzo, una jornada marcada por los paros ‘espontáneas’ en fábricas y en algunos comercios. Finalmente, tanto él como el alcalde de Barcelona fueron destituidos y la subida de precios fue anulada; de hecho, fue suspendida hasta 1957, cuando se vivió la segunda huelga de tranvías.

Consecuencias

El conflicto se extiende a Madrid el 2 de abril (un mes después del inicio de la protesta barcelonesa), pero la llamada Jornada Nacional de Protesta, organizada para el 20 de mayo, resultó un fracaso. También las movilizaciones en la Universidad de Granada y en Madrid son duramente reprimidas. De hecho, la falta de una organización estructurada en el interior significó que los ‘hechos de Barcelona’ no se propagaron.

El Gobierno de España había decidido seguir una conducta moderada en cuanto a la represión de las huelgas y, al mismo tiempo, culpaba del conflicto ante la opinión pública a los líderes del Partido Comunista de España (y dicho de paso a la Unión Soviética, como si Stalin se preocupase de las huelgas en Barcelona), pero aprendieron la lección y una reorganización al gobierno dio más fuerza a los llamados tecnócratas del Opus Dei.

A partir de 1951, la élite franquista empieza a sacar de las posiciones claves a los viejos militares y a los falangistas ‘camisas viejas’ para dar paso a políticos ‘más modernos’ y que entendían que era necesaria una combinación de represión y mejora de las condiciones de vida. Por eso el régimen continúa acercándose a los EE. UU. También otorga a la Iglesia un papel cada vez más importante para dar legitimidad a la dictadura. De hecho, poco más de un año después, Barcelona acogía el congreso eucarístico, con la misa principal que fue celebrada por el cardenal Federico Tedeschini, y con la asistencia del dictador Francisco Franco. Participaron 1.500.000 personas. El papa Pío XII envió un mensaje radiofónico para la ocasión ¿La expiación de los pecados del 51? La Barcelona vencida, la obrera y rebelde, había sabido mostrar al régimen, con esta huelga de tranvías, que no se resignaba.

Seis años más tarde, llegaba la ‘suspensión de la suspensión’ del aumento tarifario. O sea, otra subida y otro boicot estalló. Esta vez, la represión fue mucho más brutal, pero también significó la destitución del alcalde. Posteriormente, el régimen quiso lavarse la cara con el nombramiento de un nuevo alcalde, Porcioles: un ‘demócrata de pro’, según algunos alcaldes democráticos de Barcelona.

* Félix Fanés (1977). La huelga de tranvías de 1951: una crónica de Barcelona. pág 79

** Antonio Cazorla Sánchez (2000). Las políticas de la victoria: la consolidación del Nuevo Estado franquista, p. 185

(Tomado de Lucha de Clases)

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